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China despertó… y Donald Trump lo sabe

El sitio donde se decidirá el destino en este siglo pareciera comenzar a moverse hacia Oriente, a la región del mundo por donde nace el Sol… Lo había vaticinado Napoleón Bonaparte: “Dejad a China dormir porque si China despierta, el mundo temblará y Trump lo confirma al a Beijing…



Esta semana mientras el Air Force One aterrizaba en Beijing y Donald Trump descendía nuevamente sobre suelo chino tras casi una década sin una visita de Estado de esta magnitud, el mundo entero pareció contener la respiración. La ceremonia cuidadosamente coreografiada por China —alfombra roja, guardia de honor, cientos de jóvenes agitando banderas y una recepción encabezada por altos funcionarios del gobierno de Xi Jinping— no fue solamente un acto diplomático. Fue una imagen cargada de simbolismo histórico. Porque detrás de las sonrisas protocolares, de los empresarios tecnológicos que acompañaron a Trump están las conversaciones sobre Taiwan en primer lugar, además de los temas cruciales de inteligencia artificial, Irán, comercio y mercados. Este encuentro entre las dos mayores potencias del siglo XXI, y de dos líderes autoritarios, se realizan en un momento en que el equilibrio del mundo parece estar desplazándose lentamente de Occidente hacia Asia. Y por eso esta visita trasciende la política cotidiana. Porque lo que comienza a discutirse en Beijing es el futuro mismo de la humanidad. Estamos asistiendo al momentum en que el centro gravitacional a nivel mundial pareciera haberse desplazado lentamente a lo largo de la historia, primero estuvo en Europa, luego cruzó hacia América… y ahora a una China que no se puede ignorar.

 

Una notable predicción


 

La escena es legendaria. Se reporta que durante su exilio en Santa Elena, Napoleón Bonaparte conversaba con su secretario y un visitante. sobre las potencias del futuro. Al referirse a China —una nación vasta, poblada, antigua, y entonces en decadencia— pronunció una frase memorable: "Laissez la Chine dormir, car lorsque la Chine s’éveillera, le monde tremblera" (Dejad que China duerma, porque cuando China deje de dormir, el mundo temblará”) … Hoy, ya no hay duda: China ha despertado. Y Xi Jinping se levanta para recibir a Donald Trump, y el mundo... al menos se sobrecoge. Hoy, ya no hay duda de ello. Pero no de la manera en que muchos imaginaron. No fue una invasión militar planetaria. No anduvo una flota cruzando océanos para conquistar continentes. No se movilizaron ejércitos ocupando capitales occidentales. El temblor vino de otro lugar. Vino de las fábricas chinas. De sus puertos automatizados. De los trenes bala. De los aeropuertos gigantescos en tantas regiones. De ciudades futuristas construidas en apenas décadas. Túneles submarinos, sistemas de pago digital masivos. De los hospitales que se construyen en días o semanas para atender a millones de pacientes, de las escuelas en todos los niveles, de universidades rebosantes de ingenieros y profesionales. De millones de personas saliendo de la pobreza. De los carros mejor dotados y a precios realmente asequibles. De una civilización milenaria que decidió dejar la cama. Y quizás allí comienza una de las interrogantes más importantes del siglo XXI: ¿Cómo China construyó más infraestructura en 10 años que la mayoría de las naciones en 100? ¿Cómo hoy dispute el liderazgo económico, tecnológico y estratégico del planeta? Y más importante aún: ¿Qué nos dice esto sobre Estados Unidos, Occidente… y el futuro de la humanidad?

 

Lo que vimos durante nuestra juventud

 

Quienes pertenecemos a la generación de los años sesenta crecimos admirando sinceramente a Estados Unidos. Era difícil no hacerlo. Norteamérica representaba el progreso, la modernidad, la innovación, la prosperidad, las universidades de la excelencia, y de la ciencia, la libertad, la exploración espacial y el futuro. Conocimos Nueva York cuando nos parecía el centro del mundo. California se veía adelantada al mañana. Miami, Chicago, Los Ángeles o San Francisco representaban un nivel de desarrollo casi imposible de alcanzar para gran parte del planeta. Millones soñaban con emigrar aquí. Y durante décadas, ese liderazgo pareció indiscutible. Pero la historia nunca permanece quieta.

 

Mientras unos guerreaban… otros construían

 

Después de la llegada del comunismo al poder y bajo la jefatura de Mao Zedong, China tuvo conflictos militares importantes, pero relativamente limitados comparados con otras superpotencias. Y bajo el culto de la personalidad de Mao los chinos pasaron las penurias del modelo marxista. Ocurrió una de las mayores catástrofes humanas del siglo XX: la gran hambruna asociada al llamado comunista del “Gran Salto Adelante” desarrollado entre 1958 y 1962. Las estimaciones varían enormemente porque la dictadura china durante décadas ocultó o minimizó cifras, y hubo destrucción o manipulación de registros. Sin embargo, la mayoría de los investigadores después de Mao, coinciden en que murieron entre: 15 a 55 millones de personas. No obstante, la verdadera transformación de China comenzó realmente tras la muerte de Mao Zedong, cuando figuras como Zhou Enlai y, especialmente, Deng Xiaoping comprendieron algo extraordinario y decisivo para la historia moderna, como es que China no podía convertirse en una gran potencia únicamente desde la ideología revolucionaria permanente o el aislamiento político, sino desde el desarrollo económico, la estabilidad interna, la educación, la tecnología, la producción y la apertura gradual al mundo. Y entonces comenzó una de las transformaciones económicas más grandes de toda la historia humana.

 

Entre tanto en América…


 

La historia militar de los Estados Unidos, abarca más de 114 conflagraciones desde su independencia en el siglo XVIII hasta el siglo XX. No obstante, solo mencionaremos algunas acontecidas después de la II Guerra Mundial, comenzando por la Guerra de Corea (1950–1953). En la Guerra de Vietnam (1955–1975) incluyendo operaciones castrenses en Laos y Camboya. Participó en la crisis con maniobras militares en el Líbano (1958 y 1982–1984). Intervenciones en América Latina durante la Guerra Fría en Guatemala (1954), Cuba (Bahía de Cochinos, 1961), República Dominicana (1965), Granada (1983), Panamá (1989) Nicaragua (en 1909, en 1914, 1927, 1933-1934) y en 1979 EEUU dio apoyo directo a un grupo antisandinista, llamado “los contras”. En Chile EEUU apoyo el golpe para derrocar a Allende. Luego vendría la Guerra del Golfo (1991), la guerra en Iraq tras la invasión de Kuwait. Actuó en las Guerras yugoslavas en los Balcanes: Bosnia (1990s) Kosovo y Serbia (1999), a través de la OTAN: Más tarde, en Afganistán (2001–2021) se da la guerra más larga en la historia de EEUU durante ¡20 años!, para desalojar a los talibanes del poder, aunque al salir le devuelven el mando a los mismos. En el ínterin interviene en la II Guerra de Irak (2003–2011) y en operaciones armadas en contra de ISIS. También en Libia en 1986 y en 2011 la operación estadounidense implicó bombardeos aéreos, ataques con misiles, destrucción de infraestructura militar, y apoyo indirecto a fuerzas opositoras. Todo ocurrió durante el gobierno de Muammar Gaddafi, en el contexto de las revueltas de la llamada “Primavera Árabe”. Igualmente, en 2014, sostuvo operaciones en contra de guerrillas yihadistas y con presencia militar indirecta en la guerra civil en el Medio Oriente. Además, en operaciones antiterroristas globales ha mantenido episodios de combates o bombardeos en Yemen, Somalia, Pakistán, Sahel africano, entre otros Estados, y múltiples operaciones navales, ataques con drones, con fuerzas especiales, operaciones encubiertas de la Central Intelligence Agency, apoyo militar a aliados, guerras proxy, y despliegues militares permanentes de distintas confrontaciones. Más reciente, también reapareció con fuerza la vieja lógica de la proyección militar estadounidense. La reactivación de la IV Flota en el Caribe, el incremento sostenido de operaciones navales alrededor de Venezuela y, finalmente, la captura militar de Nicolás Maduro por fuerzas especiales en 2026, dejando en evidencia que Washington continua actuando bajo una doctrina histórica profundamente arraigada: la de ejercer poder más allá de sus fronteras mediante capacidad expedicionaria, presión estratégica y despliegue militar global. Y en esa larga secuencia de confrontaciones militares fuera de su territorio también habría que añadir los ataques de precisión contra las instalaciones subterráneas de uranio enriquecido de Iran, y la posterior guerra abierta con Teherán, un conflicto que volvió a colocar al planeta frente al fantasma de una escalada regional y nuclear. Los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre complejos estratégicos iraníes hondamente enterrados —como Fordow, Natanz e Isfahán— demostraron nuevamente la extraordinaria capacidad tecnológica y militar de proyección global de Washington. Pero también evidenciaron algo más preocupante: que el siglo XXI continúa atrapado entre dos fuerzas opuestas, el desarrollo y la confrontación. Mientras una parte del mundo invierte trillones en inteligencia artificial, infraestructura, energía y tecnología, Estados Unidos sigue destinando recursos colosales a guerras, sanciones, bloqueos y destrucción estratégica. Y allí reside una de las mayores contradicciones del presente. Es de hacer notar que en Ucrania no realiza operaciones militares a la vista pero ha prestado servicios secretos. de inteligencia, estrategia, planificación y tecnología castrense y aportado todo un arsenal de artefactos militares a este país en la guerra desatada por rusia.

 

En el mismo tiempo que hizo China…

 

Beijing ha seguido avanzando de otra manera en sus relaciones con otros países del mundo: construyendo puertos, financiando infraestructura, expandiendo el comercio, conectando regiones y desarrollando influencia planetaria a través de la economía y la planificación de largo plazo. Desde finales de los años 70 hasta hoy, China ha invertido enormes recursos especialmente desde la creación de la iniciativa conocida como la “Nueva Ruta de la Seda”. Las estimaciones más serias señalan que entre 2005 y 2025 China habría comprometido aproximadamente entre US$ 2 y 2.6 trillones en inversiones y construcción global.  Solo la Ruta de la Seda (desde 2013): ya supera los US$ 1.3 a 1.4 trillones en más de 150 países.


 

¿Qué construyó China alrededor del mundo?

 

China financió o construyó puertos, aeropuertos, ferrocarriles, carreteras, autopistas, centrales hidroeléctricas, plantas eléctricas, redes de telecomunicaciones, redes 5G, minas, oleoductos y gasoductos, represas, zonas industriales, universidades, escuelas técnicas, hospitales, sistemas de transporte, ciudades logísticas, parques solares, proyectos eólicos, cables digitales, centros tecnológicos, redes comerciales, y corredores marítimos y terrestres.

 

¿En qué regiones y países?

 

África: China se convirtió en el principal socio de infraestructura de numerosos países africanos como Kenya, Etiopía, Angola, Nigeria, Egipto, South Africa, y Djibouti

Asia: En Pakistán el corredor China-Pakistán es uno de los proyectos geoestratégicos más grandes del planeta. también en Laos, Tailandia, Kazakstán, e Indonesia.

América Latina: China pasó de presencia marginal a actor central en Brazil, Peru, Argentina, Chile, Venezuela, Ecuador y Bolivia.

Europa y Eurasia: China también ha invertido en puertos griegos, en la infraestructura balcánica, en rutas ferroviarias hacia Europa, y en los corredores euroasiáticos.

 

¿Qué busca China?

 

Aquí aparece la dimensión psicológica y estratégica que probablemente quieren desarrollar. China comprendió que construir dependencia económica, otorgar financiamiento, crear infraestructura, aumentar el comercio, y lograr conectividad,

podía generar influencia internacional más duradera que muchas guerras. Así, cuando otras potencias exportaban ejércitos, China exportaba crédito, cemento, acero, trenes, fibra óptica, puertos, manufactura, y cadenas de suministro. Y eso produjo que muchos países comenzaron a ver a China no solo como una potencia… sino como una oportunidad de desarrollo. Obviamente, también existen críticas importantes como es el endeudamiento, la dependencia, la influencia política, el compromiso y los riesgos estratégicos, el control de infraestructuras, y lo que algunos llaman la “diplomacia de la deuda”. Pero incluso esas críticas confirman que China logró proyectar poder global principalmente mediante la economía, y la ayuda para infraestructuras… y no mediante las guerras continuas y el sometimiento.

 

Costos de las guerras y conflictos de EEUU después de 1945


 

Diversos economistas e investigadores sostienen que, sumando guerras, despliegues globales, mantenimiento del aparato militar planetario, costo de la OTAN, flotas navales y portaaviones, bases militares, carrera nuclear, intereses de deuda de guerra, veteranos, seguridad posterior al 11-S, y conflictos indirectos, combate al terrorismo, Estados Unidos habría gastado desde 1945 hasta hoy entre: ¡US$ 30 y 50 trillones de dólares actuales!... Y allí está el contraste histórico. Mientras China acumulaba fábricas, puertos, reservas, infraestructura, universidades, tecnología, exportaciones, cadenas industriales, y países amigos o en deuda, Estados Unidos acumulaba guerras, despliegues, deuda militar, conflictos prolongados, reconstrucciones, costos imperiales globales y países enemigos, e incluso la pérdida de países amigos como Canadá, y las reservas de las —ya no tan amigas— naciones europeas...

 

El camino no transitado

 

¿Qué habría ocurrido si una parte significativa de esos trillones se hubiese invertido en la infraestructura estadounidense, educación, investigación, manufactura avanzada, inteligencia artificial, transporte, salud, o el desarrollo continental americano?... Porque quizá el verdadero “despertar de China” no ocurrió solamente por mérito chino… sino también por el agotamiento estratégico occidental. Y esta reflexión… es geopolítica, psicológica e histórica. Hoy el planeta observa en las redes, en streaming, en YouTube y en todas partes, algo que hace apenas cuarenta años habría parecido ciencia ficción: que los Estados Unidos ya no son percibidos universalmente como aquel país incuestionable del sueño americano, de las libertades ilimitadas, de los inmigrantes llegando para construir una nueva vida y del progreso material aparentemente infinito. Por primera vez en generaciones, millones de personas comienzan a mirar también hacia otras regiones del planeta —especialmente hacia Asia— buscando oportunidades, desarrollo, estabilidad, tecnología y futuro. Y ese cambio psicológico global es tan importante como cualquier dato económico o militar, porque las grandes potencias no solo lideran por su riqueza o por sus armas… sino por la capacidad de inspirar esperanza, admiración y sensación de porvenir… De la misma manera el mundo observa lo que habría sido impensable en la China de Mao Zedong: más de cien superciudades, obras monumentales, construidas en tiempo récord y una capacidad industrial simplemente impresionante. China terminó construyendo buena parte de la infraestructura material del siglo XXI no solo dentro de su territorio, sino también alrededor del mundo. Desde África hasta América Latina, desde Asia Central hasta los puertos europeos. Y así, silenciosamente, mientras muchos aún observaban a China como una fábrica lejana de productos baratos, Beijing comenzaba a rediseñar su arquitectura física, logística y económica del nuevo planeta globalizado.

 

La guerra: Un ejemplo muy costoso

 

Según el Costs of War Project del Watson Institute, La guerra en Afganistán representó para Estados Unidos una erogación de entre $2 a $2.3 trillones hasta el 2021. Si se incluyen pagos a veteranos, y la deuda e intereses futuros superó los $3 trillones. Un día de guerra costaba alrededor de $300 millones. Además del costo irreparable de más de 4.500 soldados estadounidenses y de cientos de miles de afganos que murieron… Ahora veamos que debió hacer los Estados Unidos. Durante el gobierno democrático de Carlos Andrés Pérez me desempeñé como ministro de Estado, miembro del gabinete económico y presidente de la Corporación de Turismo de Venezuela, en la época en que nuestro país era un importante destino turístico internacional. Anteriormente, como congresista presidí la Comisión de Turismo del Parlamento y luego, como embajador en Canadá, profundicé mi visión sobre esta industria. De figuras como Manuel Fraga Iribarne en España aprendí que el turismo puede convertirse en uno de los motores económicos, culturales y sociales más poderosos de una nación. A partir de esa experiencia, reflexiono sobre Afganistán y el enorme costo humano y financiero de la guerra para Estados Unidos.


 

La paz: Lograr sumar a una nación

 

Considero que con una inversión menor a lo gastado por Estados Unidos en el conflicto afgano habría sido posible transformar completamente al país mediante un ambicioso plan turístico y cultural de largo plazo. Ese proyecto habría permitido restaurar sitios históricos como los Budas de Bamiyán, construir hoteles, carreteras, aeropuertos y redes ferroviarias, electrificar comunidades rurales, expandir internet y agua potable, formar millones de trabajadores en turismo y promover el arte, la cultura y la identidad afgana.



Estimo que un programa de desarrollo turístico a 20 años habría costado apenas una fracción del dinero invertido en la guerra, y que su impacto habría sido extraordinario: millones de empleos directos e indirectos, reducción masiva de la migración forzada, crecimiento del PIB, fortalecimiento del orgullo nacional y empoderamiento de mujeres y jóvenes. Además, habría disminuido considerablemente la industria criminal de la heroína en ese país. Y los talibanes hubieran logrado otro modus vivendi. Desde mi perspectiva, el turismo no es solo una industria económica, sino también una forma de construir paz, integración cultural y esperanza colectiva. Estoy convencido de que el futuro de las naciones no se construye mediante destrucción y ocupación militar, sino mediante visión, cultura, educación y cooperación humana.

 

¿Y qué ocurrió en EEUU mientras china evitó las guerras?

 

Estados Unidos sigue siendo una potencia gigantesca. Aun posee las mejores universidades del planeta, aunque muy criticadas por el estamento político. Mantiene el liderazgo tecnológico, una innovación científica extraordinaria, poder militar incomparable, y empresas que siguen definiendo el futuro digital del mundo como Apple, Microsoft, NVIDIA y OpenAI. Pero también enfrenta una polarización extrema, el deterioro de la infraestructura, un endeudamiento colosal, crisis sociales, pérdida industrial, fragmentación política, persecución de inmigrantes y agotamiento estratégico. El problema es que mientras China construía ciudades nuevas… Estados Unidos discutía cómo reparar puentes viejos. Mientras China expandía trenes bala… EEUU seguía dependiendo en muchas regiones de sistemas ferroviarios envejecidos. Mientras China planificaba a treinta años… la política occidental comenzaba a girar alrededor del próximo ciclo electoral, y de la confrontación permanente. La mayor parte del dinero para invertir en las ciudades y en la nación se perdió en las guerras. Diversos economistas y centros académicos sostienen que una parte sustancial de los recursos que Estados Unidos pudo haber invertido en su propia nación en infraestructura, educación, salud y modernización nacional terminó absorbida por guerras, como en Irak, en despliegues militares y en el mantenimiento del aparato estratégico global. Para el año fiscal 2026, el presupuesto total relacionado con la secretaría de guerra y seguridad nacional de Estados Unidos supera aproximadamente los US$ 900 mil millones anuales. En educación el presupuesto anual federal ronda aproximadamente en apenas US$ 80 a 100 mil millones anuales. El presupuesto del ministerio de defensa de China se estima algo más que los 300 mil millones. Un tercio del de los EEUU a pesar de que en existen un mil 400 millones de habitantes… China tiene aproximadamente 22.000 kilómetros de fronteras terrestres, y comparte límites con 14 países, 4 de ellos poseen armento nuclear: Rusia, India, Mongolia, Pakistán, Afganistán, Nepal, Bután, Myanmar, Laos, Vietnam, Corea del Norte, Kazakstán, Kyrgyzstan, y Tayikistán. Más que cualquier otra gran potencia moderna. Estados Unidos con el triple del presupuesto militar chino, y posee la mitad de las líneas fronterizas: 12.000 kilómetros terrestres, casi la mitad de China, y solo comparte frontera con Canada y Mexico que no son una amenaza. Pero gasta tres veces más que China en defender estos límites.

 

Dos modelos estratégicos diferentes


 

Existe una diferencia substancial entre ambas potencias. Estados Unidos desarrolló una estrategia de proyección global con bases militares en todo el mundo, portaaviones, flotas, alianzas, despliegues planetarios, intervención en múltiples regiones. China, en cambio, históricamente pensó distinto. Su gran obsesión no fue conquistar el mundo… sino evitar ser nuevamente fragmentada, humillada o invadida. La historia de las guerras del opio inglesas, las invasiones extranjeras, la ocupación japonesa, el llamado “siglo de humillación” —el período comprendido entre 1839 y 1949, cuando sufrió invasiones, derrotas militares, ocupaciones extranjeras y pérdida de soberanía frente a potencias occidentales y Japón— marcó profundamente su visión estratégica. Por eso China concentra gran parte de su poder en defender su territorio, fortalecer su economía, asegurar su continuidad civilizatoria, y desarrollar autosuficiencia tecnológica e industrial. En torno a esto aparece una realidad geopolítica incómoda: Aunque Estados Unidos posee alrededor de 1.700 que están desplegadas y listas para uso inmediato, y China 600 a 700 ojivas nucleares actualmente, una guerra total entre Estados Unidos y China sería prácticamente impensable. Por eso la lógica estratégica contemporánea sigue basada en disuasión, la destrucción mutua asegurada, y mantener el equilibrio del terror. China tiene una profundidad territorial inmensa, una población gigantesca, una capacidad industrial colosal, y una creciente sofisticación militar. Además, el factor nuclear transforma cualquier conflicto directo en una amenaza civilizatoria para quien le ataque atómicamente. No habría verdaderos vencedores. Solo destrucción mutua.

 

Al final…

 

… Entonces… ¿qué camino queda? El más inteligente, el más humano. Porque el siglo XXI no necesita una nueva Guerra Fría… sino una nueva cooperación histórica. China podría continuar desarrollando infraestructura, comercio, conectividad global, manufactura, y corredores económicos. Mientras Estados Unidos lidera con inteligencia artificial, ciencia, biotecnología, innovación, carrera espacial, medicina, y tecnología avanzada. Pero no como enemigos inevitables… sino como dos gigantes obligados a coexistir. Por primera vez en toda la historia humana existe una capacidad material suficiente para reducir drásticamente la pobreza mundial, combatir el hambre, desarrollar regiones enteras, expandir la educación, y elevar la calidad de vida de miles de millones de personas. La humanidad posee hoy recursos, ciencia y tecnología para entrar en otra etapa de la civilización. El problema ya no parece político, o técnico. Parece psicológico…

No debemos pensar si China superará a Estados Unidos… o si Estados Unidos logrará contener a China. Debemos ser capaces de comprender que ninguna potencia puede ya salvarse sola. Una guerra entre gigantes nucleares no produciría vencedores históricos… sino sobrevivientes traumados sobre un planeta herido. Por ello el verdadero liderazgo del siglo XXI no consiste en demostrar quién puede destruir más… sino quién puede construir mayor humanidad... Mi esposa María Mercedes Gessen me comenta, mientras intercambiamos ideas sobre este escrito, y desde la psicología humana y emocional que: “el futuro no dependa solamente de acuerdos entre presidentes, de cifras económicas o de poder militar. Tal vez esté en manos de algo mucho más íntimo: de la capacidad de los seres humanos para dejar de verse como amenazas permanentes y comenzar a reconocerse como parte de una misma fragilidad compartida. Porque ningún niño nace odiando otra bandera, ninguna madre sueña con enviar a sus hijos a una guerra, y ningún pueblo desea vivir eternamente con miedo. La verdadera evolución de nuestra especie comenzará el día en que entendamos que cooperar no es debilidad… sino el nivel más alto de inteligencia emocional, política y civilizatoria que la humanidad puede alcanzar…”


 

Tal vez la Nueva Ruta de la Seda china y una Revolución Tecnológica estadounidense no tengan que verse como caminos enemigos… sino como posibilidades complementarias para un mundo que necesita menos confrontación y más evolución colectiva. Tomemos en cuenta que mientras discutimos quién dominará el futuro… millones de seres humanos todavía esperan agua, hospitales, educación, energía, dignidad humana, oportunidades, y esperanza. Este es el verdadero desafío de nuestra civilización. No en decidir quién será el próximo imperio. Sino en comprender —antes de que sea demasiado tarde — que la humanidad ya posee suficiente poder para destruir el planeta… pero también sobrada inteligencia para transformarlo. Este tiene que ser el mayor despertar de todos…

Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos… 

 





 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

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