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Delcy Rodríguez: Estos son sus escenarios

La transición parece diseñada en el mismo poder —agotado, fragmentado, expectante— pero buena parte de los venezolanos lo quiere cambiar… La presidente del “interregnum” frente a la historia: Estos son sus teatros de operaciones en el tablero en medio de una transición incierta…



¿Hacia dónde vamos?

 

Venezuela ha entrado en una fase que no responde a los manuales clásicos de la política… y quizás ese sea el primer dato verdaderamente relevante. Porque las transiciones tradicionales tienen formas reconocibles como caídas abruptas, acuerdos negociados, rupturas institucionales claras, o procesos electorales que ordenan el relevo. Nada de eso ocurre hoy de manera nítida. Lo que emerge es otra cosa… más ambigua, más compleja, más difícil de interpretar. Se trata de un interregno que se presenta como continuidad… pero que en su interior está lleno de tensiones de cambio. No parece propiamente un vacío de poder, aunque tampoco es una estabilidad consolidada. Es, más bien, un estado intermedio donde el sistema intenta sostenerse mientras, al mismo tiempo, se ve obligado a transformarse. En este contexto, múltiples caminos permanecen abiertos. La mejor fórmula —la más legítima y sostenible— sigue siendo la convocatoria a elecciones auténticas que permitan reordenar el poder desde la voluntad popular. Sin embargo, no es el único desenlace posible. Tampoco puede descartarse un escenario de ruptura abrupta, incluyendo intentos de asonada o fractura interna, que el gobierno tendría que enfrentar en condiciones de alta tensión, probablemente con respaldo internacional —y en particular de los Estados Unidos—, cuyo involucramiento ya ha sido determinante en el actual equilibrio de poder y que Delcy Rodríguez seguramente querrá mantener y cuidar… Definitivamente, se trata de un equilibrio inestable… donde no solo todo puede cambiar, sino donde —si las tensiones no se canalizan institucionalmente— incluso, lo peor puede suceder.

 

Los escenarios


 

Escenario 1. El actual sistema se adapta para sobrevivir

 

El primer escenario —y quizás el más probable— es la consolidación controlada, el de una mutación del modelo. No su desaparición, sino su reconfiguración. Se trataría de un “oficialismo reformado”: menos retórico, más pragmático, menos ideológico, y más técnico en ejecución. Con una apertura económica parcial y prístinas señales hacia los organismos multilaterales y el resto del mundo, sobre todo Europa, Norte América y China. La idea es seguir consolidando la búsqueda del alivio en las sanciones internacionales y la apertura de créditos e inversiones que impulsen a la industria petrolera, al desarrollo del turismo y de otras industrias como alternativas. El problema es que ello pueda estar signado en medio de una lógica gatopardiana semioculta pero precisa, como sería cambiar lo necesario para que nada esencial cambie. Este tipo de transformación no es nuevo en la historia. Lo hemos visto en sistemas que, enfrentados a límites estructurales, optan por flexibilizar sin ceder el núcleo del poder. La pregunta aquí no es si puede funcionar. La interrogante es cuánto tiempo puede sostenerse sin legitimarse plenamente o incluso deslegitimarse.

 

2. Transición negociada: compartir el poder para evitar su colapso

 

Un segundo escenario abre la puerta a una negociación política real. No como concesión altruista, sino como estrategia de supervivencia con un gobierno de unidad parcial. Se hacen presentes acuerdos electorales progresivos. El gobierno y la oposición deben acordar garantías mutuas —tanto para quienes están como para quienes aspiran a llegar— reduciendo la oposición extrema o radical a este escenario de las partes, en particular en la oposición. Este camino exige una condición escasa en la Venezuela contemporánea por la mínima confianza entre los actores históricamente enfrentados.


 

En este caso, la desconfianza comienza por Delcy Rodríguez y María Corina Machado. A pesar de ello, la historia nos muestra que incluso los adversarios más irreconciliables pueden negociar cuando el costo del conflicto supera al de la convivencia. Así, la política se convierte en psicología colectiva que procura e indaga al mismo tiempo si ¿las élites están preparadas para ceder… sin sentirse derrotadas? Por ello su probabilidad es reducida.

 

3. Presión democrática: la legitimidad como fuerza imparable

 

El tercer escenario no nace del poder, sino de su cuestionamiento. La presión interna e internacional por elecciones auténticas sigue latente. Figuras como María Corina Machado encarnan esa legitimidad simbólica creciente que, aunque limitada institucionalmente, mantiene una capacidad de movilización y narrativa. Lo que Delcy Rodríguez no debería ignorar. En este escenario el conflicto pasa a ser estructural entre la legalidad versus la legitimidad, control versus representación. Todo indica que a finales de este año el presidente Donald Trump puede perder la Cámara del Congreso y puestos en el Senado. Lo cual comprometería a la Casa Blanca en su apoyo personal a la presidente encargada, y le daría mayor soporte a la premio Nobel de la Paz. En tanto de que la comunidad europea y buena parte de los países hispanoamericanos siguen apoyando in crescendo a María Corina Machado —quien continúa llevando el mensaje de elecciones en 2026— cada vez con mayor respaldo. Este escenario puede abrir la puerta a elecciones reales… o intensificar las tensiones hasta niveles impredecibles.

 

4. Fractura interna: cuando el poder se desdobla

 

Este escenario nos recuerda que todo sistema prolongado genera tensiones internas. En el caso venezolano, estas pueden manifestarse en distintos niveles comenzando por el sector militar, tanto como en el aparato político del PSUV. Asimismo, han aparecido y surgen nuevas élites económicas emergentes buscando una economía de libre mercado. Lo que provoca que cuando un sistema intenta reformarse rápidamente como está sucediendo en Venezuela, sus propias bases radicales pueden percibirlo como una amenaza. La historia nos lo enseña porque muchas transformaciones no fracasan por presión externa… sino por la resistencia —callada, silenciosa pero sistemática y efectiva— y por el sabotaje interno. Este tipo de escenarios no es ajeno a los análisis de centros de pensamiento internacional, donde se estudian los riesgos de fractura interna, desorden institucional o rupturas abruptas del equilibrio de poder. No siempre lo llaman “golpe”… pero la pregunta subyacente es la misma: ¿Puede haber un golpe en Venezuela de alguna de las partes? Para nosotros es muy difícil, porque cualquier salida de este tipo tendría que enfrentar lo que hasta ahora parece invariable, el apoyo de la casa Blanca y de la secretaría de Estado, así como el de las petroleras y empresas de electricidad que comienzan a invertir en el país. No obstante, no podemos dejar de mencionar este escenario dado que aunque no parece probable, Venezuela es un país donde históricamente siempre es posible…

 

5. Dependencia geopolítica: Venezuela como pieza del tablero


 

Ningún proceso venezolano actual puede entenderse sin la dimensión internacional, de Estados Unidos, China, Rusia, América Latina… porque todos observan, influyen o condicionan, dada la riqueza petrolera de Venezuela —sin estrechos de Ormuz— y de fácil acceso de transporte. En este escenario, Venezuela corre el riesgo de dejar de ser sujeto de su propia transición para convertirse en objeto de los intereses estratégicos de energía, estabilidad regional, y equilibrios de poder. Estos factores apoyarán a quién de más garantías. “Por ahora” —como diría el autor de lo que aconteció en Venezuela— Delcy Rodríguez tiene el apoyo de Estados Unidos, pero Rusia y China junto a Estados Unidos parecen repartirse el mundo, y por ello, también todo puede cambiar en poco tiempo, como estamos presenciando en el Medio oriente. Hacemos preguntas incómodas: ¿hasta qué punto la transición será soberana… y hasta donde inducida?

 

6. El tiempo como variable crítica

 

Hay un elemento silencioso —casi invisible, pero decisivo— que penetra a todos los escenarios: En este, el tiempo que lo condiciona todo. Los liderazgos o las jefaturas son transitorias por definición, nacen con un límite. Su legitimidad —al menos en teoría— está asociada a una función temporal, la de administrar un paso, conducir un proceso, facilitar una transición. No están diseñadas para quedarse. Lo están para pasar. Sin embargo, en sistemas donde el poder se siente amenazado, o donde la incertidumbre domina el entorno, el tiempo deja de ser una referencia objetiva… y comienza a convertirse en una herramienta política. Se interpreta. Se ajusta o más bien se estira. A veces de forma casi imperceptible. Entonces, ocurre algo profundamente significativo: El tiempo institucional —ese que marca plazos, procesos, elecciones— empieza a separarse del tiempo político real, que responde a otras lógicas, la de supervivencia, de control, de correlación de fuerzas, y a la de la presión internacional. Y cuando esa separación se amplía, lo que emerge es una zona gris. Una transición que sigue llamándose de esta forma… pero que ya no se comporta como tal. Y es algo muy sutil —y por eso más difícil de detectar— una prolongación progresiva. Un desplazamiento lento de los límites. Una normalización de lo excepcional. La historia política mundial está llena de estos procesos. Gobiernos que nacen como provisionales… y terminan gobernando por décadas. Medidas “temporales” que se cambian por “permanentes”. Y ese es el riesgo más dañino, como es que la transición deje de serlo… sin que nadie lo declare. Que el país se acostumbre a una temporalidad indefinida.

 

7. Delcy —y Jorge— ganan perdiendo: estrategia de legitimidad


 

Otro escenario —menos evidente, pero profundamente transformador— que podría redefinir no solo el destino de Delcy Rodríguez —y ¿por qué no decirlo?— el de su hermano Jorge Rodríguez también, y además el de todo el sistema político venezolano. Es el escenario en el que el poder decide legitimarse… aun a costa de perderlo momentáneamente. Supongamos lo improbable —que en política, a veces, es lo verdaderamente decisivo— que los hermanos Rodríguez promuevan unas elecciones generales auténticas a corto plazo, sin fraude, con observación internacional real, y garantías para todos los actores. Y sea el caso, que en ese proceso pierde la presidencia de Delcy. En la lógica tradicional del poder, esto sería una derrota. Pero en una lectura estratégica —y más aún, histórica— podría ser exactamente lo contrario. Porque al hacerlo, Delcy y Jorge no solo entregaría el poder de la presidencia… lo redefinirían. Pasarían de ser la presidente de un sistema cuestionado y el presidente de una Asamblea ídem, a convertirse en las figuras que abrieron la puerta a la legitimidad democrática. Y esto —en política— es una forma de poder mucho más duradera. Sería el nacimiento de una segunda fuerza legítima. En este escenario, el movimiento político que representan no desaparecería. Se transformaría. Con una base social aún significativa, con estructura territorial, con narrativa propia, y podría consolidarse como la segunda gran fuerza política del país, y primera de la oposición. Y este hecho lo cambia todo. Porque introduce algo que Venezuela ha perdido durante décadas, el equilibrio político real. Este probable escenario contiene una paradoja profundamente humana y política como sería renunciar al control inmediato… para ganar legitimidad histórica. Pero no todos los liderazgos están preparados para hacerlo. De hecho, muy pocos. Porque implica una comprensión distinta del poder, no como posesión… sino como proceso. ¿Está Delcy Rodríguez dispuesta —o en capacidad— de dar ese paso? ¿Está su hermano y su entorno preparado para aceptar una derrota electoral como una victoria estratégica? ¿Está el sistema listo para competir… en lugar de controlar?… Por ello, quizás este sea el escenario más difícil de ejecutar… pero también el más trascendente… Mi esposa María Mercedes Gessen me agrega: Este escenario tiene algo profundamente psicológico. Supone que quien ejerce el poder pueda tolerar la pérdida sin vivirla como destrucción personal. Y eso no es común. Requiere una identidad que no dependa exclusivamente del control, sino del sentido. Si eso ocurriera, no solo cambiaría la política venezolana… cambiaría la forma en que el país entiende el liderazgo”.

Y así es, porque los verdaderos liderazgos no se miden solo por cuánto poder acumulan… sino por qué están dispuestos a sacrificarse para que una nación pueda comenzar de nuevo.

 

Una reflexión

 

Lo que Venezuela vive hoy es una coyuntura política. Un fenómeno psicológico colectivo. Un sistema que intenta sobrevivir sin transformarse plenamente. Una sociedad que exige cambio, pero teme el vacío. Un liderazgo que administra tensiones… mientras redefine su propia naturaleza. En términos humanos —y esto lo sabemos bien desde la psicología— los momentos más complejos no son los de ruptura total, sino los de la ambigüedad prolongada. Porque en ellos… todo parece posible… aunque nada está garantizado… Con todo, se sigue escribiendo la historia de Venezuela, siempre cambiante.

 

Al final…

 

… quizás no estemos ante el fin de un ciclo… sino ante su metamorfosis. Tal vez la verdadera pregunta no sea ¿qué hará Delcy Rodríguez? sino ¿qué está dispuesto a aceptar el país… y el mundo? Porque las transiciones no se definen únicamente desde el poder. Se precisan también desde la presión, desde la conciencia colectiva… y, en muchos casos, desde el cansancio social. Pero hay algo que no siempre se dice y, sin embargo, lo impregna todo, el amor por Venezuela. Ese sentimiento que no aparece en los decretos ni en los comunicados… pero que vive en millones de personas dentro y fuera del país. En quienes resisten. En quienes se fueron, pero no se han ido del todo. En quienes siguen en el país aceptando la idea de que —aun en medio de la incertidumbre—Venezuela puede reencontrarse consigo misma. Porque al final, una nación no es solo su poder político. Es su gente. Es su memoria. Es su cultura y su dignidad. Y es ese amor —a veces silencioso, a veces herido, pero siempre presente— es el que puede inclinar la balanza. En todo caso, este no es un momento para la resignación. Es un momento para la claridad. Para la firmeza. Para la determinación colectiva de no conformarse con lo posible… cuando lo necesario es mucho más. Hoy, más que nunca, el planteamiento es ético antes que político: ¿queremos estabilidad… o queremos legitimidad? ¿queremos continuidad… o queremos futuro? Porque el país necesita sentido. Y solo puede construirse sobre una base irrenunciable, la voluntad real de cambio, expresada libremente, y que hoy implica no renunciar a la posibilidad de un país donde el poder no se imponga… sino que se legitime. Las naciones, como las personas, tienen instantes en los que deben decidir quiénes quieren ser. Y este —sin duda— es uno de esos momentos donde la historia no solo se observa… se escribe…

Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

 


 



 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

 


 

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