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Antes de la violencia… siempre hay palabras

La historia lo demuestra: cuando un discurso de odio degrada al otro, la agresión deja de ser impensable y comienza a volverse aceptable… Promover el rencor social por parte líderes mesiánicos es la antesala de una nación que se divide y provocará enfrentamientos ciudadanos…



El día en que la política cruza la línea invisible

 

En medio de una confrontación cada vez más intensa entre demócratas y republicanos —donde el lenguaje se ha vuelto arma, la agresión verbal rutinaria, y la violencia ha rozado incluso intentos magnicidas, afortunadamente y gracias a la Divina Providencia, sin víctimas— la tentación de simplificar este fenómeno es grande … pero sería un error. No toda palabra dura genera violencia. Y no toda violencia nace de una palabra. Sin embargo —y esto sí lo sabemos con suficiente evidencia histórica y científica— cuando el lenguaje político cruza ciertos límites, deja de ser discurso… y comienza a ser combustible. Hay algo profundamente humano —y peligroso— en la forma en que procesamos las palabras. No las oímos solo con la razón. Las sentimos. Las incorporamos. Las convertimos en identidad. Por ello es por lo que el mal no siempre grita… porque a veces susurra y se normaliza. No se trata de si el discurso político puede generar violencia. La historia ya responde eso en múltiples casos. El punto es ¿cuándo empieza a hacerlo?... La política puede convertirse en un vector de violencia cuando abandona su función de mediación, y se transforma en un lenguaje de exclusión, amenaza o deshumanización. No sucede de forma súbita. Es, casi siempre, un proceso gradual, primero se redefine a algún adversario dentro de una misma sociedad como ¡enemigo! Acto seguido se crean dos polos, “aquellos”, y nosotros: los “buenos”. Luego, “aquellos” son los “otros”, los que se califican como los “malos”, y se tildan como un peligro para la sociedad, para la nación, y finalmente como algo execrable. Lo explicó con precisión quirúrgica Albert Bandura: cuando el lenguaje legitima la agresión, activa mecanismos de desconexión moral. Y lo advirtió con lucidez inquietante Hannah Arendt quien sostuvo en esencia que el mal puede ser silencioso, administrativo, cotidiano, puede operar sin reflexión ética profunda y se instala cuando las normas morales se diluyen en el lenguaje y la costumbre. La historia ofrece múltiples casos —algunos extremos, otros más sutiles— donde el discurso político no solo acompañó la violencia, sino que la preparó.


 

Estados Unidos: retórica, polarización y episodios de violencia

 

Estados Unidos, con una sólida tradición institucional, no está exento de estos procesos, aunque se manifiesten de forma más contenida o episódica.

 

Tras la Guerra Civil de Estados Unidos, durante la Reconstrucción (1865–1877), líderes políticos y élites del sur promovieron la idea de la restauración del orden blanco. Se construyó el mito de la “causa perdida” (Lost Cause). Lenguaje que coadyuvó a legitimar la violencia de grupos como el Ku Klux Klan, una organización supremacista blanca fundada en 1865. Promovió la segregación racial y utilizó la intimidación, el terror y la violencia contra ciudadanos afroamericanos y quienes los defendían. Tuvo varias etapas de resurgimiento, especialmente en las décadas de 1920 y durante la era de los derechos civiles en los años 50 y 60.


 

Segregación y retórica racial: Durante los años 50 y 60, figuras como George Wallace utilizaron discursos explícitos de supremacía. En sus palabras en1963, el gobernador de Alabama, George Wallace, hizo una infame declaración: “segregation now, segregation forever”, contribuyendo a un clima que legitimó la violencia contra el movimiento por los derechos civiles. Afortunadamente la Ley de Derechos Civiles de 1964, promulgada el 2 de julio de 1964, puso fin a muchas formas de estas formas de segregación al año siguiente, y la ley de Derecho al Voto de 1965, promulgada el 6 de agosto de 1965, ilegalizó las formas más flagrantes de discriminación racial en el voto.

 

Persecución en casa: Con Joseph McCarthy a la cabeza se difundieron las ideas de infiltración comunista masiva, y convirtieron la sospecha en la norma política con un resultado de persecución institucional con destrucción de reputaciones y una intimidación social (Ellen Schrecker, Many Are the Crimes, 1998). En este caso la violencia fue institucional y simbólica, pero igual de real en sus efectos. Y el destino castigó a McCarthy. Murió en el Hospital Naval de Bethesda el jueves 2 de mayo de 1957, a la edad de 48 años. Su certificado de defunción enumeraba la causa de la muerte como "hepatitis aguda” (cirrosis hepática). Era adicto a la morfina según periodistas que expresaron que además era alcohólico, estimaciones que ahora aceptan los biógrafos modernos.

 

Polarización contemporánea: El asalto al Capitolio de Estados Unidos de 2021 evidenció cómo narrativas de fraude electoral, repetidas desde liderazgos políticos y amplificadas en redes, pueden movilizar acciones violentas. En este caso no hay una relación mecánica simple, pero sí una correlación clara entre el discurso inflamatorio y la acción colectiva de agresión.

La historia de Estados Unidos muestra que la violencia política rara vez surge del vacío. Desde los inicios de la república hasta el presente, distintos momentos revelan cómo el discurso —al definir enemigos, legitimar miedos, o deshumanizar al adversario— puede crear el clima donde la confrontación deja de ser impensable. No es un fenómeno nuevo. No comenzó con el Ku Klux Klan. Ni termina en el Capitolio. Es una constante más profunda —y más incómoda— de la vida republicana. Cada vez que la política deja de nombrar ciudadanos, y comienza a señalar enemigos, algo se activa en la sociedad. No siempre estalla de inmediato. A veces tarda. A veces se disfraza. Pero queda ahí… latente. Esperando el momento en que alguien decida levantar esa funesta bandera nuevamente.

 

Hispanoamérica: entre revolución, populismo y confrontación

 

En América Latina, la relación entre discurso político y violencia ha sido más directa en varios momentos históricos. Quien siembra odios recoge tempestades Dos casos son relevantes.

 

Revolución y legitimación de la lucha armada: El discurso de Fidel Castro siempre justificó la violencia, como vía de liberación primero frente a la dictadura, lo que abrió la puerta a décadas de confrontación política en contra del “imperialismo”. Castro creó primero la dicotomía de los verdaderos revolucionarios en contra de los que denominó

gusanos”, además de “contrarrevolucionarios”, muchos de los cuales perdieron su vida ante el paredón de fusilamiento. Todo porque el odio social es el combustible de los sátrapas.


 

Retórica polarizante contemporánea: Liderazgos como el de Hugo Chávez construyeron una narrativa de “pueblo vs. enemigo”, donde el adversario político era descrito como traidor o antipatriótico bajo la denominación de “escuálidos”. Ese tipo de discurso siempre produce violencia, erosiona la convivencia democrática, legitima la agresión simbólica, y en algunos casos, facilita la violencia física o institucional. Como siempre todo comenzó con el nefasto discurso de odio social de algún líder que no debió serlo.

 

Europa del siglo XX


Baste citar el caso paradigmático del nazismo y la maquinaria propagandística dirigida por Joseph Goebbels. Antes de que murieran entre 70 y 85 millones de seres humanos como consecuencia del nazismo, hubo años de construcción discursiva: Se presentó a los judíos como una amenaza existencial. Se normalizó su exclusión del cuerpo social. Se justificó la violencia como “defensa” de Alemania. El lenguaje no fue un accesorio, significo el terreno donde la violencia se hizo pensable, y la guerra más cruenta de la historia hizo acto de presencia y el holocausto se perpetró…

 

Mecanismo común: cómo el discurso activa la violencia

 

Primero, ocurre algo casi imperceptible: alguien —algún sector de la sociedad— deja de ser un ciudadano igual. Se le nombra distinto, inferior, ajeno. Se le quita rostro, historia, humanidad. No se le discute… se le reduce. Luego, viene el segundo movimiento, más peligroso: ese alguien se convierte en una amenaza al país. Ya no es simplemente diferente. Es un riesgo. Un obstáculo. Un enemigo potencial alguien las más de las veces “diferente que pone en peligro a los que son “normales”, y estos deben paradójicamente “defenderse” y ¡atacarlos! Y cuando esa idea se instala, aparece el giro moral más profundo: la violencia comienza a ser “justicia. Precisamente justificándolo como defensa y no como lo que es: una agresión... No como violencia o un crimen… sino como una necesidad. Así se invierte el orden ético: hacer daño deja de ser incorrecto si es “para proteger”. Finalmente, llega el punto más delicado —y más silencioso— la normalización. Lo que antes parecía impensable, comienza a tolerarse. Lo intolerable se vuelve cotidiano. Y lo cotidiano, aceptable. No es que “así ocurrió”. Es un proceso planificado y perpetrado…


 

La ciencia política lo ha descrito como la construcción del “enemigo interno”. La psicología social lo explica a través de la identidad, la pertenencia y el miedo compartido. Pero más allá de las teorías, hay una verdad que atraviesa el tiempo: La violencia rara vez comienza con un acto. Casi siempre comienza con una idea… repetida lo suficiente como para parecer verdad…

 

No a la violencia: un parámetro del gobierno democrático

 

La política, en su esencia, debe ser el arte de evitar la violencia mediante la palabra. Pero cuando la palabra se degrada —cuando deja de nombrar ciudadanos y comienza a llamarlos enemigos— la política pierde su función civilizatoria. No toda retórica fuerte conduce a la violencia. Pero toda violencia política ha sido precedida, casi sin excepción, por una narrativa que la hizo posible. La pregunta, es profundamente actual: ¿En qué momento el lenguaje deja de ser debate… y comienza a preparar el terreno para la ruptura?

 

Donald Trump: entre retórica, espectáculo y riesgo

 

Hablar del actual presidente exige precisión y equilibrio. Ni caricatura… ni ingenuidad. Trump no inventó la polarización en Estados Unidos. Pero sí la llevó a un nivel emocional, mediático y performativo pocas veces visto en la política contemporánea del país. Su estilo tiene características psicológicas muy claras: Personaliza el conflicto al estilo de “ellos” contra “nosotros”. Deslegitima al adversario como serían para él —no solamente sus oponentes políticos— sino que le suma a los medios, e incluso a instituciones del país y a su múltiple cultura. Todo en medio de su lenguaje confrontativo, y en buena medida, agresivo. De forma que convierte a la política en una narrativa de lucha existencial. Ese tipo de discurso —definitivamente— no es neutro. En alguna medida se hace discutible si gobierna para sus seguidores y en contra de los demás ciudadanos.

 

¿Existe evidencia?

 

Sí. Y conviene citarla con rigor. Estudios académicos en Estados Unidos han analizado la relación entre el discurso político de Trump y ciertos comportamientos sociales: Las investigaciones como la de Karsten Müller y Carlo Schwarz 2020, en la University of Warwick encontraron que los condados donde Trump realizó mítines en 2016 experimentaron un aumento estadísticamente significativo en crímenes de odio en los meses posteriores. El FBI ha reportado incrementos en delitos de odio en ciertos periodos de alta polarización política, aunque sin atribución causal directa a un solo actor. Estudios en revistas como American Journal of Political Science y PNAS han explorado cómo la retórica de élites políticas puede influir en normas sociales, reduciendo el umbral de lo aceptable en términos de agresión verbal o simbólica. Esto no significa —y aquí hay que ser responsables— que exista una línea directa y automática entre discurso y violencia. Pero sí sugiere algo más sutil y profundo: el discurso puede modificar el clima moral de una sociedad.

 

El punto de inflexión

 

El evento del asalto al Capitolio de 2021 marcó un antes y un después. No fue solo un hecho político. Fue un hecho simbólico. Durante semanas —meses— se instaló la narrativa de un fraude masivo. Para millones, esa idea dejó de ser una hipótesis… y se convirtió en certeza. Y cuando una creencia se vuelve certeza emocional, la conducta cambia. ¿Fue el discurso la única causa? No. ¿Fue irrelevante? Tampoco. Aquí aparece el punto más delicado del análisis: la responsabilidad indirecta. No es lo mismo ordenar que sugerir. No es lo mismo planificar que alimentar un clima. Pero la historia —y la psicología— muestran que los climas también matan.

 

El fenómeno más amplio

 

Reducir este fenómeno a una sola figura sería cómodo… pero insuficiente. Trump es, en muchos sentidos, síntoma y catalizador de algo más hondo: de la frustración económica, de la crisis de representación, de la desconfianza institucional, de la transformación del ecosistema mediático en medio de redes sociales, de algoritmos, y en este contexto, el discurso confrontativo no solo emerge… resuena. Y cuando resuena, se amplifica.


 

Al final…

 

… la política no destruye sociedades por sí sola. Pero puede abrir la puerta. Las palabras no disparan armas. Pero pueden señalar a quién apuntar. Las ideas no golpean. Pero llegan a justificar el golpe. Y ahí está el punto más inquietante —y más humano— de todo esto como es que la violencia rara vez comienza en la calle. Casi siempre comienza antes… en una frase repetida, en una idea simplificada, en una emoción amplificada. Porque cuando el lenguaje deja de reconocer al otro como legítimo… la convivencia deja de ser un acuerdo… y comienza a ser una disputa. Y cuando una sociedad entra en ese terreno… ya no discute. Se prepara para lo que sobrevendrá.

Por eso, quien ejerce el poder —y más aún en una democracia como la nuestra— no solo gobierna con decisiones. Gobierna para el tono emocional de una nación. A Donald Trump, como líder, la historia le plantea hoy una oportunidad —y una responsabilidad— que trasciende su propio mandato. Si fuera su psicólogo le recomendaría: desescalar el lenguaje, sin renunciar a sus ideas. Reconocer al adversario como legítimo, no como un enemigo. Todos somos ciudadanos con el mismo destino. Igualmente le sugeriría reducir la retórica de amenaza existencial que divide a la sociedad. Además, debería reafirmar el valor de las instituciones, incluso aunque las cuestione, y unificarnos a todos sin uniformarnos. Es decir: liderar sin excluir. Porque gobernar no es solo ganar elecciones. Es sostener la convivencia. Y si algo nos enseña lo vivido —desde las páginas más oscuras de la historia hasta sus momentos de mayor lucidez— es esto: Que las palabras pueden dividir… pero también pueden reparar. Y que a veces, basta un cambio en el lenguaje… para cambiar el rumbo de una sociedad…

Mi esposa, María Mercedes Gessen, me pide que agregue algo que desde la psicología resulta esencial: “el lenguaje no solo describe la realidad… la construye dentro de nosotros. Cada palabra que repetimos moldea nuestras emociones, percepciones y conductas. Por eso, cuando alguien nos manipula para que dejemos de ver al otro como igual —y si caemos en esa trampa ideológica— no solo nos cambia el discurso… nos cambia la forma en que sentimos y actuamos. Y es allí donde comienza, silenciosamente, la ruptura, que luego, como nos enseña la historia de la II Guerra Mundial, nos arrepentiremos por generaciones”.

A nosotros —los estadounidenses— nos corresponde algo esencial, como es no repetir el odio, no amplificar la división, no convertir la diferencia en amenaza. Defender la convivencia es un acto diario, en lo que decimos, en lo que compartimos, en lo que elegimos creer, en ser tolerantes y en reconocernos como iguales. Porque el futuro de una sociedad se decide en cada frase que escuchamos y cada palabra que pronunciamos los ciudadanos, ¡todos!...

Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

 


 



 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

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