¿Estamos en el borde de la opción táctica?
- Vladimir Gessen
- hace 3 horas
- 12 Min. de lectura
El mundo entra en fase crítica en términos de amenazas y el riesgo crece: ¿estamos normalizando el uso de armas nucleares para usarlas?... Irán, Ucrania y las grandes potencias reconfiguran el tablero mundial, donde lo impensable empieza a volverse discutible…
Lo nuclear “táctico” ¿deja de ser teoría?
Hay momentos en la historia en los que la humanidad no avanza… sino que se asoma, a un borde invisible. Un punto en el que la racionalidad convive con el abismo. Un instante en el que el poder ya no calcula… sino que presiente. Y hoy —a la luz de lo que ocurre simultáneamente en Irán y en Ucrania— ese instante no solo ha vuelto… se está consolidando como una posibilidad estratégica. Porque lo que durante décadas fue impensable —el uso de armamento nuclear— comienza a reaparecer, no como doctrina declarada… pero sí como una opción tácita en algunos escenarios extremos. La hipótesis de un uso nuclear táctico ya no pertenece únicamente a los márgenes de la teoría militar. Empieza, silenciosamente, a ocupar un lugar en el cálculo real del poder. En las últimas semanas, el tono de los líderes ha dejado de ser diplomático… y ha comenzado a rozar lo existencial. El presidente Donald Trump, en declaraciones recientes sobre Irán (recogidas por medios internacionales en mayo de 2026), ha endurecido su retórica hasta niveles que evocan doctrinas de fuerza total, señalando que Estados Unidos no permitirá bajo ninguna circunstancia un Irán nuclear, y que, de ser necesario, se tomarán medidas “decisivas” para neutralizar esa amenaza. Aunque el lenguaje exacto varía según la fuente y el contexto político, lo relevante —desde el análisis psicológico del poder— no es la frase literal… sino el cambio de umbral discursivo. Cuando un líder comienza a hablar en términos absolutos —“nunca”, “bajo ninguna circunstancia”, “decisivo”— está preparando el terreno para decisiones que no eran admisibles hasta ahora… Del otro lado del tablero, el presidente Vladimir Putin ha sostenido —desde 2022 hasta el presente— una línea consistente recordando cada vez con mayor insistencia que Rusia es una potencia nuclear, y que defenderá su integridad territorial “por todos los medios disponibles”. Asimismo, ha advertido en múltiples ocasiones que el conflicto en Ucrania podría escalar si Occidente cruza ciertas “líneas rojas”. Estas declaraciones han sido documentadas por agencias como Reuters, BBC y The New York Times en distintos momentos del conflicto. En ellas aparece otro elemento clave como es que la advertencia nuclear ya no es excepcional. Se ha convertido en herramienta de negociación. Y cuando una herramienta se normaliza… su uso deja de ser impensable. Están presentes tres tableros… y una misma sombra. No estamos ante una sola crisis. Estamos frente a una convergencia de escenarios nucleares. Tres geografías distintas. Un mismo lenguaje estratégico: Irán. Ucrania, y el equilibrio global. Mientras tanto, usted querido lector, estoy seguro de que ya ha escuchado sobre el término: Bomba nuclear táctica…
Estados Unidos, Iran, e Israel ¿en guerra abierta?
En el caso iraní, la lógica es clara… y peligrosa: Estados Unidos e Israel buscan impedir que Teherán alcance capacidad nuclear. Irán, por su parte, ha acumulado material suficiente que, de ser enriquecido completamente, podría derivar en múltiples armas nucleares en un plazo relativamente corto: semanas. Y lo más turbador es que los recientes ataques de Estados Unidos e Israel no han alterado sustancialmente su capacidad de avanzar en ese camino, ni han eliminado por completo su infraestructura estratégica, ni su capacidad de respuesta misilística. Pero aquí el análisis deja de ser únicamente técnico… y entra en el terreno más complejo, el de la dimensión existencial del poder. Para Israel —como ha reiterado el primer ministro Benjamín Netanyahu en múltiples intervenciones a lo largo de los años— la posibilidad de un Irán nuclear no es un problema estratégico más. Es, en su percepción, una amenaza directa a la existencia misma del Estado judío. Y cuando un Estado se percibe ante un riesgo existencial… las reglas cambian. La disuasión deja de ser suficiente. La prevención se convierte en doctrina. Y la acción anticipada deja de ser opción… para convertirse en obligación. Del otro lado, el liderazgo iraní —representado por la figura del nuevo Ayatolá como autoridad política y religiosa— no interpreta el conflicto únicamente en términos geopolíticos. Lo hace también desde una narrativa de resistencia, soberanía y, en algunos sectores, de trascendencia espiritual. La idea de no rendirse, de resistir incluso en condiciones extremas, de martirio, y de asumir el sacrificio como parte de la defensa nacional y religiosa, forma parte de un marco cultural y político que no puede ser analizado únicamente con los parámetros occidentales. Y es allí donde el equilibrio se vuelve más frágil. Porque cuando dos actores perciben el conflicto como existencial —uno desde la supervivencia nacional, el otro desde la resistencia histórica y espiritual— el espacio para la negociación se estrecha… y el margen para la escalada se amplía. Por eso aparece con mayor fuerza el primer gran dilema psicológico del poder: Cuando una potencia percibe que no puede detener un proceso… comienza a considerar opciones que antes eran impensables. La tentación de la acción preventiva. El desplazamiento del umbral. El susurro de lo “nuclear táctico”. Primero como hipótesis… luego como advertencia… después como posibilidad operativa… hasta que, en algún punto del cálculo humano, presionar el botón deja de ser el final de todo…y comienza a percibirse —erróneamente— como un instrumento más… y, quizás lo más temible de todo… hacerlo en nombre de una deidad.
Estados Unidos: el peso del legado
Si Israel actúa desde la supervivencia… e Irán desde la resistencia… Estados Unidos actúa desde algo más complejo, de la necesidad de no perder. Porque para esta superpotencia, la derrota no es solo militar. Es simbólica. Es sistémica. Es histórica. El presidente Donald Trump enfrenta un dilema que trasciende lo inmediato: permitir que Irán avance hacia una capacidad nuclear… o asumir el costo —impredecible— de detenerlo por la fuerza. Y en ese punto aparece un fantasma que no pertenece al presente… pero que condiciona cada decisión: Vietnam. Estados Unidos ganó batallas. Dominó el terreno militar en múltiples momentos. Pero perdió la guerra. Triunfó militarmente y perdió políticamente. No por falta de poder… sino por desgaste político, psicológico y estratégico. Y esa memoria no es solo histórica. Es operativa. Habita en el Pentágono. Está en la mente de los asesores. Se encuentra vigente en la narrativa interna del poder estadounidense. Porque perder —o ser percibido como derrotado—tiene consecuencias que van mucho más allá del campo de batalla, ya que erosiona la credibilidad global, alienta a potencias rivales y reconfigura alianzas y, sobre todo… abre espacios de desafío económico, social y político y coloca al dólar en peligro. Si Estados Unidos no logra contener a Irán, el mensaje no será solo regional. Será global. Lo leerán en Moscú. Lo analizará Pekín. Y lo verán los actores emergentes que hoy observan en silencio. Y entonces, lo que está en juego deja de ser un conflicto específico… para convertirse en una disputa decisiva por el equilibrio del liderazgo mundial.
Pentágono: la lógica de no ceder
En este contexto, dentro del aparato estratégico estadounidense —especialmente en sectores del Pentágono y del pensamiento más duro— comienza a emerger una idea conocida: No intervenir decisivamente también puede ser una forma de perder. Y cuando la percepción es esa, el margen para soluciones intermedias se reduce. Retirarse implica riesgo. Escalar implica peligro. Pero hay un tipo de trance que el poder suele rechazar más que cualquier otro: el de la irrelevancia. Por eso, en escenarios extremos —aún no declarados, pero factibles— comienza a aparecer en el horizonte lo que hasta hace poco era impensable: la consideración de opciones nucleares tácticas como mecanismo de ruptura definitiva del conflicto. No como primera opción. No como doctrina pública. Pero sí… como una última carta.
El triángulo completo
Y así se cierra el triángulo: Israel no puede permitirse desaparecer. Irán no puede darse el lujo de rendirse. Y Estados Unidos no puede aceptar perder. Tres imposibilidades. Tres límites absolutos. Tres racionalidades que, al cruzarse… dejan de ser racionales y se llega al punto de inflexión porque cuando todos los actores creen que no pueden retroceder… el sistema deja de tener salidas suaves. Y en ese punto, el riesgo no es solo la decisión consciente. Es el error. La sobreinterpretación. El cálculo equivocado.
O simplemente… el momento en que alguien decide que el costo de no actuar es mayor que el de cruzar la línea…
Rusia y Ucrania: la doctrina que regresa
Si Irán representa la posibilidad emergente, Ucrania significa algo aún más, la posibilidad estructurada. Porque en el caso ruso no estamos ante hipótesis difusas… sino que se trata de una doctrina que existe, que ha sido escrita, pensada… y actualizada. El presidente Vladimir Putin no ha improvisado sus advertencias. Se inscriben en una arquitectura estratégica conocida dentro de la doctrina militar rusa. Una doctrina que Occidente ha sintetizado en un concepto inquietante: “escalar para desescalar”…¿En qué consiste? En términos simples —pero profundamente perturbadores: Si Rusia percibe que está perdiendo una guerra convencional podría recurrir a un uso limitado de armas nucleares tácticas para obligar al adversario a detenerse. No se trataría —en teoría— de una guerra nuclear total. Sino de un golpe calculado. Un impacto contenido. Un mensaje irreversible. Un punto de inflexión diseñado para romper la voluntad del adversario y advertir a terceros.
El arma: pequeña… pero no inocua
Las llamadas armas nucleares tácticas tienen características específicas: Menor potencia que las estratégicas con un alcance regional o de teatro de operaciones para uso en objetivos militares concretos. Pero aquí aparece la distorsión crítica porque “menor” no significa menor en términos humanos. Una sola detonación táctica podría destruir completamente una base o ciudad mediana, generar radiación persistente y provocar escaladas impredecibles y, sobre todo… romper un tabú que ha contenido el uso de armas atómicas en el mundo durante más de 75 años.
El escenario ¿posible?
En el contexto de Ucrania, los analistas han contemplado —sin afirmarlo como inevitable, pero sí como plausible— varios escenarios: Uno, como una Demostración disuasiva. Una detonación en un área no poblada (mar o zona deshabitada) como una advertencia extrema. Dos con un uso táctico en campo de batalla contra una concentración militar ucraniana para frenar una ofensiva. Y tres, mediante un ataque limitado a alguna infraestructura crítica, buscando un colapso logístico y psicológico. Ninguno de estos escenarios implica —en teoría— una guerra total. Pero todos comparten una característica, cruzan una línea que nunca ha sido traspasada en combate, desde 1945. El verdadero riesgo es la cadena invisible: El problema no es el primer uso. Es lo que ocurre después. Porque en ese instante, el conflicto dejaría de ser regional… para convertirse en algo mucho más difícil de contener. ¿Si la OTAN responde? ¿Se limitaría la respuesta? ¿Se normalizaría el uso táctico? Pero, ¿Puede una guerra nuclear mantenerse limitada… una vez que comienza? La historia no tiene respuesta porque —hasta ahora— ha evitado ese escenario.
Psicología del Kremlin
Desde la psicología del poder, el dilema ruso es profundo porque retroceder implica debilidad estratégica, aunque avanzar “tácticamente” envuelve un riesgo de escalada global, y en ese punto intermedio… la opción táctica aparece como una ilusión de control. Una forma de decir: “No vamos a perder… pero tampoco vamos a destruirlo todo.” Lo cual sería el momento más peligroso porque es cuando el liderazgo comienza a convencerse de que puede manejar, lo inmanejable.
Europa: el eco de la advertencia
Para Europa, este escenario no es abstracto. Es geográfico. Es inmediato. Es existencial. Cada advertencia nuclear de Moscú no solo habla a Ucrania… realmente amenaza a Berlín, a París, a Varsovia. Es un recordatorio constante de que el equilibrio que parecía estable —tras el final de la Guerra Fría— es más frágil de lo que se pensaba. Y así, casi sin darnos cuenta, ocurre algo: Lo nuclear deja de ser impensable. Pasa a ser improbable como diríamos hoy. Luego, será factible y finalmente… discutible. Ese desplazamiento no ocurre en los misiles. Ocurre en la mente de quienes deciden ya que las doctrinas no son solo documentos militares sino mapas de acción del poder que incluye caminos hacia lo nuclear —aunque sean “limitados”— y están porque alguien, en algún lugar… ya los ha recorrido en su imaginación. Y toda decisión que primero se vuelve imaginable… termina, tarde o temprano, buscando su forma de existir.
China: el poder que no necesita precipitarse
Mientras Estados Unidos, Israel e Irán se tensionan… y mientras Rusia mide hasta dónde puede llegar sin cruzar el punto de no retorno… China no acelera. China observa. El presidente Xi Jinping no está atrapado —al menos no aún— en la urgencia de un conflicto abierto. Su posición es distinta. Más fría. Más estratégica. Más paciente.
Porque en geopolítica, el poder no siempre se conquista en el campo de batalla. A veces… se hereda del desgaste de otros. China usa el cálculo del tiempo. Ha construido su ascenso bajo una lógica profundamente distinta a la occidental, como es no precipitar confrontaciones directas innecesarias, lo ha mostrado en Hong Kong y ahora en Taiwan. Prefiere expandir su influencia económica y tecnológica en el mundo y consolidar alianzas sistémicas a largo plazo con innumerables naciones. Mientras otros compiten en la inmediatez del conflicto, China juega en otra dimensión. Y en ese tablero, cada crisis ajena puede convertirse en una oportunidad propia. El escenario actual de conflicto que viven las otras dos superpotencias le conviene: Si Estados Unidos se desgasta en un conflicto prolongado con Irán… si Europa se ve atrapada en una tensión creciente con Rusia, el resultado no es solo inestabilidad. Es redistribución del poder porque el liderazgo global no desaparece… se desplaza. Y en ese desplazamiento favorece a quien se mantiene más estable, en quien evita el desgaste militar directo, y se fortalece su presencia global en paralelo. China hoy cumple, esas tres condiciones.
La ventaja silenciosa
En este contexto, Beijing no necesita intervenir militarmente. Le basta con mantener su crecimiento, ampliar su influencia en Asia, África y América Latina, consolidar estructuras como los BRICS, y presentarse como alternativa al orden liderado por Occidente. Es una forma distinta de poder. Menos visible… pero no menos efectiva. Este es el riesgo invisible que no parecen ver los estrategas no chinos: si las grandes potencias entran en una lógica de desgaste o escalada… China no solo gana espacio… redefine las reglas. Y cuando cambian las reglas del poder global… cambian también los equilibrios que han evitado conflictos mayores. Surge entonces una paradoja estratégica que es necesario visualizarla en el tablero mundial: Estados Unidos busca preservar su liderazgo. Rusia busca reafirmar su poder. Irán busca consolidar su soberanía e Israel desea garantizar su existencia, pero en ese movimiento simultáneo… quien no necesita probar o hacer nada no sufre desgaste y sigue creciendo… y es quien puede terminar liderando todo: China. No se trata solo de quién gana o pierde una guerra. Se trata de quién emerge —después de ella— con la capacidad de ordenar el mundo. Y en ese escenario… China no necesita disparar un solo misil para convertirse en el eje del nuevo equilibrio global. Todo indica que si las guerras continúan y llegan al borde de lo “táctico”, casi sin advertirlo, el sistema internacional comienza a mutar, las guerras dejan de ser locales, los conflictos se interconectan, las decisiones se vuelven sistémicas. Y en medio de esa transformación… un actor observa, espera… y se prepara para asumir lo que quede: Xi Jinping.
Al final…
… no son los misiles los que decidirán el destino de la humanidad. Son las ideas que los vuelven posibles. Durante décadas, nuestra generación y el mundo crecimos bajo el peso del miedo nuclear… y ese miedo —paradójicamente— nos contuvo. Nos obligó a pensar. A medir. A no cruzar. Hoy, ese miedo comenzaba a diluirse… Lo impensable regresa y se vuelve discutible… y luego, justificable… y cuando lo justificable encuentra argumentos… la historia comienza a inclinarse. No hacia la guerra inevitable… sino hacia la guerra posible, la “táctica”. Y toda guerra cuando es probable… termina, tarde o temprano, buscando su momento. Pero aquí, hay algo que no podemos olvidar. Detrás de cada cálculo estratégico no hay mapas… hay ciudades. No hay objetivos… hay familias. No hay daños colaterales… hay vidas que no eligieron estar en el centro del conflicto…
Lo cierto es que una detonación —aunque sea “táctica”— no distingue entre doctrina y humanidad. No entiende de equilibrios geopolíticos. No respeta narrativas históricas. No reconoce fronteras emocionales. ¡Arrasa! Y después… deja algo que ningún tratado puede reparar: ¡el silencio! Un silencio que no es paz. Es ausencia. Y, en este punto —como psicóloga, como observadora de lo humano— mi esposa María Mercedes Gessen nos recuerda algo esencial: “…el ser humano no está diseñado para convivir con la destrucción permanente. Está diseñado para vincularse, para proteger, para cuidar. Cuando una madre abraza a su hijo, cuando una pareja se reencuentra después de un conflicto… al una familia sentarse a compartir una comida… allí no hay geopolítica. Allí no hay doctrina, no hay poder, solo hay humanidad. Y esa humanidad —silenciosa, cotidiana, invisible en los grandes titulares— es la que verdaderamente sostiene al mundo. Porque ninguna ideología, ninguna estrategia, ninguna razón de Estado puede justificar la desaparición de lo que nos hace humanos. Y si alguna vez llegamos a ese punto…no habremos perdido una guerra. Habremos perdido el sentido y el propósito de la humanidad”…
Por eso, quizás, la pregunta más importante de nuestro tiempo no es quién ganará… ni quién resistirá… sino otra, mucho más compleja: ¿seremos capaces de detenernos… antes de demostrar que podemos hacerlo? Porque el verdadero poder —el más escaso, el más difícil— no es el de destruir. Es el de contenerse. Es el de renunciar, aun teniendo la capacidad. Es el de comprender que, en un mundo donde todo puede escalar… La única victoria real es aquella que evita la caída. Tal vez aún no estamos en el abismo. Pero sí estamos —sin duda— en ese instante en el que la humanidad, una vez más… debe decidir si quiere acercarse… o si, finalmente, elige retroceder…
al final no puedo dejar de pensar que una decisión “táctica” —de esas que cambian la historia— podría terminar concentrándose en apenas cuatro personas: Donald Trump, el ayatolá Mojtaba Jamenei, Vladimir Putin y Benjamín Netanyahu… y en el complejo entramado de poder que, silenciosamente, no solo influye sobre cada uno de ellos… sino que, en ciertos momentos, pareciera decidir con ellos…
Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

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