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¿Te acuestas con miedo o insomnio desde el ataque?

¿Cómo dormir con temor? La ansiedad de los venezolanos frena el volver a confiar. Acompañarse y compartir es el primer paso para lograrlo...



Después del bombardeo en Caracas medios internacionales han reportado un clima de tensión y miedo social posterior a la operación militar del 3 de enero, que pueden estar afectando la percepción de seguridad de la ciudadanía. Algunos reportes mencionan disparos en las noches o presencia de grupos armados, que aunque no están necesariamente vinculados a nuevos ataques, incrementan la percepción de riesgo en las noches. También se describe un ambiente donde el miedo aparece en personas que prefieren evitar salir, temerosas de represión de grupos armados o violencia callejera. No existen por ahora estudios científicos publicados sobre insomnio o cifras médicas que lo cuantifiquen. Sin embargo, reportes periodísticos incluyen testimonios directos de ciudadanos que describen experiencias de temor y dificultad para dormir tras los ataques. Una periodista en Caracas narró a un medio angloparlante que tras escuchar las explosiones tardó en conciliar el sueño por la “incertidumbre de si los hechos continuaran” y el sonido de las detonaciones.

 

Comentario de José R., 71 años. Caraqueño retirado: “Lo que sentí fue tristeza. Ver a un país vivir otra vez con miedo me duele. Antes caminaba tranquilo en la noche, ahora no. No porque me lo digan, sino porque el ambiente cambió. Se respira desconfianza.”

 

Pensamos que ha aflorado un clima de ansiedad, miedo e incertidumbre entre sectores de la población caraqueña después del ataque nocturno, con personas describiendo nerviosismo e inquietud. La exposición a eventos violentos impredecibles altera el funcionamiento psicológico personal y comunitario, incluso sin daño físico directo.

Las calles de Caracas han estado relativamente vacías y muchos residentes han preferido no salir de noche, al menos en los días inmediatamente posteriores a los ataques. Se reportan testimonios individuales de nerviosismo e impacto emocional de la experiencia, aunque no hay todavía datos que midan insomnio o miedo a nivel poblacional. La psicología social ha documentado que la violencia súbita y confusa genera reacciones colectivas de miedo y desorganización emocional, incluso en personas no directamente lesionadas y explica cómo los eventos violentos generan trauma colectivo al afectar los significados compartidos de seguridad y normalidad.

 

Comentario de Karla G., 34 años, profesora universitaria: “Esa madrugada no dormimos en casa. Los ruidos, las noticias contradictorias, el silencio después… todo fue angustiante. Desde entonces prefiero llegar temprano y cerrar la puerta. No es vida, pero es lo que uno hace para sentirse un poco a salvo.”

 

La psicología explica que cuando una sociedad es expuesta a un evento violento inesperado —especialmente nocturno, confuso y cargado de incertidumbre— no solo se afecta el espacio físico. Se altera, de manera profunda, el sentido interno de seguridad, ese contrato silencioso que el ser humano establece con su entorno: “aquí puedo dormir, aquí puedo bajar la guardia”. Cuando ese contrato se rompe, el cuerpo y la mente reaccionan. El trauma psicológico ocurre cuando se rompe la sensación fundamental de seguridad y control sobre el entorno, afectando la capacidad de confiar, descansar y sentirse a salvo. Así, el trauma destruye las “asunciones básicas” del individuo sobre el mundo como un lugar seguro y predecible.

 

Consulta clínica

 

Paciente: Estela P., venezolana estudiante universitaria. Edad,18 años.

Motivo de consulta: Dificultades para dormir en los días posteriores a un evento violento vivido como amenazante, pensamientos intrusivos nocturnos, pesadillas recurrentes y episodios compatibles con parálisis del sueño asociados a ansiedad y miedo. 


 

Diálogo clínico. Primera consulta

 

Psicóloga: Buenos días, Estela. Si te parece, podemos comenzar por lo que te trajo hoy a consulta. ¿Qué es lo que más te preocupa en este momento?

Estela: Lo que más me preocupa es que no estoy durmiendo bien desde lo que pasó con el ataque. Antes dormía normal, pero ahora, cuando llega la noche, algo se activa en mí… como si mi cuerpo no se relajara.

Psicóloga: ¿Qué notas que ocurre cuando te acuestas?

Estela: Empiezo a pensar. No es que quiera hacerlo, pero los pensamientos vienen solos. Recuerdo las explosiones, el miedo de esa noche, lo que sentí… y también pienso en “¿y si vuelve a pasar?”. Me quedo con los ojos cerrados, cansada, pero sin poder dormirme.

Psicóloga: ¿Dirías que esos pensamientos aparecen sobre todo en la noche?

Estela: Sí. Durante el día puedo distraerme, estudiar, hablar con gente. Pero en la noche estoy sola conmigo misma y ahí todo vuelve.

Psicóloga: ¿Cuánto tiempo tardas en quedarte dormida?

Estela: A veces horas. Miro el reloj y me pongo más nerviosa porque sé que al día siguiente voy a estar agotada.

Psicóloga: ¿Y cuando finalmente logras dormir, cómo es ese sueño?

Estela: No es tranquilo. Tengo pesadillas. En algunas sueño que estoy despertando, que me doy cuenta de que estoy soñando… pero no puedo moverme.

Psicóloga: ¿Puedes contarme un poco más cómo es esa experiencia?

Estela: Es horrible. Siento que quiero abrir los ojos o mover las manos, pero no responden. Es como si mi cuerpo estuviera bloqueado. Trato de gritar, pero no sale la voz. Me entra mucha angustia, como pánico.

Psicóloga: ¿Cuánto dura esa sensación?

Estela: No sé exactamente… en el momento se siente eterna, pero supongo que son segundos. Cuando logro moverme, me despierto del todo con el corazón acelerado.

Psicóloga: ¿Qué haces después de despertar?

Estela: Me quedo sentada en la cama, tratando de respirar. A veces prendo la luz o reviso el celular solo para asegurarme de que estoy despierta. Después me cuesta volver a dormirme porque tengo miedo de que vuelva a pasar.

Psicóloga: ¿Ese miedo está más relacionado con las pesadillas o con lo que ocurrió en la realidad?

Estela: Creo que con las dos cosas. Siento que todo empezó por lo que pasó esa noche. Desde entonces, la noche ya no me da calma.

Psicóloga: Antes de ese evento, ¿habías tenido problemas para dormir o episodios parecidos?

Estela: No. Nunca. Por eso me asusta. Siento que algo cambió en mí.

Psicóloga: ¿Cómo describirías tu estado emocional durante el día?

Estela: Estoy más irritable y cansada. A veces me siento triste sin saber bien por qué. Y estoy más alerta… como pendiente de los ruidos, de lo que pasa alrededor.

Psicóloga: Lo que describes es una reacción muy frecuente cuando una persona vive un evento que su mente y su cuerpo interpretan como amenazante. Tu sistema nervioso parece seguir en “modo alerta”, especialmente en la noche, que es cuando baja el control consciente.

Estela: ¿Eso quiere decir que estoy mal… o que me está pasando algo grave?

Psicóloga: No significa que estés “mal” ni que estés perdiendo el control. Significa que tu cuerpo está intentando protegerte, aunque ahora lo esté haciendo de una forma que te genera malestar. Lo que viviste fue impactante, y estas reacciones son comprensibles.

Estela: Me alivia escuchar eso… porque tenía miedo de que fuera algo extraño.

Psicóloga: No es extraño. Es una respuesta al miedo. Y lo importante es que estás aquí, buscando ayuda. Vamos a trabajar para que vuelvas a sentir seguridad, especialmente al dormir, y para que tu cuerpo entienda que el peligro ya pasó.

Estela: Me gustaría volver a sentir tranquilidad cuando llega la noche.

Psicóloga: Ese será uno de nuestros objetivos. Iremos paso a paso, entendiendo lo que te ocurre y enseñándole a tu mente y a tu cuerpo a relajarse de nuevo. Aquí no estás sola con esto...

 

Comentario de Roberto S., 49 años. Caraqueño, contador: “Después de esa noche algo se quebró. No fue solo el ataque, fue la sensación de fragilidad. Camino con más cuidado, evito la noche. Uno vive con la sensación de que cualquier cosa puede pasar y nadie responde.”

 

Impacto emocional tras un ataque violento


Inevitablemente, cuando una población es expuesta a un evento violento inesperado —especialmente nocturno, abrupto y rodeado de incertidumbre— no solo se altera el espacio físico. Se ve comprometido algo más profundo como es el sentido interno de seguridad, esa certeza silenciosa que permite al ser humano dormir, proyectarse y bajar la guardia sin temor. La ruptura de ese marco produce reacciones emocionales y conductuales que, lejos de ser patológicas en sí mismas, responden a mecanismos neuropsicológicos. El núcleo del trauma psicológico no es el daño físico en sí mismo, sino la ruptura del sentido interno de seguridad, de previsibilidad y de control sobre el entorno.



El miedo como respuesta adaptativa

 

Desde la psicología evolutiva y la neurociencia afectiva se sabe que el miedo es una emoción primaria orientada a la supervivencia. Ante una amenaza real o percibida, la amígdala cerebral activa respuestas de defensa y alerta, coordinadas con el eje hipotálamo–hipófisis–adrenal (HHA), incrementando cortisol y adrenalina (LeDoux, 2014; McEwen, 2007). En contextos de violencia colectiva, el cerebro no distingue con facilidad entre el peligro pasado y el potencial peligro futuro. Por ello, el miedo puede persistir aun cuando el evento haya concluido. No es irracionalidad, es memoria emocional. Superar el miedo no significa eliminarlo ni negarlo, sino ayudar al cerebro a actualizar la información. El peligro ocurrió, pero ya no está ocurriendo ahora. Desde la psicología y la neurociencia sabemos que el miedo disminuye cuando el sistema nervioso recibe, de manera repetida y consistente, señales de seguridad. Esto implica verbalizar la experiencia, poner palabras a lo vivido y compartirlo con otros, ya que la elaboración narrativa permite que la corteza prefrontal module la respuesta automática de la amígdala (Lieberman et al., 2007).

Asimismo, es fundamental retomar gradualmente las actividades evitadas, sin forzar ni minimizar el temor. La exposición progresiva y segura permite que el cerebro reaprenda que esos espacios o momentos ya no representan una amenaza real. El miedo no se disuelve por imposición racional, sino por experiencia correctiva. Cada vez que la persona atraviesa una situación temida y comprueba que puede tolerarla, el sistema nervioso reduce su nivel de alarma. Con tiempo, acompañamiento y paciencia, la memoria emocional se resignifica y el miedo deja de gobernar la conducta para volver a cumplir su función original como es proteger, y no paralizar.

 

Comentario de Mariana P., 45 años, abogada: “Yo sentí rabia. Rabia e impotencia. Otra vez el miedo metido en la casa, otra vez las noches sin dormir. Ahora salgo menos, y cuando salgo miro todo dos veces. Es triste, porque Caracas también era encuentro, no solo encierro.”

 

La ansiedad como estado persistente de anticipación

 

Junto al miedo inmediato y al insomnio, suele instalarse la ansiedad, un estado psicológico más difuso y persistente que no se centra en un peligro concreto, sino en la anticipación constante de que algo malo puede volver a ocurrir. A diferencia del miedo, que responde a una amenaza identificable, la ansiedad se sostiene en la incertidumbre, manteniendo al organismo en tensión prolongada. Tras los eventos violentos e imprevisibles, el sistema nervioso aprende a esperar el peligro, incluso en ausencia de señales reales, lo que se traduce en inquietud permanente, dificultad para concentrarse, irritabilidad, síntomas somáticos y una sensación general de no poder relajarse. Desde la neuropsicología, este estado responde a una activación sostenida de los circuitos del estrés y de la amígdala, con una regulación disminuida por parte de la corteza prefrontal, lo que explica por qué la ansiedad no se “controla” con voluntad, sino que requiere tiempo, contención y estrategias de regulación emocional para disminuir (McEwen, 2007; LeDoux, 2014).

Si estás atravesando ansiedad, lo primero que queremos decirte es esto: no estás en peligro y no estás perdiendo el control, aunque así se sienta. La ansiedad no es una señal de debilidad ni un defecto de carácter, es la expresión de un sistema nervioso que ha aprendido a anticipar amenazas y que, por ahora, permanece en estado de alerta. Tu cuerpo intenta protegerte, incluso cuando ya no es necesario.

No luches contra la ansiedad como si fuera un enemigo. Escúchala y regúlala. Recuerda que la ansiedad disminuye cuando el organismo recibe señales repetidas de seguridad como la respiración lenta y profunda, rutinas previsibles, descanso progresivo, contacto humano, palabras que ordenan lo que se siente. Intentar “controlarla” con fuerza de voluntad suele intensificarla, es mejor acompañarla con comprensión porque la desactiva poco a poco. Permítetenos ir más despacio: Reduce la autoexigencia. La ansiedad se alimenta de la urgencia y del “tengo que estar bien ya”. La recuperación no es lineal, habrá días mejores y otros más difíciles, y eso no significa retroceso. Significa proceso. Si la ansiedad persiste, interfiere con tu descanso, tu concentración o tu vida cotidiana, entonces buscar ayuda profesional es un acto de responsabilidad, no de fracaso. La evidencia muestra que la psicoeducación, las técnicas de regulación emocional y el acompañamiento terapéutico ayudan al cerebro a reaprender seguridad y a recuperar el equilibrio. Y, sobre todo, recuerda esto, la ansiedad no define quién eres. Es un estado transitorio, no tu identidad. Con tiempo, apoyo y cuidado, el sistema nervioso aprende de nuevo que puede bajar la guardia. Y cuando eso ocurre, la calma —aunque sea gradual— vuelve a ser posible.

 

Comentario de Carmen L., 63 años, repostera: “Yo he vivido muchas crisis, pero esta me recordó épocas que pensé superadas. Esa noche recé como desde hace años no lo hacía. Ahora no salgo de noche, no por miedo puntual, sino porque el cuerpo ya no aguanta más sobresaltos.”

 

Insomnio, pesadillas y parálisis del sueño


 

Dormir requiere una percepción mínima de seguridad. Tras un evento traumático, esta condición se debilita. Diversos estudios muestran que la exposición a la violencia o amenazas abruptas se asocia con insomnio, despertares nocturnos, sueños intrusivos y pesadillas (American Psychiatric Association, 2025; Van der Kolk, 2014).

La parálisis del sueño, descrita por Estela en la consulta, y otros jóvenes, suele aparecer en contextos de estrés intenso. Ocurre cuando el cerebro entra en fase REM —donde el cuerpo se inmoviliza fisiológicamente— mientras la conciencia despierta parcialmente. Este fenómeno, aunque alarmante, es benigno y está bien documentado en la literatura del sueño (Sharpless & Barber, 2011). ¿Qué ocurre exactamente?: Durante el sueño REM —una fase en la que soñamos— el cerebro bloquea de forma natural los músculos del cuerpo para evitar que actuemos los sueños. En la parálisis del sueño se produce un desfase temporal cuando el cerebro despierta, pero el cuerpo continúa momentáneamente en ese estado de inmovilidad fisiológica. La conciencia llega antes que el cuerpo. Aunque la experiencia puede ser muy perturbadora, no causa daño físico ni neurológico. El episodio termina de forma espontánea y la movilidad se recupera por completo. En contextos de miedo colectivo, violencia o amenaza, el sistema nervioso permanece en estado de hipervigilancia, lo que favorece estos desajustes entre sueño y vigilia. No indica enfermedad mental, sino es una señal de un sistema nervioso sobrecargado. ¿Qué ayuda a prevenirla? Pues, muy simple dormir horarios regulares. Reducir estímulos antes de acostarse. Evitar dormir boca arriba, posición asociada a una mayor frecuencia. Antes de dormir usar las técnicas de respiración y regulación emocional. Por último, abordar el estrés, o el trauma por situación violenta con acompañamiento profesional si persiste.

 

Comentario de Daniela R., 19 años, estudiante: “Esa noche sentí un miedo que nunca había sentido. No era solo el ruido, era no saber qué estaba pasando ni hasta dónde podía llegar. Desde entonces me cuesta salir de noche. No es que alguien me lo prohíba, es que mi cuerpo se pone tenso apenas oscurece.”

 

Rabia, impotencia y trauma acumulativo

 

Ante una situación de violencia o de altercado suele emerger la rabia, una emoción secundaria que aparece cuando el individuo percibe injusticia, humillación o pérdida de control sobre su propia vida. No se trata de una reacción aislada, sino de una respuesta comprensible frente a la repetición de quiebres, amenazas, agresiones y frustraciones. En sociedades sometidas a crisis reiteradas, esta rabia no parte de cero, se superpone a experiencias previas no resueltas, dando lugar a lo que la literatura especializada define como trauma acumulativo o trauma complejo, donde el impacto emocional no proviene de un solo evento, sino de la reiteración de situaciones que erosionan lentamente la confianza y la esperanza (Danieli, 1998; Courtois & Ford, 2009). Cuando la rabia no encuentra elaboración simbólica ni espacios de palabra, tiende a ser crónica y expresarse como desesperanza, cinismo social o síntomas corporales. En cambio, cuando es reconocida, comprendida y canalizada, puede transformarse en energía psíquica para la acción, en conciencia crítica compartida y, en algunos casos, en un poderoso factor de cohesión social, y de reconstrucción del sentido colectivo. La clave es analizarlas mediante la palabra, la reflexión, la acción cívica o la creación simbólica. La emoción reprimida enferma, la emoción elaborada transforma.


 

Comentario de Andrés M., 22 años, contador: “Yo pensaba que ya estaba acostumbrado a todo en este país, pero esa noche me di cuenta de que no. Ahora, si no es necesario, no salgo tarde. Me da rabia sentir miedo en mi propia ciudad, pero también impotencia porque uno no controla nada.”

 

¿Qué hacer desde la psicología?

 

Frente al miedo: Lo primero es validarlo y verbalizarlo. La evidencia muestra que nombrar la emoción reduce la activación amigdalar y favorece la regulación emocional. El acompañamiento social actúa como factor protector. A ello se suma la importancia de restablecer gradualmente señales internas y externas de seguridad como rutinas previsibles, espacios de calma, gestos cotidianos que devuelvan al cuerpo la experiencia de control y continuidad. La regulación emocional no se impone desde la razón, sino que se construye desde la repetición de vivencias donde el organismo comprueba, una y otra vez, que el peligro ha cesado. Solo entonces el miedo comienza a transformarse, no por negación, sino por integración consciente.

Problemas al dormir: En el caso de insomnio resulta fundamental restablecer rutinas estables, reducir los estímulos nocturnos y favorecer prácticas de respiración y relajación que indiquen al sistema nervioso que es posible bajar la guardia. Si los síntomas persisten, se recomienda una intervención psicológica temprana, ya que el sueño no es solo un estado de reposo, sino un pilar central de la salud mental y emocional.  Asimismo, es importante comprender que el insomnio posterior a un evento amenazante no refleja fragilidad, sino hiperactivación neurofisiológica. El cuerpo intenta mantenerse alerta para protegerse, aun cuando el peligro inmediato ya ha pasado. Acompañar este proceso con paciencia, psicoeducación y contención emocional reduce la ansiedad secundaria —el miedo a no poder dormir— y evita que el insomnio vuelva crónico, permitiendo que el descanso recupere su función reparadora tanto a nivel emocional como cognitivo.

Frente a la hipervigilancia: Desde la neurociencia del sueño se ha demostrado que, tras experiencias traumáticas, el cerebro mantiene activados los circuitos de vigilancia durante la noche, interfiriendo con los mecanismos normales de inicio y mantenimiento del sueño. Esta hipervigilancia nocturna no es voluntaria ni racional, sino automática, y requiere tiempo y señales consistentes de seguridad para desactivarse. Comprender este proceso ayuda a disminuir la autoexigencia y la culpa del paciente, factores que, paradójicamente, suelen perpetuar el insomnio en contextos postraumáticos. Evitar salir de noche, la modificación de rutinas y el retraimiento social constituyen respuestas clásicas de hipervigilancia post-amenaza. Según la psicología del trauma, estos comportamientos cumplen una función protectora inicial (Harvey, A., 2010). El riesgo aparece cuando la evitación se prolonga y reduce significativamente la vida social, el trabajo o el sentido de futuro.

 

Comentario de Luis A., 37 años, economista: “Lo que más me marcó fue pensar en mis hijos. Durante el ataque sentí que no podía protegerlos. Ahora soy mucho más cuidadoso, evito salir de noche. No es cobardía, es cansancio de vivir siempre en alerta.”

 

Al final…

 

A quienes hoy sienten miedo, cansancio, rabia o una tristeza difícil de nombrar, queremos decirles algo con absoluta claridad: no están fallando, no están rotos, no están solos… Lo que sienten no es señal de debilidad, sino de humanidad. Es la respuesta de un cuerpo y una mente que han sido expuestos a demasiado durante demasiado tiempo, y que aun así siguen intentando proteger la vida, el futuro y el sentido. Las reacciones que hoy aparecen —el insomnio, la hipervigilancia, el retraimiento, la rabia, la impotencia y/o la ansiedad— no definen quiénes son, ni determinan quiénes serán. Son estados transitorios de un sistema nervioso que aprendió a sobrevivir en contextos adversos. Y todo sistema que aprende a supervivir también puede aprender a sanar.


 

La historia personal y colectiva demuestra que los seres humanos no solo resistimos el trauma, lo elaboramos, lo transformamos y, muchas veces, crecemos a partir de él. La seguridad interior no regresa de golpe, pero se reconstruye lentamente en los vínculos, en la palabra compartida, en los gestos cotidianos de cuidado, en la posibilidad de volver a dormir, de volver a confiar, y de volver a imaginar.

Acompañarnos es hoy un acto profundamente terapéutico. Escucharnos sin juzgar, validarnos sin minimizar, estar presentes sin exigir rapidez en la recuperación. Cada pequeño avance —una noche un poco mejor dormida, una salida breve, una conversación honesta— es una victoria silenciosa. Incluso en medio de la incertidumbre, la vida sigue abriéndose paso. Y cuando una sociedad comienza a comprender lo que le ocurre, cuando deja de culpabilizarse por sentir y empieza a cuidarse colectivamente, algo esencial se repara. No todo depende de nosotros, es cierto, pero siempre hay algo que sí está en nuestras manos como la manera en que nos sostenemos unos a otros.

Que este momento no sea solo una herida, sino también una semilla. Que del miedo nazca conciencia, del dolor solidaridad y de la noche, poco a poco, vuelva a surgir la posibilidad de luz. Estamos juntos en este proceso. Y eso, incluso en los tiempos más difíciles, marca toda la diferencia… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, puedes escribirnos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.

 



 

(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”, disponibles en Amazon)

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente. Gracias. © Fotos e imágenes Gessen&Gessen

 

 

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