¿Tus hijos Serán como papá y mamá?
- María Mercedes y Vladimir Gessen
- hace 17 minutos
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El poder silencioso del modelaje parental: Tus hijos se parecerán —en muy buena medida— como realmente eres tú, y no como les digas que sean...
La herencia invisible
Cuando un padre o una madre se pregunta cómo serán sus hijos en el futuro, la respuesta suele buscarse en la genética, en la escuela, en el entorno social o en los riesgos del mundo moderno. Sin embargo, décadas de investigación en psicología del desarrollo, neurociencia y las ciencias sociales coinciden en un punto fundamental, el de que la mayor influencia en la formación de un niño no es lo que se le enseña explícitamente, sino lo que observa, percibe, internaliza y copia de las figuras de su papá y su mamá. Las relacionales tempranas —especialmente con los padres— configuran la arquitectura cerebral, influyendo en el carácter, la conducta y la identidad.
Los hijos no solo heredan rasgos físicos —la estatura, el color de los ojos— o ciertas predisposiciones biológicas. Heredan sí, sobre todo, los estilos emocionales, las formas de pensar, los patrones de conducta, las maneras de amar, de enfrentar el conflicto, de manejar el miedo y de relacionarse con el mundo, de sus progenitores. Esta herencia psicológica, muchas veces inconsciente, es la que termina moldeando su carácter, sus comportamientos y su destino. Estudios muestran que los niños internalizan modelos operativos internos a partir de la relación con sus figuras parentales, los cuales guían la forma de amar, la de regular susemociones, enfrentar el estrés y relacionarse en la adultez.
Comentario de Sofía M. 22 años, Buenos Aires: “Un día entendí por qué reacciono como reacciono. No me enseñaron con palabras, aprendí mirando a mi mamá y quizás de mi papa. Ahora veo que muchas de mis respuestas emocionales vienen de casa, no de un mis defectos como creía.”
El modelaje: aprender sin que nadie le enseñe
Uno de los conceptos centrales para comprender este fenómeno es el aprendizaje por modelaje, ampliamente estudiado por la psicología. El niño aprende observando cómo hablan sus padres, cómo se tratan entre ellos, cómo resuelven los desacuerdos, cómo reaccionan ante la frustración, cómo enfrentan el fracaso o celebran el éxito. Lo que el niño internaliza no son solo actos aislados, sino patrones de conducta estables, formas recurrentes de responder al mundo, que se convierten en guías implícitas para su propio comportamiento.
Albert Bandura, uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX, demostró que la conducta humana se aprende en gran medida por observación e imitación, incluso sin refuerzo directo. El niño no necesita que se le diga “haz esto”, basta con ver que eso se hace. Así, los patrones de conducta parentales se reproducen de manera casi automática, transmitiéndose de generación en generación, junto con valores, creencias, virtudes y también heridas emocionales no resuelta, como un padre que gestiona el estrés con violencia verbal lo cual modela un patrón de afrontamiento agresivo. Una madre que vive desde el miedo modela un patrón de respuesta ansiosa. Un hogar donde se dialoga, modela patrones de comunicación y negociación. Un hogar donde se ama con respeto modela patrones vinculares basados en la tolerancia y la confianza. Los padres transmiten, de forma consciente e inconsciente, estilos de pensamiento, regulación emocional y representación del mundo, interviniendo decisivamente en la personalidad del hijo.
Comentario de Daniel R. 25 años, Madrid: “Me impactó darme cuenta de que repetía frases y actitudes de mi padre, sin notarlo. No es genética, es imitación. La buena noticia es que ahora que lo veo, puedo cambiarlo o no.”
Neurociencia del vínculo: el cerebro se moldea en casa
La neurociencia del desarrollo ha confirmado que el cerebro infantil es extraordinariamente maleable, especialmente durante los primeros años de vida. Las interacciones cotidianas con las figuras de apego median directamente en la arquitectura cerebral, en los circuitos emocionales y en los sistemas de regulación del estrés. Investigaciones en apego muestran que padres emocionalmente disponibles favorecen el desarrollo de un afecto seguro, asociado en la adultez con mayor autoestima, mejor regulación emocional y relaciones más sanas. Las interacciones tempranas con las figuras de apego moldean el hemisferio derecho, responsable de la regulación emocional, el estrés y la empatía, confirmando que el cerebro se “modela” en la relación. El apego seguro, favorecido por padres emocionalmente disponibles se asocia en la adultez con mayor autoestima, mejor regulación emocional y relaciones interpersonales más saludables.
Por el contrario, ambientes impredecibles, fríos o caóticos pueden generar apegos inseguros que activan sistemas de estrés crónico en el niño, afectando el desarrollo cerebral y aumentando la probabilidad de ansiedad, inseguridad y dificultades vinculares.
Comentario de Laura P. 34 años, Ciudad de México: “Soy mamá y saber sobre el modelaje de los padres me confrontó. Me hizo ver que mis hijos aprenden más de cómo manejo el estrés que de todo lo que les digo. Criar también es revisarse.”
No se trata de perfección, sino de coherencia emocional. Los niños no necesitan padres ideales, necesitan padres conscientes de sí mismos. “Haz lo que digo” no funciona si el comportamiento del padre niega lo que indica. Uno de los errores más frecuentes en la crianza es la disonancia entre el discurso y la conducta. Padres que exigen autocontrol, pero pierden el control. Padres que predican honestidad, pero mienten. Padres que piden respeto, pero humillan. Los padres conscientes de sus propios estados emocionales transmiten mayor coherencia, facilitando en el niño la integración emocional y la autorregulación, más que la perfección conductual.
Desde la psicología, sabemos que la incoherencia erosiona la autoridad emocional. El niño aprende que las palabras no coinciden con los hechos y desarrolla confusión, desconfianza o cinismo temprano. En cambio, cuando el mensaje verbal y el comportamiento están alineados, el aprendizaje se vuelve profundo y duradero. La educación más poderosa no se da en los sermones, sino en los gestos cotidianos.
Comentario de Andrés T. 38 años, Bogotá: “Crecí en un hogar autoritario y juré no ser así. Sin embargo, a veces me descubro yendo al otro extremo. Entendí que sin trabajar mi vida, sigo reaccionando desde ella.”
Transmisión intergeneracional: lo no resuelto también se hereda
La psicología clínica y la investigación en desarrollo humano han documentado de manera consistente que los traumas, los miedos y los patrones relacionales disfuncionales no elaborados tienden a transmitirse de una generación a otra. Esta transmisión no ocurre, en la mayoría de los casos, por herencia genética directa, sino a través de lo que hoy se conoce como aprendizaje relacional, es decir, mediante los vínculos tempranos, los estilos de apego y los climas emocionales que rodean al niño desde sus primeros años de vida.
Los padres y los abuelos no transmiten únicamente recuerdos o relatos explícitos, comunican formas de sentir, de reaccionar y de interpretar el mundo. Padres que crecieron en contextos donde la expresión emocional estaba inhibida suelen tener dificultades para ofrecer disponibilidad afectiva a sus hijos. A su vez, estos hijos pueden desarrollar problemas en la regulación emocional, inseguridad afectiva o dificultades para establecer vínculos íntimos en la adultez (Main et al., 1985).
Del mismo modo, padres que se formaron en ambientes autoritarios o emocionalmente hostiles tienden a repetir esos mismos modelos de crianza, o bien a rechazarlos de manera extrema, oscilando hacia estilos permisivos o desorganizados. Ambos extremos responden, en realidad, a la misma raíz, una experiencia temprana no integrada emocionalmente. Así, incluso cuando se intenta “hacer lo contrario”, el pasado continúa influyendo en el presente de forma reactiva (Baumrind, D., 1971). En el caso de los traumas no integrados, estos permanecen como memoria implícita, influyendo en la conducta de los padres sin que el adulto sea consciente, lo cual facilita su transmisión a los hijos.
Comentario de Mariana S. 46 años, Miami: “Me emocionó saber que no se trata de ser padres perfectos, sino conscientes. Yo no recibí afecto verbal, y ahora entiendo por qué me cuesta expresarlo. Estoy aprendiendo a hacerlo.”
Uno de los aportes centrales de la psicotraumatología contemporánea —el campo de la psicología clínica y la psiquiatría que estudia cómo los traumas psicológicos afectan al ser humano a corto, mediano y largo plazo, y cómo esos efectos pueden persistir, transformarse o transmitirse a lo largo del tiempo, incluyendo su impacto en el cuerpo, las emociones, la memoria, las relaciones y, en muchos casos, en las siguientes generaciones— es haber demostrado que el trauma no elaborado se aloja, principalmente, en la memoria implícita y en los sistemas emocionales automáticos. Lo que explica por qué muchos padres repiten patrones que racionalmente rechazan o actúan desde miedos que no comprenden del todo. El cuerpo y las emociones recuerdan aquello que la mente no ha logrado simbolizar (van der Kolk, 2014). Sin embargo, la investigación también ofrece un mensaje profundamente esperanzador: la transmisión intergeneracional no es un destino inexorable. Estudios sobre mentalización y función reflexiva muestran que cuando un padre o una madre logra pensar su propia historia, reconocer sus heridas, y darles un sentido narrativo, se reduce de manera significativa la probabilidad de transmitir patrones disfuncionales a la siguiente generación. Los padres transmiten, de forma consciente e inconsciente, estilos de pensamiento, regulación emocional y representación del mundo, influyendo decisivamente en la personalidad del hijo (Fonagy et al., 2002). En este sentido, la conciencia rompe la repetición. No se trata de haber tenido una infancia perfecta, sino de haberla comprendido. Todo padre o madre que reflexiona sobre su historia emocional, que reconoce lo recibido y lo no recibido, ya está transformando el destino psicológico de sus hijos. Criar, entonces, no es solo cuidar a otro, es también una oportunidad de reparación intergeneracional.
Comentario de Carlos G. 49 años, Santiago de Chile: “Ser como los padres explica mucho de lo que veo en consulta y en mi familia. Los patrones se repiten hasta que alguien los hace conscientes… y ese alguien puede ser uno.”
¿Y los genes qué?...
Los genes transmiten la base biológica de quienes somos. El hogar y los vínculos padres-hijos determinan en gran medida en quiénes nos convertimos. Los genes transmiten principalmente información biológica, no contenidos psicológicos ni culturales. Son el manual básico de construcción del organismo, pero no el guion de la vida emocional o moral. Así, transmiten los rasgos físicos como estatura potencial, color de ojos, piel, cabello, complexión, la estructura y funcionamiento del cuerpo y sus componentes como órganos, sistema nervioso, metabolismo. También transmiten predisposiciones biológicas como determinadas tendencias a ciertas enfermedades como diabetes, hipertensión, o cánceres hereditarios. Sensibilidades neurológicas como el umbral al estrés, reactividad, o temperamento básico, y las capacidades generales del potencial cognitivo, la coordinación, la resistencia física, y el ritmo biológico.
Lo que no transmiten los genes son los valores, las creencias de cualquier índole, los pensamientos religiosos o las ideas políticas, las formas de amar, los estilos y modelos de crianza, o las maneras de resolver conflictos. Tampoco la ética, la empatía, o el sentido del bien y del mal, así como los traumas psicológicos. Todo eso se adquiere social y culturalmente, no genéticamente.
La psicología clínica ha documentado ampliamente cómo los traumas, los miedos y los patrones disfuncionales no elaborados tienden a transmitirse de generación en generación. No por genética estricta, sino por aprendizaje relacional.
Padres que no aprendieron a expresar afecto suelen criar hijos con dificultades emocionales y que probablemente crecieron en ambientes autoritarios pueden repetir —o rechazar de forma extrema— esos mismos modelos. De esta forma la historia familiar se reescribe, para bien o para mal, en cada generación. Estas transmisiones operan, en gran medida, a través de memorias implícitas y climas emocionales persistentes, que influyen en la forma en que los padres reaccionan, se vinculan y educan, incluso cuando son conscientes de no querer repetir el pasado. Lo no elaborado tiende a expresarse en automatismos, silencios, miedos difusos o respuestas desproporcionadas, convirtiéndose en un legado invisible que los hijos aprenden sin que nadie se los enseñe explícitamente.
La buena noticia es que la conciencia rompe la repetición. Todo padre o madre que reflexiona sobre su propia historia ya está cambiando el destino psicológico de sus hijos.
Comentario de Elena V. 67 años, Valencia, España: “En mi generación no se hablaba de emociones. Veo a mis hijos y nietos y entiendo ahora cuántas cosas no resueltas les pasamos sin querer. Ojalá hubiera aprendido sobre este tema antes.”
El hogar como primera escuela de humanidad
Antes que la escuela, antes que la sociedad y mucho antes que la cultura digital, el hogar es el primer laboratorio emocional del ser humano. Es allí donde el niño comienza a construir su mundo interno y a dar sentido a la experiencia de vivir. El microsistema familiar constituye el entorno más influyente y constante en el desarrollo psicológico, porque en él se aprenden —muchas veces sin palabras— las formas básicas de relación con uno mismo, y con los demás.
En casa se aprende cómo se ama, cómo se discute, cómo se repara el daño, cómo se pide perdón, cómo se tolera la frustración, cómo se confía en uno mismo y cómo se reconoce al otro como legítimo. No se trata de lecciones formales, sino de experiencias cotidianas que se repiten y se internalizan. Los hijos observan no solo lo que sus padres hacen con ellos, sino también lo que hacen entre sí y la manera en que se vinculan con el mundo. De ese entramado silencioso surge la primera noción de humanidad que cada niño llevará consigo a lo largo de su vida.
Comentario de Roberto L. 72 años, Montevideo: “Cuando muchas personas de mi entorno me decían que era igual que mi padre comprendí que hice lo que pude con lo que tuve. Pero también que nunca es tarde para revisar la propia historia y sanar hacia adelante.”
No solo serán como tú… pero tú eres decisivo
Sería injusto —y poco riguroso desde el punto de vista científico— afirmar que los padres determinan de manera absoluta el destino de sus hijos. En el desarrollo humano intervienen múltiples influencias, biológicas, sociales, culturales e históricas y ahora debemos agregarle las intercomunicaciones en su máximo grado y en redes mundiales. Sin embargo, la evidencia acumulada es clara y consistente, aun los padres constituyen la influencia más temprana, más constante y más profunda en la formación de la personalidad de sus hijos. El desarrollo del niño está integrado en un complejo sistema de interacciones. No obstante, entre las muchas relaciones que influyen en el crecimiento y desarrollo de los niños, quizá la más determinante es la que existe entre padres e hijos. Por ello, cuando un padre o una madre se pregunta “¿Cómo serán mis hijos?”, la respuesta más honesta es que, en buena medida, serán como hayan sido modelados. No solo en su cuerpo, sino en su manera de pensar, de sentir y de estar en el mundo.
Esta influencia temprana no opera de forma consciente ni intencional en la mayoría de los casos, sino a través de miles de interacciones cotidianas y aparentemente insignificantes. El tono de voz, la manera de poner límites, la forma de expresar el afecto o de gestionar el conflicto van configurando un marco interno desde el cual el niño interpreta la realidad. Así, los padres no transmiten solo valores declarados, sino estilos de vida emocional que acompañarán al hijo mucho más allá de la infancia. Incluso cuando otros contextos ganen peso con el tiempo, la huella parental inicial continuará operando como referencia silenciosa.
Criar es también criarse
La crianza no es únicamente un acto dirigido hacia afuera, porque es, al mismo tiempo, un proceso de transformación interior. Educar a un hijo implica inevitablemente educarse a uno mismo: revisar hábitos, cuestionar reacciones automáticas, reconocer heridas no resueltas y crecer emocionalmente. Ser padre o madre no consiste solo en dar vida, sino en enseñar a vivir, incluso cuando no se es consciente de estar enseñando. Y en ese sentido profundo, cotidiano y silencioso, el modelaje parental no es simplemente importante, es determinante. Cada etapa del desarrollo del hijo interpela al adulto y lo confronta con su propia historia emocional. Los hijos activan recuerdos, miedos y aprendizajes que muchas veces permanecían latentes. Criar, ofrece así, una oportunidad única de revisión y reparación, no solo para el niño, sino también para quien cuida. Cuando un padre o una madre se permite este trabajo interno, la relación se vuelve más auténtica y menos reactiva, y la crianza deja de ser solo transmisión para convertirse también en sanación intergeneracional.
Comentario de Natalia C. 35 años, Barcelona: “No basta con amar a los hijos, hay que revisar cómo los amamos. Muchas de mis reacciones automáticas vienen de patrones que heredé sin darme cuenta de mi madre y mi padre. Ser consciente de eso es vital para enseñarles.”
Creencias, religiones y librepensamiento: educar para elegir
Las creencias y las religiones también forman parte de la herencia cultural y emocional que se transmite en el hogar. Sin embargo, desde una mirada de librepensamiento, educar no significa imponer una fe, sino abrir un horizonte de comprensión. Los hijos no necesitan recibir respuestas cerradas, sino aprender a formular preguntas. No necesitan dogmas tempranos, sino marcos éticos, afectivos y reflexivos que los acompañen mientras construyen su propia visión del mundo. Así les enseñamos a pensar, a decidir. Un hogar que promueve el librepensamiento no niega la espiritualidad ni desvaloriza las religiones, por el contrario, las presenta en su diversidad. Judaísmo, cristianismo, islam, budismo, hinduismo, espiritualidades ancestrales, visiones laicas y humanistas pueden ser conocidas como expresiones históricas, culturales y espirtuales, de la búsqueda de sentido. Así, el niño aprende que la fe ha sido, para millones de personas, una fuente de consuelo, comunidad, valores y trascendencia, pero también comprende que ninguna creencia agota por sí sola la experiencia humana.
Desde esta perspectiva, lo que se transmite no es una religión específica, sino una actitud frente a lo trascendente, con respeto, curiosidad, apertura y pensamiento crítico. Los hijos observan si sus padres viven la espiritualidad desde la coherencia, la compasión y la libertad, o desde el miedo, la culpa y la imposición. Aprenden, sobre todo, que creer puede ser un acto consciente y elegido, no una obligación heredada. El librepensamiento procura algo esencial como es postergar la adhesión definitiva. Permite que los hijos, ya en la adultez, con madurez cognitiva y emocional, decidan si desean incorporarse a una religión, a una iglesia, a una comunidad espiritual determinada o si prefieren una visión laica del sentido de la vida. Esa elección, al no estar forzada, suele ser más profunda, auténtica y estable. Educar de este modo no debilita la transmisión de valores, la fortalece. Porque el respeto, la empatía, la responsabilidad y el amor al prójimo no pertenecen a una sola fe. Son patrimonio humano. Cuando un padre o una madre educa desde el librepensamiento, no le quita a sus hijos la espiritualidad: les regala la libertad de encontrarla. Tal vez esa sea una de las herencias más nobles que se pueden ofrecer, no decirle al hijo en qué debe creer, sino acompañarlo para que, llegado el momento, sepa elegir con conciencia propia, sin miedo y con sentido.
Comentario de Verónica A., 41 años, Londres: “Me sentí muy identificada con la libertad de ser. En casa elegimos mostrarles a nuestros hijos distintas religiones y formas de pensar, sin imponerles ninguna. Queremos que, cuando sean adultos, crean en lo que decidan —o no— siendo libres y no desde el miedo. Eso también es educar.”
La herencia que sí podemos elegir
Cada hijo es una historia nueva que llega al mundo. Pero nunca llega a un vacío. Llega a un hogar que ya late, que ya respira emociones, silencios, palabras, gestos y maneras de mirar la vida. Llega a un clima humano que lo recibe incluso antes de entenderlo. Y es allí, en ese espacio íntimo y cotidiano —mucho antes de la escuela, de la sociedad o del ruido del mundo— donde se siembra la primera idea de lo que significa ser persona. No hay herencia más profunda ni más poderosa que esa. Ser padre o madre no es solo transmitir genes ni preocuparse por el futuro material. Es algo mucho más sutil y decisivo, es ofrecer una manera de estar en la vida. Los hijos descubren quiénes son mirando cómo sus padres aman, cómo se equivocan, cómo se caen y se levantan, cómo piden perdón, cómo vuelven a intentar. En ese aprendizaje silencioso, diario y casi invisible, se va formando su forma de sentir, de pensar y de vincularse con el mundo.
Y aquí aparece una verdad que reconforta, nada está definitivamente escrito. La historia emocional no es una condena ni un destino cerrado. Cada vez que un padre o una madre se detiene, se mira con honestidad y reconoce tanto sus luces como sus heridas, algo nuevo se abre. La conciencia transforma. El amor vivido con presencia repara. Y lo que durante años fue repetición puede convertirse, por fin, en elección.
Criar es, quizás, uno de los actos más humanos que existen. No porque garantice perfección —nadie la tiene—, sino porque invita al crecimiento. En la crianza se hereda, sí, pero también se sana. Se transmite historia, pero también se inaugura futuro. Y en ese delicado equilibrio entre lo que recibimos y lo que elegimos hacer con ello, los hijos no solo crecen, más bien aprenden a vivir con sentido.
Tal vez esa sea la tarea más profunda de todo padre y toda madre, no ser impecables, sino ser conscientes. Porque cuando un adulto se atreve a transformarse, no cambia solo su propia vida. Cambia, silenciosamente y para siempre, la vida de quienes vendrán después… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, puedes escribirnos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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