¿Ya hiciste las promesas para el nuevo año?
- Maria Mercedes y Vladimir Gessen
- hace 3 horas
- 16 Min. de lectura
Aunque sean creencias de alguna manera son propósitos y compromisos con la vida o con uno mismo, prometer de alguna u otra manera ¡funciona!
Todo comienzo es una promesa
Cada vez que un año termina y otro comienza, miles de millones de personas en todo el planeta hacen promesas, y casi todas —de manera explícita o implícita— están ligadas a una misma aspiración como es la búsqueda de la felicidad. Ocurre más allá de la cultura, la religión o la edad. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores, creyentes y no creyentes, repiten el mismo gesto ancestral. El rito comienza al detenerse, mirar hacia atrás y proyectarse hacia adelante con un compromiso renovado. Algunas promesas se formulan en voz alta, otras en silencio, se invoca a Dios, al Universo o a los ancestros, y algunos se dirigen únicamente a la propia conciencia. Pero todas comparten una intención profunda: vivir mejor, sufrir menos, encontrar equilibrio, sentido y felicidad en el nuevo tiempo que comienza. No es casual que este ritual colectivo coincida, en algunas tradiciones, con el solsticio de invierno, ese momento simbólico en el que la noche alcanza su punto máximo y la luz empieza lentamente a regresar. El ser humano, consciente o no, lee en ese ciclo natural una metáfora poderosa: es el momento en que en la oscuridad más larga, la luz renace. Prometer también al inicio de un nuevo año es, en el fondo, un acto de esperanza orientado a la felicidad, una manera de alinearse con un ciclo que comienza, y de afirmar que el futuro, aun incierto, puede ser habitado con propósito, voluntad y significado.
Prometer para existir
Hacer las promesas no nos garantiza los resultados propuestos externos ni que modifiquemos mágicamente la realidad, sino que operan como organizadores internos de la experiencia humana, lo cual generalmente hace que se cumplan. Ya provengan de la fe religiosa, de una convicción consciente o de un propósito estrictamente personal, las promesas sí activan mecanismos psicológicos muy concretos porque focalizan la atención, reducen la dispersión emocional, ordenan las prioridades de cada quién, y dotan de coherencia narrativa a nuestra vida. Sabemos que el cerebro humano necesita marcos o modelos de sentido para sostener el esfuerzo y tolerar la incertidumbre, por lo que prometer es precisamente construir ese marco. Establecer objetivos claros incrementa la persistencia, el foco atencional y la autorregulación. La persona que promete no solo se proyecta hacia el futuro, sino que se compromete con una versión posible de sí misma, y ese compromiso incrementa la persistencia, la resiliencia y la capacidad de atravesar el dolor sin desmoronarse. Por ello, aun cuando la promesa no se cumpla en términos literales, suele cumplir su función más importante, como es la de mantenernos en movimiento, conectado con la esperanza y con la idea de que la vida responde a algo más que al azar.
Prometer no es un gesto menor. No es solo una fórmula verbal ni un contrato social improvisado. Prometer es, en esencia, un acto simbólico mediante el cual el ser humano intenta fijar el futuro, dotarlo de sentido y someter la incertidumbre a un orden comprensible. En las promesas confluyen convicciones morales, expectativas culturales y procesos psicológicos vinculados con la identidad, la planificación y la esperanza. Desde nuestra experiencia hemos comprobado que las promesas no solo organizan la conducta, más bien ordenan y ajustan la vida. Son una arquitectura invisible que sostiene decisiones, sacrificios y renuncias. Allí donde la realidad se vuelve inestable, el ser humano promete… y a la vez establece metas, objetivos y propósito de vida. Si además se establece un vínculo con el Universo o Dios, la promesa adquiere un mayor sentido porque nos trasciende como individuos, y deja de ser solo un acto de voluntad personal al convertirse en una alianza divina con algo más grande que uno mismo.
Comentario de Mateo L., 35 años, México: “Hacer promesas a la Virgen me ordena. Me obliga a cumplir, aunque nadie más me esté mirando”.
Comentario de Terrell K., 23 años, New York: “Mi promesa fue no ser una estadística. Eso me sostuvo cuando todo parecía empujarme al fracaso”.
Promesas y fe cuando el futuro se deposita en lo sagrado
En distintas culturas, prometer implica invocar una instancia superior: A Dios, el Universo o a nuestros antepasados, lo cual es un principio trascendente porque actúan como testigos del compromiso. Psicológicamente, esto cumple una función clave, al externalizar la responsabilidad y reforzar la sensación de control en contextos de inseguridad. En la práctica, observamos que, frente a la enfermedad, el duelo o el miedo, la promesa religiosa se convierte en un ancla emocional. Se ha demostrado que los sistemas de creencias no funcionan por magia, sino porque reducen incertidumbre y ansiedad. No garantiza resultados, pero reduce la ansiedad y la angustia, y ofrece un marco narrativo, “si hago y cumplo una promesa, algo bueno ocurrirá”.
En el judaísmo algunos autores inscriben la promesa en la lógica de la alianza y así, prometer es renovar un pacto ético con Dios y con la comunidad, donde la palabra dada sostiene la identidad colectiva. El concepto de brit (alianza) es central en la teología, la ética y la antropología judía. No se trata solo de fe, sino de un pacto normativo que estructura identidad, conducta y pertenencia. El judaísmo es una “religión del pacto”, donde la promesa no es individualista, sino comunitaria y generacional.
Los cristianos formulan promesas como actos de fe y conversión, especialmente en contextos de culpa, enfermedad o crisis, donde el compromiso con lo sagrado ofrece consuelo y esperanza de redención. Para la cristiandad, la promesa está íntimamente ligada a la conversión, el arrepentimiento y la esperanza de redención. No es solo petición, sino transformación interior. La promesa aparece como respuesta a la culpa, el sufrimiento y la búsqueda de redención mediante la conversión. La fe cristiana ofrece sentido y sostén existencial ante la vida misma.
En el hinduismo, la promesa se integra al dharma, un principio normativo que articula ética, espiritualidad y responsabilidad individual, que es más que un juramento puntual, es el compromiso de vivir conforme al orden cósmico, y al deber personal, alineando la vida individual con un sentido trascendente, integrando conducta, identidad y sentido cósmico. Es de hecho una estructura de vida moral y espiritual del individuo.
En el islam, cumplir la palabra dada es una obligación ética y espiritual, directamente vinculada al concepto de islām como sumisión consciente a la voluntad de Dios (Allah). La promesa adquiere valor moral porque Dios es testigo de los actos y las intenciones. la promesa se entiende como una responsabilidad moral ante Dios. Cumplir la palabra es un acto de coherencia espiritual que reafirma la sumisión consciente a la voluntad divina, donde intención y acción son inseparables
En el budismo, aun sin un Dios personal, existen votos y compromisos interiores —de atención, compasión y desapego— que funcionan como promesas dirigidas al propio proceso de liberación del sufrimiento. La promesa no se formula como pacto con una deidad, sino como voto consciente (praṇidhāna, śīla) orientado a la transformación de la mente y la reducción del sufrimiento (dukkha). Estos compromisos —atención plena, compasión y desapego— constituyen la base ética y psicológica del camino budista. El Dalai Lama, observa al budismo como una práctica ética y psicológica centrada en compromisos conscientes más que en dogmas religiosos.
Tabla comparativa interreligiosa sobre la promesa
Más allá de sus diferencias teológicas, todas las tradiciones coinciden en un punto esencial, en donde la promesa no es magia ni garantía externa, sino un organizador interno de la experiencia humana. En unas culturas, la promesa se dirige a Dios. En otras, al orden cósmico. En algunas, al propio proceso interior. Pero en todos los casos cumple funciones similares, como es reducir la incertidumbre, sostener la esperanza, ordenar la conducta y dotar de sentido al dolor y al esfuerzo. Desde esta perspectiva, la promesa aparece como una estructura psíquica universal, adaptada a distintos lenguajes simbólicos, pero siempre al servicio de la misma necesidad humana: vivir con coherencia, propósito y significado.
Todas —independiente de la religión— son promesas que cumplen exactamente la misma función psicológica. En la práctica clínica observamos que estas promesas —religiosas o laicas— ofrecen un marco narrativo comprensible, una lógica íntima que susurra, “si sostengo este compromiso, algo bueno —o al menos significativo— podría ocurrir”. Para las religiones en general, la promesa no es superstición, pasa a ser una estructura psíquica. Es una forma de sostener la esperanza sin caer en la parálisis.
Los librepensadores, agnósticos o no creyentes, hacen promesas. No a una divinidad, sino a sí mismos, a valores éticos o a la humanidad. La psicología moral y la filosofía contemporánea muestran que la promesa no depende de la creencia religiosa, sino de la capacidad humana de comprometerse con valores y principios éticos compartidos. Incluso, en ausencia de creencias religiosas, los librepensadores y agnósticos formulan promesas éticas dirigidas a sí mismos, a valores universales o a la humanidad, cumpliendo funciones psicológicas similares a las promesas religiosas como es orientar la conducta, sostener la coherencia moral y dotar de sentido a la vida. De alguna manera se evidencia que los sistemas morales —religiosos o seculares— cumplen funciones psicológicas equivalentes.
Comentario de Seo‑hyun, 28 años, Corea del Sur: “No prometemos a un Dios personal, pero sí a nuestros ancestros. Fallarles sería fallarnos”.
Comentario de Kendrick J., Jackson, Mississippi: 62 años: “Cuando mi hijo estuvo grave, prometí ir a la iglesia cada domingo si salía adelante. No era un trato con Dios, era mi manera de no rendirme”.
Prometer como acto psicológico
Es fijar objetivos para no naufragar. Desde la psicología cognitiva, prometer equivale a formular una meta y comprometer recursos mentales para alcanzarla. Implica anticipación, planificación, autorregulación y autoevaluación, procesos ampliamente estudiados en la teoría del establecimiento de metas de Locke y Latham, quienes demostraron que los objetivos claros y asumidos, incrementan la persistencia y el rendimiento (Locke & Latham, 2002). Asimismo, la psicología del Future self señala que imaginar quiénes seremos mañana influye directamente en nuestras decisiones presentes, fortaleciendo la continuidad identitaria (Hershfield, 2011). Prometemos, en ese sentido, para convertir el deseo en conducta, y la intención en acción, tal como lo explica la teoría de la conducta planificada de Ajzen (1991), donde el compromiso interno actúa como mediador entre creencias, motivación y comportamiento observable.
¿Y si no se cumple el objetivo o la promesa?
Bueno, no todas las promesas son psicológicamente sanas. Cuando se prometen ideales imposibles —perfección, felicidad permanente o éxito total— la promesa deja de funcionar como motor adaptativo y se transforma en una fuente crónica de culpa y autoexigencia, fenómeno descrito por Beck en la terapia cognitiva como pensamiento absolutista y creencias nucleares disfuncionales (Beck, 1976). En la práctica clínica observamos con frecuencia personas atrapadas en promesas heredadas: “debo ser como mi padre”, “no puedo fallar”, “tengo que demostrar”, mandatos que la psicología sistémica ha identificado como introyecciones o lealtades invisibles que organizan la vida psíquica desde la infancia (Bowen, 1978; Boszormenyi-Nagy, 1973). Estas promesas implícitas, aunque dotan de estructura y sentido, también pueden asfixiar cuando no son revisadas conscientemente. Prometer, en estos casos, no es solo fijar un objetivo, sino construir identidad, delimitar el quién soy y el quién debo ser, y decidir —a veces sin saberlo— quién seré cuando llegue el mañana.
Comentario de Manuel M., 44 años, Madrid: “Me prometí no repetir la vida de sacrificio de mi padre. Esa promesa me hizo emigrar, pero también me llenó de miedo”.
Comentario de Emma L., 51 años, París: “Prometerme libertad fue más difícil que prometer fidelidad. La primera me obligó a cambiar”.
Consulta clínica
Escena: Se trata de una mujer española, 30 años que asiste a consulta con la psicóloga porque se siente “profundamente frustrada” porque no puede alcanzar los objetivos que se traza…
Carmen: Vengo porque estoy cansada de mí misma. Siempre hago promesas, no solo a mí, a otros, a la vida, a Dios… y siento que nunca se cumplen. Yo hago mi parte incluso antes de tiempo, me esfuerzo el doble, me adelanto, doy más de lo que prometí… pero los resultados no llegan. O llegan tarde, o no son como esperaba. Y cuando miro atrás, siento frustración, como si algo estuviera mal en mí…
Psicóloga: Cuando dices que “lo haces antes”, ¿a qué te refieres exactamente?
Carmen: A que me exijo más de lo necesario. Si me prometo cambiar de trabajo, ya estoy trabajando doce horas, estudiando, formándome, sacrificándolo todo. Si me prometo estabilidad emocional, me controlo, me analizo, me corrijo todo el tiempo. Y aun así… nunca es suficiente. Lo que quiero siempre parece ser demasiado grande.
Psicóloga: Lo que describes es muy importante. No es que no cumplas tus promesas, pienso que es probable que tus promesas están desmedidas. No están pensadas como compromisos humanos, sino como pruebas de valor personal. Y ahí aparece el problema: conviertes la promesa en una exigencia absoluta.
Carmen: ¿Entonces prometer no es bueno?
Psicóloga: Prometer puede ser muy positivo. Bien formulada una promesa organiza la vida, da dirección, activa la motivación y ayuda a sostener el esfuerzo. Pero mal enunciada, se vuelve un juez interno implacable. El problema no es prometer, sino prometer la perfección, u objetivos no alcanzables y no desde la realidad. Muchas personas prometen para “merecer” algo, amor, felicidad, éxito, reconocimiento, tranquilidad. Pero una promesa sana no es una moneda de intercambio con la vida. Es un acuerdo razonable con uno mismo, que tiene en cuenta límites, tiempos y errores.
Carmen: Entonces, ¿qué hago mal?
Psicóloga: No mal, pero puedes afinar. Varios errores muy comunes son cuando prometes resultados, y no procesos. Te prometes “lograr”, “alcanzar”, “ser”, en lugar de prometerte caminar, intentar, aprender. También a veces se promete desde quién eres idealmente pero no desde quién eres realmente. Si no eres artista ni has estudiado arte ni las técnicas de pintura o escultura, no puedes hacer una promesa de pintar o esculpir una obra maestra. Lo que si puedes es prometer estudiar y graduarte en una profesión, en este caso asociada al arte, y lograrlo al integrarte a tu aspiración. Si lo que deseas es algo irreal, al no lograrlo te castigas, te frustras cuando la vida no responde al ritmo que tú, y probablemente ningún humano, que se fije una meta inalcanzable.
Carmen: Nunca lo había pensado así…
Psicóloga: Hacer promesas correctamente implica tres claves. La primera es que sean proporcionales, no heroicas. La segunda es que dependan en gran parte de ti, no de factores externos, y la tercera es que incluyan la posibilidad de fallar sin que eso destruya tu autoestima.
Carmen: ¿Y si bajo mis promesas, no sentiría que me conformo?
Psicóloga: Eso es una situación muy frecuente, pero debes tomar en cuenta que ajustar una promesa no es rendirse, es madurar. La ambición sana construye, la desmedida desgasta. Cuando prometes más de lo que puedes alcanzar con todo tu esfuerzo, no te vuelves mejor, te vuelves más dura contigo.
Carmen: Entonces… ¿prometer menos?
Psicóloga: Prometer mejor. Prometer con conciencia. Prometer como una guía, no como una condena. La promesa no está para demostrar que vales, sino para ayudarte a vivir con sentido. De esta forma, tus promesas dejarán de ser una fuente de frustración, y se convertirán en aliadas.
Carmen: Creo que por primera vez siento alivio al escuchar eso…
Psicóloga: Ese alivio es una buena señal. Significa que estás empezando a prometerte algo nuevo, como es ser humana antes que perfecta. Y esa suele ser la promesa más transformadora de todas…
Promesas sociales y culturales: Qué se espera de nosotros
Las promesas no nacen únicamente del individuo, se aprenden, se heredan y se interiorizan dentro de marcos culturales específicos. Cada sociedad define qué promesas son virtuosas y cuáles resultan sospechosas, qué compromisos son celebrados y cuáles son penalizados. Desde la antropología cultural y la psicología social sabemos que estas expectativas colectivas modelan la psique individual, influyendo en la identidad, la autoestima y la percepción del éxito o del fracaso (Geertz, 1973; Markus & Kitayama, 1991). En algunas culturas, la promesa más valorada es la lealtad —a la familia, al clan, a la tradición— y en otras, el logro individual y la superación personal. también en otros ambientes, la armonía y la evitación del conflicto. En las sociedades occidentales contemporáneas, especialmente en Europa y Norteamérica, la promesa cultural dominante es la autorrealización: “sé tú mismo”, “persigue tus sueños”, “llega tan lejos como puedas”. Esta narrativa, profundamente arraigada en el ideal liberal moderno, ha sido analizada por sociólogos como Beck y Giddens como una carga identitaria donde el individuo se convierte en el único responsable de su destino (Beck, 1992; Giddens, 1991). Paradójicamente, esta promesa cultural genera altos niveles de ansiedad, frustración y sensación de fracaso, ya que no cumplirla equivale simbólicamente a “no haber sido suficiente” como persona, fenómeno documentado en estudios sobre el aumento de la autoexigencia y la depresión en sociedades altamente individualistas (Ehrenberg, 2010).
En contraste, en culturas de sociedades asiáticas, africanas o latinoamericanas, la promesa central no es destacar, sino no romper el tejido social. No defraudar a la familia, no avergonzar al grupo, no deshonrar la pertenencia. Aquí, el bienestar individual está subordinado a la cohesión colectiva, y el incumplimiento de las promesas sociales suele generar culpa relacional más que fracaso personal, tal como lo han descrito Hofstede (2001) y Triandis (1995). Las promesas funcionan como contratos invisibles entre el individuo y su sociedad. Así se cambian los contenidos, pero no la presión psicológica. Prometer no es solo un acto personal, sino una respuesta íntima a lo que cada cultura espera que seamos. Las promesas culturales son silenciosas, pero operan con fuerza normativa. No cumplirlas suele vivirse como culpa o exclusión
Comentario de Juan Carlos M., 58 años, Bogotá: “Mi promesa fue sacar adelante a mis hijos. Y lo logré, pero nunca pensé si eso me hacía feliz o no”.
Comentario de Qing H., 40 años, Shanghái: “Prometer aquí es no causar vergüenza. El honor pesa más que el deseo personal”.
Comentario de Matthew A., 26 años: Miami: “Nos prometieron que podíamos ser lo que quisiéramos. Nadie nos explicó el precio emocional”.
Promesas íntimas: el diálogo con uno mismo
Existe una forma de promesa menos visible, pero profundamente decisiva, es la que nos hacemos en silencio, sin testigos externos ni rituales sociales. Frases como “no volveré a amar así”, “esta vez sí cambiaré”, “no permitiré que me humillen” emergen casi siempre después de una herida emocional, una pérdida o una experiencia de desvalorización. Desde la psicología clínica, estas promesas pueden entenderse como intentos de auto-reparación donde el psiquismo busca establecer límites, proteger la autoestima y recuperar una sensación de control frente a lo vivido (Bowlby, 1988). En muchos casos, estas promesas cumplen una función adaptativa, ya que permiten integrar la experiencia como aprendizaje, recordándonos —como en el desarrollo infantil— que se aprende a caminar cayéndose, ajustando, probando de nuevo. Sin embargo, cuando estas promesas se vuelven rígidas, pueden transformarse en defensas excesivas que empobrecen la experiencia emocional, cerrando la posibilidad de intimidad, riesgo o crecimiento. La psicología humanista y la teoría del self han señalado que el diálogo interno —la manera en que una persona se promete a sí misma o se habla y se define— es central en la construcción de la identidad y la regulación emocional (Rogers, 1961; Neff, 2011). Asimismo, investigaciones sobre el self-compassion muestran que las promesas íntimas más sanas no son las que nos endurecen, sino las que incorporan comprensión, flexibilidad y tolerancia al error, favoreciendo una integración emocional más profunda (Neff & Germer, 2013). Estas promesas silenciosas revelan que el ser humano no solo planifica el futuro, sino que también intenta proteger su vulnerabilidad, negociar con su fragilidad y sostener la esperanza de que el dolor vivido no se repetirá sin sentido. Prometerse algo, en este nivel íntimo, es un acto de cuidado psicológico, es una forma de decirse “aún me importo”. (Siegel, D. J. 2012).
Comentario de Fatoumata, 34 años, Senegal: “Me prometí no necesitar a nadie. Después entendí que eso también era una cárcel”.
Comentario de André P., 67 años, Marsella: “Prometí no llorar más. Tardé décadas en deshacerme de esa promesa”.
Cuando las promesas fallan: culpa, duelo y resignificación
No todas las promesas se cumplen, y cuando esto ocurre suelen emerger emociones complejas como la culpa, la vergüenza o el sentimiento de traición hacia uno mismo o hacia otros. Desde la psicología clínica y social, estas reacciones no son patológicas en sí mismas ya que son señales de que la promesa estaba cargada de valor identitario y moral (Tangney & Dearing, 2002). La culpa suele aparecer cuando la persona siente que ha fallado a un compromiso ético. La vergüenza, en cambio, emerge cuando el incumplimiento se vive como una falla de sí mismo, como si no cumplir equivaliera a “no valer” o “no ser suficiente”. Sin embargo, desde nuestra práctica insistimos en una distinción fundamental como es que romper una promesa no siempre es un fracaso. En muchas ocasiones, es un acto de madurez psicológica. Esto implica reconocer que las condiciones internas y externas cambian, y que una promesa formulada en un momento vital específico puede dejar de ser adecuada o saludable con el paso del tiempo. Revisar una promesa es, en realidad, revisar la persona que éramos cuando la formulamos, proceso que se ha descrito como parte del desarrollo continuo de la identidad a lo largo del ciclo vital (Erikson, 1968). En este sentido, el duelo que acompaña a una promesa incumplida no es solo por lo que no ocurrió, sino por la versión de nosotros mismos que ya no somos, sino la del que creía, deseaba o esperaba de otra manera.
La psicología del duelo ha mostrado que resignificar no implica negar la pérdida, sino integrarla en una narrativa personal más amplia, permitiendo que la identidad se reorganice sin quedar fijada al pasado (Neimeyer, 2001). Cuando este proceso se realiza con autocompasión y reflexión, el incumplimiento de una promesa puede transformarse en una oportunidad de crecimiento, flexibilización y redefinición del sentido vital, en lugar de quedar cristalizado como una culpa crónica o autoacusación.
Comentario de Olivia L., 72 años, Barcelona: “No cumplí todas mis promesas. Pero cumplí la más importante… seguir viva y aprendiendo”.
Comentario de Arjun J., 55 años, Delhi, India: “Algunas promesas deben soltarse para que la vida continúe”.
Prometer como acto profundamente humano
Es un gesto de fe, no solo religiosa, sino existencial. Es un acto mediante el cual el ser humano le habla al caos y le responde con sentido. En términos psicológicos, prometer implica imaginar un futuro posible y vincular la identidad presente con una proyección de continuidad, un proceso central para la salud mental. (McAdams, 2001; Bruner, 1990). Desde la neurociencia cognitiva sabemos que la capacidad de anticipación —de representarnos escenarios futuros— es una función avanzada del cerebro humano, estrechamente ligada a la planificación, la toma de decisiones y la regulación emocional (Suddendorf & Corballis, 2007).
Comentario de Nicolás G., 19 años, Buenos Aires: “Prometerme seguir vivo fue mi primer acto de amor propio”.
Al final…
... Prometer, en este marco, no es una ilusión ingenua, sino una estrategia adaptativa. Construye un orden simbólico, allí donde la realidad es incierta. Por eso, sostenemos que las promesas no deben juzgarse únicamente por su cumplimiento literal, sino por el sentido que otorgan al camino por recorrer. Una promesa puede fracasar en el resultado y, aun así, haber sostenido la esperanza, organizado el esfuerzo y protegido la dignidad en momentos críticos. Todos prometemos porque imagínanos, porque esperamos, porque necesitamos algo que nos oriente en nuestro tránsito por el tiempo. Y mientras haya futuro —mientras exista la capacidad de imaginar un mañana distinto— habrá promesas. Algunas se cumplirán. Otras no. Pero todas hablan de lo mismo, del deseo profundo de que la vida no sea un accidente sin significado, sino una historia que valga la pena ser vivida. Y quizás allí resida lo más humano de prometer, lo cual implica seguir creyendo, aun después de una caída. Que el sentido de la vida se construye paso a paso, con palabras, con actos y con la valentía íntima de volver a intentarlo.
En este nuevo año que comienza, nuestras promesas deberían ser un gesto de ternura y lucidez hacia nosotros mismos. Prometer, hoy más que nunca, es elegir con conciencia qué vale la pena intentarlo y qué es realmente posible alcanzarlo. Se trata de qué podemos sostener, y qué debemos soltar. Es comprometernos no con una versión idealizada de quienes “deberíamos ser”, sino con la persona real que somos, con nuestros límites, nuestros miedos y nuestra inmensa capacidad de aprender. Prometer es permitirnos fallar sin destruirnos, ajustar el rumbo sin sentir vergüenza, y seguir caminando aun cuando el camino no sea recto. Que nuestras promesas no sean gritos de perfección, sino susurros de sentido común, no cadenas que nos aten, sino brújulas —o incluso un GPS— que nos oriente. Y que, al hacerlas, recordemos algo esencial, como es, no prometer para garantizar el futuro, sino para habitarlo con dignidad, esperanza y humanidad. Y, más allá de todo, prometemos para ser felices. ¡Enhorabuena!… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos. Y si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, puedes escribirnos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega…
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”, en Amazon)
Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente. Gracias. © Fotos e imágenes Gessen&Gessen











