¿Potencias nucleares se reparten al Mundo en secreto?
- Vladimir Gessen
- hace 10 minutos
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¿Están adjudicándose en secreto algunos países? Las superpotencias ya no firman acuerdos como en Yalta, pero cada uno toma lo que negocia... Con guerras contenidas y estrategias secretas, Rusia, China y Estados Unidos controlan el orbe y tratan de imponer un nuevo orden global…
El eco de Yalta
En 1945, en la Conferencia de Yalta, el mundo no solo fue dividido: fue interpretado. Las potencias vencedoras —Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Joseph Stalin encabezando— no firmaron simplemente acuerdos territoriales, establecieron una lógica de poder, con zonas de influencia, equilibrios implícitos, y una paz sostenida por tensiones contenidas. Hoy, ocho décadas después, no hay una mesa visible… pero sí señales, secretos. El mundo parece moverse nuevamente hacia una forma de reparto —aunque no declarado, no formalizado, pero cada vez más perceptible— donde tres figuras dominan la escena: Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping. Ellos no se reúnen en Yalta. Pero actúan como si existiera algún acuerdo tácito o velado, un mapa de adjudicación que ya estuviera siendo acordado y trazado, como si la historia, lejos de avanzar en línea recta, girara sobre sí misma y reeditara —con nuevos protagonistas y nuevas formas— la eterna negociación del poder entre quienes sienten que aún pueden decidir el destino del mundo. En la Conferencia de Yalta se definieron las bases del orden mundial de posguerra en el siglo pasado, incluyendo la división de Europa en zonas de influencia y su futuro. Ahora, más que un acuerdo puntual, en esta suerte de una subrepticia Yalta 2.0, parecería que Estados Unidos intenta reafirmar su influencia en el hemisferio occidental —América Latina, el Caribe como Venezuela y Cuba, donde por cierto en días recientes, Donald Trump lo expresó sin ambigüedades, en una frase que sintetiza una visión de poder sin matices, dijo que podría “hacer lo que quisiera con Cuba”, incluso “tomarla de alguna forma”. Más que una declaración coyuntural, revela una lógica geopolítica donde las naciones vuelven a percibirse como piezas dentro de un tablero mayor. Asimismo, EEUU aspira a puntos estratégicos como Panamá o incluso Groenlandia— en el hemisferio norte. Sin olvidar la pretensión de Trump de que Canada o —una parte de ella— forme parte de USA. Vladimir Putin, por su parte, busca reconstruir su espacio de poder en su llamado “extranjero cercano” de los estados postsoviéticos, con Ucrania como eje, pero también con aspiraciones sobre Bielorrusia, el Cáucaso y partes de Asia Central. China, en cambio, no opera solo territorialmente, ya que su estrategia es más sofisticada y expansiva, centrada en Asia —con Taiwán como punto crítico— pero extendida a África, América Latina y el sudeste asiático a través de inversión, infraestructura y tecnología, configurando una influencia global más económica que militar.
Ucrania: el territorio donde comenzó la redefinición
La invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin no fue solo un conflicto regional ni una disputa territorial más, fue, en términos estratégicos, un acto fundacional de esta nueva etapa. Por primera vez, desde el fin de la Guerra Fría, una gran potencia intentó redibujar fronteras en Europa por la vía militar, desafiando abiertamente los principios de soberanía e integridad territorial que habían estructurado el orden posterior a 1991. Mientras tanto, Occidente —liderado por Estados Unidos y la OTAN— respondió con contundencia económica, tecnológica y militar pero de forma indirecta, con sanciones sin precedentes, suministro de armamento avanzado, y aislamiento financiero. Pero evitó cruzar una línea crítica, la de la confrontación directa con Rusia. Este límite revela que, incluso en medio del conflicto, persiste una lógica de contención mutua entre las potencias nucleares, donde el objetivo no es la derrota total del adversario, sino evitar una escalada sistémica. China, por su parte, ha desempeñado un papel más silencioso pero no menos relevante. Sin involucrarse militarmente, ha mantenido una posición ambigua que, en la práctica, ha significado un respaldo económico y diplomático a Moscú con un incremento del comercio energético, ausencia de condena explícita y defensa de un orden internacional “multipolar” que debilita la hegemonía occidental. No es una alianza formal, pero sí una convergencia estratégica. El resultado es una guerra prolongada, de desgaste, con un altísimo costo humano y material, pero sin resolución decisiva en el corto plazo. Ucrania resiste, Rusia no retrocede, y Occidente sostiene sin intervenir directamente. Este equilibrio tenso nos obliga a formular una hipótesis incómoda, pero cada vez más obvia: ¿Y si no estamos ante guerras diseñadas para ganarse en el sentido clásico, sino para fijar límites, probar fuerzas y, en última instancia, estabilizar nuevas fronteras de poder? En ese sentido, Ucrania no sería solo un campo de batalla, sino un laboratorio geopolítico, donde se ensayan las reglas —aún no escritas— del orden que está emergiendo. También podría llegar a ser igual en Venezuela. Porque cuando una guerra no se resuelve, pero tampoco se detiene, deja de ser únicamente un conflicto… y comienza a convertirse en un sistema.
Trump, Putin, Xi… ¿antagonistas o interlocutores necesarios?
De los elementos más disruptivos del momento actual es la ambigüedad estratégica. Mientras Rusia continúa su guerra, el liderazgo estadounidense —en particular bajo la figura de Donald Trump— introduce una lógica distinta, menos ideológica, más transaccional y más abierta a negociaciones entre las grandes potencias. Lo que ha generado una percepción creciente, como es que Washington y Moscú podrían no ser enemigos absolutos, sino actores que negocian límites. Algunos análisis advierten que esta ambigüedad también se refleja en Asia, donde la posición estadounidense sobre Taiwán podría volverse más flexible o negociable en ciertos contextos. Y allí aparece el punto crítico. En ese tablero, Xi Jinping no actúa como un actor reactivo, sino como un estratega de largo plazo que observa, mide y avanza sin precipitarse. A diferencia de la confrontación abierta de Vladimir Putin o del enfoque transaccional de Trump, Xi combina paciencia histórica con expansión estructural, consolidando influencia sin necesidad de conflicto directo. Su apuesta no es solo territorial —aunque Taiwán sea central— sino civilizatoria con el objetivo de reposicionar a China como eje del sistema global. En ese sentido, más que un antagonista visible, Xi se configura como un interlocutor inevitable, cuya presencia redefine silenciosamente los términos del equilibrio mundial en este siglo.
China y Taiwán: la pieza que falta
Taiwán no es solo un territorio en peligro. Es, ante todo, un símbolo de soberanía y legitimidad política en el corazón de Asia. Al mismo tiempo, constituye un nodo crítico de la economía global —especialmente en la producción de semiconductores avanzados— y, por ello, uno de los puntos más sensibles del sistema internacional contemporáneo. Allí confluyen intereses estratégicos, tecnológicos y militares de escala mundial. Hoy, los indicadores apuntan a una tensión creciente con el incremento sostenido de la presión militar por parte de Xi Jinping, ejercicios navales y aéreos en torno a la isla, y maniobras estratégicas que parecen aprovechar momentos de distracción global en otros frentes. A esto se suma un consenso cada vez más extendido entre analistas sobre el riesgo de una crisis de alto impacto global si el conflicto escala. Sin embargo, lo más relevante no es la inminencia de una invasión directa. Es algo más sutil —y quizás más decisivo— porque China parece avanzar mediante una estrategia de presión gradual, combinando herramientas militares, psicológicas, económicas y diplomáticas para modificar el equilibrio sin cruzar el umbral de la guerra abierta. Es una forma de poder que no busca el choque inmediato, sino la transformación progresiva de la realidad… hasta que el resultado, llegado el momento, parezca inevitable.
“Yalta 2.0”
La foto no es pública como la de Churchill, Stalin y Roosevelt al final de la II Guerra Mundial. Más bien no hay fotos. Aquí entramos en el terreno de la interpretación. No hay evidencia de un acuerdo formal entre Washington, Moscú y Pekín para repartirse el mundo. Pero sí hay algo que, desde la psicología política y militar, resulta igual de poderoso con conductas convergentes que generan el mismo efecto que un acuerdo. Veamos los patrones: Rusia consolida su esfera en Europa del Este y prolonga la guerra en Ucrania. Estados Unidos prioriza intereses estratégicos selectivos, e interviene en Medio Oriente, y bombardea a Irán. Por igual reafirma su influencia en su hemisferio al “controlar” a Venezuela y pronostica que “hará lo que quiera” con Cuba. China avanza sobre su entorno inmediato y mantiene en tensión a Taiwán… ¡Esto ocurre!… no es una conspiración: son hechos. Dos potencias nucleares intervienen en otros países. Y China lo hace de forma no violenta. Diversos análisis ya advierten que podríamos estar transitando hacia un mundo estructurado en torno a estas grandes potencias y sus respectivas zonas de influencia. En ese contexto, más que decisiones coordinadas, lo que emerge es una lógica compartida de poder, donde cada actor empuja sus límites hasta donde el otro lo permita mientras una buena parte del orbe busca un mundo multipolar. No hay firma, pero sí entendimiento. No hay tratado, pero sí líneas que rara vez se cruzan directamente. ¿Es una coincidencia funcional de intereses? ¿Un virtual acuerdo implícito? ¿O el surgimiento de un nuevo equilibrio tácito donde el conflicto ya no busca resolverse, sino administrarse?
Escenarios posibles
Desde una perspectiva estratégica, podemos visualizar tres escenarios:
1. Escenario de reparto tácito (Yalta 2.0 silenciosa)
Las potencias evitan confrontaciones directas y consolidan zonas de influencia donde Ucrania queda fragmentada o congelada. Medio Oriente y otras regiones quedan como espacios de disputa secundaria y Taiwán entra en un proceso de “integración gradual” sin guerra abierta. Este escenario es el más estable… y el más preocupante. Porque este normaliza una lógica donde la fuerza redefine el derecho, y donde las decisiones sobre el destino de millones se toman de forma implícita, sin transparencia ni legitimidad internacional. Es un orden que reduce el riesgo de una gran guerra, pero aumenta la probabilidad de múltiples injusticias sostenidas en el tiempo. Además, genera un precedente peligroso, si el mundo acepta este tipo de reparto tácito, otros actores regionales podrían intentar lo mismo, fragmentando aún más el sistema internacional. La paz que emerge de este escenario no es una paz construida, sino una paz contenida, frágil, dependiente del equilibrio entre ambiciones y límites. Y quizás lo más alarmante —desde una mirada psicológica— es que instala una resignación colectiva, la idea de que el mundo no se rige por acuerdos justos, sino por lo que cada poder es capaz de imponer… o tolerar. La probabilidad de este escenario es la mayor, basados en la historia de la humanidad.
2. Escenario de ruptura
El boletín de la Junta de Ciencia y Seguridad de los Científicos Atómicos del Reloj del fin del mundo (Doomsday Clock) declaró el 27 de enero de 2016 que "Rusia, China, Estados Unidos y otros países importantes se han vuelto cada vez más agresivos, impulsivos y nacionalistas. Los entendimientos globales duramente logrados se están desmoronando...", y por ello, este escenario se activa porque la lógica de contención falla y un error de cálculo —militar, político o incluso accidental— rompe los límites implícitos entre las superpotencias. Puede originarse en un incidente en el estrecho de Taiwán, en una escalada en Medio Oriente o un choque más directo en Europa. Lo decisivo no es el hecho aislado, sino su interpretación. Si una de las partes percibe que su credibilidad o seguridad está en juego, la respuesta puede escalar rápidamente. En ese caso, el conflicto deja de ser indirecto y pasa a ser abierto entre grandes potencias, particularmente entre Estados Unidos y China, con la posible incorporación de aliados como Japón, Corea del Sur, Corea del Norte, países miembros de la OTAN, entre otros. Esta escalada podría incluir bloqueos marítimos, ataques cibernéticos masivos, interrupciones del comercio global y, en el peor de los casos, confrontación militar directa. Las consecuencias serían inmediatas y profundas: ruptura de cadenas de suministro, colapso financiero, crisis energética y tecnológica global, afectando simultáneamente a múltiples regiones. Por eso, algunos analistas consideran que en Medio Oriente, Irán y Taiwán serías los puntos más probable de ignición, no solo por su valor estratégico y simbólico, sino porque allí confluyen, de forma más directa, los intereses vitales de las principales potencias de este siglo. Probabilidad en estos momentos aumenta por la crisis de Irán.
3. Escenario de transición cooperativa
El tercer escenario es el menos probable… pero el más necesario. Supone la construcción de acuerdos multilaterales capaces de redefinir las reglas del sistema internacional, reconociendo explícitamente la multipolaridad como realidad estructural del presente. En este escenario, las grandes potencias no buscan imponerse, sino coordinarse para gestionar sus diferencias, estableciendo límites, mecanismos de verificación y espacios de cooperación. Implica, además, una renovación profunda de las instituciones globales —particularmente de la Organización de las Naciones Unidas— para adaptarlas a los nuevos equilibrios de poder, dotándolas de mayor legitimidad, capacidad operativa y representatividad. La coexistencia estratégica sustituye a la confrontación como principio rector. Sería, en esencia, el equivalente contemporáneo de una Yalta… pero sin secretismos ni repartos implícitos, un acuerdo mundial consciente de las tres grandes potencias nucleares con respaldo de Europa y de Naciones Unidas, transparente y orientado no a dividir el mundo, sino a evitar su fractura y contener los riesgos de una guerra sistémica, como cuando se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
A este escenario le damos una muy baja probabilidad en el corto y mediano plazo por la actual desconfianza estructural entre las potencias. Estados Unidos, Rusia y China no comparten hoy un marco de confianza mínimo para acuerdos determinantes. Por la competencia sistémica en ascenso que ya no es solo geopolítica, es tecnológica, económica y militar simultáneamente. Por los incentivos políticos internos con liderazgos autocráticos que tienden a reforzar las posiciones “duras” más que consensos globales, y en momentos en que las instituciones internacionales se encuentran debilitadas. ¿Realmente la Organización de las Naciones Unidas tiene hoy capacidad efectiva para arbitrar entre las grandes superpotencias nucleares?
¿Por qué la probabilidad de este escenario no es 0%?... Porque existen factores que pueden empujar a lograr consensos como el riesgo real de una guerra mayor, especialmente en Asia o Europa, o la expansión de la guerra en el Medio Oriente. Por la interdependencia económica global. La presión de los mercados, las sociedades y los aliados por la paz mundial. Y en base a las experiencias históricas como fueron distensiones previas en la Guerra Fría.
La psicología del poder: lo que no se dice
Más allá de la geopolítica, tomemos un elemento profundamente humano en juego: el miedo al declive y el deseo de permanencia. Rusia actúa desde la nostalgia imperial. Estados Unidos —por su parte— desde la tensión entre liderazgo global, el debilitamiento sistémico y la fatiga interna. Y China, desde la convicción histórica de su retorno como centro del mundo. Tres narrativas. Tres psicologías. Un mismo tablero. A esto se suma un factor menos visible, pero determinante: la necesidad de los liderazgos de validar su poder ante sus propias sociedades, donde la política exterior también funciona como un escenario interno. El poder no solo se ejerce hacia afuera, también se representa hacia adentro. En ese cruce, la percepción importa tanto como la realidad, y ceder puede ser visto como debilidad, incluso cuando evita conflictos mayores. Y no podemos dejar de nombrar que hay una capa aún más compleja, como son las creencias ideológicas y, también religiosas, que moldean la forma en que cada actor interpreta su papel en el mundo. Narrativas de destino histórico, misiones civilizatorias o visiones de orden moral influyen —a veces de manera silenciosa— en decisiones estratégicas. No se trata solo de intereses, sino de convicciones. Y cuando el poder se entrelaza con creencias, el margen para la negociación se estrecha, y el conflicto puede adquirir un sentido casi inevitable.
Al final…
… La humanidad está pendiente y en incertidumbre. Entretanto quizás no haya una Yalta a la vista de todos. Que esta vez sea una Yalta 2.0 sobrentendida, sin documentos signados. Sin fotografías históricas. Pero el mundo, silenciosamente, podría estar siendo reorganizado. No por acuerdos visibles, sino por decisiones que se toleran, conflictos que se contienen y ambiciones que se negocian sin declararse. Y entonces surge la pregunta —no política, sino existencial— ¿Estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo orden mundial… o simplemente repitiendo, con otros actores, la vieja historia del poder? Porque si algo nos enseñó la Conferencia de Yalta de 1945 no es solo cómo se divide el mundo… sino cómo se reparte, incluso cuando nadie lo reconozca. Y tal vez, lo más perturbador no sea lo que ocurre… sino lo que se acepta. Porque los imperios —y hoy las superpotencias— no solo se imponen: también se consienten. Y las fronteras no siempre se trazan en mapas. Un sinnúmero de veces se ha narrado con silencios y omisiones, en aquello que el mundo decide aceptar sin nombrarlo. María Mercedes Gessen, mi esposa, me recuerda que “la historia no la escriben únicamente los vencedores, sino quienes sobreviven para contarlo… quienes resisten, quienes recuerdan, quienes se niegan a olvidar… como ocurrió en el Holocausto. Y este reparto, visible o invisible, no ocurre lejos de nosotros: nos atraviesa, nos incluye, y nos compromete”.
Es allí —en ese territorio donde nadie firma, pero que todos entienden— donde la historia vuelve a comenzar, una y otra vez, como un eco que insiste. Aunque sin embargo, incluso en medio de esa repetición inquietante, queremos creer —profunda y humanamente— que aún es posible escoger un camino distinto. Que la humanidad puede aprender a elegir la paz, no por miedo a la guerra, sino por conciencia, no por agotamiento, sino por evolución. Porque, en el fondo, todos habitamos un idéntico destino, igual civilización, la única Tierra… y el mismo Universo…
Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…
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