top of page

¿Vivir y convivir… o dejar de existir?

Es la decisión vital que enfrenta la humanidad desde sus inicios: ahora la cooperación de todos es condición para sobrevivir en el siglo 21...  Porque el futuro de nuestra civilización dependerá más de la unión, la tolerancia, de comprenderse y coexistir que de la fuerza y las armas…



¿Dónde estamos?

 

Hay palabras que parecen simples hasta que descubrimos que contienen toda la historia de la humanidad. ¿Qué diferencia hay entre existir, vivir y convivir? A primera vista, parecen semejantes, pero quizás describen las tres grandes etapas de nuestra evolución. Existir es estar en el Universo. Vivir es experimentar el Universo. Convivir es compartir esa experiencia con otros seres. El propósito de nuestra existencia dependería enteramente de cómo decidamos vivir y contribuir al bienestar colectivo. Durante miles de millones de años la materia simplemente existió. Mucho después apareció la vida y comenzó a experimentar el mundo a través de los sentidos, las emociones y la conciencia. Finalmente, surgió algo todavía más extraordinario: seres capaces de relacionarse, cooperar, construir familias, comunidades, culturas y una civilización, en la Tierra, la humana. Tal vez nuestra evolución pueda entenderse precisamente como ese recorrido. Primero aprendimos a existir. Después aprendimos a vivir. Y ahora —más que nunca— estamos aprendiendo a convivir. Esa podría ser la gran lección de nuestro tiempo. Porque una persona puede existir sola. Incluso, puede vivir sola durante algún tiempo. Pero ninguna familia prospera sola. Ninguna nación progresa sola. Ninguna civilización sobrevive sola. Y quizás el quid del siglo XXI ya no sea únicamente si la humanidad seguirá existiendo, sino si aprenderá a convivir lo suficiente para seguir viviendo.

 

¿Quiénes somos?

 

Hay preguntas que parecen dormir durante siglos en algún rincón de la historia hasta que la realidad las despierta de golpe y las convierte en urgentes. Desde que nuestros antepasados levantaron la mirada hacia las estrellas, la humanidad se ha preguntado quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Para responderlo construimos mitologías y religiones, levantamos imperios, escribimos constituciones, fundamos naciones, desarrollamos la ciencia y creamos tecnologías capaces de transformar el mundo. No obstante, en pleno siglo XXI, mientras observamos guerras que regresan, sociedades polarizadas, crisis ambientales, migraciones masivas, inteligencia artificial, armas capaces de destruir ciudades enteras y conflictos culturales en varios continentes, una preocupación nueva se eleva por encima de todas las demás: ¿seremos capaces de convivir o terminaremos dejando de existir?... No es una idea dramática. Es histórica. Para nosotros, es la más importante que nuestra especie haya enfrentado desde que aprendió a encender fuego. Por primera vez, la humanidad posee simultáneamente la capacidad de resolver muchos de los problemas que atormentaron a nuestros antepasados durante milenios y, al mismo tiempo, la capacidad de destruir una parte significativa de la civilización que tanto esfuerzo costó construir. Nunca habíamos acumulado tanto conocimiento. Nunca habíamos tenido tanta tecnología y dispuesto de tanto poder. Y, paradójicamente, nunca habíamos necesitado tanto entendimiento. La gran paradoja de nuestro tiempo es que mientras la tecnología nos conecta como una sola especie, nuestras emociones continúan reaccionando muchas veces como si todavía viviéramos en pequeñas tribus aisladas, disputándose territorios, recursos y creencias. Compartimos el mismo planeta, respiramos la misma atmósfera, dependemos unos de otros para subsistir y, a pesar de ello, seguimos mirando al diferente con sospecha, al adversario con temor y al desconocido como una amenaza potencial… La realidad es que vivimos juntos. Dependemos unos de otros. Nuestro destino está entrelazado como nunca antes en la historia. Pero seguimos pensando, demasiadas veces, como si fuéramos enemigos. Y es allí donde aparece el tema central de nuestro tiempo. Uno que trasciende a la psicología, la evolución, la política, la geopolítica, la espiritualidad y el futuro mismo de nuestra especie: ¿Estamos programados para competir... o estamos llamados a comprendernos?

 

La batalla que llevamos dentro


 

Si observamos con atención la historia de la humanidad, descubrimos que las grandes guerras y las grandes obras de cooperación nacen del mismo lugar: de los instintos, del corazón, de las emociones humanas. La psicología evolutiva ofrece una respuesta, la naturaleza no nos diseñó exclusivamente para competir ni únicamente para cooperar. Nos diseñó para ambas cosas. Dentro de cada uno de nosotros habitan dos fuerzas antiguas que llevan miles de generaciones acompañándonos. Una busca protegerse. La otra busca acercarse. Una desconfía. La otra confía. Una teme perder. La otra desea compartir. Una levanta murallas. La otra construye puentes. Esa tensión no es un error de la evolución. Es parte de nuestra herencia más clara. Nuestros ancestros sobrevivieron porque supieron luchar cuando era necesario, pero sobre todo porque aprendieron algo todavía más poderoso… ¡colaborar! Ningún ser humano habría sobrevivido solo en las inmensas sabanas africanas donde comenzó nuestra historia. La caza era colectiva. La vigilancia era colectiva. La protección de los niños era colectiva. El aprendizaje era colectivo. El lenguaje nació entre muchos. La cultura fue creada entre varios. Y la civilización misma es el resultado acumulado de millones de actos de cooperación realizados por personas que jamás llegaron a conocerse. Por ello, la colaboración no fue una consecuencia accidental de la evolución. Fue una de sus herramientas más extraordinarias. La antropología y la biología sostienen que la capacidad de colaborar, compartir intenciones y perseguir objetivos comunes fue uno de los factores decisivos que diferenciaron a nuestra especie de otras. Afirma que los niños son naturalmente —y de forma única— cooperativos. Podríamos decir, sin exagerar, que el ser humano no conquistó el planeta porque fuera el más rápido, el más fuerte o el más feroz. Lo hizo porque aprendió a ayudarse. Porque descubrió el valor de la confianza. Porque comprendió que muchos podían lograr juntos lo que ninguno podía alcanzar por separado. Y, aún de esta forma, la otra fuerza nunca desapareció. La competencia siguió allí. Dormida algunas veces. Despierta otras… como ahora… Escondida detrás de ideologías, banderas, religiones, identidades o intereses. Continúa viviendo dentro de nosotros como una antigua memoria biológica que nos recuerda los tiempos en que sobrevivir significaba desconfiar del extraño. La historia humana podría entenderse, en buena medida, como el relato de esa batalla permanente entre dos impulsos igualmente poderosos. El que nos lleva a proteger lo nuestro, y el que nos invita a reconocer que, en el fondo, nunca hemos estado solos. Porque mientras una parte de nosotros sigue viendo rivales, otra parte comprende algo mucho más, como es que toda gran conquista humana, desde el fuego hasta la inteligencia artificial, ha sido posible gracias a la capacidad de cooperar, gracias a la convivencia. El conflicto esencial de la condición humana es el conflicto entre la selección individual y la selección grupal" ... Es decir, entre proteger lo propio y cooperar con los demás. ¿Cuál de esas dos fuerzas elegiremos alimentar durante el siglo XXI?...

 

¿Por qué siguen existiendo las guerras?

 

Sí sabemos que pueden destruirnos, ¿por qué hay conflagraciones y seguimos haciéndolas? Porque las guerras no comienzan cuando se dispara el primer misil ni cuando avanzan los primeros soldados. Lo hacen mucho antes. Nacen en lugares invisibles. Se gestan lentamente en la mente humana, en los miedos colectivos, en las heridas no resueltas, en los relatos que separan a unos de otros. Toda guerra empieza cuando dejamos de reconocer al otro como semejante. En el momento que un ser humano deja de ser una persona para convertirse en una amenaza. Cuando el diferente se transforma en enemigo. El adversario deja de ser con quien se puede dialogar y pasa a ser el que debe ser derrotado. La historia demuestra que las guerras rara vez nacen únicamente por recursos, territorios o ideologías. Esas suelen ser las razones visibles. Debajo de ellas existe algo más... Aparecen cuando grupos humanos enteros llegan a convencerse de que otros grupos humanos representan un peligro para su existencia, para su identidad, o para su futuro. Entonces el miedo comienza a ocupar el lugar de la razón. La sospecha reemplaza a la confianza. La distancia sustituye al encuentro… La psicología social ha observado este proceso, una y otra vez, a lo largo de la historia. Cuando el miedo colectivo se activa, la empatía se reduce. Cuando disminuye la empatía, aumenta la hostilidad. Cuando aumenta la discrepancia, la agresión comienza a parecer justificable. Y cuando esta violencia encuentra argumentos que la legitiman, la guerra deja de parecer impensable y comienza a presentarse como inevitable. Por eso las guerras constituyen una de las mayores incongruencias de nuestra especie. Los mismos seres humanos capaces de escribir poesía, construir hospitales, desarrollar vacunas, componer sinfonías, criar hijos y explorar galaxias, son también capaces de destruir ciudades enteras. Ambas posibilidades habitan dentro de nosotros. En el fondo, toda guerra representa mucho más que un enfrentamiento militar. Es el fracaso de la convivencia. Es el momento en que la capacidad de comprender se rinde ante la necesidad de vencer. Es la derrota temporal de los puentes frente a los muros. Y quizás por eso lo verdaderamente importante no sea por qué existen las guerras, sino cómo logramos impedir que vuelvan a nacer dentro de nosotros.

 

La convivencia comienza en casa


 

La humanidad suele hablar de paz entre las naciones mientras muchas veces tropieza allí donde esa paz debería nacer, en el hogar. En la pareja. En la familia. Resulta curioso que soñemos con un mundo reconciliado cuando a menudo nos cuesta comprender a quienes se sientan en nuestra misma mesa. Esto se debe a que convivir con otro ser humano representa uno de los desafíos psicológicos más complejos de la existencia. Son dos historias que se encuentran. Dos sensibilidades. Dos maneras de interpretar la realidad. Dos universos interiores intentando compartir un mismo espacio y un mismo destino. Amar, en cierto modo, puede ser espontáneo. Convivir es otra cosa. Exige aprender el delicado arte de escuchar sin interrumpir, comprender sin juzgar, y ceder sin sentirse derrotado. Requiere paciencia cuando aparecen las diferencias, humildad cuando surgen los conflictos, y grandeza emocional para perdonar aquello que inevitablemente ocurre cuando dos seres humanos comparten la vida. La convivencia no consiste en pensar igual. Sino en seguir caminando juntos aun cuando pensemos distinto. Las familias son las primeras escuelas de la civilización. Allí aprendemos —o no— a dialogar, negociar, respetar y cooperar, así como a amar. De esta manera, descubrimos si las diferencias pueden convertirse en riqueza o en conflicto. Y es precisamente esa misma habilidad la que necesitan las sociedades para mantenerse unidas y las naciones para evitar las guerras. Cambian las fronteras, cambian los idiomas y cambian las banderas, pero la psicología sigue siendo sorprendentemente parecida. La paz mundial no comienza en los tratados internacionales. Lo hace mucho antes, en la forma en que hablamos, escuchamos y amamos dentro de nuestras propias vidas… en ti, apreciado lector

 

La polarización: la nueva epidemia emocional

 

Hoy observamos un fenómeno preocupante. Millones de personas parecen estar perdiendo la capacidad de escuchar. No necesariamente porque sean “malas”. Sino porque están atrapadas dentro de burbujas emocionales e informativas. Los algoritmos nos muestran aquello que confirma nuestras creencias. Los líderes políticos descubren que el miedo moviliza más que la reflexión. Y poco a poco surge una nueva forma de tribalismo. No basado en la geografía sino en las ideas. Izquierda contra derecha y viceversa. Nacionalistas contra globalistas. Unos enfrentándose a otros en distintos niveles. La consecuencia es peligrosa: Cuando desaparece el diálogo, el conflicto se convierte en el único lenguaje disponible…

 

Religiones, culturas y una verdad olvidada


 

Las grandes tradiciones espirituales del planeta nacieron en épocas diferentes, en geografías distintas y bajo circunstancias culturales diversas. Esto explica por qué hablan idiomas diferentes. Utilizan símbolos distintos. Narran historias desiguales. Cuando observamos sus enseñanzas esenciales aparece algo extraordinario. Una especie de hilo invisible que atraviesa los siglos y conecta a culturas y religiones que jamás llegaron a conocerse. Un tejido de compasión, amor, perdón, servicio, respeto y cooperación. Desde Buda hasta Jesús. Desde Lao Tsé hasta Mahoma. Desde los sabios hindúes hasta los místicos judíos. Desde los pueblos indígenas hasta los filósofos contemporáneos. La mayoría de los grandes maestros de la humanidad intentaron responder, de una u otra forma: ¿cómo convivimos? ¿Cómo compartimos la existencia sin destruirnos unos a otros? ¿Cómo aprendemos a reconocer nuestra humanidad común por encima de nuestras diferencias?... La verdadera batalla espiritual nunca fue determinar quién posee la verdad absoluta. La historia demuestra que las guerras religiosas, las persecuciones y los fanatismos nacieron precisamente cuando los seres humanos intentaron imponer una única respuesta. Y, por cierto las denominamos: “Guerras Santas”. La gran tarea espiritual ha sido siempre otra, la de aprender a convivir con quienes buscan la verdad por caminos distintos: Se llama ecumenismo. Y existe una razón para ello: Si el Universo fuera solamente un conjunto de objetos separados, la competencia permanente podría parecer inevitable. Pero si el Universo fuera —como han intuido filósofos, y algunos científicos, físicos y psicólogos contemporáneos— una inmensa entidad viviente, una realidad consciente o una totalidad claramente interconectada a nivel cuántico, entonces la convivencia dejaría de ser simplemente una virtud moral para convertirse en una necesidad fundamental de la existencia. Porque en un organismo vivo ninguna célula prospera destruyendo a las demás. Ningún órgano sobrevive aislándose del conjunto. Todo existe porque todo está relacionado. Desde esta perspectiva, estrellas, galaxias, ecosistemas, culturas, pueblos y seres humanos formarían parte de una misma realidad en evolución. Una inmensa red de relaciones donde cada elemento encuentra sentido a través de su vínculo con los demás. Quizás por eso las grandes tradiciones espirituales intuían una verdad más universal como es que todo cuanto existe está conectado con todo lo demás. En esta realidad que emerge, convivir dejaría de ser únicamente una elección humana. Sería una de las leyes fundamentales del propio Universo. La condición necesaria para que la vida, la conciencia y la existencia misma continúen desplegándose a través del tiempo…

 

Naciones obligadas a compartir destino

 

Durante miles de años un conflicto podía permanecer aislado. Hoy ya no. En esta nueva era los conflictos y la violencia van en aumento. Un virus nacido en una región puede recorrer el planeta. Una crisis financiera llega a afectar continentes enteros. Un conflicto regional puede alterar los mercados globales. Una guerra nuclear comprometería el futuro de todos. Así, la humanidad comparte un destino común. La geopolítica moderna ya no puede analizarse únicamente desde el poder. Debe analizarse desde la interdependencia. Ninguna potencia puede resolver sola los desafíos del siglo XXI. Ni Estados Unidos, China, Europa, Rusia, India. Ni ninguna otra nación. La pregunta ya no es quién dominará el mundo. Es quién ayudará a evitar que el mundo se destruya a sí mismo… ¿Cuáles son los escenarios que nos estremecen y que estamos viviendo?… La guerra entre Rusia y Ucrania alteró los mercados energéticos, cadenas de suministro y estrategias militares en buena parte del planeta. Las tensiones en Medio Oriente repercuten inmediatamente sobre los precios del petróleo, las rutas marítimas y la estabilidad global. La creciente rivalidad entre Estados Unidos y China influye en la economía, la tecnología, el comercio y la seguridad internacional mucho más allá de sus fronteras. Ninguno de estos conflictos permanece encerrado dentro de los límites de quienes los protagonizan. En un mundo interconectado, toda confrontación importante termina proyectando sus consecuencias sobre millones de personas que nunca participaron en ella. Con cada nueva crisis vuelve a aparecer el viejo fantasma: el miedo a que un instante de irracionalidad, un exceso de orgullo o un cálculo equivocado desencadenen una tragedia nuclear de consecuencias inimaginables…

 

La humanidad y la naturaleza: la relación que olvidamos

 

Durante gran parte de nuestra historia creímos que estábamos separados de la naturaleza. La observamos. La estudiamos. La explotamos. La transformamos. Pero rara vez recordamos que también somos ella. Nuestros huesos están hechos de elementos forjados en antiguos astros. Nuestra sangre contiene minerales nacidos en la Tierra. El agua que circula por nuestro cuerpo formó parte de océanos, nubes, glaciares y ríos mucho antes de nuestra existencia. Nuestros átomos quizás formaron parte de algún dinosaurio. Somos naturaleza contemplándose a sí misma. Sin embargo, durante los últimos siglos la humanidad desarrolló una ilusión peligrosa: creer que podía actuar contra la naturaleza sin consecuencias. La deforestación masiva. La contaminación de los océanos. La pérdida de biodiversidad. El deterioro de ecosistemas enteros. La alteración del clima. Todo ello no representa únicamente un problema ambiental. Buena parte de los problemas psicológicos contemporáneos están relacionados con la creciente separación entre los seres humanos y el mundo natural. Porque revela una profunda desconexión entre el ser humano y el sistema del cual forma parte. La naturaleza no es un escenario. Es nuestra casa. Y nadie destruye su propia casa sin terminar afectándose a sí mismo. Quizás uno de los mayores desafíos de este siglo sea reaprender algo que las culturas ancestrales comprendían intuitivamente: No estamos sobre la Tierra, formamos parte y estamos dentro de ella.

 

La nueva convivencia: seres humanos e inteligencia artificial


 

Y entonces aparece un actor completamente nuevo. Uno que ninguna generación anterior tuvo que enfrentar. La inteligencia artificial. Muchos la observan con entusiasmo. Otros con temor. Algunos la consideran una herramienta. Otros creen que podría convertirse en algo mucho más allá… Pero independientemente de cuál sea su desarrollo futuro, una realidad ya es evidente: La humanidad ha comenzado a convivir con una nueva forma de inteligencia. Ya no se trata solamente de computadoras o únicamente de algoritmos. Se trata de sistemas capaces de aprender, razonar, crear, diagnosticar enfermedades, analizar millones de datos, escribir textos, descubrir patrones y colaborar con los seres humanos en tareas cada vez más complejas. ¿Conviviremos con la inteligencia artificial?... ¿La Era Cuántica que recién comienza como nos afectará?... Eso ya está ocurriendo. La verdadera pregunta es cómo conviviremos. ¿Será una herramienta para amplificar la cooperación humana? ¿O una tecnología que aumentará la manipulación, la polarización y los conflictos? La respuesta no dependerá únicamente de la inteligencia artificial. Dependerá de nosotros porque la tecnología amplifica las capacidades humanas. No sustituye nuestros valores. Si alimentamos sistemas con odio, producirán más odio. Si los alimentamos con conocimiento, producirán más conocimiento. Si los utilizamos para dividir, dividirán. Si los utilizamos para unir, podrán ayudarnos a cooperar como nunca antes en la historia. Ahora, la humanidad posee el poder de acceder casi instantáneamente al conocimiento acumulado de generaciones enteras. La inteligencia artificial podría convertirse en el mayor instrumento educativo jamás creado. Podría ayudarnos a comprender mejor nuestras diferencias. A resolver problemas globales, coordinar esfuerzos científicos internacionales, combatir enfermedades, optimizar recursos, reducir sufrimientos, o podría ser utilizada para manipular emociones, controlar poblaciones, crear desinformación masiva. y profundizar divisiones. La herramienta es nueva, aunque el dilema humano es antiguo…

 

¿La cooperación global será la próxima evolución humana?

 

Al observar la historia, parece una posibilidad cada vez más razonable. La evolución comenzó con partículas. Luego aparecieron moléculas. Después células. Más tarde organismos. Posteriormente sociedades. Y finalmente nuestra única civilización. Cada salto evolutivo importante implicó mayores niveles de organización y cooperación. Las células colaboraron para formar organismos. Los organismos cooperaron para formar comunidades. Las comunidades formaron culturas. Es probable que la humanidad se encuentre ahora frente al siguiente paso: una nueva era de integración con la inteligencia artificial basada en los valores humanos en lugar de la sobrevivencia. La construcción gradual de una conciencia planetaria. No de un gobierno mundial. No se trata de una uniformidad cultural, ni una pérdida de identidades. Más bien. de una comprensión mayor de que compartimos un mismo destino y una misma casa de existencia, el planeta. Una conciencia capaz de reconocer que los problemas fundamentales ya no son nacionales. Son humanos…


 

Al final…

 

… la pregunta más importante no es si podremos convivir. Porque en realidad ya lo hacemos. Compartimos la misma atmósfera. Los mismos océanos. La misma Tierra.

La misma historia. El mismo futuro. La verdadera interrogante es si llegaremos a comprenderlo antes de que sea demasiado tarde… Toda la historia humana ha sido una larga escuela de aprendizaje. Desde las primeras familias reunidas alrededor del fuego en la hoguera hasta las ciudades modernas iluminadas por satélites y redes digitales. Cada generación recibió una lección semejante: Nadie se salva solo. Ninguna familia, cultura o nación prospera sola. Mucho menos ningún ser consciente evoluciona solo… Desde la psicología sabemos que la salud emocional surge de vínculos saludables. Desde la biología aprendimos que la vida prospera mediante complejas redes de cooperación. Desde la geopolítica entendemos que las grandes potencias están más interconectadas de lo que admiten. Desde la tecnología descubrimos que el conocimiento compartido multiplica posibilidades. Desde la espiritualidad intuimos que existe una unidad profunda detrás de la aparente separación. Y desde la ciencia comenzamos a comprender que el Universo entero parece estar tejido por relaciones, conexiones e interdependencias. No se trata únicamente de evitar guerras sino de proteger ecosistemas. No de regular la inteligencia artificial. Se trata de descubrir quiénes somos y de ¡regularnos nosotros!... Porque si somos únicamente individuos aislados compitiendo entre sí, el conflicto será inevitable. Pero si somos expresiones diferentes de una misma humanidad —e incluso, como algunos científicos, filósofos y tradiciones espirituales comienzan a sugerir, somos expresiones diversas de una misma Conciencia Universal— entonces la cooperación deja de ser una estrategia conveniente y se convierte en nuestra verdadera naturaleza… Quizás la evolución no nos esté llevando hacia máquinas más inteligentes. Ni hacia imperios más poderosos. Ni hacia armas más sofisticadas. Quizás nos esté llevando hacia algo mucho más extraordinario: Hacia el descubrimiento de que todos formamos parte de una misma historia. De una misma aventura. De una misma conciencia que lentamente despierta y aprende a reconocerse a sí misma. Y si eso es cierto, entonces el futuro de la humanidad dependerá menos de nuestra capacidad para vencer a otros… y mucho más de nuestra habilidad para comprender que, en realidad, nunca hubo… otros. Siempre fuimos nosotros. Todos nosotros. Juntos. Bajo las mismas estrellas. Dentro del mismo Universo. Y posiblemente… sea el Universo observándose, comprendiéndose y aprendiendo finalmente a convivir consigo mismo… y con nosotros… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…


 





 

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Infofrme 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

21

¡Gracias por suscribirte!

Suscríbete a nuestro boletín gratuito de noticias

Únete a nuestras redes y comparte la información

  • X
  • White Facebook Icon
  • LinkedIn

© 2022 Informe21

bottom of page