¿Y si el Creador fuera el propio Universo?
- María Mercedes y Vladimir Gessen
- hace 1 día
- 9 min de lectura
Durante milenios sabios y científicos vislumbraron que el Universo —con todo cuanto contiene— sea un ser consciente que se creó a sí mismo… Esta interrogante de la ciencia y la filosofía sobre la existencia de una conciencia cósmica, nunca han dejado de acompañar a la humanidad…
Alguno de los lectores de nuestro libro ¿Qué o quién es el Universo? nos comentan como novedoso el proponer la idea de que el Universo podría ser un ser y el creador de todo cuanto existe. Es decir, lo que la mayoría de la humanidad llama Dios... De hecho, el concepto no es nuevo, ya que no estamos solos en esta idea. A lo largo de más de dos mil quinientos años, filósofos, científicos, físicos, místicos, psicólogos y pensadores de múltiples culturas han contemplado esa posibilidad extraordinaria: La de que el Universo no sea simplemente un escenario inerte donde ocurre la coexistencia de vidas, sino una presencia activa, una entidad inteligente, un ser con su propia conciencia —en este caso una conciencia suprema— y obviamente consciente de sí mismo. Nuestra posición es que no concebimos a Dios como un ser separado del Universo observándolo desde afuera. Y mucho menos como un patriarca con figura humana de larga barba, como una entidad antropomórfica que interviene ocasionalmente en la historia de la Tierra. En nuestra visión, el Creador y el Universo son la misma realidad fundamental. Aquello que las religiones han llamado de muchas formas, entre ellas Dios, Yahvé, Theo, Deus, Padre, Allah, Brahman, Ra, Zeus, Júpiter, Shangdi, Olorun, Tengri, Amaterasu, Viracocha, Pachacámac, Odin, Quetzalcóatl, para citar los más conocidos, y que algunos filósofos han denominado Absoluto, y que algunos físicos describen como la “realidad última”. Lo que nosotros llamamos Universo, Presencia o Conciencia Universal, podrían ser diferentes nombres para una misma entidad divina. Una totalidad que existe, crea, evoluciona, contiene todas las cosas y que, a través de todas sus partes incluyendo a los humanos, comienza a observarse a sí misma…
¿Quiénes han pensado esto?
Lo interesante es que esta idea aparece una y otra vez en la historia del pensamiento humano. Uno de los primeros en formularla fue Platón. En su diálogo Timeo, describió al Cosmos como un ser vivo dotado de alma e inteligencia. El universo no era para él una máquina sino una criatura viva animada por una especie de alma universal. Siglos después, Plotino desarrolló una visión análoga: Todo lo existente emanaba de una realidad suprema llamada “El Uno”. De esta visión, el universo entero sería una expresión de esa conciencia primordial… Más tarde, Giordano Bruno sostuvo que el Cosmos era infinito y estaba impregnado de inteligencia. Sus ideas fueron para su época no aceptadas por la intransigencia de una “verdad absoluta” ¡que resulto falsa! y el “santo” oficio, terminó condenándolo a muerte en nombre de la “santa” iglesia y a nombre de su “Dios”… Probablemente en alguna medida nuestra actualizada perspectiva del Universo es cercana a la de Baruch Spinoza. Su extraordinaria expresión Deus sive Natura —Dios o la Naturaleza— eliminó la separación entre creador y creación. Para Spinoza existe una única sustancia infinita. Dios no creó el Universo: ¡Dios es el Universo!
La ciencia y la filosofía se abren a la idea del Dios Universal
Albert Einstein reconocería siglos después sentirse profundamente identificado con el “Dios de Spinoza” como lo afirmó en The New York Times el 25 de abril de 1929. Einstein rechazaba la idea de un Dios personal que premiara o castigara a los seres humanos. Sin embargo, hablaba constantemente de la racionalidad profunda del Cosmos y de una armonía extraordinaria presente en las leyes de la naturaleza. Sus afirmaciones reflejaban precisamente esa búsqueda… Georg Wilhelm Friedrich Hegel dio otro paso fascinante: Propuso que el “Espíritu Absoluto” evoluciona a través de la historia humana. Según esta visión, la humanidad sería el mecanismo mediante el cual lo que denominaba la realidad, alcanzaba progresivamente mayores niveles de autoconciencia. Dicho de otra manera: el Universo se estaría observando a sí mismo a través de nosotros… Esa misma intuición reaparece en el siglo XX con Pierre Teilhard de Chardin. Este sacerdote, paleontólogo y pensador francés imaginó que la evolución no se dirigía únicamente hacia una mayor complejidad biológica, sino también hacia niveles superiores de conciencia. La humanidad sería una etapa de ese proceso y el denominado Punto Omega representaría una culminación futura de la conciencia universal.
Los físicos y la cuántica
La física contemporánea también comenzó a formular preguntas inesperadas. Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de la mecánica cuántica, fue profundamente influido por las Upanishads hindúes. Llegó a sostener que la conciencia es esencialmente una sola y que la multiplicidad de conciencias individuales podría ser una ilusión derivada de nuestra percepción limitada… David Bohm propuso el concepto de orden implicado, una realidad profunda y unificada de la cual emerge el universo visible… John Archibald Wheeler introdujo la idea del universo participativo. Se preguntó si los observadores desempeñan un papel fundamental en la propia existencia de la realidad… Roger Penrose ha sugerido durante décadas que la conciencia podría estar relacionada con propiedades fundamentales del Cosmos aún desconocidas, y postula que debemos explorar la mecánica cuántica para estudiar la conciencia, porque es más que una computadora basada en algoritmos. Y entonces, aparece Stephen Hawking. Muchos interpretaron sus declaraciones como una negación de Dios. Sin embargo, lo que Hawking afirmó fue algo diferente. Sostuvo que, debido a las leyes de la física cuántica, el Universo podría haberse creado a sí mismo sin necesidad de un creador externo. La mayoría de las personas entendió esto como una afirmación atea. Nosotros creemos que la cuestión es mucho más que eso. Porque si el Universo posee la capacidad de originar espacio, tiempo, materia, energía y eventualmente conciencia, de crear y de autocrearse, a la sazón, deja de ser simplemente una creación para convertirse en la causa de su propia existencia. Y aquí aparece una pregunta extraordinaria: ¿Si Dios es definido primordialmente como el creador, y si el universo posee la capacidad de crearse a sí mismo, no estaría entonces ocupando precisamente el papel que tradicionalmente le hemos atribuido a Dios? No se trata de que Hawking haya llegado a esa conclusión. Lo que afirmamos es que sus planteamientos permiten formular esa pregunta y su respuesta.
La psicología también ha contribuido...
Carl Gustav Jung desarrolló el concepto del inconsciente colectivo indicativo de una conciencia global e individual. Observó que símbolos, mitos y estructuras psicológicas similares aparecen en culturas separadas por océanos y siglos. Stanislav Grof exploró estados ampliados de conciencia que parecían trascender los límites habituales de la identidad individual. Ken Wilber desarrolló modelos integrales donde la evolución psicológica y espiritual avanza hacia formas cada vez más amplias de conciencia. En el ínterin, la neurociencia comenzó a abrir nuevas posibilidades. Giulio Tononi formuló la Teoría de la Información Integrada (IIT), según la cual la conciencia podría surgir allí donde exista suficiente integración de información. Christof Koch ha explorado seriamente la posibilidad de que formas elementales de experiencia estén distribuidas ampliamente en la naturaleza.
Filosofía y religiones
Filósofos contemporáneos como David Chalmers y Philip Goff han revitalizado el panpsiquismo: la idea de que la conciencia podría ser una propiedad fundamental del Universo, tan básica como la masa, la energía o la carga eléctrica. Curiosamente, estas ideas tampoco son exclusivas de Occidente. Los Upanishads del hinduismo describen a Brahman como la realidad última de la cual surge toda existencia. La afirmación “Atman es Brahman” sugiere que la conciencia individual y la conciencia universal son, en esencia, la misma realidad… El taoísmo habla del Tao como principio organizador del Cosmos. Mientras algunas corrientes del budismo Mahayana describen una mente fundamental que está presente en todos los fenómenos. Por otro lado, La mística cristiana, particularmente en autores como Meister Eckhart, también exploró la idea de una unidad profunda entre la conciencia humana y la realidad última. Y entonces regresamos a la pregunta inicial: ¿Qué ocurre si todos estos pensadores, separados por siglos, continentes, culturas y religiones, estaban intentando describir una misma intuición fundamental utilizando lenguajes diferentes? Lo que nos lleva a la pregunta más importante que no es si Dios existe, sino a…
¿Qué entendemos por Dios?
La humanidad ha creado miles de dioses para explicar el origen del universo, las fuerzas de la naturaleza y el sentido de la existencia. Después de que la Luna y el Sol fueran considerados como dioses, los antiguos egipcios veneraron a Ra, Osiris e Isis. Los griegos a Zeus, Atenea y Apolo. Los romanos a Júpiter, Marte y Venus. Las tradiciones hindúes desarrollaron complejos panteones encabezados por Brahma, Vishnú y Shiva. Mientras que las culturas asiáticas incorporaron dioses, espíritus y principios sagrados vinculados al cielo, el viento, el trueno, la tierra y la armonía universal. A pesar de sus diferencias culturales, todos ellos reflejan una misma búsqueda muy humana, como ha sido comprender el misterio de la realidad y encontrar un significado trascendente detrás del Universo y de nuestra propia existencia… Si imaginamos a Dios como una entidad externa que habita algún lugar más allá del Universo, probablemente la discusión nunca termine. Pero si contemplamos la posibilidad de que Dios sea el propio Universo, una realidad autocreadora, autoorganizadora y potencialmente autoconsciente, irrumpe una totalidad de la cual emergen las galaxias, las estrellas, los planetas, los átomos, las partículas, la vida, la inteligencia, y finalmente, la capacidad de formular preguntas sobre sí misma, entonces el debate adquiere una dimensión completamente diferente. En ese escenario, cada ser consciente sería una ventana a través de la cual el Universo se observa. Cada descubrimiento científico sería un acto de autoconocimiento cósmico. Cada obra de arte sería una expresión de esa conciencia explorándose. Cada pregunta filosófica sería el Universo interrogándose a sí mismo. Y de esta manera la humanidad no sería un accidente insignificante perdido en la inmensidad. Podríamos ser uno de los mecanismos mediante los cuales la Suprema Conciencia se reconoce. La ciencia todavía no posee una teoría definitiva de la conciencia. Tampoco sabemos con certeza qué existía antes del tiempo, antes del Big Bang o antes de la aparición de las primeras partículas. Pero sí sabemos algo: Durante milenios, algunos de los pensadores más brillantes de la humanidad han regresado una y otra vez a la misma intuición. La posibilidad de que la conciencia no sea un visitante tardío del Cosmos. Sino una de sus propiedades más profundas. Y si eso fuera cierto, entonces quizás las interrogantes de ¿Quién es Dios? y ¿Qué es el Universo?” podrían estar apuntando exactamente hacia la misma respuesta…
Al Final…
… nos gustaría añadir lo más humano de nuestra existencia. Pensamos que algún día la ciencia logrará demostrar que el Universo posee conciencia propia, porque existe una realidad que resulta difícil ignorar, como es que la conciencia existe en nosotros. Somos seres conscientes de nuestra existencia y de la existencia del Universo, podemos reconocernos a nosotros mismos, y podemos recordar el pasado e imaginar el futuro. El amor existe. La compasión también. La capacidad de ayudar, perdonar, crear belleza, proteger a otros, y sacrificarnos por quienes amamos vive. Por esto lo más importante no es únicamente si el Universo es consciente. Lo verdaderamente transformador es qué hacemos nosotros con la conciencia que ya poseemos. Porque si el Universo es efectivamente una Suprema Conciencia que se expresa a través de todas las formas de vida, entonces cada acto de bondad sería una manifestación de esa conciencia reconociéndose en cada uno de nosotros, los seres humanos. Cada gesto de empatía sería una forma de conexión entre las partes de una misma totalidad. Cada acto de amor sería el Universo recordando que, detrás de nuestras diferencias, compartimos un origen común. Y si estuviéramos equivocados, si la conciencia fuera únicamente una extraordinaria propiedad emergente de los cerebros biológicos, la conclusión práctica seguiría siendo sorprendentemente similar. Continuarían teniendo valor la compasión, la cooperación, la solidaridad, la honestidad y el amor. Continuaría siendo cierto que una vida dedicada a aliviar el sufrimiento de otros deja al mundo mejor de como lo encontramos. Las grandes tradiciones espirituales, filosóficas y humanistas de la historia convergen una y otra vez en esos principios semejantes. Más allá de sus diferencias doctrinales, casi todas terminan señalando la importancia de amar, cuidar, servir, respetar y comprender. Porque, conscientes o no, el Universo parece favorecer aquello que une más que aquello que separa. Lo que construye… Cuando observamos la evolución de la vida vemos cooperación. Cuando vemos las sociedades humanas que prosperan mejor, cuando existe confianza. Cuando en las familias nos hacemos conscientes de que el afecto fortalece. Cuando en las relaciones profundas descubrimos que la intimidad sana heridas que ninguna tecnología puede curar. Así y más allá de la cosmología, la física cuántica, la filosofía o la teología, existe una pregunta sencilla que cada ser humano puede responder por sí mismo: ¿Qué clase de conciencia estoy aportando al mundo? Porque si el Universo se está observando a sí mismo a través de nosotros, entonces cada pensamiento, cada palabra y cada acción forman parte de esa observación. Y si Dios o el Universo fueran realmente una misma realidad, quizás no nos preguntaría primero qué creímos, qué religión seguimos o qué teoría defendimos. Quizás nos preguntaría algo mucho más simple: ¿Qué hiciste tu con la conciencia que te fue confiada?... Y en el fondo, toda la aventura humana consiste precisamente en eso. Aprender a utilizar nuestra pequeña porción de conciencia para comprender mejor, amar mejor y construir un mundo mejor. Porque al final, si existe una Suprema Conciencia, probablemente se manifieste menos en los grandes discursos, y más en los pequeños actos cotidianos de humanidad. Y si alguna vez llegamos a descubrir quién es realmente el Universo, quizás la respuesta nos sorprenda por su sencillez. Quizás descubramos que nunca estuvimos separados de aquello que tanto hemos estado buscando… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen




