¿Alguna vez supiste lo que iba a pasar?
- Maria Mercedes y Vladimir Gessen
- hace 1 día
- 12 min de lectura
Intuición, sincronización cerebral y predicción social: un viaje entre lo que la ciencia explica y lo que todavía nos invita a asombrarnos… ¿Es el presentimiento una corazonada o una extraordinaria capacidad del cerebro? La ciencia comienza a responder, y aún quedan misterios…
La intuición: el lenguaje secreto de la mente
¿Te ha ocurrido alguna vez que, sin razón aparente, sentiste que algo iba a suceder… y ocurrió? ¿Has cambiado el rumbo porque una inexplicable sensación de peligro te advirtió? ¿Alguna vez pensaste en una persona y, apenas unos segundos después, atendiste una llamada y era precisamente ella? ¿Te ha pasado que tu pareja terminó una frase que todavía no habías pronunciado, o respondió exactamente aquello que estabas pensando? ¿Conoces a alguien que, en varias oportunidades, haya anticipado acontecimientos con una precisión difícil de explicar?... Pues bien, si respondiste afirmativamente a alguna de estas preguntas, perteneces a la inmensa mayoría de los seres humanos. Desde hace miles de años, hombres y mujeres de todas las culturas han descrito experiencias similares. Para Einstein, la intuición no sustituía a la demostración científica, pero era el punto de partida para formular nuevas hipótesis. Su comentario al hablar de ello fue: "Creo en la intuición y en la inspiración. Hay ocasiones en las que tengo la certeza de estar en lo correcto, aun cuando desconozca la razón" (Helen Dukas y Banesh Hoffmann, Albert Einstein, el lado humano, 1979).
En el tiempo, a las intuiciones las llamaron de diferentes formas: presentimientos, corazonadas, sexto sentido, inspiración, o clarividencia. Durante siglos estas vivencias fueron interpretadas casi exclusivamente desde la religión, la espiritualidad o el mundo de lo sobrenatural. Más tarde, la ciencia comenzó a analizarlas con creciente rigor. Y lo que ha descubierto resulta tan increíble como asombroso. Hoy sabemos que muchas de esas intuiciones poseen una explicación psicológica y neurocientífica, extraordinariamente sofisticada. Además, también estamos al tanto de algo igualmente determinante: aún existen preguntas para las cuales nadie posee respuestas definitivas… Y, curiosamente, ahora aparece una nueva interrogante en quienes se sientan a trabajar con la IA y se sorprenden cuando “ella” les hace las preguntas, les predice o anticipa lo que iban a trabajar ese día: ¿Será que la IA me lee la mente?, se preguntará alguno... Mientras nosotros intentamos comprender cómo una mente humana logra anticipar lo que otra piensa, siente o hará a continuación, la inteligencia artificial comienza a desarrollar sistemas capaces de reconocer nuestros propios patrones de comportamiento con una precisión creciente. Quizás ambas historias formen parte de una misma revolución del conocimiento. Y es justamente aquí donde comienza este viaje…
El extraordinario misterio de la mente humana
La intuición suele definirse como la capacidad de llegar a una conclusión sin recorrer de manera consciente todos los pasos del razonamiento lógico. Esto implica comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento, como una percepción íntima e instantánea de una idea, o de una verdad que aparece como evidente. Pero esta definición, aunque correcta, resulta incompleta. La intuición no es magia. No es necesariamente un fenómeno paranormal. Tampoco representa una fuerza opuesta a la razón. En realidad, constituye una forma diferente de procesamiento mental. Mientras la razón avanza paso a paso, analizando cuidadosamente cada dato, la intuición trabaja silenciosamente en segundo plano. Nuestro cerebro compara millones de experiencias almacenadas, detecta patrones, evalúa riesgos, integra emociones, recuerdos, expresiones faciales, tonos de voz y cientos de pequeños detalles de los cuales ni siquiera estamos conscientes. Cuando ese inmenso procesamiento concluye, la respuesta emerge en forma de una sensación: Una simple idea. Una certeza difícil de explicar. Una corazonada… Durante mucho tiempo creímos que pensar significaba únicamente razonar de forma consciente. Hoy conocemos que la mayor parte del trabajo mental acontece precisamente fuera de nuestra conciencia. La realidad nos señala que nuestro cerebro trabaja mientras nosotros creemos no estar pensando.
El cerebro siempre está prediciendo
El cerebro humano evolucionó para comprender otras mentes. Desde los primeros meses de vida comenzamos a interpretar miradas, gestos, intenciones y emociones. Poco a poco aprendemos a construir modelos mentales sobre quienes nos rodean y a coordinar nuestros pensamientos con los de otras personas para alcanzar objetivos comunes. Quizás por ello la intuición social no constituya un fenómeno extraordinario, sino una consecuencia natural de millones de años de evolución orientada a comprender al otro. Uno de los descubrimientos más importantes de la neurociencia contemporánea consiste en descifrar que el cerebro no espera pasivamente recibir información del mundo. Hace exactamente lo contrario. Predice y anticipa. Imagina continuamente lo que probablemente ocurrirá durante los próximos segundos. Cada conversación. Cada movimiento. Cada mirada. Cada sonido. Todo es comparado con modelos internos que el cerebro ha construido durante toda nuestra vida. Si la realidad coincide con la predicción, apenas lo notamos. Si ocurre algo inesperado, entonces prestamos atención. En otras palabras, nuestro cerebro funciona mucho más como un extraordinario sistema de predicción que como una simple máquina que recibe información. Quizás por eso tantas veces sentimos que "ya sabíamos" lo que iba a suceder. En muchas ocasiones no estábamos adivinando el futuro. Simplemente nuestro cerebro había detectado patrones antes de que nuestra conciencia lograra hacerlo…
Cuando la experiencia habla sin palabras
El psicólogo Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía, describió esta diferencia al proponer dos grandes modos de pensamiento. Uno es rápido, automático e intuitivo. El otro es lento, analítico y deliberado. Ambos son indispensables. La intuición permite reaccionar en milésimas de segundo. La reflexión permite corregir los errores que la intuición inevitablemente comete. Numerosos estudios muestran que médicos con décadas de experiencia pueden sospechar un diagnóstico apenas observando al paciente durante unos segundos y posteriormente justifican racionalmente la decisión. La intuición aparece primero y la explicación llega después. Daniel Kahneman y Gerd Gigerenzer han descrito este fenómeno en distintos contextos profesionales. El investigador Gary Klein encontró este fenómeno entre bomberos experimentados. En varias ocasiones algunos ordenaban evacuar un edificio sin poder explicar por qué. Segundos después el techo colapsaba. ¿Premonición? No. Su cerebro había detectado pequeñas anomalías —temperatura, sonidos, comportamiento del fuego, corrientes de aire— imposibles de verbalizar con rapidez, pero suficientes para advertir que algo no encajaba. La intuición había integrado miles de experiencias anteriores. Algo semejante ocurre con médicos veteranos, pilotos, maestros, psicólogos, detectives, músicos o deportistas de alto rendimiento, o contigo, cuando manejas. Después de décadas de experiencia se desarrolla una extraordinaria capacidad para reconocer patrones casi instantáneamente. No se poseen poderes sobrenaturales, sino un cerebro entrenado. Karl Friston va más allá y ofrece un marco teórico para explicar por qué el cerebro parece "intuir". Su idea central es que el cerebro es una máquina de inferencias y predicciones (prediction machine). El cerebro no esperaría pasivamente que el mundo le diga qué está ocurriendo. Construye continuamente modelos internos, anticipa lo que probablemente sucederá, y corrige esas predicciones cuando la realidad no coincide con ellas. Desde esta perspectiva, muchas intuiciones podrían entenderse como predicciones inconscientes precisas elaboradas por el cerebro antes de que alcancen nuestra conciencia.
Las emociones también piensan
Durante mucho tiempo la psicología presentó las emociones como enemigas de la razón. Antonio Damasio transformó profundamente esa visión. Sus investigaciones demostraron que las emociones no interfieren necesariamente con las buenas decisiones. Con frecuencia las hacen posibles. Cada experiencia importante deja una huella emocional. El cerebro registra no solamente los hechos, también anota cómo nos hicieron sentir. Años después, cuando aparece una situación semejante, esas emociones reaparecen antes de que podamos explicar racionalmente lo que está ocurriendo. A veces sentimos confianza, una inexplicable incomodidad o una fuerte necesidad de alejarnos. No siempre acertamos. Pero muchas veces nuestro organismo ha percibido señales que todavía no alcanzamos a comprender conscientemente. Quizás por ello tantas personas afirman: "No sé por qué... pero algo dentro de mí me decía que no fuera."
¿Puede una persona "leer" el pensamiento de otra?
Probablemente todos hemos vivido una escena semejante: Dos amigos dicen exactamente la misma frase al mismo tiempo. Una pareja responde una pregunta antes de escucharla. Una madre llama a su hijo justo cuando este pensaba telefonearle. La sensación resulta desconcertante. Parece que alguien hubiera penetrado en nuestra mente. La psicología ofrece una explicación… Cada ser humano construye, sin darse cuenta, un modelo mental de las personas que conoce profundamente. Aprendemos cómo hablan. Qué palabras utilizan. Cómo reaccionan cuando están alegres. Cómo respiran cuando están preocupadas. Qué silencios preceden una mala noticia. Qué expresión aparece cuando intentan ocultar una emoción. Después de miles de interacciones, nuestro cerebro puede anticipar con enorme precisión lo que probablemente hará la otra persona. No estamos leyendo literalmente su pensamiento. Estamos prediciendo su comportamiento con una sofisticación que apenas comenzamos a comprender.
¿Cómo logra el cerebro anticipar a los demás?
Comprender a otra persona es una de las tareas más difíciles que realiza el cerebro humano. Mientras conversamos con alguien, no solamente escuchamos sus palabras. Interpretamos el tono de su voz, la velocidad con la que habla, la dirección de su mirada, los pequeños movimientos de sus manos, las pausas, las expresiones faciales y hasta los silencios. Todo ello, en apenas unos segundos…
La psicología denomina a una parte de esta capacidad Teoría de la Mente (TOM), una habilidad para inferir lo que otra persona piensa, siente, cree o probablemente hará a continuación. No significa leer literalmente los pensamientos, sino construir modelos mentales extraordinariamente precisos sobre los estados internos de los demás (Premack & Woodruff, 1978; Frith & Frith, 2006). No es que podamos acceder directamente a sus pensamientos, sino que construimos una representación bastante exacta de su estado mental a partir de múltiples señales. En cierto modo, todos llevamos un pequeño "modelo" de las personas que amamos. Sabemos cómo reaccionarán ante determinadas noticias. Conocemos aquello que les entusiasma. Reconocemos cuándo están preocupadas aunque digan que todo está bien. Con frecuencia acertamos porque nuestro cerebro ha aprendido durante años a reconocer patrones extraordinariamente sutiles. No necesariamente existe una transmisión de pensamientos. Existe, eso sí, un conocimiento profundo construido a lo largo del tiempo…
Cuando dos cerebros comienzan a sincronizarse
Hace apenas dos décadas esta afirmación habría parecido ciencia ficción. Hoy comprendemos que durante determinadas interacciones los cerebros de dos personas pueden mostrar patrones de actividad sincronizados. Gracias a técnicas como la resonancia magnética funcional (fMRI), la electroencefalografía (EEG) y el denominado hiperscanning, los investigadores han comenzado a registrar simultáneamente la actividad cerebral de dos individuos mientras conversan, cooperan, enseñan, interpretan música, o simplemente mantienen contacto visual. Los resultados son sorprendentes: En un sinnúmero de estas situaciones aparecen fenómenos conocidos como sincronización neuronal interpersonal (INS). (Hari et al., 2015; Redcay & Schilbach, 2019; Czeszumski et al., 2020). Estos estudios revelaron una (INS) robusta y consistente en las regiones frontal, temporal y parietal del cerebro y encontraron patrones similares en estudios de pareja y padres-hijos… No significa que dos cerebros se conviertan en uno. Mucho menos que exista una lectura directa de uno al otro. Lo que muestran estas investigaciones es que determinadas regiones cerebrales comienzan a coordinar temporalmente su actividad cuando dos personas interactúan con atención y de forma cooperativa. Cuanto mayor sea la empatía mayor será la confianza. Cuanto más fluida resulte la comunicación mayor suele ser ese grado de sincronización. En otras palabras, nuestros cerebros parecen bailar mientras conversamos. Una danza invisible que apenas comenzamos a observar científicamente…
La neurociencia y la intimidad
Quizás una de las expresiones más íntimas de la sincronización humana ocurra durante la relación sexual. Las parejas que han compartido años de convivencia suelen desarrollar una extraordinaria capacidad para anticipar el ritmo, las emociones y las respuestas del otro. La neurociencia sugiere que durante estas interacciones pueden alinearse diversos procesos fisiológicos e incluso algunos patrones de actividad cerebral. Sin embargo, la ciencia todavía no permite concluir que el orgasmo simultáneo sea consecuencia directa de esa sincronización neuronal. Más bien parece emerger de una compleja interacción entre experiencia compartida, empatía, comunicación, aprendizaje mutuo, y coordinación fisiológica…
Mucho más que palabras
Esta sincronización no ocurre únicamente en el cerebro. Diversas investigaciones muestran que personas emocionalmente conectadas pueden sincronizar parcialmente su respiración, la frecuencia cardíaca, algunos movimientos corporales, y hasta el ritmo con el que desvían la mirada durante una conversación… Una madre sostiene a su recién nacido y sin proponérselo, ambos regulan progresivamente su respiración. Una pareja camina tomada de la mano. Después de algunos minutos sus pasos comienzan a acompasarse. Un director dirige una orquesta. Decenas de músicos terminan respirando casi al mismo tiempo. El público se sincroniza en el aplauso. Dos amigos ríen simultáneamente sin haber planeado hacerlo. La naturaleza parece disfrutar profundamente de la sincronía. Y el ser humano no constituye una excepción…
La inteligencia compartida de la naturaleza
Uno de los fenómenos más bellos que existen es observar una enorme bandada de pájaros estorninos dibujando figuras cambiantes sobre el cielo. Miles de aves giran al mismo tiempo. Cambian de dirección en fracciones de segundo. No obstante, no chocan entre sí. Parecen obedecer a un único director invisible aunque no existe tal director. Algo semejante ocurre con los cardúmenes de peces. Con las colonias de hormigas. Con las abejas. Cada individuo posee apenas una pequeña parte de la información. Pero el grupo desarrolla comportamientos de una inteligencia extraordinaria. La biología explica estos fenómenos mediante conceptos como inteligencia colectiva, autoorganización y comportamientos emergentes. Cada animal responde únicamente a señales locales provenientes de sus vecinos inmediatos. Así, de miles de decisiones individuales emerge un comportamiento colectivo de enorme sofisticación. No existe evidencia científica de que estos animales compartan pensamientos en el sentido humano del término. Pero sí constituyen una demostración impresionante de que la naturaleza puede generar niveles de coordinación que durante siglos parecían imposibles. Quizás la inteligencia no siempre pertenezca únicamente al individuo. A veces emerge del conjunto…
¿Qué queda todavía en el misterio?
Aquí comienza la parte más delicada, y probablemente la más apasionante. La ciencia ha explicado una enorme cantidad de fenómenos que antiguamente atribuíamos al misterio. Hoy comprendemos mucho mejor la intuición. Entendemos la importancia del aprendizaje inconsciente. Conocemos el papel de las emociones. Sabemos cómo el cerebro construye modelos predictivos sobre las personas, así como los mecanismos básicos de la empatía. Y empezamos a estudiar objetivamente la sincronización entre dos cerebros. Todo ello constituye un avance. Pero también debemos reconocer que todavía existen experiencias humanas difíciles de estudiar experimentalmente. Personas que afirman haber presentido con claridad un accidente antes de que ocurriera. Madres que aseguran haber despertado exactamente cuando un hijo distante sufría una emergencia. Gemelos que describen coincidencias sorprendentes. Parejas que parecen anticipar mutuamente pensamientos de manera repetida. La existencia de estos testimonios no demuestra que exista un mecanismo desconocido. Pero tampoco permite descartarlos únicamente porque aún no sepamos porque pasan. La historia de la ciencia está llena de fenómenos observados durante décadas antes de comprender sus causas. La electricidad existía mucho antes de que supiéramos describirla. Las bacterias enfermaban a las personas siglos antes de que existiera el microscopio. Las ondas gravitacionales fueron predichas un siglo antes de ser detectadas. La prudencia científica consiste precisamente en no convertir la ignorancia temporal ni en prueba a favor ni en prueba en contra…
La intuición y los límites del conocimiento
Como psicólogos, creemos que la intuición representa una de las capacidades más extraordinarias desarrolladas por la evolución humana. En la inmensa mayoría de los casos constituye el resultado de un cerebro que trabaja silenciosamente integrando información en un laberinto inmenso. Pero también creemos que la ciencia avanza precisamente porque conserva la capacidad de asombro. Cada generación ha pensado que ya comprendía casi todo. Y terminaron descubriendo que apenas había comenzado. Es probable que dentro de cincuenta años vislumbremos mucho mejor la conciencia y descubramos nuevos mecanismos de interacción social. Algunas experiencias podrán encontrar una explicación completamente natural. O es posible que aparezcan preguntas todavía más complejas. Lo importante consiste en mantener abiertas las puertas. La del pensamiento crítico. Y la del asombro. Cerrar cualquiera de las dos empobrece el conocimiento…
Al final…
... como al comienzo nos preguntamos: ¿cómo intuimos nosotros lo que va a pasar?... Después de recorrer la psicología, la neurociencia, la sincronización interpersonal y la extraordinaria capacidad del cerebro para anticipar el comportamiento de quienes nos rodean, la pregunta ya no es solamente esa, sino ¿cómo las inteligencias artificiales que estamos creando comienzan, poco a poco, a anticipar nuestra forma de pensar y de actuar?... Porque cada conversación, cada búsqueda en Internet, cada fotografía compartida, cada compra, cada libro que leemos, cada decisión que tomamos y cada palabra que escribimos permiten que sofisticados algoritmos construyan modelos cada vez más precisos de nuestra forma de razonar, de nuestras preferencias e incluso de algunas de nuestras futuras decisiones… Naturalmente, cuando hablamos de que los algoritmos "intuyen", utilizamos una metáfora. La inteligencia artificial no posee intuición en el sentido psicológico humano. No experimenta emociones, no tiene conciencia ni vivencias personales. Lo que hace es identificar patrones mediante el análisis de enormes volúmenes de datos y calcular probabilidades con una precisión creciente. Durante millones de años, la evolución dotó al cerebro humano de la capacidad de reconocer patrones para comprender el mundo y anticipar el comportamiento de los demás. Hoy, por primera vez en nuestra historia, estamos construyendo sistemas capaces de realizar una tarea similar por caminos completamente distintos. No mediante la experiencia consciente, sino mediante el aprendizaje computacional. Tenemos que saber cómo funciona la intuición humana, pero asimismo calcular hasta dónde podrán llegar esas nuevas formas de inteligencia para modelar, interpretar y predecir nuestra conducta. Puede que al final, el mayor descubrimiento no sea que las máquinas aprendan a comprendernos, sino que, mientras intentamos enseñarles cómo pensamos, nosotros mismos comencemos a dilucidar —como nunca antes— la extraordinaria complejidad y capacidad de la mente humana. Porque cuanto más avanzamos en el conocimiento del cerebro, más inmenso parece el misterio de la conciencia que probablemente sea el soporte más importante de la intuición … Que detrás de cada mirada, de cada emoción y de cada encuentro entre dos personas existe un universo entero que apenas comenzamos a explorar. Pensamos que la mayor intuición de nuestra especie no consiste en adivinar el futuro, sino en aceptar que todavía nos queda un inconmensurable Universo por descubrir… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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