¿Sientes miedo como buena parte de la humanidad?
- Maria Mercedes y Vladimir Gessen

- hace 2 días
- 13 min de lectura
En esta era de riqueza y tecnología, millones temen por su seguridad, su sustento y la posibilidad de conservar un lugar digno en el futuro… El temor al delito, la pobreza y perder el trabajo transforman las mentes, deterioran la convivencia y ponen en riesgo nuestra libertad...
El miedo a la violencia, a la pobreza y al futuro…
… El temor no siempre llega vestido de soldado acompañado por el estruendo de una explosión o anunciado mediante una alarma. Algunas veces entra calladamente en nuestras casas, se sienta a la mesa y observa cómo una familia vuelve a calcular sus gastos porque el dinero ya no alcanza. Otras, irrumpe cuando alguien mira hacia atrás antes de abrir la puerta de su automóvil o para salir de casa, cuando unos padres esperan despiertos a que sus hijos regresen, o si una persona recibe un correo de la empresa y teme que dentro de aquel mensaje se encuentre el final de su trabajo. Durante años imaginamos que las mayores preocupaciones de nuestra época serían una guerra nuclear, el cambio climático, una nueva pandemia, o la aparición de máquinas capaces de superar al ser humano. Todas esas amenazas existen y ninguna debería subestimarse. No obstante, cuando se le pregunta directamente a las personas qué es lo que más les preocupa, sus respuestas resultan mucho más cercanas, más concretas y también más íntimas: ¿Estaremos seguros en casa? ¿Podremos continuar pagando lo que debemos? ¿Tendremos trabajo mañana? ¿Nuestros hijos vivirán peor que nosotros?... A la par, quizá nunca habíamos poseído tantos conocimientos, recursos y tecnologías. Y, sin embargo, miles de millones de seres humanos sienten que viven cada vez más cerca del peligro y más lejos de la tranquilidad…
¿Qué preocupa hoy al mundo?
La edición de julio de 2026 de la encuesta internacional What Worries the World, realizada por Ipsos entre 25.540 adultos de 30 países, encontró que el crimen y la violencia constituían la principal preocupación, mencionada por 32 por ciento de los consultados. Le seguían la inflación, con 30 por ciento, el desempleo y la pobreza o desigualdad social, ambos con 29 por ciento, y la corrupción política y financiera, fue la de menor cuantía con 28 por ciento… La misma investigación reveló dos cifras particularmente expresivas: 62 por ciento consideraba que su país marchaba por el camino equivocado, y una proporción idéntica calificaba negativamente la situación económica nacional. Es decir, casi dos de cada tres personas no estaban seguras de que sus sociedades avanzaran en la dirección correcta ni de que sus economías pudieran ofrecerles estabilidad.(Ipsos: What Worries the World, July 2026)…
¿La humanidad se siente vulnerable?
Los resultados de la investigación ofrecen una fotografía suficientemente amplia para revelar que detrás de problemas aparentemente distintos existe una misma experiencia psicológica. El crimen amenaza nuestra integridad. La inflación pone en peligro nuestra capacidad para sostener la vida. El desempleo y la desigualdad hacen temer que podamos quedar excluidos del futuro. No son tres miedos separados. Son tres rostros de una misma inseguridad…
Primer miedo: Que nos hagan daño
Cuando una persona teme ser víctima de la violencia, no espera necesariamente a que el delito ocurra para comenzar a sufrir sus consecuencias. El miedo modifica antes su comportamiento. Cambia las rutas por las que transita, las horas en que sale, los lugares que visita y las personas en quienes confía. La ciudad puede continuar teniendo las mismas dimensiones físicas, pero el territorio psicológico de quien siente miedo comienza a reducirse… Primero, dejamos de caminar por una calle. Después evitamos una plaza. Más tarde, preferimos no salir de noche. Finalmente, podemos terminar relacionándonos con el espacio público como si todo desconocido representara una posible amenaza. ¿Qué relación existe entre el miedo al delito y la salud? Este miedo posee una capacidad extraordinaria porque no necesita que el peligro esté presente todo el tiempo, le basta con convencernos de que podría aparecer en cualquier momento. Las investigaciones han encontrado asociaciones entre el temor al delito, un peor estado de salud mental, menores niveles de actividad física y una disminución de la calidad de vida. También han mostrado que sus efectos pueden extenderse más allá de las víctimas directas, erosionando la cohesión comunitaria y la confianza que permite convivir con quienes no conocemos… Por eso, la inseguridad no puede medirse solamente contando homicidios, robos o agresiones. Existe también una inseguridad subjetiva, la que nos da la sensación de que hemos perdido el control sobre nuestro entorno. Ambas realidades se relacionan, pero no siempre avanzan al mismo ritmo. El delito puede disminuir y el miedo permanecer, y del mismo modo, una sociedad puede acostumbrarse a niveles de violencia que jamás deberían considerarse normales. Igual pasa con la violencia en las calles que se añaden a las guerras transmitidas en tiempo real, como el terrorismo, la persecución política, las agresiones contra las mujeres, el maltrato dentro de los hogares y una violencia verbal que se ha instalado en las redes sociales. Vemos ciudades destruidas mientras desayunamos. Escuchamos amenazas entre potencias mientras conducimos. Contemplamos el sufrimiento de personas ubicadas a miles de kilómetros con una proximidad visual que otras generaciones nunca experimentaron. El Foro Económico Mundial señala que la confrontación geoeconómica y los conflictos armados entre Estados se encuentran entre los principales riesgos capaces de provocar una crisis mundial en 2026. También advierte que el debilitamiento de la cooperación internacional está sustituyendo progresivamente la colaboración por la confrontación… Y a pesar de ello, existe una diferencia entre el peligro que analizan los expertos y el miedo que vive una familia. Los especialistas observan sistemas, alianzas, arsenales, mercados y fronteras. Las personas se preguntan si podrán regresar seguras a casa. Ambas miradas describen el mismo mundo desde distancias diferentes.
Segundo miedo: No poder sostener nuestra vida
La inflación suele presentarse mediante porcentajes, índices y comparaciones interanuales. Para una familia no constituye una abstracción económica. Es la diferencia entre comprar o dejar para después, entre conservar un tratamiento médico o reducirlo, o ayudar a un hijo o confesarle que esta vez no será posible. La inflación no aumenta solamente los precios. También disminuye la tranquilidad, aplaza los proyectos y empobrece la esperanza. Cuando el costo de la vivienda, los alimentos, la energía, los seguros y la atención médica crece más rápidamente que los ingresos, la vida comienza a convertirse en una sucesión de renuncias. Tal vez al principio se abandone una salida o unas vacaciones. Después, se posterga una reparación. Más tarde se recurre al crédito para pagar necesidades ordinarias. Finalmente, toda la energía mental queda concentrada en una sola tarea: llegar al final del mes. La pobreza extrema representa la expresión más cruel de esta situación, pero la inseguridad económica alcanza también a sectores que no se consideran pobres. Profesionales, pequeños empresarios, jubilados, trabajadores independientes y familias de clase media pueden conservar exteriormente su estilo de vida mientras interiormente sienten que el suelo comienza a moverse bajo sus pies. La psicología y las neurociencias han mostrado que la preocupación económica prolongada no permanece encerrada en una cuenta bancaria. Bruce McEwen denominó carga alostática al desgaste acumulado que aparece cuando los sistemas de respuesta al estrés deben activarse repetidamente o no logran regresar adecuadamente a su estado de reposo. Aquello que inicialmente nos ayuda a afrontar una amenaza puede terminar afectando, cuando se prolonga, la salud física, emocional y cognitiva. Asimismo, una influyente investigación publicada en Science encontró que la escasez económica puede consumir parte de la atención disponible, así como dificultar temporalmente algunas funciones cognitivas. No significa que las personas pobres posean menor capacidad intelectual. Pero sí algo muy diferente: cuando la mente debe resolver permanentemente cómo sobrevivir, dispone de menos espacio para todo lo demás. Quien vive bajo presión económica calcula, anticipa, compara, teme y vuelve a calcular. Puede dormir peor, irritarse con mayor facilidad, experimentar vergüenza, sentirse culpable frente a sus hijos o evitar reuniones sociales porque ya no puede participar de la misma manera. La precariedad material se convierte así en una experiencia psicológica. No siempre vemos esa angustia. Muchas personas continúan trabajando, sonriendo y cumpliendo con sus responsabilidades mientras libran por dentro una batalla financiera. Conservan una casa, pero temen perderla. Mantienen un empleo, pero saben que una enfermedad, una reparación inesperada o unos meses sin ingresos podrían alterar toda su existencia. De esta forma, la inflación podría ser definida también como un impuesto invisible sobre la serenidad…
Tercer miedo: Quedarnos sin futuro
El trabajo nunca ha sido únicamente una fuente de ingresos. También organiza el tiempo, construye identidad, facilita vínculos sociales y permite sentir que ocupamos un lugar dentro de la comunidad. Cuando alguien pierde su empleo, no desaparece solamente el salario. Pierde también una rutina, una posición, un proyecto y parte de la respuesta a la pregunta: “¿Quién soy?”… Una amplia revisión de investigaciones realizada por Karsten Paul y Klaus Moser concluyó que el desempleo no solo se encuentra asociado con un mayor malestar psicológico, sino que la evidencia longitudinal respalda que puede contribuir a causarlo. Entre las consecuencias observadas aparecen mayores niveles de depresión, ansiedad y angustia, junto con una reducción del bienestar y la autoestima. La Organización Mundial de la Salud considera igualmente el desempleo, la inseguridad laboral y la pérdida reciente del trabajo como factores de riesgo para la salud mental. Por igual, el miedo contemporáneo va más lejos. Millones de personas no temen únicamente perder el empleo que poseen. Temen que sus conocimientos dejen de ser necesarios. La automatización y la inteligencia artificial han introducido una nueva incertidumbre. La Organización Internacional del Trabajo estima que aproximadamente uno de cada cuatro empleos en el mundo presenta algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. Sin embargo, su análisis subraya una distinción decisiva, que la exposición no significa desaparición. En numerosos casos, la transformación de las tareas resulta más probable que el reemplazo completo de quienes las realizan. Esta precisión es importante, pero no elimina la inquietud. Para quien ha dedicado veinte o treinta años a dominar una profesión, escuchar que una máquina puede ejecutar en segundos parte de lo que antes le requería horas o días produce algo más que preocupación económica. Puede generar una crisis de identidad y de sentido. Los jóvenes enfrentan otra versión del mismo temor. Muchos estudiaron bajo la promesa de que la educación les permitiría ascender socialmente. Y aunque algunos descubren que pueden tener títulos sin obtener estabilidad, trabajar sin independizarse, y esforzarse sin alcanzar la vida que sus padres consiguieron con menos credenciales. Los adultos mayores, por su lado, temen que los ahorros acumulados durante toda una vida resulten insuficientes. Los trabajadores de mediana edad pueden sentirse demasiado jóvenes para retirarse, pero demasiado mayores para comenzar de nuevo. Y quienes viven en la pobreza enfrentan una pregunta todavía más dolorosa: ¿cómo imaginar el futuro cuando toda la energía se consume medio resolviendo el presente? El verdadero peligro aparece cuando una sociedad deja de creer que sus hijos vivirán mejor que sus padres. En ese momento, la esperanza de progreso —uno de los grandes pactos psicológicos de la modernidad— comienza a fracturarse…
La gran paradoja de nuestro tiempo
Nunca habíamos poseído tanta capacidad científica para curar enfermedades, producir alimentos, comunicarnos, educar a distancia, anticipar catástrofes y multiplicar la productividad. Una computadora que cabe en la palma de la mano ofrece acceso a más información de la que habría podido consultar un ser humano durante toda su vida hace apenas unas generaciones. Y, a pesar de ello, una parte considerable de la humanidad se siente insegura, económicamente vulnerable, o socialmente prescindible… Creamos máquinas capaces de anticipar algunos aspectos del futuro, pero todavía no conseguimos garantizarles un futuro digno a millones de seres humanos. La contradicción no se encuentra en la tecnología misma. Sino en la distancia entre nuestra capacidad para generar riqueza y nuestra dificultad para convertirla en seguridad compartida. Una sociedad puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, producir ciudadanos que sienten que cualquier crisis personal podría expulsarlos del bienestar. También puede aumentar el empleo pero manteniendo trabajos tan precarios que quienes los desempeñan continúan sintiéndose pobres. Puede reducir determinados delitos mientras conserva comunidades enteras dominadas por el miedo a otros crímenes. Puede celebrar el progreso científico mientras muchos de sus habitantes creen que ese futuro está siendo construido para otros. El problema no consiste solamente en cuánto posee una sociedad, sino en cuánta confianza sienten sus ciudadanos respecto de su lugar dentro de ella…
Una humanidad en estado de alerta
El organismo humano evolucionó para responder a peligros inmediatos. Ante una amenaza, concentra la atención, acelera la respuesta fisiológica y prepara el cuerpo para luchar, huir o protegerse. Ese mecanismo resulta extraordinario cuando el peligro dura unos minutos. Se vuelve agotador cuando la alarma permanece encendida durante meses o años. Algo similar puede ocurrir en el plano colectivo. Una sociedad que vive bajo inseguridad prolongada se vuelve más irritable, desconfiada y polarizada. Busca culpables. Divide el mundo entre protectores y enemigos. Tolera peor la ambigüedad y puede comenzar a preferir las promesas contundentes sobre las explicaciones complejas. Las investigaciones acerca del autoritarismo indican que la percepción de amenaza, la pérdida de control y la sensación de que el mundo se ha vuelto peligroso pueden aumentar la atracción por liderazgos que prometen orden, certeza y protección. Esto no significa que toda persona asustada se convierta inevitablemente en autoritaria. Pero sí, que cuando el miedo crece, la libertad puede comenzar a parecer menos urgente que la seguridad. Este es uno de los mayores riesgos políticos de nuestra época. Un ciudadano que siente amenazada su vida, su empleo, o la subsistencia de sus hijos, puede estar dispuesto a entregar parte de sus derechos a quien le prometa devolverle el control. El miedo pide respuestas inmediatas. La democracia, en cambio, exige deliberación, límites, negociación y paciencia. Por ello, cuando las instituciones no responden rápido a las necesidades concretas de las personas, los discursos simplistas encuentran un terreno fértil. La tercera encuesta de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico sobre confianza institucional, publicada en 2026 y realizada en 33 países miembros, encontró que solamente el 40 por ciento manifestaba una confianza alta o moderadamente alta en su gobierno nacional, mientras 43 por ciento expresaba poca o ninguna confianza. No se trata únicamente de una crisis política. Es también una crisis psicológica de pertenencia. Cuando las personas sienten que las instituciones no las escuchan, pueden dejar de considerarlas propias…
Un círculo que se alimenta a sí mismo
La violencia, la pobreza y el desempleo no avanzan por caminos separados. Se relacionan y pueden fortalecerse mutuamente. La desigualdad extrema y la falta de oportunidades pueden favorecer condiciones en las que crece la delincuencia. La violencia destruye negocios, ahuyenta inversiones y reduce empleos. El desempleo prolongado incrementa la frustración y el desamparo. La frustración puede alimentar radicalismos políticos o sociales. La corrupción debilita la capacidad del Estado para responder. Y cada fracaso institucional aumenta la desconfianza de los ciudadanos. Así se forma un círculo peligroso: el miedo deteriora la convivencia, el deterioro de la convivencia debilita las instituciones y unas instituciones debilitadas producen todavía más miedo. Incluso, la percepción de que otros reciben ventajas injustas puede resultar tan corrosiva como la carencia material. Las personas necesitan no solo recursos, sino sentir que las reglas son comprensibles, que el esfuerzo posee alguna relación con los resultados y que nadie se encuentra condenado de antemano por el lugar donde nació. Una sociedad puede soportar dificultades considerables cuando conserva la esperanza de superarlas. Lo que no puede aguantar indefinidamente es la sensación de que nada de lo que haga modificará su destino…
¿Existe una salida?
No sería serio ofrecer una respuesta sencilla para problemas tan complejos. Tampoco bastaría con pedir a las personas que piensen positivamente, mediten o aprendan a controlar su ansiedad. La fortaleza psicológica ayuda, pero no sustituye la seguridad física, el empleo, la vivienda ni unas instituciones confiables. No toda angustia es una distorsión de la mente. Algunas veces, constituye una respuesta razonable ante una realidad insegura. La salida exige reconstruir al menos tres formas de seguridad… La primera es la seguridad física: instituciones capaces de prevenir la violencia, proteger a las víctimas, aplicar la ley sin discriminaciones y recuperar los espacios públicos. La seguridad no puede confundirse con la represión indiscriminada. Una sociedad verdaderamente segura no es aquella donde todos temen a la autoridad, sino aquella donde nadie necesita temer al delincuente ni al Estado… La segunda es la seguridad económica: empleos dignos, ingresos capaces de acompañar razonablemente el costo de la vida, protección frente a la enfermedad y oportunidades reales de capacitación. No significa impedir todos los cambios tecnológicos, sino evitar que sus beneficios se concentren mientras sus costos recaen únicamente sobre quienes poseen menos capacidad para defenderse… La tercera es la seguridad respecto del futuro: educación pertinente, movilidad social, instituciones confiables y la convicción de que nuestros hijos no serán condenados a vivir peor. Las sociedades necesitan un horizonte compartido, una razón colectiva para continuar esforzándose. A estas tres seguridades debemos añadir una cuarta: la seguridad psicológica de sentirse escuchado y reconocido. Las personas toleran mejor las decisiones difíciles cuando comprenden sus razones, perciben que fueron tomadas con justicia y sienten que su voz posee algún valor. La confianza no se exige mediante discursos. Se construye con resultados, transparencia, coherencia y respeto.
Al final…
... Las personas no están pidiendo demasiado. No quieren poseer el mundo. Se trata de no perder el pequeño universo que aman. Desean caminar por una calle sin mirar hacia atrás, abrir la puerta de su casa sin convertirla en una barricada, comprar alimentos sin tener que devolver alguno al estante, y recibir el salario sin descubrir que ya estaba gastado antes de llegar. Desean ayudar a sus hijos, cuidar a sus padres, conservar el tratamiento médico que necesitan, y acostarse por la noche con la certeza de que mañana todavía habrá un lugar para ellos… Detrás de cada porcentaje existe una historia que las estadísticas no alcanzan a contar. Por eso el crimen, la inflación y el desempleo preocupan más que otras amenazas que parecen lejanas, como son las guerras en otras partes del planeta. No porque a las personas les resulte indiferente el destino del mundo, sino porque antes de salvarlo necesitan saber si podrán sostener su parte más íntima de él, como es su hogar, su familia, su trabajo, su dignidad y sus sueños. Antes de pensar en el porvenir de la humanidad, necesitan sentir que la humanidad todavía piensa en ellas… Una sociedad comienza a desmoronarse mucho antes de que su ruina aparezca en los indicadores económicos. Se deshace primero dentro de la mente de sus ciudadanos al momento que dejan de hacer planes, cuando pierden la confianza en quienes dirigen, cuando la esperanza comienza a parecerles una ingenuidad y cuando el futuro deja de ser una promesa para convertirse en una amenaza… en desesperanza aprendida. Así, el miedo ya no permanece solamente en las calles, en las cuentas bancarias o en las oficinas. Entra en la conciencia colectiva, deteriora la convivencia, busca culpables y vuelve seductora la voz de quien promete seguridad a cambio de obediencia. Porque cuando una persona teme perderlo todo, hasta la libertad puede parecerle un precio aceptable por sentirse protegida. Tal vez esa sea la verdadera alarma de nuestro tiempo. No que la humanidad haya dejado de avanzar. Lo hace con una velocidad prodigiosa. Construye máquinas capaces de aprender, extiende la vida y cura enfermedades, explora otros mundos y acumula posibilidades que generaciones anteriores jamás habrían podido imaginar. La tragedia consiste en que, mientras ese progreso ilumina el horizonte, más de la mitad de los seres humanos continúan preguntándose desde la oscuridad si alguna vez el bienestar las alcanzará y dejaran de pensar ¿Cómo alimento a mi familia hoy?… Al final, quizá debamos dejar de observar cuánto está avanzando la humanidad y comenzar con algo mucho más clave: ¿Quiénes están avanzando y quiénes están siendo abandonados en el camino? Porque ningún avance merece llamarse progreso si obliga a millones de personas a contemplarlo desde afuera. Y un mundo que avanza dejando atrás a su gente, a sus componentes fundamentales, no se dirige de verdad hacia el futuro sino hacia una inevitable confrontación: Solo está huyendo hacia adelante… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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