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Codicia: cuando tener más nos deja más vacíos

Dinero, poder, amor, fama o reconocimiento: la avidez cambia de objeto, de nombre, pero conserva la insatisfacción y el vacío interior… Avaricia vs Felicidad: La psicología y la neurociencia explican por qué el cerebro logró habituarse a obtener y seguir pidiendo siempre más…



Suele citarse que un periodista le preguntó a uno de los hombres más ricos del mundo cuánto dinero consideraba suficiente para sentirse plenamente satisfecho. La respuesta sorprendió por su honestidad: —"Solo un poco más"… Pocas frases describen mejor una de las incongruencias de la condición humana. Desde siempre han existido personas que dedican su vida a acumular dinero, propiedades, poder, prestigio, influencia o amor. Codiciar es el deseo de adquirir algo, acompañado de la insatisfacción de nunca tener suficiente. Algunas llegan a poseer fortunas de una magnitud impresionante. Otras conquistan posiciones de enorme autoridad. En todos los casos, continúan buscando más… y más. Un negocio adicional. Otra empresa. Un nuevo cargo. Un récord diferente. Una victoria más… La codicia tampoco se limita al dinero, al poder o a los bienes materiales. Puede aparecer, de manera más sutil y dolorosa, en el amor y en la necesidad de reconocimiento. Existe una codicia afectiva cuando una persona no desea simplemente amar, sino poseer emocionalmente al otro, cuando nunca le parecen suficientes el tiempo, la atención, las demostraciones de cariño o las pruebas de fidelidad. Entonces, el amor deja de ser encuentro y comienza a parecerse al control. Algo semejante ocurre con la codicia de reconocimiento. Hay quienes necesitan aplausos, elogios, premios, seguidores o aprobación permanente para sentirse valiosos. Pero cada confirmación externa dura muy poco, porque el vacío interior vuelve a pedir una nueva prueba. En todos los casos, el mecanismo psicológico es similar, se intenta obtener desde afuera una seguridad que no ha terminado de construirse por dentro. El amor sano no busca apropiarse del otro, lo cuida en libertad. Y el reconocimiento más profundo no proviene de ser admirados continuamente, sino de saber, con serenidad, quiénes somos, incluso cuando nadie nos aplaude. No se trata de cuánto posee una persona. Sino por qué, aun teniéndolo casi todo, continúa sintiendo que todavía le falta algo… Esta inquietud insaciable ha acompañado a la humanidad desde que comenzaron a escribirse los primeros relatos de nuestra civilización. Aspirar al éxito financiero es un aspecto importante en distintos países. Los antiguos griegos imaginaron al rey Midas, condenado a convertir en oro todo aquello que tocaba, hasta descubrir que incluso el alimento y el afecto podían desaparecer bajo el peso de su propio deseo. Las tradiciones orientales advirtieron que el apego ilimitado conduce inevitablemente al sufrimiento. El cristianismo incluyó la avaricia entre los llamados pecados capitales. Filósofos y científicos han coincidido en señalar que la obsesión por poseer termina “empobreciendo” la felicidad personal de quien la padece…

 

Qué nos dice la Psicología


 

La psicología contemporánea ha definido la codicia como el deseo de adquirir más, unido a la insatisfacción de nunca tener suficiente. Diversos estudios sobre materialismo, apego adulto, celos románticos, narcisismo y contingencias de autoestima muestran que ese mecanismo puede expresarse no solo en la riqueza, sino también en el amor, el control, la admiración y la necesidad permanente de aprobación. La neurociencia comienza a explicar, con resonancias magnéticas y estudios del cerebro, aquello que los filósofos y los sabios intuían hace siglos: La codicia no representa únicamente un problema moral. Constituye, sobre todo, un extraordinario fenómeno psicológico. Curiosamente, no nace donde muchos imaginan. No surge necesariamente de la abundancia. En numerosas ocasiones aparece precisamente donde existe una sensación de carencia. Algunas personas acumulan dinero. Otras coleccionan poder. Algunas necesitan reconocimiento permanente. Otras jamás consideran suficiente el éxito alcanzado. El objeto cambia pero el mecanismo psicológico permanece sorprendentemente parecido. Así, la codicia no debe medirse por el tamaño de una fortuna, sino por la incapacidad de experimentar la sensación de suficiencia. Todos conocemos personas económicamente modestas que viven agradecidas y en paz consigo mismas. También conocemos individuos inmensamente ricos que permanecen atrapados en una ansiedad permanente por conservar lo que poseen, o por alcanzar aquello que todavía no tienen. Asimismo comprendemos que la riqueza y la codicia no son sinónimos. Del mismo modo que la pobreza tampoco garantiza la humildad. Existen empresarios cuya fortuna ha transformado positivamente la vida de millones de personas mediante la innovación, el trabajo y la filantropía. También existen otros con recursos muy limitados cuya existencia gira alrededor de la envidia, la comparación permanente o el deseo obsesivo de apropiarse de lo ajeno. La codicia, por tanto, no depende del patrimonio. Más bien de la relación psicológica que cada ser humano establece con el deseo de obtener más.

 

Una emoción que ayudó a sobrevivir

 

¿Por qué nuestro cerebro parece incapaz de decir "ya es suficiente"?... Pues bien, si vamos miles de años hacia el pasado, mucho antes de que existieran los bancos, las empresas, los mercados financieros o las monedas, y regresamos al momento en que nuestros antepasados luchaban diariamente por conseguir alimento, refugio y seguridad, allí, en aquel mundo dominado por la incertidumbre y la escasez, fue donde nació, subrepticiamente, la semilla de aquello que hoy llamamos codicia. Resulta tentador pensar que la codicia constituye uno de los grandes defectos de la humanidad. Es más, durante siglos fue condenada por filósofos, religiosos y moralistas como una debilidad del carácter o un “pecado del alma”. Sin embargo, la psicología evolutiva y las neurociencias nos invitan hoy a contemplarla desde otra perspectiva un tanto más compasiva porque la codicia puede no haber nacido como un error. Por el contrario, pudo ser una extraordinaria estrategia de supervivencia… Imaginemos por un instante a una pequeña familia de Homo sapiens hace milenios. En aquel mundo implacable, guardar comida no era egoísmo. Era inteligencia. Conservar agua significaba vivir. Acumular leña permitía la supervivencia en el invierno. Fabricar más herramientas aumentaba las probabilidades de cazar. Encontrar una cueva segura podía salvar a toda una familia. En esas condiciones, el cerebro de quienes aprendían a prever el futuro tenía mayores posibilidades de transmitir sus genes que el de quienes consumían inmediatamente todo cuanto encontraban. La evolución premió una conducta muy específica: Guardar, conservar y acumular. De forma tal que sin saberlo, nuestros antepasados estaban entrenando uno de los circuitos neuronales más poderosos que la naturaleza desarrollaría a lo largo del tiempo. Nuestro cerebro aprendió una lección: Si hoy tienes más de lo que necesitas, no lo desperdicies. Mañana podría no existir… Aquella estrategia resultó brillante. Gracias a ella nuestra especie sobrevivió a sequías, glaciaciones, epidemias, depredadores, migraciones y períodos de enorme incertidumbre. Pero la evolución posee una característica: No diseña organismos para ser felices. Lo hace para la supervivencia. Nuestro cerebro continúa funcionando, en muchos aspectos, como si el mundo siguiera siendo una inmensa sabana africana llena de inseguridades. En el presente, gran parte de la humanidad vive hoy en sociedades donde la escasez inmediata ha sido sustituida por más bienes y servicios que en el pasado. Jamás el consumo estuvo tan cuidadosamente diseñado para convencernos de que siempre necesitamos algo más. Pero el antiguo programa evolutivo permanece activo. "No te detengas… Acumula un poco más"… "Por si acaso"… Al punto que nuestros ancestros acumulaban para sobrevivir y nosotros sobrevivimos para seguir acumulando.

 

La química de la codicia


 

Durante mucho tiempo los científicos creyeron que el cerebro buscaba simplemente el placer. Hoy sabemos que la realidad resulta mucho más interesante. La evolución nos fue diseñando, sobre todo, para buscar. No para encontrar. Durante décadas se ha hablado de la dopamina como "la molécula del placer". Actualmente, estamos al tanto de que esa explicación resulta demasiado simple. La dopamina participa principalmente en los circuitos de motivación, aprendizaje y expectativa. En otras palabras, no aparece únicamente cuando obtenemos una recompensa. Muchas veces aumenta antes, mientras imaginamos que estamos a punto de conseguirla. El cerebro disfruta anticipando. Por eso un niño suele experimentar tanta emoción la noche anterior a su cumpleaños. Un enamorado espera con ansiedad el próximo encuentro. Millones de personas revisan una y otra vez sus teléfonos esperando un mensaje, un comentario o un "me gusta". Lo extraordinario es que el mismo mecanismo también alimenta la codicia. No deseamos solamente aquello que tenemos delante. Deseamos, sobre todo, aquello que creemos que podremos alcanzar. Así la naturaleza creó el sistema. Sin la expectativa de poseer algo probablemente nuestros antepasados habrían dejado de explorar, de cazar, de descubrir nuevos territorios o de buscar mejores refugios. De manera que la insatisfacción moderada fue una ventaja evolutiva. Gracias a ella seguimos avanzando. El problema aparece cuando ese mecanismo pierde el equilibrio, porque entonces la búsqueda deja de ser un medio, y se convierte en el propósito de la vida. Los psicólogos conocemos este fenómeno denominado adaptación hedónica. La cual consiste en la extraordinaria capacidad del ser humano para acostumbrarse a casi todo. Nos acostumbramos a un salario mayor, a una casa más amplia, al reconocimiento. Nos habituamos incluso a la fama. Aquello que ayer parecía un sueño termina convirtiéndose en la rutina de hoy. Y una vez que deja de sorprendernos, el cerebro comienza inmediatamente a buscar el siguiente objetivo. Es como caminar hacia el horizonte. Creemos que está cerca. Damos pasos para alcanzarlo pero el horizonte, vuelve a alejarse…

 

La ambición y la codicia

 

La ambición utiliza el deseo para construir una vida. La codicia termina utilizando la vida para alimentar un deseo. Puede parecer una diferencia sutil. En realidad, separa dos maneras completamente distintas de existir. La ambición suele dejar como legado obras, conocimiento, empresas, descubrimientos, familias y servicio. La codicia deja cuentas bancarias cada vez más grandes, mientras la sensación de suficiencia permanece sorprendentemente pequeña. La naturaleza nunca pretendió que el ser humano encontrara la felicidad acumulando más, únicamente quiso asegurarse de que nunca dejáramos de movernos y sobrevivir. De manera que si nuestro cerebro nunca dice "basta", ¿quién debe pronunciar entonces esa palabra?... La racionalidad, nuestra conciencia y sabiduría. Ese espacio interior donde cada persona decide libremente cuál es el momento en que tener más deja de mejorar la vida. Más bien la perjudica…

 

La gran paradoja: la codicia y la felicidad


 

Hace algunos años, durante una conferencia sobre bienestar psicológico, uno de los asistentes formuló una pregunta aparentemente sencilla: —¿El dinero da la felicidad? La sala quedó en silencio. Todos esperaban una respuesta breve. Sin embargo, la psicología lleva décadas intentando responder esa pregunta y ha descubierto que, como ocurre con casi todo lo relacionado con el comportamiento humano, la realidad resulta mucho más complicada que un simple sí o un simple no. Comencemos por reconocer un hecho evidente. La pobreza extrema no la desea nadie. Quien no sabe si podrá alimentar a sus hijos mañana, quien carece de atención médica, de vivienda o de seguridad, difícilmente puede concentrarse en desarrollar su potencial creativo o espiritual. La incertidumbre permanente desgasta la mente. El miedo continuo consume enormes cantidades de energía psicológica. En ese sentido, disponer de recursos económicos mejora claramente la calidad de vida. Reduce el estrés. Aumenta las posibilidades de elegir. Permite acceder a educación, salud, cultura y oportunidades.

Negarlo sería ignorar la realidad. Pero la historia no termina allí. Cuando las necesidades fundamentales se encuentran razonablemente cubiertas, ocurre algo extraordinario. Cada nuevo incremento de riqueza produce una satisfacción progresivamente menor. Los economistas llaman a este fenómeno rendimientos decrecientes.  En otras palabras, el primer vaso de agua calma la sed. El décimo ya no produce el mismo efecto sino todo lo contrario: la saciedad. La psicología positiva y la economía del bienestar muestran que, una vez alcanzado un nivel de vida que proporciona seguridad y dignidad, el bienestar emocional comienza a depender mucho menos del patrimonio, y mucho más de otros factores profundamente humanos como la calidad de nuestras relaciones, sensación de propósito, salud física y mental, tiempo compartido con quienes amamos. La gratitud y posibilidad de ayudar a otros. Y el sentido que atribuimos a nuestra propia existencia.

 

Resulta curioso

 

Mientras la economía suele preguntar cuánto produce una persona, la psicología termina preguntando cómo vive esa persona. Y ambas preguntas no siempre conducen a la misma respuesta. Hemos conocido personas extraordinariamente prósperas que viven con una ansiedad permanente. Revisan obsesivamente los mercados. Temen perder lo construido. Desconfían de quienes se acercan. Trabajan sin descanso. Duermen poco. Casi nunca disfrutan aquello que poseen porque están demasiado ocupadas intentando conservarlo o multiplicarlo. Cuanto mayor es su patrimonio, mayor es el miedo a perderlo… En cambio, también hemos conocido hombres y mujeres que, sin poseer fortunas extraordinarias, irradian serenidad. No porque carezcan de problemas. Simplemente porque descubrieron algo que ninguna cuenta bancaria puede comprar. Aprendieron a experimentar la sensación de que, al menos por hoy, tienen lo necesario. Esta palabra —suficiente— es una de las más olvidadas de nuestra época. Vivimos rodeados de mensajes que nos repiten que todavía necesitamos más. Más de algo: De dinero, éxito, belleza, juventud, reconocimiento. Mas seguidores, poder, experiencias. Más productividad, velocidad… Nuestra civilización parece estar más pendiente de la próxima posesión. El siguiente automóvil. La nueva promoción. El smartphone recién lanzado. Las vacaciones más exclusivas. La casa más grande. El reloj más costoso… Y el algoritmo conoce mejor que nadie nuestro antiguo cerebro de cazadores. Sabe exactamente cómo despertar ese deseo. Pero existe un detalle que no aparece en la publicidad: Ningún objeto puede resolver un vacío cuya naturaleza no es material. Porque la codicia suele prometer satisfacción aunque lo que entrega, con frecuencia, es dependencia. Como las adicciones donde cada nueva adquisición ofrece un alivio momentáneo. Luego el deseo vuelve a aparecer. Y el ciclo comienza otra vez.

No muy diferente de caminar sobre una cinta que nunca deja de moverse…

 

Una salida

 

Diversas investigaciones muestran que el gasto orientado hacia otros seres humanos suele generar niveles de bienestar emocional sorprendentemente elevados. La generosidad activa circuitos cerebrales relacionados con la recompensa, fortalece los vínculos sociales y proporciona un sentido de propósito que difícilmente puede obtenerse mediante la acumulación indefinida. El cerebro disfruta cuando recibe. Pero nuestra conciencia encuentra un significado mucho más hondo cuando comparte. ¿Somos nosotros quienes utilizamos la riqueza para construir una vida más plena? ¿O termina siendo la riqueza quien utiliza nuestra vida para seguir creciendo? La felicidad nunca ha dependido exclusivamente de cuánto logramos acumular. Depende si, sobre todo, de reconocer ese instante extraordinariamente difícil en el que somos capaces de decir: Tengo lo suficiente para vivir. Ahora quiero aprender a vivir lo que tengo. Porque, al fin y al cabo, la auténtica abundancia no comienza cuando desaparecen todos nuestros deseos sino cuando dejamos de ser esclavos de ellos…

 

La personalidad del codicioso


 

Una de las mayores equivocaciones que cometemos consiste en creer que la codicia puede medirse observando una cuenta bancaria. Nada más lejos de la realidad. La personalidad rara vez se revela por aquello que una persona posee. Se manifiesta, sobre todo, por la relación emocional que establece con aquello que posee. Dos individuos pueden tener exactamente la misma fortuna. Uno duerme tranquilo. El otro vive atormentado. Uno disfruta compartiendo. El otro sospecha de todo el mundo. Uno considera el dinero una herramienta. El otro termina convirtiéndolo en el centro de su identidad. La diferencia nunca estuvo en la riqueza. Siempre estuvo en la mente. No todos los codiciosos son iguales. Sin embargo, aparecen ciertos rasgos que se repiten con sorprendente frecuencia. Es probable que el primero sea el más inesperado: El miedo. Un profundo temor a perder lo que posee. Otro rasgo frecuente es la comparación permanente. La satisfacción deja de depender de lo que realmente se tiene. Comienza a hacerlo de lo que tienen los demás. Así la felicidad deja de construirse desde el interior. Comienza a someterse de un marcador externo que nunca termina de actualizarse…

 

Las redes sociales

 

Las comunicaciones masivas han llevado este fenómeno a un nivel que ninguna generación anterior conoció. Miles de millones de personas observan diariamente únicamente los mejores momentos de la vida ajena. Viajes. Premios. Automóviles. Casas. Reconocimientos. Sonrisas. “Likes”. Y cuanto se pueda desear, el cerebro no está al tanto que está contemplando una selección cuidadosamente editada de la realidad. Y comienza a preguntarse por qué la propia vida parece menos brillante. Sin advertirlo, la comparación se convierte en una nueva forma de codicia. No deseamos únicamente lo que necesitamos. Deseamos aquello que vemos disfrutar a otros. Existe además un tercer rasgo como es la necesidad de control. Algunas personas extremadamente codiciosas experimentan enormes dificultades para delegar porque la irresolución les resulta psicológicamente insoportable. En realidad, nunca podremos controlar completamente, y las consecuencia es que van perdiendo el control de aquello que realmente importa. La relación con sus hijos, con su pareja, la familia, con los amigos. Las pequeñas alegrías que jamás volverán a repetirse. Pero estas personas permanecen convencidas de que todavía no ha llegado el momento de disfrutar lo que ya poseen. Primero hay que trabajar un poco más y alcanzar una y otra meta adicional. Y esto termina ocupando, mucho más que cuarenta años… ¡Toda una vida!...

 

¿Existe un antídoto contra la codicia?

 

No estamos condenados a vivir prisioneros de un cerebro que siempre quiere un poco más. La evolución nos entregó impulsos. Igualmente también nos regaló la capacidad de observar esos impulsos antes de obedecerlos. Entre el deseo y la acción existe un pequeño espacio. En ese breve instante habita probablemente una de las mayores aciertos de la evolución humana, la libertad. No podemos impedir que aparezca un deseo. Pero sí podemos decidir qué hacer con él. Durante la infancia deseamos casi todo lo que vemos. Un juguete. Un helado. Otro regalo. Un objeto más. Con el paso de los años descubrimos que crecer no significa aprender a desear más. Se trata de aprender a elegir mejor. La verdadera madurez no elimina el deseo. Lo educa. Porque el deseo constituye una de las fuerzas más extraordinarias de la naturaleza. Gracias a él exploramos, aprendemos, descubrimos, inventamos, investigamos, construimos empresas, escribimos libros, componemos música y desarrollamos vacunas. Sin deseo no existiría el progreso. El problema nunca fue desear. La cuestión aparece cuando el deseo deja de estar al servicio de la vida y comienza a exigir que la vida entera se coloque a su servicio. Entonces debemos concientizar y decidir hacia dónde dirigimos nuestros deseos. Porque no todos producen el mismo efecto sobre nuestra mente. Cuando el deseo queda reducido únicamente a poseer más, el horizonte comienza a estrecharse. El universo interior se vuelve cada vez más pequeño… La psicología positiva lleva varias décadas investigando qué hace realmente felices a los seres humanos. Los resultados muestran que quienes experimentan mayor bienestar suelen compartir algunas características: Cultivan relaciones profundas. Encuentran significado en lo que hacen. Practican la gratitud. Conservan curiosidad por aprender. Desarrollan proyectos que trascienden su propio interés. Y mantienen una cierta capacidad de asombro frente a la vida. Ninguna de estas experiencias puede comprarse y requieren una decisión interior. Ser agradecidos cambia completamente el funcionamiento de nuestra mente. El codicioso despierta preguntándose qué más necesita, mientras que la persona agradecida suele comenzar el día dando gracias por lo que tiene, por su vida.

 

Al final…

 

… Al comenzar a escribir conversábamos de las personas que más han marcado nuestras vidas. De nuestros padres, nuestros maestros. De algunos amigos. De hombres y mujeres extraordinarios que conocimos durante tantos años de ejercicio profesional, de servicio público y de periodismo. Y entonces advertimos que los recordábamos a cada uno de ellos por cómo nos hicieron sentir. Por su capacidad para escucharnos o leernos. Su honestidad, generosidad, sentido del humor. Su valentía en los momentos difíciles. Su forma de amar. Comprendimos que la memoria humana posee una curiosa manera de seleccionar aquello que verdaderamente importa.


 

Con el paso de los años, los números se desvanecen y los afectos permanecen. Un gesto de bondad puede acompañar a una persona durante toda su existencia. Lo que cuenta es el tiempo compartido con los seres que queremos. Las palabras oportunas. Los abrazos. La confianza. La amistad. El apoyo a nuestros hijos. La mano tendida a quien atravesaba un momento difícil. Como psicólogos hemos aprendido que casi todos los seres humanos sentimos miedo a perder algo. Es natural. Forma parte de nuestra condición. Pero también hemos descubierto que existe una manera mucho más serena de relacionarnos con la vida. Consiste en comprender que la verdadera seguridad nunca dependerá exclusivamente de aquello que logramos acumular sino, sobre todo, de la calidad de las personas en quienes nos hemos convertido. La prosperidad constituye una magnífica herramienta cuando nace del trabajo honesto, de la creatividad, del esfuerzo y del deseo de construir un mundo mejor. Admiramos a quienes crean empresas, generan empleo, producen conocimiento, innovan, investigan y contribuyen al bienestar de la sociedad. El punto es cuando olvidamos que el dinero, el poder o el éxito representan medios y no el fin. Nunca deberían convertirse en el propósito último de la existencia. Como hemos señalado desde hace décadas el propósito de vida de las personas no debe ser acumular o poseer cosas, sino el procurar obtener la mayor felicidad posible. La mayor fortuna que un ser humano puede construir no es la que aparece en un estado financiero. Es la que permanece en la conciencia de otras personas. Después de todo, la vida parece poseer una extraordinaria sabiduría: llegamos con las manos cerradas, como si quisiéramos aferrarnos al mundo, tomar, sujetar, poseer, y partimos con ellas abiertas porque entregamos todo. La pregunta que realmente dará sentido a nuestra existencia será mucho más sencilla: ¿Conseguimos que el mundo fuera un poco mejor? Si algún día nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros amigos o nuestros lectores pudieran responder afirmativamente a esa pregunta, creemos que habremos recibido la mayor riqueza y el mayor reconocimiento que cualquier ser humano podría aspirar a alcanzar. Porque, al final, la auténtica prosperidad no consiste en poseer más. Consiste en necesitar menos para descubrir que la vida, cuando se comparte con amor, ya es inmensamente abundante en felicidad… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.

 


 




 

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

 


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