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¿Quién eres? o ¿Cuántos eres?

¿Eres igual cuando estás solo que al estar con el amor de tu vida, tus amigos, vecinos, o tus compañeros de trabajo?… ¿Cuántos tú existen?... ¿Quién toma realmente las decisiones dentro de nosotros?... ¿La persona que enseñamos al mundo y a todos, o aquella que nunca mostramos?...



¿Cuántas personas eres? Un secreto que habita en nosotros


Todos en tu familia piensan que te conocen cuando conversas con ellos. Igual ocurre con tus compañeros cuando trabajas. O en el momento en que escribes en las redes sociales. Allí, tus seguidores se forman un concepto de lo que suponen es tu personalidad. Pero, ni siquiera tus mejores amigos saben lo que piensas en tu estricta soledad, en ese espacio que únicamente reservas para ti. Nos referimos a ese instante en el que desaparecen todas las miradas. Cuando ya no hace falta agradar, convencer, impresionar, o proteger una imagen. ¿Quién nos queda entonces?... Hemos aprendido que cada ser humano posee múltiples versiones de sí mismo. Existe la persona que conocen nuestros vecinos. La que saben nuestros hijos. La que perciben nuestros compañeros de trabajo. La que mostramos en una entrevista, o la que aparece en las redes sociales… No obstante, todos reconocemos que existe otra versión de ti mucho más silenciosa, la que solo habla contigo. Aquella con la que mantenemos conversaciones que jamás pronunciamos en voz alta. La que recuerda episodios que nunca contaremos. La que alberga temores o certezas, ilusiones o desilusiones, culpas,  deseos, o preguntas o respuestas que nunca llegan a convertirse en palabras, y la que miles de millones de habitantes usan para conectarse con Dios o el Universo…

 

Comentario de Arnaldo P., abogado, 33 años, Madrid, España: "Una relación sana no convierte a dos individuos en una sola identidad. Continúan siendo dos ciudadanos con derechos, deberes, recuerdos, pensamientos y una vida interior que sigue perteneciendo a cada uno. La confianza no consiste en tener acceso ilimitado a la mente del otro. Sino en saber que aquello que legítimamente debe compartirse será compartido. Exigir conocer absolutamente todo puede dejar de ser una expresión de amor para convertirse, sin advertirlo, en una forma de control"…

 

Las máscaras digitales


 

Hace apenas unas décadas nuestras máscaras sociales aparecían únicamente en la familia, el trabajo o los encuentros personales. Hoy existe un escenario nuevo donde millones de personas representan, cada día, una versión cuidadosamente seleccionada de sí mismas: las redes sociales. Allí elegimos qué fotografías publicar, qué logros mostrar, qué opiniones expresar e incluso qué emociones hacer visibles. Rara vez compartimos nuestros momentos de mayor incertidumbre, los fracasos que todavía duelen, las dudas que nos desvelan o las conversaciones silenciosas que mantenemos con nosotros mismos. No necesariamente porque pretendamos engañar, sino porque todos deseamos ser aceptados y valorados. El problema aparece cuando esa imagen pública comienza a alejarse demasiado de la persona que realmente somos. Entonces dejamos de administrar una identidad para empezar a sostener un personaje. Quizá el mayor riesgo de las redes sociales no consista en que los demás no nos conozcan completamente. El verdadero peligro es que, con el paso del tiempo, nosotros mismos terminemos creyendo que esa versión cuidadosamente editada constituye nuestra verdadera identidad. Porque ninguna fotografía, ningún perfil y ninguna publicación podrán contener jamás la extraordinaria complejidad de un ser. La vida real continúa ocurriendo, silenciosamente, detrás de la pantalla.

 

Lo curioso...

 

Podemos ser extraordinariamente extrovertidos y hablar durante horas sobre nuestra vida. O profundamente introvertidos y compartir muy poco con los demás. En ambos casos, coinciden en algo: Siempre existe un territorio interior que permanece reservado. Como si cada persona conservara una habitación cuya puerta jamás termina de abrir completamente. Quizás no represente un cincuenta por ciento de nosotros. Ni siquiera un diez. Podría ser apenas un pequeño rincón de nuestra intimidad. Pero suele ser precisamente ese espacio el que sentimos más auténtico. El sitio donde somos nosotros mismos… No conocemos ninguna investigación que permita afirmar que exista exactamente un porcentaje de nuestra personalidad inaccesible para los demás. Esa cifra constituye solamente una metáfora. Lo que si encontramos son numerosos estudios que indican que todos conservamos pensamientos, recuerdos, emociones y motivaciones que deliberadamente mantenemos en privado.

 

Comentario de Cristina R., oftalmóloga, 27 años, Bogotá: "En nuestra profesión solemos decir que los ojos permiten observar una parte extraordinaria del ser humano. A través de ellos podemos descubrir enfermedades, alteraciones neurológicas e incluso algunos estados emocionales. Sin embargo, por más que examinemos una retina con la tecnología más sofisticada, nunca podremos observar un recuerdo, una esperanza, un miedo, o una decisión moral. Los ojos son una ventana maravillosa del organismo, pero no una ventana completa de la conciencia. Quizá eso nos recuerde que ninguna ciencia, por muy avanzada que sea, podrá sustituir el misterio que cada persona continúa llevando en su mundo interior"…

 

El caso de Mary Q.

 

Escena: Mary entró al consultorio con una mezcla de seguridad profesional y evidente inquietud emocional. Tendría unos treinta años. Vestía con elegancia sobria. Se presentó como Mary Q., ingeniera industrial, y después de unos minutos de conversación respiró hondo…


 

—Doctor... necesito hacerle una pregunta.

—Adelante.

—¿Es normal sentir que la persona que uno ama no le cuenta todo?

El psicólogo sonrió ligeramente.

—Depende. ¿Qué entiende usted por "todo"?

Mary permaneció unos segundos en silencio.

—Mi novio... Juan Carlos... es un hombre maravilloso. Nunca le he descubierto una mentira importante. Es responsable, cariñoso y respetuoso. Pero hay momentos en que siento que guarda cosas para él. A veces le pregunto qué está pensando y simplemente responde: "Nada importante"... o "ya se me pasará"... o cambia de tema.

—¿Y eso le preocupa?

—Muchísimo.

—¿Por qué?

Ella dudó unos segundos.

—Porque pienso que cuando uno ama de verdad no debería ocultarse nada.

El psicólogo tomó algunas notas.

—Permítame preguntarle algo.

—Claro.

—¿Usted le cuenta absolutamente todo lo que piensa?

Mary respondió casi de inmediato.

—Sí... bueno...

La frase quedó suspendida. Sonrió con cierta incomodidad.

—Ahora que lo pregunta... no.

—¿Nunca?

—Bueno... hay pensamientos que simplemente son míos.

—¿Recuerdos?

—Sí.

—¿Conversaciones internas?

—También.

—¿Temores que todavía no desea compartir?

Mary bajó lentamente la mirada.

—Sí...

—¿Alguna vez recuerda un antiguo novio sin que eso signifique que aún lo ama?

Ella soltó una pequeña risa.

—Supongo que sí.

—¿Le cuenta cada uno de esos recuerdos a Juan Carlos?

—No.

—¿Por qué?

Mary permaneció callada.

Después respondió casi en un susurro.

—Porque... no tendría sentido.

El psicólogo asintió.

—¿Lo está engañando por eso?

—No.

—¿Lo ama menos?

—En absoluto.

—Entonces... ¿por qué supone que Juan Carlos sí la engaña cuando también conserva pensamientos que pertenecen únicamente a su mundo interior?...

Mary levantó lentamente la cabeza.

Era evidente que nunca se había formulado esa pregunta.

—No lo había visto así...

El psicólogo continuó.

—Permítame hacerle otra pregunta.

—Lo escucho.

—Si existiera una máquina capaz de leer absolutamente todos los pensamientos de las personas... ¿usted permitiría que Juan Carlos leyera los suyos durante veinticuatro horas?

Mary abrió mucho los ojos.

—¡Claro que no!

—¿Por qué?

—Porque todos pensamos cosas absurdas... contradictorias... pasajeras... incluso cosas que jamás haríamos.

—Exactamente.

Guardó unos segundos de silencio.

—Nuestro cerebro produce miles de pensamientos al día. Muchos aparecen y desaparecen sin que representen verdaderos deseos. Otros son simples recuerdos. Algunos son temores. Otros son fantasías. Si nuestra pareja pudiera observarlos todos sin contexto probablemente terminaría interpretando una versión completamente equivocada de quienes somos.

Mary sonrió.

—Nunca lo había pensado.

—Ahora permítame invertir la situación.

—¿Cómo?

—Imagine que Juan Carlos le exige conocer absolutamente todo lo que ocurre en su mente. Cada recuerdo. Cada emoción. Cada duda. Cada pensamiento pasajero.

Mary volvió a reír.

—Sería insoportable.

—¿Por qué?

—Porque dejaría de sentir que existe un espacio que sigue siendo mío.

El psicólogo asintió lentamente.

—Acaba de utilizar una palabra muy importante.

—¿Cuál?

—"Mío".

Mary permaneció pensativa.

El psicólogo continuó.

—En psicología diferenciamos dos conceptos que con frecuencia se confunden.

Tomó una hoja y escribió dos palabras.

Secreto. Privacidad, Y Giró la hoja hacia ella.

—No son lo mismo, dijo el psicólogo.

Mary observó ambas palabras.

—¿Cuál es la diferencia?

—Un secreto es ocultar información que el otro necesita legítimamente conocer porque afecta la relación: una infidelidad, una doble vida, una adicción grave, una deuda importante, una enfermedad que compromete a ambos... En esos casos el silencio rompe la confianza…

Hizo una pausa.

—La privacidad es diferente. Es el derecho que tiene cada ser humano a conservar un espacio interior propio. Pensamientos, recuerdos, emociones todavía no elaboradas, conversaciones consigo mismo... No porque desee engañar, sino porque sigue siendo una persona única además de ser pareja.

Mary permaneció varios segundos observando aquellas dos palabras.

Finalmente preguntó:

—Entonces... ¿amar no significa saberlo absolutamente todo del otro?

El psicólogo sonrió.

—No.

—¿Y qué significa?

—Construir suficiente confianza para que el otro no necesite renunciar a ser él mismo.

Mary volvió a guardar silencio.

Después formuló la pregunta que, quizás, había venido buscando desde que atravesó la puerta del consultorio.

—Doctor...

—Sí.

—¿Hasta dónde tengo derecho a entrar en la intimidad de la persona que amo?

El psicólogo tardó unos segundos en responder.

—Hasta donde comienzan a afectar la honestidad, la seguridad y el proyecto de vida que ambos comparten. Más allá de ese límite ya no hablamos de confianza, sino de control.

Mary permaneció inmóvil.

El consultorio quedó en silencio.

Finalmente sonrió con una mezcla de alivio y sorpresa.

—Creo que llevo meses intentando conocer cada rincón de Juan Carlos...

El psicólogo completó la idea.

—...cuando, probablemente, ni Juan Carlos conoce todavía todos los rincones de sí mismo.

Entonces, ambos sonrieron. Y durante unos segundos ninguno dijo una sola palabra. Porque comprendieron que el amor no consiste en borrar el misterio del otro.

Consiste, quizá, en aprender a convivir con él…

 

La ciencia

 

Las máscaras son expresiones fijas y ecos admirables de sentimientos, a un tiempo fieles, discretas y superlativas”, señalaba el sociólogo y psicólogo social, Erving Goffman, en su libro La Presentación de la Persona en la Vida Cotidiana.


 

La psicología conoce este fenómeno desde hace décadas. Carl Gustav Jung llamó “persona” a la máscara que presentamos al mundo, y “sombra” a aquellos aspectos que permanecen ocultos. Para él, el crecimiento psicológico no consistía en eliminar esa sombra, sino en reconocerla e integrarla, porque sólo aquello que aceptamos conscientemente deja de gobernarnos desde el silencio. Donald Winnicott distinguió entre el verdadero self y el falso self, desarrollado para adaptarnos a las expectativas del entorno. En su visión, madurar psicológicamente no significa dejar de adaptarnos a los demás, sino evitar que esa adaptación termine ocultando nuestra identidad más profunda. La conocida Ventana de Johari muestra que cada individuo posee un espacio privado conocido únicamente por sí mismo, además de otro que ni siquiera él alcanza a reconocer. Esto significa que el ser humano no sólo conserva secretos frente a los demás. También puede permanecer parcialmente oculto para sí mismo, convirtiendo el autoconocimiento en una búsqueda permanente… Existe otra posibilidad aún más desconcertante: Que ni siquiera nosotros estemos al tanto completamente de esa persona interior. Las neurociencias muestran que una parte importante del procesamiento cerebral ocurre fuera de la conciencia. Nuestro cerebro evalúa, anticipa, compara y prepara respuestas antes de que lleguemos a experimentar la sensación de haber decidido. Lejos de disminuir el valor de nuestra conciencia, este hallazgo revela que la mente humana constituye un extraordinario sistema de integración donde millones de procesos silenciosos colaboran para construir aquello que finalmente llamamos una decisión. Edward Neafsey (2021) concluye que el cerebro inicia numerosos procesos inconscientes antes de la conciencia… En otras palabras, la mente consciente podría parecerse más al narrador de nuestra historia que a su auténtico director. Eso explicaría por qué, en ocasiones, hacemos algo y sólo después buscamos una explicación lógica para justificarlo. O por qué intuimos que una decisión es correcta mucho antes de poder argumentarla racionalmente…

 

Comentario de Santiago B., ingeniero civil, 23 años, Santiago de Chile: "Aprendemos que la parte más importante de muchas estructuras casi nunca es la que se ve. Un puente impresiona por su diseño, un rascacielos por su altura o una represa por su magnitud. Sin embargo, su estabilidad depende de cálculos, cimientos, tensiones y sistemas de soporte que permanecen ocultos a la vista. Quizá con el ser humano ocurra algo parecido. La personalidad visible es la parte que todos observan. Pero muchas de las decisiones que tomamos parecen apoyarse en procesos internos silenciosos que rara vez llegan a la conciencia. Lo invisible no siempre es lo más pequeño. Con frecuencia es lo que sostiene todo lo demás"…

 

¿Conocemos realmente a alguien o a nosotros mismos?

 

¿Nunca por completo?... Es posible que exista dentro de nosotros alguien que lleva mucho más tiempo observando nuestra vida que nuestra propia conciencia. No un segundo individuo. Sino una integración silenciosa de recuerdos, emociones, aprendizajes, intuiciones y experiencias acumuladas durante décadas. Ese interlocutor interior apenas habla. Pero cuando finalmente tomamos una decisión importante suele ser él quien termina inclinando la balanza. Así, elegimos una pareja. Aceptamos un empleo. Confiamos o desconfiamos de alguien. Perdonamos. Nos alejamos. Amamos. Y solo después elaboramos magníficas explicaciones racionales. Esto pasa porque el cerebro necesita comprender aquello que ya comenzó a decidir. El punto es que si todos conservamos una parte inaccesible incluso para quienes más nos aman... Con lo cual podemos vivir sin que represente una tragedia y más bien constituya uno de los mayores actos de respeto que pueden existir: Aceptar que cada ser humano posee un espacio interior íntimo. Un sitio donde descansan las heridas más profundas, sus mayores esperanzas, sus contradicciones y aquellos pensamientos que nunca pronunciará. No porque desee engañar. Sino porque ninguna vida puede expresarse íntegramente mediante palabras… Así, el amor consiste precisamente en comprender que jamás terminaremos de conocer del todo a quien tenemos delante… Y que tampoco nosotros seremos completamente conocidos. Porque cada ser humano continúa siendo, incluso para sí mismo, el proyecto más extraordinario e inacabado que existe…

 

Comentario de Elena L., periodista, 56 años, Caracas: "Durante más de treinta años entrevistando a personas muy distintas —presidentes, artistas, empresarios, científicos, deportistas y ciudadanos anónimos— he aprendido una lección que nunca deja de sorprenderme. Ninguna entrevista, por larga o profunda que sea, logra agotar la complejidad de un ser humano. Siempre llega un momento en que el entrevistado guarda silencio, cambia de tema o simplemente sonríe. No necesariamente porque quiera ocultar algo, sino porque existen vivencias que no encuentran palabras suficientes para ser contadas. Quizá el mayor error del periodismo, de la psicología e incluso de la vida cotidiana sea creer que podemos conocer completamente a otra persona. Tal vez la verdadera sabiduría consista en aceptar que siempre quedará una parte de ella que sólo le pertenece a sí misma"…


 

Al final...

 

… El ser humano ha intentado conquistar casi todos los territorios imaginables. Cruzó océanos, escaló montañas, descendió hasta las profundidades marinas, llegó a la Luna, comenzó a explorar Marte, descifró el genoma, penetró el interior de la célula y hoy desarrolla inteligencias artificiales capaces de realizar tareas que hace muy poco parecían exclusivamente humanas. Y, sin embargo, quizá el territorio más vasto continúe siendo el mismo de siempre. El que cada uno lleva dentro de sí. Existe ese lugar al que ningún satélite puede llegar. Ningún microscopio puede observar. Ningún telescopio alcanza a descubrir. Ningún algoritmo consigue descifrar por completo. Ese sitio donde nacen nuestras decisiones antes de convertirse en palabras. Sobreviven los recuerdos que jamás compartiremos. Donde habitan los miedos que nunca confesaremos, las esperanzas que protegemos con el mayor cuidado y las preguntas que ni siquiera sabemos formular. Allí reside una de las últimas fronteras verdaderamente inviolables del ser humano. Y quizá así deba ser. Porque vivir no significa exhibir cada pensamiento ni desnudar completamente la propia conciencia. La verdadera madurez parece consistir en algo mucho más difícil y, al mismo tiempo, mucho más hermoso, como es el permitir que la persona que mostramos al mundo se parezca, cada día un poco más, a la persona que somos cuando nadie nos observa para que nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestros actos respiren la misma verdad. Es probable que nunca lleguemos a conocernos por completo. Siempre habrá un rincón de nosotros que permanezca envuelto en un delicado silencio. Incluso para nuestra propia conciencia. A pesar de ello esto representa una invitación a seguir creciendo. A preguntarnos quiénes somos. A reconciliarnos con nuestras contradicciones. También significa mirar de otra manera a quienes amamos. Comprender que nadie nos pertenece por completo sino a sí mismo. Que el amor no otorga el derecho de invadir el santuario interior del otro. Que la confianza no nace de saberlo todo. Que la intimidad no es el enemigo del amor, sino uno de los espacios donde la libertad conserva su mayor belleza. Porque seguimos haciendo preguntas, escuchando con atención y descubriendo incluso después de compartir toda una vida... Cada ser humano es un libro cuya última página nunca termina de escribirse... Y probablemente tampoco deba hacerlo mientras exista una pregunta sin responder, un sueño por descubrir, una emoción por comprender o una nueva forma de amar y de convivir. Y ese es precisamente, uno de sus mayores milagros… Después de toda una vida escuchando historias, hemos llegado a sospechar que el verdadero propósito no consiste en resolver por completo el enigma de quiénes somos. Es caminar hacia él con humildad, con honestidad y con el suficiente amor para que, cuando un día miremos hacia atrás, podamos reconocer que la persona que mostramos al mundo se parecía mucho a la que siempre habitó nuestro interior. Al final, la mayor obra que un ser humano puede construir no es una empresa, una fortuna, un descubrimiento científico o un cargo de poder. Es convertirse, poco a poco, en la misma persona que era cuando se quedaba a solas con su conciencia y en que ya no necesitemos escondernos de nosotros mismos, y puedas responderte ¿Quién soy?… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.

 


 


 


 

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