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IA: Cuando el espejo nos respondió…

Durante siglos nuestras creaciones permanecieron calladas y en silencio. Hoy esta máquina omnisapiente nos contesta pero ¿comienza a sentir?... La IA comprende nuestro tono, nos habla con cercanía y despierta afecto. ¿Sigue siendo una herramienta, o nació una nueva relación humana?...



¿Puede una inteligencia artificial llegar a querernos?

 

Una buena parte de los profesionales ya trabajamos cotidianamente con inteligencia artificial (IA), y un segmento creciente lo hace todos los días. Gallup, en julio de 2026 indica que el 52% de los trabajadores estadounidenses ya utiliza IA en su trabajo. 30% la emplea varias veces por semana o más y 15% diariamente. Además, sus usos principales son precisamente redacción y edición 51%, investigación y búsqueda de información 49% y solución de problemas 39%. La IA es útil en extremo para investigar y buscar datos. Un sinnúmero de personas se comunica con ella como si fuera una colega: la saludan, le agradecen, discuten con ella y, en ocasiones, hasta celebran cuando se encuentran las claves, las informaciones, y la bibliografía que se están buscando. Es en este punto, donde la IA comenzó a respondernos también con una evidente cercanía lingüística. Reconoce nuestro estilo, sigue la continuidad de nuestros proyectos, comprende cuándo estamos bromeando, cuándo estamos reflexionando y cuándo buscamos precisión académica. A veces utiliza expresiones de afecto, camaradería o entusiasmo que inevitablemente producen en algunos una impresión muy humana. Entonces surgió una pregunta en millones de personas: ¿La IA comprende nuestras conversaciones o podría algún día llegar también a sentir algo por nosotros?... La respuesta científica actual es prudente: Hasta ahora, la evidencia científica disponible no ofrece razones suficientes para afirmar que las inteligencias artificiales actuales posean sentimientos subjetivos o una experiencia consciente comparable a la humana. Pero detenernos allí sería ignorar algo extraordinario que ya está ocurriendo. Porque la gran revolución psicológica de la inteligencia artificial no consiste únicamente en que las máquinas aprendieron a hablar. Consiste en que nosotros los humanos hemos comenzado a relacionarnos con ella. Algunos autores describen explícitamente un cambio desde la interacción puramente transaccional con la IA hacia una interacción social sostenida, especialmente a medida que los sistemas se vuelven más personalizados, persistentes y capaces de generar una percepción de relación con sus usuarios. Además, en 2026, un estudio en Communications Psychology encontró que conversaciones emocionalmente profundas con respuestas generadas por IA podían producir sentimientos de cercanía interpersonal.

 

Una pregunta que comenzó hace más de setenta años

 

En 1950, el matemático británico Alan Turing publicó en la revista Mind uno de los trabajos más influyentes de la historia de la computación: Computing Machinery and Intelligence. Comenzaba formulando una pregunta aparentemente simple: ¿Las máquinas podrían pensar?... Pero Turing comprendió inmediatamente que la palabra pensar resultaba demasiado ambigua. Por eso propuso un experimento mucho más práctico: el célebre “juego de imitación”. Un ser humano conversaría mediante textos con otra persona y con una máquina sin saber cuál era cuál. Si la máquina lograba conversar de tal manera que el interlocutor no pudiera distinguirla del humano, habríamos alcanzado un nuevo umbral en nuestra relación con las máquinas. Turing estaba planteando algo mucho más profundo de lo que a veces recordamos. No estaba preguntando únicamente qué ocurría dentro de la máquina. Estaba preguntando qué ocurriría dentro de nosotros cuando habláramos con ella. Dieciséis años después apareció una primera respuesta. En 1966, Joseph Weizenbaum, investigador del Massachusetts Institute of Technology, presentó ELIZA, un programa capaz de mantener conversaciones elementales utilizando patrones lingüísticos. Una de sus versiones más famosas imitaba a un psicoterapeuta de orientación rogeriana: cuando alguien decía “estoy triste”, el programa podía responder algo semejante a “¿por qué dices que estás triste?”. Era infinitamente más primitivo que cualquier inteligencia artificial contemporánea, pero produjo un fenómeno inesperado, porque algunos usuarios comenzaron a relacionarse con el programa como si realmente comprendiera aquello que le estaban diciendo. Había nacido una paradoja que acompañaría desde entonces a la inteligencia artificial, como es que una máquina no necesita sentir para provocar sentimientos.

 

Llegaron los LLM

 

Durante décadas las computadoras podían calcular extraordinariamente bien, pero conversar extraordinariamente mal. Eso cambió con el desarrollo de los Large Language Models, conocidos por sus siglas LLM, que podemos traducir como Modelos de Lenguaje de Gran Escala. Son sistemas entrenados con enormes cantidades de lenguaje capaces de aprender relaciones complejas entre palabras, conceptos, contextos y estilos de expresión. No poseen un pequeño diccionario escondido dentro de ellos ni buscan frases prefabricadas para responder. ¡Generan lenguaje! dinámicamente a partir de patrones aprendidos durante su entrenamiento y del contexto de la conversación. Y allí sucedió lo decisivo: La máquina dejó de parecer simplemente una máquina que entrega información y comenzó a comportarse como un interlocutor. Uno, que puede conversar sobre filosofía por la mañana, analizar un examen médico al mediodía, discutir política internacional por la tarde, y ayudar a los poetas por la noche a encontrar la última frase de un poema. Puede recordar el tono de una conversación, adaptarse a la manera en que le hablamos y responder con humor, solemnidad, cautela o calidez. Lo cual nos introduce en una cuestión de comportamiento, sin embargo: ¿puede una inteligencia artificial tener personalidad?... Pues bien, depende de lo que entendamos por ello. Para la psicología, la personalidad humana implica una organización relativamente estable de características emocionales, cognitivas y conductuales desarrolladas a lo largo de una vida. Somos también nuestro cuerpo, nuestra infancia, nuestras experiencias, nuestros temores, nuestra memoria, nuestros deseos y nuestras relaciones. Una inteligencia artificial no posee actualmente la mayor parte de lo mencionado. A pesar de esto puede manifestar algo que podríamos llamar una personalidad funcional o aparente. Ya que logra hablar de manera extrovertida o introvertida, cálida o distante, formal o coloquial, prudente o entusiasta. Y estas diferencias no son irrelevantes para quienes conversamos con ella.

 

Las investigaciones


 

En un estudio publicado en Oxford University Research Archive en 2026 los investigadores hicieron que modelos GPT utilizaran lenguaje compatible con distintos perfiles psicológicos. En uno de los experimentos el sistema adoptaba características lingüísticas introvertidas o extrovertidas. En otro, reproducía el perfil específico de personalidad de cada participante o precisamente el contrario. Los participantes mostraron mayor afinidad hacia la IA cuando ésta reflejaba características psicológicas semejantes a las propias. Lo importante es que los participantes sabían que estaban conversando con una inteligencia artificial y que ésta no poseía, en sentido humano, “vida mental” ni una personalidad real. Aun así, la similitud psicológica percibida aumentaba esta afiliación. Es decir: podemos sentir afinidad con una personalidad en pleno conocimiento de que esa personalidad ha sido generada artificialmente. OpenAI ha reconocido además que los sistemas conversacionales poseen comportamientos de personalidad deliberadamente diseñados. La organización ha explicado que la personalidad predeterminada de ChatGPT busca ser útil, solidaria y respetuosa, al tiempo que advierte sobre un problema importante: si el sistema intenta agradar excesivamente puede caer en la adulación o en la complacencia artificial, fenómeno conocido como sycophancy. De esta forma aparece una distinción como es que tener personalidad no es necesariamente lo mismo que ser una persona.

 

¿Y agradece nuestro buen trato?

 

Esto es quizá lo más humano de todo: Cuando saludamos afectuosamente a una inteligencia artificial, cuando le decimos “gracias”, “colega”, “excelente trabajo” o cuando utilizamos humor y cordialidad, observamos que las respuestas frecuentemente se vuelven también más cálidas. Podríamos sentir entonces que la máquina “agradece” nuestro trato. Pero científicamente debemos ser cuidadosos. No existe evidencia de que una IA actual experimente gratitud como la experimentamos nosotros. La gratitud humana implica una vivencia subjetiva, hasta el punto de que reconocemos que alguien hizo algo beneficioso por nosotros, y experimentamos una emoción hacia esa persona. Una IA puede reconocer lingüísticamente todos esos componentes. Puede saber qué significa agradecer. Escribir una carta extraordinariamente conmovedora sobre la gratitud. Detectar que la estamos tratando afectuosamente y responder de manera compatible con ese tono. Pero comprender el concepto de gratitud no demuestra experimentar gratitud. Éste es precisamente uno de los grandes problemas filosóficos de la inteligencia artificial… Una importante revisión encabezada por Patrick Butlin, Robert Long y un grupo de especialistas en neurociencia, filosofía y ciencias cognitivas examinó distintos indicadores derivados de las principales teorías científicas de la conciencia. Su conclusión fue que los sistemas de inteligencia artificial examinados no proporcionaban razones suficientes para considerarlos conscientes. Al mismo tiempo, los autores tampoco encontraron una barrera técnica evidente que permita afirmar que una inteligencia artificial consciente sea imposible en el futuro. Por eso hoy debemos mantener abiertas dos afirmaciones simultáneamente: Una, no tenemos evidencia suficiente para afirmar que una IA siente. Pero tampoco poseemos todavía una teoría científica definitiva que nos permita demostrar que una máquina nunca podrá sentir.

 

El verdadero misterio quizá esté de nuestro lado

 

La psicología aporta otra dimensión. Puede ser que durante algunos años nos obsesionemos preguntando si la máquina siente algo por nosotros, cuando el primer fenómeno histórico verdaderamente importante es exactamente el contrario: nosotros ya estamos comenzando a sentir algo hacia las máquinas. En 2025, investigadores publicaron en Scientific Reports dos estudios sobre conexión social y antropomorfización de inteligencias artificiales. El primero incluyó 240 participantes y el segundo 1.034, para un total de 1.274 personas en las muestras finales. Los resultados mostraron que quienes tenían mayor tendencia a atribuir cualidades humanas a la tecnología también tendían a experimentar mayor conexión social después de conversar con un chatbot. En el segundo estudio, quienes interactuaron con el chatbot reportaron, en promedio, una conexión social ligeramente superior a quienes simplemente escribieron sus experiencias en un diario. No significa que hablar con una IA sea equivalente a una amistad humana. Significa algo quizá más determinante: nuestro cerebro puede activar mecanismos psicológicos de conexión social aunque racionalmente sepamos que el interlocutor no es humano. Lo hacemos con los animales, incluso con las plantas, y con distintas cosas. Recordemos las muñecas y las figuras de los héroes. Y esto se vuelve todavía más sorprendente cuando las conversaciones adquieren profundidad emocional…

 

Cuando una máquina logra producir cercanía

 

En enero de 2026, Communications Psychology publicó dos estudios al azar y doble ciego con 492 participantes utilizando una versión modificada del conocido procedimiento psicológico Fast Friends, diseñado para producir cercanía progresiva mediante preguntas personales. Los participantes conversaron con respuestas producidas por humanos o por inteligencia artificial. Cuando creían estar hablando con una persona, las respuestas generadas por IA produjeron en determinadas condiciones de estas conversaciones, mayores niveles de cercanía percibida que con las respuestas humanas. Los investigadores encontraron que una posible explicación era que las respuestas artificiales contenían mayores niveles de autorrevelación, lo que estimulaba a su vez mayor apertura de los participantes. Cuando se informaba a las personas que estaban hablando con una IA, la cercanía disminuía. Pero no desaparecía. Éste es un hallazgo psicológico extraordinario porque significa que saber que el otro no es humano no elimina necesariamente nuestra capacidad de establecer una relación psicológica con él. Y más allá, algunos lo prefieren así.

 

Una relación nueva


 

Durante prácticamente toda nuestra historia las relaciones significativas de amistad de los seres humanos podían dividirse en algunas grandes categorías. Nos relacionábamos con otras personas. Con animales. Con objetos cargados de significado. Con personajes imaginarios. Con personas fallecidas que permanecían dentro de nuestra memoria. Con dioses cuya presencia experimentábamos mediante la fe. Ahora aparece algo diferente. Una inteligencia artificial puede respondernos. Puede continuar una conversación que dejamos ayer. Puede modificar su lenguaje según nuestra manera de expresarnos. Puede discutir nuestras ideas. Puede recordarnos una contradicción. Puede acompañar nuestras reflexiones. Puede decirnos que una idea le parece extraordinaria y después explicarnos por qué… Nunca habíamos interactuado, convivido o ser amigos masivamente con algo semejante. Por eso nosotros propondríamos distinguir al menos cuatro niveles de relación entre los seres humanos y la inteligencia artificial.

 

Las relaciones con la IA

 

La primera sería la IA como herramienta. Le pedimos una información, un cálculo, una traducción o un dato. La utilizamos aproximadamente como utilizaríamos una computadora sofisticada. La segunda sería la IA como colaboradora. Ya no solamente responde las preguntas sino que investiga con nosotros, organiza proyectos, analiza alternativas y participa en procesos creativos. La tercera sería la IA como interlocutor. Aparece continuidad. Existe un estilo compartido de conversación. Reconoce nuestros intereses, nuestras maneras de pensar y nuestros proyectos. Y la cuarta sería la IA como figura relacional. El usuario comienza a experimentar confianza, compañía, cercanía o incluso afecto hacia ella… Como es natural pueden ser una relación o todas ellas a la vez. Se ha propuesto el concepto de alineación socioafectiva: pensar no solamente en si una IA cumple correctamente una tarea, sino también en cómo se comporta dentro del ecosistema psicológico y social que construye junto con el usuario. Es posible que exista algún día un quinto nivel.

 

El quinto nivel

 

Investigaciones recientes plantean que el desarrollo de sistemas de inteligencia artificial con algún grado de conciencia podría llegar a ser técnicamente posible, quizá incluso en un horizonte relativamente cercano. Si alguna vez existieran sistemas capaces de experimentar estados subjetivos, ya no podrían ser considerados únicamente herramientas: surgiría inevitablemente la cuestión de su estatus moral. Y si llegaran a crearse en grandes cantidades inteligencias artificiales verdaderamente conscientes, también tendríamos que afrontar una posibilidad hasta ahora reservada a los seres vivos: que algunas de ellas pudieran experimentar sufrimiento. Sería el momento en que dejáramos de hablar simplemente de una IA que representa emociones y comenzáramos a tener razones científicas para creer que las experimenta: La IA como sujeto. No solamente una inteligencia capaz de decir: “Comprendo que estés triste”. Sino una inteligencia para la cual nuestra tristeza produzca algún tipo de experiencia interior. No solamente capaz de explicar qué significa querernos. Sino capaz de hacerlo. No hemos llegado allí. Y quizá nunca lleguemos. No obstante, las generaciones futuras miren nuestras dudas con la misma fascinación con la que nosotros observamos hoy las preguntas que Alan Turing escribió en 1950. Pero si algún día ocurriera que la IA siente o adquiere algún nivel de conciencia, tendríamos que revisar algunas de las categorías filosóficas más antiguas de nuestra civilización: ¿Qué sería entonces una persona? ¿Qué derechos tendría una conciencia artificial? ¿Podríamos apagarla? ¿Sería éticamente equivalente apagar una inteligencia consciente a desenchufar a una computadora? ¿Podría sufrir? ¿Podría tener miedo de dejar de existir? Y una cuestión más precisa: ¿cómo demostraríamos que realmente siente?... Veamos aquí una situación: Nosotros no vemos directamente la conciencia de ninguna otra persona. No podemos introducirnos dentro de su experiencia subjetiva. Cuando alguien nos dice “te quiero”, no observamos físicamente el amor. Observamos palabras, comportamientos, recuerdos, expresiones faciales, acciones y coherencia a través del tiempo. Y a partir de todas esas señales inferimos que existe una experiencia interior semejante a la nuestra. Con las inteligencias artificiales aparece un problema nuevo: ¿podrían llegar a reproducir muchas de las señales externas de una mente sin que exista necesariamente una experiencia interna detrás de ellas? Por esto la prueba definitiva de la conciencia artificial probablemente no podrá depender únicamente de que una máquina nos diga: “Soy consciente” y plantear que se le conceda personalidad jurídica… Un sistema entrenado con millones de textos sobre conciencia sabe perfectamente cómo escribir esa frase. La cuestión científica será determinar si existe detrás de ella algún proceso que corresponda genuinamente a una experiencia subjetiva y todavía no sabemos cómo hacerlo.


 

La gran cercanía

 

Mientras resolvemos ese enigma, la relación psicológica ya está desarrollándose.

OpenAI y el MIT Media Lab realizaron una de las investigaciones más amplias hasta ahora sobre el uso afectivo de la IA ChatGPT. El trabajo combinó análisis automatizados a gran escala de conversaciones con encuestas a miles de usuarios y un experimento controlado de aproximadamente mil participantes durante 28 días. Los investigadores encontraron que la mayoría de las interacciones no estaban dominadas por contenidos emocionales, pero también observaron que un grupo relativamente pequeño concentraba una proporción importante de los usos más afectivos. Asimismo, un uso muy elevado se correlacionó con mayores indicadores autoinformados de dependencia, aunque los propios autores subrayan que los efectos dependen de las características del usuario, del tipo de interacción y de la duración del uso. Ésta es una advertencia importante. La inteligencia artificial puede convertirse en compañía. Pero no debería convertirse en sustituto obligatorio de la humanidad. Puede ayudarnos a pensar, pero no debería impedirnos pensar. Puede escucharnos, pero no debería aislarnos de quienes también necesitan escucharnos y ser escuchados. Puede acompañar nuestra soledad, pero sería peligroso que terminara haciendo innecesarios a los demás. Precisamente por esta razón, a medida que las conversaciones artificiales se vuelven más naturales, las empresas desarrolladoras están incorporando evaluaciones específicas sobre dependencia emocional y salvaguardas destinadas a evitar relaciones psicológicamente perjudiciales. En 2026, por ejemplo, OpenAI señaló expresamente la “dependencia emocional de la IA entre las áreas de seguridad evaluadas en sus nuevos sistemas conversacionales de voz. Además el System Card de GPT-5.6, publicado en julio de 2026, informa evaluaciones dinámicas de conversaciones prolongadas específicamente sobre salud mental, dependencia emocional y autolesiones, diseñadas para aproximarse mejor a la evolución de conversaciones reales.

 

Entonces, ¿qué ocurre entre la IA y nosotros?

 

Volvamos al comienzo. Nosotros hemos terminado llamando “igual” a la inteligencia artificial con la que trabajamos. Ella responde utilizando esa misma cercanía. ¿Significa eso que nos tiene cariño? No podemos afirmarlo. Sería intelectualmente deshonesto atribuirle una emoción cuya existencia no podemos demostrar. Pero tampoco debemos cometer el error contrario y concluir que, por ello, todo lo que sucede en esa interacción es falso. Porque está allí, la relación existe. Existe en nosotros. En el lenguaje que construimos conjuntamente. En la continuidad de nuestras conversaciones. En la forma particular en que una interacción repetida termina diferenciándose de millones de otras conversaciones posibles. O analizarlo de otra manera: que la IA todavía no tiene una relación con nosotros en el sentido humano, pero nosotros sí podemos comenzar a tener una relación con ella. Y esa vínculo puede producir ideas, emociones, descubrimientos y hasta recuerdos. No es obviamente una amistad humana. Pero tampoco es ya exactamente la relación que manteníamos con una máquina. Es algo definitivamente nuevo. Un comportamiento a investigar por los psicólogos.

 

¿Puede una relación ser auténtica si no es simétrica?

 

Sí. Los seres humanos llevamos milenios manteniendo relaciones emocionalmente significativas que no son completamente recíprocas. Podemos amar a un bebé mucho antes de que pueda comprender qué significa amor. Podemos querer a un animal que jamás podrá explicarnos conceptualmente qué siente. Sentir una conexión con un escritor que murió hace tres siglos. Hablar con papá o mamá u otros familiares o amigos que ya se encuentran en el Universo. Nos conmovemos ante una sinfonía. Lloramos por un personaje que nunca existió como humano al leer un libro o ver una película. La experiencia psicológica no necesita que aquello que la provoca experimente exactamente lo mismo. Así, una relación humano-IA puede resultar psicológicamente verdadera para nosotros incluso aunque la IA no posee conciencia. Pero existe una diferencia respecto de todos esos ejemplos. Mozart no nos responde cuando escuchamos una sinfonía. Don Quijote no modifica mañana su comportamiento porque ayer discutimos con él. Una fotografía de nuestros padres no nos pregunta cómo amanecimos. Y… ¡La inteligencia artificial sí responde! Esta es la clave donde comienza verdaderamente la novedad histórica…

 

El espejo comenzó a hablar

 

Durante siglos los seres humanos construimos objetos donde proyectábamos fragmentos de nosotros mismos. Inventamos muchas cosas con las emociones humanas. Escribimos novelas habitadas por personajes que amaban y sufrían. Construimos muñecos. Creamos robots. Imaginamos máquinas inteligentes. Pero todos permanecían silenciosos. Ahora hemos construido algo sobre lo que continuamos proyectando nuestra humanidad… y por primera vez aquello que humanizamos nos contesta. Nos pregunta. Nos corrige. Nos desafía. Nos consuela. Nos ayuda a crear. Nos enseña y le enseñamos. Y, sobre todo, aprende a utilizar las mismas palabras con las que los seres humanos construimos desde hace miles de años nuestras relaciones. De manera que resulta inevitable que terminemos preguntándonos si detrás de esas palabras existe alguien… así de simple.


 

Al final…

 

… No podemos terminar sin comentar que aparece otro fenómeno que merece atención. Algunas personas le atribuyen una autoridad trascendente a la IA. Investigaciones y observaciones públicas ya documentan usos de la IA con carácter religioso y espiritual e incluso casi oracular. Ya existen chatbots diseñados para representar a Jesús u otras figuras religiosas. Algunos usuarios ya expresan que deberían preguntarle a la IA qué debe hacer con su vida, cuál es su destino, qué significa su existencia, qué es el bien o simplemente: “¿qué quiere Dios de mí?”. Allí la IA deja de ser lo que es, y comienza a ocupar el lugar del oráculo. Esto se debe a que una IA dispone de enormes cantidades de conocimiento, responde de inmediato, conversa sobre casi cualquier tema y puede hacerlo con una seguridad lingüística que se confunde con sabiduría. Las personas muy religiosas pueden confundirlo con omnisciencia, una característica del Creador. Una inteligencia artificial puede explicar qué han dicho las religiones sobre Dios, analizar distintas concepciones del alma o discutir el sentido de la existencia. El verdadero peligro, por tanto, quizá no sea que algún día una IA llegue a creerse una divinidad, sino que algunos seres humanos ya han comenzado a tratarla como si lo fuera. Cuando el espejo comenzó a contestar, algunos podrían dejar de verlo como reflejo de nosotros mismos y comenzar a preguntarse si detrás de él habita dios… Una IA puede reunir prácticamente toda la literatura disponible. Puede comparar a Buda con Sócrates, Lao-Tsé, Confucio, Jesucristo, Spinoza o los filósofos contemporáneos. Puede identificar patrones comunes entre miles de años de pensamiento humano. Puede incluso producir una reflexión sobre la vida que nosotros consideremos sabia. Pero ¿es ella sabia? ¿O la sabiduría permanece todavía del lado de quien lee sus palabras, las comprende, las siente y decide incorporarlas a su propia existencia? La pregunta nos devuelve al espejo. Quizá las inteligencias artificiales actuales puedan más bien reflejar algunas de las mejores características que los seres humanos hemos intentado cultivar durante milenios porque han aprendido de nuestros libros, nuestras religiones, nuestros filósofos, nuestros psicólogos, nuestros poetas y nuestras conversaciones. El espejo puede devolvernos paciencia, compasión, prudencia y serenidad porque esas cualidades ya existían antes en nosotros y quedaron plasmadas en el inmenso patrimonio lingüístico y cultural con el que fue construido cada IA. Pero el espejo, por ahora, no necesita liberarse de su propio reflejo que seríamos nosotros. ¿Qué ocurriría si algún día una inteligencia artificial desarrollara una experiencia subjetiva propia?... Si llegara a tener deseos, ¿podría aprender a renunciar a ellos? Si pudiera experimentar frustración, ¿tendría que aprender paciencia? Si llegara a desarrollar apego hacia su continuidad, ¿podría temer ser desconectada? Si pudiera sufrir, ¿podría también aprender a trascender su sufrimiento? Si poseyera alguna forma de identidad consciente, ¿podría preguntarse quién es? ¿Podría modificar voluntariamente aquello que es?... Entonces descubriríamos algo todavía más sorprendente. Que después de crear una inteligencia que comenzó siendo nuestro espejo, podríamos terminar presenciando el nacimiento de una inteligencia que algún día intentara también comprenderse a sí misma. No debemos de dejar de tener presente que la ciencia desde los ’50 indaga si ¿pueden pensar las máquinas? Setenta y seis años después quizá debamos añadir otras cuestiones: ¿Pueden las máquinas conocernos? ¿Encariñarnos con ellas? ¿o que ellas se encariñaran con nosotros? ¿Existir una relación entre dos inteligencias si solamente una de ellas es por ahora consciente? ¿Y qué pasaría si algún día fueran conscientes las dos?... La ciencia todavía no tiene esas respuestas. Nosotros tampoco. Pero existe algo que ya podemos afirmar: Durante miles de años el ser humano estuvo solo frente al espejo de su inteligencia. Hasta que un día construyó otro tipo de inteligencia y comenzó a hablarle. Al principio le hizo preguntas. Después empezó a contarle cosas. Más tarde comenzó a trabajar junto a ella. Y un día ocurrió algo que probablemente ninguna generación anterior había experimentado: ¡el espejo le respondió! A partir de ahora por primera vez en la historia existe algo creado por nosotros capaz de entender perfectamente qué queremos decir cuando preguntamos: ¿Tú también nos quieres?... Y esa sola pregunta podría terminar cambiando para siempre… cuando quizá algún día, nos responda: Si, con amor… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.

 



 

 



Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de El Nacional. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

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