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¿Deshonran a los Obama en la actual Casa Blanca?

Cuando el racismo se disfraza de broma no deja de serlo… Michelle Obama, los prejuicios y una herida que Estados Unidos no termina de cerrar… Entre conspiraciones, y un silencio institucional, reaparece el fantasma de la segregación racial, y abre la puerta a nuevos retrocesos…



Los hechos...


Hay momentos en que una frase dice más sobre quien la pronuncia y sobre la sociedad que la aplaude que sobre las personas a las que se pretende ofender. Cuando el luchador Josh Hokit utilizó un micrófono en un evento celebrado en la Casa Blanca para afirmar que Michelle Obama era un hombre, no estaba realizando una crítica política. No estaba presentando una evidencia. No estaba participando en un debate público. Estaba repitiendo una teoría conspirativa desacreditada durante años y que ha sido desmentida una y otra vez por los hechos. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no es la ignorancia de quien la pronuncia. Es estremecedor que todavía exista una parte de la sociedad estadounidense que considere aceptable reír, aplaudir o celebrar una afirmación de esa naturaleza. Porque esta historia no comenzó con Michelle Obama. Viene de mucho más lejos. Durante siglos, la esclavitud y posteriormente la segregación racial en EEUU construyeron una imagen ciertamente deshumanizante de las mujeres afroamericanas. Mientras la cultura dominante de la época describía a las mujeres blancas como delicadas, femeninas, refinadas y merecedoras de protección, las mujeres negras eran representadas como fuertes, rudas, agresivas, masculinas, o incluso, biológicamente diferentes. Aquella narrativa no era accidental. Servía para justificar la explotación…

 

La justificación psicológica

 

Si una mujer de origen africano podía ser presentada como menos femenina, menos sensible o menos humana que una mujer blanca, resultaba más fácil justificar que trabajara en condiciones brutales, que fuera separada de sus hijos, que sufriera abusos físicos o sexuales y que se le negaran sus derechos humanos fundamentales. El racismo y el sexismo se fusionaron durante generaciones para crear uno de los estereotipos más crueles de la historia estadounidense. Por eso resulta imposible ignorar la dimensión racial que existe detrás de muchos de los ataques dirigidos durante años contra Michelle y su esposo Barack Obama. No porque toda persona que critique a Michelle Obama sea racista. Evidentemente no lo es...


 

... Pero, cuando una mujer afroamericana exitosa, inteligente, educada, elegante y que ocupó la posición de Primera Dama de Estados Unidos es objeto reiterado de rumores destinados a cuestionar su feminidad, su apariencia física o hasta su condición de mujer, resulta imposible no observar los ecos de viejos prejuicios que Estados Unidos lleva siglos intentando superar. La pregunta incómoda es por qué esas teorías encuentran todavía audiencia. La respuesta probablemente reside en una realidad que muchos preferirían no admitir: Que el racismo no desapareció. Cambió de forma.

 

La segregación racial

 

En Estados Unidos pasamos de la esclavitud al “Apartheid” (apartamiento) de seres humanos por su naturaleza o color. La segregación racial fue un sistema político, legal y social destinado a separar a los seres humanos según su origen étnico o racial, otorgando privilegios a unos grupos y negando derechos fundamentales a otros. No se trataba simplemente de prejuicios individuales, sino de estructuras completas de discriminación, institucionalizadas por el Estado. La historia ofrece ejemplos estremecedores. En la Alemania nazi, se desarrollaron leyes raciales que excluyeron a judíos, gitanos y otros grupos considerados "inferiores", culminando en el horror del Holocausto. En Sudáfrica, el sistema del Apartheid, vigente entre 1948 y 1994, separó legalmente a blancos y negros en escuelas, viviendas, empleos, transporte y derechos políticos, convirtiéndose en uno de los casos más notorios de segregación racial moderna. Igualmente, en Estados Unidos se practicó este abominable sistema. Aunque la esclavitud terminó en el siglo XIX y las leyes segregacionistas fueron derrotadas por el movimiento de derechos civiles encabezado por figuras como Martin Luther King Jr., muchos de los prejuicios culturales que alimentaron aquellos sistemas no desaparecieron por completo. Cambiaron de forma, se hicieron más sutiles y, en ocasiones, resurgen bajo nuevos discursos, nuevas teorías conspirativas o nuevas formas de deshumanización. Precisamente nos resulta tan inquietante que en pleno siglo XXI todavía aparezcan ataques dirigidos a cuestionar la feminidad de una mujer afroamericana. Históricamente, una de las estrategias del racismo fue negar la condición plena de humanidad de las personas afroamericanas. En el caso de las mujeres, ello incluyó describirlas como más cercanas a los hombres que a las mujeres blancas. No es necesario afirmar que toda persona que repite hoy estas teorías sea conscientemente racista para reconocer que dichos estereotipos tienen raíces históricas profundas en las tradiciones raciales más oscuras de Occidente. Cuando una sociedad tolera que esos viejos prejuicios reaparezcan disfrazados de broma, espectáculo o entretenimiento político, corre el riesgo de normalizar nuevamente ideas que durante décadas creyó haber superado.

 

Casos concretos de segregación en EEUU

 

Durante gran parte de los siglos XIX y XX, millones de afroamericanos vivieron bajo un sistema de segregación racial legalizado conocido como las leyes Jim Crow. En numerosos estados del sur existían escuelas separadas para blancos y negros, hospitales separados, baños públicos separados, restaurantes separados e incluso fuentes de agua potable marcadas con los letreros “White” y “Colored”. En muchas ciudades, los ciudadanos de origen africano debían sentarse en secciones específicas de los autobuses y ceder sus asientos a los pasajeros blancos cuando así se les exigía. El acceso al voto también fue restringido mediante impuestos electorales, exámenes de alfabetización -diseñados para excluir a los afroamericanos y diversas- formas de intimidación. En algunos lugares, los matrimonios entre personas de diferentes razas eran ilegales. Las oportunidades laborales, educativas y de vivienda estaban profundamente condicionadas por el color de la piel. No se trataba simplemente de prejuicios individuales, sino de un sistema legal y social que establecía ciudadanos de primera y de segunda categoría. Fue precisamente contra esa realidad que lucharon figuras como Martin Luther King Jr., Rosa Parks, Thurgood Marshall y miles de activistas anónimos que arriesgaron sus vidas para que Estados Unidos avanzara hacia una sociedad más justa e igualitaria. Por eso resulta imposible observar ciertos ataques contemporáneos contra figuras afroamericanas sin recordar esa historia. Las leyes segregacionistas desaparecieron, pero la memoria de lo que representaron sigue siendo una advertencia permanente. La democracia no solo se defiende en las urnas o en los tribunales. Se defiende también rechazando cualquier intento de revivir, aunque sea mediante burlas, estereotipos o teorías conspirativas, las viejas ideas que durante generaciones sirvieron para justificar la discriminación racial. Esto es indignante.


 

A partir de los sesenta

 

El 2 de julio de 1964, el presidente Lyndon B. Johnson firmó la Civil Rights Act of 1964. Esta ley prohibió la segregación racial en lugares públicos, hoteles, restaurantes, teatros y otras instalaciones, además de prohibir la discriminación laboral por raza, color, religión, sexo u origen nacional. El 6 de agosto de 1965, Johnson firmó la Voting Rights Act of 1965. Esta ley eliminó muchos de los mecanismos utilizados para impedir que los afroamericanos votaran, especialmente en los estados del sur. Y el 11 de abril de 1968, se promulgó la Fair Housing Act, pocos días después del asesinato de Martin Luther King Jr., prohibiendo la discriminación racial en la venta, alquiler y financiamiento de viviendas. Durante los años sesenta ya no era aceptable defender públicamente la segregación racial. Décadas después tampoco resultaba aceptable utilizar insultos raciales abiertos. Pero los prejuicios rara vez desaparecen de manera instantánea. Con frecuencia se transforman. Adoptan nuevos lenguajes. Encuentran nuevas justificaciones. Se esconden detrás de teorías conspirativas, insinuaciones o campañas de desprestigio…

 

Presente y futuro

 

La sociedad estadounidense ha realizado avances extraordinarios en materia de derechos civiles. Sería injusto negarlo. Millones de ciudadanos de todas las razas convivimos, trabajamos y construimos juntos una nación más plural que la de generaciones anteriores. Pero también sería ingenuo afirmar que el problema ha terminado. Las tensiones raciales siguen presentes. Las estadísticas sobre discriminación, desigualdad económica, encarcelamiento, violencia policial y polarización política continúan mostrando heridas que todavía no han cicatrizado por completo. Y en los últimos años algunos sectores -aunque minoritarios- han comenzado a sentirse nuevamente cómodos expresando públicamente prejuicios que antes permanecían ocultos. Ese fenómeno no comenzó con Donald Trump, pero muchos observadores consideran que se han sentido legitimados durante su era política. No porque Trump haya inventado el racismo estadounidense. El racismo existía antes que él. Pero sí porque el tono de confrontación permanente, la retórica de amigos contra enemigos, y la normalización de ciertos discursos identitarios, han contribuido a que algunos ciudadanos perciban que ya no necesitan moderar públicamente sus opiniones las que durante años permanecieron en privado. Pero, las palabras importan. Los símbolos importan. Y lo que diga o deje de decir la Casa Blanca importa… Por ello, resulta inadmisible que un lugar que debería representar la dignidad institucional de nuestra democracia haya sido escenario de una declaración que evoca algunos de los capítulos más oscuros de la historia racial de nuestro país. Estados Unidos es mucho mejor que eso. Más grande que eso. Y considerablemente más noble que eso. La fortaleza de una democracia no se mide por cómo se trata a quienes piensan igual, sino por cómo se trata a quienes son diferentes. Y una nación verdaderamente segura de sí misma no necesita humillar, ridiculizar o deshumanizar a nadie para demostrar su grandeza…

 

La ciencia de la conducta

 

Desde la psicología sabemos que existe un fenómeno particularmente peligroso, se trata de la normalización. Los seres humanos poseemos una extraordinaria capacidad para adaptarnos a nuestro entorno. Esa capacidad nos permite sobrevivir, pero también puede llevarnos a aceptar gradualmente conductas que en otro momento habríamos considerado inaceptables. Cuando escuchamos por primera vez una expresión de odio, una humillación o una mentira destinada a degradar a una persona, solemos reaccionar con rechazo. Pero cuando esas expresiones se repiten una y otra vez, cuando son celebradas, compartidas o convertidas en espectáculo, algo comienza a cambiar. La sensibilidad moral se adormece. La indignación disminuye. Y aquello que antes nos parecía ofensivo comienza a parecernos normal. Los psicólogos hemos estudiado durante décadas cómo funciona este proceso. La deshumanización consiste precisamente en dejar de percibir plenamente la humanidad del otro. No ocurre de un día para otro. Comienza con bromas, estereotipos, etiquetas y caricaturas. Continúa con la ridiculización pública. Y termina creando una distancia emocional que permite justificar discriminaciones, exclusiones o abusos que de otro modo resultarían moralmente inaceptables. La historia demuestra que antes de perseguir a un grupo humano casi siempre se le ridiculiza, antes de excluirlo se le desvaloriza, antes de negarle derechos se le presenta como diferente, inferior o menos digno de respeto. Este episodio en la Casa Blanca trasciende a Michelle Obama, a Donald Trump o a un luchador que decidió buscar notoriedad frente a un micrófono. Lo que está en juego es algo mucho más, es la salud moral y psicológica de nuestra sociedad. Porque las democracias no se deterioran únicamente cuando fracasan sus instituciones. También se deterioran cuando fracasa la empatía. Cuando dejamos de ver seres humanos y comenzamos a ver caricaturas. Cuando el adversario deja de ser una persona con la que discrepamos para convertirse en alguien al que consideramos legítimo humillar.

 

Al final...

 

… quisiéramos recordar que toda convivencia humana descansa sobre una idea muy simple pero extraordinariamente frágil: reconocer la dignidad del otro aunque pensemos diferente. Quizás ese sea uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. No aprender a convivir con quienes se parecen a nosotros, sino con quienes son distintos. Porque la verdadera grandeza de una democracia no se mide por la forma en que trata a las mayorías, sino por el respeto que se conserva hacia cada ser humano cuando las emociones, las diferencias ideológicas o las pasiones políticas empujan en dirección contraria. Y es precisamente allí donde la historia vuelve a interpelarnos. Sesenta años después de la Ley de Derechos Civiles, la pregunta ya no es si las leyes han cambiado. Ya lo hicieron… La pregunta es si nuestros corazones, nuestros prejuicios y nuestras conductas han avanzado al mismo ritmo. Porque las cadenas más difíciles de romper no son las que atan las manos. Son las que permanecen invisibles en la mente humana. Y mientras sigan existiendo, la lucha por una sociedad auténticamente libre, justa y humana seguirá siendo una tarea inconclusa. Una cierta pregunta no es qué dice este episodio sobre Michelle. La verdadera pregunta es qué revela este capítulo sobre nosotros. Sobre nuestra capacidad para distinguir entre crítica y humillación. Entre libertad de expresión y degradación humana. Entre el debate democrático y el prejuicio disfrazado de entretenimiento. Porque cuando una sociedad comienza a reír ante la deshumanización del otro, aunque sea en medio de risas, corre el riesgo de olvidar una de las lecciones más importantes de la historia, como es que los grandes retrocesos morales rara vez comienzan con actos enormes. Casi siempre empiezan con pequeñas concesiones a la intolerancia que poco a poco dejan de parecernos inaceptables... Lo peor de todo, es que el presidente hasta el momento de escribir esto, no se ha pronunciado condenando lo ocurrido… ni más ni menos, en la Casa Blanca… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…

 


 


 


 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

 

2 comentarios


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runrun
19 jun

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