top of page

¿Y si la oscuridad nunca fue el enemigo?

La ciencia revela que el Universo está más pleno de materia y energía oscura que de esplendor. ¿Hemos interpretado mal nuestras diferencias?... La mayor paradoja de la humanidad es cuando el Cosmos contradice nuestras creencias sobre la penumbra y la luz, y lo negro y lo blanco…



¿Se convirtió el color de piel en señal de discordia?

 

La ciencia, a través de la paleoantropología, la genética y la arqueología, sostiene que los primeros Homo sapiens surgieron en África hace aproximadamente 300.000 años y se fueron adaptando al medio donde vivieron. Desde allí comenzó uno de los procesos migratorios más extraordinarios de la historia de la vida. Durante cientos de miles de años, distintos grupos humanos se desplazaron hacia Oriente Medio, Europa y Asia. Decenas de miles de años después, algunos de sus descendientes cruzaron el puente terrestre de Bering durante las glaciaciones, y poblaron progresivamente América del Norte, partiendo de lo que hoy es Alaska. Luego bajaron a Centroamérica y Sudamérica hasta alcanzar la Patagonia… La propia ciencia ha permitido explicar que muchas de las diferencias físicas entre los seres humanos no representan categorías biológicas separadas, sino adaptaciones evolutivas a los distintos ambientes. Los primeros miembros de nuestra especie poseían una piel intensamente pigmentada por la abundancia de melanina, una extraordinaria protección frente a la inclemente radiación ultravioleta del África ecuatorial. Miles de generaciones después, algunos grupos que emigraron hacia latitudes con menor radiación solar desarrollaron progresivamente una piel más clara, favoreciendo una mayor síntesis de la necesaria y vital vitamina D. En Asia oriental aparecieron igualmente características anatómicas particulares, como el pliegue epicántico de los párpados, cuya evolución continúa siendo objeto de diversas hipótesis científicas relacionadas con el clima, el ambiente y otros procesos adaptativos. En otras palabras, el color de la piel, la forma de los ojos o muchos otros rasgos físicos constituyen respuestas de una misma especie a diferentes condiciones ambientales, no diferencias esenciales entre seres humanos, todos descendientes de los primeros africanos… Entretanto, el relato Bíblico (Génesis 2), escrito por distintas personas hace apenas cinco mil años o menos —y que no narra acontecimientos de hace cientos de miles de años— no identifica geográficamente dónde fueron creados Adán y Eva. Sin embargo, la tradición judeocristiana ha situado habitualmente el Jardín del Edén en algún lugar de la antigua Mesopotamia, principalmente por la referencia a los ríos Tigris y Éufrates. Desde esta perspectiva comienza la historia religiosa de la humanidad donde se indica que Dios creó a los humanos a su imagen y semejanza. Si se acepta esa ubicación tradicional, la propia evidencia científica indica que los habitantes de aquella región descendían de poblaciones humanas originadas previamente en África, desde donde se expandieron hacia Oriente Medio, Europa y Asia y después a las Américas, mucho antes del surgimiento de las primeras civilizaciones mesopotámicas.


 

Mientras la naturaleza moldeaba lentamente nuestra extraordinaria diversidad biológica, la humanidad comenzó a atribuir significados morales a características que el Universo jamás concibió como tales. Desde que aprendimos a contar historias, dividimos el mundo en dos grandes campos simbólicos: la luz y la oscuridad. La primera representaba el conocimiento, la verdad, la esperanza y la vida. La segunda simbolizaba el miedo, el peligro, la ignorancia y la muerte. Todavía hoy seguimos utilizando ese lenguaje: Decimos que alguien "vio la luz". Que una persona sabia es "un ser iluminado". Que buscamos "la iluminación". Que una idea "arroja luz". Y cuando hablamos del mal solemos afirmar que "vive en las tinieblas". Estas metáforas han acompañado durante largo tiempo la historia de nuestra especie. Pero existe una interrogante: ¿Qué ocurre si el propio Universo no comparte nuestra manera de clasificar la realidad?...

 

El Universo

 

Cuando levantamos la mirada hacia el Cosmos descubrimos algo que desafía profundamente nuestra intuición. No contemplamos un océano de luz. Observamos un inmenso mar de oscuridad. Las estrellas que admiramos durante la noche constituyen apenas diminutos faros dispersos en una inmensidad casi infinita. Nuestra galaxia, la Vía Láctea, contiene centenares de miles de millones de estrellas, pero entre ellas predomina el vacío “oscuro”. Y la propia galaxia es apenas una entre cientos de miles de millones de galaxias distribuidas en un Cosmos cuya inmensa mayoría permanece sumida en la oscuridad. La cosmología moderna ha llevado esta idea todavía más lejos. Hoy sabemos que toda la materia visible —las estrellas, los planetas, las montañas, los océanos, los árboles y nosotros mismos— representa solamente alrededor del cinco por ciento del contenido total del Universo. El resto parece estar constituido por dos componentes extraordinarios que apenas comenzamos a comprender: Cerca del veinte siete por ciento corresponde a materia oscura, una forma invisible cuya gravedad mantiene unidas las galaxias, y cerca del sesenta y ocho por ciento a energía oscura, responsable, según el conocimiento científico actual, de la expansión acelerada del Universo. Por cierto, aquello que llamamos "oscuro" no constituye un pequeño rincón del Cosmos. Es la mayor parte de él. Las estrellas —incluso una tan poderosa como nuestro Sol— no eliminan la oscuridad. En el Universo, la noche permanece. Y, sin embargo, esa notable oscuridad no representa el mal. Es el escenario donde nacen las estrellas, donde evolucionan las galaxias, donde se organizan los grandes filamentos cósmicos y donde irrumpe la posibilidad misma de la vida, al igual que un bebé se desarrolla protegido en la oscuridad del vientre materno. La oscuridad deja entonces de ser el símbolo del enemigo para convertirse en el telón de fondo imprescindible sobre el cual el Universo escribe toda su historia. Nunca fue simplemente “la ausencia de la luz”, y su luminosidad disminuye desde hace 10 mil millones de años. Siempre fue el espacio donde la luz encuentra su significado. En el Universo oscurecer podría ser precisamente lo que una parte de la humanidad llama iluminar. Y quizá el mayor acto de iluminación consista en dejar de temer a la penumbra. La oscuridad nunca fue el problema... El verdadero dilema apareció cuando la humanidad decidió atribuirle un significado moral permanente y, más tarde, proyectó ese simbolismo sobre otras personas por el color de su piel, su cultura o sus creencias. Lo que comenzó como una adaptación evolutiva magistral terminó convirtiéndose, en determinados momentos de la historia, en discriminación, segregación y racismo. El Cosmos, en cambio, jamás estableció semejantes diferencias. Creó galaxias, estrellas, planetas y vida abrazando por igual, a todos los colores, la luz y la oscuridad. Y esto es una de las lecciones más categóricas que aún estamos aprendiendo del Universo.

 

Las falsas creencias

 

También las grandes religiones heredaron una metáfora mucho más antigua que ellas mismas. Durante miles de años, la luz simbolizó la verdad, la esperanza y la vida, mientras la oscuridad representó el miedo, la incertidumbre y el peligro. El cristianismo, el islam, el judaísmo, el hinduismo y el budismo utilizaron con frecuencia ese lenguaje simbólico —de la luz como el bien y lo oscuro como el mal— para describir estados espirituales, aunque no los colores de piel de las personas. Sin embargo, con el paso de los siglos, algunas interpretaciones culturales comenzaron a proyectar esos arquetipos sobre las personas, contribuyendo en determinados contextos a reforzar prejuicios y formas de discriminación. El problema no nació de la luz ni de la oscuridad, sino de la tendencia humana a convertir esa narrativa en una supuesta verdad sobre otros seres humanos, y tergiversarlo hasta el racismo


 

Fueron humanos quienes convirtieron una antigua estrategia de diferenciación de supervivencia en discriminación y segregación. El Cosmos, en cambio, creó las galaxias multicolores, las estrellas, los planetas —claros y oscuros— y la vida de infinitas tipologías abrazando los dos estados —iluminación y penumbra— por igual… Otra consideración vital es que si los primeros Homo sapiens no hubieran desarrollado una piel intensamente pigmentada por la melanina, probablemente nuestra especie habría tenido muchas más dificultades para sobrevivir bajo la intensa radiación ultravioleta del África ecuatorial. Para la ciencia, aquella adaptación constituyó uno de los grandes logros de la evolución que hizo posible la continuidad de la humanidad. Desde el punto de vista de quienes asumen la creación divina, podría interpretarse de otra manera, si Dios creó al ser humano, lo hizo dotándolo precisamente de las características biológicas necesarias para preservar la vida. En ambos casos, la conclusión resulta evidente: el color oscuro de la piel de nuestros primeros antepasados no fue un defecto, sino una condición indispensable para que la historia de la humanidad pudiera comenzar. Incluso la mayoría de los europeos hasta hace 3 mil años eran de piel oscura. Cuando nuestros antepasados llegaron a Europa, el Sol ya no irradiaba con la misma intensidad ultravioleta que en África ecuatorial. Miles de generaciones después, la selección natural fue favoreciendo una piel cada vez menos pigmentada: primero en el sur de Europa y, posteriormente, aún más clara en el norte, donde la luz solar era más escasa, y los rayos solares resultaban esenciales para la supervivencia…

 

El Cielo y el Infierno


 

Algunas creencias hablan —o más bien, concibieron— un cielo y un infierno que están uno y otro curiosamente iluminados: el primero por el resplandor del Sol, y el segundo por el fulgor del fuego. Pero debemos destacar este contrasentido: El Universo observable está dominado por la oscuridad, en tanto que algunas religiones indican que quien hace el bien en la Tierra iría al cielo, al ¡oscuro! cielo. Mientras que quién hace el mal iría a la oscuridad, aunque lo haría al infierno que suele representarse con fuego, llamas y una intensa luminosidad, donde esa luz no simboliza conocimiento ni bondad, sino destrucción, sufrimiento y castigo… La realidad es que ninguno de los dos representa ni al bien ni el mal. Claridad y oscuridad son simplemente manifestaciones distintas de las leyes universales. Esto nos conduce a las leyes de la naturaleza las que nunca convirtieron el blanco y el negro en categorías morales.


 

Fuimos los seres humanos quienes les atribuimos esos significados religiosos o culturales. El Universo solo conoce partículas, fotones, longitudes de onda, cuántica, absorción y reflexión. La moral nació en nuestra conciencia humana, no en los colores ni en lo divino…

 

Nuestros ancestros

 

Durante miles de años, mucho antes del nacimiento de la civilización, de las religiones y de la filosofía, la luz representaba una ventaja decisiva para la supervivencia. La luz del día permitía desplazarse con mayor seguridad, identificar frutos y plantas comestibles, seguir el rastro de los animales, fabricar herramientas y reconocer los peligros del entorno. Más tarde, el dominio del fuego transformó la evolución humana. Las hogueras no solo proporcionaban calor. También alejaban a muchos depredadores, prolongaban las horas de actividad, facilitaban la preparación de los alimentos y reunían a las familias y a las tribus alrededor de un espacio común donde nacieron el lenguaje, las primeras narraciones y, probablemente, buena parte de la cultura. La oscuridad, por el contrario, ocultaba amenazas que nuestros sentidos apenas podían anticipar. Un depredador podía aproximarse sin ser visto. Un precipicio permanecía invisible. Un extraño podía acechar entre los árboles. Durante miles de generaciones, nuestro cerebro fue aprendiendo que la claridad incrementaba las probabilidades de sobrevivir, y que la oscuridad exigía prudencia, alerta y cautela. Hoy sabemos que esa experiencia dejó una huella profunda en nuestra arquitectura psicológica. La amígdala cerebral, una de las estructuras encargadas de detectar posibles amenazas, responde con mayor intensidad cuando la información del entorno es incierta o incompleta. Desde una perspectiva evolutiva, equivocarse por exceso de precaución resultaba mucho menos costoso que no reaccionar ante un riesgo verdadero… El problema comienza con el paso del tiempo, cuando aquella estrategia de supervivencia trascendió la biología y comenzó a modelar nuestra cultura. Lo que inicialmente fue una respuesta adaptativa terminó convirtiéndose en lenguaje, en símbolo. Desde algunos centros del poder la luz se convirtió en sinónimo de conocimiento, verdad, esperanza y salvación. Así, la oscuridad se transformó en imagen del miedo, de la ignorancia, del pecado y del mal… Pero la evolución nos enseña por qué nuestro cerebro desarrolló determinadas asociaciones para sobrevivir en un mundo lleno de incertidumbres. No demuestra que esas asociaciones describan con exactitud la naturaleza del Universo. Y es precisamente ahí donde la ciencia contemporánea introduce una sorpresa extraordinaria. Porque cuando dejamos de observar el mundo desde la perspectiva del cazador prehistórico, y comenzamos a contemplarlo desde la perspectiva del Cosmos, descubrimos que la oscuridad ya no representa peligro. Es, en cambio, el estado predominante del Universo, el inmenso escenario donde nacen las estrellas, evolucionan las galaxias y se desarrolla la propia historia de la existencia universal…


 

¿Qué nos dice la narrativa?

 

La física moderna nos obliga a mirar el Universo de otra manera. Hoy sabemos que la materia visible representa apenas una pequeña fracción de todo lo que existe. El resto corresponde, en gran medida, a formas de materia y energía oscuras que ni siquiera podemos observar directamente. Lo que llamamos "oscuro" sostiene buena parte de la estructura del cosmos. También la vida nace en la oscuridad. Los espermatozoides encuentran el ovulo a ciegas. El embrión humano se desarrolla durante meses en un ambiente donde jamás llega la luz del Sol. Las semillas germinan bajo tierra. Numerosas especies encuentran refugio durante la noche. Además, nuestro cerebro necesita oscuridad para producir melatonina y reparar buena parte de sus procesos biológicos. Necesitamos tanto la oscuridad como la luz. Dormimos en la noche para despertar con mayor claridad. Y también nuestra vida interior funciona de manera parecida. Las personas solemos crecer mucho más durante nuestras crisis que durante nuestros triunfos… El duelo. La enfermedad. La pérdida. La incertidumbre. La soledad. Todos esos momentos suelen sentirse como noches del alma. Sin embargo, con frecuencia son precisamente esos períodos los que reorganizan nuestra personalidad, y amplían nuestra conciencia. Tal vez la oscuridad psicológica no siempre sea el lugar donde termina la vida. Muchas veces es donde comienza una nueva… Algo parecido ocurrió con el propio lenguaje… Durante siglos asociamos el blanco con la pureza, y el negro con lo negativo. Esas metáforas terminaron influyendo, consciente o inconscientemente, sobre numerosas culturas. No nacieron necesariamente para justificar el racismo. Pero en determinados momentos históricos contribuyeron a reforzar prejuicios profundamente injustos. Por eso tuvo tanta fuerza aquella frase pronunciada por Muhammad Ali (Casius Clay) que en un discurso durante el movimiento por los derechos civiles pronunció una frase “Black is beautiful”, y cuando alguien preguntó de qué color era la Casa Blanca, respondió: "La Casa Blanca es blanca... pero lo negro también es hermoso." No era únicamente una defensa del color de la piel. Era una invitación a desmontar una antigua asociación cultural. Quizás el verdadero problema nunca fue la luz. Ni tampoco la oscuridad. La cuestión aparece cuando convertimos una metáfora en una verdad absoluta. Porque la luz también puede destruir. Una explosión nuclear produce una luminosidad insoportable. El Sol puede quemar. Un láser puede matar. Y una idea que alguien considera "la única luz verdadera" puede terminar justificando guerras. La luz no garantiza la bondad. Como tampoco la oscuridad implica maldad.


 

Al final...

 

... surgen tres contrasentidos: La paradoja cosmológica: Vivimos en un Universo donde aproximadamente el 95 % de su contenido corresponde a materia y energía oscuras, y donde la inmensa mayoría del espacio es sin luz. Sin embargo, asociamos espontáneamente la oscuridad con lo negativo. La paradoja evolutiva: Nuestro cerebro aprendió a temer la oscuridad porque aumentaba las probabilidades de supervivencia de nuestros ancestros. Esa adaptación fue extraordinariamente útil, pero terminó convirtiéndose en un símbolo moral que proyectamos sobre la realidad. La paradoja ética: La luz tampoco garantiza el bien. Hay luces que orientan, como la de un faro, hay luces que ciegan, como la explosión de una bomba atómica, o un incendio devastador. Del mismo modo, la oscuridad puede inspirar temor, pero también es el ámbito donde germina y se desarrolla la vida, donde descansamos para recuperar nuestras fuerzas y donde el Universo ha dado origen a estrellas y galaxias… La sabiduría no consiste en elegir entre la luz y la oscuridad. Se trata de comprender que ambas forman parte del mismo Universo. Las estrellas necesitan la noche para ser contempladas. La vida necesita descansar en la oscuridad para renacer cada mañana. El Universo parece haber construido su equilibrio utilizando los dos estados. Tal vez nosotros debamos hacer lo mismo. Porque la verdadera iluminación no es escapar de la oscuridad. Es aprender a descubrir la belleza, el conocimiento y la esperanza incluso dentro de ella… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…

 

 


Apéndice: ¿Qué es la nada, y qué el vacío?


 

Al escribir este artículo tuvimos que formularnos una de las preguntas sin respuestas que existen en la filosofía, la física y la teología. De hecho, esa pregunta ha acompañado a Parménides, Aristóteles, San Agustín, Tomás de Aquino, Leibniz, Kant, Heidegger, Hawking y a un sinnúmero de cosmólogos contemporáneos: ¿Qué es el vacío y qué la nada?... Porque algunos piensan que el vacío no tiene iluminación ni oscuridad, o que el vacío y la nada son sinónimos, y no lo son. En el lenguaje cotidiano pensamos que el vacío es "donde no hay nada". Pero la física moderna nos dice exactamente lo contrario: El vacío del espacio interestelar o intergaláctico está lejos de estar desocupado. Contiene campos cuánticos, partículas virtuales que aparecen y desaparecen constantemente, fluctuaciones del vacío, radiación, gravedad, espacio-tiempo y posiblemente materia oscura y energía oscura… En el laboratorio, cuando los físicos producen un "vacío casi perfecto", siempre permanece algo. Por eso autores afirman que el vacío cuántico constituye uno de los sistemas más activos del Universo. En otras palabras, el vacío está lejos de ser una ausencia. Está lleno de actividad, de energía y de posibilidades, aunque todavía no comprendamos completamente su naturaleza…

 

La nada... tal vez sea imposible

 

Aquí aparece un verdadero dilema. La nada absoluta sería sin espacio, sin tiempo, sin energía, sin materia, sin partículas, sin leyes físicas, sin matemáticas, sin información, y sin posibilidad. Así surgiría una enorme dificultad: ¿Cómo puede existir la nada? Porque si existe...ya no sería nada. Tendría una propiedad: existir… Y si no existe... tampoco podríamos hablar de ella. Por eso Martin Heidegger llegó a preguntarse por qué hay algo y no más bien nada. Interrogante que muchos consideran vital… Por su lado, cuando Stephen Hawking explicaba que las leyes de la física pueden explicar la creación del Universo y crearse a sí mismo. Lo cual le daba —tal vez sin proponérselo— al Universo el poder de la creación, por lo que por definición el Universo sería lo que otros denominan Dios. No hablaba de surgir desde la nada absoluta. Hablaba del vacío cuántico. Y el vacío cuántico no es la nada. Es un estado físico… del mismo Universo. Desde la espiritualidad algunas religiones afirman que antes de la creación existía Dios. Es decir tampoco había nada. Había Dios… Otras corrientes sostienen: Dios creó el Universo desde la nada. Pero inmediatamente aparece la pregunta: ¿Cómo puede crearse algo desde aquello que no existe? Porque de esta forma tampoco existiría Dios o ninguna Conciencia Universal…

 

Quizá exista una tercera posibilidad...

 

Tal vez la nada absoluta nunca haya existido. Quizás siempre existió alguna forma de realidad. Puede llamarse Dios. Nosotros hablamos de una Conciencia Universal. Spinoza de la naturaleza. La física del vacío cuántico, del campo unificado. De una Información primordial. O de una realidad que todavía no comprendemos. Lo sorprendente es que todas esas propuestas parten de un punto común: el Universo no habría surgido de una nada absoluta, sino de una realidad más compleja y desconocida. Tal vez el mayor error de nuestra especie no haya sido confundir la oscuridad con el mal. El siguiente paso es dejar de involucrar la oscuridad con la nada. La cosmología moderna parece sugerir exactamente lo contrario. La oscuridad no representa la ausencia de existencia. Es el escenario, como señalamos en el artículo que precede, donde nacen las galaxias, donde germina la vida, donde descansan nuestros cerebros, donde se desarrolla un embrión y donde el propio Universo parece ocultar la mayor parte de su contenido. La oscuridad nunca fue el vacío. Y el vacío, probablemente, nunca fue la nada... Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.

 

 

 

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

 



21

Suscríbete a nuestro boletín gratuito de noticias

¡Gracias por suscribirte!

Únete a nuestras redes y comparte la información

  • X
  • White Facebook Icon
  • LinkedIn

© 2026 Informe21

bottom of page