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EEUU: Elecciones intermedias entre la tensión y la calma

Se votarĆ” por parte del Congreso, gobernaciones y legislaturas estadales en medio de una batalla cultural entre la pugna permanente y la paz… Lo ocurrido en el Super Bowl y la respuesta de Trump fue un presagio. Y en la polĆ­tica estas seƱas suelen decir mĆ”s que los discursos…



Cuando observamos el clima electoral de los Estados Unidos a comienzos de 2026, a menos de un aƱo de las elecciones de medio tĆ©rmino, es inevitable percibir algo mĆ”s que los simples nĆŗmeros o porcentajes. Lo que estĆ” en juego no es Ćŗnicamente el control del Congreso, es el estado emocional de una sociedad que lleva mĆ”s de una dĆ©cada viviendo en tensión permanente. Las encuestas mĆ”s recientes —y aquĆ­ no hablamos de una sola firma, sino de promedios consistentes— muestran una ventaja clara, aunque no arrolladora, de la oposición demócrata en el llamado ā€œgeneric ballotā€, ese indicador que pregunta a los votantes si, en tĆ©rminos generales, prefieren un Congreso demócrata o republicano. Hoy, esa ventaja oscila entre Ā”cuatro y seis puntos! porcentuales y en ascenso. Históricamente, esa diferencia, sostenida a esta distancia temporal, suele traducirse en una recuperación de la CĆ”mara de Representantes por parte del partido opositor. Promedios continuos muestran una ventaja demócrata de mĆ”s de 5 puntosĀ en el generic ballotĀ a nivel nacional. Distintos rastreadores coinciden en que este indicador ha estado persistentemente al alza para los demócratas a comienzos de 2026. No es una ley matemĆ”tica, pero sĆ­ una regularidad polĆ­tica. Este Ć­ndice es un predictor importante —aunque no infalible— del resultado en la CĆ”mara de Representantes, y suele anticipar olas partidistas. Los anĆ”lisis cualitativos de sitios especializados en pronósticos electorales sugieren que, bajo las condiciones actuales varios distritos tradicionalmente disputados se inclinan hacia los demócratas, especialmente en zonas urbanas o suburbanas. Las proyecciones de grupos como Cook Political ReportĀ indican un nĆŗmero considerable de distritos en disputa que podrĆ­an definir el control de la CĆ”mara. No obstante, aunque el promedio nacional favorece a los demócratas, en estados clave del Medio Oeste o Sur (como Iowa, Ohio, Texas o Florida), las encuestas muestran que los republicanos aĆŗn mantienen cierta ventaja o equilibrio moderado.

Ahora bien, la CÔmara no lo es todo. El Senado, como siempre, cuenta otra historia, las diferencias son mÔs estrechas, mÔs quirúrgica, mÔs dependiente de perfiles personales que de climas nacionales. En este escenario, cinco o seis estados decidirÔn el equilibrio real del poder. Los demócratas ven un posible camino hacia la mayoría en el Senado, pero con mÔrgenes ajustados y dependiente de resultados en estados pendulares. En cuanto a las gobernaciones y legislaturas estatales, las victorias demócratas pueden afectar el ambiente general en favor de su estrategia nacional.


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El ambiente

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Pero antes de hablar de mapas y escaƱos, conviene detenerse en algo que consideramos primordial, como es el estado anĆ­mico del votante estadounidense. Hoy, el ciudadano medio no estĆ” radicalizado, estĆ” cansado. No busca epopeyas ni discursos grandilocuentes. Busca normalidad funcional. Estabilidad. Previsibilidad. Quiere que el sistema vuelva a respirar. Esto explica la paradoja clave del momento polĆ­tico, se trata de que los republicanos mantienen una base sólida, intensa y leal, pero pierde terreno de manera persistente entre los independientes, las mujeres suburbanas, los jóvenes y los votantes moderados. No porque estos Ćŗltimos se hayan vuelto ideológicamente progresistas, sino porque estĆ”n agotados del conflicto constante. En la polĆ­tica, el agobio es un factor electoral poderoso, y la extrema molestia estalló en el corazón de Estados Unidos en el frĆ­o de enero de 2026. Minneapolis se convirtió en un punto de inflexión que resonó mucho mĆ”s allĆ” de sus lĆ­mites urbanos. Lo que comenzó como una operación de control migratorio de la agencia federal de inmigración, el U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), desencadenó una ola de dolor, sorpresa y rechazo que todavĆ­a no ha cesado. La polĆ­tica de aplicación migratoria sin contemplaciones, conocida como Operation Metro Surge, habĆ­a congregado a miles de agentes y generó —segĆŗn residentes y observadores— un ambiente de miedo y tensión sostenida en las comunidades de la ciudad. Familias enteras empezaron a sentir que no solo los inmigrantes eran objeto de agresiones, sino tambiĆ©n ciudadanos con arraigo, trabajos, sueƱos y rutinas intactas —hasta que su vida cotidiana fue alterada por una brutalidad inesperada. En el corazón de esa espiral de tensión, ocurrieron dos hechos que sacudieron a esta nación. Primero fue laĀ muerte de RenĆ©e Good, una ciudadana estadounidense, poeta y madre de familia, de parte de un agente de ICE en las calles de Minneapolis. Luego, la muerte de Alex Pretti, un enfermero de cuidados intensivos, de 37 aƱos, que tambiĆ©n fue abatido por disparos de agentes federales, en circunstancias que las imĆ”genes indican cómo ocurrió, mostrando que portaba Ćŗnicamente un telĆ©fono en la mano. Estas pĆ©rdidas no son solo cifras amarillistas de un periódico, son vidas —dos seres con familia, con rutinas, con historias que se desvanecieron bajo el fuego de una polĆ­tica que parecĆ­a haber perdido sus lĆ­mites.


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La eclosión cultural

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A partir de ahĆ­, algo cambió en el ambiente polĆ­tico y cultural de Estados Unidos, porque cuando una polĆ­tica se convierte en mito colectivo y cuando la mĆŗsica responde a la polĆ­tica, sabemos que algo enorme ha ocurrido en la psiquis colectiva. En este caso, Bruce Springsteen, una voz venerada de la mĆŗsica estadounidense y figura simbólica de la conciencia social, lanzó una canción que no es un simple tema protestante, es un grito poĆ©tico que conecta el dolor de hoy con los clamores de ayer. Su tema ā€œStreets of Minneapolisā€Ā ā€”inspirado directamente en la indignación ante los tiroteos mortales en Minnesota— saltó rĆ”pidamente a la cima de las tendencias y sacudió a millones. Esa canción no sólo es un lamento, sino una traducción cultural de lo que muchos perciben, que la violencia contra civiles, que deberĆ­a ser excepcional y siempre sujeta a investigación, se ha convertido en una prĆ”ctica rutinaria disfrazada de polĆ­tica de seguridad. Al igual que los himnos de protesta de los aƱos sesenta —en una Ć©poca en la que ā€œOhioā€Ā de Crosby, Stills, Nash & YoungĀ se volvió estandarte contra los abusos del poder— ā€œStreets of Minneapolisā€Ā estĆ” tocando una fibra sensible que muchos creĆ­an dormida o superada. Esta canción produce un impacto emocional porque no solo denuncia lo ocurrido, mĆ”s bien recuerda quiĆ©nes somos como nación, quĆ© heridas seguimos cargando, y hasta dónde puede llegar una sociedad cuando la polĆ­tica de seguridad se confunde con la confrontación permanente. La mĆŗsica, la poesĆ­a y el arte funcionan aquĆ­ como espejos colectivos porque nos muestran lo que a veces preferimos no ver, y nos recuerdan que mĆ”s allĆ” de la ley estĆ” la vida.

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El agotamiento cultural y emocional del estadounidense medio

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Lo que ocurre ahora en Minnesota no es aislado. Es el resultado de un malestar que venĆ­a acumulĆ”ndose desde hace aƱos. Este fenómeno ha provocado que decenas de miles salieron a las calles clamando ā€œICE fueraā€, en las manifestaciones en distintas ciudades del paĆ­s in crescendo. Familias enteras se sienten bajo amenazaĀ y no solo los inmigrantes, sino sus vecinos, amigos y ciudadanos estadounidenses. Muchos han relatado el temor de salir de su casa tras redadas agresivas, de sentir que la propia nación que juraron como patria se ha convertido en un lugar de vigilancia y sospecha constante, donde da miedo acudir a los tribunales o a los policĆ­as por ayuda y a la vez que muchos ciudadanos y hasta los niƱos huyen de ellos al verlos. La mayorĆ­a ahora rechaza lo que percibe como un enfrentamiento permanente del ICE no solo contra inmigrantes que no han cometido crĆ­menes graves, sino contra niƱos y adultos humildes, trabajadores, estudiantes, y ciudadanos enfermeros y madres de familia. No solo se trata de inmigración o control de fronteras, el asunto es cómo el Estado se comporta con quienes estĆ”n en su seno, y cómo esas prĆ”cticas se reflejan en la cultura y el sentir colectivo.

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El impacto cultural no es accesorio, es central


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La respuesta musical, la protesta masiva, la indignación pĆŗblica, y el repudio transversal —desde comunidades artĆ­sticas, religiosas, acadĆ©micas y populares— hasta el ciudadano comĆŗn, apuntan a algo mĆ”s que una polĆ­tica fallida. Traducen que la sociedadĀ estadounidense estĆ” en un momento de autoevaluación a fondo. El rechazo que ahora se escucha en las calles y en los himnos populares no es simplemente contra una agencia o contra una administración polĆ­tica. Es en contra de la transformación —o percepción de transformación— de algo que muchos consideraban un paĆ­s de oportunidades, libertades y respeto por la vida humana, hacia otra cosa que se siente mĆ”s frĆ­a, mĆ”s punitiva, mĆ”s hostil al ciudadano comĆŗn. Cuando la mĆŗsica y sus mĆŗsicos —como Bad Bunny, Lady Gaga, Ricky Martin, entre otros— se convierten en un himno cultural, asĆ­ como cuando la memoria histórica resuena con los clamores de una nueva generación, estamos ante un comento que va mucho mĆ”s allĆ” de lo polĆ­tico, estamos en medio de una catarsis emocional y cultural. Eso fue precisamente lo que se vivió durante el Super Bowl. MĆ”s allĆ” del deporte, el mayor escenario mediĆ”tico del paĆ­s se transformó —a travĆ©s de la mĆŗsica, los gestos, los mensajes explĆ­citos e implĆ­citos de artistas que representan a millones— en un espejo del malestar social acumulado. La cultura popular, que siempre ha sido el termómetro mĆ”s sensible de una nación, habló donde la polĆ­tica ya no logra escuchar. Y cuando eso ocurre en un evento seguido por decenas de millones de personas, no estamos ante una anĆ©cdota artĆ­stica, sino ante una seƱal inequĆ­voca de que algo grande se estĆ” moviendo en la conciencia colectiva estadounidense. Estas heridas no se curan con discursos oficiales ni con declaraciones institucionales. Se sanan es cuando una sociedad descubre —en su mĆŗsica, en sus palabras, en sus protestas— que aĆŗn tiene corazón para sentir, y que este late mĆ”s fuerte que cualquier polĆ­tica oficial. Y es precisamente esa fuerza —esa mĆŗsica, esa indignación, esa bĆŗsqueda colectiva de justicia— lo que nos recuerda que, al final, una nación no es un gobierno, sino la suma de sus historias humanas vividas y compartidas. Y como suele ocurrir, cuando la cultura habla con mĆ”s potencia que el poder, la reacción de la Casa Blanca no fue de escucha, sino de furia… La respuesta airada del presidente sobre lo ocurrido en el Super Bowl evidenció algo mĆ”s que una molestia personal, ya que reveló el choque entre dos formas de entender la realidad. Mientras el evento cultural fue seguido por alrededor de Ā”135 millones de telespectadores!, y multiplicó su impacto en redes sociales hasta alcanzar cientos de millones de visualizaciones y reacciones, el acto paralelo que el propio Trump intentó impulsar —como un contrapeso simbólico— alcanzó apenas 5 millones de espectadores en vivo y pasó prĆ”cticamente desapercibido, con una audiencia mĆ­nima y escasa resonancia digital. En tĆ©rminos de audiencia, este evento no se acercó remotamente a la cifra del Super Bowl. Lo que no es un detalle menor. En la polĆ­tica contemporĆ”nea, la atención es poder, y la cultura —no el discurso oficial— fue la que capturó masivamente la conciencia colectiva. Esa asimetrĆ­a explica, en buena medida, la irritación presidencial, porque no se trató de perder el control del relato por una noche, sino de constatar que en el presente los grandes escenarios emocionales del paĆ­s ya no responden al poder, sino a la sociedad misma.

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Recordando el mayo francƩs


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En el Super Bowl se incluyó un mensaje de unidad y diversidad que resonó con amplias audiencias y se viralizó mucho mĆ”s allĆ” del estadio, convirtiĆ©ndose en tema de conversación global y en un sĆ­mbolo de inclusión cultural. Lo ocurrido en el Super Bowl fue un gesto. Y en la polĆ­tica estas seƱas suelen decir mĆ”s que los discursos. Cuando millones de personas celebran, aplauden y hacen suyo un mensaje cultural que saben incomodarĆ” al poder, estamos frente a algo mĆ”s que entretenimiento, estamos ante una pĆ©rdida del miedo. En las protestas del Mayo FrancĆ©s, una joven colocó una flor en el cañón de un arma. No detuvo al ejĆ©rcito, no cambió un gobierno en ese instante, no firmó ninguna ley. Pero algo se quebró. En ese gesto mĆ­nimo, la autoridad perdió su aura de invencibilidad. El poder armado quedó, por un segundo, desnudo frente a la fragilidad humana que ya no tenĆ­a miedo. Lo que vimos en el Super Bowl pertenece a esa misma genealogĆ­a simbólica. No fue un enfrentamiento frontal. Nadie tomó las calles con consignas directas. Nadie gritó el nombre del adversario. Simplemente, la cultura actuó como si el miedo ya no fuera necesario, y gritó: ā€œLo Ćŗnico mĆ”s poderoso que el odio es el amorā€. Y eso, en polĆ­tica, es decisivo.

Durante años, Donald Trump ha construido su liderazgo sobre un eje psicológico muy claro: el miedo. Miedo al otro, al extranjero, al diferente, miedo al caos, al desorden, a la pérdida de identidad. Ese miedo funcionó. Cohesionó a su base y silenció a muchos. Pero el miedo tiene un problema, dura poco. Lo que vimos en el Super Bowl fue exactamente eso, una cultura que ya no pide permiso. Un escenario seguido por mÔs de cien millones de personas donde los artistas no se escondieron, no suavizaron, no se disculparon. Cantaron, mostraron, representaron. Y la gente respondió con entusiasmo, no con temor. Eso es clave.

Desde la psicologĆ­a polĆ­tica, sabemos que el poder comienza a debilitarse no cuando se le enfrenta frontalmente, sino cuando deja de intimidar. Cuando la burla sustituye al miedo. Cuando la celebración reemplaza al silencio. Cuando la cultura se atreve a decir: ā€œya no nos asustasā€. Por esto, la reacción furiosa de Trump ante el evento no fue casual ni exagerada, fue reveladora. El enojo suele aparecer cuando alguien percibe que estĆ” perdiendo el control del relato. Y aquĆ­, el contraste fue brutal, mientras el Super Bowl capturaba una audiencia masiva y una viralidad que se multiplicaba en cientos de millones, el acto paralelo impulsado desde su entorno quedaba confinado a una audiencia mĆ­nima, casi Ć­ntima. No perdió una discusión polĆ­tica, perdió el escenario emocional del paĆ­s. Y esto, para un liderazgo construido sobre la dominación simbólica, es contundente. No representa que Trump haya dejado de tener poder polĆ­tico ni seguidores fieles. Pero sĆ­ indica algo que ningĆŗn lĆ­der deberĆ­a ignorar: cuando la cultura se emancipa del miedo, el poder comienza a quedarse solo con la fuerza, y la fuerza sin legitimidad siempre es frĆ”gil. Por eso, mĆ”s que un desafĆ­o directo, lo que comenzó en Minneapolis, y sigue en distintos escenarios, son actos de desobediencia serena. Lo mĆ”s curioso es que nadie grita consignas contra Trump. Simplemente no se nombra. Solamente, se le dejó fuera del centro. No hay seƱalamiento severo sino irrelevancia simbólica. Si esto se consolida —si la cultura, los jóvenes, los trabajadores, los inmigrantes, los artistas y buena parte de los ciudadanos comunes siguen perdiendo el miedo— entonces sĆ­, Trump no solo enfrenta una oposición electoral. Enfrenta algo mĆ”s complejo, a una sociedad que ya no se define a partir de su figura.

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El mapa donde se decide el poder en las elecciones parciales

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Si observamos los estados clave, el panorama es claro. Michigan, Pensilvania, Wisconsin, Arizona y Nevada muestran hoy una inclinación favorable a los demócratas, especialmente en zonas suburbanas y urbanas educadas. AllĆ­, confluyen tres factores, el rechazo al ruido polĆ­tico, la preocupación económica cotidiana, y una mayor participación femenina. En contraste, estados como Texas o Tennessee siguen siendo bastiones republicanos. Sin embargo —y esto es determinante— incluso en ellos se detecta una erosión lenta pero constante en suburbios de clase media. No es un fenómeno decisivo para 2026, pero sĆ­ una advertencia estratĆ©gica de largo plazo. El verdadero campo de batalla estĆ” en algunos estados: Ohio, Carolina del Norte, Georgia, Montana y, nuevamente, Pensilvania en el Senado. En estos territorios, la ideologĆ­a pesa menos que la psicologĆ­a del candidato. Gana quien transmite serenidad, competencia y sentido comĆŗn. Pierde quien parece prisionero del conflicto permanente. En estos casos no triunfa el partido mĆ”s ruidoso, sino el candidato mĆ”s confiable.

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QuƩ puede hacer el Partido Republicano y el gobierno de Trump


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Si el Partido Republicano y la actual administración continúan exactamente por la misma ruta, todo indica que perderÔn la CÔmara de Representantes. No por un rechazo masivo, sino por el desgaste acumulado. Sin embargo, aún existe margen de maniobra.

El primer paso sería despresidencializar la elección. Menos centralidad de Trump en distritos competitivos, y mayor protagonismo de candidatos locales con agenda propia. El votante independiente no quiere votar un plebiscito permanente sobre una sola figura. El segundo paso es volver a la economía cotidiana: inflación, vivienda, costo de vida, empleo real. Menos épica cultural, mÔs soluciones prÔcticas. El tercero es reducir la sensación de conflicto institucional constante. En política, la percepción importa tanto como la realidad. El votante moderado castiga el caos, incluso cuando simpatiza parcialmente con el fondo del mensaje. Y, finalmente, algo ineludible como es reconectar con el voto femenino, no desde la confrontación ideológica, sino desde la seguridad, la salud y la estabilidad familiar.

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Qué deben hacer los demócratas para no desperdiciar la ventaja

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La oposición, representada por el Partido Demócrata, tiene hoy una ventaja real, pero frĆ”gil. No estĆ” ganando por entusiasmo, sino por contraste. Puede recibir apoyo de los decepcionados de Trump y de quienes se sienten traicionados por Ć©l. Pero esto puede evaporarse rĆ”pidamente. Debe lograr ser un polo magnĆ©tico que atraiga por sĆ­ mismo el respaldo de la mayorĆ­a como se logró recientemente con Mikie Sherrill que ganó la elección para gobernadora de Nueva Jersey, Abigail Spanberger obtuvo una victoria importante en Virginia, donde la gobernación pasó de manos republicanas a demócratas con un amplio margen de votos. Zohran Mamdani ganó la alcaldĆ­a de Nueva York, un sĆ­mbolo del cambio generacional y demogrĆ”fico en la polĆ­tica urbana estadounidense y en Miami-Dade la demócrata Eileen Higgins ganó la alcaldĆ­a de la ciudad de Miami, marcando un giro polĆ­tico significativo en Florida, una región que muchos consideraban definitivamente perdida para los demócratas.Ā En las elecciones de 2025, los demócratas lograron ganar escaƱos en las legislaturas estatales, incluyendo 18 escaƱos obtenidos en asambleas estatales frente a los republicanos, sin perder ninguno de los suyos, en las cĆ”maras legislativas que estuvieron en disputa. Ā AdemĆ”s, los demócratas consolidaron supermayorĆ­as en cuerpos como la Asamblea General de Nueva Jersey y rompieron supermayorĆ­as republicanas en estados como Mississippi e Iowa. El mayor riesgo del partido Demócrata es el exceso de confianza, el lenguaje elitista y la desconexión con sectores rurales y las clases trabajadoras conservadoras. Si nacionalizan demasiado la elección y convierten todo en un referĆ©ndum sobre Trump, corren el riesgo de movilizar mĆ”s a la base republicana que a la propia. La clave para consolidar la victoria estĆ” en candidatos moderados, mensajes locales y una obsesión sana por la participación electoral. Si el turnout —el nĆŗmero de personas que acuden realmente a votar— baja, especialmente entre jóvenes y minorĆ­as, la ventaja desaparecerĆ”.


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Escenarios probables

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Al dĆ­a de hoy, y proyectando los datos disponibles, el escenario mĆ”s probable es que los demócratas recuperen la CĆ”mara de Representantes y que el Senado quede en un equilibrio extremadamente estrecho, quizĆ” 50–50 o 51–49. No serĆ­a un mandato contundente, sino un reflejo de una nación dividida que busca, al menos, bajar el volumen. Existe un escenario alternativo en el que los republicanos limiten las pĆ©rdidas y conserven una de las cĆ”maras por mĆ”rgenes mĆ­nimos. Y, serĆ” un escenario disruptivo —crisis económica, internacional o institucional— que podrĆ­a reconfigurar todo el tablero.

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Una elección emocional, no ideológica

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Estas elecciones no se decidirĆ”n entre derecha e izquierda. Se decidirĆ”n entre fatiga y calma. Entre ruido y gobernabilidad. Entre la prolongación del conflicto o la posibilidad de un respiro. Quien entienda eso —y actĆŗe en consecuencia— tendrĆ” la ventaja. Porque, al final, la polĆ­tica no solo se gana con ideas. Se gana entendiendo cómo se siente una sociedad cuando entra al cuarto oscuro. Y hoy, Estados Unidos estĆ” cansado, no enfurecido, pero con la intuición silenciosa de que la era Trump ya no marca el paso del paĆ­s, sino que resuena detrĆ”s, como un eco que se desvanece mientras la historia comienza a cambiar de ritmo, a buscar otro destino, mientras el presidente camina con el sol a sus espaldas.

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Al final…

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… Toda Ć©poca de fatiga contiene, casi sin notarlo, la semilla de su propio relevo. Estados Unidos no es la excepción. Cuando el ruido empieza a cansar mĆ”s que a convencer, cuando el conflicto deja de movilizar y se comienza a agotar, algo se reordena lentamente bajo la superficie. No hace titulares. No grita. Pero avanza. Incluso en los viejos partidos. Al terminar este ciclo polĆ­tico del siglo pasado —marcado por la tensión, el sobresalto y la confrontación permanente— empezarĆ” a asomar con mayor claridad una nueva generación de dirigentes. No nacen del espectĆ”culo ni del miedo, sino del hartazgo. Son mujeres y hombres formados en este siglo en un mundo interdependiente, conscientes de que la fuerza sin legitimidad no construye futuro, y de que gobernar no es imponer, sino cuidar. No prometen grandezas abstractas ni enemigos permanentes. PrometerĆ”n algo mĆ”s difĆ­cil y mĆ”s valioso, la normalidad democrĆ”tica, la cooperación internacional, el respeto por la diversidad, y una polĆ­tica exterior que entienda que la paz no es debilidad, sino inteligencia estratĆ©gica. Una AmĆ©rica que vuelva a liderar no por intimidación, sino por modelo. No por volumen, sino por coherencia. Esta nueva generación no niega los conflictos del mundo, pero se niega a vivir de ellos. Comprende que el siglo XXI no se gana con espavientos, sino con acuerdos. No con muros simbólicos, sino con puentes reales. No con el miedo como mĆ©todo, sino con la confianza como proyecto. Estados Unidos ha atravesado otras noches largas. Siempre lo ha hecho. Y cada vez, cuando parecĆ­a extraviado en su propio ruido, encontró una forma de reencontrarse consigo mismo. Hoy, mientras una sociedad obstinada entra al cuarto oscuro buscando calma y respiro, algo empieza a insinuarse con claridad: el futuro no serĆ” una repetición del grito, sino un aprendizaje del silencio. QuizĆ” no sea inmediato. QuizĆ” no sea perfecto. Pero serĆ” distinto. Y en ese cambio —mĆ”s humano, mĆ”s sereno, mĆ”s consciente de su responsabilidad global— Estados Unidos puede volver a ser, no el paĆ­s que asusta, sino el paĆ­s que inspira. No solo para sĆ­ mismo, sino para un mundo que tambiĆ©n necesita, urgentemente, volver a creer en la paz como destino posible… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, escrĆ­benos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompaƱe a todos.

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Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de El Nacional. Gracias. © Fotos e ImÔgenes Gessen&Gessen

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