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¿Qué te pasa por dentro cuando te faltan el amor o los amigos?

¿Existir sin pareja o amigos?... Tal vez sobrevivir… pero sin vínculos afectivos no florecen los sentimientos y el cerebro pierde la emoción… Sin el apego y las querencias, la vida funciona, pero pierde el sentido y se limitan los alcances que nos hacen diferentes de los animales...



¿Qué te pasa por dentro cuando te faltan el amor o los amigos?

 

La presencia del vínculo humano es vital. Cuando una persona no tiene pareja, no tiene familia cercana —padres, hijos, nietos, hermanos, abuelos— o ha perdido su red de amistades por un cambio de país, de ciudad o de vida, no solo se transforma su agenda cotidiana sino que se renueva su paisaje exterior e interior. Y esa modificación del entorno real —y del emocional— aunque en el tiempo se normalice, deja huellas en la mente y en el cuerpo. Hemos visto esta escena repetirse en distintas edades, culturas y contextos. Se trata de personas funcionales, exitosas un sinnúmero de veces, que viven una vida ordenada, pero emocionalmente deshabitada. Los seres humanos estamos genéticamente diseñados para el vínculo, para vivir en clan, en familia, en sociedad y conlleva, además de la supervivencia y la convivencia, el amor y la amistad. La psicología evolutiva y la neurociencia afectiva nos muestran algo esencial, que el ser humano no fue diseñado para existir sin lazos con los demás. El cerebro humano se desarrolla y se regula en relación con el entorno, con la comunidad. El apego no es una conducta aprendida ni una debilidad, es un sistema de regulación primaria del sistema nervioso.  La regulación emocional, la seguridad interna y la capacidad de relacionarse en la adultez dependen de la calidad del apego temprano. Antes de que existiera el lenguaje, antes de que estuvieran las normas, reglas y la moral tribal, y aun antes —incluso de que existiera la pregunta por el sentido de la vida— existía el grupo, la tribu. El ser humano no nació como individuo, nació como “nosotros”, como humanidad y la palabra apareció precisamente para comunicarse entre todos. El cerebro derecho (emocional y relacional) se moldea en interacción con otros. La regulación emocional no es intrapsíquica, sino interpersonal. El amor y la amistad es un proceso neurobiológico, no solo psicológico (Schore, A. N., 2001). Todos los sabemos, nos sentimos muy bien con papá, mamá, nuestros seres queridos, nuestra pareja, nuestros amigos. Siempre nos hacen falta.

 

Comentario de Mercedes H., 50 años, escritora: “Cuando era recién nacida, estuve muy grave, y los médicos no estaban optimistas, y mi abuelo de dijo a mi mamá: ‘abrázala para que se quede con nosotros’… y afortunadamente así fue. Cuando mi abuela me contó esto, siendo adolescente, comprendí la importancia del afecto: ¡Es vida!”

 

El gregarismo humano: una necesidad anterior a la conciencia

 

Desde la prehistoria, el ser humano fue un ser gregario por supervivencia, no por elección emocional. Las primeros grupos humanos —pequeños clanes nómadas de cazadores-recolectores— entendieron rápidamente que vivir solo equivalía a morir temprano. La cooperación fue clave para la supervivencia humana al comienzo. Los individuos aislados tenían menores probabilidades de supervivencia y reproducción. Las primigenias normas sociales y la vida en grupo surgieron como adaptaciones evolutivas. La caza en grupo, la defensa frente a depredadores, el cuidado de animales ya domésticos, y la transmisión de conocimientos, solo eran posibles en comunidad. La antropología evolutiva demuestra que el cerebro humano creció en interacción, no en aislamiento. El aumento del volumen cerebral en el Homo sapiens se correlaciona con el aumento de la complejidad social, no solo con el uso de herramientas. Existe una relación directa entre el tamaño del neocórtex y el tamaño del grupo social estable que una especie puede sostener. Vivir en compañía no fue un lujo emocional, fue una estrategia biológica. Nuestros cerebros evolucionaron para manejar relaciones, no para resolver ecuaciones abstractas.” (Dunbar, R., 1998) La exclusión del grupo equivalía a una sentencia de muerte. Por eso, hasta hoy, el rechazo social activa en el cerebro las mismas áreas que el dolor físico. No es metáfora, es neurobiología.

 

Comentario de Enrique R., 27 años, influencer: “No sé si esto tiene nombre, pero a veces siento que estoy conectado a todo y, al mismo tiempo, a nada. Hablo con gente todos los días, tengo chats, redes, planes… pero cuando algo me duele de verdad, no siempre sé a quién llamar. No es que esté solo, es más bien que me siento poco visto. Como si hubiera mucha gente alrededor, pero pocas que realmente me conozcan. Supongo que uno se acostumbra, pero hay días en los que pesa.”

 

La ausencia


 

Cuando no están presentes el afecto y el cariño del ser amado, o de la familia, o la simpatía, el aprecio y camaradería de amigos y amigas, el cerebro entra en un estado de hipervigilancia emocional y de anorexia afectiva. La soledad es una experiencia neuropsicológica silenciosa pero desorganizadora. En algunos casos, predomina una sensación subjetiva de vacío y desvinculación. Cuando no hay pareja, familia ni amistades cercanas, el sistema emocional entra en un estado particular. No siempre aparece la tristeza evidente, pero sí una sensación persistente de desconexión. A nivel psicológico, suelen surgir sentimientos de aislamiento, desmotivación, pérdida de sentido de la vida, y una tendencia a la rumiación con pensamientos repetitivos. A nivel físico, el aislamiento prolongado se asocia con mayor estrés, alteraciones del sueño, debilitamiento del sistema inmunológico y un mayor riesgo de ansiedad y depresión. La ausencia de amor no siempre grita, pero se siente, y la carencia de amigos, susurra: estás sola o solo…

 

No todo amor cumple la misma función

 

Amor de pareja: El amor de pareja es un vínculo electivo, íntimo y simétrico, y cumple funciones clave como la regulación emocional mutua, la construcción de un proyecto vital, la sexualidad como lenguaje afectivo y que cada uno tenga un espejo psicológico en el otro para compartir. Es el amor clave que se corona con la procreación y el surgimiento de una nueva familia. Neurobiológicamente involucra oxitocina, dopamina y vasopresina, creando apego, motivación y placer acompañado. Su ausencia no invalida a una persona, pero otorga una de las experiencias más complejas de la existencia, de la intimidad, la seguridad, la certidumbre y la confianza humana.

 

Comentario de Celene P., 35 años, maestra: “Yo creo que el amor de pareja es ese lugar donde una puede descansar emocionalmente. No es solo estar con alguien, es sentir que hay algo que nos sostiene. He aprendido que una relación sana no te completa, pero sí te acompaña a crecer, te regula cuando el día fue duro y te devuelve calma. Cuando hay amor de verdad, una se siente mirada, segura, y con ganas de construir algo a futuro. Y cuando no está, no es que una esté incompleta, pero sí se pierde una forma muy especial de intimidad y confianza que solo se da con el amor.”

 

Amor parental (padres hacia hijos): Es un amor asimétrico y protector. Su función es garantizar la supervivencia, ofrecer seguridad emocional, transmitir identidad y los valores y la cultura del “clan familiar”. Con el nacimiento de cada hijo, los padres experimentan una irrupción emocional total, una mezcla de ternura especial y de amor incondicional, una responsabilidad trascendente, y se asume una conciencia de la continuidad que redefine para siempre el sentido de la propia vida de los padres. La carencia de este amor en etapas tempranas en ocasiones deja una marca en la autoestima y en la capacidad de confiar de los hijos. El cuidado parental activa circuitos neurobiológicos específicos relacionados con la protección, la empatía y la regulación emocional.

 

Amor filial (hijos hacia padres): Este amor es progresivo, como el tiempo mismo. Comienza siendo dependencia y cuidado recibido, y pronto se transforma en admiración silenciosa y amor, y con los años madura en gratitud, reconocimiento y presencia. En la adultez, amar a los padres implica aprender a mirarlos con una ternura nueva y acompañarlos en su fragilidad. Es uno de los vínculos más complejos de la conciencia humana, porque —de algún modo— los padres son los primeros dioses de sus hijos ya que en ellos está el origen, la protección y la creación. Este amor nos enfrenta y nos prepara para el paso de los años, para la memoria de lo vivido y para la certeza de la mortalidad. A lo largo del desarrollo psicosocial, el vínculo filial evoluciona y, llegado el momento, se redefine como cuidado consciente, responsabilidad amorosa y reciprocidad profunda, una forma de amor que no pide, que devuelve.


 

Amor fraterno (hermanos): Es el primer laboratorio social y también una de las primeras querencias de la vida. La relación fraternal constituye el primer contexto social horizontal, donde los niños aprenden por igual rivalidad, negociación, cooperación, empatía y resolución de conflictos. A los hermanos se les ama porque comparten origen, memoria y tiempo, y fueron testigos mutuos de la infancia, del crecimiento y de las primeras pérdidas y alegrías. Ese amor se construye entre juegos y disputas, entre celos y lealtades, y suele dejar una huella profunda en la manera en que cada persona aprende a vincularse, confiar y posicionarse frente a sus iguales. Las interacciones fraternas tempranas moldean la forma en que los individuos se relacionan con sus pares y con el mundo social en general.

 

Comentario de Manuel I., 52 años, analista de datos: “Creamos un chat de hermanos y desde que lo tenemos disfrutamos, compartimos y rememoramos nuestra vida, lo que nos hace muy felices, y valorar de dónde venimos. También a plantearnos los problemas que atravesamos y a apoyarnos mutuamente”

 

Amor familiar ampliado: Incluye a abuelos, tíos, primos y a todos aquellos que extienden el círculo del origen, la memoria cultural familiar y los afectos. Este amor ofrece continuidad histórica, sentido de pertenencia y una narrativa compartida que le dice a cada persona de dónde viene y a qué historia pertenece. En estos vínculos se transmiten relatos, gestos, valores y tradiciones que anclan la identidad y la sostienen en el tiempo. Cuando esta red está presente, el individuo se sabe parte de algo mayor, cuando está ausente, en algunos casos, la identidad puede volverse más frágil, desarraigada y solitaria, como si faltaran raíces que sostengan su árbol de la vida.

 

La amistad: la querencia elegida libremente

 

La amistad es una forma de amor sin obligación biológica ni legal. Precisamente por eso, es psicológicamente poderosa. Existen distintos tipos de amistades a lo largo de la vida, las de la infancia, basadas en juego y descubrimiento, las de la adolescencia, una especie de espejo identitario. Las amistades de la adultez que representan la afinidad, los valores, y una elección consciente. También están presentes los amigos circunstanciales, los compañeros de trabajo, de migración, y de etapas vitales. Y las amistades duraderas que son pocas, y coadyuban en parte del sostén emocional. Esta última es la amistad que consideramos “de siempre”, el mejor amigo o la mejor amiga de por vida. Solo en esta última convergen el bienestar y la alegría a largo plazo, además de su influencia en nuestras vidas.

 

Comentario de Adolfo C., 22 años, estudiante universitario: “Creo que la amistad es lo primero que uno elige de verdad en la vida. No viene dada, se construye. En la universidad me he dado cuenta de que no todos los amigos cumplen el mismo rol, algunos están para compartir momentos, otros para acompañarte en una etapa, y muy pocos para quedarse. Esos pocos son los que te auxilian cuando estás confundido, cuando dudas de ti mismo o del futuro. Estudiar psicología me ha hecho entender que no se trata de tener muchos amigos, sino de tener nexos verdaderos, donde puedas ser quién eres sin fingir. Es ahí donde la amistad se vuelve una forma muy profunda de amor.”

 

¿Se puede vivir sin amor y sin amistad?


 

La respuesta a pesar de todo es que se puede sobrevivir, pero no se puede florecer. Vivir sin amor y sin amistad va apagando lentamente la vitalidad emocional. La persona puede funcionar, sí, trabajar, producir, incluso sonreír, pero algo esencial queda en pausa. Si nos falta el amor de pareja, nos faltarán momentos de intimidad, confianza, y un proyecto compartido. Sin el amor familia dejamos de pertenecer al “clan originario” y sus aportes. Sin amigos tal vez nos sintamos solos. Y cuando todo el amor y la amistad faltan al mismo tiempo, ¿la identidad dónde queda? El “¿para quién?” y el “¿con quién?” comienzan a desaparecer, y con ellos, parte del sentido de vivir. Comparativamente, cuando una persona cuenta con vínculos afectivos —aunque no sean perfectos— su estructura psicológica es más estable. El estrés se amortigua mejor, las pérdidas se elaboran con más recursos y la alegría se multiplica cuando es compartida. Aunque a veces lo provocan, las relaciones no eliminan el dolor de la vida, pero lo hacen transitable. No garantizan felicidad permanente, pero sí resiliencia emocional. Las personas con redes afectivas sólidas suelen recuperarse más rápido de las crisis, toman mejores decisiones, y mantienen una percepción más esperanzadora del futuro. El amor no evita las caídas, más bien ofrece manos para levantarse.

 

Comentario de Carla Z., 44 años, empresaria: “Yo creo que uno puede seguir viviendo sin amor o sin amigos, pero no es lo mismo… He visto personas —y a veces me he visto a mí misma— cumplir con todo, trabajar, criar, enseñar, seguir adelante… y aun así sentir que algo falta. Cuando no hay con quién compartir lo que te pasa, lo bueno y lo malo, la vida pierde intensidad. El amor y la amistad no te quitan los problemas, pero te dan fuerzas para enfrentarlos. Sin vínculos uno funciona, pero con ellos uno resiste mejor. Y eso, con los años, se vuelve cada vez más evidente.”

 

¿Y los jóvenes? ¿Soledad en la era hiperconectada?

 

Paradójicamente, muchos jóvenes hoy están más solos que nunca. Increíblemente, a partir de la expansión masiva de smartphones y redes sociales aumentó la soledad percibida en adolescentes y jóvenes. Las tendencias en el bienestar de los jóvenes indican descensos y disminuyeron los vínculos personales, cara a cara. Asimismo, creció la sensación de estar “conectado, pero no acompañado”. Rodeados de pantallas, seguidores y mensajes instantáneos, pero carentes de vínculos profundos y sostenidos. En consulta, escuchamos frases como: “Tengo gente alrededor, pero no me siento acompañado” o, “No sé a quién llamar cuando algo me duele de verdad.” La ausencia de vínculos reales en edades tempranas afecta la construcción de la identidad propia, la autoestima y la capacidad de intimar. La soledad no elegida en los jóvenes puede traducirse en ansiedad social, miedo al compromiso, relaciones superficiales, o dependencia emocional digital. El problema no es estar solo. El asunto es sentirse invisible

 

¿Cómo vivir en soledad y ser feliz?

 

Es crucial hacer una distinción, soledad no es lo mismo que aislamiento emocional. La soledad sana implica autoconocimiento, autoapego seguro y la apertura al vínculo futuro. Si se elige, puede ser fértil, creativa y sanadora. Es el espacio donde una persona se conoce, se fortalece y se reconcilia consigo misma. Aprender a estar solo es un acto de madurez psicológica. Además de que la meditación y el pensamiento profundo. Pero la soledad sana no excluye el amor, lo prepara. Vivir en soledad y ser feliz implica tener una relación compasiva con uno mismo. Construir sentido más allá del reconocimiento externo. Mantener al menos algunos vínculos significativos, aunque no sean numerosos, y estar abierto al encuentro con otros, sin desesperación ni cierre defensivo. Nadie necesita multitudes. Pero todos requerimos, de alguna manera, al menos a alguien.

 

El amor y la amistad como arquitectura de la vida

 

El ser humano puede vivir sin muchas cosas. Pero sin vínculos significativos, no parece ser la mejor opción, aunque algunos lo decidan vivir así. El amor no es romanticismo ingenuo. Es creación de vida, regulación emocional, sentido, salud mental y futuro. No importa la edad, el pasado ni las pérdidas, mientras esté presente la capacidad de vínculo, está presente la posibilidad de reconstrucción. Porque el ser humano, desde la cueva prehistórica hasta la ciudad moderna, sigue siendo lo mismo en esencia, un ser que sobrevive en grupo, que sana con las relaciones humanas y que encuentra sentido cuando ama y es amado, o comparte amistad con alguien. Y mientras eso sea posible —aunque sea con una sola persona, un solo amigo, o incluso aprendiendo primero a amarse a sí mismo— la vida seguirá teniendo sentido.

 

Comentario de Santiago D., 48 años, abogado: “Las redes me han ayudado a reconectarme con algunos amigos de antaño, a pesar de las distancias, lo cual ha sido gratificante. Pero con el tiempo también entendí que no se trata solo de reencontrarse, sino de volver a sentirse parte de algo. En los momentos difíciles de la vida —pérdidas, cambios, o situaciones— son esas relaciones las que te ayudan, las que te recuerdan tantas cosas, las buenas y las no tanto. Uno puede seguir adelante solo, claro, pero acompañado se vive distinto. El amor y la amistad no son adornos emocionales, son más bien una configuración que te hace sentir mejor y ver cómo se cristaliza un apoyo real, aunque sean una palabras o un mensajito verbal. Cuando aparece un videíto de alguno de ellos, incluso el dolor se vuelve más llevadero, cuando faltan, todo pesa más. Creo que siempre lo que nos salva no es lo que acumulamos, sino con quién lo compartimos.”


 

Al final…

 

Celebra a la pareja que te acompaña, a la familia que te sustenta, a los amigos que caminan a tu lado y también a aquellos que, aunque ya no estén cerca, dejaron una huella en ti. Celebra los encuentros pequeños, las conversaciones que sanan, las risas simultáneas y los silencios comprendidos. Porque el amor no es solo un refugio, es movimiento, es alegría que se expande cuando se comparte. La amistad no es solo compañía, es elección, lealtad y luz en los días nublados. Y juntos, amor y amistad, hacen que la vida se viva con plenitud. Abraza, agradece, di lo que sientes. Permítete querer y ser querido. Allí donde dos personas se encuentran con honestidad, siempre nace algo nuevo, sentido, esperanza, futuro. Y que nunca se nos olvide —ni siquiera en los días difíciles— que mientras exista un abrazo posible, una palabra sincera o un amigo al otro lado, la vida siempre tendrá motivos para alcanzar mayor felicidad. No hay una sola forma de amar ni un único modelo de familia o amistad. Pero hay una verdad que involucra edades y culturas. El amor —en cualquiera de sus formas— es un nutriente psicológico esencial. Si hoy alguien vive sin pareja, sin familia cercana o sin amigos, eso no define su destino. Define su punto de partida. El vínculo puede reconstruirse, reinventarse, aparecer en momentos inesperados y bajo formas nuevas.

Mientras haya capacidad de sentir, de cuidar y de dejarse cuidar, el amor sigue siendo posible. Y aunque a veces la vida nos obligue a caminar solos por un tiempo, nunca estamos condenados a vivir sin conexión. Porque el ser humano, incluso en la soledad más honda, sigue siendo —por naturaleza— un ser capaz de amar. Y donde hay amor posible, siempre hay futuro. Y entonces dale gracias a la vida por haberte dado a quienes te aman, y a quienes has elegido amar… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, escríbenos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.

 





 

 

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