top of page

¿Viviremos más de un siglo?

La ciencia ya no solo busca curar padecimientos y sanar al enfermo, intenta posponer el envejecimiento y mantenerlo con una vida saludable… Telómeros, genética e inteligencia artificial abren una pregunta histórica: ¿hasta qué edad podrá extenderse la existencia humana?



En el presente

 

La expectativa de vida mundial ronda hoy entre los 73 y 74 años. Y en algunos países como Japón, Suiza, Singapur, España e Italia, supera ya los 83 años. Pero ahora ya no importa únicamente cuánto vivimos… sino cómo vivimos esos años. Por eso la ciencia contemporánea habla cada vez más de una longevidad saludable con calidad cognitiva, salud emocional, prevención neurodegenerativa y extensión de la funcionalidad humana. Lo verdaderamente impresionante es que, durante casi toda la historia de la civilización, vivir muchos años era algo excepcional. Sin embargo, en apenas 150 años —o incluso menos— la humanidad prácticamente duplicó su expectativa de vida. Esto representa uno de los cambios biológicos, sociales y culturales más extraordinarios de toda la historia humana. Y junto con ello surgió algo asombroso… Nuestros cuerpos y cerebros evolucionaron durante cientos de miles de años. Ahora la medicina, la tecnología, la nutrición y la ciencia están creando una humanidad que vive muchísimo más tiempo del que originalmente parecía esperar la biología evolutiva. Y eso probablemente transformará la psicología, las relaciones humanas, el trabajo, las familias, la economía, la política… e incluso, nuestra propia percepción del sentido de la existencia. Ahora, el ser humano comienza a preguntarse no solamente cómo evitar la muerte prematura… sino cuánto puede realmente extender la vida sin perder aquello que lo hace humano.

 

5000 años atrás

 

La expectativa de vida humana ha cambiado de manera extraordinaria a lo largo de la historia. Pero existe algo muy importante que suele confundirse cuando se habla de la antigüedad, porque las cifras promedio de vida eran extremadamente bajas debido a la enorme mortalidad infantil. Millones de niños morían antes de los cinco años debido a infecciones, hambre, desnutrición, falta de higiene, partos complicados y enfermedades que hoy resultan fácilmente tratables. Eso reducía dramáticamente el promedio general de supervivencia humana. Sin embargo, quien lograba superar la infancia muchas veces podía alcanzar edades relativamente avanzadas incluso en épocas antiguas. En las primeras grandes civilizaciones agrícolas del antiguo Egipto, en la civilización mesopotámica, el Valle del Indo o la antigua China, la expectativa promedio al nacer probablemente rondaba entre los 20 y 30 años. Pero esas cifras estaban claramente condicionadas por la mortalidad infantil, la desnutrición, las guerras y las complicaciones en la infancia. Aun así, si una persona sobrevivía la niñez y la adolescencia, podía alcanzar los 50 o 60 años de manera relativamente frecuente, y también algunos superaban esas edades. De hecho, numerosos registros históricos muestran sacerdotes, gobernantes, filósofos, comerciantes y ancianos respetados que alcanzaban edades avanzadas dentro de distintas culturas antiguas. En Roma, figuras como Cicero (106–43 a.C.) y Plinio el Viejo (23–79 d.C.) vivieron más de 80 años, y en Grecia, Sócrates (469–399 a.C.) y Platón (427–347 a.C.) alcanzaron la madurez avanzada. Y quizá allí aparece algo revelador sobre la historia humana como es que durante milenios, vivir mucho tiempo no era la norma… sino casi una excepción biológica reservada a quienes lograban sobrevivir los enormes riesgos de la existencia cotidiana.

 

Hace 200 años (alrededor de 1825)


 

Durante los comienzos de la Revolución Industrial, la expectativa de vida global apenas rondaba entre los 30 y 40 años. Las principales causas de muerte continuaban siendo enfermedades infecciosas como la tuberculosis, la neumonía y las diarreas severas, además de epidemias recurrentes, desnutrición, condiciones laborales en extremo duras y complicaciones en la gestación y el alumbramiento. La medicina todavía era muy limitada, no existían antibióticos, vacunas masivas, anestesia segura ni sistemas sanitarios avanzados capaces de controlar grandes brotes de algún padecimiento. Las ciudades industriales crecían rápidamente, pero muchas veces sin higiene adecuada, agua potable ni alcantarillado eficiente. El humo, el hacinamiento y la pobreza urbana también comenzaron a afectar la salud. Sin embargo, nuevamente aparece un dato que se repite, si una persona lograba superar las causas de los fallecimientos, podía alcanzar los 60 o tal vez 70 años. La diferencia es que llegar a esa edad seguía siendo mucho menos frecuente que en la actualidad. Y quizá lo más impactante es comprender que hace apenas dos siglos la humanidad todavía convivía diariamente con la muerte temprana como una experiencia habitual. Perder hijos, hermanos o padres jóvenes formaba parte de la normalidad emocional de millones de personas. La idea contemporánea de longevidad, relativamente saludable y protegida por la medicina… simplemente aún no existía...

 

Veamos cómo era alrededor de 1925…

 

A inicio del siglo pasado comienza verdaderamente el gran salto de la supervivencia humana. En muchos países industrializados, la expectativa de vida ya rondaba entre los 50 y 60 años, superando ampliamente las cifras que habían acompañado a la humanidad durante siglos. El aumento de las personas mayores no ocurrió por una sola causa, sino por la convergencia de múltiples avances científicos, médicos y sociales, así como el acceso al agua potable, las mejoras en la higiene urbana, sistemas de alcantarillado, vacunación masiva, mejor nutrición, el desarrollo de las ciencias médicas, la cirugía sistemática y un control mucho más eficiente de las epidemias e infecciones. Posteriormente, la aparición de los antibióticos —especialmente la penicilina— revolucionó completamente la supervivencia humana. Enfermedades que durante miles de años habían sido potencialmente mortales comenzaron a volverse tratables. Así la humanidad redujo de manera significativa la mortalidad. Y junto con ese cambio apareció una transformación psicológica y social determinante, el ser humano comenzó lentamente a imaginar el futuro de otra manera. Tener más años de vida modificó a las familias, la educación, el trabajo, la economía y hasta la forma de pensar el tiempo. La vejez dejó de ser una rareza excepcional y comenzó a convertirse, progresivamente, en una etapa cada vez más común de la existencia humana.


 

Podremos impedir o retrasar el envejecimiento

 

A la par de la llegada de los antibióticos, las vacunas, la cirugía, la genética y la biotecnología, la expectativa de vida humana comenzó a expandirse de manera extraordinaria. Lo que durante siglos parecía imposible empezó lentamente a convertirse en algo cotidiano. Enfermedades antes mortales como el cáncer comenzaron a controlarse, millones de personas sobrevivieron más tiempo y la humanidad entró, casi sin darse cuenta, en una nueva etapa de su historia biológica. Pero en este momento la cuestión ya no es únicamente cuánto podemos vivir. La pregunta cambió. Mutó. La ciencia y la humanidad se plantean si el envejecimiento mismo podría ser intervenido, ralentizado… o parcialmente revertido. Y aunque esto todavía pueda sonar a una novela futurista, lo cierto es que actualmente existen laboratorios, universidades y compañías biotecnológicas investigando seriamente cómo prolongar durante más tiempo la vida humana saludable. No se trata —al menos por ahora— de alcanzar una inmortalidad absoluta, sino de algo mucho más concreto, realista y científicamente abordable: retrasar el deterioro biológico… Es decir, vivir más años… pero sobre todo vivirlos mejor. Porque prolongar la existencia pierde sentido si el cuerpo, la mente y las emociones dejan de permitirnos disfrutarla plenamente. Por eso, la ciencia contemporánea utiliza incluso un término específico para describir este objetivo: healthspan, o “vida saludable funcional”. No se trata únicamente de sumar años a la vida, sino de agregar vida a esos años. La diferencia es enorme. Porque una cosa es prolongar biológicamente la existencia… y otra muy distinta extender la salud física, la claridad cognitiva, la estabilidad emocional y la autonomía humana. Así se da realmente una nueva revolución, no solamente la de vivir más… sino la de intentar conservar durante más tiempo aquello que nos permite sentirnos verdaderamente vivos.

 

El cuerpo humano: una máquina biológica que se desgasta

 

Durante siglos se creyó que el envejecimiento era simplemente una consecuencia inevitable del paso del tiempo. Pero hoy la biología entiende que este proceso es más que contar años, porque en realidad se trata de la acumulación progresiva de los daños celulares y moleculares que el organismo ya no logra reparar completamente. Las células envejecen. El ADN se deteriora. Las proteínas se deforman. Las mitocondrias pierden eficiencia. Aparece una inflamación crónica silenciosa. Y lentamente el cuerpo comienza a perder la capacidad de regeneración y el equilibrio interno.


 

En el centro de todo esto aparecen los cada vez más mencionados “telómeros”, unas estructuras protectoras ubicadas en los extremos de los cromosomas. Su función es extraordinariamente vital, como es proteger la integridad del ADN durante la división celular. El punto clave es que cada vez que una célula se divide, esos telómeros se acortan un poco. Y cuando esa disminución alcanza un límite crítico, la célula entra en senescencia —una especie de envejecimiento funcional irreversible— o simplemente muere. En pocas palabras, los telómeros funcionan como una especie de reloj biológico celular. Y es precisamente allí donde aflora una de las mayores esperanzas —y también uno de los mayores riesgos de la medicina del antienvejecimiento—  como es la “telomerasa. Se trata de una enzima capaz de reconstruir o alargar parcialmente a los telómeros. Teóricamente, si pudiéramos mantenerlos largos durante más tiempo, las células conservarían durante más años su capacidad de regeneración y funcionamiento. Pero allí emerge el gran problema médico y biológico. Muchas células cancerosas utilizan precisamente la telomerasa para volverse prácticamente “inmortales”. En lugar de detener su crecimiento, continúan dividiéndose de manera descontrolada formando tumores. Se estima que alrededor del 85% al 90% de los cánceres humanos presentan la activación de la telomerasa. O sea: la misma herramienta biológica que podría retrasar el envejecimiento también podría facilitar la proliferación descontrolada del cáncer. Y allí aparece una de las revelaciones más alarmante de toda esta discusión científica como es que la naturaleza parece haber establecido un equilibrio extremadamente delicado entre regeneración y control. Porque el envejecimiento celular no solo limita la vida… también protege al organismo del caos biológico. Una célula que jamás envejece puede terminar convirtiéndose en una amenaza para todo el cuerpo. Y eso abre una reflexión aún más amplia como es que los límites biológicos no surgieron únicamente como una falla evolutiva, sino también como mecanismos de estabilidad para la propia supervivencia de la especie. Porque una humanidad capaz de regenerarse indefinidamente —sin control— no solo enfrentaría riesgos médicos gigantescos, sino también consecuencias sociales, ecológicas, económicas y psicológicas derivadas de una expansión poblacional potencialmente insostenible. Las investigaciones continúan y la ciencia comienza a acercarse a una frontera que durante milenios perteneció únicamente a los mitos…Intervenir directamente el reloj biológico de la vida humana.

 

La nueva medicina del envejecimiento


 

Aun así, la investigación científica avanza aceleradamente. Hoy existen múltiples líneas de estudio serias, verificables y respaldadas por instituciones académicas de alto nivel que buscan intervenir el proceso del envejecimiento sin caer en fantasías pseudo-científicas ni promesas milagrosas. La medicina no se concentra únicamente en curar enfermedades específicas, sino también en comprender los propios mecanismos biológicos del deterioro humano. Entre las principales líneas de investigación destacan las siguientes…

 

Activación parcial o temporal de telomerasa

No de manera permanente —lo cual sería extremadamente peligroso— sino controlada, localizada y temporal. Algunos estudios experimentales en animales han mostrado mejoras en tejidos, recuperación funcional y aumentos moderados de la longevidad sin un incremento inmediato de cáncer. El desafío consiste en encontrar un equilibrio biológico seguro entre regeneración y control celular.

 

Eliminación de células senescentes

Las llamadas senolytics buscan eliminar células envejecidas que ya no funcionan correctamente, pero que permanecen dentro del organismo liberando sustancias inflamatorias que deterioran los tejidos circundantes. Estas células “zombis”, como a veces son llamadas en biología, podrían desempeñar un papel importante en enfermedades asociadas al envejecimiento.

 

Reprogramación epigenética

Es uno de los campos más revolucionarios de la biología contemporánea. Desde investigadores como las de Shinya Yamanaka demostraron que ciertas células adultas pueden ser parcialmente “rejuvenecidas” reprogramando factores epigenéticos específicos. Este descubrimiento abrió una posibilidad extraordinaria. Se trata de que el envejecimiento celular no sea completamente irreversible. La idea resulta impactante. No cambiar el ADN… sino de “reinstruir” parcialmente las instrucciones biológicas que regulan cómo ese ADN se expresa con el paso del tiempo.

 

Medicina regenerativa y células madre

El uso terapéutico de células madre busca reparar tejidos dañados, regenerar órganos y recuperar funciones perdidas por envejecimiento, enfermedad o trauma. Este campo ya muestra aplicaciones reales en áreas como hematología, regeneración tisular y algunas terapias experimentales neurológicas y cardíacas.

 

Terapia génica y modificación metabólica

La edición genética y el estudio de rutas metabólicas asociadas con la longevidad —como mTOR, AMPK y las sirtuinas— buscan ralentizar el deterioro biológico sistémico. Estas investigaciones intentan comprender por qué algunos organismos envejecen más lentamente que otros y cómo ciertos mecanismos celulares podrían proteger mejor al cuerpo humano frente al desgaste del tiempo…

 

Todo esto pertenece ya al terreno de la ciencia real. No de la ficción. Y aunque todavía estamos lejos de una “cura” del envejecimiento, lo verdaderamente extraordinario es que la humanidad comenzó a comprender algo que durante milenios parecía imposible: el envejecimiento podría no ser únicamente un destino inevitable… sino también un proceso biológico parcialmente modificable.

 

Otra pregunta aún más impresionante…


 

¿Basta con mantener vivo el cuerpo?... Porque el ser humano no es únicamente biología. También es memoria. Identidad. Historia emocional. Narrativa interna. Conciencia de sí mismo. Y es precisamente allí donde comienza una frontera completamente distinta, mucho más complicada que la simple prolongación de la vida biológica. La interrogante entonces cambia nuevamente: ¿Podría preservarse la conciencia?... Actualmente, no existe evidencia científica de que la conciencia humana pueda “transferirse” a un androide, una computadora o un cuerpo artificial en caso de que el cuerpo humano ya colapse. Ningún laboratorio del mundo ha logrado copiar una mente humana ni reproducir completamente la experiencia subjetiva de ser una persona. Sin embargo, sí existen investigaciones y avanzadas relacionadas con interfaces cerebro-computadora, mapeo neuronal, prótesis cognitivas, almacenamiento de memoria, inteligencia artificial adaptativa, y simulación parcial de patrones mentales… El problema, sin embargo, es gigantesco. Porque almacenar información no equivale necesariamente a preservar conciencia. Una fotografía de una persona no es la persona. Un archivo de voz no contiene su subjetividad. Un diario puede registrar pensamientos… pero no reproduce la experiencia íntima de quien los vivió. Del mismo modo, un mapa neuronal podría registrar conexiones cerebrales, patrones eléctricos o estructuras de memoria… pero eso no significa necesariamente conservar la experiencia interior de “ser alguien”. Y allí aparece uno de los mayores misterios científicos y filosóficos de toda la historia humana. La neurociencia todavía no puede explicar completamente cómo emerge la conciencia subjetiva a partir de la actividad cerebral. Sabemos muchísimo sobre neuronas, neurotransmisores, redes neuronales y procesamiento cognitivo. Pero seguimos sin comprender a plenitud cómo surge la experiencia interna, el dolor sentido, el recuerdo vivido, la emoción consciente, la percepción del “uno mismo”, hasta el amor. La ciencia puede describir cada vez mejor el funcionamiento del cerebro… pero todavía no logra explicar completamente la aparición de la conciencia. Y quizá allí se encuentra una de las preguntas más trascendente del futuro humano: si algún día pudiéramos copiar toda la información de una mente… ¿seguiría siendo realmente la misma persona? ¿O apenas sería una réplica sofisticada de sus recuerdos y patrones mentales? Porque tal vez la conciencia no sea únicamente información almacenada… sino una experiencia vivida, continuidad subjetiva y presencia interior… más aún, una entidad propia.

 

¿Y si el futuro no es la inmortalidad… sino la continuidad?

 

Quizás el verdadero camino de la humanidad no consista en vivir eternamente, sino en extender profundamente la calidad, la funcionalidad y la continuidad de la existencia humana. Es probable que el futuro no pertenezca a la inmortalidad absoluta… sino a una longevidad expandida y consciente. Es posible imaginar —sin caer en fantasías ni en promesas irreales— un escenario donde las personas alcancen los 110 o 120 años conservando una buena salud física y cognitiva, donde las enfermedades neurodegenerativas disminuyan considerablemente, y que ciertos recuerdos, experiencias y patrones mentales puedan preservarse digitalmente. Asimismo que existan asistentes cognitivos personalizados capaces de interactuar con nosotros basándose en nuestros propios hábitos mentales, emocionales e intelectuales. Y más allá, la integración progresiva entre cerebro e inteligencia artificial podría ayudar a compensar pérdidas funcionales asociadas con el envejecimiento, restaurar capacidades cognitivas, o facilitar nuevas formas de comunicación entre seres humanos y sistemas tecnológicos avanzados… Nada de esto implicaría necesariamente “inmortalidad”. Pero sí representaría una expansión radical de la experiencia humana. Y allí viene una transformación aún aun mayor, como sería que la humanidad comience lentamente a separarse de las limitaciones biológicas que acompañaron a nuestra especie durante cientos de miles de años. La vejez dejaría de ser vista únicamente como deterioro inevitable y comenzaría a convertirse en una etapa mucho más larga, activa y funcional de la vida. Sin embargo, esa continuidad también abriría nuevas preguntas psicológicas, sociales y filosóficas. ¿Qué ocurrirá con nuestra percepción del tiempo si la vida se extiende durante más de un siglo? ¿Cómo cambiarán las relaciones humanas, las familias, el amor, el trabajo y el sentido de propósito? ¿Seguiríamos siendo emocionalmente los mismos seres humanos si logramos extender radicalmente nuestra permanencia en el mundo? Porque quizás el verdadero desafío del futuro no sea solamente vivir más tiempo… sino aprender qué hacer, emocional y existencialmente, con ese tiempo adicional…

 

El dilema psicológico de vivir demasiado


 

Como psicólogos, hay una pregunta inevitable que también debemos hacernos: ¿Qué ocurriría emocionalmente con una humanidad que deja de percibir límites claros sobre su propia existencia? Gran parte de nuestras decisiones más hondas nacen precisamente de la conciencia de finitud. Amamos porque sabemos que el tiempo compartido no es infinito. Creamos antes de desaparecer. Buscamos reconciliarnos antes del final. Intentamos dejar huellas, afectos, ideas y memorias porque intuimos que nuestra permanencia en el mundo es limitada. La creencia en la otra vida ha organizado psicológica, filosófica y espiritualmente la existencia humana durante milenios. El tiempo limitado da urgencia. Da valor. Da intensidad emocional. Pero si esos límites comenzaran a desdibujarse radicalmente, podrían aparecer nuevas formas de crisis existenciales que apenas empezamos a vislumbrar. Porque una vida excesivamente prolongada no garantiza automáticamente integridad emocional. Podrían surgir la apatía prolongada, la pérdida de propósito, agotamiento psicológico acumulativo, dificultad para sostener vínculos durante décadas, sensación de repetición existencial, miedo a una vida demasiado extensa, y además nuevas formas de ansiedad relacionadas con la permanencia, el aburrimiento patológico y las depresiones intensas… A ello se sumarían enormes desafíos sociales y éticos porque probablemente no todas las personas tendrían acceso igualitario a estas tecnologías de longevidad. Y eso podría generar desigualdades humanas sin precedentes entre quienes logren extender significativamente su vida… y quienes no. Pot otro lado, podrían darse nuevas formas de control biopolítico sobre los cuerpos, la salud y la propia duración de la existencia humana. Gobiernos, corporaciones y sistemas tecnológicos tendrían un poder cada vez mayor sobre aspectos que históricamente pertenecieron al ámbito natural de la vida y la vida después. Y allí vamos a una de las reflexiones más importantes de todas: Extender la vida no garantiza necesariamente extender el sentido de vivir. Porque el ser humano no necesita únicamente años adicionales. También requiere propósito, vínculos, emociones, desafíos, significado y esperanza. Tal vez por eso el verdadero desafío del futuro no será solamente biológico… sino profundamente psicológico y existencial.

 

Al final…

 

… quizás la pregunta más profunda no sea si podremos vivir indefinidamente… sino qué significa realmente seguir siendo nosotros mismos a lo largo del tiempo. Porque las personas no temen únicamente el fin de la existencia humana. También teme desaparecer. Perder su memoria, su identidad, su historia, sus afectos, su conciencia de existir. Y quizás por eso, desde las primeras civilizaciones hasta la ciencia contemporánea, la humanidad ha buscado de distintas maneras una forma de permanencia, en los hijos, en las obras, en los recuerdos, en la espiritualidad, en la historia… y ahora también en la tecnología…


 

La ciencia probablemente logrará extender la vida humana mucho más de lo que imaginamos hoy. Reducirá enfermedades. Reparará tejidos. Tal vez desacelere significativamente el envejecimiento y prolongue durante décadas la salud física y cognitiva. Incluso, podría ayudarnos a preservar fragmentos de nuestra memoria, de nuestra voz, de nuestros pensamientos y de ciertos patrones de nuestra mente. Pero seguirá existiendo una pregunta inmensa que ninguna tecnología ha logrado responder todavía: ¿Dónde termina el cuerpo… y dónde comienza verdaderamente esa conciencia de sí mismo que recuerda el pasado, analiza el presente e imagina el futuro? Porque quizás la conciencia humana no sea solamente información biológica organizada, sino también experiencia interior, sensibilidad, emociones, vínculos y percepción subjetiva de la existencia. Y algo muy humano, que lo que viene no consista únicamente en derrotar la vejez… sino en comprender mejor la vida y la felicidad. Porque la verdadera inmortalidad humana nunca estuvo únicamente en la duración del cuerpo… sino también en la conciencia, en la descendencia, en la memoria compartida y en las huellas emocionales e intelectuales que dejamos en otros seres humanos. Y tal vez sea precisamente allí —en aquello que transmitimos, inspiramos y despertamos en otros— donde la humanidad ha encontrado desde siempre su forma más profunda de permanecer en el tiempo… Y aún, nos queda todavía otra posibilidad hasta difícil de demostrar: que la conciencia no desaparezca completamente con el cuerpo, sino que forme parte de algo mayor que la propia biología. Que así como la materia y la energía se transforman en el Universo, también la conciencia pueda permanecer integrada a una dimensión más amplia de existencia. No como una afirmación absoluta ni como una certeza científica definitiva, sino un concepto milenario: una vida después de esta… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…

 



 



 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

21

¡Gracias por suscribirte!

Suscríbete a nuestro boletín gratuito de noticias

Únete a nuestras redes y comparte la información

  • X
  • White Facebook Icon
  • LinkedIn

© 2022 Informe21

bottom of page