Venezuela: Una madrugada que sacude la historia
- Vladimir Gessen
- hace 32 minutos
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La ruptura del orden constitucional y el ataque militar de EEUU en Caracas, La Guaira, e Higuerote, son síntomas de una crisis más profunda
Aproximadamente a las 02:00 horas del sábado 3 de enero, Caracas —con sus silencios políticos, de memorias violentas y de promesas siempre pospuestas— fue sacudida por explosiones, aeronaves y sobresaltos en la oscuridad. Testigos en varios sectores de la capital relataron al menos siete detonaciones que resonaron en la madrugada y se propagaron como un estremecimiento colectivo por toda la ciudad.
Poco después, desde Washington, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció que sus fuerzas habían ejecutado un “ataque a gran escala” contra el territorio venezolano y que el presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, habían sido capturados y trasladados fuera del país. Trump afirmó que ambos serían llevados a Nueva York para enfrentar acusaciones de narcoterrorismo, un proceso judicial iniciado en Estados Unidos años atrás.
En Venezuela, el gobierno chavista —hasta ese momento encabezado por Maduro— rechazó la operación, la calificó de “agresión militar” y declaró estado de conmoción nacional, mientras las fuerzas leales al régimen comenzaban a movilizarse para defender lo que consideran la soberanía del país ante lo que describen como una intervención extranjera imperialista.
Este ataque ha provocado reacciones encontradas en la región: Brasil la calificó como una línea inaceptable cruzada por parte de Estados Unidos, mientras que Colombia movilizó fuerzas en su frontera ante el temor de un flujo masivo de refugiados y una escalada del conflicto.
En Caracas, buena parte de los ciudadanos expresaron desconcierto y miedo ante el estruendo de las explosiones, y la gran mayoría permanecieron en sus casas, mientras que venezolanos en el exterior han manifestado satisfacción públicamente. En Venezuela, algunos se atrevieron salir a las calles con banderas para celebrar, y ya en la mañana las autoridades y en menor cuantía empleados de algunas alcaldías o del gobierno se organizaron para protestar —con grupos pequeños— la captura de Maduro.
La herida venezolana y el umbral del colapso
Analizar Venezuela nos señala en primer lugar que la crisis económica y social se corresponde con una erosión sistemática de las instituciones democráticas desde 1999, cuando Hugo Chávez asumió el poder. Indica cómo la pérdida de institucionalidad se combina con una polarización profunda de identidades políticas que fragmenta el espacio social y reduce la confianza en las formas tradicionales de mediación política, lo que debilitó la legitimidad del sistema de libertades. Un trabajo conjunto de diversas academias venezolanas advierte que uno de los rasgos más destacados de los últimos años ha sido la pérdida progresiva de institucionalidad y su impacto negativo en la vida social y el bienestar de la población, mostrando que la fragilización institucional es un fenómeno estructural y prolongado.
Un informe reciente del Congressional Research Service documenta cómo las preocupaciones de Estados Unidos sobre Venezuela se han centrado no sólo en sanciones económicas sino también en acusaciones de narcotráfico y acciones antidemocráticas atribuidas al gobierno, vinculando así la narrativa política externa con procesos crónicos de deslegitimación de las instituciones de Venezuela. Fuentes periodísticas y de think tanks internacionales determinan que el uso del término “narcoterrorismo” en referencia al gobierno venezolano ha tenido un componente político y estratégico más allá de la simple aplicación de categorías legales, sirviendo como justificación para presiones externas o sanciones, un fenómeno discutido en expertos en relaciones internacionales.
Desde la perspectiva histórica y psicológica, los eventos de hoy no son un episodio aislado, sino la expresión extrema de una crisis de legitimidad que se ha acumulado durante décadas en Venezuela. A lo largo de los últimos veinte años, el chavismo consolidó una forma de poder que debilitó las instituciones, fracturó el tejido social y exacerbó la polarización —elementos que en sí mismos son generadores de trauma colectivo. Que un país entero se encuentre hoy en la encrucijada entre la guerra abierta y el vacío institucional es la manifestación de un malestar social acumulado. El uso del término “narcoterrorismo” por parte de Estados Unidos para justificar la detención de Maduro y Flores refleja simultáneamente una estrategia política externa y una narrativa de criminalización que ha sido objeto de debate académico y diplomático durante años.
El impacto en la subjetividad colectiva
Un pueblo que ha experimentado hiperinflación, migración masiva, lesiones de confianza y fracturas familiares por tensiones políticas vive ahora un quiebre aún más radical, como es el de la violencia militar externa como factor de ruptura de la soberanía nacional. Desde la psicología social, sabemos que la amenaza percibida de exterminio o de aniquilación de los referentes de poder —propios o ajenos— tiene efectos psicológicos de largo plazo sobre la cohesión social, la percepción de seguridad y la identidad colectiva. El episodio de hoy podría profundizar la desconfianza estructural hacia las instituciones internacionales. La percepción de una conspiración permanente entre fuerzas externas e internas, y la reactivación de traumas históricos vinculados a intervenciones foráneas en América Latina.
Implicaciones geopolíticas: entre intervencionismo y realpolitik
La Operación de hoy —en términos de relaciones internacionales— cruza un umbral, porque desde las sanciones y las presiones económicas, Estados Unidos ha pasado a una intervención militar directa. Este salto no responde únicamente a consideraciones de orden interno de la administración estadounidense, sino que plantea una redistribución de poder en la región, y obliga a una reevaluación de las alianzas internacionales.
El rechazo de Brasil y el despliegue militar colombiano sugieren que la crisis venezolana ya no puede ser contenida dentro de sus fronteras. La intervención reconfigurará la correlación de fuerzas en América Latina, la relación entre Washington, Moscú y Pekín respecto a sus áreas de influencia, y la narrativa de soberanía nacional como principio rector en la política hemisférica.
¿Qué viene ahora? El umbral de lo desconocido
Desde una óptica psicológica, cuando una sociedad atraviesa un evento traumático colectivo de esta magnitud, se generan tres procesos simultáneos: Uno, el shock y la negación ante la radicalidad de la experiencia. Dos, el de la búsqueda de sentido narrativo, donde distintos actores reescriben historias y culpabilidades, y tres, el de la reconfiguración del “nosotros” y el “ellos” en términos identitarios.
En el plano político, la ausencia de Maduro —más allá de su captura— deja un vacío institucional que la Constitución venezolana podría llenar temporalmente con la figura de la vicepresidenta. Sin embargo, mantener un orden de gobernabilidad requiere más que un reemplazo formal ya que exige un proceso de reconstrucción de confianza, legitimidad, justicia y memoria colectiva.
La madrugada del 3 de enero de 2026 quedará grabada en la memoria de Venezuela como un punto de inflexión, un momento en que el conflicto interno se externalizó en violencia militar internacional, y puso a prueba los límites del Estado, la soberanía y la comunidad hemisférica.
El reto para los venezolanos no es sólo reconstruir un orden político viable, sino tejer, pedazo a pedazo, una narrativa compartida que pueda contener las heridas individuales y colectivas. Ninguna intervención externa puede lograr eso, sólo los procesos internos, dolorosos e intensos, pueden conducir a un país fragmentado hacia la posibilidad de una paz duradera.
El verdadero riesgo…
No comienza con el primer ataque, sino con lo que viene después. La historia latinoamericana —y la venezolana en particular— demuestra que el mayor error tras un quiebre de poder es permitir que el vacío sea ocupado por el odio, la revancha o la lógica de amigo–enemigo, terreno fértil para una guerra civil que siempre termina devorando a los más vulnerables. Ni el gobierno que resiste, ni la oposición que aspira a sustituirlo pueden cometer la irresponsabilidad histórica de empujar al país hacia una confrontación fratricida. La salida no puede ser la humillación del adversario ni la imposición por la fuerza, sino la contención, la prudencia y la reconstrucción gradual de un mínimo consenso social que preserve vidas.
En este punto, Estados Unidos tiene que asumir una responsabilidad mayor que la militar. Si su acción inicial abrió un punto de no retorno, su deber ético y político es ahora impedir que Venezuela se deslice hacia el caos interno. No basta con derrocar, es imprescindible proteger a la sociedad del colapso, promover canales de negociación, garantizar mediaciones creíbles, y desalentar cualquier intento de armar a venezolanos contra venezolanos. La historia juzga con dureza a quienes ganan batallas, pero pierden los pueblos enteros. Junto a mi esposa María Mercedes, pensamos que evitar una guerra civil no es un gesto de debilidad, sino el único acto auténtico de liderazgo en medio de la ruina. Venezuela no necesita mártires ni vencedores absolutos, lo que necesita es tiempo, contención y una transición que permita sanar el trauma acumulado. Si este episodio ha de marcar un antes y un después, que sea el punto en que —por primera vez en mucho tiempo— la razón se imponga a la venganza y la vida humana sea colocada por encima del poder. A cada venezolano y a cada familia, dentro y fuera del país, recuerden que no están solos, aun en la noche más oscura, Venezuela sigue viva en ustedes, y mientras exista la dignidad de resistir sin odiar, y la esperanza de reconstruir sin destruir, siempre habrá un mañana posible… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…
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