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¿Vencerá la paz cuando la guerra sostiene la economía?

Pasando por Eisenhower y Nixon hasta el presente, indagamos si una nación puede vivir en torno a un contundente complejo militar industrial… ¿Y si la paz enfrentara un enemigo silencioso?: La economía, el poder militar y el valor monetario como parte esencial de nuestra cultura…



Cuando el miedo vuelve a gobernar al mundo 

 

Mientras escribimos, las pantallas nos muestran ciudades bombardeadas en Ucrania. Misiles que atraviesan el cielo de Israel e Irán y de otras naciones del Medio Oriente. Buques de guerra patrullando el estrecho de Ormuz. Portaaviones navegando el Mediterráneo y el Índico. Tensión en el Mar Rojo. Satélites vigilando cada movimiento militar. Gobiernos hablando nuevamente de armas nucleares tácticas. Mientras tanto, millones de seres humanos trabajan. Llevan a los pequeños a la escuela. Preparan el desayuno. Se enamoran. Sueñan. Planifican vacaciones. Celebran un nacimiento. Lloran una pérdida… En fin, únicamente, deseamos vivir en paz. Sin embargo, las decisiones que podrían cambiar el destino de nuestra civilización no las tomamos las personas comunes. Se toman en despachos. En centros de inteligencia. En ministerios de defensa, o de guerra. En consejos de seguridad. En juntas directivas de empresas. Y en laboratorios donde la tecnología militar avanza con gran velocidad. Nos preocupa que las guerras puedan extenderse, e igualmente que estemos dejando de sorprendernos… Como psicólogos, conocemos un fenómeno que ocurre con frecuencia. Cuando una conducta peligrosa se repite demasiadas veces sin consecuencias inmediatas, el cerebro comienza a considerarla normal. Así, la guerra está dejando de horrorizar a parte de la humanidad. En algún momento ha llegado a parecerles algo natural del paisaje político... Entonces nos planteamos un dilema: Si las guerras destruyen sin contemplaciones ¿por qué siguen existiendo? ¿Quiénes la provocan? ¿Ganan con las guerras?... Después de ochenta años de conflictos casi permanentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial... Todavía no tenemos todas las respuestas… Pero al menos, sí queremos formular las preguntas correctas… porque a través de toda la historia, los imperios, reinos y países, han convivido estrecha y exitosamente con la industria de la guerra… ¿Por qué?...

 

17 de enero de 1961…


 

Ese día, un general de cinco estrellas que había comandado la invasión aliada de Europa, y que luego fue presidente de los Estados Unidos, cuando abandonó la Casa Blanca, pronunció uno de los discursos más extraordinarios de la historia contemporánea… Conocía la guerra como el que más. Sabía cuánto costó la victoria. Y, sobre todo, estaba al tanto de cuánto pago la humanidad por perder la paz. El presidente Dwight David Eisenhower lanzó una advertencia que, seis décadas después, continúa estremeciendo a historiadores, economistas y estrategas. Y les comentó a los estadounidenses el nacimiento de una nueva fuerza muy poderosa. Y no se refería a un nuevo partido político. No era una ideología. No era un ejército extranjero. Era algo mucho más que eso: Eisenhower lo denominó el “complejo militar-industrial” y lo dijo con el pleno conocimiento, en horario estelar ese 17 de enero, y transmitido desde el Salón Oval a todos sus conciudadanos… En su alocución confesó que el crecimiento de esa alianza entre la industria armamentista, la investigación científica, y el aparato militar representaba un riesgo sin precedentes para la democracia y la libertad estadounidense. Una frase memorable permanece grabada en la memoria: "Debemos protegernos contra la adquisición de una influencia injustificada, buscada o no, por parte del complejo militar-industrial… Las grandes civilizaciones rara vez desaparecen únicamente por culpa de sus enemigos. Muchas veces comienzan a deteriorarse cuando dejan de vigilar el crecimiento del poder que ellas mismas han creado"… Estaba hablando de su propio país. Muchos consideraron aquella advertencia una reflexión prudente de un presidente que se despedía. Otros, la calificaron como una exageración… Hoy, más de sesenta años después, vale la pena preguntarse si Eisenhower estaba viendo algo que el resto del mundo todavía no alcanzaba a comprender. Porque apenas diez años más tarde, su propio vicepresidente, Richard Nixon, protagonizaría otra decisión que transformaría para siempre la economía mundial. El dólar dejó de estar respaldado por el oro. Y desde entonces, la moneda más poderosa del planeta comenzó a sostenerse sobre un fundamento completamente distinto. ¿Cuál fue ese nuevo respaldo? ¿Diamantes? ¿Acciones en la Bolsa? Bienes inmuebles?... ¡NO!, pasaba a ser algo intangible como: ¿La fortaleza de la economía estadounidense? ¿La confianza internacional? ¿La innovación tecnológica? ¿La estabilidad institucional? ¿O una combinación entre poder económico, influencia política y supremacía militar?... No pretendemos ofrecer una respuesta absoluta. Aunque sí recorrer el tiempo, analizar los hechos, contrastar datos y abrir un espacio donde la psicología, la economía, la geopolítica y la ética puedan dialogar sin prejuicios. Porque la mayor amenaza que enfrenta nuestra especie no es una bomba nuclear sino algo mucho más silencioso. La posibilidad de construir un mundo donde la paz deje de existir… Y si algún día llegáramos a ese punto, la humanidad habrá perdido la capacidad de imaginar un futuro que no dependa de la guerra…

 

El vaticinio de Eisenhower

 

Existen discursos que cambian gobiernos. Muy pocos logran atravesar el tiempo para convertirse en advertencias permanentes. Sobre todo porque hablaba el comandante supremo de las fuerzas aliadas que derrotaron a la Alemania nazi, Eisenhower. El estratega que dirigió la gigantesca operación Overlord, conocida como el desembarco de Normandía que inició la derrota alemana. Había visto morir a cientos de miles de jóvenes, millones de seres humanos. Conocía personalmente cuánto costaba una victoria. Y sabía que ninguna guerra termina realmente cuando cesan los disparos. Continúan viviendo durante décadas en la memoria de los sobrevivientes. Resulta extraordinario que, al abandonar la Casa Blanca, después de ocho años de presidencia, no decidiera ese día hablar del comunismo. Tampoco del poder soviético. Ni siquiera del peligro nuclear. Su preocupación era otra: Miraba hacia el interior de su propio país. Y fue en ese instante cuando sonó la alarma… en una frase que el mundo aún continúa intentando comprender, porque advirtió sobre un fenómeno. Una estructura. Un sistema. Un poder capaz de crecer silenciosamente hasta influir sobre las decisiones democráticas de nuestra nación. Un poder detrás del trono… Lo más sorprendente, es que utilizó una palabra cuidadosamente escogida. Pudo decir "industria militar" o "fuerzas armadas" o hasta “sectores poderosos”. Pero la palabra que usó fue un “complejo”, vocablo que cambia todo. En psicología solemos utilizar esa palabra para describir elementos distintos que terminan funcionando como una sola unidad y un mismo objetivo. El complejo militar-industrial al que se refirió Eisenhower no era una empresa o una fábrica. Sería una red. Un ecosistema. Un organismo extraordinariamente sofisticado donde cada una de sus componentes fortalece a los demás. En él deben convivir: las Fuerzas Armadas, los fabricantes de armamento, miles de empresas proveedoras, cientos de laboratorios científicos, decenas de universidades que investigan nuevas tecnologías, agencias gubernamentales, centros de inteligencia, contratistas privados, instituciones financieras y una inmensa estructura política encargada de aprobar los presupuestos cada vez mayores. Vista por separado, cada pieza es perfectamente legítima. Juntas podrían adquirir una influencia capaz de modificar las prioridades de un país entero. Esa era la preocupación del presidente. No la existencia del ejército o de la armada. Sino la posibilidad de que la economía, la política y la investigación científica terminaran encontrando en la guerra un incentivo permanente, para seguir creciendo…

 

La II Guerra Mundial había cambiado todo en EEUU


 

Antes de 1941, Estados Unidos mantenía unas Fuerzas Armadas relativamente reducidas para los estándares posteriores. La II guerra transformó completamente esa realidad. En pocos años el país construyó miles de aviones. Decenas de miles de tanques. Cientos de buques. Miles de fábricas comenzaron a producir exclusivamente para el esfuerzo bélico. Empresas automotrices como Ford pasó de producir automóviles a bombarderos, y llegó a construir —en la planta de Willow Run— casi 9 mil bombarderos pesados B-24 Liberator al final de la guerra, un logro industrial que simbolizó la extraordinaria capacidad productiva estadounidense… General Motors —incluyendo Chevrolet, Cadillac, Buick, GMC y otras divisiones— Studebaker, Packard y Willys-Overland dejaron parcialmente de fabricar automóviles civiles para construir miles de jeeps y camiones militares. Fabricaron motores de aviación, vehículos armados de ametralladoras, municiones y componentes para tanques, además de millones de piezas para el esfuerzo bélico. También fabricó tanques, motores de avión y armamento. Chrysler produjo los famosos tanques M3 y M4 Sherman. Willys produjo el Jeep, convertido en un símbolo castrense. Packard fabricó bajo licencia los motores Rolls-Royce que impulsaron los cazas P-51 Mustang. DuPont se convirtió en uno de los mayores productores de explosivos, pólvora y materiales químicos. Boeing pasó de ser una empresa aeronáutica importante a convertirse en un gigante mundial de la aviación militar. Douglas Aircraft, Lockheed, North American Aviation, Grumman, Curtiss-Wright y Consolidated Aircraft multiplicaron la producción de bombarderos y cazas. Astilleros como Newport News, Bethlehem Steel, y Kaiser Shipyards revolucionaron la construcción naval fabricando los buques Liberty en tiempos récord, y New York Shipbuilding construyó portaaviones, acorazados, destructores, y miles de buques de carga. Westinghouse, General Electric y RCA desarrollaron radares, sistemas eléctricos y equipos de comunicación. Mientras IBM colaboró en sistemas de procesamiento de información para las Fuerzas Armadas. Todo esto sin hablar de la industria petrolera a su máxima producción, empresas agroindustriales de alimentos masivos, fábricas de vestido, de ropas, de zapatos y botas, paracaídas, tiendas de campañas, insumos médicos, y de aparatos eléctricos, de comunicaciones, de cualquier cosa necesaria para la acción militar… En pocos años, prácticamente toda la capacidad industrial de Estados Unidos fue reorganizada para sostener el mayor esfuerzo castrense que había conocido la humanidad…

 

La guerra generó empleos masivos

 

Millones de estadounidenses encontraron empleo en industrias relacionadas directa o indirectamente con la guerra. Más de 16 millones de estadounidenses sirvieron en las Fuerzas Armadas. El desempleo cayó de aproximadamente 14,6 % en 1940 a menos del 2 % en 1943–1944. La fuerza laboral civil creció de 55 millones a cerca de 65 millones de personas. Más de 6 millones de mujeres ingresaron al mercado laboral, muchas en industrias pesadas y de defensa. La producción industrial estadounidense prácticamente se duplicó entre 1939 y 1944. Estados Unidos llegó a producir alrededor del 40 % del armamento aliado durante la contienda. “Irónicamente, fue la II Guerra Mundial, surgida en parte como consecuencia de la Gran Depresión, la que finalmente sacó a Estados Unidos de su crisis económica de una década”. La economía durante la confrontación se movilizó como nunca antes. La ciencia también prosperó: El radar. Los motores a reacción. Las telecomunicaciones. La informática y la energía nuclear... Muchos de los grandes avances tecnológicos del siglo XX nacieron impulsados por necesidades militares. Al terminar la guerra, aquella gigantesca maquinaria ya existía. Por lo que la interrogante se hizo inevitable: ¿Qué hacer con ella? ¿Qué hacer con ese “complejo militar industrial”?, se preguntó el general Eisenhower, así de simple…

 

La paz también podía convertirse en un problema

 

Hasta entonces, la historia ofrecía una respuesta. Cuando terminaba una guerra, las fábricas cerraban. Los soldados regresaban. La economía volvía a reorganizarse. Pero después de 1945 el mundo era distinto... Había comenzado la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética (URSS), entraban en una competencia global sin precedentes. Ya no bastaba con ganar una guerra. Había que prepararse para la siguiente, aunque nunca ocurriera… Y preparar una guerra permanente exigía mantener funcionando la maquinaria que la hacía posible. La industria armamentista dejó entonces de ser una estructura temporal. Para convertirse en un componente estable —¿permanente?— de la economía estadounidense. Eso era exactamente lo que preocupaba a Eisenhower, y lo advertía... Con el paso de las décadas, el complejo militar-industrial no solamente fabricaría armas. Impulsaría investigación. Financiaría universidades. Estimularía desarrollos tecnológicos para uso militar. Generaría millones de empleos directos e indirectos. Sostendría en buena medida estados, y ciudades enteras cuya actividad económica dependería de bases militares o de los grandes contratistas. Desde ingenieros hasta soldadores. De psicólogos trabajando en las “guerras psicológicas”. Desde matemáticos hasta transportistas, o fabricantes de microchips hasta pequeñas empresas familiares proveedoras de insumos menores. La acción bélica comenzó y continúa hasta el presente irradiando riqueza sobre múltiples sectores de la economía. Y allí surgiría una situación por resolver. Si millones de familias dependían —y dependen— económicamente de esa estructura... ¿quién tendría interés en reducirla?...

 

La advertencia que no terminó en 1961

 

Cada nueva guerra volvió a colocar las palabras de Eisenhower sobre la mesa. Corea. Vietnam. Líbano. Granada. Cuba, Panamá. Irak. Afganistán. Libia. Siria, Nicaragua, Venezuela, Ucrania e Irán y pare de contar… Hasta el día de hoy los conflictos continúan redefiniendo el mapa geopolítico mundial. Por eso seguimos regresando a aquel discurso más de sesenta años después. Esta es una realidad en Estados Unidos… Sería injusto ignorar que esa misma nación ha sido decisiva en la derrota del nazismo, en la reconstrucción de Europa, en el desarrollo científico y tecnológico contemporáneo, y en la defensa de numerosos aliados alrededor del mundo. Además de promover libertad y democracia… Sin olvidar la caída del comunismo soviético. Tampoco podemos ignorar a sus Fuerzas Armadas, integradas por hombres y mujeres que, en su inmensa mayoría, sirven para proteger a su país... Nuestra preocupación es otra. Mucho más amplia, más humana. ¿Qué ocurre cuando una economía comienza a depender, aunque sea parcialmente, de una estructura cuya razón de existir es prepararse para la guerra? ¿Puede mantenerse indefinidamente ese desequilibrio? ¿O llega un momento en que la propia lógica del sistema comienza a exigir amenazas permanentes que justifiquen su crecimiento? No tenemos todavía la respuesta. Pero presentimos que para encontrarla debemos continuar recorriendo la historia. Y la siguiente estación de este viaje lo encontramos apenas diez años después del discurso de Eisenhower, cuando otro presidente, Richard Nixon, tomaría una decisión que cambiaría para siempre el significado mismo del dinero: del dólar. A partir de entonces, nuestra moneda dejaría de estar respaldado por el oro. Y así comenzaría una nueva etapa en la relación entre el poder económico, el poder político y el poder militar.

 

1971: El año en que el dinero dejó de pesar en oro…

 

… y comenzó a pesar en confianza. El 15 de agosto de 1971 millones de estadounidenses encendieron sus televisores para escuchar un mensaje del presidente Richard Nixon quien habló durante apenas unos minutos. Su tono era tranquilo. …


 

… Sin embargo, una de sus frases cambiaría para siempre el significado del dinero. Estados Unidos suspendía la convertibilidad del dólar en oro. En realidad, era mucho más que eso. Por primera vez desde que el dólar se había convertido en la referencia monetaria internacional, dejaba de existir la promesa de que cada dólar pudiera transformarse, llegado el caso, en una cantidad determinada de oro. Así terminaba una época iniciada siglos atrás. Y comenzaba otra, cuyos efectos todavía continúan desarrollándose. Desde entonces, el dólar tiene un valor de mercado… Poco antes de que Nixon hiciera el anuncio, la confianza de Estados Unidos y del sistema económico comenzaba a resquebrajarse, y el presidente enfrentó precisamente una de esas situaciones. Podía mantener la convertibilidad y ver desaparecer progresivamente las reservas de oro. Pero eligió lo que consideró menos peligroso. Aquella noche de agosto cerró lo que los economistas llamaron la ventana del oro. El dólar ya no sería intercambiable por el metal precioso. Muchos creyeron que la moneda estadounidense colapsaría inmediatamente… Más bien, ocurrió exactamente lo contrario. El dólar mantuvo y amplió su valoración. ¿Qué comenzó entonces a respaldar al dólar? Hete aquí, uno de los comportamientos más extraños de la economía contemporánea. Si ya no era el oro el respaldo del dólar ¿Cuál era?... Pues bien, los economistas durante décadas dieron respuestas: La fortaleza de la economía estadounidense. Su productividad. Su innovación. La profundidad de sus mercados financieros. La independencia relativa de sus instituciones. La capacidad de recaudación del Estado… Todo ello es cierto. Pero no era toda la respuesta. Porque existen preguntas que casi nunca se formulan: ¿Por qué el mundo continuó confiando precisamente en el dólar y no en otra moneda? ¿Por qué el petróleo siguió comerciándose mayoritariamente en dólares? ¿Por qué los bancos centrales acumularon reservas en dólares en vez de oro? ¿Por qué, incluso durante las crisis financieras, los inversionistas seguían y siguen comprando bonos del Tesoro estadounidense?...

 

La confianza también necesita seguridad

 

Además del poderoso complejo militar-industrial, existe otro factor determinante para respaldar la confianza en EEUU a nivel económico, como es la construcción del sistema de seguridad y de defensa —ahora llamado secretaría de guerra— más amplio y sofisticado conocido públicamente como las Fuerzas Armadas Estadounidenses. Ningún otro país combina una fuerza militar terrestre de gran tamaño, la mayor aviación militar del mundo, una marina con capacidad de operar simultáneamente en todos los océanos mediante flotas de barcos de guerra encabezados por portaaviones y submarinos nucleares, una tríada nuclear plenamente operativa, con misiles balísticos intercontinentales (ICBM), submarinos nucleares con misiles balísticos (SSBN), y bombarderos estratégicos, fuerzas especiales altamente entrenadas, una poderosa industria de defensa, una extensa red de bases y alianzas internacionales… A ello se suma una comunidad de inteligencia integrada por organismos especializados que recopilan y analizan información proveniente de satélites, comunicaciones, fuentes humanas y tecnologías avanzadas, y ahora con Inteligencia Artificial.

 

Una pregunta incómoda

 

Existe una cuestión que pocas veces se formula públicamente: ¿Puede una economía acostumbrarse a vivir alrededor de una enorme industria de defensa?... Porque desde la II Guerra Mundial el gasto militar estadounidense ha permanecido como el mayor del planeta, aunque con importantes variaciones según el contexto geopolítico. No ha seguido una línea ascendente constante: aumentó durante la Guerra de Corea, Vietnam, la administración Reagan y las guerras posteriores al 11 de septiembre, y disminuyó tras algunos conflictos o cambios estratégicos. Esa evolución refleja decisiones políticas, amenazas percibidas y prioridades nacionales cambiantes, más que una trayectoria única.

 

La otra posibilidad

 

El otro asunto es: ¿Puede una gran potencia liderar el mundo desde la innovación, la cooperación y la paz? Porque es probable que el mayor error de nuestra civilización haya consistido en creer que la paz representa simplemente la ausencia de guerra. En realidad, la paz constituye una extraordinaria obra de ingeniería política, económica, psicológica y moral. En prácticamente todas las épocas, mientras unos pueblos comerciaban, descubrían, escribían poesía, se dedicaban al arte, o levantaban universidades, otros combatían. La guerra ha sido una presencia casi permanente en algún rincón del planeta. (Keegan, J.  A History of Warfare 1993)... Aunque, esa misma historia demuestra que la paz también ha existido a la par no como un estado universal, sino como una conquista local, frágil y siempre necesitada de ser protegida. Tal vez el mayor desafío de nuestra civilización sea aprender a organizar la paz con la misma inteligencia, disciplina y perseverancia con que hemos organizado los conflictos…


 

También el tiempo nos muestra reconciliaciones. Después de 1945, Europa emergió de las ruinas más devastadoras que había conocido la humanidad. Francia y Alemania habían protagonizado conflictos durante generaciones incluyendo y encabezando las dos guerras mundiales. Millones de personas habían muerto. Sin embargo, pocos años después comenzaron a recorrer un camino completamente distinto. Primero, surgieron mecanismos de cooperación económica. Más tarde instituciones comunes. Con el tiempo, ese proceso evolucionó hasta la integración europea que hoy conocemos. La Unión Europea enfrenta desafíos políticos, económicos y sociales. Pero durante más de medio siglo ha logrado algo que durante siglos pareció imposible: Transformó antiguos campos de batalla en espacios de cooperación, y allí está la Comunidad Europea como uno de los logros más importantes de la humanidad. La historia demuestra así que la reconciliación también puede convertirse en una poderosa estrategia de desarrollo… Japón también eligió otro camino. De un país física y moralmente devastado, con todas sus ciudades destruidas, su economía colapsada, y donde dos bombas atómicas marcaron para siempre la memoria nacional, esa nación lo superó —donde el general Douglas MacArthur, desempeñó un papel decisivo en la reconstrucción del Japón de la posguerra— y se desarrolló en todos sus niveles, basado en la paz, la industria, la tecnología, la educación y la productividad. El crecimiento económico japonés estuvo asociado con la innovación, la calidad manufacturera y la apertura comercial, mientras mantenía una política de defensa limitada por su marco constitucional, aunque con importantes alianzas de seguridad con EEUU. Sin poder militar, Japón al igual que Alemania, demostraron que las naciones pueden alcanzar influencia mundial exportando conocimiento, automóviles, electrónica, robótica, cultura y paz. No únicamente con poder militar…

 

China plantea otra reflexión

 

Aunque estamos alejados y contrarios a su ideología, la transformación económica china constituye uno de los fenómenos más extraordinarios del último medio siglo. Desde finales de la década de 1970, el país impulsó profundas reformas económicas que favorecieron la industrialización, la inversión, la apertura gradual al comercio internacional y una expansión exportadora sin precedentes. Capitalismo y libre mercado pues. Paralelamente, China incrementó de manera sostenida sus capacidades militares. Su presupuesto de defensa creció de forma significativa. No obstante, su expansión económica coincidió, en términos generales, con un largo período sin participar directamente en guerras de gran escala, privilegiando el desarrollo industrial, la infraestructura, la tecnología y el comercio exterior como pilares de su ascenso. Ello no eliminó tensiones geopolíticas ni disputas regionales pero si las guerras. Lo cual invita a formular una pregunta. ¿Puede una nación aumentar su influencia global principalmente mediante el crecimiento económico y la innovación, manteniendo al mismo tiempo una capacidad de disuasión?...

 

Vietnam también nos deja una lección

 

Existe una reflexión que me ha acompañado durante años. La guerra de Vietnam costó enormes recursos humanos y económicos. Décadas después, la relación entre Estados Unidos y Vietnam siguió un camino completamente distinto: ¡el de la paz!... Hoy ambos países mantienen vínculos comerciales, inversiones y cooperación en diversos ámbitos. Uno no puede evitar indagar: ¿Y si una parte de los recursos invertidos en la guerra hubiera podido destinarse, desde el principio, al desarrollo económico, la infraestructura, la educación y la cooperación?  La pregunta merece ser formulada.

Porque invita a imaginar estrategias diferentes para el futuro…

 

Afganistán interpela nuestra imaginación

 

Algo parecido podría preguntarse respecto a Afganistán. Durante un cuarto de siglo fue escenario de invasiones, guerras y terrorismo. Su extraordinaria riqueza cultural, histórica y paisajística quedó eclipsada por el conflicto. ¿Qué habría ocurrido si, en un contexto de seguridad y gobernanza estables, ese país hubiera recibido durante décadas inversiones masivas en educación, infraestructura, agricultura sostenible, patrimonio cultural y turismo? Según el Costs of War Project del Watson Institute, Afganistán representó a Estados Unidos una erogación de entre $2 a $2.3 trillones hasta el 2021. Si se incluyen pagos a veteranos, y la deuda e intereses futuros superó los $3 trillones. Un día de guerra costaba alrededor de $300 millones. Además del costo irreparable de más de 4.500 soldados estadounidenses y de cientos de miles de afganos que murieron. Puedo indicar que se podría haber reconstruido a Afganistán, restaurando todos sus sitios históricos, desde los Budas de Bamiyán, pasando por las fortalezas timúridas, y los santuarios sufíes. Pudo construir una red de hoteles, posadas, ecoalojamientos, y centros de recepción y de turismo recreativo en todo el país. Modernizado su infraestructura vial, ferroviaria y aérea. Electrificado aldeas, provisto agua potable y acceso a internet rural. Capacitar a más de 2 millones de personas como guías, hoteleros, emprendedores turísticos. Financiar músicos, poetas, narradores, cocineros, artistas y guardianes de la memoria cultural, y convertido al turismo en su principal motor económico y social. Lo más importante el costo estimado total para este plan de desarrollo turístico a 20 años habría sido de $10 mil millones de dólares. Es decir, con lo que se gastó en la guerra, la industria turística estadounidense podría haber implementado este plan en Afganistán, ¡200 veces!... amén de recuperar buena parte de su inversión en el tiempo que duró la guerra: ¡20 años!, y seguir asociado por décadas en el negocio turístico afgano…

 

África y América Latina

 

La misma reflexión alcanza a otras regiones. Gran parte de África posee enormes reservas minerales, recursos naturales y una población extraordinariamente joven. América Latina dispone de agua, biodiversidad, energía, agricultura y talento humano. Ambas regiones también han sufrido conflictos, inestabilidad política y décadas de insuficiente inversión. Quizás el mayor desafío del siglo XXI no consista únicamente en enviar ayuda. Más bien en crear condiciones duraderas para que el capital, el conocimiento, la educación y la innovación florezcan desde dentro de cada sociedad. El desarrollo sostenible no eliminará todos los conflictos. Pero puede reducir algunas de las condiciones que los alimentan…

 

Al final…

 

… Permítanme concluir con una propuesta. Así como existen ministerios de defensa, o ahora de “guerra” como en estados Unidos, ¿por qué no fortalecer con la misma determinación y recursos las instituciones dedicadas a prevenir conflictos? Así como formamos estrategas militares, ¿por qué no formar también estrategas de reconciliación? Así como financiamos enormes programas para desarrollar tecnologías de guerra, ¿por qué no impulsar grandes programas internacionales orientados a la cooperación científica, la resiliencia climática, la seguridad alimentaria, la salud pública y la educación? ¿Por qué sin sustituir la defensa nacional no creamos una Secretaría de Paz. Sería ingenuo pensar que las amenazas desaparecerán de un día para otro. Se trata de ampliar la mirada. No será fácil. Nunca lo fue. Pero tampoco fue sencillo abolir la esclavitud. Reconstruir Europa. Crear las Naciones Unidas. Curar enfermedades que antes parecían inevitables. Llegar a la Luna. Cada gran transformación de la historia comenzó siendo considerada imposible. Hasta que dejó de serlo… Mi esposa María Mercedes Gessen con esa serenidad que tantas veces acompaña nuestras conversaciones me dijo: “Los seres humanos no nacemos odiando. Aprendemos a odiar. Y si aprendemos el odio... También podemos aprender la convivencia. Quizás allí resida la mayor esperanza de nuestra especie. No en nuestra capacidad para fabricar armas cada vez más sofisticadas. Sino en nuestra habilidad para educar generaciones que las necesiten cada vez menos. El mayor problema no es que los seres humanos hayamos aprendido a hacer la guerra. El verdadero desafío consiste en aprender a hacer la paz con el mismo talento”…


 

Cuando nuestros nietos estudien el siglo XXI, ojalá no recuerden únicamente las guerras de Ucrania, Oriente Medio o cualquier otro conflicto. Sino lo hagan porque en este siglo por fin logremos tiempos de paz mundial. Porque la paz no constituye el final del camino. Representa el punto de partida de todo aquello verdaderamente grande que el ser humano aún está llamado a construir. La historia no siempre anuncia sus grandes tragedias con el estruendo de cañones, sino con el silencio de quienes dejan de hacerse preguntas… Que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...

 

 



 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen


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