Delcy y María Corina, por favor, siéntense a conversar…
El regreso de la líder opositora enfrenta cálculos de poder, intereses petroleros y una pregunta clave: ¿quién elige el futuro venezolano?... ¿Podrían Delcy Rodríguez y María Corina Machado abrir un camino de diálogo? Venezuela necesita garantías, elecciones y esperanza compartida…
Delcy Rodríguez y María Corina Machado podrían ofrecerle a Venezuela una oportunidad si aceptaran sentarse a conversar directamente, con garantías y la disposición de construir una salida democrática. Sabemos cuánto las separan sus posiciones y cuánta desconfianza mutua habría que superar. Pero también observamos que detrás de esa distancia hay un país que necesita recuperar la libertad, reencontrar a sus familias y decidir su futuro. El diálogo tendría sentido si abre paso a compromisos verificables y elecciones auténticas. Y un primer gesto para hacerlo posible sería garantizar que Machado pueda regresar con seguridad a la tierra cuyo destino ambas tendrían que discutir…
María Corina Machado: Un regreso que incomoda al poder
Hay una forma de medir la libertad de un país. Basta observar qué ocurre cuando una de sus ciudadanas quiere regresar a casa. Si este simple retorno de alguien a su país necesita que sus adversarios consideren conveniente su llegada, la frontera se ha convertido en un instrumento de poder. El problema de María Corina Machado desborda un viaje frustrado. Lo que está en disputa es su capacidad de volver a encontrarse con los venezolanos y de intervenir, desde Venezuela, en las decisiones sobre un futuro nacional todavía incierto. Este 23 de septiembre se conoció que se habría impedido al menos siete intentos de regreso, tres de ellos durante esa semana. Pensamos que para que esto suceda confluyen tres intereses: Uno, el de las autoridades venezolanas encabezadas por Delcy Rodríguez por conservar el control político por el mayor tiempo posible. Dos, el de Donald Trump por administrar durante su mandato una transformación de Venezuela que considera estratégicamente la producción del petróleo en medio de la guerra en el Medio Oriente, y tres, el de Machado por recuperar la presencia interna necesaria para impulsar una democratización, y unas elecciones auténticas en el menor tiempo posible. Son objetivos que no parecen coincidir y determinan el ritmo del cambio y quién puede competir por el poder. La paradoja de la situación de María Corina tiene antecedentes documentados. La prensa refirió, cuando llegó a Noruega en diciembre de 2025, que tenía prohibido salir de Venezuela desde 2014. Por otra parte, medios informaron también de la retirada de su pasaporte. Antes, el impedimento la retenía dentro del país. Ahora, las barreras denunciadas la mantienen fuera. La dirección del movimiento cambia, y permanece la pretensión de terceros de decidir dónde puede estar una adversaria, violando sus derechos de residir en su país de origen. Desde una perspectiva psicológica, el daño potencial de esa arbitrariedad va más allá del desplazamiento. Afecta su autonomía, la posibilidad de organizar la propia vida sin depender de decisiones imprevisibles de quienes ejercen el poder. Para una dirigente política, además, limita encuentros, organización y vínculos cotidianos. Para cualquier ciudadano, introduce una angustia elemental, que la nación donde nació pueda dejar de estar a su alcance.
¿Y los ciudadanos qué?...
Pero esta restricción también afecta a los venezolanos que reconocen en María Corina Machado una esperanza de cambio. Según la encuesta de AtlasIntel y Bloomberg la premio Nobel conserva un 53 % de aprobación, el porcentaje más alto entre las quince figuras políticas evaluadas. Ese respaldo mayoritario permite comprender la importancia de su presencia en Venezuela. Impedirle regresar limita su capacidad de organizarse, y de escuchar a los ciudadanos y competir en condiciones de libertad. Si esa exclusión se prolonga hasta unas elecciones, también compromete el derecho de sus seguidores a elegirla. La democracia exige que sean los electores quienes decidan entre alternativas reales, sin que el poder aparte de antemano a quien puede desafiarlo. Por eso, detrás de las barreras que mantienen afuera a Machado hay una cuestión que nos concierne a todos, como es quién tiene la última palabra sobre el futuro de Venezuela. Cerrar el camino de regreso a una dirigente puede convertirse en otra manera de impedir a los ciudadanos el camino hacia las urnas de votación. Y sospechamos que tanto el Palacio de Miraflores, como la Casa Blanca se encuentran manejando hilos para evitar el retorno de Machado acorde a sus estrategias... Lo cual sería un error. Es posible que eso explique por qué María Corina Machado no consigue entrar a Venezuela, mientras Delcy Rodríguez se reúne con Trump, en Estados Unidos…
El Derecho
El artículo 50 de la Constitución venezolana reconoce que los nacionales pueden ingresar al país sin autorización. El artículo 12.4 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos protege contra la privación arbitraria del derecho a entrar en el propio país. Además, ser Nobel de la Paz amplifica la atención internacional sobre Machado. Impedir su entrada a Venezuela es un veto político hasta ahora permanente. Asimismo, tener derecho debe contar con garantías efectivas de seguridad, libertad de movimiento, participación electoral y de su seguridad personal.
¿Por qué Washington no desea su regreso?
¿Por qué parece que Trump prefiere que no vuelva, aunque reconozca su derecho? Pues bien, esa impresión tiene sustento público. El País informó en julio que un portavoz del Departamento de Estado calificó sus intentos de retorno de “contraproducentes” durante el pasado terremoto. También las agencias de noticias informaron el 16 de septiembre de peticiones de funcionarios estadounidenses para que aplazara su regreso, del respaldo de Trump a Rodríguez y de conversaciones políticas que no incluían al movimiento de Machado. También los medios recogieron que Trump consideraba prematuro celebrar elecciones por ahora en Venezuela. Hay, por tanto, evidencia de reticencia y de presión para posponer el retorno de María Corina. No hemos visto una orden pública o documento estadounidense que explique todos los impedimentos, ni de prueba suficiente de algún pacto secreto con Venezuela, para mantenerla exiliada, aunque se trata evidentemente a María Corina como una expatriada, o desterrada. A partir de estos hechos, consideramos plausible que Washington tema perder el control del calendario. Una dirigente con capacidad de convocatoria dentro del país puede exigir decisiones que una negociación gradual pretende aplazar. Puede pedir fechas, garantías y participación. Puede transformar una conversación entre funcionarios en una demanda ciudadana visible.
La presencia de Machado
Introduciría autonomía política. Incluso compartiendo objetivos económicos con Estados Unidos, una líder que necesita responder a sus seguidores puede cuestionar compromisos aceptados por otros interlocutores. Para una potencia que busca resultados previsibles, esa autonomía puede resultar incómoda. Sobre todo a quien afirma que: “To the victor belong the spoils”, cuya traducción más fiel es “Al vencedor le pertenece el botín”, palabras recientes de Trump en Naciones Unidas ¡en pleno siglo 21!… ¿Qué más podría preocuparles a los factores que impiden su vuelta a Venezuela? A Trump, que Machado impulse un calendario electoral que Washington no controle, reclame transparencia sobre los acuerdos petroleros y eleve el costo político de respaldar una transición que postergue la voluntad ciudadana. A Delcy Rodríguez, que su llegada reactive la organización opositora y lleve a funcionarios, empresarios y sectores militares a considerar viable su alternativa de poder. Son hipótesis sobre sus incentivos, no certezas sobre sus intenciones privadas. Pero permiten comprender que la incomodidad podría ir más allá de una candidatura, porque Machado tendría la posibilidad de convertir el respaldo popular en una exigencia organizada de elecciones y rendición de cuentas. Para ambos, aunque por razones diferentes, resultaría difícil administrar una negociación en la que los venezolanos reclamaran voz propia, fechas y decisiones. Su presencia recordaría que el futuro de Venezuela también pertenece a quienes esperan poder elegirlo…
El componente económico también existe
Se informó asimismo este mes sobre un acuerdo energético entre Washington y Caracas y del acercamiento entre Trump y Rodríguez. Y la lectura es que, cuando una administración vincula sus resultados a acuerdos ya negociados, adquiere incentivos para preservar al interlocutor capaz de ejecutarlos. Eso no demuestra que toda su política se reduzca al petróleo, pero obliga a preguntar cuánto peso tienen los intereses económicos frente a las garantías democráticas, en medio de una guerra en el Medio Oriente. La preocupación por la estabilidad merece ser considerada seriamente. Una apertura política mal conducida puede aumentar tensiones entre instituciones, producir enfrentamientos o comprometer servicios esenciales. Sería irresponsable despreciar esos riesgos. También lo sería convertirlos en un argumento sin fecha de vencimiento. Toda transición necesita prudencia, una espera indefinida puede terminar protegiendo aquello que prometía transformar. La prueba de una cautela legítima está en sus condiciones de salida…
¿Qué debe ocurrir para que Machado pueda volver?
¿Quién lo verifica? ¿Qué garantías se están construyendo? Cuando solo se responde “todavía no”, la prudencia empieza a asimilarse a una prohibición sin firma. Reconocer un derecho en público y desaconsejar persistentemente su ejercicio puede expresar prioridades contradictorias, diferencias entre funcionarios o una estrategia deliberada. No podemos aceptar una explicación sin evidencia, lo que sí podemos es juzgar el resultado, María Corina lo ha intentado y de una u otra forma se le ha impedido regresar y continúa sin poder hacerlo. ¿Por qué las autoridades encabezadas por Delcy Rodríguez tendrían interés en mantenerla fuera? No contamos con una explicación oficial comprobable para cada episodio reciente. La hipótesis política más consistente es la protección del poder frente a una competidora capaz de alterar sus condiciones de permanencia. Un liderazgo en el exterior puede denunciar, reunirse con gobiernos y obtener respaldo internacional. Un liderazgo presente en su país puede escuchar directamente, reconstruir organización y ofrecer un punto de encuentro. Su presencia puede hacer visible que existe una alternativa. Ese efecto no garantiza una movilización masiva, pero modifica el cálculo de quienes gobiernan. Para el oficialismo, su llegada plantearía un dilema. Permitir actividad libre abriría oportunidades de competencia, reprimirla tendría costos políticos y diplomáticos, por lo que mantenerla fuera podría parecer la opción menos costosa. Este es un análisis de incentivos, no una afirmación sobre los pensamientos privados de Rodríguez. Además, no le podemos atribuir todo el funcionamiento estatal a una sola persona. En cualquier evaluación deben considerarse mandos militares, organismos de seguridad, funcionarios, sectores económicos y grupos políticos con intereses propios. No conocemos qué actores intervienen en cada bloqueo. Esa incertidumbre importa, ya que negociar con la jefatura del Ejecutivo no asegura que desaparezcan todos los obstáculos. También debe distinguirse la responsabilidad venezolana de las decisiones de aerolíneas y autoridades de terceros países. La prensa publicó, un intento frustrado vía Curazao y una negativa de embarque en la aerolínea Copa por temor a represalias comerciales. Esos antecedentes muestran que el impedimento puede producirse antes de llegar a una frontera venezolana. No permiten adjudicar automáticamente a Panamá ni a Washington la responsabilidad de cada episodio. Un sistema de restricciones puede operar sin una prohibición única y transparente porque basta con que cada intermediario considere demasiado costoso permitir el viaje. Exactamente por eso hacen falta explicaciones verificables de quién decidió, qué decidió y con qué fundamento.
La psicología del poder ofrece otra dimensión
Quien teme perder una posición puede interpretar una competencia legítima como una amenaza a su seguridad. No hace falta diagnosticar a ningún gobernante para identificar ese incentivo. Si una salida del poder se percibe como pérdida de protección, patrimonio o libertad, aumenta la resistencia a facilitarla. Una transición responsable debe ofrecer garantías contra la venganza y asegurar el debido proceso. A la vez, debe preservar la investigación de delitos y los derechos de las víctimas. Confundir reconciliación con impunidad puede impedir que la confianza democrática nazca y confundir justicia con represalia puede destruirla antes de comenzar.
Machado enfrenta su propio dilema
Esperar puede proteger su integridad y conservar apoyos diplomáticos, pero prolonga la separación de sus seguidores. Intentar volver puede fortalecer su credibilidad y su capacidad de acción, pero la expone a riesgos que no podemos cuantificar. Para una parte de la población, la espera puede sentirse como abandono, aunque existan obstáculos ajenos a la dirigente. Esa diferencia entre responsabilidad real y percepción pública merece atención. Por eso conviene comunicar con precisión lo intentado, lo conseguido y lo que permanece fuera de su control, sin anunciar certezas que dependen de terceros. Su acercamiento a Trump tampoco debe interpretarse como garantía de reciprocidad permanente. Una alianza internacional se sostiene mientras los intereses coinciden. La gratitud personal y las afinidades ideológicas pueden influir, pero no sustituyen la autonomía de una estrategia.
¿Qué ocurriría si llegara clandestinamente?
No existe una respuesta única. Hay que separar tres momentos: ingresar, hacer pública su presencia y ejercer actividad política. Superar el primero no garantiza los siguientes. Tampoco una entrada discreta produciría por sí misma una transición. Si lograra permanecer en libertad y comunicarse con el país, podría generar un impulso emocional y reorganizativo. El encuentro físico tiene un significado que una pantalla no reemplaza, como es compartir un lugar, escuchar una voz cercana, comprobar que otros también están dispuestos a participar. Pero entusiasmo no equivale automáticamente a poder institucional. El desenlace dependería de la organización territorial, la unidad opositora, el comportamiento de las fuerzas armadas y de los organismos de seguridad, las garantías electorales y la respuesta internacional. Una multitud puede expresar voluntad, pero requiere instituciones y acuerdos para convertirla en decisiones duraderas. Si fuera detenida o aislada, se abriría una crisis de derechos y probablemente aumentaría la presión diplomática. No puede asegurarse que esa presión produciría su liberación inmediata. Tampoco sería serio prometer una insurrección nacional ni una intervención extranjera. El reconocimiento internacional eleva el costo de una agresión, pero no hace invulnerable a una persona. Otra posibilidad sería permitir su permanencia mientras se restringen reuniones, desplazamientos, comunicaciones o actividad electoral. En ese escenario habría regreso geográfico sin recuperación plena de derechos. La pregunta decisiva dejaría de ser dónde está y pasaría a ser qué puede hacer libremente. También podría ocurrir que su llegada acelerara negociaciones, al elevar el costo de excluirla. O que provocara un endurecimiento, si quienes controlan la fuerza interpretaran su presencia como una amenaza inmediata. Ambas posibilidades existen, no hay información suficiente para asignarles probabilidades fiables.
Washington afrontaría entonces una prueba concreta
Respaldar garantías para una ciudadana cuya vuelta había desaconsejado, mediar para limitar el conflicto o priorizar su relación con las autoridades, revelarían mejor sus prioridades que las declaraciones generales. El mayor peligro sería una combinación de movilización, represión, rumores y decisiones improvisadas. Los ciudadanos que salgan a manifestarse son personas con familias y proyectos, no instrumentos para demostrar la valentía de una causa. La responsabilidad de una eventual violencia corresponde a quienes la ordenen o ejecuten. Por ello anticipar riesgos no convierte en culpable a quien reclama pacíficamente sus derechos. Desde una posición humanista, tampoco debemos exigir a Machado que pruebe su compromiso exponiendo su vida sin garantías. La valentía puede expresarse en el regreso, en la negociación o en la decisión de esperar cuando las condiciones lo aconsejen. Lo que merece exigirse a los Estados es que dejen de convertir esa elección personal en una prueba de supervivencia. La evaluación del retorno necesita mirar más allá de su figura. ¿Hay libertades para sus colaboradores, periodistas, sindicatos y organizaciones civiles? ¿Pueden disentir los chavistas que no comparten las decisiones de sus dirigentes? ¿Habrá reglas iguales para quienes quieran competir? La libertad de Machado sería una señal relevante porque una democracia requiere que esa libertad alcance también a quienes piensan distinto. La Premio Nobel de la Paz de 2025 reconoció su contribución a los derechos democráticos y a una transición pacífica. Ese reconocimiento no sustituye las urnas, no concede infalibilidad y no elimina la necesidad de construir acuerdos. Una defensa coherente de su regreso debe sostener también el derecho de los venezolanos a apoyarla, cuestionarla o elegir otra alternativa. En el fondo de esta controversia se trata de quién decide el futuro de Venezuela. La diplomacia puede acompañar y la cooperación puede ayudar. Pero, ningún gobierno extranjero debería sustituir la voluntad ciudadana, y ningún gobierno debería administrar la pertenencia al país como una recompensa por obedecer. Una mujer que quiere volver a su tierra no debería tener que elegir entre el destierro y la clandestinidad. Detrás de su nombre están también más de 8 millones de venezolanos expatriados quienes perdieron la posibilidad de abrazar a sus padres, enterrar a sus muertos o regresar sin miedo. La patria pertenece a quienes la habitan, a quienes tuvieron que marcharse y a quienes desean volver. Cuando regresar se convierte en una hazaña, todavía queda una libertad fundamental por conquistar.
Al final…
Quizás el mejor desenlace posible comenzaría con algo que hoy parece difícil como es que Delcy Rodríguez y María Corina Machado se sienten frente a frente y conversen directamente sobre el futuro de Venezuela. Sus diferencias son profundas y la desconfianza tiene una historia. Y por eso, abrir ese camino tendría un valor extraordinario. La responsabilidad política también consiste en buscar una salida compartida cuando cada parte, por separado, solo encuentra razones para prolongar el conflicto. La historia ofrece precedentes que merecen recordarse. Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov se reunieron en Ginebra en 1985, en medio de la rivalidad entre dos potencias nucleares en plena guerra fría. Aquel acercamiento abrió una etapa de negociaciones que produjo, en 1987, el tratado para eliminar sus misiles nucleares de alcance intermedio. Richard Nixon visitó China y se reunió con Mao Zedong en 1972, después de más de dos décadas de hostilidad y confrontaciones entre sus gobiernos. La visita y el Comunicado de Shanghái ayudaron a abrir una relación hasta entonces casi impensable. Ninguno de esos encuentros borró las diferencias ideológicas, pero ambos demostraron que los adversarios podían encontrar intereses comunes y actuar sobre ellos… Las circunstancias venezolanas son distintas, aquellos fueron encuentros entre Estados, y aquí hablamos de una disputa interna atravesada por profundas desigualdades de poder. Tampoco el acercamiento entre Nixon y Mao democratizó China. La enseñanza que podemos rescatar es más concreta, como sería, que una enemistad prolongada puede dejar espacio para acuerdos que reduzcan el sufrimiento y permitan avanzar. Para que una conversación entre Rodríguez y Machado tuviera ese significado, necesitaría condiciones y resultados verificables, como garantías para el regreso y la seguridad de Machado, libertades políticas, atención a la situación de los presos por motivos políticos, y una ruta electoral creíble. También tendría que abrirse a otros sectores del país. Dos dirigentes pueden iniciar un entendimiento, no obstante corresponde a los venezolanos decidir su destino. Delcy Rodríguez tendría la oportunidad de facilitar una apertura que permitiera tramitar las diferencias mediante instituciones y votos. María Corina Machado podría llevar a esa conversación las aspiraciones de quienes la respaldan y contribuir a construir garantías de convivencia para todos, incluidos quienes se oponen a ella. Hablar exigiría reconocer al interlocutor sin renunciar a las propias convicciones. Los acuerdos tendrían que preservar los derechos de las víctimas y el debido proceso porque ninguna reconciliación duradera puede construirse sobre la obligación de olvidar… Mi esposa María Mercedes Gessen me propone una mirada desde la psicología: “Cuando dos adversarios se sientan a conversar, llevan consigo temores, heridas y la presión de quienes esperan que jamás cedan. Escuchar requiere tolerar esa tensión y comprender que un acuerdo puede proteger algo más valioso que el orgullo. La confianza puede comenzar con un compromiso pequeño que se cumple y crecer con otros actos comprobables. Venezuela necesita que sus dirigentes comprendan cuánto agotamiento, cuánta separación familiar y cuánta incertidumbre hay detrás de cada decisión que posponen”…
Estados Unidos y los demás actores internacionales podrían contribuir ofreciendo respaldo y garantías a esa conversación inicial, entendimiento, respetando la autonomía de sus participantes y la voluntad ciudadana. Una negociación tendría mayor legitimidad si los venezolanos pudieran reconocer en ellas sus propias necesidades: seguridad, justicia, trabajo, libertad y la posibilidad de reencontrarse. Sería difícil. Habría resistencias, sospechas y quienes interpretarían cualquier acercamiento como una derrota en los dos lados. Pero el liderazgo también se mide por la capacidad de explicar a los propios seguidores por qué vale la pena intentar un camino que puede evitar nuevos sufrimientos. Ninguna de las dos tendría que dejar de ser quien es para admitir que Venezuela necesita un futuro donde ambas, y quienes las acompañen, puedan vivir con derechos. Ojalá llegue el día en que María Corina Machado pueda regresar sin esconderse, y Delcy Rodríguez pueda recibirla para conversar con garantías. Que ese encuentro abra una puerta por la que después puedan pasar otros, los exiliados, las familias separadas, los ciudadanos que perdieron la confianza y los jóvenes que todavía buscan razones para quedarse. Porque la victoria más probable que pudieran ofrecerle a Venezuela sería que ningún venezolano tuviera que volver a elegir entre su libertad y su patria… Hasta la próxima y que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...

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