Irán: ¿Víctima de una guerra o autor de ella?
El pueblo iraní merece paz y libertad, su gobierno debe responder por las ejecuciones, la represión y la violencia fuera y dentro de su país… Condenar bombardeos no exige olvidar la represión a las mujeres ni las fosas comunes donde ha enterrado la teocracia a miles de opositores…
¿Agredido o Agresor?
Las acciones de Israel y Estados Unidos pueden y deben ser examinadas y, si corresponde, juzgadas conforme al derecho internacional. Pero lo que no se puede borrar de la memoria son las ejecuciones perpetradas por el régimen iraní, la represión contra las mujeres, el terrorismo transnacional ni las guerras que la República Islámica ha contribuido a librar durante décadas —y hasta nuestros días— mediante organizaciones extremistas, milicias aliadas y fuerzas subsidiarias o proxys. El problema es que un pueblo puede ser la víctima a pesar de que sea el régimen que lo gobierna el responsable y el culpable de actos criminales de lesa humanidad. Al caer las bombas, las imágenes suelen llegar antes que la historia. Vemos edificios destruidos, familias que huyen, niños aterrorizados y seres humanos que intentan encontrar entre los escombros algo que todavía se parezca a la vida. Frente a ese dolor, la compasión no necesita pasaporte ni ideología. Una víctima civil iraní posee exactamente el mismo derecho a vivir que una víctima israelí, palestina, estadounidense, libanesa o yemení. En paralelo, las guerras producen también una extraña amnesia moral. El Estado atacado comienza a ser presentado como si toda su historia hubiese empezado el día en que recibió el primer misil. Sus actos anteriores desaparecen de la conversación o de la narrativa. Sus víctimas dejan de tener rostro. Y quienes recuerdan los crímenes de ese gobierno corren el riesgo de ser acusados de justificar la agresión que ahora padece…
No debería ser así
Israel y Estados Unidos no son precisamente unos angelitos. Ambos deben responder por sus propias decisiones, por la legalidad de sus operaciones militares, por las muertes de civiles que causen y por cualquier uso desproporcionado de la fuerza de acuerdo al derecho internacional. La historia tampoco puede olvidar el golpe de Estado de 1953 contra el primer ministro iraní Mohammad Mossadegh y el respaldo occidental al régimen autoritario del Sha de Irán Mohammad Reza Pahlavi y del apoyo que recibió Saddam Hussein mientras Irak estaba en guerra con Irán, incluso después de conocerse el uso iraquí de armas químicas… Reconocer todo esto, sin embargo, no convierte en democrática, pacífica o inocente a la República Islámica. Un Estado puede ser víctima en un episodio, aunque victimario en muchos capítulos. Una persona puede haber sufrido una injusticia y provocar otras incontables. Desde la psicología sabemos que el dolor padecido explica algunas conductas, pero no las absuelve. La memoria de una herida no concede licencia para herir a los demás. Ésta es la tesis incómoda que debemos examinar: Irán puede ser el país dañado de una guerra injusta y, al mismo tiempo, el régimen iraní suele ser responsable de décadas de ejecuciones, persecuciones, terrorismo y conflictos librados mediante ejércitos proxys: grupos armados o milicias que combaten indirectamente en favor de otro país, del cual reciben dinero, armas, entrenamiento o inteligencia. Como Hezbolá que ha funcionado como una fuerza subsidiaria de Irán. Los hutíes y Hamás mantienen mayor autonomía, pero son subvencionadas por Irán.
Toda revolución elimina a sus propios revolucionarios
La revolución iraní de 1979 no perteneció inicialmente a una sola corriente. En ella participaron religiosos, liberales, nacionalistas, estudiantes, intelectuales, trabajadores, marxistas y ciudadanos que rechazaban la represión del Sha y de su policía política, la temida SAVAK. Muchos imaginaron que estaban abriendo las puertas de una sociedad más independiente, justa y libre. No todos comprendieron que el ayatolá Ruhollah Jomeini no se proponía simplemente reemplazar a un monarca. Uno de los primeros pasos fue, en lugar de desmantelar esta criminal policía, la nueva dictadura clerical absorbió su estructura central y su experiencia, convirtiéndola en uno de los servicios de inteligencia más temidos del mundo. El ayatola aspiraba a construir una teocracia sometida a la autoridad superior del poder islámico… Así muy pronto, la revolución comenzó a devorar a algunos de sus propios hijos. Las primeras ejecuciones ocurrieron apenas días después del triunfo revolucionario. Antiguos generales, funcionarios y miembros de los cuerpos de seguridad fueron juzgados en procesos que podían durar minutos, sin defensa adecuada ni posibilidades reales de apelación. En 1979, más de 600 personas fueron ejecutadas sumariamente. Para 1982, Amnistía Internacional había registrado más de 4.000 ejecuciones desde el comienzo de la revolución. Algunos condenados habían participado en torturas y graves abusos bajo el Sha. De esta manera, la justicia dejó rápidamente de buscar responsabilidades individuales, y se convirtió en una herramienta para eliminar enemigos. Después llegarían a sus cárceles toda la disidencia: los liberales que cuestionaban la teocracia, militantes de izquierda, nacionalistas, kurdos, bahaíes, integrantes de minorías religiosas, intelectuales, estudiantes y antiguos compañeros de la revolución que defendían una visión diferente de Irán. La acusación ya no necesitaba demostrar un crimen concreto. Bastaba con ser considerado enemigo de la revolución, opositor al nuevo orden o un cargo imposible de descifrar: moharebeh: ¡enemigo de Dios!... Porque un gobierno cuando afirma —en su propia interpretación— que representa no solamente al Estado, sino también a la voluntad divina, de Alá, disentir deja de ser un derecho político y puede transformarse en sacrilegio. Allí comienza una de las formas más peligrosas del autoritarismo, la que convierte a sus adversarios en pecadores y a sus verdugos en supuestos ejecutores de una misión sagrada... como durante la edad medieval de la oscuridad, con el temible y no tan “Santo” Oficio.
El secuestro de la embajada de EEUU
El 4 de noviembre de 1979, estudiantes revolucionarios ocuparon la Embajada de Estados Unidos en Teherán. Al comienzo fueron convertidos en rehenes 66 ciudadanos estadounidenses, y luego de varias liberaciones, 52 permanecieron secuestrados durante 444 días, hasta el 20 de enero de 1981. La toma no fue solamente una protesta espontánea contra Washington ni una reacción al ingreso del Sha en Estados Unidos para recibir tratamiento médico. El Gobierno revolucionario, encabezado por Jomeini, terminó apoyándola y utilizó a seres humanos como instrumentos de presión política. La Corte Internacional de Justicia determinó en mayo de 1980 que Irán había violado sus obligaciones internacionales, que aquellas violaciones comprometían la responsabilidad del Estado iraní y que los rehenes debían ser liberados inmediatamente. Ocho estadounidenses fallecidos durante esta crisis murieron el 24 de abril de 1980, cuando un helicóptero chocó contra un avión de transporte en el desierto iraní durante la fallida operación militar “Eagle Claw”, destinada a rescatarlos. Durante más de un año, diplomáticos, funcionarios y ciudadanos fueron privados de libertad, interrogados, exhibidos y convertidos en piezas de una negociación. La inviolabilidad de una embajada constituye una de las pocas protecciones que permiten a países enemigos mantener abierta alguna puerta para la diplomacia. Al destruir simbólicamente esa puerta, la naciente República Islámica anunció al mundo que la confrontación con Estados Unidos no sería únicamente una disputa internacional. Se convertiría en parte de su identidad extremista… hasta el presente.
Las comisiones de la muerte
La represión alcanzó una de sus expresiones más terribles en 1988. La guerra entre Irán e Irak se acercaba a su final. Miles de opositores permanecían encarcelados y muchos ya habían cumplido buena parte de sus condenas y otros estaban próximos a recuperar la libertad. Entonces, comenzaron a funcionar las llamadas “comisiones de la muerte”. Los presos eran conducidos, a veces sin saberlo, ante pequeños grupos de jueces, fiscales y funcionarios de inteligencia. Las preguntas podían parecer absurdamente sencillas: ¿Continúa apoyando a su organización? ¿Está dispuesto a arrepentirse? ¿Cree en Dios? ¿Reza? ¿Aceptaría colaborar con la República Islámica? Las respuestas podían decidir en pocos minutos quién regresaba a su celda y quién era llevado a la horca. Entre finales de julio y septiembre de 1988, las autoridades hicieron desaparecer y ejecutaron extrajudicial y masivamente a miles de prisioneros políticos. Amnistía Internacional ha estimado un mínimo aproximado de 5.000 víctimas. Los cuerpos fueron depositados clandestinamente en fosas comunes, mientras a incontables familias nunca se les informó cuándo, dónde ni cómo habían muerto sus seres queridos. En 2024, el relator especial de Naciones Unidas Javaid Rehman concluyó que las ejecuciones masivas de 1981-1982 y 1988, acompañadas de torturas, persecuciones, desapariciones forzadas y otros actos inhumanos, constituyeron crímenes de lesa humanidad de asesinato y exterminio. Entre las víctimas hubo mujeres y menores… La crueldad no terminó con la muerte. Durante décadas, familiares que acudían a lugares como el cementerio de Khavaran para recordar a los ejecutados fueron vigilados, amenazados o detenidos. Al negar dónde se encuentran los restos, el régimen prolongó el castigo. Porque una desaparición forzada no destruye solamente una vida ya que obliga a quienes aman a la víctima a permanecer entre el duelo y la esperanza, sin una tumba frente a la cual llorar ni una verdad sobre la cual reconstruirse…
La pena de muerte como lenguaje del poder
La pena de muerte ha continuado funcionando como castigo penal en Irán, un instrumento de intimidación y mensaje político. Irán ejecuta —además de a personas por homicidio y otros delitos graves como las relacionadas con drogas— mediante acusaciones de seguridad nacional formuladas de manera imprecisa, conductas que no alcanzan el umbral de los “delitos más graves” exigido por el derecho internacional e incluso hechos cometidos cuando el condenado era menor de edad. Confesiones obtenidas mediante tortura, negación del abogado elegido, juicios secretos y procesos manifiestamente injustos que han sido documentados reiteradamente. La cifra más reciente resulta estremecedora. Amnistía Internacional registró al menos 2.159 ejecuciones en Irán durante 2025, más del doble de la cifra del año anterior. El aumento iraní fue el principal responsable de que las ejecuciones conocidas en el mundo alcanzaran el nivel anual más elevado documentado por la organización desde 1981. Human Rights Watch informó igualmente de más de 2.000 ejecuciones conocidas en Irán durante ese año, y advirtió que muchas correspondieron a delitos o procesos incompatibles con las garantías fundamentales. Cuando un Estado mata a semejante escala, celebra procesos sin garantías, y emplea la muerte contra manifestantes o bajo acusaciones ideológicas la enemistad contra Dios, la ejecución deja de ser solamente una sanción judicial. Se convierte en una pedagogía del miedo. El régimen no necesita encarcelar a toda la sociedad. Le basta con demostrar que puede decidir quién habla, quién calla y quién desaparece. El miedo hace el resto...
La revolución contra las mujeres
Antes de 1979, las mujeres iraníes distaban mucho de vivir en una sociedad plenamente igualitaria. Existían enormes diferencias entre las ciudades y el campo, entre clases sociales y entre sectores modernos y tradicionales. El régimen del Sha tampoco era una democracia. Sin embargo, reformas legales habían ampliado los derechos femeninos en materia de educación, participación pública, matrimonio y divorcio… La República Islámica revirtió parte de esos avances, subordinó numerosos derechos a su interpretación de la ley religiosa e impuso el uso obligatorio del velo. Por ello resulta tan admirable la resistencia de las mujeres iraníes. No fueron seres pasivos a quienes la historia simplemente encerró. Han luchado durante décadas dentro de las escuelas, las familias, las universidades, los tribunales, las calles y las prisiones. Pero la continuidad de algunos derechos no elimina la discriminación estructural. Las mujeres quedaron en situación desigual en materias como matrimonio, divorcio, custodia, herencia y libertad de movimiento. Un esposo puede impedir que su mujer obtenga pasaporte, o que viaje al exterior y posee facultades para oponerse a determinadas ocupaciones. El Estado ha convertido la vestimenta en un problema policial y la presencia pública de la mujer en un espacio sometido a vigilancia… El 16 de septiembre de 2022 murió bajo custodia policial Jina Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años detenida por la llamada Policía de la Moral debido a la forma en que llevaba el velo. Su muerte desencadenó el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”. La respuesta estatal incluyó disparos contra manifestantes, detenciones arbitrarias, torturas y violencia sexual. La misión internacional independiente de Naciones Unidas concluyó que Amini sufrió violencia física bajo custodia, y que el Estado era responsable de su muerte ilícita. Documentó una cifra creíble de 551 personas muertas durante la represión, entre ellas 49 mujeres y 68 menores. Determinó, además, que varias de las violaciones —asesinatos, encarcelamientos, torturas, violaciones y otras formas de violencia sexual, persecución y desapariciones— constituían crímenes de lesa humanidad. Las autoridades querían que las mujeres ¡bajaran la cabeza!... Muchas respondieron levantando el rostro. El régimen quería significar que un mechón de cabello era prueba de culpabilidad y terminaron fue convirtiéndolo en un símbolo de libertad. También, las minorías han sufrido la maquinaria de exclusión. Los bahaíes, cuya fe no es reconocida por el Estado, han sido ejecutados, desaparecidos, encarcelados, expulsados de empleos y universidades y privados de propiedades. Human Rights Watch considera que esta persecución sistemática constituye un crimen de lesa humanidad.
Interpretación religiosa se convierte en doctrina militar
No sería justo atribuir estos crímenes al islam chiita en general, ni al Corán como si existiera una sola interpretación inevitable de sus textos. Millones de chiitas viven su fe sin perseguir a nadie y numerosos clérigos, imanes, pensadores y ciudadanos musulmanes han cuestionado el autoritarismo iraní. El problema no es que una sociedad posea creencias religiosas. Comienza cuando una élite afirma que su interpretación de Dios debe convertirse en ley obligatoria para todos y que ella, además, posee el derecho exclusivo de interpretarla. El sistema instaurado por Jomeini se organizó alrededor del velayat-e faqih, es decir la tutela o gobierno del jurista islámico. Bajo este principio, el líder supremo se sitúa por encima de los cargos elegidos y controla las instituciones decisivas del Estado. Existen elecciones, pero los candidatos son filtrados, existe un presidente, pero su poder es limitado, existe un parlamento, pero la voluntad popular se encuentra sometida a órganos no elegidos vinculados al líder supremo…
Globalizar la doctrina
Jomeini sostuvo que la revolución debía exportarse para sobrevivir. Esa aspiración universalista no quedó confinada a los sermones. La República Islámica desarrolló una infraestructura destinada a proyectar poder mediante propaganda, organizaciones políticas, servicios de inteligencia, atentados y grupos armados fuera de sus fronteras. Con el tiempo, la ideología se unió a una lógica geopolítica muy concreta. Después de padecer la invasión de Saddam Hussein en 1980 y una guerra de ocho años devastadora, la dirigencia iraní decidió alejar sus líneas defensivas del territorio nacional. En lugar de esperar al enemigo en Teherán, procuraría enfrentarlo en Beirut, Damasco, Bagdad, Gaza, Saná o el Mar Rojo. Desde su perspectiva, esas fuerzas constituyen una defensa adelantada. Desde el punto de vista de los países donde actúan, con frecuencia significan Estados debilitados, soberanías limitadas y poblaciones atrapadas en guerras que otros ayudan a prolongar como es el caso del Líbano, Palestina y Yemen.
Los ejércitos con otras banderas
La organización más estrechamente vinculada con Irán ha sido Hezbolá. Después de la invasión israelí del Líbano en 1982, la Guardia Revolucionaria iraní envió alrededor de 1.500 efectivos al Valle de la Becá y contribuyó decisivamente a formar, entrenar, financiar y armar al nuevo movimiento chiita libanés. Hezbolá desarrolló también una identidad política y social propia dentro del Líbano. No es simplemente un grupo de autómatas que recibe cada orden desde Teherán. Pero su relación ideológica, militar y financiera con la República Islámica ha sido profunda. Durante la década de 1980, organizaciones asociadas con el naciente Hezbolá participaron en atentados suicidas, secuestros y ataques contra objetivos occidentales. El 23 de octubre de 1983, dos vehículos cargados de explosivos destruyeron los cuarteles de las fuerzas estadounidenses y francesas en Beirut: murieron 241 militares estadounidenses y 58 franceses. Las autoridades estadounidenses atribuyeron las acciones a militantes chiitas vinculados con Irán. Hezbolá ha sido señalado ampliamente como responsable… La red se extendió posteriormente. Irán armó, entrenó y financió a milicias chiitas en Irak. Sostuvo al régimen de Bashar al-Assad durante la guerra siria y apoyó a la Yihad Islámica Palestina y a Hamás, y a los hutíes de Yemen, proporcionado a todos tecnología, componentes, armas, entrenamiento e inteligencia que ampliaron considerablemente su capacidad para lanzar drones y misiles y atacar la navegación en el Mar Rojo.
El terrorismo que atravesó las fronteras
El 14 de febrero de 1989, Jomeini emitió la conocida fatua que llamó a matar al novelista británico Salman Rushdie por la publicación de “Los versos satánicos”, así como a quienes hubiesen participado conscientemente en su difusión. Una fundación iraní ofreció posteriormente una recompensa económica y la aumentó con los años. Traductores y personas vinculadas con la publicación fueron atacados. El traductor japonés Hitoshi Igarashi fue asesinado en 1991. Rushdie sobrevivió durante décadas bajo protección y en 2022 fue apuñalado durante una conferencia en Nueva York... La violencia de la República Islámica no se limitó al Medio Oriente. Durante décadas, opositores, escritores, periodistas, diplomáticos, miembros de comunidades judías y antiguos funcionarios de otros gobiernos fueron amenazados, vigilados, secuestrados o convertidos en objetivos de conspiraciones. El 17 de septiembre de 1992 fueron asesinados cuatro disidentes kurdos iraníes en el restaurante Mykonos de Berlín. Después de un extenso juicio, un tribunal alemán concluyó que el Gobierno iraní mantenía una política de eliminación de opositores en el extranjero y que los asesinatos habían sido aprobados en los niveles superiores del poder. Dos años después, el 18 de julio de 1994, una bomba destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina —AMIA— en Buenos Aires. Murieron 85 personas y centenares resultaron heridas. En 2024, la máxima instancia penal argentina concluyó que el atentado había sido ejecutado por Hezbolá y respondía a un diseño político y estratégico de Irán. La justicia argentina lo calificó como crimen de lesa humanidad. Teherán ha negado reiteradamente su participación y no ha entregado a los funcionarios requeridos… Los servicios de seguridad europeos y norteamericanos han denunciado conspiraciones para asesinar o secuestrar a periodistas, disidentes y antiguos funcionarios. En 2025, trece gobiernos occidentales afirmaron conjuntamente que los servicios de inteligencia iraníes colaboraban cada vez más con organizaciones criminales para atacar a periodistas, ciudadanos judíos, disidentes y funcionarios actuales o retirados. En junio de 2026, 24 países condenaron nuevas operaciones letales y acciones atribuidas a la inteligencia de la Guardia Revolucionaria, la Fuerza Quds y el Ministerio de Inteligencia iraní. El Reino Unido informó que desde comienzos de 2022 sus organismos habían enfrentado al menos 15 intentos de asesinato o secuestro contra ciudadanos británicos o personas residentes en su territorio. En Estados Unidos, un integrante de la Fuerza Quds fue acusado de intentar contratar por 300.000 dólares el asesinato del exasesor de Seguridad Nacional John Bolton. Otros procesos han involucrado conspiraciones contra la periodista y activista iraní-estadounidense Masih Alinejad y amenazas contra antiguos funcionarios vinculados con la muerte del general Qasem Soleimani. Una acusación judicial no equivale automáticamente a una condena, y cada caso debe ser probado ante un tribunal. Pero la repetición de episodios, los fallos judiciales, las investigaciones de distintos países y la diversidad de las víctimas revelan algo más que una sucesión de incidentes inconexos. Muestran una política de represión transnacional, la pretensión de que abandonar Irán no concede a un opositor el derecho a sentirse seguro…
Barron Trump y la conversión de un hijo en objetivo
El episodio más reciente resulta especialmente perturbador. En agosto de 2026, medios estatales iraníes difundieron un video que parecía amenazar a Barron Trump, el hijo menor del presidente Donald Trump. El material mostraba imágenes suyas, aludía a lugares donde podía ser encontrado y afirmaba que existía una recompensa de diez millones de dólares. El Servicio Secreto declaró que conocía el video y que tomaba en serio toda amenaza relacionada con las personas bajo su protección. En el caso de que incluso fuera propaganda, el episodio cruza una frontera moral. Barron Trump puede ser hijo de un presidente, pero no es responsable de las decisiones militares de su país o de su padre. Amenazarlo —y luego negarlo— únicamente por su parentesco significa sustituir la responsabilidad individual por la culpa de sangre. Es el mismo mecanismo psicológico que a lo largo de la historia ha permitido perseguir familias, castigar comunidades y asesinar descendientes: dejar de preguntar qué hizo una persona y comenzar a condenarla por el grupo al cual pertenece. Comportamiento muy típico de religiones extremistas. Cuando una guerra convierte a los hijos en objetivos, la política ha dejado de buscar justicia, y ha comenzado a buscar una venganza “sacrosanta”…
La psicología del enemigo permanente
¿Por qué un régimen necesita adversarios que nunca desaparezcan? Las sociedades pueden unirse alrededor de un proyecto común, pero también en torno de un miedo compartido. Cuando un gobierno no consigue legitimarse suficientemente mediante prosperidad, libertad, justicia o confianza, puede intentar hacerlo mediante la amenaza. El enemigo externo cumple entonces varias funciones porque explica el fracaso económico, justifica la represión, desacredita a los opositores, y convierte la obediencia en patriotismo. Si alguien protesta por la inflación, puede ser presentado como instrumento de algún país enemigo, en el caso de Irán Estados Unidos. Si una mujer se quita el velo, puede ser acusada de servir a la decadencia occidental. Si un periodista investiga la corrupción, puede convertirse en agente extranjero. Y si una multitud exige libertad, el régimen puede describirla como ejército encubierto del enemigo. Israel y Estados Unidos han discutido y ejecutado operaciones destinadas a debilitar Irán. El peligro exterior existe. Pero un peligro real suele ser utilizado para justificar una mentira interior, como es que todo disidente es traidor y toda crítica constituye una colaboración con el enemigo… lo cual no es verdad.
La teocracia añade otra dimensión
Cuando el conflicto político se presenta como combate entre Dios y quienes lo desafían, negociar puede parecer apostasía, dudar puede convertirse en pecado y matar puede ser descrito como deber. El adversario deja de ser un ser humano con intereses diferentes y se transforma en encarnación del mal. Allí se encuentra una de las mayores perversiones psicológicas de lo sagrado, cuando la fe deja de limitar la violencia y comienza a absolverla. A pesar de ello, no todo en la conducta iraní responde al fanatismo religioso. Sus dirigentes también calculan riesgos, negocian, retroceden cuando lo consideran necesario y procuran conservar el poder. La ideología y la racionalidad estratégica pueden coexistir. Por eso el régimen resulta difícil de comprender si lo presentamos como un actor completamente irracional. No busca la guerra en todo momento ni en cualquier circunstancia, pero ha convertido la confrontación permanente en fuente de legitimidad, instrumento de influencia regional y mecanismo de supervivencia política. Pero parece temer una paz verdadera, porque la paz abriría preguntas que la guerra consigue aplazar: ¿Por qué un país con enormes recursos naturales como es el petróleo mantiene a tantos ciudadanos en dificultades? ¿Por qué las mujeres deben ser vigiladas? ¿Por qué los jóvenes no pueden decidir cómo vivir? ¿Por qué se financian ejércitos proxy en otros países mientras tantas necesidades permanecen insatisfechas dentro de Irán? ¿Y por qué una revolución realizada en nombre de los oprimidos terminó oprimiendo a quienes se atrevieron a cuestionarla?...
Lo que esta historia no justifica
Mi esposa María Mercedes Gessen me señala que “las personas no son daños colaterales. Cada cifra posee un nombre, una familia, recuerdos, proyectos y alguien que esperará inútilmente su regreso. Un niño iraní no es responsable de Hezbolá. Una estudiante de Teherán no decidió financiar a Hamás. Un trabajador de Isfahán no es terrorista. Quienes llevan décadas enfrentándose a la teocracia podrían terminar muriendo bajo bombas lanzadas supuestamente para liberarlos. Tampoco debemos olvidar que el pueblo iraní no es idéntico a quienes lo gobiernan. Irán es una civilización antigua, una sociedad diversa y un país de extraordinaria riqueza cultural. Sus poetas hablaron del amor mucho antes de que sus gobernantes convirtieran el martirio en consigna política. Sus mujeres han desafiado a la policía moral. Sus estudiantes han pedido libertad. Sus periodistas, abogados, artistas y ciudadanos han pagado con cárcel, exilio o muerte, el derecho a imaginar otro futuro. Miles de Iraníes han muerto por la libertad…
Al final…
… Uno de los mayores peligros de nuestro tiempo es creer que, para defender a una víctima, necesitamos declararla inocente de toda su historia. No es así. La compasión no exige amnesia. Podemos rechazar las bombas que hoy caen sobre Irán y, al mismo tiempo, recordar a quienes fueron colgados en sus prisiones. Podemos defender la vida de sus niños y honrar la memoria de las mujeres asesinadas por reclamar libertad. Podemos exigir prudencia y límites a Israel y Estados Unidos sin guardar silencio ante Hezbolá, Hamás, los hutíes, el atentado contra organizaciones israelíes, la fatua contra Rushdie, las amenazas contra periodistas o la propaganda que convierte al hijo de un presidente en objetivo. No hay contradicción en ello. Existe coherencia moral. La paz no puede escoger qué muertos merecen nuestra compasión y cuáles deben ser olvidados porque incomodan nuestro relato. Cada víctima deja una silla vacía, una familia herida y una historia que ya nadie podrá terminar. El dolor de una madre iraní no vale menos que el de una madre israelí, palestina, libanesa, estadounidense o yemení. La paz comienza precisamente allí, cuando todas las vidas adquieren el mismo valor, ningún sufrimiento se utiliza para borrar otro y todas las responsabilidades pueden ser examinadas sin temor ni conveniencia. La República Islámica de Irán proclamó durante décadas una guerra “santa” contra sus enemigos. Pero ninguna puede llamarse santa cuando necesita prisiones secretas, fosas comunes, mujeres silenciadas, escritores condenados, periodistas perseguidos, rehenes, niños amenazados y pueblos extranjeros convertidos en campos de batalla. Debemos llamarla por su verdadero nombre: no ha sido una guerra santa, sino una guerra por el poder, revestida con palabras “divinas”. Debemos defender la paz no porque el régimen iraní la merezca, ni porque Israel o Estados Unidos sean inocentes, sino porque la paz no es un premio que los gobiernos conceden o reciben según su comportamiento. Es un derecho que pertenece a los pueblos, el derecho a vivir, a amar, a disentir, a criar a sus hijos y no morir por los odios, los miedos y las ambiciones de quienes aseguran representarlos. Recordar los crímenes no justifica una nueva guerra. Impedir una nueva confrontación tampoco exige falsificar la historia. Y, aun después de tanto dolor, Irán no es solamente la historia de quienes lo han gobernado, sino también la ilusión de quienes han resistido. La esperanza vive en las mujeres que levantan el rostro cuando se les ordena bajarlo. Vive en los jóvenes que todavía se atreven a imaginar un país sin verdugos ni enemigos eternos. Vive en cada iraní que conserva la compasión cuando el poder le exige odio. Porque ningún régimen dura para siempre, pero la dignidad humana posee la obstinada costumbre de volver a levantarse… Que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...
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