Taiwán: ¿La próxima chispa de una guerra mundial?
- Vladimir Gessen

- hace 7 horas
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¿Puede un error de cálculo en Taipéi desencadenar una guerra en cadena entre China, Estados Unidos, Rusia, la OTAN y Oriente Medio?... Las guerras mundiales no nacen de un día para otro. Comienzan cuando alianzas, intereses, ambiciones y errores terminan entrelazándose...
La historia no suele repetirse exactamente…
Sin embargo, puede orientarnos para interpretar nuestra época. Vivimos un momento en el que diversas guerras regionales y tensiones geopolíticas se desarrollan simultáneamente en distintos lugares del planeta y comenzamos a percibir señales de una creciente sincronización estratégica entre ellos. Consideradas de forma aislada, cada una posee sus propias causas, actores e intereses. Pero observadas sobre un mismo mapa comienzan a plantear una pregunta: ¿estamos presenciando el nacimiento de una nueva forma de confrontación global? Un fenómeno que hace especialmente complejos los conflictos actuales. Las guerras del siglo XXI rara vez son libradas únicamente por quienes aparecen combatiendo sobre el terreno. Detrás de muchos enfrentamientos se desarrolla una extensa red de cooperación militar, tecnológica, financiera y de inteligencia. Rusia ha profundizado durante los últimos años su cooperación estratégica con Irán. Mientras tanto Corea del Norte mantiene una histórica colaboración en materia de misiles y, al mismo tiempo, ha incrementado su cooperación militar con Moscú, y en el oriente, China, aunque evita involucrarse directamente en los combates, sostiene una estrecha relación económica y tecnológica tanto con Rusia como con Irán, Pekín rechaza las acusaciones occidentales de contribuir militarmente a esos conflictos, pero varios gobiernos sostienen que componentes de doble uso y otros apoyos han fortalecido la capacidad industrial rusa. Y es esa clase de apoyos indirectos lo que constituye uno de los mecanismos mediante los cuales las guerras locales pueden transformarse, casi imperceptiblemente, en crisis internacionales. Las alianzas no siempre comienzan con el envío de soldados. Muchas veces lo hacen con financiamiento, transferencia tecnológica, inteligencia, asesoría militar, sistemas de armas o respaldo diplomático. A finales de la década de los 30 y a principios de los 40, el mundo no despertó una mañana descubriendo que había comenzado la Segunda Guerra Mundial. La tragedia fue construyéndose lentamente... Las guerras mundiales inician cuando los intereses estratégicos, las alianzas militares, el financiamiento, la tecnología y los sistemas de armas de múltiples naciones se entrelazan alrededor de conflictos aparentemente regionales… No sería responsable ignorar que numerosos estrategas militares, especialistas en relaciones internacionales y centros de estudios geopolíticos analizan esa posibilidad. La razón es sencilla: las guerras mundiales rara vez comienzan siéndolo. Generalmente nacen como conflictos separados que —poco a poco— terminan conectándose, casi sin que buena parte de la humanidad comprendiera la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Nadie puede afirmar con certeza que el mundo se dirige hacia una tercera guerra mundial. Pero no podemos ignorar que numerosos estrategas militares y centros de estudios geopolíticos como el del Bulletin of the Atomic Scientists consideran que el riesgo de una gran escalada internacional merece hoy mucha más atención: Hace un año, advirtieron que el mundo se acercaba peligrosamente a una catástrofe global. Desde entonces, las tensiones entre las grandes potencias se han intensificado y la cooperación internacional se ha debilitado. La creciente rivalidad entre Estados Unidos, Rusia y China, junto con la persistencia de conflictos armados en el Medio oriente y Ucrania, y otros riesgos globales, llevó a los expertos a situar en 85 segundos de la medianoche al Reloj del día Final, el punto más cercano a una catástrofe desde su creación en 1947. (2026 Doomsday Clock Statement).
La historia como advertencia
La tragedia de la II Guerra Mundial, fue construyéndose lentamente. Alemania ya había iniciado su expansión en Europa. Italia desarrollaba campañas militares en África, particularmente en Etiopía y posteriormente en Albania, en territorio europeo. Japón llevaba años inmerso en una guerra de enorme intensidad contra China tras la invasión de 1937. Cada conflicto parecía pertenecer a una región distinta. Cada gobierno analizaba únicamente su propia crisis. Muy pocos comprendieron que aquellos incendios separados terminarían fusionándose hasta convertirse en la mayor catástrofe militar de la historia, la II Guerra Mundial.
Hoy, el panorama internacional presenta diferencias notorias con respecto a 1939. Existen instituciones multilaterales, mecanismos diplomáticos, una economía global altamente integrada y, sobre todo, la disuasión nuclear, que hace que las grandes potencias sean mucho más cautelosas antes de enfrentarse directamente. Pero también existen semejanzas que merecen ser observadas: Rusia mantiene desde hace años una guerra de gran escala en Ucrania. En Oriente Medio, el enfrentamiento entre Israel e Irán ha dejado de ser una confrontación indirecta para involucrar acciones militares abiertas que han arrastrado, en distintos grados, a Estados Unidos, y cuyos efectos alcanzan de una u otra manera al Líbano, los territorios palestinos, Siria, Jordania, Irak, Yemen, Arabia Saudita, Kuwait, Catar, Bahréin, los Emiratos Árabes Unidos, Omán, Egipto y Turquía, además de mantener en alerta permanente a prácticamente toda la región. Mientras tanto, Corea del Norte —además de Irán— continúa fortaleciendo su cooperación militar con Rusia. Diversos gobiernos occidentales sostienen que China ha proporcionado apoyo económico y componentes de doble uso que han contribuido a sostener la capacidad industrial y militar de Rusia, aunque Pekín rechaza esa interpretación. Ninguno de estos escenarios constituye todavía una guerra mundial. Solo indicios. Pero todos forman parte de un mismo tablero estratégico.
El nuevo factor que no existía hace un mes
En las últimas semanas ha aparecido un elemento adicional. El debate internacional ya no gira únicamente alrededor de las capacidades militares de Estados Unidos. Ahora gira también en torno a la continuidad de sus compromisos internacionales. Las recientes iniciativas de la administración Trump para reducir determinados ejercicios militares con Corea del Sur y reabrir la vía diplomática con Corea del Norte han generado inquietud entre varios aliados asiáticos. Japón, Taiwán, Corea del Sur e incluso India observan atentamente hasta dónde llegará esa nueva estrategia mientras Washington prepara una eventual reunión entre Donald Trump y Xi Jinping. En geopolítica existe una regla poco conocida por el gran público como es que las percepciones pueden resultar tan importantes como los propios ejércitos. Cuando aliados y adversarios comienzan a preguntarse cuál será exactamente la reacción de las principales potencias del planeta ante una futura crisis, los cálculos estratégicos de todos los actores empiezan a modificarse…
Escenarios
Primer escenario: China mantiene la presión sin invadir Taiwán: Éste continúa siendo el escenario más probable. Ya no se trata únicamente de que China elija entre invadir o no invadir a Taiwán. Pekín dispone ahora de una tercera alternativa mucho más sofisticada. Se trata de mantener una presión permanente. Ejercicios militares. Presión diplomática. Bloqueos comerciales selectivos. Ciberataques. Guerra psicológica. Demostraciones navales y un incremento progresivo de la presencia aérea. Todo ello buscando un acuerdo con el gobierno de Taipéi para una integración política a China sin invadir, intentando una integración política semejante al modelo aplicado por Pekín en Hong Kong, aunque bajo circunstancias muy diferentes, sin cruzar el umbral de una ocupación militar… Podría estimarse una probabilidad aproximada del 70% o más de que China continúe privilegiando esta estrategia de desgaste gradual. Las razones siguen siendo muy poderosas. Taiwán concentra una parte crítica de la producción mundial de semiconductores avanzados. Una guerra provocaría enormes perturbaciones económicas. El estrecho continúa siendo una de las rutas marítimas más importantes del planeta. Y una operación anfibia seguiría constituyendo una de las campañas militares más complejas jamás intentadas. Además, Taiwán acaba de proponer un presupuesto de defensa récord para reforzar sus capacidades militares frente a la creciente presión china, con especial énfasis en drones, defensa asimétrica y preparación frente a un eventual bloqueo marítimo. China no desea repetir lo que le ocurrió a Alemania al invadir a Rusia en la segunda guerra, ni más reciente al Rusia invadir a Ucrania. Xi Jinping parece representar una característica tradicional de buena parte del pensamiento estratégico chino: la paciencia. En ocasiones, esperar puede convertirse en la forma más eficaz de avanzar sin disparar un solo tiro… En este escenario, China podría seguir fortaleciendo gradualmente su poder militar mientras espera condiciones internacionales más favorables…
Segundo escenario: China aprovecha la coyuntura internacional. Existe, sin embargo, otra opción que sigue preocupando a numerosos estrategas. Podría asignársele una probabilidad aproximada del 25%, dependiendo de cómo evolucionen simultáneamente Ucrania, Oriente Medio y la relación entre Washington y Pekín. Otro factor a tomar en cuenta es la reiterada expresión de aprecio y amistad de Donald Trump hacia Kim Jong Un... y el anuncio de la disminución de participar en los ejercicios militares con Corea del Sur, porque esto cambia el mensaje político que enviaba Estados Unidos de que estaba dispuesto a combatir junto a sus aliados. Cuando esos ejercicios se reducen por ese mensaje todo cambió. China puede preguntarse ahora: ¿Hasta dónde llegará realmente Washington? ¿Mantendrá el mismo compromiso con Taiwán? ¿Está cambiando la prioridad estratégica estadounidense?... China podría pensar que Washington está dispuesto a hacer concesiones para evitar abrir un segundo frente, o que Trump quiere evitar guerras, o que el presidente de EEUU privilegia los acuerdos personales, o más allá que busca reducir los compromisos militares… Y eso podría interpretarse como una oportunidad para el alto mando en Pekín. Todo depende de cómo se descifren las verdaderas intenciones estadounidenses. Desde esta perspectiva, algunos expertos consideran posible que China interprete este momento de elevada tensión global como una oportunidad estratégica. Si Estados Unidos tuviera que mantener simultáneamente importantes recursos militares en Europa y en Oriente Medio, la tentación de modificar el equilibrio alrededor de Taiwán podría aumentar. Este escenario implica la invasión de Taiwán. Podría comenzar mediante un bloqueo naval parcial. Interrupciones comerciales. Mayor presión aérea. Ocupación de pequeñas islas periféricas. Ataques cibernéticos y la coerción económica. La hipótesis central consiste en que China interprete la declaración de Trump y una elevada concentración simultánea de recursos estadounidenses en Europa y Oriente Medio como una oportunidad para tomar Taiwán.
Un accidente…
No es un escenario previsto, pero existe una tercera posibilidad de la que se habla mucho menos. Y quizá por eso resulte especialmente preocupante. No sería una guerra buscada deliberadamente. Sería una guerra provocada por un error. Un choque entre buques. El derribo accidental de un avión. Una colisión naval. Una interpretación equivocada. Un fallo tecnológico. Un ataque cibernético atribuido erróneamente, o de falsa bandera. La historia demuestra que muchas guerras comenzaron así. No porque alguien hubiera decidido iniciarlas. Sino porque una sucesión de errores terminó haciendo imposible detener la escalada. Su probabilidad es baja —si acaso del 5%— pero históricamente es el tipo de situación que más preocupa a los estrategas militares.
¿Podría Taiwán convertirse en el "Pearl Harbor" del siglo XXI?
La comparación debe hacerse con enorme prudencia. Pearl Harbor fue un ataque directo contra territorio estadounidense que provocó la entrada formal de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. Taiwán representa una realidad completamente distinta desde el punto de vista jurídico, político y militar. Pero está presente una similitud psicológica que merece el comentario. Cuando Japón atacó Pearl Harbor, numerosos conflictos regionales quedaron inmediatamente conectados. Europa. África. Asia. Pacífico… De pronto, todos comenzaron a formar parte de una sola guerra. La gran preocupación de algunos especialistas consiste en que un conflicto alrededor de Taiwán pudiera generar una dinámica semejante. Estados Unidos apoyando a Taiwán. Japón reforzando su participación defensiva. Australia ampliando su cooperación militar. La OTAN incrementando el respaldo a Europa en relación a Rusia. Y Rusia a su vez aprovechando la distracción occidental. Corea del Norte elevando la presión sobre la península coreana. Irán incrementando la tensión en Oriente Medio. Así, lo que hoy parecen conflictos separados podría transformarse en un único sistema de crisis interconectadas. Aunque no sea por decisión deliberada de las grandes potencias. Sino porque las alianzas militares terminarían activándose unas tras otras…
La verdadera situación
Como psicólogo, me llama la atención un fenómeno que suele repetirse en la historia. Los seres humanos tendemos a creer que las grandes catástrofes irrumpen de forma espectacular. Más en general ocurre exactamente lo contrario. Se inician con pequeños pasos. Con decisiones aparentemente racionales. Con respuestas limitadas. Con cálculos políticos. Con errores de percepción. Hasta que llega un momento en el cual nadie controla completamente la dinámica que él mismo ayudó a crear. Eso fue lo que ocurrió en 1914 en la I guerra. Y, en buena medida, también entre 1937 y 1941 con la segunda guerra. La historia no determina nuestro futuro. Pero sí nos recuerda que la prudencia estratégica constituye una de las mayores responsabilidades de cualquier liderazgo político.
Al final...
… Nadie puede afirmar que el mundo se dirige inevitablemente hacia una tercera guerra mundial. Sería ilógico sostenerlo. Pero quizá resulte aún más irresponsable comportarnos como si ese riesgo no existiera. Hoy observamos conflictos que, vistos por separado, parecen regionales. Sin embargo, al contemplarlos sobre el mapa completo del planeta comienzan a dibujar una inquietante red de alianzas, rivalidades, intereses estratégicos y carreras armamentistas que recuerda peligrosamente algunos de los patrones que precedieron a las grandes conflagraciones del siglo XX. La historia nos enseña una lección: las guerras mundiales casi nunca comienzan siéndolo. Surgen con crisis locales, decisiones políticas aparentemente limitadas, alianzas que se activan en cadena y líderes convencidos de que el conflicto permanecerá bajo control... hasta que deja de estarlo. El mayor peligro no reside únicamente en los misiles, los bombarderos, las armas hipersónicas o los arsenales nucleares. El verdadero riesgo aparece cuando las naciones comienzan a perder la capacidad de comprender el miedo, los intereses y los límites de sus adversarios. La historia demuestra que muchas guerras no estallan porque alguien las desee, sino porque demasiados dirigentes terminan creyendo que el otro nunca responderá… No obstante, las guerras del siglo XXI podrían no parecerse a las del siglo XX. Podrían seguirse librando simultáneamente en Ucrania, Oriente Medio, el Indo-Pacífico, el ciberespacio, los mercados financieros, los satélites, las cadenas de suministro, la inteligencia artificial y las redes de información. Y podrían resultar mucho más difíciles de reconocer antes de que sea demasiado tarde y en lugar de advertencia tengamos un epitafio… Mi esposa María Mercedes me acota: "Las guerras comienzan cuando los gobiernos dejan de verse como adversarios políticos y empiezan a verse como enemigos. La paz comienza exactamente en el instante contrario: cuando, aun pensando distinto, volvemos a reconocer que, al otro lado de la frontera, siguen viviendo seres iguales a nosotros"…
Si algún día nos preguntamos cómo pudo el mundo volver a acercarse al abismo teniendo delante las lecciones de dos guerras mundiales —con holocausto y bombas atómicas— ojalá la respuesta sea que la humanidad reaccionó a tiempo. Que prevalecieron la prudencia sobre la soberbia, el diálogo sobre la amenaza, la diplomacia sobre las armas, y la inteligencia sobre la fuerza. Porque, cuando la historia vuelve a llamar a la puerta, casi nunca lo hace para repetir exactamente el pasado. Lo hace para indagar si esta vez seremos lo suficientemente sabios como para no cometer los mismos errores, o más bien horrores… Que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...
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