¡Algo no está bien! ¿Estrategia o incierta apuesta?
- Vladimir Gessen

- hace 2 horas
- 11 min de lectura
Dos movimientos estratégicos: Donald Trump reduce ejercicios militares con Corea del Sur, desafía y se aleja de sus aliados en Europa y Asia… Mientras tanto, surgen ataques al sistema electoral de EEUU y se habla de una declaración de emergencia en medio de elecciones del Congreso…
¿Estrategia brillante, riesgo calculado o algo no encaja?
No lo escribo como adversario político de Donald Trump ni como defensor automático de quienes lo critican. Lo hago tratando de observar su conducta desde tres perspectivas que inevitablemente terminan encontrándose: la estrategia internacional, la política y la psicología. Porque las piezas, cuando se colocan juntas, producen una imagen difícil de comprender. Este domingo 16 de agosto, el presidente Donald Trump ordenó al Pentágono reducir sustancialmente los ejercicios militares conjuntos que Estados Unidos realiza con Corea del Sur. Explicó que eran costosos, que podían interpretarse como una señal hostil hacia Corea del Norte, y recordó nuevamente que mantiene una muy buena relación con el dictador Kim Jong-un. También, reprochó a Seúl no haber querido acompañar a Washington en su política hacia Irán. Es decir: Trump está ordenando disminuir una actividad militar conjunta con un aliado de Estados Unidos como lo es la democrática Corea del Sur. para evitar provocar a la comunista Corea del Norte, mientras Pyongyang mantiene una estrecha cooperación militar con Rusia. Hasta allí podríamos encontrarnos ante una estrategia diplomática perfectamente discutible, pero comprensible: disminuir las tensiones para volver a sentar a Kim Jong-un en una mesa de negociación. Pero el problema aparece cuando miramos todo el tablero en su conjunto… Corea del Sur es uno de los aliados militares fundamentales de Estados Unidos en Asia. Corea del Norte, mientras tanto, continúa desarrollando misiles y armamento nuclear y misiles capaces de llegar a territorio estadounidense. En el ínterin, la OTAN afirma expresamente que Corea del Norte está ayudando directamente a Rusia en la guerra contra Ucrania mediante tropas, armas y municiones. Fuentes especializadas estiman que Pyongyang ha transferido más de 15 millones de proyectiles de artillería y desplegado alrededor de 14.000 o 15.000 soldados. En agosto, además, Ucrania informó que una unidad norcoreana de misiles estaba siendo desplegada en Rusia y que podría disponer de unos 120 misiles balísticos... Además, Corea del Norte e Irán poseen una larga historia de cooperación en materia de misiles. Ya en 2011, un informe del Panel de Expertos de Naciones Unidas concluía que ambos países parecían haber intercambiado regularmente tecnología relacionada con misiles balísticos, en violación de las sanciones internacionales… Por esto nos preguntamos: ¿Por qué el presidente de Estados Unidos reduce los ejercicios militares con un aliado para no incomodar a un régimen que simultáneamente fortalece militarmente a uno de los principales adversarios estratégicos de Estados Unidos y Occidente?
La posible lógica de Trump
Antes de calificar esta conducta como un dislate, debemos reconocer que puede existir detrás de ella una estrategia. Trump podría estar intentando reproducir parcialmente lo que hizo durante su primer gobierno. Después de su encuentro con Kim Jong-un en Singapur en 2018 suspendió grandes ejercicios militares con Corea del Sur con la esperanza de favorecer la negociación nuclear. El problema es que aquel proceso produjo encuentros históricos y fotografías extraordinarias, pero no consiguió la desnuclearización norcoreana. Pyongyang posee hoy un arsenal considerablemente mayor que entonces. No obstante podría haber ahora un objetivo estratégico adicional como sería separar a Kim de Putin: Si Trump consiguiera atraer nuevamente a Corea del Norte hacia una negociación con Washington, disminuir su dependencia de Moscú, y detener o reducir su apoyo militar a Rusia, la jugada tendría sentido… Sería, en términos clásicos, diplomacia triangular, ofrecer algo relativamente limitado —menores ejercicios militares— para modificar una alianza potencialmente peligrosa entre dos adversarios… Por otro lado, existe también otra explicación. Estados Unidos tiene actualmente importantes recursos militares comprometidos en Oriente Medio. Reducir temporalmente determinadas operaciones asiáticas que podrían formar parte de una redistribución de prioridades militares. Medios han señalado precisamente que la creciente atención estadounidense sobre Irán está afectando el despliegue estratégico norteamericano en otras regiones. Por eso no descartaría que exista esta estrategia. Aunque solamente puede evaluarse por aquello que recibe a cambio. Y ahí comienza la preocupación...
Relaciones personales no sustituyen las relaciones entre Estados
Trump practica una diplomacia claramente personalizada. Con frecuencia describe las relaciones internacionales mediante categorías propias de las relaciones humanas, y comenta cosas como estas: que alguien le gusta, alguien lo respeta, alguien lo traicionó, alguien es amigo, alguien no cumplió. Eso en algunos casos logra convertirse en una ventaja. Los grandes acuerdos de la historia también necesitaron confianza personal. Reagan y Gorbachov, Nixon y Zhou Enlai, Begin y Sadat descubrieron que detrás de los Estados existían personas capaces de hablarse. El problema aparece cuando confundimos dos conceptos: la relación entre los líderes y la relación entre los países… Así, Kim Jong-un puede sentirse personalmente cómodo con Donald Trump y Corea del Norte continuar siendo a la vez un adversario estratégico de Estados Unidos. Un estadista necesita distinguir ambas dimensiones. Porque las alianzas internacionales no deberían depender únicamente de afectos personales. Los presidentes pasan. Los intereses nacionales permanecen. Una cosa es ser Donald Trump, la persona, y otra su investidura, el Presidente de los Estados Unidos.
La imprevisibilidad como estrategia
También existe otro posibilidad favorable a Trump: Puede estar utilizando deliberadamente la imprevisibilidad. Richard Nixon hablaba de algo parecido con su conocida estrategia de hacer creer al adversario que podía comportarse de manera inesperada. Si el enemigo nunca sabe exactamente qué hará un Jefe de Estado, debe calcular más cuidadosamente sus movimientos. Trump ha convertido lo imprevisible en una de las características centrales de su forma de negociar. Hoy amenaza. Mañana halaga. Pasado mañana impone aranceles. Al día siguiente los baja. Después invita a negociar. Puede parecer caótico desde fuera y, sin embargo, existir una lógica negociadora detrás. Pero existe un límite. La imprevisión puede inquietar al adversario. Y cuando comienza a hacerlo —más al aliado que al adversario— deja de ser únicamente una herramienta de negociación, y comienza a convertirse en un problema estratégico. Y eso parece estar ocurriendo en Corea del Sur, además de con los aliados Europeos…
Y todo en medio de las elecciones intermedias…
La estrategia del presidente no sería solamente un debate de política exterior si al mismo tiempo no estuviera ocurriendo algo muy distinto dentro de Estados Unidos. En los últimos meses Trump ha incrementado sus cuestionamientos al sistema electoral estadounidense y su administración quiere modificar diversas reglas relacionadas con el voto. Varias de esas medidas han sido bloqueadas por tribunales federales, precisamente porque los jueces han considerado que el Poder Ejecutivo estaba excediendo sus atribuciones. Más preocupante aún es que hace pocos días Trump dejó abierta públicamente la posibilidad de declarar una emergencia de seguridad nacional para aumentar el control federal sobre aspectos de las elecciones legislativas de noviembre de 2026. Otros medios habían informado anteriormente que funcionarios de su administración estudiaron la utilización de poderes de emergencia para imponer cambios relacionados con los sistemas electorales sorteando a la Election Assistance Commission. Esto debe analizarse con muchísimo cuidado porque existe una enorme diferencia entre dos afirmaciones que están comenzando a fundirse… Una es cierta, Trump podría declarar una emergencia nacional bajo determinadas leyes estadounidenses. La otra no lo es: una declaración presidencial de emergencia no le permite cancelar unilateralmente las elecciones federales. La Constitución coloca la regulación de las elecciones legislativas en los estados y en el Congreso, no en la Presidencia. La ley federal establece que las elecciones para el Congreso se realizan el martes siguiente al primer lunes de noviembre de los años pares. Y existe todavía una barrera constitucional más importante: La vigésima enmienda determina que los mandatos de representantes y senadores terminan el 3 de enero y los del presidente y vicepresidente el 20 de enero del año que corresponda. Una declaración de emergencia presidencial no borra esas fechas de la Constitución. Es decir, una cosa es intentar intervenir en procedimientos electorales invocando poderes extraordinarios —algo que seguramente produciría una gigantesca batalla judicial y política— y otra completamente distinta suspender las elecciones y prolongar automáticamente los mandatos. Eso último no está dentro de las facultades constitucionales del presidente... Estados Unidos nunca ha suspendido nacionalmente sus elecciones a la presidencia ni al Congreso por una guerra o una declaración presidencial de emergencia. Ni siquiera durante la Guerra Civil: en 1862 y nuevamente en 1864, mientras estadounidenses combatían contra estadounidenses, se celebraron elecciones del Congreso.
Ni siquiera durante las grandes guerras
La historia estadounidense resulta particularmente elocuente. Abraham Lincoln se presentó a la reelección en 1864 mientras Estados Unidos estaba librando su propia Guerra Civil. Ganó las elecciones frente al general George McClellan. Franklin D. Roosevelt volvió a presentarse a elecciones en 1944 mientras centenares de miles de estadounidenses combatían en Europa y el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Los Archivos Nacionales califican expresamente aquella elección como una realizada en tiempo de guerra. Dwight Eisenhower fue elegido en 1952 mientras continuaba la Guerra de Corea. Richard Nixon fue elegido en 1968 y reelegido en 1972 mientras Estados Unidos combatía en Vietnam. Y George W. Bush fue reelecto en 2004 cuando las fuerzas estadounidenses se encontraban simultáneamente en Afganistán e Irak. Por eso sería disparatado hasta históricamente sostener que las actuales guerras internacionales justifican la suspensión de una elección estadounidense. Si ni siquiera una Guerra Mundial, Corea, Vietnam, Afganistán o Irak suspendieron el proceso electoral nacional, habría que explicar qué circunstancia actual podría justificar algo semejante…
Los tres escenarios posibles
Primer escenario: Trump sabe exactamente lo que está haciendo
La reducción de ejercicios con Corea del Sur constituiría una pieza dentro de una negociación mayor destinada a recuperar el diálogo con Kim Jong-un, distanciarlo de Rusia y reducir tensiones nucleares en Asia. La presión sobre las instituciones electorales respondería, por otra parte, a su convicción genuina —correcta o equivocada— de que el sistema electoral necesita profundas reformas. Ambas conductas serían polémicas, pero tendrían una lógica interna… Le asignamos un 30 % de probabilidad.
Segundo escenario: Presente una estrategia parcial, pero no global coherente
Trump puede estar obteniendo ventajas en las negociaciones inmediatas mientras al mismo tiempo deteriora elementos más del poder estadounidense como son la confianza de los aliados, la previsibilidad institucional y la credibilidad de las reglas democráticas. Es perfectamente posible ganar una negociación y perder una alianza. Ganar una discusión y deteriorar una institución. Conseguir que Kim vuelva a conversar y provocar que Corea del Sur comience a preguntarse si algún día necesitará defenderse completamente por sí misma, como están pensando en la OTAN y en la Unión Europea. Este es actualmente el escenario más probable con una probabilidad del 50 %.
Tercer escenario: Observando una progresiva personalización del poder
En este escenario, la política exterior y la política doméstica comienzan a organizarse cada vez más alrededor de una misma percepción, la de que los países amigos son aquellos cuyos dirigentes cooperan con el presidente. Las instituciones legítimas son aquellas que producen resultados que así considera el presidente. Los aliados que contradigan a la Casa Blanca pueden recibir sanciones de castigo… No estamos formulando un diagnóstico clínico de Donald Trump. Sería irresponsable hacerlo sin una evaluación profesional directa. Estamos describiendo un patrón posible de liderazgo político. Si este tercer escenario comenzara a consolidarse, entonces aumentaría nuestra preocupación. A pesar de esto, hasta el presente existe un elemento que impide concluir que Estados Unidos se encuentre ante una presidencia sin contrapesos. Las instituciones todavía están respondiendo. Particularmente la Corte Suprema y, en determinados momentos, el propio Congreso han enviado señales de que existen fronteras que el Poder Ejecutivo que no puede atravesar simplemente invocando la voluntad presidencial. La Corte Suprema —a pesar de contar con una mayoría conservadora de seis magistrados contra tres y de haber respaldado a Trump en decisiones importantes— también ha establecido límites significativos. En febrero de 2026 determinó que la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) no autorizaba al presidente a imponer los amplios aranceles que había decretado invocando poderes de emergencia. La propia sentencia recordó que la Constitución entrega al Congreso la facultad de establecer impuestos y aranceles y señaló que el presidente carece de una autoridad inherente para imponerlos en tiempos de paz.
En junio ocurrió algo todavía más revelador. Al examinar el intento de Trump de remover a Lisa Cook de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal, la Corte sostuvo que el hecho de que una ley conceda facultades discrecionales al Ejecutivo no significa que el presidente pueda ejercerlas por cualquier motivo o sin motivo alguno, y afirmó expresamente que corresponde a los tribunales determinar los límites del poder presidencial bajo la ley que rige a la Reserva Federal. Un día después, la Corte rechazó también el intento presidencial de restringir por decreto ejecutivo el principio constitucional de ciudadanía por nacimiento.
El Congreso también ha mostrado señales de independencia. El 23 de junio, un Senado controlado por los republicanos aprobó por 50 votos contra 48 una resolución de poderes de guerra destinada a ordenar el cese de las hostilidades estadounidenses contra Irán. cuatro senadores republicanos se unieron a los demócratas. Fue la primera vez desde la aprobación de la War Powers Resolution de 1973 que ambas cámaras aprobaron una medida de esa naturaleza contra un presidente en ejercicio. Sin embargo, tampoco debemos idealizar ese contrapeso porque un mes después, el Senado bloqueó otra resolución semejante por 49 votos contra 47. Esto resulta fundamental para comprender este tercer escenario. Hasta ahora no estamos ante un presidente que pueda hacer simplemente todo cuanto desea. Estamos ante un presidente que constantemente prueba hasta dónde llegan los límites de su poder, mientras las demás instituciones deciden, caso por caso, dónde colocan la frontera. Algunas veces se le ha permitido cruzar, pero otras veces no. Y es aquí donde se encuentra la verdadera prueba para la democracia estadounidense. El sistema funciona cuando el Congreso legisla, los tribunales juzgan, los estados ejercen sus competencias, y el presidente gobierna dentro de esos límites. Si comenzara a materializarse este tercer escenario de creciente personalización del poder, lo que tendríamos por delante es si ¿seguirían funcionando los contrapesos institucionales cuando llegue el momento verdaderamente difícil de decirle que no? Hasta hoy existen razones para responder que sí. Pero también sentimos suficientes indicios para continuar observando… Le damos una probabilidad a este escenario del 20 %, pero lo seguiremos con mayor atención.
Al final…
… ¿Es Trump un extraordinario negociador utilizando una estrategia que todavía no alcanzamos a comprender? ¿Está empleando deliberadamente la imprevisibilidad para conseguir concesiones de Kim Jong-un? ¿Pretende romper el creciente eje militar entre Corea del Norte y Rusia? Puede ser. Pero todo estratega siempre debe formular qué estamos entregando y qué estamos recibiendo a cambio… Si Estados Unidos reduce ejercicios militares con Corea del Sur y Kim reduce su cooperación militar con Rusia, comienza negociaciones nucleares y disminuye sus provocaciones, Trump podrá decir que tuvo razón. Pero si Estados Unidos reduce los ejercicios, y Corea del Norte continúa desarrollando misiles, ayudando a Rusia y no realiza ninguna concesión significativa, entonces no habrá existido una genial estrategia sino la peor. Habrá existido una concesión unilateral… Y respecto a las elecciones, el principio debe ser todavía más sencillo: Un presidente puede ganar elecciones y puede perderlas. Puede criticar sus reglas o intentar cambiarlas dentro de la Constitución. Lo que ningún presidente debe decidir es si los ciudadanos tendrán o no oportunidad de votar sobre quienes gobiernan. Porque precisamente en los momentos de guerra, crisis, miedo e incertidumbre es cuando las democracias demuestran si realmente lo son. Lincoln permitió que los estadounidenses decidieran su futuro mientras todavía morían estadounidenses en Gettysburg y Atlanta. Roosevelt permitió elecciones mientras jóvenes norteamericanos combatían desde Normandía hasta el Pacífico. Nixon las realizó durante Vietnam. Bush durante Afganistán e Irak. No porque aquellos momentos fueran tranquilos. Sino precisamente porque no lo eran… En este punto, mi esposa María Mercedes Gessen me señala que “lo más peligroso no es que un presidente se equivoque, porque todos los mandatarios pueden errar. Lo verdaderamente peligroso comienza cuando alguien llega a creer que, por considerar correctas sus decisiones, puede colocarlas por encima de las instituciones que limitan su poder. La democracia no existe solamente cuando elegimos a quien gobierna, lo hace, sobre todo, cuando quien gobierna acepta que también puede ser derrotado, contradicho y limitado. Y esa aceptación es una de las pruebas psicológicas más difíciles para cualquier ser humano que alcanza tan enorme poder. Porque gobernar democráticamente no consiste únicamente en saber ordenar, decretar y regir. Consiste también en saber el límite de lo que no se puede disponer”…
Y esta es la contradicción que comienza a preocupar. Mientras Estados Unidos muestra indulgencia hacia un adversario nuclear para preservar una relación personal con su líder, aumenta la presión sobre un aliado, y mes a mes son más los países en el mundo que están en la misma situación… ¿Puede aislarse los Estados Unidos?... Además, también nos inquieta que Donald Trump —quien es el presidente— comience a discutir poderes extraordinarios sobre unas elecciones que pueden resultarle políticamente incómodas de forma personal… ¿Estrategia? Quizá. ¿Una enorme apuesta? Sin duda. ¿Un dislate? Todavía no podemos afirmarlo. Pero cuando observamos la relación con Kim Jong-un, la presión sobre Corea del Sur, las guerras de Ucrania e Irán, la creciente utilización del concepto de “emergencia” y el cuestionamiento permanente de las instituciones electorales estadounidenses, y las controversias con la Corte Suprema y en Congreso, existe una frase que comienza inevitablemente a rondarme la cabeza: ¡Algo no está bien!... Y cuando algo no está en su sitio en la principal potencia militar del planeta, la cuestión deja de interesar solamente a políticos y estrategas. Comienza a interesarnos a todos los estadounidenses… ¡Just in case!... Que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de El Nacional. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen








A thought-provoking analysis of how unpredictable foreign policy, alliances, and institutional checks can shape democratic stability. The article’s emphasis on weighing evidence and scenarios also connects nicely with critical-thinking activities such as fun math for kids.