¿Somos libres?
La humanidad tardó milenios en hacer de la libertad un derecho universal. Hoy vuelve a estar amenazada. ¿Tendremos el valor de defenderla?... Creemos ser emancipados, pero ¿podemos pensar, hablar, elegir y disentir sin miedo? En realidad es la conquista más frágil que hemos logrado…
¿Eres libre o solamente crees serlo?
Sentirnos libres no equivale automáticamente a ser plenamente autores de nuestras decisiones. Quizá la primera prisión de la humanidad no estuvo construida con piedras ni protegida por soldados. Pudo haber nacido cuando alguien convenció a otro ser humano de que no tenía derecho a pensar, elegir, marcharse, disentir ni decidir sobre su propia vida. Desde entonces, buena parte de la historia puede leerse como una lucha entre dos fuerzas, quienes aspiran a gobernarse a sí mismos y quienes pretenden gobernar la conciencia, el cuerpo y el destino de los demás. Pero ¿qué significa realmente ser libre? ¿Es libre quien puede caminar por las calles, pero teme expresar lo que piensa? ¿Quien vota, pero únicamente puede escoger entre alternativas que no lo representan? ¿Quien posee el derecho legal de hablar, pero podría perder su trabajo, sus amistades o incluso a su familia si manifiesta una opinión diferente? ¿Quien vive en democracia, pero obedece ciegamente a su partido, su grupo social o sus prejuicios? ¿Quien practica una religión porque la heredó, pero jamás se permitió examinarla? ¿Quien dispone de innumerables opciones de consumo, pero carece de la educación, la salud o los recursos mínimos para decidir qué hacer con su existencia?... Y una pregunta más íntima: ¿somos libres cuando nuestras decisiones están gobernadas por miedos que nunca examinamos, costumbres que no escogimos y certezas que otros colocaron dentro de nosotros?
La libertad no nació para todos
En los países democráticos solemos hablar de la libertad como si siempre hubiera pertenecido naturalmente a cada ser humano. Pero no fue así. Durante buena parte de la historia, ser libre no significaba poseer un derecho universal, sino disfrutar de un privilegio. En la antigua Atenas, considerada cuna de la democracia occidental, la participación política estaba reservada a una fracción limitada de la población masculina. Las mujeres, los esclavos y los extranjeros permanecían excluidos. En Roma, la libertas diferenciaba principalmente al ciudadano del esclavo, pero no convertía a todas las personas en iguales… Las mismas culturas que produjeron algunas de las más elevadas reflexiones sobre la libertad convivieron con la esclavitud, la subordinación femenina, la conquista territorial y el dominio de unos pueblos sobre otros. Esa contradicción nos acompaña desde entonces. Los seres humanos hemos sido capaces de proclamar principios universales y, al mismo tiempo, encontrar razones, excusas y excepciones para no aplicarlos a quienes consideramos diferentes. La Carta Magna de Inglaterra, acordada en 1215 entre el rey Juan —conocido como Juan Sin Tierra— y un grupo de barones rebeldes reunidos en Runnymede, estableció un precedente decisivo al consignar por escrito que el monarca y su gobierno no estaban por encima de la ley. Sin embargo, aquel acuerdo protegía fundamentalmente los intereses de la nobleza y se encontraba todavía muy lejos de reconocer libertades universales. Su trascendencia histórica consistió en sembrar una idea que entonces resultaba revolucionaria como es que quien gobernaba debía encontrar límites frente a otras personas y ante la ley. El poder dejaba de presentarse como una voluntad completamente superior e intocable. Comenzaba a insinuarse que ningún soberano debía ser dueño absoluto de la vida y del destino de sus gobernados. Siglos después, la Declaración de Independencia de Estados Unidos afirmó que los seres humanos poseían derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Era una proclamación extraordinaria, pero nacía dentro de una sociedad que todavía mantenía la esclavitud y excluía a las mujeres del poder político. La Declaración de los Derechos del “Hombre” y del Ciudadano de 1789 sostuvo que los seres humanos nacían y permanecían libres e iguales en derechos. Sin embargo, tampoco su promesa alcanzó inmediatamente a las mujeres, a los esclavos ni a los pueblos colonizados… Así —paso a paso— avanzó la libertad, y quienes habían sido excluidos tomaron aquellas palabras y se preguntaron: si estos derechos son universales, ¿por qué no se aplican también a nosotros? Los esclavos lucharon por su emancipación, los pueblos, por su independencia. Los trabajadores, por condiciones dignas, las mujeres, por su ciudadanía y por el derecho a decidir sobre sus propias vidas, las minorías, por la igualdad ante la ley, los periodistas, por la posibilidad de informar, los creyentes, por practicar libremente su religión, y los no creyentes, por no ser obligados a aceptar ninguna…También lucharon los librepensadores por el derecho a sus convicciones sin permitir que ninguna autoridad pensara por ellos. Cada una de esas luchas amplió el significado de la libertad y recordó a la humanidad que ningún derecho puede llamarse universal mientras alguien permanezca excluido de él. Porque un privilegio del que solamente disfrutan algunos puede recibir muchos nombres, pero no merece llamarse libertad. La historia de la libertad es, en buena medida, la historia de las personas que obligaron a la humanidad a cumplir las promesas que había formulado, pero se negaba a respetar.
El costo de la libertad
Después de milenios de civilización, hasta las dos guerras mundiales, el Holocausto y millones de seres humanos asesinados por regímenes que habían convertido al individuo en un simple instrumento del Estado, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 proclamó que todos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos. Reconoció las libertades de pensamiento, conciencia, religión, opinión, creencias, expresión, asociación y movimiento, junto con el derecho de los ciudadanos a participar en el gobierno de sus países. Por primera vez, —hace menos de un siglo— la humanidad afirmó colectivamente que la libertad no debía depender de la raza, el sexo, la nacionalidad, la religión, la posición económica ni la voluntad del gobernante. La Declaración no abrió por sí sola las cárceles, no derribó las dictaduras ni terminó con la persecución. Una hoja de papel no podía devolver la vida a quienes habían sido asesinados ni borrar el sufrimiento de quienes habían sido humillados. Pero trazó una frontera moral. Desde entonces, ningún gobierno podría oprimir sin enfrentarse, al menos, con el principio universal que declara ilegítima su opresión. Esas palabras habían sido escritas con la memoria de millones de muertos. Por eso la libertad nunca ha sido gratuita…
¿Libertad para qué?
La filosofía política ha distinguido diferentes formas de libertad. Existe una libertad que podríamos describir como ausencia de interferencia, que nadie nos impida hablar, desplazarnos, creer, crear, asociarnos, emprender, amar o decidir. Es la libertad frente a la censura, la prisión arbitraria, la persecución, la violencia y la imposición… Isaiah Berlin la llamó libertad negativa: el espacio dentro del cual una persona puede actuar sin que otras interfieran coercitivamente. Junto a ella se encuentra la libertad positiva: la posibilidad de dirigir la propia vida, gobernarse a sí mismo y convertirse en autor de las decisiones que terminan definiéndonos. No basta, por tanto, con que nadie nos prohíba escribir un libro si no sabemos leer. Tampoco con que podamos escoger una profesión si nunca tuvimos acceso a una educación adecuada, con que la ley nos permita abandonar una relación abusiva si dependemos económicamente de quien nos maltrata, o con que se reconozca el derecho al voto cuando no existen información confiable, opciones reales ni elecciones auténticamente competitivas. Una puerta abierta no representa una salida para quien ha sido convencido de que no puede cruzarla… Amartya Sen propuso comprender el desarrollo como una ampliación de las capacidades y libertades reales de las personas. Desde esta perspectiva, la pobreza, la enfermedad evitable, el analfabetismo y la exclusión reducen la posibilidad efectiva de construir la vida que cada individuo considere valiosa. Esto significa que una sociedad libre necesita procurar que cada persona posea las condiciones mínimas para ejercer verdaderamente su libertad. El hambre limita la libertad, pero alimentar a un pueblo no concede a ningún gobernante el derecho de silenciarlo. La prosperidad sin derechos puede producir bienestar material, pero también súbditos bien alimentados. De igual manera, proclamar libertades que millones de personas no pueden ejercer debido a la miseria puede convertirlas en palabras hermosas, pero vacías. No debemos escoger entre libertad política y justicia social. Necesitamos ambas. Una persona sometida por el Estado no es libre, pero quien vive subordinado por la miseria tampoco puede ejercer plenamente su libertad. No basta con aceptar que alguien elija si todas las opciones disponibles conducen al desamparo… Existe, además, otra dimensión como ver a la libertad como ausencia de dominación. El filósofo Philip Pettit ha explicado que alguien no es verdaderamente libre cuando vive expuesto al poder arbitrario de otra persona, aunque ese poder todavía no haya sido utilizado. Un esclavo no se vuelve libre porque tenga un amo bondadoso. Una mujer no es libre si su pareja “le permite” salir, trabajar o estudiar. Un periodista no es libre si puede publicar únicamente mientras sus palabras no incomoden al gobernante. Un ciudadano tampoco lo es cuando el poder podría encarcelarlo, despojarlo o silenciarlo cuando quisiera, aunque todavía no haya decidido hacerlo. La libertad no consiste en depender de la benevolencia de quien posee poder sobre nosotros. Consiste en que nadie tenga la facultad arbitraria de decidir si mañana continuaremos siendo libres. Porque depender de la bondad del poderoso no es libertad. Es vivir dentro de una jaula cuya puerta permanece abierta solamente mientras su dueño así lo desea.
La libertad psicológica
La libertad también es una necesidad psicológica. La teoría de la autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, identifica la autonomía como una de las necesidades psicológicas humanas fundamentales, junto con la competencia y la vinculación con otras personas. La autonomía no significa vivir aislados, negar nuestros afectos ni rechazar toda influencia. Significa sentir que nuestras acciones poseen una aprobación interior, que participamos verdaderamente en nuestras decisiones y que no vivimos únicamente bajo la presión, el miedo o la manipulación. Podemos cumplir libremente una norma porque comprendemos su sentido y la consideramos justa. También podemos aceptar responsabilidades, compromisos y vínculos sin perder nuestra autonomía. Amar a alguien, cuidar a nuestros hijos, cumplir una promesa o consagrarnos a una causa no nos hace menos libres cuando esos compromisos han sido asumidos conscientemente. La libertad no consiste en vivir sin deberes, sino en reconocer como propios aquellos que hemos decidido asumir. La satisfacción de las necesidades de autonomía, competencia y vinculación se relaciona con un mayor bienestar, una motivación más profunda y un mejor funcionamiento psicológico. Por el contrario, cuando una persona siente que carece de control sobre su existencia, puede comenzar a perder no solo su libertad efectiva, sino también la confianza en su capacidad para recuperarla. La investigación sobre la indefensión aprendida mostró que la exposición prolongada a situaciones incontrolables puede producir pasividad, temor y disminución de la iniciativa. Cuando una persona comprueba repetidamente que nada de lo que hace modifica los resultados, puede dejar de intentarlo incluso cuando posteriormente aparece una oportunidad real de actuar. Algo parecido puede ocurrir en una sociedad. Cuando los ciudadanos descubren durante años que su voto no cambia nada, que las denuncias no producen justicia, que la corrupción permanece impune y que protestar únicamente genera castigo, pueden terminar aprendiendo a callar. La resignación se convierte entonces en una prisión psicológica. El poder ya no necesita cerrar todas las puertas, porque ha logrado que las personas crean que ninguna conduce hacia afuera. Tampoco necesita colocar un guardián frente a cada casa, porque ha conseguido instalar un pequeño vigilante dentro de cada conciencia. Esta es una de las formas más evidentes de perder la libertad: dejar de luchar por ella porque hemos sido convencidos de que nunca podremos recuperarla… Otra clave psicológica es que sin libertad difícilmente puede existir una felicidad plena y viceversa, porque el bienestar no depende únicamente de experimentar placer o evitar el sufrimiento, sino también de sentir que dirigimos nuestra vida y que nuestras decisiones verdaderamente nos pertenecen. Un metaanálisis de 36 muestras y 12.906 participantes encontró una relación significativa entre la satisfacción de la necesidad de autonomía y el bienestar subjetivo. Podemos experimentar comodidad o seguridad bajo el control de otros, pero resulta difícil alcanzar una felicidad auténtica cuando vivimos una existencia escrita por alguien más… La felicidad y la libertad están imbricados.
El miedo a ser libres
Erich Fromm advirtió una paradoja que conserva enorme vigencia: los seres humanos podemos luchar por conquistar la libertad y luego sentir miedo ante ella. Ser libre significa escoger, y escoger implica incertidumbre. Significa asumir que podemos equivocarnos y que ya no podremos atribuir todas nuestras decisiones al padre, al líder, al partido, a la tradición, a la religión o al destino. Fromm observó que algunas personas procuran escapar de esa ansiedad sometiéndose a una autoridad que les ofrece identidad, seguridad y respuestas absolutas. El autoritarismo promete liberar al individuo del peso de pensar. El líder decidirá quiénes son los buenos y los malos, qué debe creerse, a quién debe temerse y cuál es el sentido de la vida colectiva. De esa manera, muchas personas no pierden la libertad solamente porque alguien se las arrebata. En ocasiones la entregan voluntariamente a cambio de certidumbre, pertenencia, seguridad o la ilusión de grandeza. Esto ayuda a comprender por qué los autoritarismos no siempre llegan por la fuerza. A veces son invitados por ciudadanos cansados, frustrados o atemorizados. Rara vez se presentan diciendo: “Venimos a eliminar tu libertad”. Prometen es orden, igualdad, seguridad, justicia, revolución, restauración nacional o protección frente a un enemigo. Después solicitan una pequeña renuncia temporal. Más tarde exigen otra. Y cuando la sociedad descubre cuánto ha entregado, puede ser demasiado tarde. La primera victoria del autoritarismo no ocurre cuando encarcela al opositor. Ocurre cuando logra que la mayoría considere razonable encarcelarlo.
¿Nos sentimos libres o realmente lo somos?
Las encuestas contemporáneas muestran una aparente contradicción. Gallup informó que en 2025 una mediana del 82 % de los adultos de 138 países se declaró satisfecha con su libertad para escoger qué hacer con su vida. Es el nivel nominalmente más alto registrado desde que comenzó esa medición, aunque la propia organización advierte que sentirse libre y vivir bajo instituciones libres no son exactamente lo mismo. Algunos países con serias restricciones políticas muestran niveles muy elevados de satisfacción subjetiva. Mientras tanto, Freedom House concluyó que la libertad global retrocedió en 2025 por vigésimo año consecutivo ya que 54 países empeoraron en derechos políticos y libertades civiles y solo 35 mejoraron. Los retrocesos afectaron a más del 40 % de la población mundial. Las áreas más deterioradas durante estas dos décadas han sido la libertad de prensa, la expresión personal y el debido proceso. Una persona puede sentirse libre en su vida cotidiana mientras pierde gradualmente derechos políticos que todavía no ha necesitado ejercer. Puede ir al restaurante, comprar, viajar y entretenerse sin advertir que los jueces están perdiendo independencia, los medios se autocensuran, la oposición es acosada o el Ejecutivo acumula facultades extraordinarias. La libertad suele hacerse visible cuando intentamos utilizarla. Creemos que poseemos libertad de expresión hasta que decimos algo que incomoda al poder. Creemos que existe justicia hasta que necesitamos que un tribunal nos proteja del gobierno. Creemos que las elecciones son libres hasta que un candidato verdaderamente competitivo amenaza con desplazar a quienes gobiernan. Una investigación del Pew Research Center publicada en 2024 encontró que una mediana del 77 % en 24 países consideraba buena la democracia representativa. Sin embargo, el 59 % estaba insatisfecho con su funcionamiento, el 74 % pensaba que los funcionarios electos no se preocupaban por personas como ellos y el 42 % afirmaba que ningún partido representaba adecuadamente sus ideas. Al mismo tiempo, minorías considerables aceptaban la posibilidad de un líder fuerte capaz de gobernar sin interferencia del parlamento o los tribunales. En otra encuesta realizada en 35 países, la libertad de prensa y la libertad de expresión fueron consideradas importantes por amplias mayorías. No obstante, solo una mediana del 31 % pensaba que las personas podían expresarse con completa libertad y apenas el 28 % consideraba totalmente libres a los medios de comunicación. Las personas aman la libertad en abstracto, pero pueden mostrarse dispuestas a restringirla cuando la utiliza alguien que piensa de manera diferente. Allí comienza el verdadero examen democrático.
La libertad de quienes no piensan como nosotros
No defendemos realmente la libertad de expresión cuando únicamente protegemos las ideas que compartimos. Esas ideas no necesitan protección frente a nosotros. La libertad se demuestra cuando toleramos que otra persona cuestione nuestras convicciones políticas, religiosas, morales o filosóficas. Tolerar no significa aprobar. Se trata de aceptar que ningún ser humano posee el derecho de convertir su conciencia en la prisión de los demás. La libertad de expresión tampoco equivale a impunidad. Las amenazas, la difamación, la incitación directa a la violencia y el acoso pueden causar daños concretos y deben encontrar límites jurídicos cuidadosamente definidos. Pero esos límites no pueden ser establecidos caprichosamente por el gobernante ni utilizados para silenciar críticas, investigaciones periodísticas, expresiones artísticas o ideas impopulares. Una prensa libre no es enemiga del Estado. Es uno de los mecanismos mediante los cuales una sociedad puede saber qué está haciendo el Estado. El periodismo debe investigar tanto al gobierno que simpatiza con nosotros como al que rechazamos. Cuando un periodista perdona la mentira, la corrupción o el abuso porque los comete “su lado”, deja de servir a la verdad y comienza a servir al poder. La desinformación representa un peligro real, pero no puede combatirse construyendo ministerios de la verdad. La respuesta democrática debe incluir educación, transparencia, pluralidad de medios, acceso a datos, responsabilidad de las plataformas y periodismo profesional. Entregar a un gobierno la potestad de determinar qué puede conocerse suele convertir la mentira oficial en la única permitida.
¿Puede la mayoría abolir la libertad?
La democracia no consiste solamente en que gobierne la mayoría. Consiste también en que el poder de esa mayoría encuentre límites. Una mayoría no adquiere legitimidad para encarcelar a una minoría, prohibir una religión, eliminar la oposición, controlar todos los medios o despojar a un grupo de sus derechos. Las elecciones son indispensables, pero no bastan. Una democracia requiere alternancia posible, separación de poderes, jueces independientes, debido proceso, libertad de asociación, prensa plural y protección para quienes discrepan. Un informe de 2026 advierte que la autocratización continúa afectando tanto a sistemas ya autoritarios como a democracias que parecían consolidadas. Quienes hemos presenciado el deterioro de una democracia sabemos que la libertad rara vez desaparece en un solo día. Primero cambia el lenguaje. El adversario se convierte en enemigo. La crítica pasa a ser traición. El periodista incómodo es llamado conspirador. El juez independiente se transforma en obstáculo. La ley comienza a interpretarse de manera diferente según la identidad política del acusado. Después cambian las instituciones. Y finalmente cambia la conducta de la gente porque se habla más bajo, se evita opinar, se aprende a simular adhesión y se termina confundiendo prudencia con libertad.
Las nuevas jaulas invisibles

En nuestro tiempo, no todas las formas de dominación provienen directamente de gobiernos, iglesias, ejércitos o partidos. Los sistemas digitales pueden conocer nuestros temores, deseos, preferencias políticas y vulnerabilidades psicológicas. Los algoritmos no necesitan prohibirnos una idea para disminuir nuestra libertad. Les basta con decidir qué vemos repetidamente, qué permanece invisible y qué emociones reciben estímulos constantes. Podemos creer que escogemos libremente mientras nuestra atención es dirigida, nuestra indignación es recompensada y nuestras preferencias son anticipadas antes de que lleguemos a comprenderlas. Esto no significa que toda influencia elimine la libertad. Vivir implica recibirlas. Pero una decisión resulta más libre cuanto mejor comprendemos las fuerzas que intentan producirla. La alfabetización del futuro no consistirá únicamente en aprender a leer palabras. También necesitaremos aprender a leer algoritmos, propaganda, emociones colectivas y mecanismos de persuasión.
Ser librepensador
Ser librepensador no es carecer de convicciones. Significa no considerar ninguna convicción exenta de examen. Podemos tener una religión o no tenerla. Defender una ideología o cuestionarlas a todas. Creer en Dios, en la naturaleza, en la ciencia, en que el Universo es un ser consciente o aceptar que todavía no sabemos cuál es la realidad última. Lo esencial es que nuestras creencias no nos otorguen el derecho de someter la conciencia ajena. El librepensamiento exige una valentía particular, escuchar aquello que podría obligarnos a cambiar. Muchas personas desean libertad para expresar sus ideas, pero no para revisar las propias. Sin embargo, una mente incapaz de admitir dudas termina siendo prisionera de sus certezas. Ser libre es poder decir: “Me equivoqué”. Es disentir de nuestro propio partido cuando traiciona sus principios. Es condenar el abuso aunque lo cometa alguien a quien admiramos. Es defender los derechos de una persona cuyas ideas rechazamos. Es negarnos a repetir una consigna solo para conservar la aceptación del grupo. La libertad más difícil quizá sea aquella que nos permite dejar de obedecer a la tribu que llevamos dentro.
Libertad y responsabilidad
La libertad no significa hacer todo lo que deseamos sin considerar las consecuencias. Esa no es libertad madura, sino omnipotencia infantil. Somos libres porque los demás también deben serlo. Nuestra libertad encuentra un límite moral cuando comienza a destruir injustificadamente la vida, la integridad o los derechos de otra persona. Pero esa limitación debe proteger libertades equivalentes, no imponer las costumbres, temores o dogmas de quienes controlan el poder. La libertad implica responsabilidad porque nuestras decisiones producen consecuencias. Quien elige hablar debe responder por sus palabras. Quien ejerce poder debe rendir cuentas. Quien reclama tolerancia debe reconocerla también a los demás. Sin responsabilidad, la libertad puede degenerar en abuso. Sin libertad, la responsabilidad se convierte en obediencia. Necesitamos ambas.
Al final…
La libertad no es un lugar al que la humanidad llegó y en el cual podrá descansar para siempre. Es una frontera que cada generación recibe, amplía o reduce. Fue conquistada por personas que caminaron hacia una plaza sabiendo que podían ser golpeadas, por mujeres que exigieron votar cuando hacerlo parecía inconcebible, por esclavos que huyeron aun cuando la ley afirmaba que pertenecían a otro ser humano, por periodistas y comunicadores que publicaron verdades que podían costarles la vida, por creyentes perseguidos y por quienes fueron perseguidos por no creer, por ciudadanos que se negaron a llamar normal a lo que sabían que era injusto. Por eso la libertad nunca es gratuita. Incluso cuando no pagamos personalmente su precio, porque alguien lo pagó antes que nosotros… Y tú, ¿eres libre? No busques solamente barrotes alrededor de tu cuerpo. Observa también tus silencios, tus temores, tus obediencias y aquellas certezas que nunca te permitiste interrogar. Ser libre no implica vivir sin vínculos. Sino que nuestros amores no sean cadenas, nuestras ideas no se conviertan en prisiones y nuestros gobernantes nunca lleguen a considerarse nuestros dueños. La libertad es el derecho de cada ser humano a escribir su propia frase en el inmenso libro inconcluso de la humanidad, sin que otro sostenga la pluma ni borre su nombre. Sin que un humano escriba a nombre de un Dios. Pero también es el deber de dejar abierta la página para que los demás puedan escribir la suya. No somos plenamente libres mientras otra persona deba arrodillarse para que nosotros podamos sentirnos poderosos. La libertad no nos fue legada únicamente para admirarla. Nos fue confiada para ejercerla, compartirla y defenderla… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.

María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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