top of page

¿Quién te enseñó a ser como eres?

Desde que nacemos hasta el día de hoy con las redes sociales imitamos modelos sin advertirlo… Algunos nos hacen mejores o todo lo contrario… y en ambos casos los comportamientos de esos patrones pueden condicionar quiénes y cómo somos… Comprenderlos es el primer paso para cambiar…



¿De dónde sacaste tus patrones de conducta?

 

Hay una pregunta que casi nunca nos hacemos y que, sin embargo, podría explicar una parte considerable de lo que somos: ¿Quién nos enseñó a comportarnos como lo hacemos?... No nos referimos solamente a quién te enseñó a comer con cubiertos, saludar al entrar en una habitación, conducir un automóvil o decir gracias. Las interrogantes para cada quien son: ¿Quién te enseñó cómo reaccionar cuando alguien te contradice? ¿De quién aprendiste a amar? ¿A discutir? ¿A pedir perdón? ¿A desconfiar? ¿A respetar? ¿A humillar? ¿A tener miedo? ¿A ejercer autoridad? ¿A relacionarte con quien piensa diferente? ¿A ser quien eres? A veces creemos que muchas de esas conductas surgieron espontáneamente dentro de nosotros. Pero una parte importante de nuestra personalidad social se fue construyendo paso a paso cuando observábamos a otras personas cómo vivían o qué decían. Porque antes de aprender lo que los adultos nos expresaban aprendimos observando lo que hacían. Y en ese momento comenzaron a aparecer los patrones de conducta…

 

¿Qué es un patrón de conducta?

 

Un patrón de comportamiento es una forma relativamente estable y repetida de actuar frente a determinadas personas, situaciones, emociones o conflictos. Cuando alguien responde una y otra vez de manera semejante ante una frustración, una crítica, una amenaza o una oportunidad, comienza a establecer ese patrón. Algunos, cuando surge un conflicto, otros al dialogar o gritar. Algunos preguntan. Otros acusan. Algunos reconocen sus errores. Otros siempre encuentran un culpable. Hay quienes reciben una crítica intentando comprenderla y quienes la viven inmediatamente como una agresión. Existen quienes ejercen el poder como una responsabilidad y quienes lo utilizan como demostración de superioridad. Nada de esto significa que los seres humanos seamos máquinas condenadas a repetir eternamente determinadas conductas. Podemos aprender, cuestionarnos, cambiar y crear nuevas maneras de relacionarnos. Pero nuestra conducta lleva consigo una historia. El psicólogo Albert Bandura demostró hace décadas algo que hoy parece evidente: los seres humanos aprendemos una enorme cantidad de conductas observando a otros. A este proceso se le conoce como aprendizaje por observación o modelado.

 

El primer laboratorio psicológico fue nuestra casa

 

Probablemente nuestros primeros grandes modelos de conducta fueron nuestros padres, familiares y las personas responsables de nuestra crianza. Pensemos en algo aparentemente trivial: conducir un automóvil. Un niño sentado durante años en el asiento trasero observa mucho más que el camino. Ve qué hace su padre cuando otro conductor se atraviesa. Si insulta. Si toca compulsivamente la bocina. Si intenta adelantar agresivamente. Si convierte cualquier inconveniente en una batalla personal. Pero también podría observar exactamente lo contrario donde alguien disminuye la velocidad, evita una confrontación innecesaria y piensa que llegar cinco minutos después importa menos que llegar con seguridad. El niño todavía no conduce. Pero ya está aprendiendo cómo se debe hacer emocionalmente. Y ocurre lo mismo con su madre, sus abuelos o cualquier adulto significativo. Una madre que trata respetuosamente a un camarero enseña algo acerca de la dignidad humana sin pronunciar una conferencia sobre ética. Un padre que reconoce ante sus hijos que se equivocó les enseña algo especial: que admitir un error no destruye la autoridad. Pero si los adultos gritan cada vez que aparecen diferencias, el niño puede comenzar a asociar conflicto con agresión. Si observa que las dificultades familiares siempre terminan buscando un culpable, aprenderá posiblemente que el objetivo de una discusión no consiste en resolver el problema, sino en descubrir quién debe cargar con la culpa. Y si presencia humillaciones permanentes, podría incorporar una conclusión peligrosa, como sería que quien tiene más poder posee también el derecho de maltratar. No porque alguien se lo haya enseñado explícitamente. Más bien porque nadie tuvo que hacerlo. Lo vio.

 

Las palabras también pueden convertirse en patrones

 

Existe otra manera, igualmente poderosa, mediante la cual aprendemos quiénes creemos ser: las definiciones que otras personas hacen de nosotros. Pensemos en una historia sencilla, pero psicológicamente reveladora…


 

Un niño estaba distraído mientras su maestro explicaba una lección de matemáticas. En algún momento, el profesor quiso comprobar si había comprendido y le hizo una pregunta sobre lo que acababa de enseñar. El niño que estaba distraído y que apenas había prestado atención, no supo responder… Horas después, cuando su madre fue a buscarlo a la escuela, le preguntó al maestro cómo se estaba desenvolviendo su hijo.

—Es muy bueno para la lectura —respondió el profesor— pero las matemáticas no parecen ser lo suyo… El niño estaba allí. Y escuchó. Aquella frase, probablemente pronunciada sin mala intención, comenzó a adquirir un peso mucho mayor del que cualquiera habría imaginado. Al llegar a casa, la madre se lo comentó al padre también delante del niño:

—El maestro dice que es excelente leyendo, pero que no sirve mucho para las matemáticas… Con el tiempo, ambos padres comenzaron a repetir aquella idea a otros…

—A él siempre le ha costado la matemática… decía el padre.

—Lo suyo son las letras… acotaba la mamá

—Para los números nunca ha sido muy bueno… decían los demás.

Nadie pretendía hacerle daño. Quizá incluso creían estar describiendo simplemente una característica del pequeño. Pero el niño terminó incorporando y grabando en su mente aquellas palabras como una definición de sí mismo: “Yo no soy bueno para las matemáticas”… Y cuando un niño acepta una creencia semejante, puede comenzar a comportarse de manera coherente con ella. Así, dejó de esforzarse. Evitaba los ejercicios difíciles. Sentía ansiedad ante los números. Cuando obtenía una mala calificación, en lugar de pensar “no estudié suficiente”, confirmaba interiormente: “¿Ves? No sirvo para esto”… De esta forma, fue construyéndose un patrón de conducta, y no precisamente porque careciera de capacidad matemática, sino porque había aprendido a interpretar las matemáticas como un territorio para el cual supuestamente no tenía talento. Pasaron los años… hasta que un día decidió estudiar Ingeniería de Sistemas. Su papá y su mamá le preguntaron si estaba seguro de “estudiar eso”… y aunque la decisión le produjo miedo. Las matemáticas estaban allí, inevitablemente, esperándolo. Llegó a las primeras clases convencido de que probablemente serían su mayor obstáculo. Pero ocurrió algo inesperado. Comenzó a estudiar y ¡comprendió! Resolvió problemas. Descubrió relaciones lógicas que nunca había imaginado poder entender. Y terminó convirtiéndose en uno de los mejores estudiantes de Análisis Matemático y Matemática de Algoritmos. Entonces comprendió algo todavía más importante que las propias matemáticas como es que durante años no había vivido limitado por su capacidad, sino por una idea acerca de su capacidad. Aquella frase pronunciada por el maestro había sido repetida por sus padres, aceptada por él y convertida finalmente en un patrón de conducta. Hasta que la realidad lo obligó a cuestionarlo…

 

Corolario

 

Esta historia muestra que muchas veces no somos solamente aquello que podemos llegar a ser. También somos lo que aprendimos a creer que podíamos —o no podíamos— ser. Por eso debemos ser especialmente cuidadosos con las etiquetas que colocamos sobre los niños. Decir “hoy tuvo dificultad con matemáticas” describe una situación. Afirmar que él no sirve para las matemáticas es comenzar a construir una identidad, un patrón de conducta. Y entre ambas frases existe una diferencia psicológica inmensa. Porque algunas palabras se olvidan, y las que no, terminan viviendo dentro de nosotros durante años, haciéndose pasar por nuestra propia voz… para bien o para mal.

 

Maestros y profesores

 

Los educadores no transmiten únicamente conocimientos. También actúan como modelos de conducta. No dan lecciones solamente de matemáticas, historia, ciencias o literatura, porque también enseñan —aunque no quieran hacerlo— qué significa poseer autoridad. El profesor que escucha una pregunta aparentemente absurda sin ridiculizar a quien la formula enseña respeto intelectual. El que reconoce que desconoce una respuesta enseña honestidad. El que cambia de opinión ante una evidencia mejor enseña pensamiento crítico. Pero el docente que humilla públicamente al estudiante que se equivoca puede enseñarle una lección completamente diferente, como es que errar resulta peligroso. Quizá ese alumno deje entonces de preguntar. Después deje de participar. Más tarde, podría convertirse en un adulto que prefiere permanecer callado antes que exponerse a parecer ignorante. Una experiencia aparentemente insignificante suele terminar participando en la construcción de una manera de enfrentar al mundo. Estudios con estudiantes universitarios encontraron que, después de un semestre, los estilos de aprendizaje de los alumnos tendían a hacerse más congruentes con los de los profesores que funcionaban como modelos. De hecho, la educación nunca ha consistido solamente en transmitir conocimientos. También transfiere maneras de ser.


 

Las creencias

 

Los librepensadores creemos en la libertad y la responsabilidad de examinar ideas, creencias y doctrinas sin aceptarlas simplemente porque fueron heredadas, impuestas o repetidas por una autoridad. Por eso les enseñamos a nuestros hijos desde pequeños que existían diversas religiones y creencias, y procuramos que conocieran sus principales concepciones, sin imponerles ninguna como verdad obligatoria. Les dijimos también que, al alcanzar la mayoría de edad, correspondería a ellos decidir libremente si deseaban pertenecer o no a alguna religión, adoptar una determinada creencia espiritual, o identificarse con alguna corriente política, porque educar no debería significar decirle a una persona qué debe pensar, sino enseñarle a pensar para que algún día pueda decidir por sí misma. Una experiencia aparentemente insignificante puede terminar participando en la construcción de una manera de enfrentar al mundo. La educación nunca ha consistido solamente en divulgar conocimientos. También comunica formas de ser, de pensar y, todavía más importante, de aprender a elegir aquello en lo que queremos creer. Nuestros hijos y nietos ya adultos, todos universitarios son diversos políticamente, y en cuanto a sus creencias no son militantes de organizaciones políticas ni religiosas, como librepensadores varían, con algunas tendencias relacionadas al cristianismo, al budismo, al librepensamiento, y al Universo como Divina Providencia. Un nieto se acerca al estoicismo, cuya idea central es que no controlamos todo lo que ocurre, pero sí podemos trabajar sobre nuestros juicios, decisiones y respuestas.

 

Y luego observamos a las autoridades

 

A medida que crecemos, nuestros modelos se multiplican. Policías, bomberos, jueces, empresarios, sacerdotes, pastores, militares, artistas, deportistas, periodistas, líderes comunitarios y gobernantes comienzan a formar parte de ese gigantesco escenario donde una sociedad observa cómo se supone que deben comportarse quienes ocupan determinadas posiciones. Y entonces aparece una cuestión psicológica que frecuentemente subestimamos: Las autoridades no solamente administran instituciones. También modelan conductas. En el caso de jefes de estado o presidentes, poseen un poder psicológico que trasciende las leyes o decretos que firma o las decisiones económicas que adopta. Su conducta es observada permanentemente. Cómo habla de sus adversarios. Cómo responde a la crítica. Cómo trata a los periodistas. Cómo se refiere a determinados grupos sociales. Si respeta las reglas que limitan su propio poder. Si acepta una derrota. Si reconoce una equivocación. Si utiliza la verdad como obligación o como instrumento circunstancial. Si miente… Cada una de esas conductas transmite en silencio información acerca de aquello que una sociedad puede comenzar a considerar legítimo aunque no lo sea. Cuando un líder demuestra que se puede insultar públicamente sin sufrir consecuencias, algunas personas pueden percibir a la injuria o la ofensa como una forma aceptable de comunicación política. Cuando se ridiculiza al adversario en lugar de debatir sus argumentos, la humillación puede transformarse en espectáculo. Si se presenta constantemente a quien piensa distinto como enemigo, la discrepancia deja de ser parte natural de la convivencia democrática y se convierte en una amenaza. Y cuando el poder premia determinadas conductas, el aprendizaje social puede acelerarse. En algunos países, y en algunos casos, cuando se vuelve frecuente observar que altos jerarcas mantienen relaciones extramatrimoniales y que esas parejas reciben privilegios, cargos, contratos, protección o ascenso social, puede instalarse la percepción de que la cercanía íntima con alguien poderoso constituye una vía legítima para “salir de abajo”. El problema no está únicamente en la vida privada de esos dirigentes, sino en el mensaje social que se transmite cuando el poder convierte una relación personal en una puerta de acceso a beneficios públicos o económicos. La falta de civilidad en la comunicación política suele definirla como una violación de las normas establecidas. Deja de premiarse el mérito, el esfuerzo o la preparación, y tiende a normalizarse una lógica mucho más corrosiva, que para avanzar no siempre hay que capacitarse o trabajar mejor, sino acercarse a quien controla las oportunidades. Así, una conducta individual puede transformarse en modelo, después en expectativa y finalmente en patrón cultural. Porque los seres humanos no aprendemos únicamente observando… También aprendemos observando quién gana…

 

Cuando el patrón es inadecuado

 

Un dictador psicopático puede comenzar a modificar las normas psicológicas de toda una sociedad y provocar patrones criminales de conducta. Y este punto nos conduce directamente hacia una de las pensadoras que más examinó los mecanismos del autoritarismo en el siglo XX, Hannah Arendt quien planteó que los sistemas autoritarios no se sostienen únicamente por la voluntad de un dictador. Necesitan también que determinadas formas de obedecer, callar, justificar y repetir, para que se conviertan en patrones de conducta social. En Los orígenes del totalitarismo, publicado en 1951, examinó el nazismo y las condiciones sociales y políticas que permitieron que millones de personas participaran, obedecieran o permanecieran indiferentes ante los crímenes de estado y de lesa humanidad que cometía el estamento nazi. Un régimen autoritario no comienza cuando alguien ordena una atrocidad sino cuando la sociedad aprende que contradecir al poder… resulta peligroso. En el momento que los funcionarios descubren que obedecer proporciona seguridad, y que cuestionarlo puede costarles el cargo, si no la vida… Al periodista aceptar qué preguntas puede formular y cuáles conviene evitar. Cuando los jueces producen sentencias complacientes al régimen y los empresarios cierran los ojos ante las atrocidades para acercarse al poder que les produce beneficios. Asimismo, si los ciudadanos consienten que determinadas personas poseen menos derechos porque pertenecen a otro grupo, piensan diferente o han sido “convertidas” en enemigas aunque hayan nacido en el mismo país. Cada uno de esos comportamientos puede convertirse en un patrón…

 

Cuando una sociedad aprende el patrón de odiar

 

La historia proporciona casos extremos de lo que puede ocurrir cuando un patrón de odio destructivo desciende desde el poder autocrático hacia buena parte de una sociedad. Y allí encontramos una de las mayores advertencias psicológicas de la historia. Las barbaries humanas se inician cambiando las palabras. Después modificando las percepciones. Luego las normas. Más tarde, aquello que una sociedad está dispuesta a tolerar. La violencia extrema puede requerir previamente un prolongado proceso de deshumanización. Por eso los patrones públicos de conducta importan tanto. Todo comienza con el odio social: Un presidente autocrático insulta, excluye, demoniza, humilla o divide sistemáticamente a la población de una misma nación entre quienes “merecen” pertenecer y quienes supuestamente no, entre patriotas y traidores. Los periodistas incómodos se transforman en enemigos “del pueblo”. Las minorías pueden ser presentadas como amenazas. Los jueces que contradicen al gobierno aparecen como obstáculos. Las instituciones independientes se describen como conspiraciones contra la voluntad popular. Así acontece algo psicológico: las palabras crean categorías que condicionan la conducta. Si alguien es un adversario, podemos debatir con él, pero si es un enemigo, debemos derrotarlo. Si es un ciudadano, posee derechos. Si lo deshumanizamos, resulta mucho más fácil justificar que esos derechos desaparezcan. Así los regímenes totalitarios comprendieron muy bien el poder de la propaganda. No buscaban solamente convencer. Deseaban crear hábitos mentales. Repetir una falsa idea hasta que se convirtiera en verdad…

 

Las redes sociales crean patrones de conducta


 

Las redes no solamente nos muestran comportamientos, también pueden contribuir a convertirlos en patrones. Sus sistemas de recomendación tienden a repetir aquello que logra captar nuestra atención, y con frecuencia la indignación, el enfrentamiento, la exageración o la humillación generan más reacciones que la moderación. Así aparece un nuevo maestro invisible, como es la repetición algorítmica. Cuando vemos una conducta una y otra vez podemos comenzar a percibirla como más frecuente, aceptable o normal de lo que realmente es. Si nuestra pantalla está llena de personas furiosas, podemos creer que todo el mundo vive furioso. Si predominan los insultos políticos, podemos terminar pensando que ésa es la manera natural de discutir. Y existe además una diferencia histórica, hoy cualquiera puede convertirse en modelo para miles o millones de personas. Una mentira puede recorrer el planeta, pero también un gesto solidario. De forma tal que se propagan la intolerancia y la humillación, pero igualmente la empatía, la cooperación y el respeto. Las redes ya no se limitan a reflejar nuestra cultura, igualmente participan en modelarla, porque cada publicación puede convertirse, para alguien que observa, en una pequeña lección sobre cómo comportarse… Investigaciones recientes muestra que las redes sociales funcionan también como entornos de aprendizaje social ya que los algoritmos seleccionan y repiten determinados contenidos, mientras los ‘me gusta’, los comentarios y los “compartidos” actúan como señales de recompensa social. De ese modo, ciertas conductas pueden ganar visibilidad, parecer más frecuentes y terminar influyendo en aquello que otros consideran normal o digno de imitación.

 

Al final…

 

Tal vez nuestra personalidad sea, en alguna medida, una inmensa conversación entre todas las personas que pasaron por nuestra vida. En nosotros todavía puede existir algo de la forma en que un papá reaccionaba cuando alguien lo contrariaba. De cómo una mamá enfrentaba una dificultad. De aquel maestro que creyó en nosotros. De otro que nos avergonzó delante del salón. De aquella frase que escuchamos una vez y terminamos repitiéndola durante décadas. De los líderes que admiramos. De los presidentes que vimos ejercer el poder. De las palabras que escuchamos miles de veces. Y ahora también de los innumerables desconocidos que todos los días entran en nuestra mente desde una pantalla. Claro, no estamos obligados a convertirnos en la suma automática de todos esos modelos. Podemos observar nuestra propia historia y decidir qué conservar y qué no. Podemos descubrir que una supuesta incapacidad nunca existió. Reconocer que una conducta aprendida en nuestra casa quizá ya no nos sirve. Comprender que obedecer no significa renunciar a pensar. Resistirnos a aceptar como normal aquello que la repetición pretende volver cotidiano. Dejar de transmitir un prejuicio, una humillación, una intolerancia o una forma abusiva de ejercer el poder. Recordemos que una de las mayores expresiones de libertad no consiste solamente en escoger qué hacemos mañana, sino en atrevernos a descubrir quién nos enseñó a hacer lo que hacemos hoy, y responder ¿qué patrones de conducta estamos enseñando ahora a quienes nos observan? Porque mientras intentamos comprender quiénes nos formaron, es posible que no advirtamos que alguien —un hijo, un nieto, un alumno, un compañero, un empleado, usted lector o simplemente un desconocido detrás de una pantalla— está aprendiendo también de nosotros. Y algún día podría preguntarse: ¿Quién me enseñó a ser así?... Es probable que una pequeña parte de la respuesta seamos nosotros. También sentimos que en la reflexión sobre las autocracias no pertenece solamente a la historia. Está ocurriendo ahora. En distintos lugares del mundo existen jefes de Estado y dirigentes políticos que, en mayor o menor medida, están modelando patrones de conducta socialmente peligrosos. Presentan al adversario como enemigo, convierten la descalificación en argumento, relativizan la verdad cuando resulta incómoda, presionan a periodistas, jueces o instituciones que los contradicen, y hacen del enfrentamiento una forma cotidiana de ejercer el poder. Los informes internacionales más recientes advierten precisamente sobre el avance de estos procesos de erosión democrática y sobre el debilitamiento de la libertad de expresión, de los medios independientes, de la sociedad civil y de los contrapesos institucionales en numerosos países. Lo verdaderamente preocupante no es solamente lo que hace un gobernante, sino lo que millones de personas pueden comenzar a aprender observándolo. Porque cuando desde la más alta autoridad se demuestra diariamente que insultar, mentir, intimidar, humillar o desconocer límites puede producir poder, aplausos y obediencia, esas conductas corren el riesgo de dejar de parecernos excepcionales. Y ésa es una de las grandes advertencias de nuestro tiempo. Una vez más, las democracias y la libertad no comienzan a perderse únicamente cuando desaparecen sus instituciones, ocurren cuando una sociedad se acostumbra a comportamientos de su gobernante que alguna vez habría considerado inadmisibles... Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.

 


 



 

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores en Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 


Comentarios


21

Suscríbete a nuestro boletín gratuito de noticias

¡Gracias por suscribirte!

Únete a nuestras redes y comparte la información

  • X
  • White Facebook Icon
  • LinkedIn

© 2026 Informe21

bottom of page