¿Se aproxima la hora decisiva de Cuba?
- Vladimir Gessen
- hace 2 horas
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La verdadera victoria no será la caída de la dictadura, sino la construcción de una nación libre, democrática, reconciliada y próspera… La crisis cubana no es solo ideológica, Washington ahora analiza el futuro de la isla como un asunto estratégico: ¿Puede caer el régimen?...
Las señales
En medio del aumento de las sanciones de Estados Unidos a Cuba, sobrevienen tres visitas a Cuba: Primero, a mediados de mayo de 2026 llega a Cuba el director de la CIA, John Ratcliffe. Después se produce una del jefe del Comando Sur, el general de cuatro estrellas Francis Donovan, quien sostuvo contactos con mandos militares cubanos en el perímetro de la base naval de Estados Unidos en Guantánamo, Cuba. Y esta semana, el 10 de junio de 2026, aterriza en esa base naval el secretario de Guerra Pete Hegseth, aterriza a esa base naval el secretario de Guerra Pete Hegseth —y no lo hace vestido con el protocolo tradicional de los altos funcionarios civiles de Washington— ya que viste pantalones cortos, franela y con una imagen deliberadamente asociada a la cultura militar de combate. Luego pronuncia un discurso donde afirma que las fuerzas estadounidenses estarán preparadas para "cualquier contingencia" en la isla. Desde el análisis estratégico, más que cada visita por separado, lo que llama la atención es la secuencia completa: inteligencia (CIA), comando regional (Comando Sur) y posteriormente el máximo responsable político-militar del Pentágono. Esa concatenación de movimientos es precisamente lo que nos ha llevado a interpretar que la dictadura cubana ha recuperado una prioridad significativa dentro de la agenda de seguridad nacional de Washington. ¿Qué mensajes pudo haber recibido La Habana?... el primero fue: "Estamos observando de cerca", el segundo, "Cuba ha vuelto a ocupar un lugar prioritario dentro de las preocupaciones estratégicas del Pentágono". No es un asunto rutinario. Es una señal de atención política y militar de alto nivel. Y el tercer mensaje fue: "No descartamos escenarios extraordinarios", cuando Hegseth habla de estar preparados para "cualquier contingencia". Para nosotros, Washington está considerando distintas alternativas futuras: una crisis migratoria masiva, un colapso institucional, disturbios internos, protección de Guantánamo, y amenazas externas o situaciones que afecten intereses estadounidenses. La parte más contundente fue la advertencia pública de Hegseth sobre la adquisición de armamento capaz de amenazar territorio estadounidense o a la base de Guantánamo, indicando que una confrontación sería insostenible para Cuba debido a la enorme diferencia de capacidades militares. De esta forma, la presencia del secretario de Guerra a Cuba no pareció diseñada para anunciar una guerra. Más bien para recordar que la guerra sigue siendo una posibilidad que solo una de las partes puede permitirse ignorar. Y la visita previa del jefe del Comando Sur transmitió algo igualmente importante: Washington quiere que La Habana entienda que observa cada movimiento, pero también que todavía existe una vía para evitar escenarios traumáticos. Por eso, el mensaje puede que no sea solamente militar. Fue psicológico. No decía: "vamos a intervenir", sino algo más sutil: "Cuba ha vuelto al centro del tablero estratégico estadounidense y la Casa Blanca quiere que el liderazgo cubano lo sepa". Y en geopolítica, a veces los mensajes más importantes no se envían con misiles. Se envían con “visitas”, desde intimidatorias hasta de ultimátum.
¿Qué está pasando?
Durante más de seis décadas en Cuba el régimen comunista ha sobrevivido a presidentes estadounidenses, crisis económicas, desapariciones de aliados internacionales, sanciones, bloqueos, aislamiento diplomático y transformaciones del sistema internacional. La dictadura ha demostrado una capacidad de resistencia política que pocas tiranías en la historia contemporánea han logrado mantener durante tanto tiempo. Pero algo parece estar cambiando. No obviamente en La Habana. Tampoco únicamente en el Pentágono. Lo que parece modificarse es la percepción estratégica de quienes hoy toman las decisiones en la Casa Blanca. Durante años, la política estadounidense hacia Cuba osciló entre dos enfoques. Uno, buscaba el acercamiento gradual, apostando a que el intercambio económico y humano produciría transformaciones internas como en China, o antes en la Unión Soviética. Otro, defendía la presión sostenida para debilitar al régimen y acelerar los cambios políticos. Hoy parece emerger una tercera vía. Una donde algunos sectores de poder comienzan a considerar que el tiempo histórico del sistema cubano podría estar acercándose a su límite final. La crisis económica cubana es probablemente la más profunda desde la desaparición de la Unión Soviética. Los apagones se multiplican. La emigración alcanza niveles históricos. La infraestructura se deteriora al máximo grado. El turismo enfrenta dificultades existenciales. La escasez afecta prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana del cubano. A pesar de ello, la economía no es el único problema. Desde la perspectiva estratégica estadounidense, Cuba ya no es observada como una cuestión ideológica heredada de la Guerra Fría. Comienza a ser analizada dentro de un tablero mucho más amplio. Un escenario donde aparecen Rusia, China, la inteligencia artificial, rutas marítimas, influencia hemisférica, seguridad regional y competencia global por áreas de influencia. Además, surge un elemento que merece atención…
Marco Rubio
En la historia moderna de las relaciones entre ambos países, un secretario de Estado estadounidense, de origen cubanoamericano, ocupa una posición de influencia extraordinaria en una administración que comparte gran parte de su visión sobre el régimen de la Habana. Para Rubio, Cuba nunca ha sido simplemente un tema de política exterior. Ha sido una causa política, histórica, ideológica y personal. Y cuando las convicciones particulares coinciden con las prioridades estratégicas de una potencia global, las decisiones suelen adquirir una intensidad diferente. ¿Significa esto que Estados Unidos prepara una intervención militar? No necesariamente. De hecho, una operación militar convencional sigue siendo uno de los escenarios menos probables aunque nunca se sabe bajo la presidencia de Donald Trump. Los costos políticos en los Estados Unidos serían enormes. Las consecuencias migratorias de los cubanos impredecibles, como cuando el éxodo del Mariel. Y los riesgos de desestabilización regional significativos. Sin embargo, existe otra forma de ejercer poder: La presión económica, financiera. La presión diplomática, la tecnológica y sobre todo la tensión psicológica y la intimidación sobre las élites gobernantes. La historia demuestra que muchos cambios de régimen no comienzan con soldados desembarcando en las costas. Lo hacen cuando las estructuras que sostienen el poder empiezan a perder la capacidad para mantener el sistema. Y es exactamente allí donde parecen dirigirse muchas de las medidas recientes de Washington. Lo que realmente importa no es si habrá una confrontación militar. Se trata de si Washington ha llegado a la conclusión de que el sistema político cubano ya no puede reformarse, y que su sustitución se ha convertido en un objetivo estratégico legítimo. Si esta opción es afirmativa, podríamos estar observando el inicio de una de las operaciones de mayor fuerza política y más aguda que haya enfrentado Cuba desde 1959 que puede llevar a la caída del régimen comunista.
¿Qué ocurriría el día después?
Derribar un sistema es una cosa. Construir uno nuevo es otra completamente distinta.
Irak. Afganistán y Libia nos lo muestran. La historia reciente está llena de casos donde la caída de un régimen no produjo automáticamente estabilidad, democracia o prosperidad. Al contrario. En ocasiones, abrió períodos de incertidumbre todavía más peligrosos. Y en este punto aparece una comparación inevitable. Muchos observadores suelen colocar a Cuba y Venezuela dentro de la misma categoría política. Ambos gobiernos han compartido alianzas estratégicas durante más de dos décadas. Han mantenido fuertes tensiones con Washington y enfrentado sanciones internacionales. Los dos países vivieron —y viven— la partida de millones de sus ciudadanos buscando mejores oportunidades. No obstante, estas naciones desde el punto de vista geopolítico representan desafíos distintos: Venezuela es, ante todo, una potencia energética. Posee las mayores reservas petroleras del planeta. Su importancia estratégica está vinculada al petróleo, al gas, al coltán, los minerales críticos, oro, diamantes y a su ubicación en el norte de Suramérica. Cuando Washington observa a Venezuela observa recursos, energía, materias primas, rutas comerciales y oportunidades económicas futuras.
Cuba posee una importancia económica mucho menor. Su valor estratégico proviene principalmente de su ubicación geográfica. La isla se encuentra a apenas a noventa millas de Estados Unidos. Controla accesos marítimos fundamentales del Caribe. Históricamente ha sido considerada por Washington como parte de su perímetro inmediato de seguridad. Por esa razón, mientras Venezuela puede ser vista como un problema hemisférico, Cuba suele ser percibida por algunos sectores estadounidenses como un asunto de seguridad nacional. Existe además otra diferencia fundamental. El régimen político cubano ha demostrado una extraordinaria capacidad de supervivencia durante más de seis décadas. Sobrevivió a la desaparición de la Unión Soviética y al “período especial” como consecuencia de ello. Perduró durante múltiples administraciones estadounidenses. Y ahora lo intenta a pesar de la desaparición pública del apoyo venezolano. Por el otro lado, Venezuela, en cambio, construye gran parte de su estabilidad reciente sobre los ingresos petroleros y con la presencia de las petroleras estadounidenses. En el caso de Cuba, lo que funciona o no en Venezuela no funcionaría en Cuba. Porque las revoluciones no son iguales. Las culturas políticas tampoco. Las élites gobernantes son diferentes. Y los pueblos no reaccionan de la misma manera frente a la presión externa. Asimismo, tenemos una diferencia aún más relevante. Si un día desapareciera el actual gobierno venezolano, una nueva administración tendría recursos para financiar gran parte de su propia reconstrucción. Venezuela dispone —además de su riqueza petrolera y materiales estratégicos— tierras para desarrollo de la agricultura, una naturaleza atractiva para el turismo y la capacidad hidroeléctrica y recursos suficientes para atraer enormes flujos de inversión internacional. En el caso cubano el escenario de intervenir en la isla aparece un verdadero dilema estratégico estadounidense, porque el problema para Washington no sería ganar… Sería administrar lo que viene después. ¿Quién pagaría la reconstrucción de Cuba? ¿Quién financiaría la modernización de su indispensable infraestructura eléctrica? ¿Quién reconstruiría hospitales, puertos, carreteras y sistemas de transporte? ¿Quién sostendría la transición mientras la economía vuelve a producir? Y aún más, ¿quién administraría una probable emergencia migratoria?... Una transición mal gestionada de igual forma podría abrir espacios para escenarios no deseados. Además, la experiencia histórica demuestra que cada gran crisis cubana termina reflejándose en las costas de Florida. A diferencia de Venezuela, cuyos millones de emigrantes se dispersan por América Latina y el mundo, Cuba está muy cerca de Estados Unidos. Geográficamente es un problema mucho más directo, más inmediato y más difícil de ignorar. Si el aparato estatal cubano sufriera un colapso repentino, Washington podría enfrentarse simultáneamente a una crisis humanitaria en Cuba, y una crisis migratoria en Florida. Aparte de la crisis de gobernabilidad en un país en ruinas, sin electricidad, combustible, asistencia médica y medicinas. Carencia de alimentos. Agua potable. Falta de seguridad pública… Todo lo que podría convertirse en una responsabilidad internacional donde inevitablemente Estados Unidos sería visto como el actor llamado a liderar las respuestas a las necesidades. Y entonces aparece la paradoja cubana: Muchos estrategas estadounidenses aspiran cambios profundos en La Habana. Pero muy pocos desean asumir la factura completa del día después. Porque derribar una estructura política es relativamente sencillo para una superpotencia. Lo difícil será administrar once millones de personas, una economía exhausta, una población envejecida, una transición institucional incierta y una reconstrucción nacional tan cerca de la costa estadounidense. Por eso la interrogante más importante no es si Cuba puede cambiar, sino cómo cambiaría. Porque pasar de un extremo a otro mal gestionado podría generar caos. Pero una transición inteligente podría abrir el camino hacia una nueva etapa de reconciliación nacional, libertad económica, apertura política y prosperidad compartida. Y este es precisamente donde se encuentra la verdadera batalla que comienza a dibujarse sobre el horizonte del Caribe. La Casa Blanca y la Secretaría de Estado deben estar sopesando, no una batalla militar. No una invasión. No un desembarco. Sino una confrontación mucho más elaborada y estratégica: La lucha entre la capacidad histórica de resistencia de un sistema político criminal que ha sobrevivido durante más de sesenta años y la creciente presión geopolítica de una potencia que parece convencida de que el tiempo juega a su favor. La historia todavía no ha escrito el desenlace. Pero algo parece evidente: El futuro de Cuba vuelve a convertirse en una de las variables estratégicas más importantes del hemisferio occidental. Y si algún día llega la hora decisiva de la isla, el desafío no será únicamente cambiar el gobierno. Será reconstruir el país que nazca después…
Al final...
...quizás la pregunta más vital no sea cómo termina una etapa política en Cuba, sino quién estará dispuesto a construir la siguiente. Porque la historia demuestra que las naciones no se reconstruyen únicamente con sanciones, discursos o cambios de gobierno. Se reconstruyen con instituciones, inversiones, trabajo, confianza y esperanza. Y en ese sentido existe un actor que muchas veces aparece poco en los análisis geopolíticos, pero que podría desempeñar un papel decisivo en el futuro de la isla: El exilio cubano…
Durante más de seis décadas millones de cubanos han construido vidas, empresas, patrimonio, experiencia profesional y capacidad financiera fuera de su país. Han prosperado en Estados Unidos —donde la ciudad de Miami es el primer testigo de ello—, en Europa, América Latina y en otras naciones del mundo. Han creado bancos, hoteles, restaurantes, empresas tecnológicas, constructoras, centros médicos, universidades y organizaciones comunitarias. Pero, sobre todo, han conservado algo que ningún exilio pierde completamente: la memoria de su tierra. Quizás por primera vez en generaciones, el exilio cubano podría encontrarse en posición de plantear una propuesta histórica tanto a Washington como al propio pueblo cubano. No una propuesta de confrontación. No de revancha. Sino una alternativa de reconstrucción nacional. Una visión donde la libertad política vaya acompañada de desarrollo económico. Donde la apertura democrática esté respaldada por inversiones reales. Donde la transición no desemboque en la anarquía, sino en oportunidades para millones de cubanos dentro y fuera de la isla. Estados Unidos podría facilitar estabilidad, financiamiento internacional, garantías jurídicas y apoyo institucional. Pero la verdadera reconstrucción tendría que surgir de los propios cubanos. Así, el exilio podría convertirse en un puente extraordinario entre dos mundos que durante décadas permanecieron separados. Imaginemos por un momento una Cuba donde regresen las inversiones hoteleras. Donde se modernicen aeropuertos y puertos. Donde resurjan marinas, centros de convenciones, complejos turísticos, restaurantes, centros culturales y servicios internacionales. Una Cuba integrada nuevamente al Caribe, a América y al mundo. Una Cuba capaz de atraer millones de visitantes cada año por su historia, su cultura, sus playas, su música, su talento humano y su extraordinaria ubicación geográfica al lado de su principal mercado el de Estados Unidos. No sería un sueño imposible y algunos estrategas en Washington ya lo entienden. Porque a apenas pocas millas de Florida existe un potencial turístico, comercial y logístico extraordinario. Una futura “Riviera del Caribe” integrada a la economía norteamericana, capaz de generar prosperidad, estabilidad regional y oportunidades para ambos pueblos. Vista desde esa perspectiva, una Cuba libre y económicamente abierta podría convertirse en uno de los proyectos de desarrollo más atractivos de todo el hemisferio occidental. Y probablemente mucho más rentable que cualquier escenario de confrontación permanente en regiones lejanas, con “rivieras” ubicadas allende los mares. Uno de los mayores errores ha sido pensar durante demasiado tiempo que Cuba debía elegir entre soberanía o prosperidad, entre identidad o desarrollo, entre nación o apertura. Porque si algún día llega una transición histórica, el objetivo debería ser construir una nación capaz de reconciliarse consigo misma. Una nación donde quienes se quedaron y quienes partieron vuelvan a reconocerse como parte de una misma historia. Donde el talento deje de escapar y vuelva a regresar y el futuro resulte más atractivo que el exilio… Como me acota mi esposa María Mercedes: “Lo que muchos deseamos es una Cuba reconciliada consigo misma. Una Cuba donde las familias vuelvan a encontrarse sin miedo. Donde pensar diferente no sea un delito. Donde nadie tenga que marcharse para poder soñar. Un lugar en que los jóvenes puedan construir su futuro sin abandonar la tierra que aman, y quienes partieron puedan regresar. Mientras quienes se quedaron puedan sentir que valió la pena resistir. Porque las dictaduras terminan dejando heridas profundas. Dividen familias, separan generaciones, siembran desconfianza y dolor. Se debe alcanzar que la libertad sustituya definitivamente al miedo. Que la dignidad reemplace definitivamente a la opresión. Y que las dictaduras, de cualquier signo ideológico y en cualquier lugar del mundo, queden finalmente enterradas en los libros de historia, y no en el futuro de nuestros hijos y nietos”…
Quizás en ese momento Cuba pueda recuperar aquello que durante décadas despertó admiración en todo el continente. No solamente sus playas, sus hoteles y su belleza. Sino su capacidad para convertirse nuevamente en un punto de encuentro entre culturas, economías y pueblos. Y algún día, cuando las heridas del pasado hayan comenzado a sanar, la isla vuelva a ser conocida por el nombre con el que generaciones enteras la denominaron en el pasado: La Perla del Caribe. Nombre que aprendí de niño en el Colegio La Salle del Vedado, cuando viví en Cuba parte de mi niñez. No como un recuerdo de lo que fue. Sino como una promesa de lo que todavía puede llegar a ser… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

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