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Ni tal calvo ni con dos pelucas…

Cuando una sociedad deja de escuchar al que piensa distinto y sólo se oye asimismo, comienza un proceso que puede destruir la República… Los extremos seducen a muchos. El equilibrio construye, pero ¿qué nos dice la psicología, la historia y el futuro de las democracias?…



Las naciones suelen destruirse cuando surgen los radicales

 

Comienzan a deshacerse cuando desaparece el equilibrio. Cada generación cree que será diferente a la anterior. Que —esta vez— la concentración del poder será necesaria. Que ahora la verdad sí pertenece exclusivamente a un solo lado. Que basta con derrotar definitivamente al adversario para que nazca una sociedad mejor... Pero la realidad responde siempre con la misma serenidad: ¡Nunca esto ha ocurrido!… Existe un viejo refrán popular —que escuché primero en Venezuela desde niño— y cuyo significado he comprendido plenamente con el paso de los años: "Ni tal calvo ni con dos pelucas". Luego aprendí otras versiones en distintos países: "Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre", "Ni una cosa ni la otra", "En el justo medio"… Detrás de la aparente sencillez de estos refranes se esconde una sabiduría popular y una filosofía de vida. Los pueblos, muchas veces, condensan en una frase aquello que los tratados de ciencia política necesitan cientos de páginas para explicar, cómo es que los extremos casi nunca corrigen los errores. Así, vivimos una época en la que el mundo parece haberse acostumbrado a pensar en términos absolutos, o extremos. Si alguien no coincide con nuestras ideas, pasa a formar parte de un “bando contrario” como si no fueran ciudadanos del mismo país o vecinos de una misma localidad. El desacuerdo se inicia al interpretarse las diferencias como amenazas. Y en la política, en una confrontación emocional. De esta manera las sociedades pierden la capacidad de escucharse. Como psicólogo, hemos observado que el extremismo político no nace en los partidos. Tampoco en los parlamentos. Ni siquiera en las redes sociales. Nace mucho antes, dentro de nosotros. Esto se debe a que el cerebro evolucionó durante cientos de miles de años enfrentando un mundo peligroso. Nuestros antepasados sobrevivieron porque aprendieron a distinguir entre quienes pertenecían al grupo, y quienes representaban un peligro. Aquella capacidad permitió proteger a la familia, defender la tribu y enfrentar a los depredadores. Era una magnífica estrategia para sobrevivir… Ahora, el problema consiste en que nuestro cerebro sigue utilizando los mismos mecanismos instintivos para interpretar la política. Comenzamos a dividir el mundo en categorías simples: Nosotros vs. Ellos. Los buenos y los malos. Los patriotas y los traidores. Los honestos y los corruptos… Las etiquetas cambian según la época y la ideología. Y cuando esa manera de pensar domina una sociedad, el adversario deja de ser un ciudadano con quien discrepamos, para convertirse en un enemigo cuya existencia parece incompatible con nuestro propio proyecto de país. Ese es el instante en que la democracia comienza a enfermarse…

 

Las enfermedades autoinmunes de las naciones


 

La biología ofrece una versión clara del fenómeno. Nuestro organismo posee uno de los sistemas de defensa más sofisticados de la naturaleza: el sistema inmunológico. Gracias a él sobrevivimos diariamente frente a virus, bacterias y múltiples amenazas. Pero cuando ese mismo sistema pierde la capacidad de distinguir entre el enemigo y el propio organismo, aparece la enfermedad autoinmune. El cuerpo comienza a atacarse a sí mismo. Las articulaciones. La piel. Los pulmones. Los riñones y aquello que fue creado para proteger, termina auto destruyéndose. A veces nos preguntamos si algo parecido ocurre con las sociedades… ¿Qué sucede cuando una parte de la nación comienza a considerar que la otra ya no pertenece “realmente” a su país? ¿Qué ocurre cuando millones de ciudadanos dejan de verse como compatriotas, y empiezan a reconocerse como enemigos? ¿Qué resulta cuando la victoria deja de intentar gobernar mejor, y pasa a significar eliminar políticamente al adversario? ¿Estamos frente a una enfermedad autoinmune de la democracia? Una dolencia que no fue provocada por enemigos externos sino por nosotros mismos. La historia ofrece demasiados casos para ignorarlo: Roma no cayó únicamente por las invasiones bárbaras. Mucho antes de su colapso militar había comenzado un proceso silencioso de deterioro institucional. El imperio fue perdiendo lentamente su capacidad para resolver los conflictos internos mediante acuerdos. Las luchas entre facciones se hicieron cada vez más intensas. El poder dejó de entenderse como un servicio y comenzó a convertirse en un botín. Décadas después aparecerían los hombres providenciales. Siempre aparecen como salvadores. Prometen orden. Grandeza y soluciones definitivas. Y casi siempre terminan debilitando precisamente aquello que decían venir a salvar. Con el tiempo los siglos cambiaron, los protagonistas también, y Roma cayó… La Revolución Francesa nació proclamando libertad, igualdad y fraternidad. Terminó atravesando el período del terrorismo de estado en contra de propios ciudadanos franceses con Maximilien Robespierre a la cabeza. La Revolución Rusa prometió construir una sociedad más justa. Culminó edificando uno de los sistemas más represivos del siglo XX. Igual el fascismo italiano. El nazismo alemán. Diversas dictaduras militares latinoamericanas y los regímenes comunistas en Hispanoamérica y en Europa oriental. Todos fueron diferentes. Todos respondieron a contextos distintos. Pero todos compartieron una convicción temible: Creyeron poseer la verdad completa… Y cuando se está convencido de ser dueño de toda la verdad, inevitablemente comienza a considerarse innecesario escuchar a quienes piensan distinto. En ese momento desaparece algo indispensable de la libertad, como es la diversidad… La imposición de una única "verdad" ha sido, una y otra vez, enemiga de la libertad. Cuando una sociedad deja de tolerar el disenso, la persecución suele convertirse en política de Estado. Así fueron encarcelados, censurados o ejecutados numerosos pensadores a lo largo de la historia… Así, Giordano Bruno, fue condenado a ser quemado en la hoguera por el “Santo” Oficio en 1600, bajo el mando del el Papa Clemente VIII, por negarse a renunciar a sus ideas. Hoy representa uno de los símbolos más poderosos del precio que puede llegar a pagar quien desafía el “pensamiento único” del poderoso. Bruno era un filósofo, teólogo y cosmólogo. Pero muchas de sus ideas anticiparon una visión del Universo extraordinariamente avanzada para el siglo XVI. Creía, entre otras cosas —lo que la ciencia hoy confirma— que el Universo era infinito, no una esfera cerrada como enseñaba la cosmología eclesiástica. Que las estrellas eran otros soles, semejantes al nuestro. Que cada estrella podía tener planetas, e incluso albergar otras formas de vida. Que no existía un único centro del Universo y que la Tierra no lo era ni ocupaba un lugar privilegiado. Y que el Universo estaba lleno de mundos, que no era un escenario vacío creado exclusivamente para la humanidad, y que Dios no estaba separado del Universo y estaba presente en toda la Naturaleza… Afirmaba además la existencia de la omnipresencia y la inmanencia de Dios en todas las cosas, y la concepción de la naturaleza como un organismo vivo y dinámico, regido por leyes matemáticas y simbólicas… y lo asesinaron por decir “esa falsedad, esa mentira, esa herejía”…

 

El balance

 

Cuando desaparece el equilibrio, las instituciones comienzan lentamente a perder su capacidad para limitar el poder. La historia demuestra que las democracias no suelen morir de manera repentina. Mueren poco a poco. Primero, se deteriora el lenguaje. Después la confianza. Más tarde el respeto. Finalmente, las instituciones. En este punto, es cuando la sociedad descubre lo que ha perdido, y casi siempre resulta mucho más difícil recuperarlo. Por esto las grandes repúblicas nunca fueron construidas sobre la unanimidad. Lo hicieron sobre la aceptación de que nadie posee toda la verdad. Buena parte de los peregrinos que llegaron a América lo hicieron huyendo de las inquisiciones, de las persecuciones religiosas europeas y de regímenes donde una sola verdad pretendía imponerse sobre todas las demás. Aquella experiencia les enseñó el enorme peligro de concentrar el poder político y el poder espiritual en pocas manos. De esa memoria histórica nacería, años después, la convicción de que el poder necesitaba límites, contrapesos y ciudadanos capaces de defender sus convicciones sin dejar de reconocer la dignidad de quienes sostienen pensamientos distintos. Porque una democracia nunca fue diseñada para fabricar unanimidades. Fue creada para administrar desacuerdos. Y esa diferencia ha cambiado el destino de la civilización…

 

La naturaleza nunca apuesta por los extremos


 

Existe una pregunta que nos ha acompañado durante muchos años. ¿Por qué, si el equilibrio gobierna prácticamente todos los grandes sistemas de la naturaleza, los seres humanos insistimos —una y otra vez— en organizar nuestras sociedades desde los extremos?... Todo cuanto observamos parece sostenerse gracias a delicados mecanismos de compensación. El Universo mantiene un extraordinario equilibrio entre fuerzas que, en apariencia, se oponen. La gravedad atrae mientras la expansión cósmica separa. Los ecosistemas sobreviven porque miles de especies interactúan regulándose mutuamente. Los océanos, la atmósfera, los bosques y el clima forman parte de complejos sistemas donde cada exceso termina generando una reacción que busca restablecer el balance. Nuestro propio organismo constituye quizás el mejor caso. Vivimos gracias a un principio fundamental de la biología conocido como el equilibrio dinámico de la homeostasis, donde el organismo trabaja de manera continua para mantener relativamente constantes las condiciones internas necesarias para vivir. De manera que si hace calor, sudamos para enfriar el cuerpo. Si hace frío, temblamos para producir calor. Aumenta la glucosa en la sangre, el páncreas libera insulina. Si ésta disminuye demasiado, libera glucagón para elevar la glucosa. Baja la presión arterial, el organismo activa mecanismos para elevarla. Respiramos menos oxígeno, aumenta la frecuencia respiratoria… Pocas palabras describen con tanta precisión el milagro cotidiano de la vida: El equilibrio… Cada segundo, millones de procesos trabajan silenciosamente para mantener estable nuestra temperatura, la presión arterial, la glucosa, el oxígeno, las hormonas, la actividad eléctrica cerebral y cientos de variables más. La salud no consiste en llevar esos valores al máximo. Consiste en mantenerlos dentro de un delicado margen de equilibrio. Entonces surge inevitablemente otra pregunta…

 

¿Por qué habría de ser diferente una sociedad?

 

Quizás la división de poderes, la libertad de expresión, la independencia judicial, el pluralismo político, las elecciones periódicas y la existencia de una oposición legítima no constituyen simples normas jurídicas sino su propia “homeostasis”. Representan el sistema inmunológico de la democracia. Mecanismos destinados a impedir que una sola parte del organismo termine dominando al conjunto. Porque cuando el órgano ejecutivo pretende gobernar todo el cuerpo de una sociedad, aparece la enfermedad. Cuando una célula deja de respetar las reglas del organismo y comienza a multiplicarse sin límites, aparece el cáncer. Cuando un gobernante se convierte en autócrata ya es un nódulo que se trocará muy probablemente en un carcinoma…

 

La genial intuición de los Padres Fundadores

 

Hace casi dos siglos y medio, un grupo extraordinario de hombres diseñaron la Constitución de los Estados Unidos pensando como seres humanos. Y eso cambió absolutamente todo. James Madison escribió en The Federalist Papers una frase que conserva hoy la misma vigencia que entonces: "Si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario", y añadía otra reflexión todavía más contundente: "Si los ángeles gobernaran a los hombres, no serían necesarios controles internos ni externos sobre el gobierno." En pocas líneas, resumía una extraordinaria comprensión de la psicología humana. Los seres humanos no somos querubines. Somos imperfectos. Nos seduce el poder. Nos atrae el reconocimiento. Nos cuesta admitir errores. Tendemos a rodearnos de quienes piensan igual. Y cuando acumulamos demasiado poder durante demasiado tiempo, nos convencemos de que nuestras decisiones siempre son las “correctas”… Los Padres Fundadores comprendieron que el verdadero problema consistía en impedir que cualquier gobernante, cualquiera fuese su ideología, pudiera concentrar suficiente poder como para poner en riesgo la libertad de los ciudadanos. Por eso distribuyeron el poder. Crearon un Congreso capaz de limitar al Presidente. Un Poder Judicial capaz de limitar a ambos. Estados con importantes competencias propias. Elecciones periódicas. Prensa libre. Debate público. Se trata de los contrapesos. Que nacieron para proteger a la democracia y a la libertad, de sí mismas. Porque las repúblicas no sobreviven porque existan gobernantes virtuosos. Lo hacen porque se someten a instituciones capaces de limitar hasta a quienes se creen privilegiados…

 

El equilibrio nunca significa inmovilidad

 

El equilibrio no equivale a permanecer exactamente en el centro. Es movimiento permanente. Cuando caminamos, nuestro cuerpo está corrigiendo continuamente pequeñas pérdidas de estabilidad. Igual hacen las grandes democracias. No permanecen quietas. Se auto corrigen. Reforman leyes. Debaten. Rectifican y avanzan. Retroceden cuando descubren errores. Se cambian gobiernos, políticas, prioridades. A pesar de ello, preservan las reglas del juego. Y allí reside la diferencia entre una democracia madura y una sociedad polarizada. En una democracia donde el adversario representa una alternativa de gobierno. En una sociedad polarizada el adversario termina siendo considerado una amenaza para la existencia misma del país. Entonces, la política deja de ser administración del futuro. Se convierte en una lucha por la supervivencia…

 

Venezuela y Estados Unidos frente al mismo espejo


 

He tenido el privilegio de vivir intensamente en dos países que amo. Venezuela me vio nacer. Estados Unidos me recibió, me permitió reconstruir etapas de mi vida y me concedió el honor de convertirme también en uno de sus ciudadanos. Ambas naciones poseen historias distintas. Instituciones diferentes. Culturas políticas desiguales. Problemas incomparables. Por lo que en el presente, observo con preocupación que las dos enfrentan un desafío sorprendentemente parecido como la creciente dificultad para escucharse entre sus coterráneos. En Venezuela, décadas de confrontación política terminaron fracturando familias, amistades, universidades, empresas y comunidades enteras. El lenguaje público se fue endureciendo hasta convertir al adversario, demasiadas veces, en un enemigo irreconciliable. Estados Unidos conserva instituciones sólidas, probablemente las más robustas que ha producido la historia moderna. Pero, también aquí la polarización comienza a erosionar lentamente un patrimonio invisible, se trata de la confianza entre los ciudadanos que, aun pensando diferente, aceptaban formar parte de un mismo proyecto nacional… La fortaleza de una democracia nunca depende únicamente de sus leyes. También de la disposición emocional de sus ciudadanos para aceptar que no ganar una elección no significa perder la patria. Y que ganarla tampoco convierte a un partido en un propietario exclusivo de la nación. Tenemos que aprender a gobernar cuando se gana y aprender a convivir cuando se pierde…

 

El difícil arte de convivir

 

Existe una ilusión de la humanidad como creer que algún día aparecerá una ideología perfecta. Un líder perfecto. Un presidente o Jefe de estado perfecto. Un partido perfecto. Un sistema perfecto y que desaparecerán los conflictos. Pero la experiencia de miles de años demuestra exactamente lo contrario. Los desacuerdos se mantendrán porque nacen de la extraordinaria diversidad del ser humano. Pretender que millones de ciudadanos piensen exactamente igual resulta tan imposible como que todos los árboles de un bosque crezcan con la misma forma. Pese a ello, la diversidad no constituye una amenaza para la libertad y la democracia. Es su materia prima. El verdadero desafío consiste en aprender a convivir con ella… Los conflictos más destructivos casi nunca nacen de las diferencias. Aparecen de la incapacidad para manejarlas. Eso ocurre en todos los escenarios humanos. Igualmente pasa en los países. En el caso de las democracias más exitosas no se intentan fabricar ciudadanos idénticos. Mas bien se debe construir instituciones suficientemente fuertes para que los ciudadanos muy diferentes puedan convivir sin destruirse…

 

La política y el balance

 

Vivimos una época extraordinaria. Nunca antes la humanidad había tenido acceso a tanta información. Las redes sociales, los algoritmos y la comunicación instantánea han creado enormes comunidades donde cada persona encuentra, casi exclusivamente, opiniones similares a las propias. De esta forma nos auto confirmamos. La duda pierde prestigio. La certeza se convierte en virtud. Con todo, la ciencia sigue avanzando precisamente porque duda. La filosofía progresa porque pregunta. La democracia sobrevive porque escucha. En el caso de los políticos la interrogante es si podrán aceptar que nuestras mejores ideas pueden estar incompletas. Que nuestros adversarios también pueden tener razón en distintos aspectos. Que ninguna generación ha poseído el monopolio de la verdad. Y que el patriotismo no consiste en vencer siempre al otro, sino en dejar un país mejor que el que recibimos…

 

Los extremos movilizan. El equilibrio construye

 

Los extremos producen entusiasmo. Despiertan emociones intensas. Convocan multitudes. Generan consignas. Llenan plazas. Dominan titulares. Pero las grandes civilizaciones nunca fueron construidas únicamente con entusiasmo. Lo hicieron con instituciones. Con acuerdos que se hicieron leyes y Cartas Magnas aceptadas por la mayoría. Con paciencia. Con ciudadanos capaces de pensar en la próxima generación y no únicamente en la próxima elección. Los extremismos han conquistado en la historia el poder en un sinnúmero de países, entre ellos destacan Japón, Alemania, Italia, la Unión Soviética, Sudáfrica, Chile, Argentina, Uruguay, Cuba, Nicaragua, Venezuela, El Salvador, entre otros países hispanoamericanos hasta España, sin olvidar buena parte de países africanos y asiáticos. Aún unos cuantos de ellos viven en dictaduras o autocracias disfrazadas de democracia. Se ignora ex profeso que el equilibrio construye la confianza… Los extremos desean mantenerse en el poder sin el necesario debate de ideas. Por el contrario, el equilibrio en la política hace posible la convivencia. Ese es, probablemente, el mayor milagro político que ha logrado la humanidad…

 

Al final...


 

… como ciudadano venezolano y estadounidense, deseo profundamente que ambos países preserven la democracia y el equilibrio. No porque sean perfectos. Ninguna nación lo es. Sino porque ambas poseen la capacidad de corregirse. Y mientras una sociedad conserve la posibilidad de rectificar, de debatir, de renovar sus liderazgos —y de fortalecer sus instituciones— siempre existirá esperanza. La verdadera fortaleza de una república no consiste en impedir que existan diferencias. Se trata de no permitir que esas diferencias destruyan a la República. Creo que en las dos naciones ha llegado el momento de recordar que la democracia nunca fue concebida para fabricar vencedores permanentes. Lo fue para que hombres y mujeres de distintos credos pudieran gobernarse sin dejar de reconocerse como compatriotas, y conciudadanos… Mientras concluía, María Mercedes Gessen —mi esposa, colega y compañera de vida desde hace tantos años— me dijo algo que permaneció dando vueltas en mi mente: "Las familias no permanecen unidas porque todos piensen igual. Permanecen juntas porque aprenden a escucharse, a respetarse, a ceder cuando es necesario y a recordar que el amor vale más que el orgullo. Cuando alguno quiere imponer siempre su voluntad a todos, la familia comienza a romperse. Creo que las sociedades no son tan diferentes. También ellas necesitan equilibrio, respeto y la capacidad de seguir viéndose como una sola familia, aun cuando existan profundas diferencias"…

 

Sus palabras me hacen pensar en Venezuela, en Estados Unidos y en tantos países donde millones de personas aman sinceramente a su nación y, sin embargo, han terminado mirándose con desconfianza. El mayor desafío de nuestro tiempo no será únicamente económico, tecnológico o militar. Será psicológico porque tendremos que reaprender nuevamente a convivir. Porque las naciones no suelen desaparecer cuando una mitad derrota a la otra. Comienzan a desvanecerse cuando dos lados dejan de reconocerse como parte de un mismo destino. Así que después de tantos siglos de guerras, revoluciones y enfrentamientos, la vieja sabiduría popular continúa teniendo la razón: ¡Ni tal calvo… Ni con dos pelucas!... Que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...


 

 

 



 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

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