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Religión de Constantino vive en el Vaticano

El emperador romano transformó un credo perseguido en alma del Imperio: de religión romana a religión católica, del Sol Invictus a la Cruz, y de César a Papa, el politeísmo imperial no murió, mutó. Constantino el verdadero primer Papa aún vive en la Iglesia que heredó su poder y pasó de las legiones opresoras al reclutamiento de conciencias...



Constantino I 

 

Flavius Valerius Constantinus (272–337), fue el hijo del césar Constancio Cloro y de Helena, proclamado ya emperador romano y consolidó su autoridad sobre Occidente y, tras años de guerras civiles, se convirtió en soberano del imperio en 324. Constantino fue educado en la corte de Diocleciano, bajo la Tetrarquía, un régimen autoritario que pretendía restaurar la unidad del Imperio mediante un férreo control político y religioso que ordenó la “Gran Persecución” (303–311 d.C.), la más violenta contra los cristianos sumando destrucciones de iglesias, quema de escrituras y ejecuciones públicas. Constantino formó parte del ejército imperial durante esas campañas, por lo que acató y fue cómplice pasivo del sistema que las ejecutaba. Constantino durante sus primeras campañas mantuvo oficialmente el culto pagano, venerando a Sol Invictus, su dios protector. A partir de la Batalla del Puente Milvio (312 d.C.), declaró su fe en el “Dios católico y romano”, pero no se bautizó sino hasta su lecho de muerte, en el 337 d.C. No obstante, su conducta siguió siendo despótica: Ejecutó a su propio hijo Crispo y a su esposa Fausta por intrigas palaciegas en el año 326 d.C., apenas un año después del Concilio de Nicea (325). Este doble crimen, ocurrido en el momento de su máximo poder, reveló el rostro despótico del emperador que ya había abrazado oficialmente la fe católica y se había declarado el Pontifex Maximus, lo que hoy es el Papa. Gobernó como un monarca absoluto, mezclando la autoridad del César con la del pontífice. Controló la Iglesia como parte del Estado, convocando y presidiendo el Concilio de Nicea (325), donde impuso unidad teológica para asegurar la unidad política. Todos los emperadores romanos posteriores a Constantino siguieron siendo Pontifex Maximus, hasta Graciano I, en 382 d.C… El apóstol Pedro, nunca fue Papa. El Canon 6 del Concilio de Nicea reconoce al obispo de Alejandría, al de Antioquía y al de Roma como autoridades regionales, y no universales, cuando Pedro ya llevaba aproximadamente 261 años muerto al celebrarse el Concilio de Nicea. El Papado no es creación de Pedro, sino del Imperio Romano tardío en el mencionado concilio en 325 d.C. (Penguin, A History of Christianity, 2009)

 

Del politeísmo al ¿monoteísmo?

 

La conversión religiosa de Constantino fue, ante todo, un acto político y estratégico más que un despertar místico. El Imperio romano del siglo IV atravesaba una profunda crisis, como era la expansión que había detenido su impulso económico, el ejército estaba sobredimensionado y costoso, las guerras civiles se multiplicaban, y el sentido de identidad romana se desmoronaba ante la diversidad étnica y cultural de los pueblos conquistados. En ese contexto, la religión tradicional —el politeísmo romano con su panteón jerárquico y sus ritos públicos— había perdido fuerza cohesionadora. Los cultos orientales, como el mitraísmo, competían por la fe de los pueblos, mientras el cristianismo crecía clandestinamente con una moral austera, una estructura comunitaria sólida, y una promesa de salvación universal. Los cristianos —aunque perseguidos— crecían de manera silenciosa. A inicios del siglo IV, los seguidores de Cristo ya se contaban por millones en Siria, Egipto, Grecia y África del Norte (Rodney Stark, The Rise of Christianity, HarperCollins, 1996). Su fuerza no residía en templos ni ejércitos, sino en una red comunitaria disciplinada, solidaria y universalista. Constantino comprendió que la religión de los perseguidos podía ser transformada en el nuevo eje de la legitimidad imperial. Así, el emperador no adoptó la fe de los cristianos por humildad espiritual, sino porque intuyó su poder de cohesión social y moral (Ramsay MacMullen, Christianizing the Roman Empire, Yale University Press, 1984).

 

De la persecución al altar


 

La conversión de Constantino en 312 representó un acto simbólico donde el emperador que hasta entonces veneraba al Sol Invictus —símbolo del poder y de la victoria— cuando dijo, antes de la Batalla del Puente Milvio, que tuvo una visión donde una cruz luminosa acompañada de las palabras in hoc signo vinces (“con este signo vencerás”). Por ello, ordenó pintar el símbolo en los escudos de sus soldados y, tras su victoria sobre Majencio, se presentó como el elegido por el “Dios único”, integrando así el monoteísmo cristiano en la ideología del Estado imperial. Entonces, de perseguidor pasó a protector. El mismo poder que había arrojado cristianos a los leones, ahora construía basílicas para ellos. El Edicto de Milán (313) garantizó la libertad de culto y devolvió a la Iglesia sus bienes confiscados. Pero lo que nació no fue el cristianismo de las catacumbas, sino una religión imperial adaptada a la estructura del poder romano, con una organización jerárquica, centralizada y dogmática —la curia Romana— y esta nueva Iglesia se convirtió en “una burocracia espiritual que reflejaba la administración del propio Imperio” (Peter Brown, The Rise of Western Christendom, Blackwell, 1996). Sin embargo, este acto no fundó una “Iglesia cristiana” como tal, sino que pronto se consolidaría bajo la denominación de Iglesia Católica, Apostólica y Romana. El término de católica —del griego katholikós, “universal”— Constantino lo elevó a rango imperial. La palabra apostólica “legitimaba” la sucesión directa de los apóstoles, mientras el término romana afirmaba la unión entre la nueva fe y la sede del poder político. “Constantino no creó el cristianismo, pero lo convirtió en una institución romana, con obispos equivalentes a magistrados, y concilios semejantes al senado” (Henry Chadwick, The Early Church, Penguin Books, 1967).

De esta forma, la religión de los mártires se transformó en una religión de Estado. El emperador, que hasta poco antes participaba en los ritos paganos y los sacrificios al Sol Invictus, se convirtió en el “obispo de los obispos”. En el Concilio de Nicea (325 d.C.), convocado y presidido por él, fijó la ortodoxia teológica del cristianismo imperial, a saber: la divinidad del Hijo, la condena del arrianismo y la redacción del Credo niceno, fundamento doctrinal de la nueva Iglesia.

El cambio fue tan profundo que equivaldría a imaginar que, si los nazis hubieran ganado la II Guerra Mundial, dos siglos después de haber conquistado Europa, el líder del entonces Tercer Reich adoptara a la religión judía como doctrina oficial del imperio nazi. Esa analogía ilustra la magnitud del giro ideológico porque el poder que había crucificado al propio Cristo, y perseguido a sus seguidores se proclamaba ahora su protector y toma para sí, su religión. Pasó de perseguidor a pontífice, de opresor a fundador de una religión imperial, Constantino inauguró la simbiosis entre trono y altar. “Roma no se convirtió al cristianismo, fue el cristianismo el que se romanizó” (H. Trevor-Roper, The Rise of Christian Europe, Thames & Hudson, 1965). Y esa romanización cristalizó en un nombre que lo decía todo: Iglesia Católica, Apostólica y Romana, la nueva religión del Imperio y del Estado, y el nuevo rostro espiritual del poder.

 

La iglesia se lanza al mercado, en Nicea


 

Constantino convocó en el año 325 d.C., el Primer Concilio Ecuménico de Nicea, celebrado en Bitinia, cerca de su residencia imperial. Reunió a más de trescientos obispos de todo el Imperio, desde Siria hasta Hispania. Constantino seleccionó a qué obispos invitaba, quiénes serían reconocidos como legítimos y, sobre todo, bajo qué condiciones podían deliberar. Las invitaciones fueron emitidas por decreto imperial, firmadas por su cancillería, y la comida y hospedaje de los asistentes fueron financiados con fondos del Estado (Eusebio de Cesarea, Vita Constantini, III, 6–7). También él, el emperador, costeó los gastos del viaje, presidió las sesiones, moderó las disputas y promulgó las decisiones del concilio. El historiador Eusebio de Cesarea —su contemporáneo y biógrafo— describe a Constantino sentado en un trono dorado, vestido con manto púrpura, mientras los obispos lo rodeaban en actitud reverente (Vita Constantini, III, 10–15).

En Nicea se establecieron tres pilares fundamentales del catolicismo imperial, entre ellos la divinidad del Hijo, afirmando que Jesucristo es “de la misma sustancia” (homoousios) que el Padre y se estableció el Credo Niceno, la primera profesión de fe universal, que definiría la ortodoxia cristiana durante siglos. Nicea no solo resolvió una disputa teológica sino que instituyó la alianza definitiva entre el imperio y la iglesia (Henry Chadwick. The Church in Ancient Society, Oxford University Press, 2001). Constantino, al convocar y presidir aquel concilio, actuó no como un simple mecenas de la Iglesia, sino como su máxima autoridad terrenal. De hecho, en una carta posterior, él mismo se autodenominó “Episkopos ton ektos” —literalmente, “obispo de los obispos” en los asuntos del mundo— (Eusebio, Vita Constantini, IV, 24). Un Papa, pues…

 

Quién fue el primer Papa

 

En la práctica, Constantino asumió el papel de mediador supremo entre la Iglesia y el Estado, entre lo espiritual y lo temporal. Por eso muchos historiadores consideran que Constantino fue el primer Papa real, no en sentido litúrgico, sino político y funcional (Paul Veyne, Quand notre monde est devenu chrétien, Albin Michel, 2007). Él fue quien dio forma jurídica, organizativa y dogmática al cristianismo que se expandiría bajo la bandera de Roma. Su autoridad fue tan absoluta que, tras Nicea, continuó dirimiendo controversias eclesiásticas —como en el caso del cisma donatista en África del Norte— y dictando leyes que favorecían a la Iglesia. En el 321 decretó el domingo (dies solis) como día oficial de descanso, fusionando el calendario solar romano con la liturgia cristiana. En el 325 prohibió los sacrificios privados a los dioses romanos, y hacia el final de su vida ordenó la construcción de grandes basílicas como San Juan de Letrán y la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén.

Desde una perspectiva psicológica podríamos decir que Constantino encarnó la figura arquetípica del rex-sacerdos o el rey-sacerdote que fusiona el poder terrenal y el divino. Y, al hacerlo, inauguró una forma de liderazgo espiritual-político que definiría la historia de Europa durante milenios.

La “Religión de Constantino” nació, por tanto, de una fusión entre fe y poder. Fue una “genialidad” política perversa transformar a los antiguos enemigos del Imperio en su columna espiritual, convertir la cruz en estandarte de las legiones, y reinterpretar el mensaje de los perseguidos como mandato divino de un nuevo orden universal. Desde ese momento, Roma dejó de ser pagana, pero el cristianismo dejó también de ser rebelde. Nació un poder teocrático que dominaría Europa durante más de mil años.

 

¿Quién crucificó a Jesús?


 

El Imperio —a partir del siglo IV— impulsó y consolidó la idea de que el pueblo judío fue responsable de la muerte de Jesús, y lo hizo con fines políticos y teológicos. Pero este proceso fue gradual, y profundamente malévolo, un mecanismo de transferencia de culpa que sirvió para unificar al nuevo catolicismo imperial romano en torno a un enemigo común y, a la vez, desvincular a Roma de la ejecución real de Cristo, que históricamente, y con absoluta certeza, fue un acto registrado del poder romano. Jesús de Nazaret fue ejecutado por orden del prefecto romano Poncio Pilato —aunque se lavara las manos— hacia el año 30 d.C., bajo el cargo de sedición contra el Imperio. La crucifixión era un castigo típicamente romano, reservado a esclavos y rebeldes. “No hay duda alguna de que fue el poder imperial el que mató a Jesús; los judíos no tenían autoridad para crucificar a nadie” (John Dominic Crossan, Who Killed Jesus?, HarperCollins, 1995). A pesar de ello, en los siglos siguientes, la responsabilidad política romana fue progresivamente borrada del relato teológico, reemplazada por la acusación contra los judíos.

En el año 325, el mismo Concilio de Nicea que condenó el arrianismo también desvinculó oficialmente la Pascua cristiana del calendario judío, decisión impulsada personalmente por Constantino, quien escribió: “No debemos tener nada en común con el pueblo homicida de su Señor” (Carta de Constantino a las Iglesias, citada por Eusebio, Vita Constantini, III, 18–20). Esa frase marca el inicio del antisemitismo institucional católico. A partir de allí, se prohibió la observancia del sábado, se desacreditó la circuncisión, y se persiguieron comunidades judías bajo el argumento de su “culpa ancestral”. La acusación de “pueblo deicida” se convirtió en uno de los pilares del catolicismo medieval. Padres de la Iglesia como Juan Crisóstomo escribió: “Viven para ser testigos de su propia desgracia, para que el mundo vea en ellos el castigo divino.” (Adversus Iudaeos, Homilía I, 1–2). Agustín de Hipona desarrolló la “teoría del testimonio” (witness doctrine), según la cual Dios preserva a los judíos no para exaltarles, sino para que sean testigos de las Escrituras y de su propio castigo, y También Jerónimo (Patrologia Latina/42 - Wikisource), escribieron sermones en los que los judíos eran retratados como testigos errantes del castigo divino. Su dispersión por el mundo fue interpretada como prueba de su culpa. De esta manera, la nueva Iglesia heredera del Imperio mantuvo una narrativa que, durante más de 1500 años, justificó persecuciones, expulsiones, guetos y pogromos. Desde las Cruzadas (siglo XI) hasta la Inquisición, e incluso el antisemitismo moderno, esa teología del odio tuvo su raíz en el catolicismo imperial que Constantino institucionalizó. “El antisemitismo católico no nació en los Evangelios, sino en la corte de Constantino” (Jules Isaac, Jésus et Israël, 1948)

El Imperio romano necesitó culpar al pueblo judío para consolidar su nueva religión de Estado. Fue una ignominia política, pero también una manipulación moral que cambió el curso de la historia. Al liberar a Roma de la culpa y cargarla sobre los judíos, el poder imperial convirtió la redención en propaganda, y la fe en dominio. Desde entonces, la cruz, de la crucifixión romana, sustituyo al verdadero símbolo cristiano de amor y sacrificio como era el pez, y se transformó en estandarte de poder y persecución en las cruzadas. Y esa sombra —esa falsificación histórica— seguiría proyectándose durante siglos sobre la conciencia de Occidente.

 

¿Y Pedro?... El verdadero fundador de la Iglesia cristiana


 

Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles relatan que Pedro, discípulo de Jesús, desempeñó un papel fundamental en la primera comunidad cristiana de Jerusalén, junto a Santiago y Juan. Según la tradición, habría viajado a Roma durante el reinado de Nerón (54–68 d.C.) y murió martirizado en las persecuciones ejecutado por los romanos, y su muerte forma parte de la gran persecución de cristianos bajo el emperador, posterior al incendio de Roma (64 d.C.). Sin embargo, no existe evidencia documental contemporánea que pruebe que Pedro fundó una institución eclesiástica organizada o estableció allí una “sede apostólica”.

Pedro fue un predicador carismático, no un administrador, fue un testigo de fe, no un fundador institucional (Bart D. Ehrman (Peter, Paul, and Mary Magdalene: The Followers of Jesus in History and Legend, Oxford University Press, 2006).

Durante los primeros tres siglos del cristianismo, las comunidades cristianas fueron esencialmente autónomas, guiadas por presbíteros y obispos locales. No existía una autoridad central ni una jerarquía uniforme. En realidad, la Iglesia primitiva fue un mosaico de iglesias, las de Jerusalén, Alejandría, Antioquía, Éfeso, y Roma… Cada una con su propio acento teológico, litúrgico y cultural, “La diversidad doctrinal era tan grande que hablar de ‘una sola Iglesia’ antes del siglo IV resulta anacrónico” (Elaine Pagels, The Gnostic Gospels, Random House, 1979).

La figura de Pedro fue usada simbólicamente para legitimar el poder de Roma siglos después. El famoso pasaje de Mateo 16:18 —“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”— fue reinterpretado en clave institucional para justificar la primacía papal. Pero esa lectura tomó forma política solo tras el Concilio de Nicea (325 d.C.). Fue allí donde el emperador impuso una unidad doctrinal, definió un credo común y estableció la estructura jerárquica que transformó un movimiento espiritual en un organismo imperial. Pero, el entonces obispo de Roma —en ese momento, Silvestre I— gozaba de prestigio por ser el sucesor simbólico de Pedro, y por residir en la antigua capital del Imperio, pero no presidió el concilio, quien sí lo hizo fue el propio emperador Constantino.

El emperador actuó como “instrumento de la Providencia divina” al organizar la Iglesia (Vita Constantini, IV, 24–36). Pero más que un instrumento divino, fue un estratega político. Su objetivo era unificar el Imperio bajo un solo Dios y un solo emperador, eliminando las divisiones internas del cristianismo y convirtiendo la religión en una herramienta de cohesión del Estado.

En el año 380, bajo el emperador Teodosio I, el catolicismo niceno —el de Constantino, no el de Pedro— fue declarado religión oficial del Imperio mediante el Edicto de Tesalónica (Cunctos populos), promulgado junto a Graciano y Valentiniano II. Este edicto ordenaba que todos los súbditos del Imperio profesaran la fe “que Pedro transmitió a los romanos”, pero, paradójicamente, la estructura que sostenía esa fe que era la misma que mató al apóstol, era romana, y no apostólica. En ese momento nació oficialmente la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, que respondía a un modelo imperial, el de un Papa como emperador espiritual, un cuerpo clerical jerarquizado como burocracia sagrada y oficial, y una liturgia fastuosa heredera del ceremonial bizantino. “La Iglesia que surgió del catolicismo constantiniano fue más una réplica del Imperio que una continuación de la comunidad de Jesús, una religión del poder, y no de la pobreza” (Karen Armstrong, A History of God, Valentine Books, 1993).

 

De un solo Dios a tres en uno: la romanización del monoteísmo


 

Constantino comprendió un principio de psicología política y religiosa que pocos han entendido tan bien, los pueblos no cambian de fe, cambian de forma. La religión no se impone por decreto, sino por símbolos familiares. Cuando el emperador decidió adoptar el cristianismo como eje espiritual del Imperio, supo que no podía destruir de un golpe la sensibilidad politeísta de Roma, heredera de siglos de dioses, diosas, lares y penates. Por eso su estrategia fue fusionar lo nuevo con lo antiguo, revestir el monoteísmo cristiano con estructuras, rituales y figuras que evocaran la riqueza simbólica del viejo credo romano. Lo que emergió fue una religión “monoteísta en teoría, pero politeísta en la práctica” (Will Durant, Caesar and Christ, Simon & Schuster, 1944). “Constantino no destruyó los templos, los rebautizó. No prohibió los ídolos, los transformó en imágenes de santos, no eliminó las fiestas paganas, las hizo católicas.”

En el plano doctrinal, el punto de inflexión y donde un politeísmo disfrazado comenzó, fue el Concilio de Nicea (325 d.C.), donde —bajo la autoridad romana— se fijó el dogma de la Santísima Trinidad, es decir un solo Dios, pero en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En la religión romana clásica, el triunvirato divino por excelencia era la Tríada Arcaica, adorada en el templo principal del Capitolio de Roma, Júpiter representaba el poder soberano y espiritual (el Padre celestial). Marte encarnaba la fuerza militar y la expansión (el Hijo guerrero, activo en el mundo). Y Quirino, antiguo dios de la comunidad civil y de los ciudadanos, simbolizaba el espíritu colectivo, la vida interior de Roma (el Espíritu del pueblo). Esta tríada era una teología de Estado, una “trinidad política” que reflejaba la armonía entre autoridad, acción y comunidad. Cuando el catolicismo romano adoptó su propia Trinidad, el pueblo romano ya tenía grabado en su inconsciente colectivo este patrón tripartito.

 

El nuevo politeísmo

 

Aunque el propósito teológico de la “Santísima Trinidad” era resolver las disputas sobre la naturaleza de una triple deidad, en la práctica esa formulación introdujo una multiplicidad divina dentro del monoteísmo. Nicea transformó la simplicidad del Dios de Jesús en un sistema metafísico de tres hipóstasis —una palabra que considera lo abstracto o irreal como algo real— algo inteligible solo para los teólogos y conveniente para los emperadores (Hans Küng en The Catholic Church: A Short History, Random House, 2001).

Este dogma permitió un paralelismo psicológico con el politeísmo romano, donde antes se veneraba a Júpiter, Marte o Venus, ahora se adoraban aspectos distintos de una misma divinidad. La idea de “tres en uno” facilitaba la transición mental del politeísmo al catolicismo imperial. Y, en los siglos siguientes, la incorporación de imágenes, reliquias y santos patronos consolidó esa continuidad cultural. La veneración a los santos funcionó como una transposición del antiguo culto a los dioses locales. Cada ciudad romana tenía su protector divino, y la nueva Iglesia asignó a cada comunidad un santo patrono. Cada oficio tenía su deidad tutelar. El catolicismo constantiniano instituyó un santo correspondiente y de esta manera San Jorge reemplazó a Marte, Santa Lucía a Diana, San Nicolás al dios Hermes, y así sucesivamente. “El culto a los santos fue la continuación católica del paganismo cívico. Las tumbas de los mártires se convirtieron en los nuevos templos de la Roma católica.” (Peter Brown, The Cult of the Saints, University of Chicago Press, 1981).

Constantino, astuto político, no abolió la religión romana, la absorbió. Conservó su iconografía —las imágenes, los altares, las procesiones, el incienso, las vestimentas sacerdotales— y les dio un nuevo significado. De ese modo, la nueva fe no se sintió extraña, sino familiar. Incluso el calendario litúrgico católico se superpuso al romano, la fiesta del Natalis Solis Invicti (25 de diciembre), celebración del Sol invencible, se transformó en la Natividad de Cristo.

El resultado fue una síntesis psicológica sin precedentes. El pueblo romano pudo mantener su necesidad de intermediarios celestes y figuras protectoras, mientras el emperador consolidaba su papel como vicario de Dios en la Tierra. “La transición fue menos una conversión que una reconfiguración cultural: los viejos dioses cambiaron de nombre, no de función” (Ramsay MacMullen, Christianity and Paganism in the Fourth to Eighth Centuries, Yale University Press, 1997).

La religión de Constantino fue, en esencia, una metamorfosis política del politeísmo en monoteísmo imperial. Un solo Dios legitimaba al emperador, pero múltiples santos, vírgenes y patrones mantenían viva la emoción religiosa del pueblo. La cruz sustituyó al águila imperial, pero la psicología del poder y la necesidad de mediadores entre el hombre y lo divino siguieron siendo las mismas. “Constantino romanizó el cristianismo. No fue Roma la que se cristianizó, sino el cristianismo el que se volvió romano” (Paul Veyne, Quand notre monde est devenu chrétien, Albin Michel, 2007).

 

De la Trinidad al poder


 

La genialidad mezquina política de Constantino no terminó con su conversión ni con el Concilio de Nicea. Su verdadero legado fue haber creado un modelo de gobierno religioso que sobrevivió al propio Imperio. Una estructura piramidal en la que el poder divino se reflejaba en el orden jerárquico. Al igual que en la Trinidad Arcaica había un Padre, un Hijo y un Espíritu subordinados en armonía, en la nueva Iglesia había un Emperador, un Papa y un clero bajo una misma autoridad espiritual. La teología servía como metáfora del poder.

Tras Nicea, Constantino continuó interviniendo activamente en los asuntos eclesiásticos. Convocó sínodos, resolvió disputas entre obispos y nombró cargos religiosos. En la práctica, actuó como el sumo pontífice del catolicismo —el título que, en la religión romana, correspondía al Pontifex Maximus, jefe del colegio sacerdotal romano— y con ese gesto, absorbió la función religiosa del emperador romano dentro de la nueva fe. A partir de entonces, el soberano no solo representaba la autoridad política, sino también la divina. Su cronista y apologista, lo exaltó como “el nuevo Moisés” y “vicario de Dios” (Vita Constantini (IV, 24–36), y lo describe dictando decretos sobre la disciplina eclesiástica y presidiendo concilios como el Papa.

Tras su muerte, en 337 d.C., sus sucesores heredaron ese modelo. El emperador de Oriente se convirtió en el basileus kai hiereus (“rey y sacerdote”), mientras los obispos y patriarcas quedaban subordinados al trono imperial. Este sistema, conocido como cesaropapismo, caracterizó al Imperio bizantino. El emperador designaba a los patriarcas, convocaba concilios y vigilaba la ortodoxia. Justiniano I (527–565) promulgó leyes eclesiásticas en su Corpus Iuris Civilis y declaró que su misión era “armonizar el Imperio y la Iglesia como cuerpo y alma”.

En Occidente, sin embargo, cuando la autoridad imperial se debilitó tras las invasiones bárbaras del siglo V, fue la Iglesia de Roma la que asumió el papel de heredera del orden imperial. Los Papas ocuparon el vacío de poder y gobernaron territorios, administraron justicia y enviaron embajadores como antiguos cónsules. León I, en el siglo V, se autoproclamó “Vicarius Christi” y negoció directamente con Atila, el rey de los hunos, mientras el Imperio agonizaba. Desde entonces, el pontífice romano pasó a ser el emperador virtual de Occidente. Esa estructura jerárquica, inspirada en la ontología divina, consolidó un sistema vertical donde la obediencia al Papa equivalía a obedecer a Dios.

A partir del siglo VIII, con la Donación de Constantino —un documento apócrifo redactado probablemente en el siglo VIII, pero “atribuido” al propio emperador—, la Iglesia de Roma legitimó su poder temporal alegando que Constantino había cedido al Papa Silvestre I el control sobre Roma y el Occidente. Aunque el texto fue posteriormente declarado falso por Lorenzo Valla en el siglo XV, durante siglos sirvió de base jurídica para justificar el poder papal. “El mito de la Donación fue el contrato espiritual entre el cetro y la tiara” (Richard Krautheimer en Rome: Profile of a City, 312–1308, Cambridge University Press, 1980). De este modo, el papado nació de la sombra de Constantino, como prolongación simbólica de su autoridad. La Iglesia heredó el aparato administrativo del Imperio con las provincias convertidas en diócesis, gobernadores en obispos, templos en basílicas, leyes imperiales en cánones eclesiásticos. Roma no cayó, se transfiguró en Vaticano. La Iglesia constantiniana no fue la victoria de Cristo sobre Roma, sino la victoria de Roma en nombre de Cristo. (Peter Brown, The Rise of Western Christendom, Wiley-Blackwel). En otras palabras, la religión de Constantino fue el puente entre el Imperio romano y la civilización católica. De su alianza entre trono y altar surgieron tanto el esplendor bizantino como la teocracia medieval. Y el Papa, más que sucesor de Pedro, fue sucesor del César.

 

El inicio de la infame confesión


 

Aunque Constantino no creó el sacramento, sí sembró la idea del perdón institucionalizado. En la religión romana, la redención era un acto privado o ritual, y en el catolicismo imperial, comenzó a verse como un acto regulado por la Iglesia heredera del Imperio, y por la autoridad del Cesar. El emperador Constantino abolió los sacrificios donde se ofrecían animales, frutos, incienso o incluso vidas humanas para aplacar a los dioses, y mantener el orden cósmico. Así era el lenguaje del poder, el pueblo ofrecía, el sacerdote intermediaba, y el dios —como el emperador— otorgaba el perdón. Constantino los sustituyó por un culto no sangriento, el de la Eucaristía, que conmemora el sacrificio de Cristo de una vez y para siempre. Sin embargo, el cambio no fue solo teológico, fue psicológico y político. El Imperio abandonó el sacrificio físico, pero necesitaba un nuevo mecanismo para que el imperio se mantuviera informado, practicara la obediencia moral y la cohesión espiritual del pueblo. Así, siglos después, cuando el penitente se arrodillaba frente al confesor, repetía simbólicamente un gesto antiguo, el del súbdito que se postra ante el César pidiendo clemencia y dando información.

 

La Iglesia de Roma: el Imperio que no murió

 

Cuando en el año 476 d.C. cayó Rómulo Augústulo, el último emperador de Occidente, el trono quedó vacío, pero no el poder. La administración imperial, las leyes, las costumbres y la lengua latina continuaron vivas dentro de la Iglesia católica, que había heredado, siglos antes, la estructura jerárquica de Roma. Las antiguas provincias se transformaron en diócesis, los gobernadores en obispos, y el senado en concilios. Roma no pereció, cambió de nombre. Su autoridad dejó de ser militar para volverse espiritual (Edward Gibbon, The Decline and Fall of the Roman Empire, 2004). El Papa, sucesor simbólico del César, asumió la doble misión de preservar la unidad y la civilización. Donde antes marchaban legiones, ahora marchaban misioneros, donde antes se imponía la ley con la espada, ahora se difundía con la cruz o posteriormente con el Santo Oficio y la Santa inquisición.

La Iglesia mantuvo el latín como lengua sagrada, adoptó el derecho romano como base del derecho canónico, y conservó el título de Pontifex Maximus, que había sido uno de los más antiguos cargos religiosos de los emperadores. En la iconografía, el Papa aparece entronizado con vestiduras púrpuras y tiara triple, símbolo de su dominio sobre el cielo, la tierra y el purgatorio, lo que es una continuidad simbólica del poder universal que proclamaban los Césares. “El catolicismo romano fue el vehículo por el cual la cultura del Imperio sobrevivió a su ruina política. La Iglesia fue la Roma que perduró en el alma de Europa” (Christopher Dawson, en Religion and the Rise of Western Culture, 1950).

En los siglos siguientes, mientras las invasiones bárbaras destruían las ciudades y las rutas imperiales, el papado se convirtió en el centro del orden y la continuidad. Monasterios y catedrales se transformaron en los nuevos foros romanos, donde se copiaban manuscritos, se administraba justicia y se educaba a las élites. El Papa Gregorio Magno (590–604) reorganizó la Iglesia con precisión administrativa romana, enviando misioneros a Britania y al norte de Europa con la misma disciplina con que antiguamente Roma enviaba legiones.

 

Roma eterna: de la urbe imperial a la urbe espiritual


 

La Iglesia de Roma heredó también la psicología del poder imperial, la noción de ordo (orden), auctoritas (autoridad) y disciplina. En la mentalidad romana, el poder no era solo dominio, sino pax —la paz impuesta por el orden universal—. De ahí que la Pax Romana se convirtiera en la Pax Christi, y el ideal de Roma —un solo mundo bajo una sola ley— pasara al catolicismo: una fides, una ecclesia. “La Iglesia no reemplazó a Roma, la continuó. Fue el alma de un cuerpo muerto que siguió caminando por siglos. (Henri-Irénée Marrou, Décadence romaine ou antiquité tardive?, 1949). Podría decirse que el inconsciente colectivo romano necesitaba perpetuarse. La Iglesia fue la gran transfiguración de ese inconsciente porque reemplazó los dioses por santos, los templos por basílicas, los emperadores por papas, y la conquista por evangelización. El alma imperial encontró así su inmortalidad bajo el signo de la cruz.

Sí, la Iglesia de Roma es la heredera del Imperio romano. No solo conservó su idioma, su derecho, su jerarquía y su diplomacia, sino también su vocación de universalidad. La Urbs Aeterna no cayó, cambió de trono y de símbolo.

 

El Vaticano vestigio del imperio romano

 

A pesar de las revoluciones, las repúblicas y la modernidad, la Santa Sede siguió actuando como un Estado heredero del Imperio romano. El Vaticano, fundado formalmente en 1929 por el Tratado de Letrán entre Pío XI y Mussolini, no es solo un microestado religioso, es la culminación jurídica de una continuidad milenaria.


 

Luego la firma del Concordato en Roma, el 20 de julio de 1933, entre la Alemania presidida por Hitler y en la Santa Sede Pio XII, reguló, por primera vez en la historia, las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado nazi. Así, hasta el día de hoy la estructura diplomática vaticana refleja la organización imperial ya que tiene nuncios equivalentes a embajadores, una Secretaría de Estado como cancillería, tribunales, guardias, y una red global de representación que ningún otro Estado posee. (John L. Allen Jr., All the Pope’s Men: The Inside Story of How the Vatican Really Thinks, Doubleday, 2004)

 

El poder espiritual como continuidad geopolítica

 

Hoy podemos afirmar con rigor histórico y psicológico que la Iglesia de Roma es la heredera viva del Imperio romano. Roma no desapareció, se sublimó. El cetro se transformó en báculo, la púrpura en sotana, el Senado en Concilio, y la legión en congregación. La autoridad moral del Papa conserva el eco de la autoridad del imperio romano. Constantino creyó construir una religión que unificara un imperio y, sin saberlo, erigió un modelo que aún gobierna en mil cuatrocientas millones de conciencias, sus súbitos. Pero luego de una historia oscura donde solo citamos la Santa Inquisición, los procesos a Giordano Bruno, Galileo Galilei y Baruch Spinoza, la venta de indulgencias, y distintos delitos y crímenes, como la quema de supuestas brujas en Europa, la participación eclesiástica en persecuciones contra herejes y disidentes, los abusos cometidos en misiones coloniales, el encubrimiento sistemático de pederastia clerical, el saqueo de riquezas indígenas bajo justificación religiosa, los juicios por blasfemia que anularon vidas enteras, la censura intelectual del Índice de Libros Prohibidos, y los excesos mortales de las Cruzadas, la condena a las mujeres, legitimando la conquista y evangelización forzosa, la condena a la libertad de conciencia del Papa Pío IX y el antisemitismo teológico durante 15 siglos… vemos ahora en los últimos tiempos, y en el presente ese mismo modelo milenario que muestra grietas profundas. La autoridad espiritual de la Iglesia se ha visto severamente erosionada por escándalos de abuso sexual cometidos por sacerdotes y obispos, encubrimientos sistemáticos y conexiones turbias con redes financieras opacas. Investigaciones judiciales en diversos países han revelado casos de lavado de dinero, nexos con organizaciones criminales e incluso ingresos procedentes del narcotráfico, que han comprometido la credibilidad moral del Vaticano y de su Banco, el Instituto para las Obras de Religión.Así, la “heredera del Imperio” carga hoy con el peso de sus propias sombras, las del poder que quiso redimir al mundo, pero terminó reproduciendo, dentro de sus muros sagrados, las mismas corrupciones humanas que el imperio romano jamás pudo purificar. Y si la Iglesia del Vaticano no emprende una profunda renovación ética y espiritual —una verdadera transformación institucional o conversión profunda— correrá la misma suerte que el imperio romano, simplemente terminando de convertirse solo en una historia del pasado.

Pero el desafío contemporáneo para mi esposa María Mercedes y para quien escribe —como psicólogos y como observadores de la conciencia humana— es preguntarnos: ¿seguimos obedeciendo al viejo emperador que busca controlarlo todo, o nos atrevemos a crear una nueva conciencia, libre de dogmas, abierta al Universo? La Religión de Constantino fue el intento de unificar la Tierra bajo un solo Dios. Hoy, la humanidad podría intentar algo más grande como es reconocer que ese Dios es el mismo Universo del que somos parte, sin templos de piedra ni jerarquías de poder, sino con una conciencia universal que nos incluye a todos.

La verdadera creencia divina, la que no cae, ya no está en el Vaticano ni en los palacios de mármol. Está en el espíritu humano de cada quien que busque sentido y trascendencia. Cada uno de nosotros es heredero de ese imperio invisible, el de la vida interior que todavía construye, conquista y ora. Porque como dijimos alguna vez, el Universo no solo nos contiene, también nos piensa. Y quizás —solo quizás— se cumpla el sueño eterno de que el hombre descubra que su auténtico poder no está en gobernar el mundo, sino en gobernarse a sí mismo, y comprender que la Divina Presencia del Universo está en la iglesia más cercana a ti mismo, la que está en tu propio cuerpo. Sí, querido lector, dentro de ti… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Eterna Providencia Universal nos acompañe a todos…


 




 

(Coautor junto a su esposa María Mercedes Gessen del libro ¿Qué o Quién es el Universo?), el cual le invitamos a leer, y disponible en Amazon.

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

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