¿Quiénes nos acompañan en el Universo?
- Vladimir Gessen

- hace 30 minutos
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Más allá del cine, Disclosure Day reabre temas sobre la conciencia, el lugar que tenemos en el Cosmos y si existen otras vidas inteligentes... La nueva película de Spielberg coloca a la psicología, la ciencia y las emociones ante la posibilidad de una cognición no terrestre

¿Sabremos la verdad?
En los últimos días, un tráiler ha despertado una emoción difícil de describir. No se trata solo del anuncio de una nueva película promovida por Steven Spielberg, prevista para junio de 2026 y titulada Disclosure Day —cuyo argumento gira en torno a la divulgación de la existencia de fenómenos no terrestres— donde se nos hace la promesa enigmática de que “conoceremos lo oculto” sobre la existencia estos seres. Lo que se ha activado no es una mera expectativa cinematográfica, estamos frente a una vibración psíquica mundial. Una mezcla de curiosidad, esperanza, inquietud y una pregunta ancestral que vuelve a hacerse presente con renovada fuerza: ¿Estamos solos en el Universo?...
Publicaciones más recientes, como The Psychology of Public Belief in Unexplained Phenomena (Taylor & Francis, 2025), analizan cómo los factores sociales y psicológicos influyen en la aceptación de narrativas sobre extraterrestres y fenómenos asociados, mostrando que las creencias se configuran mediante procesos cognitivos y culturales compartidos. Desde la psicología social y cultural, cuando miles de millones de personas reaccionan emocionalmente ante una misma idea —más allá de la ficción en sí— no estamos frente a una simple moda. Se moviliza lo que se describió como un inconsciente colectivo, o lo que algunas investigaciones contemporáneas consideran un fenómeno psíquico masivo que vincula creencias, expectativas y marcos interpretativos compartidos sobre fenómenos de enorme significado existencial. Estudios dentro de la exopsicología —un campo teórico e interdisciplinario emergente que explora cómo la mente humana piensa, imagina y reacciona ante la posibilidad de vida inteligente no humana— junto a la psicología de la creencia, muestran que las actitudes hacia la vida extraterrestre se entrelazan con variables psicológicas como la curiosidad, la necesidad de cierre, la confianza institucional y la percepción social de creencias similares en los demás, lo que explica por qué este tema toca fibras emocionales profundas, incluso en contextos académicos.
Mientras el 47 % de los estadounidenses aceptan que los extraterrestres han visitado la Tierra en algún momento, en paralelo, la propia comunidad científica documenta con creciente claridad la plausibilidad de vida más allá de la Tierra. Áreas como la astrobiología y la búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI) representan campos interdisciplinarios que combinan astronomía, biología, química y ciencias cognitivas para explorar la probabilidad de vida en otros mundos y las formas en que podríamos detectarla. El descubrimiento de miles de exoplanetas, muchos de ellos ubicados en zonas potencialmente habitables, ha fortalecido la hipótesis de que la vida simple —y eventualmente compleja— podría ser más común de lo que se pensaba décadas atrás, aunque hasta el momento no exista evidencia empírica directa concluyente (Borucki et al., 2010; Kopparapu et al., 2013; Schwieterman et al., 2018).
La atención mediática y académica no es ajena a este fenómeno cultural. Un artículo reciente en Futures emplea la teoría de los monstruos como metáfora para anticipar cómo podría reaccionaría el público ante un descubrimiento de vida extraterrestre, subrayando que la fascinación por lo desconocido forma parte de repertorios culturales e imaginarios compartidos que marcan tanto la ciencia como a la sociedad.
Por su parte, encuestas globales sobre la percepción pública revelan que una proporción considerable de la población humana cree en la existencia de vida inteligente fuera de la Tierra. Estudios amplios exponen que en múltiples países un porcentaje significativo de personas sostiene esta creencia, y que incluso entre comunidades con formación científica la convicción en la probabilidad de vida inteligente más allá de nuestro planeta es amplia, aunque diversa en intensidad.
Esta confluencia de ciencia, cultura y emoción explica por qué un tráiler puede resonar más allá del entretenimiento, porque activas preguntas colectivas que no solo interpelan a la imaginación, sino también nuestras estructuras cognitivas, nuestros miedos y nuestras esperanzas. Ese fue siempre el valor de las grandes preguntas humanas, no solo cuáles respuestas nos esperan allá afuera, sino lo que revelan de nosotros mismos y del deseo de encontrarlas.
Comentario de Lucas R., 22 años, Estudiante de Ingeniería, Lima: “No sé si estamos solos o no, pero me cuesta creer que en un Universo tan grande solo haya pasado ‘algo’ aquí. A veces pienso que la pregunta no es si hay otros, sino si estamos preparados para entenderlos. Ni siquiera nos entendemos bien entre nosotros.”
Comentario de Daniel M., 35 años, periodista digital, Madrid: “Antes me fascinaba la idea de extraterrestres como algo espectacular. Hoy me conmociona más lo que dice de nosotros. Si no estamos solos, entonces la historia humana es apenas un capítulo. Eso me tranquiliza un poco… a la vez que también me incomoda.”
La emoción no es ingenua: es profundamente humana
Como psicólogos —y, sobre todo, como seres humanos— percibimos que la emoción que despierta la posibilidad de vida más allá de la Tierra no nace del morbo ni del deseo de huir de la realidad. Surge de algo mucho más sencillo y profundo, como la necesidad de entender quiénes somos y dónde estamos parados en este inmenso Universo. Cuando las certezas que durante siglos nos sostuvieron comienzan a resquebrajarse —la religión o las creencias que ya no responden igual, la política que decepciona, la familia que cambia, las identidades que se redefinen— el ser humano vuelve a levantar la mirada y a hacerse las grandes preguntas. ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿Quiénes más están?...
Investigaciones contemporáneas en psicología social y manejo de la incertidumbre muestran que, en contextos de fragilidad y ansiedad existencial, las personas tienden a adoptar marcos explicativos más amplios —cósmicos, universales o trascendentes— para regular el miedo, restaurar la coherencia y reafirmar el valor de la vida (Rutjens et al., 2018). La idea de que pueda haber otros seres conscientes no es solo una hipótesis científica, es verdaderamente un espejo emocional. Nos devuelve la pregunta por el sentido. Porque si no estamos solos, entonces la vida no sería un accidente perdido en el vacío, sino parte de algo mayor. La conciencia no sería un fenómeno aislado de la Tierra, sino una expresión más amplia del Universo. Y nuestra experiencia humana —con sus miedos, amores, pérdidas y esperanzas— adquiriría una dimensión distinta, más vasta, más humilde y también más profunda.
Esta posibilidad conmueve porque ensancha el significado de existir, pero también inquieta. Nos obliga a soltar la idea de que somos el centro de todo, a aceptar que quizá somos parte de una historia mucho más grande, de la que apenas comenzamos a comprender un capítulo, y a unirnos más en la Tierra… y más allá. Y, sin embargo, lejos de empequeñecernos, esa idea puede humanizarnos más, al recordarnos que vivir no es solo sobrevivir, sino buscar sentido, conexión y pertenencia en medio del misterio.
Comentario de Robert K., 48 años, médico internista, Miami: “Como médico veo a diario lo frágil que es la vida. Me resulta lógico pensar que la conciencia no sea un accidente único… Si la vida pudo surgir aquí, ¿por qué no en otros lugares? Lo que sí sé es que deberíamos cuidar mejor la que ya tenemos.”
Antes de nosotros y más allá de nosotros

Existe un parentesco psicológico evidente entre la fascinación humana por los dinosaurios con la que despierta la posibilidad de visitantes de otros mundos. No es idéntico, pero brota de la misma raíz emocional. La humanidad se impresiona con los dinosaurios porque nos confrontan con una verdad difícil de aceptar, la de que no siempre estuvimos aquí, y no necesariamente estaremos de forma perenne. Los dinosaurios fueron gigantes, dominaron la Tierra durante millones de años y desaparecieron sin que su poder los salvara. Al mirarlos, el ser humano intuye su propia fragilidad histórica. Algo muy similar ocurre con la idea de seres de otros mundos, ya que ambos temas nos sacan del centro del escenario y nos recuerdan que la vida, la inteligencia y la conciencia no giran exclusivamente alrededor de nosotros.
En los dos casos —dinosaurios y posible existencia inteligente y consciente no terrestres— se activa una emoción ambigua con asombro y humildad, curiosidad y temor. Los dinosaurios representan un pasado que nos excede, los visitantes de otros mundos, un posible “otro” que nos supera o nos acompaña. Uno nos habla de extinción, los otros de no estar solos. Pero el efecto psicológico es similar porque nos obligan a replantearnos quiénes somos, cuán excepcionales creemos ser y cuál es realmente nuestro lugar en la historia del planeta y del Universo. Por eso estas figuras nos conmueven tanto. No son solo criaturas antiguas ni hipótesis científicas, son espejos existenciales que nos recuerdan que la humanidad es parte de una historia mucho más grande que ella misma.
Comentario de Camila S., 24 años, estudiante de Psicología, Santiago de Chile: “Para mí la pregunta de si estamos solos es muy emocional. Cuando pienso que tal vez no lo estamos, siento menos angustia. Como si la vida tuviera un sentido más grande que mis propios problemas.”
¿Qué dice hoy la ciencia sobre la vida fuera de la Tierra?

Aquí es fundamental ser claros, la ciencia moderna no descarta la vida extraterrestre, por el contrario, la considera probable. Algunos puntos clave a considerar son el tamaño del Universo observable el cual contiene más de 200 mil millones de galaxias, cada una con miles de millones de estrellas y sistemas planetarios. Desde una perspectiva estadística, la idea de que la vida solo haya surgido en un pequeño planeta resulta, como mínimo, no aceptable. Otro punto son los exoplanetas y las condiciones de su habitabilidad se han confirmado en las últimas dos décadas, misiones lideradas por la NASA han confirmado la existencia de miles de planetas, muchos de ellos en la llamada “zona habitable”, donde podría existir agua en estado líquido, condición básica para la vida tal como la conocemos. Asimismo, la astrobiología estudia cómo surge la vida en el Universo, cómo evoluciona y dónde podría existir. Sus hallazgos muestran que los componentes químicos de la vida —aminoácidos, agua, carbono— están ampliamente distribuidos en el Cosmos. Igualmente, la inteligencia no humana es investigada científicamente por proyectos como SETI buscando señales tecnológicas que puedan indicar la existencia de civilizaciones avanzadas, ante las teorías e hipótesis de que no estemos solos. La ciencia subraya que la ausencia de detección no constituye evidencia de ausencia, dado que solo una fracción mínima del espacio de búsqueda ha sido explorada La ciencia, honestamente, se encuentra en un punto de apertura, no de negación.
Comentario de Sophie L., 45 años, docente de Historia, París: “La humanidad siempre se ha preguntado si está sola frente a la naturaleza, frente a Dios, frente al futuro. Hoy esa pregunta se proyecta al cosmos. A lo mejor no buscamos respuestas científicas, sino consuelo existencial.”
¿Y la conciencia? Una pregunta más profunda
Aquí entramos en un territorio todavía más fascinante, quizás el más delicado de todos. Porque ya no se trata solo de saber si hay vida fuera de la Tierra, sino de algo mucho más íntimo, si esa vida —de existir— podría ser consciente. ¿Pensaría? ¿Sentiría? ¿Tendría algún tipo de experiencia interior? ¿Se preguntaría, como nosotros, quién es y por qué existe?
La ciencia contemporánea avanza con paso firme, pero también con honestidad. Y hoy reconoce algo fundamental, que aún no comprendemos plenamente qué es la conciencia, ni siquiera en los seres humanos. Sabemos cómo funciona el cerebro, cómo se comunican las neuronas, cómo se producen pensamientos, emociones y recuerdos. Pero cuando intentamos responder las interrogantes ¿qué es eso de que “se da cuenta”, qué es eso que siente que existe, ¿cómo es que imaginamos?… las respuestas se vuelves esquivas.
Algunos científicos sostienen que la conciencia podría ser un fenómeno emergente, una suerte de resultado complejo de la actividad cerebral, como una melodía que surge cuando muchos instrumentos suenan juntos. Otros, en cambio, plantean algo todavía más audaz, que la conciencia no sería un subproducto accidental, sino una propiedad fundamental del Universo, presente en distintos grados, manifestándose de formas diversas allí donde la materia alcanza cierto nivel de organización.
Desde esta mirada, la pregunta de si estamos solos, cambia de escala. Ya no se trata de si “ellos” podrían ser conscientes, sino de si la conciencia es una excepción o una constante, si es un accidente o una dimensión de la realidad. Y esa posibilidad no es solo científicamente debatible, es filosóficamente coherente y emocionalmente poderosa.
Pensar que podrían existir otras formas de conciencia —distintas, no humanas, quizás incomprensibles para nosotros— nos obliga a un gesto poco habitual en nuestra historia, como es descentrarnos. A aceptar que la experiencia consciente no nos pertenece en exclusividad. Y, paradójicamente, ese pensamiento no nos empobrece, más bien nos humaniza. Nos vuelve más humildes, más atentos, más responsables de nuestra plena conciencia que sí sabemos que tenemos. Al final, la pregunta por otras conciencias no sea una amenaza, sino una invitación. Una invitación a cuidar la nuestra, a comprenderla mejor, a usarla no solo para dominar o competir, sino para reconocer, conectar y respetar la vida —cualquiera sea la forma que adopte— en este vasto misterio que llamamos Universo.
Comentario de Javier L., 55 años, Consultor empresarial, México: “Cuando vi el tráiler de la nueva película de Spielberg no pensé primero en extraterrestres, sino en el tiempo. En todo lo que hemos vivido como humanidad y en lo poco que realmente entendemos. Crecí viendo sus películas y siempre sentí que Spielberg no hablaba solo de otros mundos, sino de nosotros mismos, del miedo, del asombro, de la necesidad de creer que no estamos solos en medio de lo desconocido. Hoy, a mi edad, la idea de que ‘sabremos la verdad’ no me genera euforia, me genera calma. Porque, pase lo que pase, el verdadero desafío sigue siendo el mismo, aprender a convivir, a cuidar este planeta y a mirarnos con más humildad. Es posible que la película no venga a revelarnos algo del cielo, sino a recordarnos algo de nosotros…”
¿Extraterrestre, intraterrestre… o simplemente desconocida?

Cuando hablamos de la posibilidad de vida inteligente y consciente no humana, el imaginario colectivo suele dirigirse de inmediato hacia el espacio exterior. Pensamos en civilizaciones lejanas, planetas distantes, tecnologías avanzadas que habrían logrado superar las barreras del tiempo y la distancia. Lo cual es legítimo y científicamente aceptable. Sin embargo, desde una mirada honesta y abierta, debemos reconocer algo esencial, la pregunta por la vida consciente no se agota en el “afuera”. Nuestro propio planeta sigue siendo, en muchos aspectos, un territorio parcialmente desconocido. Grandes extensiones de los océanos, regiones profundas de la corteza terrestre y ecosistemas extremos permanecen poco explorados. La ciencia contemporánea ha descubierto formas de vida en condiciones que durante décadas se consideraron imposibles. Esto ha llevado a algunos investigadores a mantener una postura prudente admitiendo que no podemos afirmar con certeza absoluta que toda forma de vida inteligente o consciente deba ser necesariamente extraterrestre. Plantear la posibilidad de una conciencia intraterrestre no implica adherir a teorías especulativas ni abandonar el rigor científico. Implica, más bien, aceptar los límites actuales de nuestro conocimiento. La historia de la ciencia nos recuerda que muchas verdades que hoy damos por sentadas fueron, en su momento, consideradas impensables. La biología contemporánea ha documentado formas de vida que prosperan en ambientes extremos, de altas temperaturas, presiones enormes, acidez extrema, radiación intensa y ausencia casi total de luz. Estos hallazgos transformaron la comprensión de los límites de la vida. Esta ampliación resulta especialmente significativa. Lo extraterrestre representa lo lejano, lo que está “más allá” de nosotros. Lo intraterrestre, en cambio, remite a lo profundo del mar, o de la tierra, a lo oculto, o a aquello que existe pero no vemos dimensionalmente, o presente en otro espacio-tiempo, o lo que no comprendemos, o no hemos aprendido aún a nombrar. Estas posibilidades confrontan al ser humano con la misma experiencia emocional, la de no ser el centro absoluto de la realidad. En última instancia, la cuestión no sea si la vida consciente es extraterrestre o intraterrestre, sino si estamos preparados para aceptar que la conciencia podría adoptar formas radicalmente distintas a la humana, y que nuestra comprensión del Universo —y de la vida misma— sigue siendo parcial, provisional y en constante construcción. Aceptar lo desconocido no debilita a la ciencia ni a la psicología. Al contrario, las fortalece. Nos devuelve una virtud que la humanidad necesita con urgencia en estos tiempos de cambios acelerados, la humildad ante el misterio.
Comentario de Elena M., 70 años, bióloga retirada y educadora, Milán: “He vivido lo suficiente como para ver cómo la ciencia cambia de opinión muchas veces. Cuando era joven, creíamos que la Tierra estaba casi completamente explorada. Hoy sabemos que no. Por eso, cuando escucho hablar de ‘visitantes’, no pienso necesariamente en seres que bajan del cielo. Lo verdaderamente extraño no esté arriba, sino aquí abajo, conviviendo con nosotros desde siempre, en formas que aún no sabemos reconocer.”

¿Por qué este tema nos impacta tanto hoy?
Porque, en el fondo, no solo estamos buscando vida en el espacio infinito. Estamos buscando sentido aquí adentro. Vivimos una época marcada por una paradoja emocional enorme. Nunca estuvimos tan conectados y, sin embargo, nunca fue tan frágil el vínculo humano. Nos comunicamos todo el tiempo, pero muchas veces sin la fuerza necesaria. Compartimos mensajes sin vínculo, imágenes y opiniones, pero no siempre acompañada de nuestra presencia, escucha o intimidad. La soledad ya no es estar solos, se trata de estar frente a una pantalla. A esto se suma un miedo difuso al futuro —económico, ambiental, social— y un cansancio emocional acumulado, producto de años de incertidumbre, crisis y sobreestimulación. Se ha documentado que cuando las personas atraviesan períodos prolongados de inseguridad y pérdida de sentido, tienden a ampliar sus marcos de significado. Buscan narrativas más grandes que les devuelvan coherencia, pertenencia y esperanza. Investigaciones clásicas y contemporáneas muestran que, frente a la ansiedad existencial, los seres humanos se orientan hacia ideas que los conecten con algo más amplio que sí mismo, ya sea la comunidad, la naturaleza, la historia… o el Universo (Frankl, 1959; Turkle, S., 2011).
Al final…
…y en este contexto, la posibilidad de una Conciencia Universal, o simplemente la idea de no estar radicalmente solos en el Cosmos, no funciona como una fantasía escapista, sino como un bálsamo psicológico. Ofrece consuelo porque sugiere que la vida tiene continuidad y sentido más allá de lo inmediato. Ofrece amplitud porque relativiza nuestros dramas cotidianos sin negarlos. Y, paradójicamente, ofrece humildad porque nos recuerda que no somos el centro absoluto de todo, sino una parte valiosa de algo mayor. Tal vez por eso este tema nos toca tan hondo hoy. Porque, en medio del ruido, la fragmentación y hasta la angustia, la pregunta por otras formas de vida y de conciencias es también una interrogante por cómo volver a sentirnos conectados, unidos y humanos.
Creemos importante advertir algo que a pesar de que la humanidad lleva más de veinte mil años de civilización —ante algunos hechos— con la idea de “visitantes” de otros espacios y otros tiempos, es posible que aún falten miles de años o más, para responder con certeza si estamos solos o no. Y quizá esa respuesta final, en el fondo, sea menos relevante de lo que creemos. Porque, de algún modo, casi todos sentimos, intuimos o sabemos que la respuesta es que no estamos solos. Además, el Universo se creó hace 13 mil 800 millones de años, nuestro planeta, la Tierra, nació hace 4 mil 500 millones de años. Los dinosaurios vivieron alrededor de ¡160 millones de años! Aparecieron hace aproximadamente 230 millones de años (período Triásico). Dominaron la Tierra durante el Jurásico y el Cretácico. Desaparecieron hace 66 millones de años, tras el impacto del asteroide de Chicxulub y otros factores asociados. En total, los dinosaurios estuvieron en la Tierra más de mil veces más tiempo del que lleva existiendo el Homo sapiens (unos 300 mil años) y nuestra civilización como tal solo lleva apenas 26 mil años que en tiempos universales y terrestres es apenas un respiro...
Comentario de Ernesto P., 35 años, profesor universitario, Buenos Aires: “Definitivamente yo sí creo que existen extraterrestres y que nos pueden haber visitado ya, aquí en la Tierra, pero sabes qué: Me voy a acostar porque tengo que trabajar mañana”…
Las verdaderas cuestiones
¿Podrá alguna vez una civilización encontrarse con otra antes de desaparecer alguna de las dos? ¿Llegaremos nosotros a ese encuentro antes de extinguirnos… o de que lo haga la otra? Mientras tanto, lo más probable —y lo más transformador— sea que la humanidad vaya asimilando algo aún más trascendente, como es que el propio Universo no sea un escenario vacío, sino un ser vivo, y consciente, y que todas las formas de vida inteligente, sensibles y pensantes —todo cuanto existe— convivimos dentro de Él.
Desde esa mirada, no se trata de esperar una revelación externa que nos salve o nos explique todo. Porque ninguna confirmación cósmica resolverá por sí sola nuestras dificultades para amarnos, nuestra agresividad, o nuestra incapacidad de escucharnos. Pero sí podría ayudarnos a relativizar el ego humano, a comprender que formamos parte de algo inmensamente mayor, y en demasía, más antiguo que nosotros. Tal vez, entonces, la cuestión no sea solo si existen otros seres conscientes en el Universo. Quizás la indagación más urgente sea otra, ¿qué haremos nosotros con nuestra propia conciencia? ¿La expandiremos, la cuidaremos, la usaremos para cooperar, unirnos… o para seguir solos? El misterio de estar acompañados en el Universo como es obvio no es en realidad una amenaza. Es una invitación a crecer. Es posible que la verdadera “revelación” no venga del cielo, sino de la forma en que aprendamos a mirarnos unos a otros, sabiendo que la conciencia, donde exista, merece respeto, cuidado y humildad… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, escríbenos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.

María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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