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¿Quiénes nos acompañan en el Universo?

MÔs allÔ del cine, Disclosure Day reabre temas sobre la conciencia, el lugar que tenemos en el Cosmos y si existen otras vidas inteligentes... La nueva película de Spielberg coloca a la psicología, la ciencia y las emociones ante la posibilidad de una cognición no terrestre



ĀæSabremos la verdad?

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En los Ćŗltimos dĆ­as, un trĆ”iler ha despertado una emoción difĆ­cil de describir. No se trata solo del anuncio de una nueva pelĆ­cula promovida por Steven Spielberg, prevista para junio de 2026 y titulada Disclosure Day —cuyo argumento gira en torno a la divulgación de la existencia de fenómenos no terrestres— donde se nos hace la promesa enigmĆ”tica de que ā€œconoceremos lo ocultoā€Ā sobre la existencia estos seres. Lo que se ha activado no es una mera expectativa cinematogrĆ”fica, estamos frente a una vibración psĆ­quica mundial. Una mezcla de curiosidad, esperanza, inquietud y una pregunta ancestral que vuelve a hacerse presente con renovada fuerza: ĀæEstamos solos en el Universo?...

Publicaciones mĆ”s recientes, como The Psychology of Public Belief in Unexplained Phenomena (Taylor & Francis, 2025), analizan cómo los factores sociales y psicológicos influyen en la aceptación de narrativas sobre extraterrestres y fenómenos asociados, mostrando que las creencias se configuran mediante procesos cognitivos y culturales compartidos. Desde la psicologĆ­a social y cultural, cuando miles de millones de personas reaccionan emocionalmente ante una misma idea —mĆ”s allĆ” de la ficción en sí— no estamos frente a una simple moda. Se moviliza lo que se describió como un inconsciente colectivo, o lo que algunas investigaciones contemporĆ”neas consideran un fenómeno psĆ­quico masivo que vincula creencias, expectativas y marcos interpretativos compartidos sobre fenómenos de enorme significado existencial. Estudios dentro de la exopsicologĆ­a —un campo teórico e interdisciplinario emergente que explora cómo la mente humana piensa, imagina y reacciona ante la posibilidad de vida inteligente no humana— junto a la psicologĆ­a de la creencia, muestran que las actitudes hacia la vida extraterrestre se entrelazan con variables psicológicasĀ como la curiosidad, la necesidad de cierre, la confianza institucional y la percepción social de creencias similares en los demĆ”s, lo que explica por quĆ© este tema toca fibras emocionales profundas, incluso en contextos acadĆ©micos.

Mientras el 47 % de los estadounidenses aceptan que los extraterrestres han visitado la Tierra en algĆŗn momento, en paralelo, la propia comunidad cientĆ­fica documenta con creciente claridad la plausibilidad de vida mĆ”s allĆ” de la Tierra. Ɓreas como la astrobiologĆ­aĀ y la bĆŗsqueda de inteligencia extraterrestreĀ (SETI) representan campos interdisciplinarios que combinan astronomĆ­a, biologĆ­a, quĆ­mica y ciencias cognitivas para explorar la probabilidad de vida en otros mundos y las formas en que podrĆ­amos detectarla. El descubrimiento de miles de exoplanetas, muchos de ellos ubicados en zonas potencialmente habitables, ha fortalecido la hipótesis de que la vida simple —y eventualmente compleja— podrĆ­a ser mĆ”s comĆŗn de lo que se pensaba dĆ©cadas atrĆ”s, aunque hasta el momento no exista evidencia empĆ­rica directa concluyente (Borucki et al., 2010; Kopparapu et al., 2013; Schwieterman et al., 2018).

La atención mediÔtica y académica no es ajena a este fenómeno cultural. Un artículo reciente en Futures emplea la teoría de los monstruos como metÔfora para anticipar cómo podría reaccionar el público ante un descubrimiento de vida extraterrestre, subrayando que la fascinación por lo desconocido forma parte de repertorios culturales e imaginarios compartidos que marcan tanto la ciencia como a la sociedad.

Por su parte, encuestas globales sobre la percepción pública revelan que una proporción considerable de la población humana cree en la existencia de vida inteligente fuera de la Tierra. Estudios amplios exponen que en múltiples países un porcentaje significativo de personas sostiene esta creencia, y que incluso entre comunidades con formación científica la convicción en la probabilidad de vida inteligente mÔs allÔ de nuestro planeta es amplia, aunque diversa en intensidad.

Esta confluencia de ciencia, cultura y emoción explica por qué un trÔiler puede resonar mÔs allÔ del entretenimiento, porque activa preguntas colectivas que no solo interpelan a la imaginación, sino también nuestras estructuras cognitivas, nuestros miedos y nuestras esperanzas. Ese fue siempre el valor de las grandes preguntas humanas, no solo cuÔles respuestas nos esperan allÔ afuera, sino lo que revelan de nosotros mismos y del deseo de encontrarlas.

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Comentario de Lucas R., 22 aƱos, Estudiante de IngenierĆ­a, Lima: ā€œNo sĆ© si estamos solos o no, pero me cuesta creer que en un Universo tan grande solo haya pasado ā€˜algo’ aquĆ­. A veces pienso que la pregunta no es si hay otros, sino si estamos preparados para entenderlos. Ni siquiera nos entendemos bien entre nosotros.ā€


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Comentario de Daniel M., 35 aƱos, periodista digital, Madrid: ā€œAntes me fascinaba la idea de extraterrestres como algo espectacular. Hoy me conmociona mĆ”s lo que dice de nosotros. Si no estamos solos, entonces la historia humana es apenas un capĆ­tulo. Eso me tranquiliza un poco… a la vez que tambiĆ©n me incomoda.ā€

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La emoción no es ingenua: es profundamente humana

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Como psicólogos —y, sobre todo, como seres humanos— percibimos que la emoción que despierta la posibilidad de vida mĆ”s allĆ” de la Tierra no nace del morbo ni del deseo de huir de la realidad. Surge de algo mucho mĆ”s sencillo y profundo, como la necesidad de entender quiĆ©nes somos y dónde estamos parados en este inmenso Universo. Cuando las certezas que durante siglos nos sostuvieron comienzan a resquebrajarse —la religión o las creencias que ya no responden igual, la polĆ­tica que decepciona, la familia que cambia, las identidades que se redefinen— el ser humano vuelve a levantar la mirada y a hacerse las grandes preguntas. ĀæQuiĆ©nes somos? ĀæDónde estamos? ĀæQuiĆ©nes mĆ”s estĆ”n?...

Investigaciones contemporĆ”neas en psicologĆ­a social y manejo de la incertidumbre muestran que, en contextos de fragilidad y ansiedad existencial, las personas tienden a adoptar marcos explicativos mĆ”s amplios —cósmicos, universales o trascendentes— para regular el miedo, restaurar la coherencia y reafirmar el valor de la vida (Rutjens et al., 2018). La idea de que pueda haber otros seres conscientes no es solo una hipótesis cientĆ­fica, es verdaderamente un espejo emocional. Nos lleva a preguntar por el sentido de la existencia, porque si no estamos solos, entonces la vida no serĆ­a un accidente perdido en el vacĆ­o, sino parte de algo mayor. La conciencia no serĆ­a un fenómeno aislado de la Tierra, sino una expresión mĆ”s amplia del Universo. Y nuestra experiencia humana —con sus miedos, amores, pĆ©rdidas y esperanzas— adquirirĆ­a una dimensión distinta, mĆ”s vasta, mĆ”s humilde y tambiĆ©n mĆ”s profunda.

Esta posibilidad conmueve porque ensancha el significado de existir, pero tambiĆ©n inquieta. Nos obliga a soltar la idea de que somos el centro de todo, a aceptar que quizĆ” somos parte de una historia mucho mĆ”s grande, de la que apenas comenzamos a comprender un capĆ­tulo, y a unirnos mĆ”s en la Tierra… y mĆ”s allĆ”. Y, sin embargo, lejos de empequeƱecernos, esa idea puede humanizarnos mĆ”s, al recordarnos que vivir no es solo sobrevivir, sino buscar sentido, conexión y pertenencia en medio del misterio.

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Comentario de Robert K., 48 aƱos, mĆ©dico internista, Miami: ā€œComo mĆ©dico veo a diario lo frĆ”gil que es la vida. Me resulta lógico pensar que la conciencia no sea un accidente Ćŗnico… Si la vida pudo surgir aquĆ­, Āæpor quĆ© no en otros lugares? Lo que sĆ­ sĆ© es que deberĆ­amos cuidar mejor la que ya tenemos.ā€

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Antes de nosotros y mƔs allƔ de nosotros


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Existe un parentesco psicológico evidente entre la fascinación humana por los dinosaurios con la que despierta la posibilidad de visitantes de otros mundos. No es idéntico, pero brota de la misma raíz emocional. La humanidad se impresiona con los dinosaurios porque nos confrontan con una verdad difícil de aceptar, la de que no siempre estuvimos aquí, y no necesariamente estaremos de forma perenne. Los dinosaurios fueron gigantes, dominaron la Tierra durante millones de años y desaparecieron sin que su poder los salvara. Al mirarlos, el ser humano intuye su propia fragilidad histórica. Algo muy similar ocurre con la idea de seres de otros mundos, ya que ambos temas nos sacan del centro del escenario y nos recuerdan que la vida, la inteligencia y la conciencia no giran exclusivamente alrededor de nosotros.

En los dos casos —dinosaurios y posible existencia inteligente y consciente no terrestres— se activa una emoción ambigua con asombro y humildad, curiosidad y temor. Los dinosaurios representan un pasado que nos excede, los visitantes de otros mundos, un posible ā€œotroā€ que nos supera o nos acompaƱa. Uno nos habla de extinción, los otros de no estar solos. Pero el efecto psicológico es similar porque nos obligan a replantearnos quiĆ©nes somos, cuĆ”n excepcionales creemos ser y cuĆ”l es realmente nuestro lugar en la historia del planeta y del Universo. Por eso estas figuras nos conmueven tanto. No son solo criaturas antiguas ni hipótesis cientĆ­ficas, son espejos existenciales que nos recuerdan que la humanidad es parte de una historia mucho mĆ”s grande que ella misma.

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Comentario de Camila S., 24 aƱos, estudiante de PsicologĆ­a, Santiago de Chile: ā€œPara mĆ­ la pregunta de si estamos solos es muy emocional. Cuando pienso que tal vez no lo estamos, siento menos angustia. Como si la vida tuviera un sentido mĆ”s grande que mis propios problemas.ā€

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¿Qué dice hoy la ciencia sobre la vida fuera de la Tierra?


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AquĆ­ es fundamental ser claros, la ciencia moderna no descarta la vida extraterrestre, por el contrario, la considera probable. Algunos puntos clave a considerar son el tamaƱo del Universo observable el cual contiene mĆ”s de 200 mil millones de galaxias, cada una con miles de millones de estrellas y sistemas planetarios. Desde una perspectiva estadĆ­stica, la idea de que la vida solo haya surgido en un pequeƱo planeta resulta, como mĆ­nimo, no aceptable. Otro punto son los exoplanetas y las condiciones de su habitabilidad se han confirmado en las Ćŗltimas dos dĆ©cadas, misiones lideradas por la NASA han confirmado la existencia de miles de planetas, muchos de ellos en la llamada ā€œzona habitableā€, donde podrĆ­a existir agua en estado lĆ­quido, condición bĆ”sica para la vida tal como la conocemos. Asimismo, la astrobiologĆ­a estudia cómo surge la vida en el Universo, cómo evoluciona y dónde podrĆ­a existir. Sus hallazgos muestran que los componentes quĆ­micos de la vida —aminoĆ”cidos, agua, carbono— estĆ”n ampliamente distribuidos en el Cosmos. Igualmente, la inteligencia no humana es investigada cientĆ­ficamenteĀ por proyectos como SETI buscando seƱales tecnológicas que puedan indicar la existencia de civilizaciones avanzadas, ante las teorĆ­as e hipótesis de que no estemos solos. La ciencia subraya que la ausencia de detección no constituye evidencia de ausencia, dado que solo una fracción mĆ­nima del espacio de bĆŗsqueda ha sido explorada La ciencia, honestamente, se encuentra en un punto de apertura, no de negación.

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Comentario de Sophie L., 45 aƱos, docente de Historia, ParĆ­s: ā€œLa humanidad siempre se ha preguntado si estĆ” sola frente a la naturaleza, frente a Dios, frente al futuro. Hoy esa pregunta se proyecta al cosmos. A lo mejor no buscamos respuestas cientĆ­ficas, sino consuelo existencial.ā€

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¿Y la conciencia? Una pregunta mÔs profunda

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AquĆ­ entramos en un territorio todavĆ­a mĆ”s fascinante, quizĆ”s el mĆ”s delicado de todos. Porque ya no se trata solo de saber si hay vida fuera de la Tierra, sino de algo mucho mĆ”s Ć­ntimo, si esa vida —de existir— podrĆ­a ser consciente. ĀæPensarĆ­a? ĀæSentirĆ­a? ĀæTendrĆ­a algĆŗn tipo de experiencia interior? ĀæSe preguntarĆ­a, como nosotros, quiĆ©n es y por quĆ© existe?

La ciencia contemporĆ”nea avanza con paso firme, pero tambiĆ©n con honestidad. Y hoy reconoce algo fundamental, que aĆŗn no comprendemos plenamente quĆ© es la conciencia, ni siquiera en los seres humanos. Sabemos cómo funciona el cerebro, cómo se comunican las neuronas, cómo se producen pensamientos, emociones y recuerdos. Pero cuando intentamos responder las interrogantes ĀæquĆ© es eso de que ā€œse da cuentaā€, quĆ© es eso que siente que existe, Āæcómo es que imaginamos?… las respuestas se vuelves esquivas.

Algunos científicos sostienen que la conciencia podría ser un fenómeno emergente, una suerte de resultado complejo de la actividad cerebral, como una melodía que surge cuando muchos instrumentos suenan juntos. Otros, en cambio, plantean algo todavía mÔs audaz, que la conciencia no sería un subproducto accidental, sino una propiedad fundamental del Universo, presente en distintos grados, manifestÔndose de formas diversas allí donde la materia alcanza cierto nivel de organización.

Desde esta mirada, la pregunta de si estamos solos, cambia de escala. Ya no se trata de si ā€œellosā€ podrĆ­an ser conscientes, sino de si la conciencia es una excepción o una constante, si es un accidente o una dimensión de la realidad. Y esa posibilidad no es solo cientĆ­ficamente debatible, es filosóficamente coherente y emocionalmente poderosa.

Pensar que podrĆ­an existir otras formas de conciencia —distintas, no humanas, quizĆ”s incomprensibles para nosotros— nos obliga a un gesto poco habitual en nuestra historia, como es descentrarnos. A aceptar que la experiencia consciente no nos pertenece en exclusividad. Y, paradójicamente, ese pensamiento no nos empobrece, mĆ”s bien nos humaniza. Nos vuelve mĆ”s humildes, mĆ”s atentos, mĆ”s responsables de nuestra plena conciencia que sĆ­ sabemos que tenemos. Al final, la pregunta por otras conciencias no sea una amenaza, sino una invitación. Una invitación a cuidar la nuestra, a comprenderla mejor, a usarla no solo para dominar o competir, sino para reconocer, conectar y respetar la vida —cualquiera sea la forma que adopte— en este vasto misterio que llamamos Universo.

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Comentario de Javier L., 55 aƱos, Consultor empresarial, MĆ©xico: ā€œCuando vi el trĆ”iler de la nueva pelĆ­cula de Spielberg no pensĆ© primero en extraterrestres, sino en el tiempo. En todo lo que hemos vivido como humanidad y en lo poco que realmente entendemos. CrecĆ­ viendo sus pelĆ­culas y siempre sentĆ­ que Spielberg no hablaba solo de otros mundos, sino de nosotros mismos, del miedo, del asombro, de la necesidad de creer que no estamos solos en medio de lo desconocido. Hoy, a mi edad, la idea de que ā€˜sabremos la verdad’ no me genera euforia, me genera calma. Porque, pase lo que pase, el verdadero desafĆ­o sigue siendo el mismo, aprender a convivir, a cuidar este planeta y a mirarnos con mĆ”s humildad. Es posible que la pelĆ­cula no venga a revelarnos algo del cielo, sino a recordarnos algo de nosotrosā€¦ā€

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ĀæExtraterrestre, intraterrestre… o simplemente desconocida?


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Cuando hablamos de la posibilidad de vida inteligente y consciente no humana, el imaginario colectivo suele dirigirse de inmediato hacia el espacio exterior. Pensamos en civilizaciones lejanas, planetas distantes, tecnologĆ­as avanzadas que habrĆ­an logrado superar las barreras del tiempo y la distancia. Lo cual es legĆ­timo y cientĆ­ficamente aceptable. Sin embargo, desde una mirada honesta y abierta, debemos reconocer algo esencial, la pregunta por la vida consciente no se agota en el ā€œafueraā€. Nuestro propio planeta sigue siendo, en muchos aspectos, un territorio parcialmente desconocido. Grandes extensiones de los ocĆ©anos, regiones profundas de la corteza terrestre y ecosistemas extremos permanecen poco explorados. La ciencia contemporĆ”nea ha descubierto formas de vida en condiciones que durante dĆ©cadas se consideraron imposibles. Esto ha llevado a algunos investigadores a mantener una postura prudente admitiendo que no podemos afirmar con certeza absoluta que toda forma de vida inteligente o consciente deba ser necesariamente extraterrestre. Plantear la posibilidad de una conciencia intraterrestre no implica adherir a teorĆ­as especulativas ni abandonar el rigor cientĆ­fico. Implica, mĆ”s bien, aceptar los lĆ­mites actuales de nuestro conocimiento. La historia de la ciencia nos recuerda que muchas verdades que hoy damos por sentadas fueron, en su momento, consideradas impensables. La biologĆ­a contemporĆ”nea ha documentado formas de vida que prosperan en ambientes extremos, de altas temperaturas, presiones enormes, acidez extrema, radiación intensa y ausencia casi total de luz. Estos hallazgos transformaron la comprensión de los lĆ­mites de la vida. Esta ampliación resulta especialmente significativa. Lo extraterrestre representa lo lejano, lo que estĆ” ā€œmĆ”s allĆ”ā€ de nosotros. Lo intraterrestre, en cambio, remite a lo profundo del mar, o de la tierra, a lo oculto, o a aquello que existe pero no vemos dimensionalmente, o presente en otro espacio-tiempo, o lo que no comprendemos, o no hemos aprendido aĆŗn a nombrar. Estas posibilidades confrontan al ser humano con la misma experiencia emocional, la de no ser el centro absoluto de la realidad. En Ćŗltima instancia, la cuestión no sea si la vida consciente es extraterrestre o intraterrestre, sino si estamos preparados para aceptar que la conciencia podrĆ­a adoptar formas radicalmente distintas a la humana, y que nuestra comprensión del Universo —y de la vida misma— sigue siendo parcial, provisional y en constante construcción. Aceptar lo desconocido no debilita a la ciencia ni a la psicologĆ­a. Al contrario, las fortalece. Nos devuelve una virtud que la humanidad necesita con urgencia en estos tiempos de cambios acelerados, la humildad ante el misterio.

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Comentario de Elena M., 70 aƱos, bióloga retirada y educadora, MilĆ”n: ā€œHe vivido lo suficiente como para ver cómo la ciencia cambia de opinión muchas veces. Cuando era joven, creĆ­amos que la Tierra estaba casi completamente explorada. Hoy sabemos que no. Por eso, cuando escucho hablar de ā€˜visitantes’, no pienso necesariamente en seres que bajan del cielo. Lo verdaderamente extraƱo no estĆ© arriba, sino aquĆ­ abajo, conviviendo con nosotros desde siempre, en formas que aĆŗn no sabemos reconocer.ā€


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¿Por qué este tema nos impacta tanto hoy?

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Porque, en el fondo, no solo estamos buscando vida en el espacio infinito. Estamos buscando sentido aquĆ­ adentro. Vivimos una Ć©poca marcada por una paradoja emocional enorme. Nunca estuvimos tan conectados y, sin embargo, nunca fue tan frĆ”gil el vĆ­nculo humano. Nos comunicamos todo el tiempo, pero muchas veces sin la fuerza necesaria. Compartimos mensajes sin vĆ­nculo, imĆ”genes y opiniones, pero no siempre acompaƱada de nuestra presencia, escucha o intimidad. La soledad ya no es estar solos, se trata de estar frente a una pantalla. A esto se suma un miedo difuso al futuro —económico, ambiental, social— y un cansancio emocional acumulado, producto de aƱos de incertidumbre, crisis y sobreestimulación. Se ha documentado que cuando las personas atraviesan perĆ­odos prolongados de inseguridad y pĆ©rdida de sentido, tienden a ampliar sus marcos de significado. Buscan narrativas mĆ”s grandes que les devuelvan coherencia, pertenencia y esperanza. Investigaciones clĆ”sicas y contemporĆ”neas muestran que, frente a la ansiedad existencial, los seres humanos se orientan hacia ideas que los conecten con algo mĆ”s amplio que sĆ­ mismo, ya sea la comunidad, la naturaleza, la historia… o el Universo (Frankl, 1959; Turkle, S., 2011).

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Al final…

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…y en este contexto, la posibilidad de una Conciencia Universal, o simplemente la idea de no estar radicalmente solos en el Cosmos, no funciona como una fantasĆ­a escapista, sino como un bĆ”lsamo psicológico. Ofrece consuelo porque sugiere que la vida tiene continuidad y sentido mĆ”s allĆ” de lo inmediato. Ofrece amplitud porque relativiza nuestros dramas cotidianos sin negarlos. Y, paradójicamente, ofrece humildad porque nos recuerda que no somos el centro absoluto de todo, sino una parte valiosa de algo mayor. Tal vez por eso este tema nos toca tan hondo hoy. Porque, en medio del ruido, la fragmentación y hasta la angustia, la pregunta por otras formas de vida y de conciencias es tambiĆ©n una interrogante por cómo volver a sentirnos conectados, unidos y humanos.

Creemos importante advertir algo que a pesar de que la humanidad lleva mĆ”s de veinte mil aƱos de civilización —ante algunos hechos— con la idea de ā€œvisitantesā€ de otros espacios y otros tiempos, es posible que aĆŗn falten miles de aƱos o mĆ”s, para responder con certeza si estamos solos o no. Y quizĆ” esa respuesta final, en el fondo, sea menos relevante de lo que creemos. Porque, de algĆŗn modo, casi todos sentimos, intuimos o sabemos que la respuesta es que no estamos solos. AdemĆ”s, el Universo se creó hace 13 mil 800 millones de aƱos, nuestro planeta, la Tierra, nació hace 4 mil 500 millones de aƱos. Los dinosaurios vivieron alrededor de Ā”160 millones de aƱos! Aparecieron hace aproximadamente 230 millones de aƱos (perĆ­odo TriĆ”sico). Dominaron la Tierra durante el JurĆ”sico y el CretĆ”cico. Desaparecieron hace 66 millones de aƱos, tras el impacto del asteroide de Chicxulub y otros factores asociados. En total, los dinosaurios estuvieron en la Tierra mĆ”s de mil veces mĆ”s tiempo del que lleva existiendo el Homo sapiens (unos 300 mil aƱos) y nuestra civilización como tal solo lleva apenas 26 mil aƱos que en tiempos universales y terrestres es apenas un respiro...

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Comentario de Ernesto P., 35 aƱos, profesor universitario, Buenos Aires: ā€œDefinitivamente yo sĆ­ creo que existen extraterrestres y que nos pueden haber visitado ya, aquĆ­ en la Tierra, pero sabes quĆ©: Me voy a acostar porque tengo que trabajar maƱanaā€ā€¦

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Las verdaderas cuestiones


ĀæPodrĆ” alguna vez una civilización encontrarse con otra antes de desaparecer alguna de las dos? ĀæLlegaremos nosotros a ese encuentro antes de extinguirnos… o de que lo haga la otra? Mientras tanto, lo mĆ”s probable —y lo mĆ”s transformador— sea que la humanidad vaya asimilando algo aĆŗn mĆ”s trascendente, como es que el propio Universo no sea un escenario vacĆ­o, sino un ser vivo, y consciente, y que todas las formas de vida inteligente, sensibles y pensantes —todo cuanto existe— convivimos dentro de Ɖl.

Desde esa mirada, no se trata de esperar una revelación externa que nos salve o nos explique todo. Porque ninguna confirmación cósmica resolverĆ” por sĆ­ sola nuestras dificultades para amarnos, nuestra agresividad, o nuestra incapacidad de escucharnos. Pero sĆ­ podrĆ­a ayudarnos a relativizar el ego humano, a comprender que formamos parte de algo inmensamente mayor, y en demasĆ­a, mĆ”s antiguo que nosotros. Tal vez, entonces, la cuestión no sea solo si existen otros seres conscientes en el Universo. QuizĆ”s la indagación mĆ”s urgente sea otra, ĀæquĆ© haremos nosotros con nuestra propia conciencia? ĀæLa expandiremos, la cuidaremos, la usaremos para cooperar, unirnos… o para seguir solos? El misterio de estar acompaƱados en el Universo como es obvio no es en realidad una amenaza. Es una invitación a crecer. Es posible que la verdadera ā€œrevelaciónā€ no venga del cielo, sino de la forma en que aprendamos a mirarnos unos a otros, sabiendo que la conciencia, donde exista, merece respeto, cuidado y humildad… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, escrĆ­benos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompaƱe a todos.

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Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de El Nacional. Gracias. © Fotos e ImÔgenes Gessen&Gessen

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