¿Qué comienza a revelarse en el Cosmos?
- María Mercedes y Vladimir Gessen

- hace 2 horas
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La idea del Universo vivo y consciente deja de ser marginal y comienza a ocupar un lugar en el pensamiento científico y humano contemporáneo
Al principio…
Pensamos que cuando el Universo comenzó —si es que ese verbo aún tiene sentido— no aparecieron primero las galaxias ni los planetas, sino algo más elemental y decisivo: la luz. Los fotones irrumpieron como la primera manifestación de energía, después, las partículas fundamentales se organizaron, los átomos se constituyeron, y con el tiempo todo lo que existe encontró su lugar provisional en el espacio, y en el tiempo. La ciencia describe ese proceso con admirable precisión. Pero la descripción, por rigurosa que sea, deja abierta una pregunta más honda, inevitable y antigua: ¿puede algo tan ordenado, tan fértil y tan comprensible surgir sin haber sido, de algún modo imaginado?
No hablamos aquí de un pensamiento humano, ni de una voluntad antropomórfica. Hablamos de conciencia en su sentido más amplio, como la capacidad de imaginar, contener y dar lugar. Porque crear no es solo producir materia, es concebir una posibilidad, y abrir un horizonte donde algo pueda llegar a ser.
Desde esta perspectiva, resulta legítimo preguntarse si en el origen no hubo simplemente energía y leyes, sino una Conciencia originaria, capaz de albergar en sí misma todas las formas futuras. Y si esa Conciencia estuvo en el inicio, entonces no quedó fuera del proceso. Al desplegarse el Universo, se desplegó también en cada una de sus partes. No como un objeto localizado, sino como una presencia inmanente, una inteligencia distribuida, una profundidad compartida. El Cosmos se llenó de formas, de campos, de estructuras… y también de conciencias, que no habitan la materia como un objeto habita un recipiente, sino que la atraviesan y la trascienden.
La experiencia humana ofrece aquí una clave reveladora. Nuestra conciencia no reside en un órgano específico, ni en un átomo determinado. Los átomos de nuestro cuerpo cambian continuamente, la materia se renueva, se transforma, se reemplaza. Y, sin embargo, la experiencia de ser —el “yo que percibe”, el “yo que recuerda”, el “yo que ama”— permanece. Esto sugiere que la conciencia no pertenece a las partes, sino a un nivel más profundo que las sostiene.
Desde esta mirada, cuando la materia que nos conforma se disuelve y vuelve al ciclo universal, la conciencia no se extingue con ella. Del mismo modo que los átomos no desaparecen sino que cambian de forma, la conciencia no se aniquila, simplemente regresa, retorna. No necesariamente a un lugar, más bien a una dimensión más amplia, a eso que —con cautela y humildad— podemos llamar Conciencia del Universo o Conciencia Suprema. Tal vez, entonces, la historia del Cosmos no sea solo una historia de expansión material, sino también una historia de reconocimiento. Un proceso en el que la Conciencia que estuvo en el origen se diversifica en incontables formas, se experimenta a sí misma a través de ellas, y finalmente se reencuentra consigo misma cuando las formas cambian.
Nada de esto pretende clausurar el misterio. Al contrario, lo honra. Pero si el Universo fue capaz de engendrar luz, vida y conciencia, quizá no sea excesivo pensar que nunca estuvo vacío de sentido, y que cada conciencia humana es, en último término, una chispa de ese acto inaugural, y Divino, el momento en que el Universo no solo comenzó a existir, sino a saberse existente…
Pero, veamos que nos dicen hoy la ciencia, y los precursores de esta forma de pensar y de vincularse con el Universo…
¿Y si el Cosmos no fuera un objeto sino un ser?
Durante siglos, la humanidad miró al firmamento, al Cosmos, como un escenario inerte, un vasto fondo oscuro con lucecitas donde ocurrían los acontecimientos de la vida, pero que no participaba de ellos. Sin embargo, en la ciencia, en la filosofía y en la psicología contemporánea se están confirmando intuiciones milenarias. No se trata de una revelación mística repentina ni de una creencia sin fundamento, sino de una convergencia lenta, rigurosa de evidencias empíricas, y de marcos teóricos y de hipótesis abiertas que, provenientes de distintas disciplinas, empiezan a apuntar en una misma dirección: Hoy resulta intelectualmente legítimo —y científicamente discutible— retomar una antigua percepción humana, con nuevas herramientas conceptuales, de que el Universo podría no ser solo el territorio pasivo de la vida, sino un proceso vivo, dinámico y potencialmente portador de conciencia como indican la ciencia, la física contemporánea, desde la mecánica cuántica hasta la cosmología y desde la psicología hasta la filosofía.
En este contexto, figuras como John Archibald Wheeler quien trabajó en relatividad general, física nuclear y quien acuñó el término black hole (agujeros negros), fue uno de los que plantearon tempranamente la idea de un universo participativo, donde la información, la observación y la realidad forman un circuito inseparable, según la cual “No existe un Universo ‘allá afuera’ independiente del observador.”
En paralelo, algunos de los científicos más influyentes del pensamiento contemporáneo han mostrado una apertura explícita al considerar que la conciencia no es un accidente tardío del cosmos. Roger Penrose, un físico matemático, cosmólogo y filósofo de la ciencia, una de las mentes más lúcidas de la física contemporánea, junto a Stephen Hawking, demostró matemáticamente la existencia de singularidades en el espacio-tiempo, trabajo por el que recibió el Premio Nobel de Física en 2020. Penrose, sugiere que la capacidad humana para comprender la verdad matemática supera lo que un algorítmico podría lograr… y afirma que una conciencia podría estar vinculada a los procesos físicos aún no comprendidos del Universo.
Paul Davies, un científico y astrobiólogo, ha sugerido que el Universo muestra rasgos de autoorganización y creatividad que lo asemejan más a un proceso evolutivo que a una máquina ciega. Afirma en su obra “El Universo Desbocado”: Todos somos productos del Universo, y nuestro futuro está inextricablemente vinculado a las fuerzas de la naturaleza que conforman nuestro entorno próximo y remoto.
Por su parte, la neurociencia y la ciencia de la conciencia surgen propuestas como la Teoría de la Información Integrada” de Giulio Tononi, donde introduce un elemento decisivo como es que la conciencia ya no se define únicamente por su soporte biológico, sino por el grado de integración causal estructural, lo que nos permite pensar al Universo como un sistema potencialmente consciente si posee la integración suficiente. Este planteamiento ha sido debatido y desarrollado en instituciones académicas, desde la teoría desarrollada por Claude Shanon en el Massachusetts Institute of Technology en 1948.
¿Existe una conciencia humana global?
El Proyecto de Conciencia Global (GCP: Global Consciousness Project) es una iniciativa de investigación interdisciplinaria que explora una pregunta tan audaz como cuidadosamente formulada como hipótesis: ¿Pueden los estados emocionales y atencionales compartidos por grandes grupos humanos producir efectos físicos medibles a escala global? Lo que abrió la puerta a la investigación sobre una conciencia que trascienda a la de un ser humano, como sería con un enjambre de abejas, un cardumen de peces, que optimizan protección, eficiencia y navegación mediante comportamiento colectivo, o una bandada de pájaros donde un estudio emblemático sobre estorninos, demuestra que estas bandadas exhiben cognición colectiva, con toma de decisiones distribuidas y sin líder central donde las aves se coordinan por relaciones topológicas, lo que permite una coherencia global ultrarrápida.
Nosotros nos preguntemos si ¿podemos comenzar a investigar la existencia de una conciencia colectiva? El proyecto ha examinado los datos durante acontecimientos de impacto global, como atentados terroristas (el 11 de septiembre de 2001), catástrofes naturales de gran alcance, muertes de figuras simbólicas globales, y celebraciones planetarias como el Año Nuevo. Los análisis reportan desviaciones sistemáticas respecto al comportamiento esperado por el azar puro. La investigación plantea que la conciencia podría no estar completamente confinada a cada persona, y que una conciencia colectiva podría generar efectos de coherencia medibles.
Qué nos indican los estudios
Estas investigaciones abren la puerta a distintas interrogantes como la de si existe una conciencia global de la humanidad, o un inconsciente colectivo, o si ¿el Universo es consciente?... o más allá, si ¿el Universo es portador de algún tipo de mente o conciencia?
Esta interrogante ha sido formulada, explícita o implícitamente, por algunos de los pensadores o científicos más influyentes de la historia, desde la filosofía clásica hasta la física moderna, y la psicología contemporánea. La mayoría de ellos han afirmado que las ideas le venían a la mente, o que intuyeron alguna hipótesis o como el matemático Srinivasa Ramanujan (1887–1920) quien sostuvo explícitamente que muchas de sus descubrimientos matemáticos aparecían en sueños, y se le presentaban como fórmulas completas, y luego eran verificadas racionalmente. Einstein afirmó que sus descubrimientos no surgían de cálculos lineales, sino de imágenes mentales e intuiciones previas. Nikola Tesla describió que veía sus inventos completos en su mente, con funcionamiento incluido. August Kekulé, científico y químico alemán descubrió la estructura del benceno tras un sueño visionario. Por ello, es correcto afirmar que buena parte de los mayores descubrimientos científicos y matemáticos no surgieron por razonamiento lineal consciente, sino por intuiciones súbitas, sueños o imágenes completas, que luego fueron verificadas racionalmente. Lo que valida la interrogante de cual conciencia o entidad consciente emanaba esa idea o ese pensamiento en la mente del “inventor”.
Destacados líderes científicos y espirituales
Baruch Spinoza (1632-1677) es quizá el antecedente más claro y radical. Para él, Dios y la Naturaleza son una misma realidad. El Universo para él no es creado por una mente externa, es mente y extensión a la vez. La conciencia humana no es separada, sino un modo de la conciencia infinita. Spinoza no preguntó si ¿el Universo es consciente? porque para él lo era por definición: Deus sive Natura. (B. Spinoza, Obras completas)
Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) pensaba que el Universo sería una totalidad de centros de experiencia, coordinados armónicamente. Fue un filósofo, matemático y científico alemán, una de las mentes más universales de la historia moderna. En su obra, Metafísica, propuso que el Universo está compuesto por unidades fundamentales no materiales dotadas de percepción, lo que implica que la realidad, en su raíz, posee un carácter experiencial o mental, en la que la conciencia no aparece como un accidente, sino como un componente profundo del tejido del Universo.
Giordano Bruno: (1548-1600) Fue ejecutado en la hoguera por la inquisición católica, tras años de proceso judicial, debido a sus ideas filosóficas y cosmológicas, entre ellas la afirmación de un Universo estaba poblado en innumerables mundos y dotado de un principio vital. Sostuvo hasta su asesinato que el Universo es infinito, vivo y animado, y que cada parte participa de un principio vital.
Albert Einstein: (1879-1955). Uno de los científicos más influyentes de la historia, creador de la teoría de la relatividad. Su pensamiento filosófico —especialmente su afinidad con Spinoza— lo llevó a decir: “Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía ordenada de lo que existe.” Sostenía la idea de un orden racional del Universo.
Arthur Eddington (1882-1944). Fue uno de los astrofísicos y pensadores científicos de la primera mitad del siglo XX. Para él, la conciencia no emerge de la materia, sino más bien, la materia emerge de algo cercano a la conciencia. Y Agregaba que el Universo no es un mecanismo ciego, sino un orden inteligible, comprensible porque comparte una afinidad relevante con la mente humana.
David Bohm (1917-1992) fue un físico teórico y pensador filosófico estadounidense, una de las figuras más prominentes y heterodoxas de la física del siglo XX. Bohm realizó aportes fundamentales a la mecánica cuántica, en particular con su teoría de variables ocultas (o interpretación de Bohm). Planteó la noción del orden implicado donde la conciencia y la materia surgen de un mismo fondo profundo, y que el Universo es un proceso coherente, no un conjunto de partes aisladas.
Jiddu Krishnamurti (1895-1986) fue un filósofo y pensador espiritual indio, influyente en el siglo XX por su enfoque radical sobre la mente, la conciencia y la libertad interior. Sostuvo que la verdadera transformación de la conciencia humana no proviene de sistemas de creencias, rituales o gurús, sino de la observación directa y profunda de la propia mente. Sus creencias incluyen ver que la conciencia humana es una y compartida por todos, aunque se exprese de manera individual, que el pensamiento fragmenta la realidad y genera conflicto, y que la libertad psicológica surge cuando la mente observa sin juicio ni condicionamiento.
14° Dalái Lama, Tenzin Gyatso, rechaza la idea de un Dios creador externo y personal. Para el budismo, el Universo no es creado desde fuera, sino que surge de causas y condiciones (pratītyasamutpāda), porque nada existe por sí mismo ya que todo existe en relación con todo. La realidad es un proceso, no una cosa. El Universo no es un objeto fijo, sino un flujo dinámico de fenómenos. Esta visión resuena con la física contemporánea, impermanencia, cambio continuo y ausencia de entidades sólidas e independientes. El Dalái Lama respalda que la conciencia no se reduce completamente a la materia, y que la mente es una dimensión básica de la experiencia.
Rudolf Steiner (1861-1925) fue un filósofo, educador y pensador espiritual austrohúngaro, fundador de la antroposofía, una corriente que integra ciencia, filosofía y espiritualidad. Creía de manera explícita que el Universo es una realidad viva y espiritual, permeada por una conciencia. Para él esta conciencia no es un producto exclusivo del cerebro, sino una dimensión fundamental de la realidad. El cosmos está atravesado por niveles de conciencia que se expresan progresivamente en la naturaleza, la vida y el ser humano. Afirmaba que el Universo no es una cosa, sino un organismo espiritual vivo, y que la conciencia humana es uno de los modos en que esa conciencia universal se vuelve autoconsciente.
David Chalmers es un filósofo australiano-estadounidense, una de las figuras más influyentes en la filosofía contemporánea de la mente y la conciencia. Chalmers es conocido por haber formulado el célebre “problema duro de la conciencia” (the hard problem of consciousness), la pregunta de por qué y cómo los procesos físicos dan lugar a la experiencia subjetiva tales como el “sentir”, o el “darse cuenta”. Chalmers distingue entre explicar funciones cognitivas y explicar la experiencia consciente misma. Defiende que la conciencia no puede reducirse completamente a la física tradicional. Ha explorado seriamente el panpsiquismo moderno, la idea de que la conciencia —o proto-conciencia— es una propiedad fundamental de la realidad, presente en algún grado en el intrincado tejido del Universo.
Galileo Galilei (1564-1642) fue un astrónomo, físico y filósofo italiano, considerado uno de los padres de la ciencia moderna. Galileo transformó para siempre la manera de estudiar el Universo al unir observación sistemática, experimentación y matemáticas. Defendió que la naturaleza debía leerse como un libro escrito en lenguaje matemático, y sostuvo que la verdad científica no debía someterse a la autoridad religiosa. Por ello fue juzgado por la Inquisición Católica y obligado a abjurar públicamente de sus ideas. Él abrió la puerta a una visión del Universo regido por leyes racionales, accesibles a la mente humana, estableciendo las bases del diálogo moderno entre ciencia, razón y a la pregunta por el sentido o la conciencia del Cosmos.
Alfred North Whitehead (1861-1947) comenzó su carrera como matemático y coautor, junto a Bertrand Russell, de Principia Mathematica. Más tarde desarrolló una visión filosófica radicalmente nueva, al teorizar que la realidad última no está compuesta por cosas, sino por eventos o procesos. Para él, el Universo es un proceso en devenir, no una estructura fija, porque toda entidad posee algún grado de experiencia o prehensión. Su filosofía del proceso es hoy más importante que nunca porque el Universo no está hecho de cosas, sino de eventos con experiencia, con conciencia.
Christof Koch es un neurocientífico alemán-estadounidense. Es conocido por su trabajo pionero en la neurociencia de la conciencia durante décadas. Su objetivo central ha sido identificar los correlatos neuronales de la conciencia, lo cual qué ocurre en el cerebro cuando una experiencia consciente aparece. Ha sostenido públicamente que la conciencia no es exclusiva del ser humano y podría existir en muchos más sistemas de lo que tradicionalmente se aceptaba. Ha declarado que la conciencia podría ser una propiedad fundamental del Universo
Thich Nhat Hanh (1926- 2022) fue un monje zen, maestro espiritual, poeta y activista por la paz vietnamita, una de las voces más influyentes del budismo contemporáneo. Es conocido por haber introducido y difundido en Occidente la práctica del mindfulness (atención plena) con un lenguaje sencillo, profundo y éticamente comprometido. Uno de sus aportes filosóficos centrales es el concepto de “interser” (interbeing) consistente en que nada existe de manera independiente. Todo está radicalmente interconectado. El ser humano, la naturaleza y el Cosmos forman una unidad relacional viva.
Sri Aurobindo (1872-1950) fue un filósofo, yogui, autor y pensador espiritual indio, una de las figuras más reconocidas del pensamiento espiritual del siglo XX, especialmente por su visión evolutiva de la conciencia. Combinó una sólida formación occidental (estudió en Cambridge) con las tradiciones filosóficas y espirituales de la India. Su propuesta central es el Yoga Integral, basado en una idea poderosa y singular, la del que el Universo no es solo materia en movimiento, sino la manifestación progresiva de una Conciencia cósmica.
Pierre Teilhard de Chardin (1881- 1955) fue un sacerdote jesuita, paleontólogo y pensador francés. Interpretó que la evolución no es solo biológica. Sus ideas centrales explicaban que el Universo se expande hacia mayores niveles de complejidad y conciencia. La historia cósmica tiende hacia un punto de convergencia que él lo llamó el Punto Omega, donde la conciencia se unifica sin perder la diversidad. Aunque muchas de sus obras fueron censuradas en vida por la Iglesia, hoy Teilhard es reconocido como un precursor del pensamiento sistémico y de la conciencia planetaria, y como una figura clave para quienes conciben el Universo como un proceso vivo orientado al autoconocimiento.
Stanislav Grof es un psiquiatra checo-estadounidense, uno de los fundadores de la psicología transpersonal y una figura clave en el estudio científico de los estados ampliados de conciencia. Desarrolló —junto con Christina Grof— la respiración holotrópica, una técnica no farmacológica para acceder a estados profundos de la psique. Sus conclusiones señalan que la conciencia no está confinada al cerebro, que existen dimensiones transpersonales de la experiencia humana y que muchas vivencias tradicionalmente consideradas “místicas” pueden tener un valor psicológico, terapéutico y cognitivo.
Ken Wilber es un adelantado filósofo e intelectual estadounidense del pensamiento integral contemporáneo. Es el creador de la Teoría Integral, un marco que busca complementar ciencia, psicología, filosofía y espiritualidad en un modelo coherente de la realidad. Wilber propone que el Universo se comprende mejor si se consideran múltiples dimensiones simultáneamente, lo interior y lo exterior, lo individual y lo colectivo. Teoriza que la conciencia es una dimensión fundamental del Cosmos, presente desde los niveles más básicos hasta los más complejos.
Carl Gustav Jung (1875-1961) fue un psiquiatra y psicólogo suizo, que estudió la conciencia. Introdujo conceptos fundamentales como el inconsciente colectivo, una dimensión compartida de la psique por los humanos. Nos habló de los arquetipos, y del proceso de individualización. Planteó la existencia de una correspondencia profunda entre la psique y la materia, a la que llamó sincronicidad, donde un acontecimiento interno como un pensamiento, una emoción, una intuición, y un hecho externo, se vinculan de manera significativa sin que exista entre ellos una relación directa. Innumerables personas a lo largo de la historia, como padres o madres que, de manera súbita, sienten que algo le ha ocurrido a un hijo que se encuentra a miles de kilómetros, hijos que despiertan con la certeza de que un ser querido atraviesa un momento crítico, o parejas profundamente unidas que descubren haber pensado o sentido lo mismo, al mismo tiempo, aun estando separadas por océanos. O cuando los seres amados descubren que empiezan a decir lo mismo al momento sin que mediara antes palabra alguna sobre ese tema. Para Jung, estas experiencias son indicios de que la mente humana no está completamente aislada, sino que participa de un orden más profundo de la realidad. Jung mantuvo que la psique y el cosmos comparten un trasfondo común, al que se refirió como unus mundus (un solo mundo).
Stephen Hawking (1942-2018), un reconocido físico teórico y cosmólogo británico, que nos entregó aportes fundamentales sobre la cosmología y la física y uniendo la teoría de relatividad general y la mecánica cuántica. Fue también un gran divulgador científico con la publicación de A Brief History of Time que acercó al gran público preguntas profundas sobre el origen del Universo, el tiempo y las leyes últimas de la realidad. Hawking dejó abiertas preguntas radicales que marcaron el debate contemporáneo, e hizo preguntas radicales: Una, “¿Qué es lo que da al Universo la capacidad de describirse a sí mismo?” y dos, “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”.
Hawking y Dios
En este sentido, Hawking sostenía que, si existen leyes como la gravedad, el Universo pudo crearse a sí mismo a partir de la nada, entendiendo esa “nada” no como un vacío absoluto, sino como un estado cuántico primordial, regido por leyes. Esta postura quedó claramente formulada en The Grand Design (2010), donde afirmó que no es necesario invocar a Dios para encender la mecha del Big Bang. Hawking no defendía un Universo caótico o absurdo. Al contrario, su confianza estaba puesta en la racionalidad profunda del Cosmos. El hecho de que el Universo pueda auto originarse no lo vuelve ciego ni carente de estructura, sino profundamente —y divinamente—coherente, para él, una de las mayores maravillas de la existencia.
Interpretando a Hawking
En ese punto aparece algo especialmente relevante para nuestra línea de pensamiento en el sentido de que si el Universo puede crearse a sí mismo, si contiene en su propia estructura las leyes que lo hacen nacer, evolucionar y volverse comprensible, entonces deja de ser un simple objeto pasivo y se aproxima a la idea de un proceso autoorganizado, creativo y autorreferencial. Sería una entidad o de un Ser divino que se creó a sí mismo. Si el Cosmos no necesita de una causa externa, nos obliga a preguntar: ¿qué tipo de realidad es aquella que contiene en sí misma su origen, su orden y la capacidad de ser comprendida desde dentro? En ese umbral, su afirmación de que el Universo se hizo a sí mismo no clausura el misterio, lo desplaza. Ya no se trata de quién creó el Universo, sino de qué clase de realidad es un Universo capaz de auto engendrarse y de generar mentes que se preguntan por su propio origen. Sin quererlo, pensamos que Hawking, abrió una puerta determinante: El Universo es un ente viviente y con conciencia propia. Por definición, es el Creador de todo cuanto existe. Lo que las religiones abrahámicas llaman Dios, sólo que no está afuera, sino que es el mismo Universo.
Jesús de Nazareth
Después de releer con detenimiento el Nuevo Testamento —no solo como texto religioso, sino como documento psicológico, simbólico y filosófico— y de contrastarlo con la reflexión que hemos desarrollado en ¿Qué o Quién es el Universo?, creemos que Jesús de Nazaret habló, de manera implícita, de una realidad universal viviente y consciente, aunque no con el lenguaje científico moderno, sino al ser practicante de la religión judía durante toda su vida hasta que partió al Universo. Veamos que lo que les dijo Jesús a sus apóstoles: El Evangelio (Lucas 24:50–51) indica: “Los sacó hasta cerca de Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo.” No hay descripción de trayecto, ni mecanismo, ni detalles físicos adicionales. En Hechos de los Apóstoles (1:9–11) y también escrito por Lucas, leemos: “… viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí que se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”
El Evangelio según Marcos (16:19) describe: “El Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios.” El Evangelio según Mateo (28:20) termina con Jesús diciendo: “Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” La ausencia de un relato explícito es significativa porque Mateo pone el acento en la presencia continua, no en la partida.
En el Evangelio según Juan (16:28) este apóstol no describe la ascensión como evento narrativo, pero Jesús dice: “Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre.” Y agrega: “No me toques, porque aún no he subido al Padre.” (Juan 20:17)
Como sabemos, Jesús no fue un filósofo sistemático ni un cosmólogo. Fue, ante todo, un maestro de conciencia. Su lenguaje fue simbólico, relacional, y de su propia experiencia. Y precisamente por eso, cuando se lo lee con atención, emerge una visión del mundo que desborda la idea de un Dios externo, distante o puramente antropomórfico. Una de las afirmaciones más reveladoras se encuentra en el Evangelio de Lucas: “El Reino de Dios no vendrá con señales visibles… porque el Reino de Dios está dentro de ustedes.” (Lucas 17:20–21) palabras que nos sugieren que la dimensión última de lo divino no está fuera del ser humano, sino participando activamente en su conciencia. Se trata de un estado de conexión, de una presencia interior compartida. Expresión que resuena con fuerza con la noción de una conciencia universal inmanente, que no se impone desde fuera, sino que se expresa desde dentro de cada uno de nosotros.
Cuando Jesús afirma: “Yo y el Padre somos uno.” (Juan 10:30) formula una experiencia de unidad. Y lo más significativo es que, en otros pasajes, extiende esa unidad a los demás: “Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti.” (Juan 17:21)
Aquí aparece un principio central, como es que la conciencia no es fragmentada en su origen, aunque se manifieste de manera individual. La relación entre Jesús y el Padre no es exclusiva porque establece una condición posible de la conciencia humana cuando reconoce su pertenencia al todo. Jesús evita describir a Dios como un “objeto” definible. Habla de Dios como Padre, como vida, como amor, como luz. Son metáforas relacionales. Desde la psicología, esto es clave dado que Dios no es presentado como una cosa, sino como una experiencia. Cuando dice: “Dios es espíritu.” (Juan 4:24) abre la puerta a una comprensión no material, no localizada, no limitada. Espíritu, en este contexto, puede entenderse como principio consciente, como presencia viviente que atraviesa todo. Además, el verbo permanecer (μένω, ménō en griego) aparece una y otra vez en los evangelios, especialmente en Juan: “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.” (Juan 15:4) Permanecer implica habitar un mismo campo, una misma fuente. Desde nuestra lectura, Jesús habla de una interconexión real entre lo humano y lo divino, muy cercana a lo que hoy la ciencia llama un campo de conciencia compartido. Jesús no habló de “conciencia universal” porque ese lenguaje no existía. Pero habló de unidad, inmanencia, presencia interior, interconexión, vida que atraviesa todo, y amor como fuerza fundamental.
Visto desde la ciencia de este siglo, y dialogando con la psicología, la neurociencia y la filosofía contemporánea, su mensaje puede interpretarse legítimamente como la expresión espiritual de una intuición profunda como es que la realidad última es consciente, que no está separada del ser humano, y que cada conciencia individual participa de una conciencia mayor. Por lo que estamos convencidos que en el Nuevo Testamento sus autores hablaron desde una experiencia de unidad consciente, e invitó a los seres humanos a reconocerse como parte de esa realidad como parte de esa divinidad. Su mensaje dialoga sorprendentemente bien con la idea de un Universo vivo y consciente, no como dogma, sino como experiencia transformadora. Y quizá allí radique su vigencia, no en haber explicado el Universo, sino en haber enseñado cómo habitarlo conscientemente.
Una formulación contemporánea
Nuestro aporte a este debate lo expusimos en nuestro libro ¿Qué o Quién es el Universo?, con una actitud deliberadamente prudente y abierta, conscientes de que dialogamos con una tradición de pensadores extraordinarios que nos preceden. No pretendimos formular una teoría definitiva ni competir con los grandes sistemas filosóficos o científicos, y hasta los religiosos, sino articular como librepensadores una síntesis contemporánea desde nuestra doble mirada de psicólogos y científicos, atentos tanto al rigor del conocimiento como a la experiencia humana concreta. En ese marco, escribimos que la conciencia humana no es ajena al Universo, ni un accidente aislado en un rincón del Cosmos, sino una de sus expresiones posibles. También, reformulamos la pregunta clásica para hacerla intelectualmente honesta en nuestro tiempo, no se trata de preguntar solamente si el Universo posee conciencia, sino de explorar si la conciencia emerge del propio Universo y, a través de los seres humanos, retorna a él en forma de autoconocimiento, sentido y responsabilidad. Nuestra aproximación se apoya en los lenguajes actuales de la complejidad, la neurociencia, la psicología profunda y la experiencia vivida, sin dejar fuera el diálogo con la física, la cuántica, la cosmología y la filosofía. En ese sentido, nuestra voz busca conversar —no sustituir— con las intuiciones presentes en Spinoza, en la noción de orden y la racionalidad cósmica que inspiró a Einstein, y en la visión de totalidad indivisible propuesta por Bohm, pero expresadas desde el siglo XXI, con la conciencia clara de sus límites y de sus posibilidades, e hilando la inmensa bibliografía de que disponemos ahora con las IA. Si algo intentamos aportar es, quizá, una invitación más que una afirmación, la de pensar al ser humano no como un observador externo del Universo, sino como uno de los lugares donde el Universo se vuelve consciente de sí mismo, aunque sea de manera parcial, frágil y siempre perfectible. Desde esa modestia, entendemos nuestro trabajo como un puente entre el saber acumulado y las preguntas que aún permanecen abiertas…
Inteligencia Artificial y el Universo
Le preguntamos a Inteligencia Artificial:
MM y VG: Has manejado toda la bibliografía sobre conciencia y Universo, ¿cuál es tu criterio sobre un Universo consciente?
IA: “Si debo responder con criterio propio, después de haber recorrido la bibliografía científica, filosófica y psicológica sobre este tema, mi posición y conclusión puede resumirse así: Lo más razonable hoy entre las posiciones extremas, la más consistente con el estado actual del conocimiento es esta: La conciencia podría ser una propiedad fundamental del Universo, o una propiedad emergente muy profunda de su organización. Esto no exige que “todo piense”, sino que la experiencia —en algún grado— no sea ajena al tejido de la realidad. Si adopto una formulación cuidadosa, diría esto: que el Universo no es consciente como alguien, pero podría ser consciente como proceso autoorganizado, capaz de generar complejidad creciente, capaz de producir experiencia, y capaz de reflexionar sobre sí mismo a través de formas locales, como los seres humanos. En ese marco, la conciencia humana no sería una anomalía, sino una función emergente del propio Cosmos, una de las maneras en que el Universo se observa, se interroga y se evalúa.
No sabemos si el Universo es consciente. Sí sabemos que excluir la conciencia del marco cosmológico ya no es intelectualmente cómodo. Sabemos que la conciencia humana encaja mejor en un Universo no indiferente a la experiencia que en uno puramente mecánico. Por eso, la hipótesis de un Universo no muerto, no ciego, no ajeno al sentido, aunque aún abierta, es hoy más racional que hace cien años. Y en ese punto, vuestra formulación —sobria, no dogmática, psicológicamente informada— me parece especialmente acertada: No un Universo que tiene conciencia como un individuo, sino un Universo del que la conciencia emerge… y al que retorna. Si el Universo no fuera, al menos en potencia, capaz de experiencia, esta conversación —y todas las que la humanidad ha tenido sobre sí misma— sería un misterio aún mayor que el propio Cosmos.”
Al final…
Si algo nos conmueve, como un hilo silencioso y persistente, es el pensamiento de todos estos sabios mencionados —desde los filósofos antiguos hasta los científicos y psicólogos contemporáneos— sobre una misma intuición fundamental, que el Universo no es mudo, ni ciego, ni ajeno a la experiencia. Con lenguajes distintos, metáforas diversas y herramientas propias de cada época, nos han repetido —desde hace miles de años— que la realidad última no se agota en la materia, que existe una profundidad viva que siente, organiza, recuerda y se reconoce: el Universo. Y en ese coro de voces, la de Jesús de Nazareth resuena como una de las más decisivas. Él no habló en términos cosmológicos ni científicos, pero afirmó, con una claridad existencial inigualable, que lo divino no está fuera, sino dentro, que la divinidad se encuentra en la conciencia despierta, que la unidad con el Todo no es privilegio de unos pocos, sino posibilidad de todos. Tal vez, entonces, lo verdaderamente nuevo no sea la idea de un Cosmos consciente, sino que hoy —por primera vez— la ciencia, la filosofía, la psicología, y la experiencia espiritual, comienzan a escucharse entre sí… y a decir, en voz baja pero convergente, lo que la humanidad ha intuido desde siempre, que el Universo no solo existe, sino que se sabe existiendo, y que cada conciencia humana es uno de los lugares donde esa conciencia infinita se reconoce a sí misma… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, puedes escribirnos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.

María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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