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¿Debes jubilar tu mente?: La edad no te limita

La neurociencia explica por qué las neuronas pierden fuerza al alejarnos del propósito de vida, la memoria, la imaginación y las metas… Mantener la mente activa y fijar objetivos en la vejez permite llegar lúcido a más de los 80…



Propósito: la alternativa de la vida

 

Hay una edad en la que la sociedad, con una sonrisa amable y pensando en una jubilación calculada, parece susurrarnos: “Ahora descansa”… Y reposar, es legítimo. Pero retirarse de la vida no, eso es otra cosa. Hoy la neurociencia comienza a confirmar algo que la intuición humana siempre sospechó como es que después de los 70 años no se trata solo de cuántos hemos cumplido, sino de cómo decide el cerebro seguir viviendo. Como psicólogos, y seres humanos que aman la experiencia de existir, lo decimos con emoción y con datos, en esta etapa se abren, de manera muy marcada, dos caminos: Uno, la pasividad progresiva, la rutina sin desafío, y la vida reducida al confort mínimo. El otro, es la reafirmación del propósito de vida, la reinvención de nuevos objetivos y metas, y el inicio de proyectos que aunque tal vez no generen dinero, sí nos provean de sentido. La diferencia no es filosófica, Es neurobiológica.

 

Comentario de Rosa V., 72 años, asistente legal retirada: Bogotá: “Mis hijos me tratan como si yo fuera una anciana, pero yo no me siento así… yo me valgo por mí misma y tengo mis amigas y con ellas hacemos distintos postres, y ahora los estamos promoviendo y vendiendo por las redes, y ya comenzamos a tener algunas ganancias. Mi idea es no ser una carga para ellos y mi meta es superar los 80… si Dios y la Virgen me lo permiten”

 

El cerebro que se despide… y el que decide vivir

 

Durante buen tiempo se creyó que el cerebro “envejecido” era un órgano condenado a la pérdida irreversible. No obstante, investigaciones en neuroplasticidad han demostrado que el cerebro conserva capacidad de reorganización incluso en edades muy avanzadas. Investigaciones han mostrado que la plasticidad cortical no desaparece con la edad, simplemente necesita estímulos. El concepto de “cognitive reserve” (reserva cognitiva), plantea que la estimulación intelectual a lo largo de la vida —como leer, escribir, aprender, y resolver problemas— genera redes neuronales más robustas que permiten enfrentar mejor el deterioro, y retrasar considerablemente los síntomas clínicos de algunas dolencias. Pero lo más interesante es lo que ocurre cuando la actividad cerebral se mantiene después de los 70. Estudios longitudinales, como el famoso Nun Study dirigido por David Snowdon, revelaron que las personas con una mayor actividad intelectual, y emocional sostenida, mostraban menos deterioro cognitivo, incluso cuando en autopsias aparecían signos neuropatológicos evidentes, mientras que el cerebro —activo— perecía compensar. La investigación del Rush Memory and Aging Project, encontró que tener un fuerte sentido de propósito en la vida se asocia con una menor mortalidad general. No hablamos de productividad económica. Hablamos de propósitos: Escribir un libro a los 75. Aprender un idioma a los 80. Estudiar filosofía a los 72. Organizar encuentros familiares. Imaginar algún proyecto de distinta índole, mantendrán la mente en expansión. Cuando el cerebro sigue calculando, planificando, leyendo, soñando despierto, discutiendo ideas, activa circuitos frontales, temporales y límbicos. Se mantiene la irrigación cerebral. Se sostiene la conectividad sináptica y se estimulan neurotransmisores vinculados a la motivación y al bienestar. En cambio, la pasividad sostenida —horas de televisión sin interacción, ausencia de metas, aislamiento social— se correlaciona con un mayor deterioro cognitivo y una mayor mortalidad (Fratiglioni et al., 2004). No es una sentencia absoluta. Es una tendencia estadística poderosa. Podríamos decirlo, en otros términos, cuando el cerebro deja de trabajar, comienza lentamente a despedirse. Cuando continúa activo, declara su voluntad de permanecer.


 

Comentario de Andrés M., 43 años (hijo), abogado, Lima: “Mis padres tienen más energía mental que muchos de mis amigos. Mi mamá organiza encuentros culturales. Mi papá está siempre leyendo y opinando sobre política internacional. No se quejan de la edad. Se reinventan. Y eso nos inspira a todos. No son ancianos dependientes, son referentes activos. Su vitalidad no es solo física, es intelectual. Nos enseñan que envejecer no significa desactivarse.”

 

Las preguntas clave

 

¿Qué ocurre con las neuronas cuando dejamos de usarlas? ¿Se apagan? ¿Se atrofian como un músculo inmóvil? La respuesta breve es: no se mueren de inmediato, pero sí se debilitan funcionalmente. Y si la inactividad es prolongada, las redes neuronales se reorganizan sin ellas. El principio fundamental es úsalas o reorganízalas: En la neurociencia existe una regla conocida desde Donald Hebb (1949): Las neuronas que se activan juntas, se conectan juntas.” Esto significa que la actividad repetida fortalece las conexiones sinápticas. Cuando una red neuronal participa con frecuencia en recordar, imaginar o resolver problemas se refuerzan las sinapsis, aumenta la eficiencia de transmisión, se estabilizan los circuitos funcionales, y se consolidan las rutas de la memoria. Lo opuesto, cuando esa red pasa a ser pasiva, durante largos períodos. disminuye la fuerza sináptica, se reducen las espinas dendríticas y otras redes ocupan el “territorio funcional”. No es exactamente que la neurona “se apague”, el caso es que pierden su protagonismo funcional.

 

¿Es comparable a un músculo?

 

La analogía muscular es útil, pero imperfecta. Un músculo inmovilizado sufre atrofia visible y pierde volumen por la reducción de las fibras. El cerebro no se atrofia tan rápidamente, pero sí puede experimentar una disminución de su densidad sináptica, una menor conectividad funcional y la reducción en la eficiencia de las redes específicas. Estudios de aprendizaje y desuso han mostrado que cuando una habilidad no se practica durante años como en el caso de un idioma, el cual se pierde en parte, las redes asociadas muestran menor activación en neuroimágenes funcionales. No obstante, rara vez desaparecen por completo y pueden reactivarse.

 

Memoria, imaginación y redes cerebrales

 

Recordar e imaginar no son actividades aisladas. Activan lo que hoy se conoce como la Default Mode Network (DMN), la red cerebral implicada en la autobiografía, en la proyección futura y en la construcción de la imagen de sí mismo. Cuando una persona deja de recordar activamente su historia, de imaginar proyectos, y de pensar en escenarios futuros, esa red reduce su actividad basal y su conectividad. En adultos mayores, estudios del han mostrado que una menor actividad cognitiva se asocia con un mayor declive cognitivo posterior. Y aunque no es una condena irreversible, si es una tendencia dinámica. En condiciones normales, la mayoría de las neuronas no mueren simplemente por inactividad breve. Pero la inactividad crónica, combinada con el aislamiento social, o estados depresivos, y la falta de estimulación y sedentarismo, sí se asocia con un mayor riesgo de deterioro cognitivo. En el hipocampo —clave en la memoria— sabemos que la actividad intelectual y física favorece la neurogénesis. El sedentarismo y el estrés crónico la reducen. Es decir, la actividad no solo mantiene las conexiones, más bien puede favorecer la formación de nuevas neuronas incluso en edades avanzadas.


 

Comentario de Ricardo CH., 70 años, Miami: “Trabajé cuatro décadas como ingeniero. Pensé que al retirarme me dedicaría solo a descansar. Lo intenté… y a los tres meses me sentía oxidado. Entonces empecé a dar asesorías gratuitas a jóvenes emprendedores. Me mantengo al día con la informática y sigo estoy aprendiendo con la IA, porque quiero entender el mundo digital de mis nietos. No quiero convertirme en un recuerdo viviente. Quiero ser parte del presente. Mantener la mente activa es mi manera de decirle a la vida que todavía estoy aquí.”

 

El cerebro es competitivo

 

Algo fascinante es que el cerebro redistribuye recursos. Si dejamos de usar una función, otras pueden ocupar su espacio metabólico y funcional. Es un sistema dinámico. No es abandono inmediato, es la reorganización adaptativa cerebral. Por eso muchas habilidades olvidadas pueden reactivarse si se retoman. El cerebro no cierra puertas fácilmente. Pero sí deja de invertir energía en lo que no se usa. Entonces, en la vejez, ¿qué ocurre? Pues, que después de los 70, el cerebro se vuelve más sensible a la estimulación cognitiva, a la interacción social y al propósito vital. Las personas mayores que leen, escriben, debaten, aprenden, viajan mentalmente con la imaginación, mantienen mayor conectividad funcional. PlaceLas que reducen drásticamente su actividad intelectual muestran mayor riesgo estadístico de deterioro. No es determinismo. Es probabilidad modulada por la conducta.

 

Así: ¿qué pasa cuando no pensamos ni imaginamos?

 

Bueno, no ocurre un “apagón súbito”, pero comienza un debilitamiento progresivo de circuitos específicos. Podríamos decirlo de esta forma: Las neuronas simplemente dejan de fortalecerse. Y otras rutas neuronales ocupan el espacio. La buena noticia es que el cerebro, incluso a edades avanzadas, responde cuando vuelve a ser desafiado. La clave no es la hiperactividad ya que lo mejor es la estimulación específica y permanente. No se trata de forzar el cerebro con ejercicios mecánicos. Consiste en aprender algo nuevo. Conversar con profundidad. Leer con reflexión. Escribir con atención. Resolver con o sin ayuda. Tener proyectos. Mantener vínculos emocionales activos. Porque los sentimientos y la cognición trabajan juntos. Sin emoción, la memoria no se consolida igual.

 

Comentario de Manuel P., 78 años, comerciante retirado, Panamá: “Mi médico me dijo que la mejor medicina para mí era mover el cuerpo y usar la cabeza. Así que hago ambas cosas. Camino cada día y participo en debates filosóficos en un café del barrio. Estoy escribiendo un pequeño libro sobre mis experiencias. No sé si alguien lo leerá, pero mientras lo escribo, me siento vivo otra vez. Me niego a ser espectador pasivo de mis últimos años. Prefiero ser un protagonista consciente.”

 

El propósito como medicina invisible


 

La psicología y la biología se encuentran. Desde Viktor Frankl, desde su primera perspectiva al indicar que cuando alguien tiene un “por qué” puede soportar casi cualquier “cómo”. Ahora, la neurociencia empieza a traducir ese “por qué” en términos fisiológicos. Tener un propósito activa redes de motivación y regulación emocional. Disminuye el estrés crónico. Reduce los niveles sostenidos de cortisol, cuya elevación prolongada está asociada con el deterioro cognitivo. La mente orientada hacia objetivos y metas no está simplemente “ocupada”, sino que se encuentra biológicamente comprometida con la vida. Y lo mismo ocurre con la enfermedad.

 

Creer que se puede, activa la interfarmacia del cerebro

 

La investigación sobre el efecto placebo ha demostrado que creer que uno puede mejorar produce cambios neuroquímicos sanadores reales. Se ha documentado cómo la expectativa positiva puede activar sistemas endógenos de analgesia mediante liberación de opioides naturales. Irving Kirsch ha mostrado que, en ciertos cuadros depresivos, la respuesta al placebo explica una proporción significativa de la mejoría clínica. ¿Es magia? No. Es neurobiología de la esperanza. Cuando alguien cree firmemente que puede superar una enfermedad crítica, no está negando la realidad médica. Está activando sistemas internos de regulación inmunológica y neurológica que la ciencia apenas empieza a comprender. Se ha llamado metafóricamente, una “interfarmacia cerebral”. Es decir, un conjunto de recursos internos que se ponen en marcha cuando la mente asume la posibilidad de vivir. No significa que todo se cure con optimismo. Sin embargo, se traduce en que el pesimismo sistemático se asocia, estadísticamente, con un peor pronóstico en múltiples enfermedades (Chida & Steptoe, 2008). El cerebro interpreta su expectativa como una señal de acción o de retirada.

 

Comentario de Carmen B., 72 años, profesora universitaria retirada, Costa Rica:Yo me jubilé hace dos años, pero nunca me retiré de mí misma. Todas las mañanas leo prensa internacional, hago un resumen para un grupo de amigas y luego me conecto por videollamada con mis nietos para ayudarles con historia. No gano dinero, pero gano propósito. Me inscribí en un taller de escritura autobiográfica y estoy reconstruyendo mi vida en capítulos. A veces me preguntan por qué me esfuerzo tanto. Y Yo respondo, porque mientras planifico, aprendo y enseño, siento que mi cerebro respira. No quiero que mi mente se apague antes que mi cuerpo.”

 

A los 70… no termina nada

 

Hay un error cultural generalizado, como es el pensar que la jubilación es el cierre del proyecto vital. Desde nuestra mirada, esa puede ser la bifurcación decisiva. Si el mensaje interno es, “Ya cumplí, ahora solo queda esperar”, el cerebro reduce la inversión energética en sí mismo. Si el mensaje es: “Ahora comienza una etapa distinta, pero creativa”, el cerebro se reorganiza para sostenerla. Estudios demográficos muestran que personas mayores activas social e intelectualmente presentan mayor longevidad promedio. No porque el destino lo haya decidido así, sino porque la actividad mantiene sistemas fisiológicos en funcionamiento coordinado. Lo cual nos sugiere que llegar activo a 70 aumenta las probabilidades de llegar activo a los 80. Lo contrario, si se activa el estar pasivo a los 70, se aumentan probabilidades de no llegar a los 75.

 

Comentario de Laura R., 52 años (hija), Madrid: “Cuando veo a mi madre estudiar un idioma nuevo a los 74, y a mi padre dar clases voluntarias de matemáticas, entiendo que la edad es una cifra y el propósito es una decisión. Nunca se definieron por la jubilación. Lo hicieron por lo que podían seguir aportando. Como hija, me tranquiliza saber que su mente está activa. Pero, sobre todo, me conmueve ver que siguen soñando. No están esperando el final, están viviendo el presente.”

 

La decisión íntima


 

Lo importante es mantener la fuerza en la adversidad. Quizás lo más conmovedor de todo esto es que, en gran medida, es una elección. No la elección de la enfermedad o de la genética, que no controlamos. Sino la elección de seguir pensando. Seguir leyendo. Seguir escribiendo. Seguir calculando. Seguir imaginando, y por qué no decirlo: Seguir luchando y viviendo. Seguir siendo útil, seguir activos, seguir amando y continuar con nuevos proyectos. Hemos visto personas que, al cumplir 70, inician estudios universitarios. Observado otras que, al jubilarse, apagan su curiosidad. El problema es que el cerebro percibe esa resolución, y responde adecuándose a lo que tú decidas: Iluminar o apagarte.

 

Comentario de Elena M., 75 años, Valencia: “Durante años fui maestra. Cuando me jubilé, tuve miedo de quedarme sin alumnos… hasta que entendí que podía convertirme en aprendiz. Estoy estudiando arte contemporáneo y participo en un grupo de lectura. Camino todos los días, y colaboro como voluntaria en una biblioteca. La vejez no me ha quitado energía, me ha quitado la prisa. Ahora pienso más profundo. Me siento útil no porque produzca, sino porque contribuyo. Y eso me mantiene despierta… Ah, y en lugar de ver televisión, soy fanática de los programas de investigaciones y de ciencia, en YouTube, donde estoy asombrada de todo cuanto he aprendido”

 

Vivir todo cuanto se pueda

 

Si algo nos enseñan estos hallazgos es que el envejecimiento no es únicamente desgaste. Es también reorganización. Es adaptación. Es posibilidad. La pregunta no es cuántos años tiene el cerebro, es si aún tiene razones para activarse. Tal vez el secreto no esté en luchar contra el tiempo, sino en darle al tiempo contenido. Porque cuando el cerebro mantiene propósito, activa su química de vida. Cuando imagina futuro, produce presente. Y entonces, más allá de los 70, puede comenzar una etapa luminosa en la que la edad ya no es una frontera, sino un territorio nuevo. Vivir después de los 70 no es retirarse. Es decidir si se entra en fase de despedida… o en fase de vivir todo cuanto se pueda.


 

Al final…

 

… Si algo hemos aprendido acompañando vidas, leyendo ciencia y observando el corazón humano durante décadas, es que la vejez no es una estación de retiro, es una estación de conciencia. No podemos elegir la genética. Tampoco podemos controlar cada enfermedad. Ni detener el paso del tiempo. Pero sí es posible conseguir elegir la actitud con la que atravesamos cada etapa. Y esa selección —íntima, silenciosa, diaria— tiene consecuencias biológicas, psicológicas y espirituales. Después de los 70, el cuerpo puede volverse más lento. Pero el espíritu más amplio. La mente puede volverse más abierta. El propósito puede ser más claro. Y, mientras que el cerebro escucha nuestras decisiones, cuando elegimos seguir pensando, crea nuevas rutas. Cuando escogemos seguir aprendiendo, fortalece conexiones neuronales. Cuando elegimos amar proyectos, activa su química de vida. Cuando creemos que podemos mejorar, pone en marcha esa “interfarmacia” interna que la ciencia apenas comienza a descifrar. No hablamos de un optimismo ingenuo. Hablamos de esperanza activa. Por ello les recomendamos algo sencillo y poderoso: Lean cada día algo que los desafíe. Escriban, aunque sea una página íntima. Aprendan algo nuevo cada año. Mantengan conversaciones con todos. Muévanse físicamente. Cultiven vínculos. Sirvan a alguien. Y, sobre todo, tengan un proyecto, por pequeño que parezca… Porque el propósito no necesita aplausos. Necesita dirección. Hemos encontrado personas que, al cumplir 70, comienzan a estudiar en la universidad. También a otras que redescubren talentos dormidos. A pacientes que, en medio de una enfermedad crítica, deciden luchar con serenidad y fe, lo que provoca que su organismo responda mejor de lo esperado… y aunque no siempre el desenlace depende de nosotros, la forma de vivirlo, sí. Y hay algo más todavía: Cuando alguien mayor mantiene su mente activa y su corazón abierto, no solo prolonga su propia vida funcional, además ilumina a su familia. Enseña a sus hijos y nietos que envejecer no es apagarse, sino transformarse. Lo que nos convierte en un faro. La edad no es el final del proyecto humano. Es la maduración del sentido. Tal vez el verdadero secreto no esté en sumar años a la vida, sino en sumar vida a los años. Y si después de leer estas líneas alguien de 70, 75 u 80 decide inscribirse en un curso, retomar un libro, iniciar un cuaderno nuevo, aprender tecnología, escribir su historia o simplemente creer que aún tiene algo que aportar… entonces la neurociencia y la espiritualidad habrán coincidido en una misma verdad, la de que el cerebro responde a la esperanza. El cuerpo escucha al propósito. Y el espíritu florece cuando se siente útil. Nunca es tarde, porque mientras haya curiosidad, hay futuro. En tanto que haya propósito, existirá la vida. Y mientras haya fe en que podemos seguir creciendo, la edad deja de ser el límite y se convierte en el horizonte del Universo. Con afecto y convicción… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, escríbenos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.


 





 

 

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

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