¿Cuándo te comparas: ¿Envidias o admiras?
- María Mercedes y Vladimir Gessen
- hace 2 horas
- 12 Min. de lectura
De una emoción ¿negativa? a ser una brújula, envidiar puede destruirte o convertirse en un propósito de crecimiento consciente ¿Lo sabías?... No habla de lo que ves en otros, sino de tus propios deseos y revela inseguridad. Transformarla en admiración cambiará tu destino personal.
Hay emociones que se confiesan con facilidad, como la tristeza que pide consuelo, la alegría que se comparte casi sin esfuerzo, el miedo que busca protección. Son emociones que no avergüenzan demasiado. Incluso pueden despertar ternura o empatía. Pero existen otras que raramente se admiten en voz alta. Se esconden detrás de argumentos racionales, de ironías punzantes, de consideraciones éticas aparentemente justificados o de críticas revestidas de “objetividad”. La envidia pertenece a esta segunda categoría. No suele declararse con honestidad. Se disfraza de indignación ética, de análisis frío, de supuesto sentido de justicia. Se camufla en frases como “no es para tanto” o “yo solo digo la verdad”. Y, sin embargo, late con fuerza en el interior de quien la experimenta y cuesta transformarla en sentido positivo. Es, quizá, una de las emociones más negadas y, al mismo tiempo, más universal. No distingue edad, género, cultura ni posición social. La encontramos en la consulta psicológica cuando alguien habla con molestia persistente del éxito ajeno, en la dinámica familiar cuando un logro se convierte en competencia silenciosa, en la oficina cuando el ascenso de uno despierta resistencia en otros, en los concursos cuando la belleza, o cuando el talento genera hostilidad soterrada. También está presente —como nunca en la política— cuando el reconocimiento se traduce en descrédito. Hoy, además, es amplificada desde la tribuna permanente de las redes sociales, donde la comparación es constante y la vida del otro parece siempre mejor editada que la propia. La envidia no siempre grita. A veces susurra. Pero siempre revela algo profundo, y nos gusta decirlo sin ambigüedades: La envidia, en realidad, revela más sobre quien la siente que sobre quien la provoca.
Comentario de Carolina R., 34 años, Bogotá: “Cuando mi hermana se graduó con honores sentí celos. No la felicité con sinceridad. Después entendí que estaba frustrada conmigo misma.”
La envidia en la psicología clínica
Desde el punto de vista psicológico, la envidia es una emoción comparativa. Surge cuando percibimos que otro posee algo que valoramos —estatus, belleza, éxito, amor, reconocimiento— y lo interpretamos como una amenaza a nuestro propio valor. Una pionera Melanie Klein (1957) la describió como un sentimiento primario que aparece cuando el sujeto percibe que el otro posee algo “bueno” que él no tiene. En su Teoría de las relaciones de objetos, la envidia puede llevar a un deseo de destruir aquello que el otro disfruta. Décadas después, investigaciones como las de Smith y Kim (2007) diferenciaron entre: Envidia maliciosa, hostil, destructiva, resentida y Envidia benigna que puede motivar superación). La teoría de la comparación social explicó que evaluamos nuestro valor contrastándonos con los demás. Y si esa comparación no se procesa con la madurez emocional, puede convertirse en resentimiento (Festinger, L., 1954). La envidia rara vez se presenta diciendo su nombre. Llega como crítica constante, como irritación inexplicable, como desvalorización del otro. Pero cuando la escuchamos con atención clínica, cuando la despojamos de juicio moral y la miramos como fenómeno humano, descubrimos que no es únicamente una emoción ¿negativa?, porque es también una señal, una brújula incómoda que apunta hacia un deseo no reconocido, hacia una meta no asumida, hacia una parte del propio potencial que aún no se ha desarrollado. Desde nuestra experiencia profesional y humana, hemos aprendido algo esencial como es que ninguna emoción aparece por azar. La envidia, bien comprendida, puede convertirse en revelación. Nos muestra aquello que valoramos profundamente. Nos obliga a preguntarnos qué parte de nosotros está pidiendo crecer. Y cuando el paciente logra dar ese giro —cuando deja de mirar al otro como amenaza y comienza a mirarse a sí mismo como proyecto— algo cambia en su postura, en su respiración, en su mirada. La envidia es la antesala de la admiración. La comparación deja de ser herida y se transforma en horizonte. Dado que la envidia señala la distancia, la conciencia abre el camino. Y si aprendemos a transformar esa incomodidad en admiración activa, entonces la emoción que parecía corrosiva se convierte en impulso. En consulta lo vemos con claridad, sí. Pero también lo vemos en la vida, cada vez que alguien deja de resentir el brillo ajeno y decide encender su propia luz.
En consulta...
Escena: Laura, 27 años, llega inquieta. Se sienta frente al psicólogo. Evita el contacto visual al principio. Cruza los brazos. Respira con tensión.
… Laura: —No soporto verla ufanándose de la cantidad de seguidores que tiene. Siento que no lo merece. Cada vez que publica algo, me molesta… me irrita.
Psicólogo: —Cuando dices “no lo merece”, ¿qué significa exactamente?
Laura: —Que no es tan talentosa. No trabaja tanto como dice. Y aun así… todo le sale bien.
Psicólogo: —¿Qué sientes en el cuerpo cuando ves sus publicaciones?
Laura: —Una presión aquí… (se toca el pecho). Como si me apretaran. Y empiezo a compararme. A pensar que estoy quedándome atrás.
Psicólogo: —Entonces no es solo molestia. Es comparación.
Laura: —Sí… y me da rabia admitirlo.
Psicólogo: —¿Lo que ella tiene te gustaría tenerlo tú? (Silencio largo. Laura baja la mirada.)
Laura: —Sí. Me gustaría tener ese reconocimiento. Esa seguridad. Que la gente me vea.
Psicólogo: —La rabia no es por ella. Es por ti. Por la distancia entre lo que deseas y lo que hoy eres. La envidia no habla del éxito del otro, habla de tu aspiración no reconocida.
Laura: —Pero entonces… ¿soy una mala persona?
Psicólogo: —No. Eres una persona humana. La envidia es una emoción comparativa. Aparece cuando algo del otro toca una necesidad tuya no satisfecha. La pregunta no es si sientes envidia. La pregunta es qué haces con ella.
Laura: —A veces critico lo que hace. Digo que es superficial. Y luego me siento peor.
Psicólogo: —Porque en el fondo sabes que no es solo superficialidad lo que ves. Ves un resultado que tú también deseas. Y al descalificarla intentas reducir la incomodidad interna.
Laura: —Entonces… ¿qué hago con esto?
Psicólogo: —Primero, nombrarlo sin vergüenza: “Estoy sintiendo envidia”. Segundo, traducirla: “¿Qué exactamente admiro ahí?”, y tercero, convertir esa admiración en plan.
Laura: —¿Admiración? No sé si puedo admirarla…
Psicólogo: —No se trata de idealizarla. Se trata de reconocer objetivamente qué ha desarrollado algo que tú aún no. Tal vez constancia, estrategia digital, exposición pública, disciplina… algo concreto.
Laura: —Sí… ella es constante. Publica todos los días. Yo empiezo y abandono.
Psicólogo: —Ahí está el dato clínico. La envidia te está señalando una meta. Pero si la usas como resentimiento, te paraliza. Si la transformas en admiración operativa, te orienta.
Laura: —¿Y si nunca llego a lo que ella tiene?
Psicólogo: —Entonces el objetivo no es “ser ella”. Es desarrollar tu mejor versión. La comparación sana no es competir por identidad, sino aprender por inspiración.
Laura: —Nunca lo había visto así… Siempre pensé que la envidia era algo que debía esconder.
Psicólogo: —Cuando se esconde, se vuelve crítica corrosiva. Cuando se reconoce, se vuelve información. La envidia te dice: “Aquí hay un deseo”. La admiración te dice: “Aquí hay un camino”.
Laura (más serena): —Entonces no es ella el problema… me parece que soy yo evitando mi propio esfuerzo.
Psicólogo: —Exactamente. La envidia te paraliza. La admiración te orienta. Y el propósito te transforma.
Laura asiente. Su postura cambia levemente. Ya no cruza los brazos. Toma aire más profundo.
La sesión termina con una tarea concreta, identificar tres cualidades específicas que admira en su amiga y diseñar un pequeño plan semanal para desarrollarlas. En consulta lo vemos con claridad, la envidia no es el final de un vínculo, sino el inicio de una conversación honesta con uno mismo.
Comentario de Mariana L., 29 años, Madrid: “En Instagram me comparo todo el tiempo. Me digo que no es envidia, pero sí lo es.”
¿Pecado capital o emoción humana?
En el cristianismo, la envidia es uno de los siete pecados capitales dado que rompe la fraternidad. No solo desea el bien ajeno, sino que sufre por el bien de alguien. Tomás de Aquino la definía como “tristeza por el bien del prójimo”, una formulación psicológicamente precisa, dado que no se trata solo de querer lo que el otro tiene, sino de experimentar dolor por su felicidad. En el judaísmo, el mandamiento “No codiciarás” (Éxodo 20:17) apunta al deseo posesivo que desestabiliza la comunidad. La tradición rabínica advierte que la envidia erosiona la cohesión social porque transforma la comparación en competencia destructiva. En el islam, el hasad (envidia dañina) es advertido como un veneno del corazón. El Corán (113:5) habla del mal del envidioso. La espiritualidad islámica subraya que el hasad no solo afecta a quien lo padece, sino que contamina el tejido moral de la comunidad. En el budismo, la envidia es considerada un estado mental aflictivo (kilesa) que surge del apego y la ignorancia. La práctica opuesta es la mudita: la alegría genuina por el éxito ajeno. Esta propuesta es extraordinariamente sofisticada desde el punto de vista psicológico porque no se trata de negar la emoción, sino de cultivar activamente una disposición mental contraria. Pero no solo las religiones han reflexionado sobre la envidia. En la Grecia clásica, Aristóteles distinguía entre phthonos (envidia destructiva) y una forma más noble de emulación (zelus), que podía impulsar a la superación. Los estoicos, como Séneca, advertían que la comparación constante perturba la serenidad interior, proponiendo en su lugar la autosuficiencia y la virtud como criterios de valor. En tradiciones culturales africanas y asiáticas también encontramos advertencias simbólicas sobre el “mal de ojo”, no solo como superstición, sino como reconocimiento de que la mirada cargada de resentimiento puede afectar la armonía social. Incluso, en comunidades indígenas latinoamericanas, la envidia se asocia a la ruptura del equilibrio colectivo y al deterioro del respeto comunitario.
Comentario de Sofía M., 41 años, Buenos Aires: “Ver a otras mujeres triunfar me irrita. Siento que el mundo no es justo.”
Observemos ahora algo fascinante
Todas las tradiciones —religiosas, filosóficas, culturales— no condenan el deseo de crecer. Lo que cuestionan es el resentimiento frente al crecimiento del otro. No es la aspiración lo que se critica. Es la hostilidad que nace cuando confundimos el brillo ajeno con nuestra propia sombra. Y quizá aquí radique la enseñanza común de que la envidia se vuelve destructiva cuando olvida que el mundo no es un juego de suma cero. Que el éxito de uno no implica la anulación del otro. Que la grandeza ajena puede ser amenaza… pero también una inspiración. La elección, finalmente, está en ti, en nosotros. Creemos que la envidia no debe negarse ni demonizarse, pero tampoco romantizarse. No es un simple pecado ni una virtud encubierta. Es una emoción que, si no se reconoce, puede corroer, pero si se comprende, puede orientar. Para nosotros, la clave no está en reprimirla, sino en transformarla. Cuando la envidia se queda en resentimiento, empobrece el alma. Cuando se convierte en admiración consciente, ennoblece el carácter. Los librepensadores no creemos en la cultura de la culpa permanente, pero sí en la responsabilidad emocional. Sentir envidia es humano. Permanecer en ella es una elección. Y trascenderla es un acto de madurez. Si el otro brilla, no nos está quitando luz. Nos está iluminando y recordando que también podemos encender nuestro propio resplandor.
Comentario de Carlos T., 38 años, Miami: “Antes criticaba a quien ganaba más que yo. Hoy lo observo y aprendo.”
La envidia en clave social y política
En sociedades desiguales, la envidia puede convertirse en discurso político. Se transforma en narrativa de resentimiento colectivo. Cuando las brechas económicas, educativas o simbólicas se amplían, la comparación deja de ser individual y se vuelve estructural. Entonces el “¿por qué él sí y yo no?” ya no es solo íntimo, se convierte o lo convierten en consigna. Algunos jefes políticos la instrumentalizan al promover el odio hacia quien destaca, hacia quien emprende, hacia quien prospera. Se construye un relato donde el éxito ajeno es sospechoso por definición. Algunos dictadores recientes han manifestado que “ser rico es malo”, para ocultar su propia riqueza mal habida. La excelencia se caricaturiza como privilegio ilegítimo. El mérito se desacredita. Y la frustración legítima de muchos se canaliza no hacia la construcción de oportunidades, sino hacia la demolición simbólica del que sobresale. Pero también existe la envidia invertida, la que estigmatiza al vulnerable por “recibir ayuda”, la que ridiculiza la fragilidad, la que desprecia al que necesita apoyo social. En ambos extremos, la comparación se vuelve un arma. Ya no se trata de justicia ni de equidad, sino de rivalidad emocional. Desde nuestra perspectiva, creemos que este es uno de los grandes desafíos contemporáneos, distinguir entre la crítica legítima y el resentimiento disfrazado de justicia. La indignación moral puede ser motor de cambio. El resentimiento colectivo, por el contrario, suele producir polarización, no progreso. La envidia mal gestionada erosiona la confianza social. Socava la cooperación. Genera sospecha permanente. Una sociedad donde el éxito siempre es cuestionado termina castigando la iniciativa. Una país donde la vulnerabilidad siempre es despreciada termina debilitando la compasión. La admiración compartida, en cambio, fortalece la cultura del mérito y de la solidaridad. Cuando celebramos el logro ajeno sin sentirnos disminuidos, se amplía el horizonte común. El éxito deja de ser amenaza y se convierte en referencia. La excelencia deja de dividir y comienza a inspirar. En la era digital, esta dinámica se ha intensificado. Estudios sobre redes sociales (Tandoc, Ferrucci & Duffy, 2015) muestran que la exposición constante a vidas idealizadas aumenta la envidia y reduce el bienestar subjetivo. La comparación ya no ocurre ocasionalmente ya que ocurre cada minuto. Cada pantalla es un espejo social. Compararse se ha vuelto un hábito permanente. Y aquí es donde nosotros insistimos en algo esencial: si la comparación es inevitable, la interpretación no lo es. Podemos convertir la exposición constante al éxito ajeno en fuente de resentimiento… o en estímulo de aprendizaje. Podemos dejarnos arrastrar por la narrativa del agravio… o construir una cultura donde el logro inspire y la ayuda dignifique. La política, como la psicología, también es un escenario emocional. Y comprender la envidia en su dimensión colectiva es un paso necesario para transformar la confrontación en cooperación. Porque una sociedad madura no elimina la diferencia, más bien la gestiona sin resentimiento.
Comentario de Alejandro V., 26 años, Ciudad de México: “Transformé la envidia en metas. Si admiro algo, lo estudio.”
¿Impulsa el éxito o lo destruye?
Aquí debemos ser honestos. Existe una forma de envidia que despierta ambición saludable: “Si él pudo, yo también puedo.” Pero si no se transforma, deriva en sabotaje, crítica corrosiva y desvalorización sistemática. La admiración, en cambio, tiene una arquitectura psicológica distinta. La elevación moral que sentimos al observar excelencia puede inspirarnos a crecer. Para nosotros, lo contrario de la envidia no es la indiferencia. Es la admiración con propósito. Admirar es reconocer grandeza sin perder dignidad. Es convertir la inspiración en plan. Es transformar la comparación en proyecto. Y aquí está el punto decisivo. Cada vez que alguien brilla frente a nosotros, la vida nos coloca ante una elección silenciosa: encogernos… o expandirnos. Podemos reducir al otro para sentirnos más altos, o elevarnos nosotros para alcanzar nuevas alturas. Podemos quedarnos atrapados en el murmullo corrosivo del resentimiento, o escuchar con valentía lo que esa incomodidad quiere enseñarnos. Necesita más personas que, al ver el logro ajeno, digan con serenidad y decisión: “Eso me inspira. Eso me reta. Eso me convoca.” Porque cuando la admiración se vuelve propósito, el corazón se aquieta, la mente se enfoca y la voluntad se fortalece. Y entonces comprendemos algo luminoso: no estamos compitiendo por una porción limitada de luz.
Estamos aprendiendo, juntos, a brillar.
Comentario de Ricardo P., 52 años, Caracas: “La admiración es más elegante. No quita nada a nadie y me hace mejor.”
Al final…
… La envidia mira hacia afuera y acusa. La admiración mira hacia adentro y construye.
La envidia dice: “No es justo”. La admiración pregunta: “¿Qué puedo aprender?” Cuando elegimos admirar con propósito, la grandeza ajena deja de ser amenaza y se convierte en mapa. El éxito del otro deja de doler y empieza a orientar. El brillo ajeno no nos apaga, nos recuerda que también somos capaces de encender nuestra propia llama. Y eso lo cambia todo. Porque una sociedad que aprende a admirar en lugar de envidiar se vuelve más creativa, más solidaria, más madura. Una persona que convierte la comparación en proyecto deja de competir por aplausos y comienza a construir legado. Deja de medir su valor por la caída del otro y empieza a medirlo por la expansión de su propio potencial. Nosotros creemos profundamente que el mundo no necesita menos talento. Necesita menos resentimiento. Y por eso, nuestro deseo para todos es sencillo: Cada vez que el éxito ajeno cruce tu camino no despierte en ti sombra, sino impulso, no active comparación amarga, sino inspiración fértil. Que cuando sientas la punzada incómoda de la envidia, tengas la valentía de traducirla en admiración y propósito. Que descubras que detrás de cada brillo que te inquieta, existe una meta posible, una habilidad por cultivar, una versión más amplia de ti mismo y esperando ser desarrollada. Deseamos que tu mirada no se detenga en lo que otros han alcanzado, sino en lo que tú puedes construir. Que aprendas que tu éxito no sea reacción, sino vocación. Si el mundo tiene más personas que convierten la comparación en proyecto, la crítica en aprendizaje y el resentimiento en propósito, entonces no solo habrá más logros individuales, habrá más cooperación, más respeto, más grandeza compartida. Por ello, admira. Construye. Enciende tu propia hoguera. Y que, al hacerlo, ayudes también a alumbrar el camino de otros… Cuando vemos en alguien que posee algo que nos gusta, generalmente muchos le dicen: “no sabes cuanto te envidio” en un tono de buena fe… Hoy te sugerimos que en su lugar le digas “no sabes cuanto te admiro” y dale las gracias por iluminarte… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, escríbenos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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