top of page

¿El primer contacto?

Ante evidencia de vida no humana, se colocaría a la ciencia y la religión frente a una revelación cósmica que cambiaría nuestra conciencia... Para los humanos el impacto de otra forma de existencia no terrestre, además de militar o tecnológico, sería en nuestras creencias y cultura…



Hay frases que, pronunciadas desde la Casa Blanca, dejan de ser simple curiosidad y adquieren densidad histórica. Cuando Barack Obama reconoció públicamente que existen fenómenos aéreos no identificados “reales —UAP, antes llamados ovnis o UFO— y que “hay objetos en el cielo cuyos movimientos no comprendemos plenamente”, abrió una rendija institucional a un tema que durante décadas ha sido “disminuido”, al menos. Por su parte, Donald Trump anunció que ordenaría al Pentágono y a otras agencias a comenzar el proceso de divulgar los archivos relacionados con los fenómenos aéreos no identificados UAP, u objetos voladores no identificados (Ovnis) y posible vida extraterrestre.  Este comunicado siguió a los comentarios de Obama sobre la posibilidad de vida extraterrestre. El asunto dejó de ser patrimonio de conspiraciones para convertirse en discurso político. Y cada vez que se menciona la célebre Área 51 —ese enclave envuelto en secretismo desde la Guerra Fría— la imaginación colectiva se activa. ¿Es casual que dos presidentes, de signos opuestos, hayan abordado públicamente el tema? ¿Estamos ante una estrategia de transparencia gradual? ¿Una preparación psicológica de la opinión pública? ¿O simplemente estamos ante el reconocimiento de que el universo es más vasto —y más complejo— de lo que nuestra seguridad nacional puede explicar? Si existe una revelación en curso, no sería solo tecnológica o militar, también sería cultural, filosófica y civilizatoria. Y quizá, antes que el “primer contacto” con otros, estaríamos viviendo el primer contacto con nuestra propia ignorancia cósmica.

 

La primera señal: Dos presencias en el cosmos

 

En el vasto escenario del universo hay presencias de vidas que nacen de la química y otras que irrumpen como un enigma. No todas las señales tienen la misma naturaleza ni despiertan la misma inquietud. Algunas son el susurro regular de la materia cumpliendo sus leyes. Otras, un destello único que parece desafiar toda repetición. Está, primero, la huella cotidiana, denominado el radical hidroxilo OH. Cuando un cometa se aproxima al Sol, el hielo se sublima, el agua se fragmenta y emerge esta firma espectral en frecuencias precisas —cercanas a los 1.6 GHz— que los radiotelescopios reconocen con familiaridad. No es un mensaje ni una proclamación. Es el eco natural de procesos fisicoquímicos que se repiten desde hace miles de millones de años. Su presencia no anuncia inteligencia, pero sí esa posibilidad existencial porque donde hay agua, hay complejidad, donde hay complejidad, la vida deja de ser una extravagancia y se convierte en una hipótesis razonable. Y luego está el relámpago solitario, como la célebre señal “Wow!”, registrada en 1977 por el radiotelescopio Big Ear de la Universidad Estatal de Ohio. Una emisión estrecha, intensa, alineada con la frecuencia del hidrógeno —1.420 MHz— la nota fundamental del universo visible. Duró apenas 72 segundos y jamás volvió a repetirse. No fue acompañada por interferencias conocidas ni por explicación concluyente. No se confirmó como mensaje, pero tampoco se desvaneció como simple ruido. Quedó suspendida en esa zona incómoda donde la ciencia no afirma, pero tampoco desecha. Entre el murmullo regular del OH y el destello irrepetible de la señal Wow! se dibuja el doble rostro del cosmos, por una parte, la regularidad que nos permite comprender y, por la otra, la singularidad que nos obliga a imaginar. Una señal nos habla de procesos químicos, la otra, de posibilidades de vida. Una es naturaleza en su rutina, y la otra, interrogación pura. Y es precisamente en esa tensión —entre lo que sabemos y lo que aún no sabemos nombrar— donde comienza, quizá, la verdadera historia del primer contacto.


 

¿Y si se confirma que es real la existencia de alienígenas?

 

La pregunta no pertenece ya al territorio exclusivo de la ciencia ficción. Pertenece al territorio de la psicología social. Porque si algún día —con evidencia verificable, replicable y pública— se confirmara la existencia de vida inteligente no humana, el acontecimiento no sería solo astronómico, sería antropológico. No cambiaría únicamente a los telescopios, cambiaría la conciencia de la humanidad. Desde hace siglos, informes sobre fenómenos aéreos no identificados —UAP, antes llamados Ovnis o UFO— y más atrás en tiempos oscuros cuando aparecieron aparatos en el cielo, llegaron a ser identificados hasta como “obra del diablo”. Siempre han sido estudiados por organismos institucionales. Oficialmente hace pocos años se reconocieron públicamente con la existencia de objetos cuyo comportamiento no ha sido plenamente explicado. Más allá de interpretaciones, el hecho de que presidentes estadounidenses y autoridades de otros países hablen del tema marca un punto de inflexión cultural porque lo desconocido cada vez más ha dejado de ser solo rumor y entra en la esfera del poder.


 

La llamada “batalla en los cielos de Núremberg” ocurrió, según crónicas de la época, al amanecer del 14 de abril de 1561 en la ciudad alemana de Nuremberg. Un panfleto ilustrado por el impresor Hans Glaser describió cómo numerosos objetos —esferas, cruces y cilindros— parecían moverse y “combatir” en el cielo antes de que algunos cayeran envueltos en humo. Para los contemporáneos fue interpretado como un presagio divino, para historiadores y científicos modernos, probablemente se trató de un fenómeno atmosférico inusual, amplificado por la sensibilidad religiosa y simbólica del siglo XVI. Hoy serían Ovnis o UAP.

 

El terremoto en las creencias

 

¿Qué ocurriría en el mundo religioso si se confirmara la existencia de inteligencias extraterrestres?... Históricamente, las religiones han sobrevivido a revoluciones cosmológicas. Copérnico desplazó a la Tierra del centro. Darwin cuestionó la excepcionalidad biológica. La física cuántica diluyó la noción clásica de la realidad. Y, sin embargo, la fe y la ciencia han persistido. La posible existencia de otras inteligencias no anularía necesariamente la experiencia espiritual, pero sería necesario ampliarla. Si el universo es creación —para quienes así lo creen— ¿por qué limitar esa creación a un solo planeta? Muchas tradiciones teológicas ya han explorado esa posibilidad. La verdad para el budismo se encuentra en la ciencia. El impacto no sería la desaparición de la fe, sino su relectura. La pregunta dejaría de ser “¿estamos solos?” para convertirse en ¿qué significa ser humanos en un cosmos habitado? ¿Nos reconoceríamos como seres universales?

En la actualidad las llamadas religiones OVNI, son iglesias o movimientos espirituales que interpretan los fenómenos extraterrestres como manifestaciones superiores o guías evolutivos de la humanidad. Entre las más conocidas se encuentran el Raëlism, fundado en Francia en 1974 y que sostiene que la vida fue creada por seres avanzados llamados “Elohim”, la Heaven's Gate, grupo estadounidense que cree en una transición espiritual ligada al cometa Hale-Bopp; y el Aetherius Society, que combina enseñanzas esotéricas con la idea de maestros cósmicos. Estos movimientos revelan cómo la imaginación tecnológica del siglo XX se entrelazó con antiguas necesidades religiosas de sentido, salvación y trascendencia. La más destacada es la Iglesia de la Cienciología, fundada por L. Ron Hubbard, que sostiene que el ser humano es en esencia cósmica un ser espiritual inmortal denomino —el thetán— que ha vivido innumerables existencias, incluso en antiguas civilizaciones extraterrestres avanzadas como Helatrobus, una nación interplanetaria ahora extinta, que existió hace billones de años. También explican, en una narrativa cosmológica, que llegaron a la Tierra hace millones de años en naves espaciales con apariencia similar a los aviones actuales comerciales.

 

La iglesia católica ha manifestado en varias ocasiones que la existencia de vida extraterrestre no contradice la fe. El Observatorio Vaticano y astrónomos jesuitas han sostenido que la creación divina no estaría limitada a la Tierra. Las probables líneas de respuesta serían reafirmar que Dios es creador de todo el universo, no solo de la humanidad. Desarrollarían una reflexión teológica sobre la “redención” y la gracia en otras especies. Enfatizarían que la dignidad no depende de la exclusividad biológica. Es decir, tendrían que hacer una ampliación doctrinal más que negación.

 

El judaísmo históricamente ha sostenido múltiples interpretaciones sobre la pluralidad de mundos. En el pensamiento rabínico medieval ya existían discusiones sobre otros planos de existencia. El posible reenfoque sería considerar que la Torá se refiere al pacto específico con la humanidad terrestre. Entender otras inteligencias como parte de la creación divina sin afectar esa alianza. Y reforzar la centralidad ética del comportamiento humano, independientemente de otros seres.

 

El islam posee en el Corán referencias a “mundos” y criaturas que los humanos no conocen. Algunos teólogos musulmanes sostienen que la creación divina es vasta y diversa. La respuesta probable sería afirmar que Alá es Señor de todos los mundos. Interpretar otras inteligencias como parte del designio divino, e integrar la revelación dentro de una cosmología más amplia.

 

El cristianismo evangélico y otras ramas cristianas podrían mostrar respuestas diversas: Algunas corrientes podrían reinterpretar la Biblia en clave más cósmica. Otras podrían inicialmente resistirse, sobre todo si perciben una amenaza doctrinal. Eventualmente, la mayoría tendería a integrar el dato científico dentro de su marco de fe.


 

El budismo no está centrado en un Dios creador exclusivo ni en la excepcionalidad del ser humano. Desde sus textos más antiguos ya contempla múltiples “reinos” de existencia y formas de vida en distintos planos. En la cosmología budista hay innumerables mundos habitados. Por tanto, la confirmación de inteligencias extraterrestres no sería una amenaza doctrinal, sino una ampliación natural del samsara, y podría aumentar su base de seguidores abrumadoramente. El budismo no se basa en un dogma revelado inmutable, sino en la experiencia y la observación de la realidad. De hecho, el propio Gautama Buddha alentó a examinar las enseñanzas críticamente. Por eso, muchos maestros budistas contemporáneos —incluido el Dalai Lama— han afirmado que, si la ciencia demuestra de manera concluyente que alguna creencia budista es incorrecta, esa creencia debería revisarse. Si la ciencia demuestra la existencia de vida extra o intraterrestre no humana, lo asumirían.

 

¿Colapso o madurez?

 

Psicológicamente, las religiones cumplen funciones de sentido, identidad y cohesión. Una revelación extraterrestre no elimina esas necesidades humanas. Podría ocurrir una fase de shock cultural. De debates teológicos intensos. Una relectura doctrinal. Y una nueva síntesis espiritual. Lo más probable no es la desaparición de la religión, sino su expansión conceptual. Ante inteligencias no humanas, podría surgir algo paradójico como el ecumenismo, ya que las diferencias interreligiosas podrían relativizarse. Las tradiciones podrían encontrar terreno común en la afirmación de una creación compartida. Podría emerger una ética interplanetaria. Si existen otros seres inteligentes, no disminuirían el valor humano, más bien lo contextualizarían. La idea de “imagen y semejanza” podría reinterpretarse como capacidad de conciencia, libertad moral y creatividad —atributos que otras inteligencias también podrían poseer. La pregunta para las religiones no sería si sobreviven, sino si están dispuestas a crecer. Porque tal vez el mayor desafío no sería aceptar que no estamos solos, sino aceptar que nunca lo estuvimos en un universo que siempre fue más amplio que nuestras categorías.

 

¿A imagen de quién?


 

Si en la Tierra —un planeta minúsculo orbitando una estrella común en una galaxia entre cientos de miles de millones de ellas, han existido miles de millones de especies radicalmente distintas, ¿por qué suponer que el universo estaría vacío o uniformado? La biología terrestre ya nos ha enseñado una lección de humildad, la vida no es una forma única, sino una explosión de posibilidades. Una anémona no se parece a un pulpo. Un pulpo no se parece a un ser humano, y, sin embargo, comparten el mismo alfabeto molecular: Carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. Las mismas leyes físicas. La misma tabla periódica. Si extrapolamos esa diversidad a escala cósmica, lo razonable —desde una perspectiva estadística y astrobiológica— es pensar que podrían existir formas de vida aún más distintas, tal vez basadas en bioquímicas que apenas comenzamos a imaginar. Diferentes morfologías, diferentes percepciones, tal vez diferentes modos de conciencia. La diferencia no sería la excepción, sería la norma. Entonces surge la pregunta teológica inevitable: si somos tan distintos entre nosotros y potencialmente tan distintos de otras inteligencias cósmicas, ¿qué significa haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”? Pues, que quizás la semejanza nunca fue anatómica. Nunca fue morfológica. Nunca fue biológica. Tal vez la semejanza es estructural. Desde la física sabemos que todo —una estrella, una neurona, un planeta, una célula, un hipotético ser extraterrestre— está compuesto de los mismos átomos organizados bajo las mismas leyes. Somos materia que piensa. Somos parte de estrellas que reflexiona. En ese sentido, la igualdad profunda no está en la forma, sino en la constitución. La imagen podría no ser el cuerpo, sino la capacidad. Capacidad de conciencia, de preguntarse por el origen, de imaginar futuros que aún no existen. Capacidad de crear significado. Si existieran otras inteligencias en el universo, su diferencia biológica no invalidaría esta semejanza, por el contrario la ampliaría. Porque la semejanza no sería la apariencia, sino la participación en la misma arquitectura cósmica. Y aquí la idea se vuelve aún más audaz, porque si todo en el universo comparte la misma estructura atómica y las mismas leyes físicas, y si de esa estructura emerge la conciencia en algunos lugares, ¿es descabellado pensar que el universo mismo, como totalidad, posea alguna forma de inteligencia o de conciencia? No necesariamente una mente antropomórfica, sino una inteligencia estructural, una coherencia profunda que permite que la materia se organice hasta volverse autoconsciente. En ese escenario, la frase “a imagen y semejanza” adquiere otro significado, ya que no somos copias físicas de lo divino, sino expresiones locales de una inteligencia mayor. Somos nodos conscientes dentro de un sistema vasto que, a través de nosotros —y quizás de otros seres en otros mundos— se contempla a sí mismo. Si en la Tierra la diversidad no contradice la unidad, sino que la enriquece, tal vez en el cosmos ocurra lo mismo. Millones de especies, millones de formas, pero una misma raíz física —los átomos— y tal vez una misma raíz existencial. La pregunta entonces ya no sería si somos iguales a Dios en apariencia, sino si somos parte de un Universo cuya grandeza consiste precisamente en poder generar conciencia en múltiples formas. Y si eso es así, la semejanza no es exclusividad humana. Es un privilegio compartido por toda inteligencia que logre preguntarse: ¿quién soy y de dónde vengo?

 

Guerra o cooperación: el efecto espejo

 

La psicología social nos enseña que ante una amenaza externa la humanidad tiende a cohesionarse. La hipótesis del “enemigo común” ha sido estudiada en contextos de conflictos internacionales. La famosa anécdota de Ronald Reagan y Mikhail Gorbachev ocurrió en la Cumbre de Ginebra de 1985, durante una conversación privada entre los dos líderes. Reagan: dijo “si de repente surgiera una amenaza para este mundo por parte de otra especie, de otro planeta, en el universo... Olvidaríamos todas las pequeñas diferencias locales que tenemos entre nuestros países, y descubriríamos de una vez por todas que realmente somos todos seres humanos aquí en esta Tierra juntos”. ¿Podría una revelación extraterrestre generar un efecto unificador global? Es probable. Pero también podría ocurrir lo contrario, por la competencia por tecnología, por acceso a la información, por supremacía estratégica. Si existiera evidencia de una civilización avanzada, las potencias militares no la ignorarían. La historia humana muestra que todo avance tecnológico significativo —desde la energía nuclear hasta la inteligencia artificial— ha tenido aplicaciones duales, tanto civiles como militares. La interrogante sería entonces ética y política, ¿reaccionaríamos como especie o como bloques rivales?

 

Gobiernos y legitimidad


 

Una revelación confirmada obligaría a redefinir la gobernanza global: ¿Quién habla en nombre de la humanidad? ¿Una nación? ¿Un consorcio científico? ¿La ONU? La arquitectura política actual no fue diseñada para interlocutores no terrestres. Más aún, la transparencia sería inevitable. En la era digital, ocultar información de esa magnitud sería insostenible. La confianza en las instituciones dependería de la claridad con que se compartan los datos. Cuando Obama declara como reales a los UAP, y Trump anunció la desclasificación de ciertos archivos relacionados con fenómenos aéreos no identificados, el gesto fue interpretado por algunos como apertura, por otros como estrategia política. Pero más allá de la motivación, el acto sugiere algo determinante como la presión social por conocer lo que se sabe —o no se sabe— sobre estos fenómenos.

 

¿Por qué el silencio?

 

Si existiera información concluyente y no se hubiera revelado, las razones podrían ser múltiples tales como evitar pánico social. Proteger capacidades tecnológicas. Prevenir desestabilización geopolítica. Confirmar datos antes de un anuncio histórico. La historia muestra que los gobiernos han retenido información cuando consideran que su divulgación puede alterar el orden público. Sin embargo, también muestra que los secretos estructurales tienden a filtrarse. Hasta hoy, no existe evidencia científica pública que confirme contacto o presencia extraterrestre. Lo que existe son fenómenos aún no explicados y una creciente demanda de claridad.

 

El verdadero impacto

 

El mayor cambio no sería tecnológico, sino psicológico. Confirmar que no estamos solos transformaría nuestra narrativa como especie. Redefiniría el concepto de frontera. Alteraría la educación, la filosofía, la ética. Nos obligaría a mirarnos con otra escala. Tal vez el verdadero “primer contacto” no sería con ellos, sino entre nosotros: una humanidad enfrentada a la necesidad de madurar. Porque si el universo está habitado, la pregunta dejaría de ser si creemos o no creemos. La pregunta sería si estamos preparados. Y quizás —como psicólogos y observadores de la condición humana— intuimos que la revelación más profunda no sería descubrir que hay otros, sino descubrir qué tan humanos podemos llegar a ser cuando el cielo deje de ser un límite y se convierta en compañía. Tal vez entonces, por primera vez, la humanidad se reconocería a sí misma como una sola civilización. La frontera sería los límites del planeta. Ellos los seres de otros mundos fuera de la Tierra, y nosotros, los terrícolas, adentro, por ahora.

 

Roger Penrose: Entre agujeros negros y civilizaciones avanzadas


 

Sir Roger Penrose es uno de los físicos matemáticos más influyentes de nuestro tiempo, Premio Nobel de Física, y ha propuesto la idea de que los estados cuánticos superpuestos colapsan espontáneamente cuando alcanzan cierto umbral gravitacional, hipótesis que procura unir la relatividad general y mecánica cuántica. Su obra ha redefinido la comprensión del espacio-tiempo, la geometría del universo y los límites del conocimiento científico. Desde su teoría de la Cosmología Cíclica Conforme, hasta sus reflexiones sobre la conciencia y la información en el cosmos, ha explorado escenarios donde podrían existir civilizaciones extremadamente avanzadas, incluso más allá de nuestro período cósmico. Penrose en relación a las señales extraterrestres invita a ampliar los métodos de búsqueda y a reconocer que nuestros instrumentos actuales podrían ser insuficientes. Mantiene un equilibrio poco común, profundidad sin especulación descontrolada, y mantiene una apertura intelectual sin renunciar a la evidencia. Piensa que la búsqueda de inteligencia extraterrestre debería incluir señales más allá de las convencionales, dado que civilizaciones avanzadas podrían usar medios de comunicación desconocidos para nosotros. Ha abordado las enormes barreras físicas que enfrenta cualquier civilización para viajar o comunicarse a través de distancias interestelares, subrayando que las distancias y los límites impuestos por la relatividad y la energía necesaria, hacen que el contacto con otras inteligencias sea, en muchos casos, extremadamente improbable con nuestros métodos actuales.


 

El último umbral

 

Y, sin embargo, después de recorrer datos, hipótesis, religiones, gobiernos y cosmologías, volvemos al punto más íntimo, el ser humano mirando el cielo. Si mañana se confirmara que no estamos solos, no sería el universo el que cambiaría. Los que cambiaríamos seríamos nosotros. Cambiaría nuestra escala. Cambiaría nuestra soberbia. Cambiaría nuestra narrativa. Tal vez descubriríamos que nuestras guerras han sido discusiones provincianas en un barrio diminuto del cosmos. Que nuestras fronteras eran líneas imaginarias trazadas sobre una esfera azul suspendida en la oscuridad. Que nuestras diferencias religiosas, políticas y culturales eran variaciones internas de una misma conciencia emergente. O quizá —y esto sería lo más hermoso— descubriríamos que la inteligencia no es un accidente raro, sino una propiedad que el universo cultiva con paciencia. Que donde la materia se organiza con suficiente complejidad, despierta. Que el cosmos no solo se expande, también se interroga. Si existen otras inteligencias, no nos disminuirán. Nos ampliarían. Porque la grandeza humana no radica en ser únicos, sino en ser conscientes. Y si otros también lo son, entonces compartimos la misma aventura, como es comprender el misterio del que formamos parte. Tal vez el verdadero “primer contacto” no será un intercambio de tecnología ni un encuentro físico. Será un contacto de imaginación e inteligencias. La toma de conciencia de que pertenecemos a algo infinitamente más amplio que nuestras categorías, más antiguo que nuestras escrituras y más vasto que nuestros temores. Y si el Universo —como intuimos desde la física y la filosofía— es una arquitectura coherente capaz de generar vida y conciencia en múltiples formas, entonces cada ser inteligente, humano o no, sería una ventana por la cual el Cosmos se contempla a sí mismo. En ese momento, la pregunta dejaría de ser: ¿quiénes son ellos? Y se transformaría en algo más profundo: ¿quiénes somos nosotros ante la inmensidad?... Si ese día llega, o si nunca llega, la tarea es la misma: crecer en madurez, en ética, en cooperación, en compasión. Porque antes de recibir cualquier mensaje cósmico, necesitamos aprender a escucharnos en la Tierra. Quizá el Universo nos esté observando. Quizá no. Pero sin duda nos estamos viendo a nosotros mismos. Y es posible esa sea la revelación más decisiva, que el destino de la humanidad no depende solo de si hay otros, sino de si nosotros estamos a la altura de saber que nunca fuimos el centro, sino parte de una conciencia mayor que, a través de millones de formas, intenta comprenderse.

 

Al final…

 

… Y si algo hemos sostenido —con emoción, pero también con reflexión persistente— es que el Universo no es únicamente un escenario, es un protagonista. No lo concebimos como una maquinaria fría, sino como una totalidad viva, una Conciencia Suprema que se despliega en formas, energías y mentes, y de la cual formamos parte no solo como polvo de estrellas, sino como conciencia capaz de reconocerse. Estamos hechos de los mismos átomos que las galaxias y que el Universo, pero además participamos de esa dimensión extraordinaria que es la imaginación. Imaginar el pasado y darle historia, actuar en el presente y darle sentido, y proyectar el futuro para darle dirección y sentido a nuestras vidas. Ese poder —que hasta donde sabemos nos distingue como humanos y quizás también a otras inteligencias del Cosmos— es un atributo para nosotros: ¡Divino! Como es imaginar mentalmente antes de crear en la realidad. Así como la Conciencia Suprema del Universo que, hace aproximadamente 13 mil 800 millones de años, dio origen al Universo que hoy habitamos,  que nosotros recreamos en nuestra mente mundos posibles, ideas, civilizaciones, destinos. Si el Universo se creó a sí mismo en un acto primordial de expansión, nosotros repetimos en miniatura ese gesto cósmico cada vez que imaginamos y creamos y compartimos la vida. Somos parte atómica de esa totalidad, pero también parte consciente de su autoconocimiento. Y en esa red inmensa estamos todos, absolutamente todos, cada ser humano, cada posible inteligencia en otros mundos… Con asombro, con ciencia y con esperanza… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, escríbenos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.

 


 

 

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

Comentarios


21

¡Gracias por suscribirte!

Suscríbete a nuestro boletín gratuito de noticias

Únete a nuestras redes y comparte la información

  • X
  • White Facebook Icon
  • LinkedIn

© 2022 Informe21

bottom of page