¿Quién se ríe del dolor ajeno? El escarnio
¿Cuándo una broma se convierte en ultraje? Desde la casa al aula, exploramos cómo la humillación y el bullying pueden destruir tu confianza… Una consulta y siete casos nos acercan al dolor de la afrenta. ¿Cómo reconocer el acoso, pedir ayuda y recuperar la confianza en los demás?...
Hay risas que acompañan…
… y risas que dejan a alguien solo. Pensemos en una persona que se equivoca al hablar, en un adolescente cuya intimidad circula entre sus compañeros, en un empleado ridiculizado por su jefe frente a los demás. Durante unos instantes, todos parecen compartir algo, excepto quien se ha convertido en el motivo de la diversión. Para los espectadores, quizá será una anécdota. Para la persona que lo sufrió, puede ser un recuerdo al que regresará durante años. El escarnio convierte el desprecio en una representación. Expone a alguien a la burla y convoca a otros a participar, aunque su reciprocidad consista apenas en una sonrisa, un comentario o el reenvío de una imagen. La persona queda reducida a una característica, un error, una acusación o un episodio de su vida. Todo lo demás desaparece, su historia, sus afectos, sus capacidades, sus circunstancias. Como psicólogos, nos interesa lo que ocurre en quien recibe esa humillación, pero también en quien la provoca… y en quienes la celebran. Allí encontramos una relación entre el poder, la pertenencia y la vulnerabilidad que merece examinarse. ¿Qué obtenemos cuando hacemos sentir pequeño a otro? ¿Qué estamos dispuestos a aceptar para seguir formando parte del grupo? Una comunidad también debe revelarse en lugar de que le causa gracia…
La consulta de Estela M., de 18 años

Estela merece acompañarnos durante esta reflexión: ¿cómo empezar una nueva etapa cuando todavía tememos que se repita lo ya vivido? Está a punto de dejar atrás su centro de estudios, pero sigue buscando cómo protegerse de unas miradas que aprendió a temer. Su consulta nos invita a examinar qué ocurre cuando la humillación se convierte en una costumbre compartida y cuánto puede costar recuperar la confianza en los demás… Esta es su historia en sus palabras…
—“Estoy terminando la secundaria y todos me dicen que debería estar feliz. Yo también quisiera estarlo, pero siento más alivio que alegría. Durante los últimos cinco años he tratado de sobrevivir al bullying en mi centro de estudios. Al principio eran apodos y risas cuando participaba en clase. Después vinieron los comentarios sobre mi cuerpo, las imitaciones de mi forma de hablar y los grupos en los que estaban todos menos yo… No ocurría algo terrible cada día. En alguno de ellos no pasaba nada, pero yo llegaba preguntándome cuándo volvería a pasar. Aprendí a quedarme callada, a no levantar la mano aunque supiera la respuesta y a mirar las caras de los demás antes de decir algo. A veces me reía con ellos para que no notaran que tenía ganas de llorar. Creo que por eso algunos pensaban que no me importaba… Intenté pedir ayuda. Me dijeron que los ignorara, que no les diera motivos, que pronto terminaríamos los estudios. Dejé de contar muchas cosas porque me daba vergüenza volver con el mismo problema. Cuando llegaba a casa y me preguntaban cómo me había ido, casi siempre respondía: ‘Bien’… Ahora voy a entrar en la universidad. Quiero estudiar, tener amigos y poder sentarme en una clase sin sentir que alguien me está examinando. Pero cuando imagino el primer día, pienso en dónde deberé sentarme para pasar inadvertida. Me preocupa que alguien se ría y yo crea que es por mí, o que una persona se acerque con buena intención y no pueda confiar en ella… Sé que serán personas diferentes, pero yo sigo sintiendo miedo. He pasado tanto tiempo tratando de no llamar la atención que ya no sé cómo acercarme a alguien siendo yo misma… ¿Cómo puedo evitar que vuelva a ocurrirme? ¿Cómo distingo una broma de una humillación y cómo pongo un límite sin quedarme sola otra vez? A veces me pregunto si hay algo en mí que hace que me traten así, aunque también pienso que nadie debería haberme hecho aquello… Quiero empezar esta nueva etapa sin seguir escondiéndome. ¿Por dónde empezamos?”…
¿Cómo fue la recuperación de Estela?
El psicólogo comenzó por escucharla y explorar, cómo aquellos cinco años de acoso habían afectado su vida, sus relaciones y la valoración de sí misma. También evaluó su estado emocional y sus apoyos. Un punto esencial fue ayudarla a comprender que no era culpable del maltrato recibido ni del haber tenido miedo, callarse o reír para disimular, porque fueron formas de intentar protegerse. Durante el proceso trabajaron los pensamientos que la acompañaban incluso fuera del colegio: ‘se van a burlar’, ‘es mejor que no hable’, ‘hay algo malo en mí’. Aprendió a reconocerlos como expectativas relacionadas con lo vivido, que podían examinarse a la luz de nuevas experiencias. Practicó maneras de expresar desacuerdo, poner límites y pedir ayuda. Prepararon, además, su ingreso a la universidad. Así, identificaron personas y servicios de apoyo, cómo acercarse gradualmente a compañeros y participar en actividades que le interesaran, sin exigirse confiar inmediatamente en todos. La recuperación tuvo avances y momentos difíciles. Una risa en clase todavía podía inquietarla, pero comenzó a detenerse antes de concluir que se estaban burlando de ella. Poco a poco hizo amistades, volvió a preguntar cuando no entendía y pudo contar lo que había vivido sin sentir que aquello la definía. El tratamiento no podía garantizar que nunca encontraría a alguien cruel. La ayudó a reconocer el maltrato, buscar protección y comprender que no tenía que afrontarlo sola. También le permitió descubrir que había relaciones en las que podía sentirse respetada. Al final, un día le contó al psicólogo que había levantado la mano en clase. Se había equivocado en una respuesta, escuchó la explicación de la profesora y siguió participando. Para otros habría sido un episodio corriente. Para Estela, era una parte de su vida que estaba recuperando…
Escarnio en el trabajo. Comentario de Mariana, 36 años, Madrid: “Mi jefe proyectaba en la pantalla los errores de mis informes y hacía comentarios para que los demás se rieran. Cuando algo salía bien, pasaba al siguiente tema. Acabé revisando cada informe tantas veces que me retrasaba con las entregas, y entonces también se burlaba de mi lentitud. Lo peor era oír ‘no te lo tomes como algo personal’ de compañeros que acababan de reírse. Ahora trabajo en otra empresa, pero todavía me pongo nerviosa cuando me dicen que quieren hablar conmigo”.
La herida de quedar expuesto

Nuestra vida se construye, en parte, bajo la mirada de los demás. Desde niños buscamos reconocimiento, protección y un lugar entre quienes nos rodean. Por eso, ser señalado públicamente puede tocar algo más profundo que el orgullo como es la confianza de que podemos estar con otros sin convertirnos en un blanco. Quien ha sido objeto de escarnio puede empezar a vigilar sus palabras, sus movimientos o su apariencia. Antes de participar, se pregunta si volverán a reírse. Antes de confiar, recuerda quién compartió su intimidad. Incluso puede reír junto a los demás para disimular cuánto le duele. No todos reaccionan igual. El significado de la experiencia depende de su intensidad, su repetición, la relación con quienes intervienen y el apoyo disponible. Una burla aislada y una campaña sostenida de humillación no son experiencias equivalentes. Tampoco lo son una broma entre personas que pueden responder en igualdad de condiciones y la ridiculización de alguien que teme perder su empleo, sus amistades o la protección de su familia. Conviene, además, distinguir la culpa de la vergüenza. Las investigaciones de June Price Tangney y sus colaboradores han descrito una diferencia relevante, la culpa suele centrarse en una conducta —“hice algo malo”—, mientras que la vergüenza puede comprometer la valoración global de uno mismo —“soy malo”, “no valgo”—. La primera puede favorecer la reparación; la segunda puede acompañarse de ocultamiento, retirada o respuestas defensivas. Son tendencias, no destinos inevitables. Desde esta perspectiva, cabe preguntarse qué enseñamos cuando humillamos a alguien para que “aprenda”. ¿Le ayudamos a comprender las consecuencias de sus actos o le hacemos sentir que toda su persona merece desprecio?
Con su pareja. Comentario de Lucía, 29 años, Bogotá: “Delante de otras personas se ponía a contar cosas íntimas mías, de mis miedos, algo que yo había dicho en la cama o una pregunta que le había hecho porque no sabía la respuesta. Todo lo volvía un chiste y los demás se reían. Yo sonreía para no ponerme a pelear ahí, delante de todo el mundo. Después, cuando estábamos solos, le pedía que no volviera a hacerlo y me salía con que conmigo ya no se podía ni hacer un chiste, que yo me tomaba todo a pecho. Poco a poco dejé de contarle mis cosas. Me sentía sola hasta cuando estaba con él”…
Quiénes se ríen
Sería cómodo atribuir el escarnio exclusivamente a personas crueles. Nos permitiría observarlo desde lejos, convencidos de que nunca participaríamos. Sin embargo, también puede aparecer entre quienes se consideran amables, justos y respetuosos.
A veces, alguien se suma para ser aceptado. Otras veces, por temor a convertirse en el próximo blanco. Puede haber resentimiento, deseo de protagonismo o satisfacción al ver caer a quien parecía superior. También existe la posibilidad de no detenerse a pensar, o que la escena resulta graciosa, el grupo se ríe y la persona concreta se pierde detrás del chiste. Estas son posibles motivaciones, no diagnósticos. No podemos deducir la personalidad de alguien a partir de una burla. Sí podemos examinar su conducta y preguntarnos qué función cumple en esa relación. Hay una escena especialmente reveladora, alguien expresa que se sintió herido y recibe como respuesta “no aguantas una broma”. En ese momento, quien hizo daño se atribuye también la facultad de decidir cuánto debería dolerle al otro. El reclamo queda convertido en un nuevo motivo de ridiculización. El humor necesita libertad. También necesita sensibilidad para advertir cuándo dejó de ser compartido.
Entre amigos. Comentario de Andrés, 24 años, Caracas: “En mi grupo de panas siempre me agarraban a mí de mamadera de gallo. Se metían con mi estatura, con mi trabajo y con que nunca me alcanzaban los reales para salir con ellos. Durante mucho tiempo me calé eso porque también pasábamos buenos ratos. Cuando por fin les dije que estaba cansado, uno me respondió: ‘Epa, pero si tú siempre te has reído. ¿Ahora sí te molesta?’. Y era verdad que me reía, pero muchas veces era para disimular. Por dentro lo que quería era que me dejaran tranquilo”.
La multitud en el bolsillo
En las redes sociales, una humillación puede llegar a personas que desconocen por completo a alguien que aparece en una imagen. Un fragmento de video, una frase recortada o una fotografía bastan para construir una sentencia. La incertidumbre sobre lo sucedido puede quedar sepultada bajo la seguridad con que todos opinan. En un estudio publicado en Science Advances en 2021, William Brady y sus colaboradores encontraron que las recompensas sociales y las normas del grupo podían amplificar la expresión de indignación moral en redes. El trabajo examinó la expresión de esa indignación, y no demuestra que toda denuncia sea hostigamiento ni que toda persona indignada disfrute humillando. Sí ayuda a comprender cómo la aprobación de los demás puede estimular ciertas formas de expresión pública. A partir de ello proponemos que cuando el comentario más hiriente recibe mayor atención, puede surgir una competencia por aumentar la dureza. Cada participante aporta algo aparentemente pequeño. Para quien recibe el ataque, esas intervenciones llegan juntas. Antes de compartir, podríamos preguntarnos qué añade nuestra participación. ¿Aporta información? ¿Protege a alguien? ¿Ayuda a esclarecer un abuso? ¿O simplemente prolonga la exposición de una persona que ya está siendo humillada?...
En la vida pública. Patricia, 47 años, chilena: “En una entrevista me quedé en blanco unos segundos. Recortaron justo esa parte y empezaron a compartirla en las redes con insultos y burlas sobre mi capacidad y mi apariencia. Podían cuestionar mis propuestas… yo estaba dispuesta a dar la cara y responder. Pero terminé viendo a gente que no me conocía opinar hasta de cómo movía la boca. A mis hijos les llegó el video. Eso me dio mucha pena. Durante semanas, antes de salir de la casa, pensaba: “¿Y si alguien me reconoce y se empieza a reír de mí? Me daba nervio hasta ir a comprar”…
La crítica y la dignidad
Rechazar el escarnio exige conservar intacto el derecho a denunciar. Hay abusos que necesitan hacerse públicos y responsabilidades que deben exigirse con firmeza. Una denuncia puede producir vergüenza o afectar una reputación sin que por ello constituya un acto de crueldad. La distinción requiere examinar los hechos, el propósito, los medios y la proporción. Investigar una conducta, contrastar una declaración o reclamar una reparación tiene una finalidad reconocible. Burlarse del cuerpo de alguien, exhibir intimidades irrelevantes o perseguir a sus familiares añade sufrimiento sin esclarecer lo ocurrido. Tampoco basta con llamar escarnio a cualquier crítica incómoda. Quien ejerce poder debe responder por sus decisiones. La sátira puede cuestionar la arrogancia, revelar contradicciones y abrir espacios de libertad. Sin embargo, su valor crítico no convierte automáticamente cualquier ataque en una contribución al debate. Una persona puede haber cometido una falta grave y seguir siendo una persona. Reconocerlo permite exigir responsabilidades sin concedernos un permiso ilimitado para degradarla. La dignidad humana debe poder sostenerse también cuando nos resulta difícil reconocerla en alguien.
En la familia, hasta por los padres. Comentario de Elena, 40 años, Buenos Aires: “En las reuniones familiares, mis viejos contaban mis errores como si fueran las anécdotas más divertidas de mi infancia. Mi mamá imitaba cómo lloraba y mi papá decía que yo siempre había sido ‘la menos avispada’. Si les pedía que pararan, me contestaban: ‘Dale, no te pongas así, si te lo decimos con cariño’. Crecí pensando mil veces las cosas antes de abrir la boca. Todavía hoy, cuando tengo algo importante para contarles, ensayo cómo decirlo para que no encuentren algo de qué burlarse”.
Lo que podemos interrumpir
Frente al escarnio, no siempre hace falta un discurso. A veces basta con no reenviar, cambiar el tono de una conversación o decir: Eso que ocurrió merece discutirse, pero no hace falta humillarlo. Quien ocupa una posición de autoridad tiene una responsabilidad particular. Un padre, un docente o un jefe puede marcar un límite sin convertir la corrección en una exhibición. El hecho de tener razón sobre una conducta no vuelve acertada cualquier manera de señalarla. También importa acercarse a quien quedó expuesto. Escuchar sin minimizar, evitar que tenga que repetir su experiencia ante todos y preguntarle qué necesita, todas son formas de devolverle algo que la humillación suele arrebatar, como la capacidad de decidir sobre sí mismo. Si hemos participado, la reparación comienza por reconocerlo con precisión. Lo correcto es decir “Te ridiculicé delante de otros” porque se asume una responsabilidad y no comentar que “lamento que te hayas sentido mal”. Cuando el daño se hizo público, puede ser necesario rectificar ante quienes lo presenciaron, cuidando de no exponer nuevamente a la persona afectada.
Por sus propios profesores. Comentario de Gabriel, 21 años, mexicano: “Me costaba leer en voz alta y un maestro me hacía repetir las palabras mientras se burlaba de cómo me trababa. Algunos compañeros empezaron a hacer lo mismo. Yo sabía que necesitaba mejorar, pero dejé de preguntar porque me daba pena que otra vez se rieran de mí. A veces me hacía como que estaba buscando una página para no levantar la mirada. Años después, una maestra me dejó terminar una exposición sin interrumpirme y, al final, me explicó a solas qué podía mejorar. Me acuerdo de que salí de esa clase con ganas de volver a intentarlo”…
Cuando el escarnio se convierte en acoso
El escarnio puede ser una de las herramientas del bullying o acoso entre pares. Convirtiendo una conducta agresiva que se repite y en la que existe un desequilibrio de poder. Esa superioridad puede depender de la fuerza física, la popularidad, el respaldo de un grupo o la posesión de información íntima. No toda burla aislada constituye bullying, aunque pueda ser dolorosa y requiera atención. Pensemos en el niño al que cada mañana reciben con un apodo que detesta, en la adolescente cuyas fotografías se utilizan para ridiculizarla o en el estudiante al que excluyen mientras los demás celebran su soledad. Para ellos, la humillación puede convertirse en una amenaza anticipada, antes de llegar a clases, ya se preguntan qué les harán ese día. En estas situaciones, el escarnio cumple una función dentro del grupo ya que señala a quién se puede maltratar y advierte a los demás del precio de quedar en su lugar. Quienes observan también forman parte de esa dinámica. Algunos celebran, otros —lo peor— callan por miedo. Por eso, prevenir el acoso requiere ofrecer condiciones seguras para que alguien pueda pedir ayuda o defender a un compañero sin convertirse en el siguiente blanco. Cuando ocurre mediante mensajes, publicaciones o imágenes hablamos de ciberacoso. Una sola publicación puede ser compartida muchas veces y prolongar la exposición. La casa, que debería ofrecer una pausa, deja de proteger por completo. El smartphone permite que la agresión alcance a la persona en su habitación. Como adultos, debemos revisar expresiones como “son cosas de niños”, “tienes que hacerte fuerte” o “ignóralos y se cansarán”. Pueden dejar a quien sufre con la impresión de que le corresponde resolver a solas una situación que lo supera. Escuchar, tomar en serio lo que relata e intervenir para detener el maltrato son responsabilidades de quienes están a cargo de su protección. También debemos enseñar a quien agrede, a reconocer el daño, asumir consecuencias y cambiar su conducta. Humillarlo públicamente como castigo reproduce la misma lógica que pretendemos corregir. La intervención necesita firmeza, seguimiento y una atención clara a la seguridad de quien ha sido acosado. Ningún niño debería tener que demostrar cuánto sufrimiento puede soportar para merecer un lugar entre sus compañeros.
Por la policía. Comentario de Ricardo, 32 años, mexicano residente en California: “Me pararon en la calle para pedirme mis documentos. Uno de los policías empezó a burlarse de mi ropa y a preguntarme, delante de la gente, si de veras tenía trabajo. Yo le contestaba con mucho cuidado porque no sabía cómo se iba a poner si le reclamaba. Revisaron mis papeles y me dejaron ir. No dije nada más. Después me dio coraje conmigo mismo por haberme quedado callado, pero en ese momento lo único que quería era llegar a mi casa”…
Al final…
… Es posible que muchos conservemos el recuerdo de una risa que nos dejó indefensos. O lo que ocurrió en un salón de clases, durante una comida familiar, o frente a personas cuya aprobación deseábamos. Es probable que nadie más recuerde la escena. Pero quien la experimentó, sí. También podemos recordar a quien se sentó a nuestro lado, cambió la conversación o se negó a celebrar. Ese gesto no borró lo sucedido, pero nos permitió descubrir que la mirada de los demás podía contener algo distinto del desprecio, el aprecio. Antes de sumarnos a la próxima burla, pensemos en la persona que deberá seguir viviendo cuando el espectáculo termine. En cómo volverá a su casa, en lo que podrá decirles a sus hijos, en el esfuerzo que quizá le cueste presentarse de nuevo ante quienes se rieron. Todos podemos equivocarnos. Todos podemos necesitar que alguien nos confronte. Y todos deberíamos conservar la posibilidad de aprender, reparar y continuar sin quedar reducidos para siempre a nuestro momento más vulnerable. La próxima vez que una multitud se ría de alguien, todavía podremos decidir qué lugar ocupar. Nunca sabremos cuánto puede significar para alguien que dejemos de reír, que le hagamos un lugar a nuestro lado, o que le preguntemos cómo está. Tal vez esa persona lleve años esperando poder responder con sinceridad, sin tener que sonreír para protegerse. Ojalá, cuando alguien recuerde el día en que todos se burlaron, también pueda traer a la memoria nuestro rostro y decir: “Esa persona se quedó conmigo”. A veces, la confianza empieza a regresar así, cuando alguien nos demuestra que, incluso en nuestro momento más vulnerable, seguimos mereciendo respeto, compañía y cariño. Lo mejor que podemos hacer en acompañar a quien está posiblemente en su peor momento… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.

(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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