¿Podemos ser felices al vengarnos?
¿La venganza cura una herida o la mantiene abierta? Del dolor personal al de la guerra, o cómo exigir justicia sin renunciar a ser feliz… Del ojo por ojo a la revancha política: cómo el deseo de castigar puede gobernar la vida y por qué la justicia necesita límites y humanidad.
¿Alguna vez quisiste vengarte?...
¿De alguien que te humilló en el trabajo, de una pareja que te traicionó, de tus padres por una herida que todavía duele, de un amigo que terminó convirtiéndose en enemigo? ¿De algún autócrata que te obligó a salir de tu país o permanecer pero sojuzgado?... Probablemente imaginaste qué responder y dónde golpear con las palabras, cómo para conseguir que sintiera algo parecido a lo que tú sufriste. Y si llegaste a hacerlo, ¿de verdad te sentiste mejor después? ¿Cuánto duró ese alivio? ¿El dolor se fue o siguió contigo cuando el otro ya había pagado?... Estas preguntas pueden incomodarnos porque en toda venganza conviven una herida y una tentación como creer que el sufrimiento del otro podrá reparar el nuestro. Su promesa es seductora, supone que cuando el otro pague por lo que hizo, volveremos a estar en paz. Sin embargo, ninguna represalia devuelve por sí sola el daño sufrido. Puede castigar al causante, pero no garantiza que sane quien fue lastimado… Allí comienza uno de los dilemas más antiguos de la humanidad ¿qué debemos hacer con el dolor que alguien nos ha provocado? Creemos que esto atraviesa la intimidad y la vida misma. Se encuentra en una pareja que se separa, en una familia que transmite un resentimiento, en un pueblo humillado o en un político que confunde una crítica con una agresión contra la nación. Para abordarla necesitamos distinguir tres cosas que con frecuencia se mezclan: sentir indignación, exigir justicia y desear venganza.
Cuando el dolor quiere devolver el golpe
La venganza no es, en sentido estricto, una emoción básica, es una motivación orientada a devolver un daño por una ofensa percibida, que puede convertirse en una acción. Puede alimentarse de ira, vergüenza, humillación, tristeza o resentimiento. También puede prepararse con paciencia y aparente frialdad. No toda ira busca venganza y no toda venganza se ejecuta en un arrebato. La investigación la estudia en distintos niveles: en personas, relaciones, grupos y culturas. Desde una perspectiva evolutiva, la venganza pudo surgir como una forma de protección, porque al responder al daño se advertía al agresor que repetirlo tendría consecuencias. El modelo de McCullough y colaboradores lo plantea así: la represalia habría contribuido a disuadir nuevos ataques. Pero aquello que pudo ayudarnos a sobrevivir no siempre nos ayuda a convivir. Comprender sus raíces no significa justificar sus frutos. Una ofensa, además, puede ser real, exagerada o imaginada. Sentirse agraviado demuestra la existencia de una vivencia, pero no demuestra que otra persona sea culpable de ello. Esta distinción se vuelve decisiva cuando quien se siente herido dispone de un ejército, una fiscalía o millones de seguidores...
¿Queremos justicia o queremos que sufra?
Cuando alguien nos hace daño, es comprensible que queramos verlo responder por lo ocurrido. Pero entre pedir justicia y buscar venganza hay una diferencia que el dolor puede volver difícil de reconocer. La justicia necesita averiguar qué pasó, quién fue responsable y qué pruebas existen. También exige escuchar al acusado y respetar sus derechos, aunque nos resulte incómodo. La venganza parte de una certeza personal: “Me hizo sufrir y ahora le toca a él”. La diferencia está en quién aplica el castigo. Un ciudadano puede reclamar justicia y un gobierno puede utilizar su poder para vengarse. Una investigación deja de servir a la verdad cuando solo busca justificar una condena decidida de antemano. Y un tribunal pierde su razón de ser cuando recibe instrucciones sobre a quién debe castigar. Sentir alivio ante una condena justa no nos convierte en personas vengativas. Es humano necesitar que se reconozca el daño y que el responsable asuma las consecuencias. La justicia puede castigar, incluso con severidad, pero debe hacerlo con pruebas y límites, sin convertir la humillación en un espectáculo ni el sufrimiento en un fin. Que respondemos si nos preguntan si ¿aceptaríamos las mismas reglas si el acusado fuera alguien a quien queremos y la víctima alguien a quien detestamos? Nuestra respuesta puede revelar cuánto buscamos justicia y cuánto deseamos que gane nuestro resentimiento…
El caso de Sandra: “Quiero que les duela como me duele a mí…”
Sandra M., acude al psicólogo porque siente angustia y desespero porque su amiga y su pareja la “traicionaron” y quiere vengarse para sentirse mejor…
Sandra se sentó y dejó el teléfono sobre sus piernas… y explicó…
—Son unos traidores. Él me dejó porque se enamoró de ella. Y ella era mi amiga. ¿Cómo pudieron hacerme esto?
El psicólogo la escuchó sin interrumpirla.
—¿Qué es lo que más te duele?
Sandra tardó en responder.
—Todo. Perderlo. Imaginar que están juntos. Pensar en las cosas que yo le contaba a ella… Me siento humillada.
—Has perdido una relación de pareja y también la confianza en una amistad. Es mucho dolor al mismo tiempo, dijo el psicólogo…
—Por eso quiero que lo paguen. Quiero que les duela como me duele a mí.
—¿Has pensado qué harías?
—Publicar los mensajes. Contarle a todo el mundo cómo son. A veces paso horas escribiendo cosas que después borro.
—¿Has pensado en hacerles daño físicamente?
—No. Quiero que sientan vergüenza. Que no puedan estar tan felices mientras yo estoy así.
El psicólogo hizo una pausa.
—¿Y cómo están siendo tus días?
—Reviso si se conectan, miro sus fotos, pregunto por ellos. Por la noche, imagino lo que voy a decirles. Casi no pienso en otra cosa.
—Sandra, me parece que incluso cuando no están contigo, siguen ocupando casi todo tu tiempo en ellos.
Sandra comenzó a llorar.
—Es que sin el amor de él no sé si podré vivir.
—Quiero tomar en serio lo que acabas de decir. ¿Quieres decir que no imaginas cómo seguir sin él o has pensado en hacerte daño o quitarte la vida?
—No quiero morirme. Quiero dejar de sentir esto. Pero no sé cómo.
—Gracias por decírmelo. Si eso cambia y aparecen deseos de hacerte daño, necesitamos buscar ayuda inmediata y que no lo atravieses sola. Ahora podemos empezar por ese dolor que parece no darte descanso.
Sandra se secó las lágrimas.
—¿Me va a pedir que los perdone?
—No voy a exigir que perdones. Podemos trabajar para que recuperes tu vida, aunque hoy no puedas perdonarlos. Tampoco tienes que volver a hablar con tu amiga ni fingir que lo ocurrido no importa.
—Pero si no hago nada, ellos ganan…
—Entiendo que se sienta así. ¿Qué significaría para ti ganar?
—Que él se arrepienta. Que vuelva.
—Eso depende de él. Si tu tranquilidad queda condicionada a su arrepentimiento, sigues esperando que sea él quien decida cuándo puedes sentirte mejor.
—¿Y vengarme no me ayudaría?
—Podría darte una satisfacción momentánea. Pero también podría traer nuevos enfrentamientos, exponerte y mantenerte pendiente de sus reacciones. Publicas algo y después necesitas saber si lo vieron, si les dolió, si respondieron. El vínculo continúa a través del conflicto…
Sandra miró el teléfono.
—Es exactamente lo que hago. Hasta cuando subo una foto mía, pienso en si él la verá.
—Podemos empezar por ahí: recuperar pequeños espacios que no estén dirigidos a él.
—¿Cómo?
—¿Qué te parecería silenciar sus cuentas por un tiempo? Si hay asuntos prácticos pendientes, podemos pensar cómo resolverlos con un contacto limitado. No necesitas decidir hoy qué harás para siempre.
—Me va a costar.
—Sí. Y podemos trabajar con esa dificultad. También quisiera saber quién puede acompañarte estos días y qué has dejado de hacer desde la ruptura.
—He dejado de caminar con mi hermana. Casi no le contesto.
—¿Podrías llamarla hoy? No para obligarte a estar alegre. Para decirle cómo estás y dejar que te acompañe.
Sandra asintió.
—¿Y si nunca vuelvo a ser feliz?
—Hoy te cuesta imaginar la felicidad porque estás viviendo una pérdida. No tenemos que resolver toda tu vida esta mañana. Podemos ayudarte a pasar este día con más apoyo y a ir recuperando lo que el dolor ha desplazado. Tu capacidad de amar, tus vínculos y tus posibilidades no terminaron con la decisión de él, no la tuya. A ti te toca decidir qué vas a hacer en tu vida…
Antes de salir, Sandra guardó el teléfono en el bolso. No había perdonado. Tampoco había dejado de quererlo. Pero decidió llamar a su hermana antes de volver a mirar las fotografías de la pareja. Era un gesto pequeño. Por primera vez en varios días, iba a hacer algo que no buscaba provocar una reacción en ellos, sino encontrar compañía para sí misma. En las siguientes consultas, el psicólogo acompañó a Sandra a reconocer lo que había perdido. En la consulta podían hablar de esas recaídas sin convertirlas en un fracaso. El psicólogo la ayudó a establecer límites.
También examinaron una frase que Sandra repetía: “Si él la eligió a ella, es porque yo no valgo suficiente”.
—Que él haya terminado la relación habla de una decisión suya —le señaló el psicólogo— y le preguntó ¿Cómo llegaste a que una decisión de él sea una condena sobre todo lo que tú eres?... Sandra comenzó a reconocer cuánto había puesto su propio valor en sentirse elegida por él. Recordó capacidades, afectos y proyectos que existían antes de aquella relación y que seguían allí, aunque los hubiera descuidado. El psicólogo no le pidió que dejara de necesitar amor, la acompañó a construir una vida cuyo sentido dependiera más de ella misma que de otra persona. Igualmente su confianza en sí misma aumentó sin esperar a que desapareciera todo el dolor. En las consultas hubo lugar para llorar, enojarse y reconocer lo que había sido valioso en la relación. No necesitaba convertir todos sus recuerdos en una mentira para aceptar que había terminado. Con el paso de los meses, Sandra dejó de contar los días desde la separación. Fue aceptando que algunas pérdidas no se resuelven recuperando a las personas, sino aprendiendo a vivir con su ausencia y a elegir de otra manera las relaciones que vendrán. No recuperó aquella amistad. Tampoco volvió con él.
—No sé si los he perdonado —dijo en una de las últimas sesiones—. Pero ya no quiero dedicarles mi vida… El psicólogo le preguntó qué deseaba para sí misma, y Sandra habló de un viaje con su hermana, de un proyecto de trabajo y de las fotografías que quería tomar. Por primera vez, pudo imaginar el futuro sin colocar a su expareja en el centro. La tristeza fue encontrando un lugar menos invasivo. Volvió a sentir curiosidad, compañía y alegría, sin necesitar otra pareja como prueba de que era digna de amor. Un día se descubrió haciendo planes para el fin de semana y comprendió que no se había preguntado si él era feliz. Ella estaba empezando a serlo…
¿Por qué no vengarnos?
Porque el sufrimiento del otro no garantiza el fin del nuestro. Todo lo contrario, si antes compartíamos con alguien en sentido positivo pasamos a depender de esa persona o entidad en sentido negativo, de vivir con amor a hacerlo con odio, sea individual o social. Podemos conseguir dañar pero no recuperaremos nada de lo que perdimos. Y lo más peligroso es que la represalia puede provocar otra contra nosotros, alcanzar a personas inocentes y llevarnos a cometer actos que después nos cueste reconocer como propios. Mientras calculamos cómo herir a quien nos hirió, esa persona sigue ocupando nuestros pensamientos y decidiendo, aunque esté ausente, buena parte de nuestros días. No estamos proponiendo resignación. Si hubo algún perjuicio o delito siempre podemos denunciar, reclamar justicia, poner distancia y cerrar una puerta. Tampoco tenemos que apresurarnos a perdonar. Pero merecemos la oportunidad de construir una vida que no dependa de contemplar la desgracia ajena. El dolor que nos causaron merece una respuesta, nuestra vida algo más que dedicarla a devolverlo. Una vez un familiar y veterano anciano dijo: “Si alguien te hace daño, nunca te vengues. Siéntate en el portal de tu casa y verás pasar a tu enemigo en las peores condiciones”. Durante años hemos pensado en aquellas palabras. La vida no siempre castiga a quien nos hiere, ni tenemos por qué quedarnos esperando su desgracia. Pero conservamos la enseñanza de no entregar nuestros días a la venganza. Hoy le añadiríamos algo a su consejo: siéntate un momento, toma aire… y después levántate a vivir. Tu felicidad y tu vida no puede depender de ver pasar la desdicha de otro…
La venganza y las religiones
Al remontarnos al Pentateuco —antiguo testamento— encontramos la fórmula célebre en Éxodo 21:23-25, Levítico 24:19-20 y Deuteronomio 19:16-21, donde queda claro el resarcimiento: “Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe”. Pero el “ojo por ojo” no comenzó allí, sino en el Código de Hammurabi, en la antigua Mesopotamia, que, ya recogía sanciones equivalentes. En aquellos ordenamientos, la respuesta debía guardar relación con el daño. Hay una precisión fundamental para hablar de la cultura judía: La tradición rabínica interpretó la fórmula, en materia de lesiones, como compensación económica. El Talmud, en Bava Kamma 83b-84a, desarrolla argumentos contra la equivalencia corporal literal a favor de la reparación monetaria.
En el islam
Se presenta también una relación entre responsabilidad, proporcionalidad y misericordia. El Corán 5:45 ratifica la disposición bíblica y la complementa. El pasaje 2:178 regula la respuesta al homicidio y reconoce el perdón y la compensación. Se admite una respuesta equivalente al mal recibido, se reconoce a quien se defiende de una injusticia y se elogia a quien perdona y reconcilia.
El amor hacia los enemigos
Jesús de Nazaret, aunque nació y murió judío lleva la discusión hacia una exigencia radical. En Mateo 5:38-48 retoma el talión y enseña a no devolver la agresión del mismo modo, a ofrecer la otra mejilla y a amar a los enemigos: “Oísteis que fue dicho Ojo por ojo, y diente por diente… Pero yo os digo a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”, y agregó: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”.
El budismo
Ofrece otro modo de interrumpir la repetición. Los versos iniciales del Dhammapada describen la mente aferrada al recuerdo de haber sido insultada, golpeada o despojada. El verso 5 es clave: “En este mundo, el odio jamás se aplaca con más odio. Solo la ausencia de odio lo aplaca. Esta es una ley eterna”. El agravio importa, pero también importa lo que hacemos al alojarlo una y otra vez en nuestra conciencia. Podemos leer allí una intuición psicológica: el recuerdo se vuelve prisión cuando toda la vida comienza a organizarse alrededor del ofensor. Abandonar el odio no exige negar los hechos. La compasión puede acompañar una acción firme para impedir el daño. Y sería igualmente inexacto suponer que toda sociedad de tradición budista ha vivido conforme a ese ideal…
En el hinduismo
Una tradición plural, el Karma es lo vital. El término se relaciona con la acción y, en distintas escuelas, con sus consecuencias morales, que pueden extenderse más allá de una vida. Las interpretaciones difieren. Se trata de una doctrina religiosa y filosófica, que nos permitiría predecir lo que sufrirá quien nos perjudicó. Bhagavad Gita incluye la ausencia de ira, la no violencia y el perdón entre las cualidades virtuosas. En 2:62-63 describe cómo el apego puede conducir al deseo, a la ira y a la pérdida de discernimiento. Los hindúes creen en que el “Karma se encargará” y que puede ayudar a alguien a desistir de una venganza por una parte y de promover el bien común. Un monje una vez nos explicó: El Karma predica que si hacemos suficiente bien en esta misma vida recibiremos bendiciones y dicha, incluso antes de partir y que si hacemos suficiente mal el Karma te alcanzará con tu propia desgracia. Por lo que debes dejar de pensar en la venganza, porque si significa pasar los días esperando el infortunio ajeno, el resentimiento permanecerá intacto, y ese sería tu propio Karma.
La venganza en la política
Cuando un gobernante utiliza el poder para saldar cuentas, su resentimiento puede convertirse en el sufrimiento de millones de personas. Durante la férrea dictadura de Francisco Franco se prolongó la persecución de los vencidos después de la Guerra Civil española. Lenin recurrió al Terror Rojo contra enemigos reales o supuestos. Su sucesor Stalin convirtió las purgas en un instrumento de eliminación de adversarios, incluidos sus antiguos camaradas. Mao alentó durante la Revolución Cultural la persecución y humillación de quienes eran señalados como enemigos. No podemos explicar esas políticas únicamente por la venganza personal porque también intervinieron la ideología, el control social y la conservación del poder. Pero muestran lo que ocurre cuando el gobernante decide usar la revancha para castigar a quien según su entender merece ser castigado y deja a sus víctimas sin protección… En Cuba, Fidel Castro consolidó un sistema vengativo que castigaba la disidencia con fusilamiento, cárcel y otras formas de represión. En Venezuela, bajo Hugo Chávez, la lista Tascón se utilizó para discriminar a ciudadanos que habían firmado la solicitud para un referéndum revocatorio de su mandato, afectando su acceso a empleos y oportunidades públicas. Naciones Unidas insta a que se rindan cuentas en Venezuela por crímenes de lesa humanidad. Convertir una opinión o una firma en motivo de castigo transmite un mensaje, quien desafía al poder debe pagar por ello. La tentación también aparece en democracias, aunque sus instituciones pueden ofrecer resistencia. Las listas de enemigos del entorno de Richard Nixon y sus intentos de utilizar el aparato fiscal contra sus adversarios constituyen una advertencia. Donald Trump llevó a la venganza como una promesa electoral cuando incorporó esa promesa al lenguaje electoral. En marzo de 2023 proclamó ante la conferencia CPAC: “I am your retribution”, una expresión que en aquel contexto puede traducirse como “Yo soy vuestra revancha”. En noviembre de 2025, una investigación de Reuters contabilizó al menos 470 personas, organizaciones e instituciones señaladas como objetivos de represalias durante su segunda presidencia, ya que describió medidas contra fiscales, despachos de abogados y otros adversarios percibidos, y desde el poder se ha venido aplicando a sus adversarios y hasta a los medios de comunicación que critican a su gobierno. El peligro comienza cuando un dirigente ofrece castigar a quienes sus partidarios detestan y convierte sus propias disputas en una causa nacional… En Oriente Medio, la palabra ha sido explícita: Benjamín Netanyahu prometió una “poderosa venganza” después de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. Ataques que a su vez se hicieron —según Hamás— como una venganza contra el pueblo de Israel. El ayatolá Alí Jamenei presentó como un deber vengar la muerte de Ismail Haniyeh en 2024. Estas declaraciones permiten reconocer una retórica vengativa, aunque no expliquen por sí solas todas sus decisiones. El riesgo es que el dolor colectivo se transforme en una autorización para causar más dolor. Esa retórica también se escucha en las concentraciones. Durante las ceremonias fúnebres de Alí Jamenei en Teherán, en julio de 2026, la prensa documentó demandas de venganza y consignas de “muerte a Estados Unidos” y “muerte a Israel”... Un gobernante tiene la responsabilidad de proteger a su pueblo, convertir sus heridas en combustible para la venganza puede condenarlo a seguir sangrando… Y no podemos dejar de mencionar la Francia revolucionaria, cuando Maximilien Robespierre fue el principal dirigente del período conocido como el Terror. La defensa de la revolución sirvió para justificar la persecución y ejecución de quienes eran considerados sus enemigos. Su caso muestra cómo la convicción de encarnar el bien puede legitimar la crueldad, cuando un poder se atribuye la virtud, corre el riesgo de tratar toda discrepancia como una traición. El propio Robespierre terminó en la guillotina, atrapado en la violencia política que había contribuido a sostener después de crear lo que hoy se denomina el terrorismo de estado que un sinnúmero de Estados lo siguen practicando en buena medida en el presente… Nuestra interpretación es que la promesa de revancha establece un vínculo político especialmente peligroso ya que el líder autocrático se ofrece como ejecutor del resentimiento de sus seguidores. Desde nuestra perspectiva psicológica, el peligro aparece cuando la repetición colectiva convierte la represalia en una prueba de pertenencia: quien pide prudencia puede quedar expuesto a ser considerado desleal. Cuando vengar a los muertos se transforma en un deber sagrado e innegociable, la negociación puede presentarse como traición, y el adversario dejar de ser reconocido como un ser humano. El mecanismo resulta devastador cuando el duelo se convierte en obligación de producir otro duelo. La pregunta deja de ser cómo proteger a quienes viven y pasa a ser, cuánto debe sufrir el enemigo para que nuestros muertos hayan sido honrados. Pero los muertos no necesitan nuevos niños muertos. Quienes necesitan protección son los vivos…
¿Qué ocurre en nosotros con la venganza?
La neurociencia ayuda a comprender la seducción de castigar a quien nos haga daño. Investigadores observaron, mediante tomografía por emisión de positrones, activación del estriado dorsal cuando los participantes podían imponer un castigo efectivo a quien no había aceptado la cooperación en un intercambio económico. Los resultados fueron compatibles con la anticipación de una recompensa al sancionar. Otra investigación trataba sobre castigo en una tarea experimental, no sobre guerras ni asesinatos. Encontraron que, después de una provocación, una mayor actividad del núcleo accumbens durante decisiones agresivas predecía represalias más intensas en una tarea de laboratorio. La conectividad con una región prefrontal relacionada con la regulación se asoció con menor agresión. Esto apunta a la interacción entre recompensa y autorregulación. Los autores publicaron sus resultados: El placer de la venganza: la agresión vengativa surge de un desequilibrio neuronal hacia la recompensa… Estos hallazgos no demuestran que estemos obligados a vengarnos, y que toda represalia produzca placer o que pueda diagnosticarse a un gobernante a partir de sus discursos. En “Las consecuencias paradójicas de la venganza” sus autores indican que quienes castigaban podían seguir pensando más en el ofensor y sentirse peor de lo que anticipaban. La rumiación —volver insistentemente sobre el agravio— ayudaba a explicar esa paradoja. Otros experimentos mostraron que la agresión podía utilizarse para intentar reparar el estado de ánimo después del rechazo social. Puede haber una recompensa inmediata y persistencia del malestar. Sentirse mejor durante un momento no equivale a haber elaborado la pérdida ni a haber recuperado una vida propia. En la experiencia cotidiana, esa diferencia se reconoce cuando una persona deja de organizar sus días alrededor de lo que desea construir y comienza a organizarlos alrededor de cómo dañar al otro. Una separación puede convertirse en una campaña de humillación, un desacuerdo laboral, en sabotaje, un conflicto familiar, en una herencia de enemistades. Incluso, los hijos pueden ser utilizados como mensajeros, testigos o instrumentos de un resentimiento que no les pertenece. No todas las personas agraviadas reaccionan así. Tampoco debemos convertir el deseo de venganza en una condena moral de quien acaba de sufrir. Escuchar esa fantasía puede revelar cuánto dolor, desamparo o necesidad de reconocimiento hay detrás. Comprenderla permite trabajar con ella. Celebrarla sin límites puede empujar a una persona hacia actos que agraven su situación y dañen a terceros. La salida no consiste en imponer serenidad ni en ordenar que se perdone. Primero hacen falta seguridad, reconocimiento del daño y posibilidades reales de protección y justicia. Después puede abrirse espacio para el duelo, para recuperar relaciones y proyectos, y para distinguir lo que reparar significa de lo que castigar promete.
Perdonar, reconciliarse y renunciar a la venganza
Son tres decisiones diferentes. Alguien puede desistir de hacer daño sin perdonar. Puede perdonar y no restablecer una relación. Puede reconstruir su vida y seguir reclamando una condena. La reconciliación exige condiciones que una víctima no controla por sí sola como son la seguridad, los cambios verificables y la disposición de la otra parte. Ninguna comunidad tiene derecho a exigirle confianza a quien todavía está en peligro. También existen esfuerzos históricos por responder a atrocidades sin reducir la respuesta a una represalia. El tribunal principal de Núremberg, entre 1945 y 1946, juzgó responsabilidades individuales por crímenes internacionales y emitió tanto condenas como absoluciones. No resolvió todas las contradicciones de la justicia de posguerra, pero mostró la importancia de formular cargos, presentar pruebas y distinguir entre acusados. Sudáfrica ensayó otro camino mediante su Comisión de la Verdad y la Reconciliación. El sistema contempló amnistías condicionadas a la revelación completa de hechos vinculados con objetivos políticos, junto con mecanismos de reconocimiento y reparación. No fue simplemente “perdonar y olvidar”. Sus propios fundamentos expusieron la difícil tensión entre verdad, justicia para las víctimas, y transición. Ninguna de estas experiencias ofrece una receta universal. La paz requiere algo más que silenciar las armas, necesita que la dignidad de las víctimas tenga un lugar y que las instituciones impidan nuevas arbitrariedades. La impunidad puede alimentar deseos de venganza. La venganza, a su vez, puede destruir las instituciones necesarias para hacer justicia. Nos parece que la enseñanza más exigente de este recorrido consiste en sostener dos convicciones simultáneas: el daño merece una respuesta y esa respuesta debe tener límites. Renunciar a la crueldad no significa abandonar a la víctima. Defender garantías para el acusado no significa absolverlo. Reconocer humanidad en un enemigo no obliga a entregarle nuestra seguridad. Hay dolores que acompañarán siempre a quienes los padecieron. Nadie debería exigir a una madre que olvide, ni a un sobreviviente que pronuncie un perdón para tranquilizar a los demás. Pero podemos aspirar a que ninguna persona tenga que demostrar amor por sus muertos produciendo otros muertos, y a que ningún gobernante utilice las heridas de un pueblo para mantenerlo en guerra. La venganza promete devolvernos poder sobre el pasado. Lo que está a nuestro alcance es decidir cuánto poder seguirá teniendo ese pasado sobre el futuro. Tal vez una de las formas más difíciles de libertad consista en poder decir que lo que me hicieron importa, exigiré que se reconozca y responda por ello, pero no entregaré toda mi vida a reproducirlo. La justicia honra la vida herida cuando impide que el daño quede sin respuesta y que la respuesta se convierta en un nuevo daño injusto. Allí puede comenzar la paz, donde el dolor encuentra reconocimiento sin tener que convertirse en verdugo.
Al final…
… ¿Qué hacer para evitar una revancha que termine gobernando nuestra vida?... Después de recorrer historias personales, religiones y gobiernos, la pregunta regresa a cada uno de nosotros. No siempre podemos impedir que alguien nos hiera. Pero podemos buscar ayuda, protección y justicia para que esa herida no decida por nosotros a quién amar, cómo vivir o en quién convertirnos.
A nivel personal, podemos comenzar por reconocer lo que sentimos sin obedecer inmediatamente a ese sentimiento. Antes de enviar el mensaje que humilla, publicar una intimidad o ejecutar una represalia, conviene detenernos y preguntarnos qué esperamos reparar y qué nuevas consecuencias podemos provocar. Hablar con alguien de confianza, buscar acompañamiento psicológico cuando lo necesitemos y establecer límites puede ayudarnos a recuperar la capacidad de elegir. Sandra comenzó llamando a su hermana. A veces, volver a vivir empieza con un gesto así de pequeño, acercarnos a alguien que nos quiere cuando toda nuestra atención estaba puesta en quien nos hizo sufrir.
En la familia, podemos evitar que nuestros hijos hereden enemistades que no les pertenecen. Un niño no debería tener que odiar a su madre para demostrar que ama a su padre, ni rechazar a una parte de su familia para ser aceptado por la otra. También enseñamos con la manera de discutir, reconocer un error y reparar una ofensa. Si cada desacuerdo termina en humillación, estamos mostrando que el poder da derecho a herir. Si podemos poner límites sin destruir al otro, les ofrecemos una forma distinta de convivir.
En la comunidad y en el país, necesitamos que reclamar justicia sea una posibilidad real. Que una víctima encuentre dónde denunciar, que su dolor sea escuchado y que las responsabilidades se investiguen sin depender de amistades, dinero o lealtades políticas. También nos corresponde dejar de aplaudir el abuso cuando perjudica a quienes nos disgustan. La libertad se debilita cada vez que celebramos una arbitrariedad porque, esta vez, cayó sobre el adversario. Un país necesita ciudadanos capaces de exigir a sus propios dirigentes los límites que reclaman para los demás.
A nivel mundial, esa responsabilidad exige proteger a los civiles, facilitar la ayuda humanitaria, investigar los crímenes y sostener caminos de negociación. El derecho internacional humanitario prohíbe los ataques dirigidos contra civiles y los castigos colectivos. La proporcionalidad tampoco consiste en igualar el número de muertos propios y ajenos y prohíbe el daño incidental a civiles que resulte excesivo respecto de la ventaja militar concreta y directa prevista. Ninguna contabilidad del dolor vuelve intercambiables las vidas humanas. Un niño no hereda la culpabilidad de un gobierno, una familia no debe pagar con su vida las decisiones de quienes la gobiernan. Comprendemos que estas exigencias son más difíciles cuando el daño nos toca de cerca. Es fácil hablar de serenidad lejos de una pérdida. Por eso, acompañar a quien sufre requiere paciencia y respeto, sin exigirle un perdón que todavía no puede o no quiere dar. Pero acompañarlo también significa ayudarlo a encontrar un horizonte donde su vida tenga espacio para algo más que el agravio. Debemos regresar a aquel portal donde el anciano aconsejaba sentarse a esperar la desgracia del enemigo. Podemos descansar allí un momento, llorar lo perdido y recuperar fuerzas. Después habrá que levantarse. Hay personas que todavía podemos amar, conversaciones pendientes y días que merecen ser vividos sin vigilar la suerte de quien nos hirió. Nuestra felicidad merece una oportunidad propia. No tendría que esperar a que otro sea desdichado… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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