¿Cómo son vistos y se ven a sí mismos los venezolanos?
¿Flojos o trabajadores? ¿Tristes o esperanzados? Una mirada psicológica al venezolano que resiste, emigra y busca reconocerse en una crisis… El orgullo de ser venezolano convive con cansancio e incertidumbre. Qué nos sostiene y qué esperamos todavía del futuro...
¿Cómo se avalúan a los venezolanos hoy?
Hay suficiente motivos para sentir orgullo de ser venezolanos por su creatividad, perseverancia, generosidad, el sentido del humor y la capacidad de ayudar al tender una mano al otro. Expresiones admirables presentes en nuestra historia y nuestra vida cotidiana. Es la tierra de Simón Bolívar, figura decisiva de la emancipación sudamericana, de Gustavo Dudamel, cuya dirección musical ha conquistado escenarios del mundo, de Carlos Cruz-Diez, que abrió nuevas posibilidades al arte del color, de Jacinto Convit, que dedicó su ciencia al cuidado de los enfermos, y de Rafael Reif, ingeniero formado en Venezuela que llegó a presidir el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Es también el país de los trabajadores, técnicos e investigadores que contribuyeron al desarrollo mundial de nuestra industria petrolera, y de quienes encontraron en las becas Gran Mariscal de Ayacucho la oportunidad de convertir su talento en conocimiento. Ese patrimonio humano se prolonga en quienes enseñan con dedicación, trabajan con honradez, respetan a sus vecinos, emprenden lejos de casa y sostienen a sus familias a pesar de las dificultades y en terribles circunstancias. En esas vidas reconocemos motivos para confiar en nuestras capacidades y en nuestro porvenir. Desde ese reconocimiento, que devuelve al esfuerzo su dignidad, queremos preguntarnos: ¿cómo somos, y cómo nos ven ahora?...
Todo es cuestión de imagen
Un país también vive desde la percepción que sus habitantes tienen de sí mismos y de cómo los ven los demás. Ese perfil puede reconocer sus esfuerzos, pero también desfigurarlos. Convertirse en una fuente de dignidad o en una sentencia que se repite hasta parecer una verdad. Por eso, para comprender a los venezolanos, conviene escuchar tanto lo que dicen de su país como lo que se dicen a sí mismos cuando la jornada termina y nadie los está mirando. Otro aspecto es cómo ven a los venezolanos y cómo los etiquetan en otros países donde han emigrado. La prensa internacional documenta imágenes muy distintas del venezolano según el país, la clase social y el momento migratorio: En Madrid aparece el tópico del venezolano rico y en varios países sudamericanos, el del competidor laboral o responsable de la inseguridad. En Estados Unidos, coexisten representaciones contrapuestas, se les considera emprendedores y trabajadores que crean negocios, especialmente en la cobertura de Doral en Miami, y de migrantes peligrosos o presuntos integrantes del Tren de Aragua. Una agencia de noticias documentó identificaciones cuestionadas que consideraban tatuajes y vestimenta, lo cual ilustra el riesgo de convertir la nacionalidad y la apariencia en sospecha. En Colombia, durante la campaña electoral se izaron banderas antinmigración para pescar votos, culpando sin evidencia a la población venezolana en Colombia por los índices delictivos. Colombiacheck documenta cómo algunas campañas políticas generalizan esa asociación. También identifica hipersexualización de mujeres y hombres venezolanos, difundida mediante publicaciones falsas que los presentan como una amenaza para las relaciones de pareja. En Perú, se les subestima como personas que “quitan el trabajo” y una población asociada indiscriminadamente con la delincuencia. BBC documentó declaraciones políticas que exigían expulsarlos sin distinguir conductas individuales, además de testimonios de discriminación. En Chile se califica a los venezolanos de ruidosos, irrespetuosos de las normas de convivencia y asociados con la criminalidad. Los medios recogen el debate sobre la generalización a partir de música a alto volumen. Cooperativa informa sobre una investigación de conversaciones digitales donde venezolanos y colombianos reciben etiquetas deshumanizadoras y son vinculados indiscriminadamente con bandas. En Ecuador, algunos los ven como peligrosos, mediante la extensión de un crimen individual a toda la comunidad. La cobertura de un caso el de Ibarra documentó esa reacción. En las mujeres, también aparece la presunción de disponibilidad sexual, vinculada con acoso y explotación laboral. En Argentina, aparecen representaciones favorables: trabajadores, educados, perseverantes, agradecidos y capaces de comenzar de nuevo. Son profesionales y la mayoría consigue trabajo... Lo más injusto de estos estereotipos es que hacen recaer sobre la mayoría decente y trabajadora las consecuencias de los delitos y las conductas reprochables de una minoría. La madre que cuida a sus hijos, el profesional que comienza de nuevo y el trabajador que sostiene a su familia desde la distancia terminan bajo sospecha por compartir nacionalidad con alguien a quien jamás han conocido. Quien delinque debe responder ante la justicia y quien perjudica la convivencia debe asumir las consecuencias de sus actos. Pero esa responsabilidad es individual, por lo que ninguna nacionalidad convierte a una persona en culpable. Antes de juzgar a quien tenemos delante por su acento o su pasaporte, convendría preguntarnos qué sentiríamos si nuestros hijos fueran despreciados por las faltas de un desconocido…
En los años ’80 y ‘90
En Venezuela, los estudios señalaban que existía una clara tendencia a auto valorarse negativamente por una buena parte de los venezolanos. Era conocido como el estereotipo del “venezolano flojo”. La psicóloga social Maritza Montero en su libro Ideología, alienación e identidad nacional: una aproximación psicosocial al ser venezolano, analizó cómo los venezolanos podían interiorizar una imagen desvalorizada de sí mismos, exagerando sus supuestos defectos y minimizando sus capacidades y esfuerzos. Montero identificó tres rasgos positivos persistentes y siete negativos principales.
En la autoimagen histórica dominaban las atribuciones negativas: pereza, pasividad, emotividad, autoritarismo, violencia, pesimismo y ausencia de sentido histórico. Frente a ellas persistían el igualitarismo, la valentía y la generosidad. Su análisis mostró cómo incluso estas virtudes podían deformarse: la valentía se interpretaba como violencia y la generosidad como derroche, reforzando una mirada desvalorizada sobre nosotros mismos… Durante los ’90 una contradicción que atravesaba los estudios examinados era que aparecía el calificativo de “flojo” para describir al venezolano, mientras que la vida cotidiana mostraba personas trabajando de sol a sol, esperando durante horas un transporte y regresando a hogares donde todavía faltaba cocinar, atender a los hijos o cargar agua. El esfuerzo estaba a la vista. Sin embargo, el desprecio encontraba cómo instalarse en la descripción colectiva. En otra investigación en los ’90 de estereotipos que presentamos en el postgrado de psicopatología clínica en la Universidad de Barcelona, España, las participantes venezolanas atribuían la mayoría de sus rasgos físicos, como en el caso donde se preguntaba de quién sacó la mujer venezolana sus caderas, o sus labios, y acerca de sus cualidades personales como la simpatía, o ser amorosas… Tanto en lo físico como en la forma de ser, ellas los veían provenientes a sus ascendencias africanas e indígenas cuando hablaban de las partes, y en menor grado de las blancas españolas, a quien de paso le atribuían atributos negativos como la soberbia o el ser despóticas, pero al responder a la pregunta de a quién se parecían más como mujeres en su totalidad, y con cuál origen se identificaban más como personas, predominaba la “mujer blanca española”. Aquella discordancia fue interpretada como una expresión de autodiscriminación racial. Lo significativo era la jerarquía de valor que organizaba el reconocimiento de sí mismas. Las atribuciones recogidas eran creencias y estereotipos de las entrevistadas, porque el humor, la vanidad o el carácter no pertenecen biológicamente a una ascendencia. Décadas después, volvemos a preguntarnos por ese espejo. ¿Cómo se miran los venezolanos tras más de un cuarto de siglo de confrontación política, deterioro institucional y experiencias autoritarias, crisis económica y una separación familiar de enorme magnitud? ¿Se sienten derrotados, temerosos, capaces, esperanzados? ¿Conservan la alegría? ¿Qué esperan todavía de la vida?...
Los estudios
Las investigaciones disponible obligan a distinguir tres cuestiones: cómo se define una persona, cómo se siente y en qué condiciones vive. Alguien puede reconocerse trabajador, sentirse angustiado y conservar esperanzas. También puede estar orgulloso de su nacionalidad y profundamente descontento con su país. Confundir esas dimensiones produciría otro estereotipo. Los estudios consultados ofrecen ventanas distintas, con datos recogidos principalmente en 2024 y 2025 y publicaciones que llegan a 2026. No constituyen una medición única del ánimo nacional en este preciso momento, ni permiten atribuir cada cambio psicológico a una sola causa política. Una ventana especialmente reveladora es Lo que nos une, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, publicado en febrero de 2026. La encuesta entrevistó presencialmente a 1.295 adultos entre noviembre y diciembre de 2025, mediante cuotas no probabilísticas de los estratos C, D y E, y excluyó A y B. En sus resultados el 98,8 % expresó orgullo nacional. Al elegir la cualidad más valorada de sus compatriotas, 45,4 % señaló trabajar y salir adelante, 19,4 %, solidaridad, 15,9 %, creatividad, y 14,7 %, alegría y humor. En la motivación personal encabezaron cuidar a la familia, con 30,7 %, y mejorar la propia situación, con 25,9 %. El contraste con aquel “flojo” resulta sugerente. No demuestra una evolución estadística, porque las preguntas y las muestras son diferentes. Pero permite formular una hipótesis, el esfuerzo por alcanzar los recursos en situaciones difíciles podría estar adquiriendo un reconocimiento más explícito en nuestra narración colectiva. Sería valioso investigarlo con instrumentos comparables a través del tiempo… ¿Significa eso que los venezolanos están bien? PsicoData 2024, de la Escuela de Psicología de la Universidad Católica Andrés Bello, entrevistó telefónicamente a 2.000 personas entre mayo y junio de ese año. Obtuvo que 49 % había perdido sueño por preocupaciones y 36 % se había sentido constantemente agobiado y en tensión. Un 20 % registró niveles moderados o altos en los indicadores de ansiedad y depresión evaluados. El estudio también registró optimismo y apoyo familiar. El venezolano es resiliente, pero altamente vulnerable. Estos resultados invitan a reconocer una experiencia humana que las etiquetas simplifican. Podemos imaginar a una madre que celebra el logro de un hijo mientras calcula cómo pagar sus gastos, o a un trabajador que hace reír a sus compañeros y pasa la noche preocupado por la falta de recursos. Son escenas ilustrativas, no testimonios de la encuesta. La alegría de un momento y la angustia por el porvenir pueden convivir en una misma vida. Nos preocupa que la palabra resiliencia termine convirtiéndose en una exigencia moral dirigida a quienes ya han soportado demasiado. Una persona tiene derecho a cansarse, pedir ayuda y expresar que no puede más. Haber resistido una privación no convierte esa privación en aceptable. Tampoco obliga a agradecerla como una escuela de carácter. La vida material ayuda a comprender esa carga. La ENCOVI 2025, elaborada por la UCAB con una muestra de 11.352 hogares, situó la pobreza de ingresos en 68,5 % de los hogares y la pobreza extrema en 31,7 %. Aunque ambos indicadores mejoraron respecto de 2024, persistieron graves carencias. Solo 10 % de los hogares reportó suministro eléctrico ininterrumpido. Cuando una jornada se organiza alrededor del agua, la luz, el transporte y el precio de la comida, el tiempo para proyectar el futuro se estrecha. Nuestra lectura es que una parte del agotamiento debe comprenderse en esa relación entre esfuerzo y resultados. Trabajar sin conseguir estabilidad puede dañar la confianza en las propias posibilidades. Y hay labores, especialmente las de cuidado, que sostienen hogares enteros sin recibir salario ni reconocimiento suficiente. Tampoco estar fuera del empleo remunerado demuestra pereza. Preguntarnos por las oportunidades disponibles, los ingresos que ofrecen y las responsabilidades familiares permite comprender mucho más que condenar a una persona desde un adjetivo… El estudio de Bienestar Social del estado Bolívar correspondiente a 2025, presentado por el CER-UCAB en junio de 2026, añade una perspectiva regional, que el 90 % consideró que sus ingresos no le permitían vivir como merecía, mientras 86 % identificó a la familia y la pareja como su principal red de apoyo. Son resultados del estado Bolívar, no porcentajes extensibles a toda Venezuela. Aquí encontramos una cuesti
ón que merece nuestra atención, como es que cuánto del bienestar depende de lo que las familias logran compensar. El amor puede acompañar una enfermedad pero no reemplaza un hospital. Una remesa puede resolver una urgencia aunque no sustituye un sistema de protección social. Reconocer la solidaridad exige también mirar la sobrecarga de quienes cuidan, envían dinero y sostienen emocionalmente a los demás.
El miedo requiere, igualmente, contexto
En septiembre de 2025, la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de Naciones Unidas documentó la intensificación de la represión estatal y mecanismos dirigidos a silenciar voces críticas. Frente a esa historia, sería injusto interpretar automáticamente el silencio como indiferencia o la cautela como ausencia de convicciones. La confianza ofrece, además, resultados que no debemos acomodar a una conclusión preconcebida. PsicoData 2024 registró 89 % de desconfianza hacia la mayoría de las personas. El PNUD encontró 59,6 % de confianza en la mayoría de los venezolanos. Cambian la pregunta, la muestra, el método y la fecha: no podemos inferir una recuperación de esa magnitud. Esa diferencia es una advertencia útil para nosotros porque una sociedad no cabe en el porcentaje que mejor acompaña nuestro argumento. Haría falta investigar cuánto influye preguntar por “las personas” o por “los venezolanos”, y cómo intervienen el contexto de la entrevista y la disposición a responder. El rigor también consiste en conservar abiertas las preguntas que los datos todavía no resuelven.
Fuera de las fronteras
La pregunta por nuestra identidad adquiere otra dimensión. ACNUR sitúa en cerca de 8 millones a los refugiados y migrantes venezolanos en el mundo. Esa es la referencia institucional que utilizamos, sin convertir automáticamente la cifra en un tercio de la población. Esa proporción depende del universo y del año que se tomen como base. Emigrar puede traer seguridad, oportunidades y nuevas pertenencias, junto con pérdidas y dificultades. No existe una experiencia emocional única de la diáspora. Cabe querer el lugar donde se vive y extrañar el lugar del que se salió, prosperar y sentir ausencia, pensar en regresar o construir una vida definitiva en otro país. Ninguna de esas decisiones debería convertirse en un examen de patriotismo.
¿Y el buen humor?
Aquí encontramos una investigación directamente relacionada con la pregunta. Erly J. Ruiz publicó en 2025, en Temas de Comunicación, un estudio sobre identidad migrante y consumo de pódcast, monólogos y videos humorísticos. A partir de 16 entrevistas a venezolanos con más de cinco años fuera del país, examinó cómo el humor sirve para reconocer experiencias, recordar costumbres y pensar la propia identidad. También identificó tensiones relacionadas con el machismo y las formas de burla. Por su naturaleza cualitativa, el estudio no permite calcular cuántos venezolanos conservan el buen humor. Aunque sí nos ofrece una imagen fértil para pensar porque una risa compartida puede ser una manera de encontrarse lejos de casa. Quien comprende una expresión, un acento o una referencia de infancia reconoce algo de su historia en otra persona. Por un instante, la distancia se vuelve menos ajena. Asimismo debemos cuidar esa capacidad. Hay un humor que reúne y otro que humilla. Uno que permite hablar de lo doloroso y otro que impide tomarlo en serio. La posibilidad de bromear no elimina la necesidad de ser escuchado cuando la broma termina. Ningún pueblo debería estar obligado a parecer alegre para que se le reconozca su identidad…
En cuanto al futuro
La presentación del PNUD informa que 65,3 % esperaba una mejoría del país en los años siguientes. Esa expectativa, recogida a finales de 2025, merece atención sin confundirla con una predicción ni con felicidad presente. Podemos interpretarla como una disposición a imaginar que la vida todavía puede cambiar. Sus razones concretas requieren nuevas preguntas. El estudio también halló una preferencia amplia por los acuerdos, entre quienes reconocían conflictos, 84,6 % favorecía resolverlos por esa vía. Para nosotros, construir convivencia exige libertades, garantías y justicia. El diálogo adquiere valor cuando permite tramitar diferencias sin que disentir ponga en riesgo la dignidad o la seguridad de una persona…
¿Cómo son, entonces, los venezolanos hoy?
Nuestra lectura de estas investigaciones es la de una sociedad plural, con sufrimientos persistentes y capacidades que continúan expresándose. El orgullo puede convivir con la decepción, la cautela, con la solidaridad. El cansancio, con las ganas de salir adelante. Convertir cualquiera de esos rasgos en la esencia de todos repetiría el error de aquel espejo que veía flojera donde había esfuerzo. Como psicólogos creemos que la reconstrucción del país debe incluir la posibilidad de reconocernos sin despreciarnos y de examinarnos sin complacencia. Necesitamos escuelas, servicios, empleos y garantías democráticas. También espacios para elaborar las pérdidas, pedir ayuda, recuperar vínculos y aprender a convivir con quienes piensan distinto. Nos gustaría que el venezolano pudiera imaginar el porvenir sin tener que vencer primero el miedo. Que trabajar abriera posibilidades, que una familia pudiera reunirse por elección y que quien decidiera partir encontrara su camino sin sentirse expulsado de su propia historia. Tal vez el cambio más profundo llegue el día en que una persona pueda decir “estoy cansada” sin sentirse culpable, y “tengo esperanza” sin sentirse ingenua. El día en que reír nazca del disfrute y no sea siempre una forma de soportar. El día en que, al mirarnos, reconozcamos el esfuerzo realizado y la vida que todavía merecemos vivir.
Al final…
Existe una Venezuela que merece reconocerse en sus gestos cotidianos, en quien cumple su palabra, en quien devuelve lo que no le pertenece, en quien enseña con paciencia y en quien recibe al recién llegado porque recuerda cuánto necesitó una mano. Allí también se construye un país. Junto a los nombres que admiramos están millones de vidas anónimas cuyo esfuerzo merece reconocimiento. Nuestra autoestima colectiva puede nutrirse de esas conductas y de la honestidad necesaria para reconocer nuestros errores, reparar el daño y aprender a tratarnos mejor… A los venezolanos que viven en el exterior y sienten que su acento los pone bajo sospecha, queremos decirles algo, que su dignidad no está a juicio por el lugar donde nacieron. Cada persona merece ser conocida por sus actos, por la manera en que trabaja, convive y trata a los demás. Nadie debería cargar con las culpas de un desconocido por compartir su nacionalidad, ni verse obligado a ser excepcional para recibir un trato justo. Respetar las leyes y contribuir a la sociedad que nos recibe son responsabilidades de la convivencia. Ser respetados también es un derecho. El desprecio puede doler especialmente cuando se está lejos de casa. Ojalá quienes lo sufren encuentren personas capaces de escuchar su historia y reconocer cuanto pueden aportar. Que puedan preservar el afecto por sus raíces, abrirse a otras costumbres y construir nuevos vínculos sin sentir que deben borrar una parte de sí mismos para pertenecer. Emigrar puede cambiar nuestra dirección, nuestros hábitos y hasta nuestra manera de hablar. No obstante nuestra dignidad nos acompaña, ninguna frontera ni ningún prejuicio tienen la autoridad para quitárnosla… ¿Cómo somos los venezolanos hoy? Somos distintos, llevamos historias y heridas diferentes, y tenemos todavía mucho que descubrir de nosotros mismos. La respuesta también se escribe con lo que decidamos hacer. En cómo educamos a nuestros hijos, cómo convivimos con quien piensa distinto, cómo cuidamos al vulnerable, y qué oportunidades abrimos para los demás. Hoy, más que nunca, los venezolanos necesitamos acompañarnos: quienes permanecen en el país y quienes han partido, quienes han encontrado estabilidad y quienes todavía buscan dónde sostenerse. Que la distancia, las diferencias políticas o la suerte de cada uno nos permitan comprender otras experiencias sin volvernos ajenos al dolor de los demás. Ser solidarios es escuchar sin juzgar, orientar al que llega, compartir una oportunidad y defender a quien recibe un trato injusto. Es poder alegrarnos por el logro de otro venezolano y acercarnos cuando atraviesa una dificultad. Que nadie tenga que enfrentar el desarraigo, el desprecio o la incertidumbre sintiendo que también los suyos le han dado la espalda. Estar unos al lado de otros es una manera de hacer que Venezuela nos acompañe dondequiera que estemos… Dentro y fuera de nuestras fronteras podemos contribuir a esa tarea. Ojalá el orgullo de ser venezolanos encuentre cada día nuevos motivos en nuestra manera de vivir y de convivir. Y que nuestros hijos, dondequiera que estén, cuando se hagan esta misma pregunta, puedan responder desde una vida más libre, más justa y más suya… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.

(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos









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