¿Cuál de los dioses nos escucha en el Universo?
Los nombres de Dios cambian, las preguntas perduran. Un viaje por las creencias humanas y la posibilidad de una conciencia que abarque todo… Desde la mitología hasta la Conciencia Cósmica: un recorrido por la fe, las leyendas y la búsqueda de sentido, en el misterio del Universo…
Antes de levantar templos, el ser humano levantó la mirada. Encontró un cielo que no podía alcanzar, una luz que regresaba cada mañana y una oscuridad poblada de preguntas… Vio nacer a sus hijos y morir a sus padres. Descubrió que la lluvia podía salvar la cosecha y que aquella misma agua podía arrastrar su casa, su poblado. Debió de preguntarse, de maneras que apenas podemos imaginar, quién o qué sostenía ese mundo del cual dependía su existencia. El asombro y el desamparo pudieron acompañarse desde muy temprano como algo que nos sobrepasaba, algo que ¿nos contiene? ¿Estamos dentro de ello? ¿Está dentro de nosotros? ¿Quién habla adentro de mí?… ¿Ese algo sabe que estamos aquí?... La historia de las creencias es también la historia de las respuestas a esas preguntas. Hemos reconocido dioses en el viento, el trueno, el Sol y la Luna. Hemos afirmado la existencia de un único Creador o de varios. Hasta hemos negado a los dioses o a un ser supremo. Ahora y cada vez más estamos observando la totalidad del Universo como posible expresión de lo divino. Sin embargo, estas miradas no forman una escalera por la cual toda la humanidad haya ascendido al mismo tiempo. Coexisten, se mezclan, discrepan y renacen. La incredulidad tiene raíces antiguas y la identificación entre naturaleza y divinidad tampoco comenzó en nuestros días… No existe, además, un catálogo definitivo de todos los dioses… Se cuentan por miles los nombres registrados, y otros desaparecieron con las lenguas y los pueblos que los pronunciaban. Podemos recorrer algunas de sus grandes familias sin confundir ese recorrido con una historia completa. Tampoco debemos suponer que toda religión necesita de un hacedor de cuanto existe —en el caso del budismo no se fundamenta en sus enseñanzas a un dios creador del Universo— ni que cada ser considerado sagrado haya sido entendido como tal…
¿Es tu Dios o —tus Dioses— el verdadero?
Vale la pena mencionar a las divinidades que han acompañado a los seres humanos a través de las épocas. Ese recorrido puede sorprendernos, porque además de las religiones abrahámicas, han existido y existen numerosas tradiciones cuyos fieles viven sus convicciones con una sinceridad y una profundidad comparables a las que el lector puede reconocer en su propia fe. Desde la psicología y la historia de las religiones, todas merecen ser estudiadas para comprender cómo construimos significado, afrontamos la incertidumbre, y nos relacionamos con aquello que consideramos sagrado. Reconocer esa diversidad exige comprender que nuestra manera de nombrar lo divino no es la única que ha dado esperanza, orientación y sentido a una vida. Desde la hipótesis que exploramos en ¿Qué o quién es el Universo?, cabe preguntarse si algunas de esas búsquedas, aun con sus diferencias y contradicciones, podrían dirigirse hacia una misma realidad fundamental… No afirmamos que todas las religiones enseñen lo mismo, ni que la ciencia haya demostrado que conducen a una Conciencia Suprema. Proponemos considerar una posibilidad, si el Universo poseyera una conciencia que comprendiera su totalidad y de la cual participáramos, la búsqueda humana de lo divino ocurriría dentro de esa misma realidad. La diversidad de nombres no tendría por qué implicar una diversidad de destinatarios. Bajo esa interpretación, buscar a la Conciencia Suprema sería intentar reconocer una presencia a la que ya perteneceríamos. Y si esa Conciencia Suprema pudiera conocernos, nuestra búsqueda no le sería ajena, ya que Ella te encontrará. Lo cual podría comprenderse, dentro de nuestra propuesta, como el descubrimiento íntimo de un vínculo que no comenzaría cuando lo advertimos. Lo más probable es que aquello que buscamos en la inmensidad también pudiera manifestarse en nuestra capacidad de sentir y comprender que hay algo más. Esta es una posibilidad filosófica y espiritual que deseamos explorar contigo lector, manteniendo abierta la pregunta sobre su correspondencia con la realidad. Otra consideración es que cada religión no es más válida que otras, y buena parte de la humanidad las ha seguido a todas buscando lo mismo. Por definición propia cada una de ellas es la verdadera, y la clave es preguntarnos: ¿Y si todas son ciertas y se dirigen al mismo destino?... ¿Y si algunas han sido utilizadas no para encontrar o contactar al Creador, sino para enfrentar culturas, gobiernos, crear imperios, imponer reinados, sistemas políticos, económicos, dictaduras, y otras formas de control social?...
Personas reconocen en su intimidad un diálogo interior
Probablemente buena parte de la humanidad siente una voz o alguien que le dice qué hacer o no hacer. La mayoría habla de una voz interior o de la conciencia. También le habla o llama a su Dios, incluso quienes rara vez participan en una ceremonia religiosa. Piden, agradecen, protestan, preguntan ante una emergencia, o para solicitar ayuda para sí mismo o para algún familiar o en caso de una tragedia. Estas incontables experiencias permiten plantear que la búsqueda de lo sagrado no depende necesariamente de pertenecer a una organización religiosa. Esas personas establecen de manera directa un diálogo con lo divino. Y el evento adquiere especial fuerza si concebimos a Dios como una presencia omnipresente o, desde nuestra hipótesis, como una Conciencia Universal de la cual participaríamos. Si esa presencia pudiera conocernos y escucharnos dondequiera que estemos, nos señala que todos podemos comunicarnos con este ser o entidad directamente. Entonces ¿por qué necesitaríamos que alguien autorizara nuestro acercamiento? ¿Y si podemos ir a la fuente, y establecer un diálogo directo, por qué acudimos a terceros para entrar en contacto con lo omnipresente o ser supremo? ¿En quién debemos creer, en la organización religiosa ,o en nuestra propia intimidad, nuestra intuición, nuestra conciencia, esos atributos que nos acompañan a cada uno de nosotros desde niños y desde el comienzo de nuestra civilización?
Desde los sumerios
Fueron los protagonistas de una de las primeras civilizaciones urbanas de la humanidad, surgida en el sur de Mesopotamia, y nos dejaron algunos de los testimonios escritos más antiguos de una vida religiosa organizada, aunque la experiencia de lo sagrado fue anterior a la escritura. Nos dejaron algunos de los testimonios escritos más antiguos de una vida religiosa organizada. En Mesopotamia, An representaba el cielo, Enlil se asociaba con el viento y la autoridad, Enki, con las aguas dulces y la sabiduría, Inanna, con el amor y la guerra. Utu, era la divinidad solar y Nanna, la lunar. Entre los pueblos de lengua acadia encontramos nombres como Shamash, Sin e Ishtar, relacionados con aquellas tradiciones. En Babilonia alcanzó preeminencia Marduk. El cielo religioso también cambiaba de nombre con cada cultura. En Egipto, Ra expresaba la potencia solar, Osiris vinculaba muerte y renovación, Isis, protección y maternidad, Horus, el cielo y la realeza. Amón llegó a asociarse con Ra en una de las grandes síntesis de aquel mundo. En Grecia, Zeus gobernaba el cielo y blandía el rayo y Poseidón dominaba el mar. Deméter se relacionaba con la agricultura. Helios personificaba el Sol y Selene, la Luna. Entre los romanos encontramos a Júpiter, Neptuno, Ceres, Venus, Marte, Sol y Luna. Sus correspondencias con los dioses griegos fueron importantes, pero cada tradición tuvo historias y prácticas propias. Los dioses nórdicos de Europa los encabezaban Thor, quien empuñaba el trueno y Odín, que se vinculaba con la sabiduría, la guerra y los muertos. En las Deidades mesoamericanas, destaca Tláloc quien recibía las peticiones de lluvia. Ehécatl, asociado con Quetzalcóatl, que encarnaba el viento. Tonatiuh se relacionaba con el Sol. Entre los mayas, Chaac era la gran divinidad de la lluvia. En los Andes de Suramérica, Inti era el Sol, Mama Quilla, la Luna. Illapa se vinculaba con el trueno y la tormenta, mientras Viracocha figuraba como creador en importantes relatos. Pachamama expresa una relación sagrada con la tierra que era un ser viviente. En África, en la tradición yoruba, Olódùmarè se reconoce como ser supremo, y los orishas expresan poderes y relaciones que atraviesan la naturaleza y la vida humana. Shangó, el trueno. Oyá, los vientos y las tormentas. Oshún, las aguas dulces. Yemayá, vinculada originalmente con aguas fluviales y, en diversas tradiciones americanas, con el mar. Estas creencias viajaron con personas esclavizadas y sobrevivieron a la violencia del desarraigo, transformándose en su encuentro con otras culturas.
Los astros han sido dioses
El Sol, por cierto, no siempre fue masculino, ni la Luna femenina. Nanna era un dios lunar, mientras la gran divinidad solar japonesa, Amaterasu, es femenina. Hasta las imágenes que parecen más naturales son interpretaciones culturales. Los pueblos miraron un mismo cielo y no vieron necesariamente las mismas presencias. Comprender aquellas religiones exige algo más que decir que nuestros antepasados inventaban explicaciones por ignorancia. Sus dioses también organizaban el calendario, la convivencia, las obligaciones, la memoria y el duelo. La lluvia era un fenómeno físico y, a la vez, la diferencia entre comer y pasar hambre. Lo sagrado podía ser una manera de reconocer la dependencia humana respecto de fuerzas que nadie controlaba. Desde nuestra mirada psicológica, una parte de esa experiencia permanece porque conocer el mecanismo de una tormenta no elimina la vulnerabilidad de quien teme perder su hogar. Asia amplía todavía más el horizonte. En las tradiciones védicas de la India encontramos a Indra, ligado a la tormenta. Agni, al fuego, Vayu, al viento, Surya, al Sol, y Varuna, al orden cósmico y las aguas. En el amplio mundo hindú destacan Vishnu, Shiva, Brahma, Lakshmi, Sarasvati, Durga, Kali, Ganesha y las figuras de Krishna y Rama. Sin embargo, llamar simplemente politeísmo al hinduismo resulta insuficiente. Sus corrientes incluyen devociones a una divinidad suprema, pluralidad de dioses y concepciones no dualistas. Brahman, la realidad última en diversas escuelas, no debe confundirse con Brahma, la deidad creadora. La multiplicidad de formas puede coexistir con la afirmación de una unidad completa…
El taoísmo
Introduce otra manera de pensar el fundamento de la existencia. El Tao es el camino, el principio o proceso del que emerge el orden de las cosas, difícil de encerrar en un nombre. No equivale sin más a un dios personal que decide desde fuera del mundo. Pero sería igualmente inexacto reducir el taoísmo a una filosofía sin dioses porque sus tradiciones religiosas incluyen a los Tres Puros, divinidades, inmortales y complejos rituales, en relación con la religión popular china. El Emperador de Jade ocupa un lugar importante en ese universo religioso. La búsqueda consiste, en buena medida, en armonizar la vida con un orden que no depende de nuestros deseos…
El Shinto
En el sintoísmo japonés, los Kami comprenden divinidades y presencias sagradas relacionadas con fenómenos naturales, lugares y antepasados. Amaterasu se vincula con el Sol. Susanoo, con fuerzas tempestuosas. Tsukuyomi, con la Luna. Izanagi e Izanami protagonizan relatos de generación del mundo japonés. Traducir kami únicamente como dioses puede ocultar parte de su sentido ya que una montaña, un bosque o una presencia ancestral pueden exigir reverencia sin ajustarse a la idea occidental de un creador omnipotente.
El Budismo
Los seguidores de Buda y el jainismo obligan a revisar otra suposición: puede haber una vida religiosa profunda sin un creador universal. El Buda no es, en la comprensión habitual de sus tradiciones, el fabricante del cosmos. Muchas escuelas budistas reconocen seres celestiales, pero estos tampoco son creadores eternos y absolutos. El jainismo concibe un universo sin creador y venera a seres liberados. El confucianismo, por su parte, concede centralidad a la conducta, el ritual y el orden moral, con diversas interpretaciones de Tian, el Cielo. “Religión”, “Dios” y “espiritualidad” que no son palabras intercambiables…
¿Buscan lo mismo pero son distintas?
La aspiración a una unidad divina tampoco pertenece exclusivamente a las religiones abrahámicas. En el Egipto del siglo XIV antes de nuestra era, el faraón Akenatón promovió un culto excluyente a Atón, asociado con el disco solar. Su clasificación exacta como monoteísmo sigue siendo discutida. El Zoroastrismo situó a Ahura Mazda en el centro de una visión marcada por el conflicto entre el bien y el mal, con interpretaciones históricas diversas de su monoteísmo y dualismo. Muchos siglos después, El Sijismo afirmaría la unidad divina sin pertenecer a la familia abrahámica.
El judaísmo constituye, no obstante, una transformación decisiva en la historia religiosa. La investigación histórica describe la consolidación del monoteísmo israelita como un proceso, con diferencias entre textos, épocas y prácticas populares. Adorar exclusivamente a una divinidad sin negar que existan otras —monolatría— no es lo mismo que afirmar que solamente existe un Dios. Los nombres y títulos bíblicos YHWH, Elohim y Adonai forman parte de esa historia. No deben presentarse como una lista de dioses distintos dentro del judaísmo. Con el monoteísmo, la diversidad de fuerzas queda comprendida bajo una soberanía última. El Dios de Israel es entendido como creador y como interlocutor moral. Establece una alianza, exige justicia, juzga la conducta. La pregunta religiosa ya no se refiere solamente a cómo obtener lluvia o protección, sino también a cómo vivir, qué debemos al prójimo y qué responsabilidad tenemos ante aquello que consideramos sagrado.
El cristianismo nació dentro del mundo judío del siglo I y extendió su mensaje entre pueblos del Imperio romano y más allá de él. Sus grandes tradiciones afirman que existe un solo Dios pero mediante la doctrina de la Trinidad, se distinguen Padre, Hijo y Espíritu Santo, para algunos autores tres dioses en uno, como una rémora del politeísmo romano.
El islam, surgido en el siglo VII de nuestra era, proclama de manera radical la unicidad divina. Alá es la palabra árabe para Dios, utilizada también por cristianos de lengua árabe. Judíos, cristianos y musulmanes se remiten al Dios de Abraham, aunque mantienen desacuerdos esenciales sobre la revelación, Jesús y la naturaleza divina. Dentro de esa historia, el catolicismo merece una precisión. Es una rama del cristianismo y puede considerarse heredero de parte del mundo y del imperio romano por su desarrollo institucional, el uso histórico del latín, sus formas jurídicas y el peso adquirido por la sede de Roma.
Las controversias más allá de la existencia de un Dios
Flavius Valerius Constantinus (272–337) no inventó el cristianismo ni creó de la nada la Iglesia. A pesar de ello no llamó a la iglesia “cristiana” sino Iglesia “Católica, Apostólica y Romana”. Constantino durante en principio mantuvo oficialmente el culto pagano, venerando a Sol Invictus, su dios protector. A partir de la Batalla del Puente Milvio (312 d.C.), declaró su fe en el “Dios católico y romano”, pero no se bautizó sino hasta en su lecho de muerte, en el 337 d.C. No obstante, ya aprobada la religión, su conducta siguió siendo despótica ya que Ejecutó a su propio hijo Crispo y a su esposa Fausta por intrigas palaciegas en el año 326 d.C. Este doble crimen, ocurrido en el momento de su máximo poder, reveló el rostro despótico del emperador que ya había abrazado oficialmente la fe católica romana y se había declarado el "Pontifex Maximus", una especie de jefe supremo de su iglesia católica y romana.
Constantino gobernó como un monarca absoluto, mezclando la autoridad del César con la del pontífice. La conversión religiosa de Constantino fue, ante todo, un acto político y estratégico más que un despertar místico. Controló la Iglesia como parte del Estado y presidió el Concilio de Nicea (325), donde impuso la unidad teológica para asegurar la unidad política del imperio. Todos los emperadores romanos posteriores a Constantino siguieron siendo Pontifex Maximus, hasta Graciano I, en 382 d.C… Fueron momentos distintos de una transformación prolongada. Tras la desaparición del poder imperial romano en Occidente, la Iglesia católica conservó redes, saberes y funciones públicas, y aumentó su influencia hasta nuestros días. Esa herencia no fue exclusiva, las iglesias orientales también se desarrollaron dentro del mundo romano. Esta religión pudo consolar al desamparado a la vez de legitimar a gobernantes despóticos, pudo inspirar obras de misericordia y participar en persecuciones. Ambas dimensiones pertenecen a su historia. Asimismo, la veneración católica de María y los santos debe distinguirse, según su doctrina, de la adoración reservada a Dios, aunque parezca un regreso al politeísmo romano. En la Antigüedad griega hubo críticas a las representaciones humanas de los dioses… En la India, las corrientes materialistas agrupadas bajo nombres como Lokayata y Charvaka cuestionaron autoridades religiosas y explicaciones sobrenaturales.
La ausencia de Dios adquirió nuevas formas con el desarrollo de la crítica filosófica y científica, aunque no nació de pronto después del monoteísmo. Conviene distinguir posiciones: el ateo no cree en dioses o sostiene que no existen. Por otro lado, el agnóstico considera y cree en lo que demuestra la ciencia, y el deísmo admite un creador sin atribuirle necesariamente intervenciones posteriores. Una persona sin afiliación religiosa puede conservar una fe, orar o sentirse acompañada por una presencia superior. Y una persona atea puede vivir con asombro, solidaridad y profundidad moral. Ninguna etiqueta permite conocer por completo la vida interior de alguien… Amen de estar en su pleno derechos…
¿Y en quién creen las nuevas generaciones?
La respuesta exige abandonar la idea de una juventud mundial homogénea. Un joven de Miami, Caracas, Tokio, Lagos, Nueva Delhi o Sudáfrica recibe herencias distintas. Además, las encuestas disponibles sobre adultos describen sobre todo a jóvenes de la llamada generación Z, no permiten atribuir creencias definitivas a toda la generación Alfa, todavía mayoritariamente menor de edad. En Estados Unidos, un estudio de Pew Research Center realizado en 2023 y 2024 y publicado en 2025 encontró que el 46 % de los adultos más jóvenes, aproximadamente de 18 a 24 años, se identificaba como cristianos y el 43 % no tenía afiliación religiosa. Estos últimos no eran todos ateos. Otra encuesta estadounidense, de 2023 y sobre adultos de todas las edades, encontró que el 34 % no creía en el Dios descrito en la Biblia, pero sí en algún otro poder superior o fuerza espiritual en el Universo. En diciembre de 2025, Pew describió una relativa estabilidad de las principales medidas religiosas estadounidenses desde 2020, sin evidencia sólida de un gran despertar de los jóvenes en su conjunto. Hay conversiones, abandonos, búsquedas personales y permanencias, una historia individual conmovedora no sustituye una tendencia poblacional… En América Latina, un informe publicado por Pew en enero de 2026, basado en encuestas de 2024 a 6.234 adultos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, registró una disminución de la identificación católica respecto de una década antes. Sin embargo, la creencia en Dios seguía siendo muy alta: del 89 % en Chile al 98 % en Brasil. Son cifras del conjunto adulto de esos seis países, no de toda la juventud latinoamericana ni de Venezuela. Ilustran, eso sí, que abandonar una pertenencia religiosa no siempre significa dejar de creer en Dios. La escala mundial también exige prudencia. Una estimación publicada en 2025 situó en 75,8 % la proporción de la población mundial que se identificaba con alguna religión en 2020. Es un dato de afiliación correspondiente a ese año, no una medición de la fe íntima de cada persona ni un retrato exacto de 2026. Pero es significativo que el 25 % no se identifica con las religiones. Es decir, más de 2 mil millones de seres humanos no practica religión alguna.
El contacto Universal
No vivimos un tránsito demostrado hacia la desaparición de organizaciones religiosas, aunque en las redes sociales y en distintos medios masivos como YouTube cada vez más aparecen conceptos del Universo como un ser supremo viviente… Podemos interpretar parte de las búsquedas contemporáneas como una demanda de coherencia donde algunas personas desean una espiritualidad que dialogue con la ciencia, y respete la diversidad y no les exija renunciar a las preguntas. Otras encuentran esa coherencia dentro de una religión tradicional o en el humanismo secular. Expresiones como “el Universo me envió una señal” se hacen presentes en lo espiritual o en las formas de ordenar una experiencia. No todas contienen una filosofía del cosmos… Ahora bien, aquí es donde se abre el camino que exploramos en “¿Qué o quién es el Universo?”. Nuestra pregunta no consiste únicamente en cuántos dioses existen. Nos preguntamos si aquello que llamamos realidad podría poseer una dimensión consciente. Si el Universo, además de contener seres que sienten y piensan, podría experimentarse a sí mismo como totalidad. Desde esa posibilidad, creador y creación podrían comprenderse como una misma realidad fundamental. Lo divino no estaría separado de cuanto existe, ya que sería esa totalidad, si tuviera conciencia de sí. La intuición tiene antecedentes y vecinos filosóficos. El panteísmo identifica a Dios con la totalidad de la realidad, el panenteísmo sostiene que el mundo está en Dios, pero que Dios no se agota en el mundo. Baruch Spinoza elaboró una concepción de Dios o la Naturaleza que identifica que todo cuanto existe es lo que denominamos Dios: Todo cuanto es, es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni concebirse. Las diferencias entre estas perspectivas importan porque no basta con hablar de unidad para estar afirmando lo mismo. El panpsiquismo, en algunas de sus formulaciones, atribuye aspectos de experiencia a los componentes fundamentales de la realidad. El cosmopsiquismo considera fundamental una conciencia del cosmos como conjunto. Autores contemporáneos, entre ellos, Itay Shani, Yujin Nagasawa y Philip Goff han contribuido a esta discusión desde posiciones diferentes. La hipótesis de una conciencia cósmica y la afirmación de una divinidad que dirige nuestras vidas son proposiciones distintas. Nuestra propuesta explora esa frontera. Si la conciencia fuera fundamental y el Universo pudiera conocerse a sí mismo, aquello que llamamos Conciencia Universal podría corresponder a una manera de ver lo que distintas culturas han llamado Dios. Presentamos esa posibilidad como hipótesis abierta al diálogo con la ciencia. La conciencia humana demuestra que en el Universo existe esa experiencia… Los seres humanos hemos pasado siglos buscando un rostro para lo que nos sobrepasa. Lo encontramos en el Sol que vuelve, en la tormenta que amenaza, en un Padre que escucha, en un camino que no puede nombrarse. Algunos dejaron de buscarlo, mientras otros aprendieron a vivir con la pregunta. Nosotros volvemos la mirada al Universo y nos atrevemos a indagar si, en aquella inmensidad de la que formamos parte, podría haber algo más que procesos de funcionamiento, y más bien una totalidad capaz de sentirse y conocerse. La mayoría de la humanidad siente que alguien nos escucha y que podemos apelar a su presencia. Sabemos y estamos conscientes de que nosotros podemos escuchar o ver el dolor ajeno. Por ello suponemos o creemos que una conciencia inmensa o suprema debe sostener el destino de cada vida y de casa átomo o existencia. Estamos al tanto que nuestras decisiones pueden mantener o perjudicar la vida de alguien. Mientras buscamos qué o quién es el Universo, tenemos una responsabilidad que no admite aplazamiento, como es cuidar esta breve oportunidad de existir, pensar y amar. Quizá nuestra manera más digna de acercarnos a lo divino comience en la forma de tratar a quienes comparten con nosotros el misterio de estar aquí…
Al final…
… Volvemos a aquel ser humano que levantó la mirada hacia el cielo. Hoy sabemos mucho más acerca de las estrellas, pero seguimos haciéndonos preguntas que ningún telescopio puede responder por nosotros. ¿Qué significa estar aquí? ¿Hasta dónde llega lo que somos? ¿Por qué podemos comprender una parte del Universo y, al mismo tiempo, sentirnos tan pequeños dentro de él?... Hemos aprendido a medir distancias inmensas, mientras seguimos buscando palabras para expresar lo que ocurre en nuestra intimidad cuando alguien nace, cuando alguien se va a otra vida o cuando amamos. Después de recorrer tantos nombres de dioses, quizá podamos mirar con mayor comprensión a quienes pronuncian uno diferente del nuestro. Detrás de una oración que desconocemos puede haber una madre con el mismo temor que la nuestra, una persona agradecida por haber vivido, o alguien que necesita fuerzas para comenzar de nuevo. Las diferencias entre nuestras creencias son reales, pero también lo es esa humanidad compartida. Entender esto permite sostener una convicción sin convertirla en una frontera contra los demás. También quien guarda silencio ante lo divino merece ser escuchado, porque la duda puede ser una forma honesta de buscar. Como psicólogos, nos interesa lo que una creencia hace en la vida de quien la sostiene. ¿Le permite afrontar el dolor, reconocer sus errores, convivir con la incertidumbre? ¿Lo acerca a los demás o lo lleva a despreciarlos? Nos corresponde preguntar qué sucede cuando alguien asegura hablar en nombre del Creador, y reclama obediencia a la supuesta “palabra de Dios”. Ninguna autoridad debería quedar a salvo del examen de sus actos por invocar un origen sagrado. La intimidad de la fe merece respeto, y el ejercicio del poder exige responsabilidad… Desde nuestra propuesta, permanece abierta una posibilidad que nos conmueve, como es que la conciencia con la cual interrogamos al Universo pudiera participar de una realidad consciente más vasta. Si así fuera, buscarla sería también intentar reconocer nuestra pertenencia a ella. Tal vez la experiencia espiritual de sentirse encontrado expresaría ese descubrimiento, como es advertir un vínculo que habría estado allí antes de que supiéramos nombrarlo. Lo planteamos como una posibilidad cuyo significado deseamos explorar, con la libertad de imaginar y la disposición de revisar lo que pensamos... Entretanto, cada generación recibe las preguntas de la anterior y añade las suyas. Nuestros hijos y nietos mirarán ese mismo cielo con conocimientos que hoy apenas podemos anticipar. Ojalá les dejemos, junto con nuestras creencias, la libertad de examinarlas, junto con nuestras esperanzas, el valor de preguntar, y con nuestras palabras sobre lo sagrado, y una vida que haya sabido respetar la suya. Algún día sabremos si el Universo ¿es solamente aquello de lo que estamos hechos o también una presencia consciente de la cual formamos parte?... Y el hecho de poder formular esa pregunta ya merece nuestro asombro. La mayoría de la humanidad piensa que Dios está en todas partes, es decir en cada célula en cada uno de átomos y las partículas que conforman nuestro cuerpo, y nosotros estamos dentro del Universo. Para quienes concebimos al Universo como el Ser Supremo, dotado de conciencia propia, nuestra existencia transcurre dentro de esa misma realidad. Si le atribuimos omnisciencia, entendemos que nada quedaría fuera de su conocimiento, incluidos nosotros y nuestras preguntas más íntimas. Desde esta perspectiva, buscar en nuestro interior sería una manera de explorar nuestra relación con la totalidad a la que pertenecemos. En la creación científica, una idea puede surgir antes de que quien la concibe, consiga explicar cómo llegó a ella. Por ello, científicos connotados hablan de la intuición que tuvieron dentro de sí mismos para desarrollar sus teorías. Por esto creemos que leer un catecismo puede acercarnos a una tradición, pero ninguna enseñanza puede realizar por nosotros el trabajo íntimo de comprender nuestra propia verdad. Los librepensadores buscamos dentro de nosotros las propias creencias, apoyándonos en el conocimiento, la ciencia y la intuición… Por ahora, en algún lugar de esa inmensidad, nuestra pequeña porción de materia ha abierto los ojos, se hizo consciente, ha amado a alguien y se ha preguntado por el sentido de existir. Somos nosotros… y fuimos creados por nuestros padres y hemos creado la vida de nuestros hijos y así, tenemos claro que al ser creados “a su imagen y semejanza” fuimos dotados para compartir la esencia de su divinidad como es: ¡Vivir y crear vida!… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.

(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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