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¿Por qué quieres adivinar el futuro?

¿Buscamos señales… o sentido? ¿Quién nos guía hoy e influye en nuestras decisiones? Del oráculo a un nuevo adivino: ¿El algoritmo? ¿La IA?

Del tarot a la inteligencia artificial: ¿Seguimos necesitando orientación?

 

No buscamos el futuro por curiosidad, sino por necesidad emocional. Las profecías no predicen el futuro, pero pueden ordenar el presente si se usan con conciencia o sin ella. Adivinar el futuro en tiempos de incertidumbre nos calma. Lo importante no es si el horóscopo acierta, sino si nos ayuda a vivir con más sentido y menos miedo.

 

¿Cuántos quieren saber que va a pasar?

 

El número de personas que leen horóscopos, consultan adivinos, o creen en profecías es sorprendentemente alto en muchas partes del mundo. Si bien varía por región, edad, nivel educativo y contexto cultural, hay cifras y estudios que ofrecen una visión clara de la magnitud de este fenómeno. Según el Pew Research Center (2025), el 30% de los estadounidenses consulta astrología, cartas del tarot o a adivinos pero algunos dicen que acuden a estas prácticas por diversión. Un estudio de YouGov en Reino Unido reveló que 8 % lee regularmente o cree en los horóscopos y que las mujeres son más propensas a dar crédito a los horóscopos que los hombres.

En Latinoamérica se estima que más del 35% dicen leer el horóscopo al menos ocasionalmente. En India, un informe del Pew Research Center revela que aproximadamente 44 % de sus habitantes “creen en la astrología (44%), o en la idea de que la posición de los planetas y las estrellas puede influir en los acontecimientos de la vida de las personas. El 83% de los ellos dicen que fijan fechas importantes basándose en días u horas auspiciosas”. Los hindúes son los más propensos a decir que creen tanto en el destino (73%) como en la astrología (49%). En China, Según una encuesta realizada por Woshipm, el 82% de los encuestados cree en la astrología y las mujeres tienden a creer más. Además, las personas menores de 25 años son más propensas a ser fanáticas de la astrología china. El 47% de los encuestados lee artículos relacionados con la astrología de vez en cuando, mientras que el 9% de ellos los lee todos los días. 

 

Testimonio de Ana Luisa, 34 años, diseñadora gráfica (México): "Leo el horóscopo todas las semanas. Sé que no es una ciencia exacta, pero muchas veces me ha ayudado a pensar en lo que estoy viviendo desde otro ángulo. No busco que me diga qué hacer, pero me conecta con una parte de mí que necesita guía, como si el universo me recordara que no estoy sola."

Creencia en adivinación y videntes

 

En Estados Unidos, alrededor del 22% de los adultos han consultado a un psíquico, médium o vidente, y un tercio de los encuestados, el 34% cree haber tenido algún tipo de episodio psíquico, como predecir correctamente el futuro. Sin embargo, los episodios psíquicos son más comunes entre las mujeres (40%) que entre los hombres (29%). Además, reporta que el 41 % de los estadounidenses cree en la percepción extrasensorial (ESP). El 26 % cree en la clarividencia y alrededor del 21–24 % confía en un “mediumship” con capacidad de comunicarse con fantasmas o espíritus.

En Europa occidental, la cifra varía entre el 10% y el 25%, dependiendo del país y la edad. En América Latina, en países como México, Cuba, Brasil y Venezuela, podemos estimar que entre el 30% y el 45% han acudido a santeros, brujos o adivinos alguna vez en su vida.

 

Creencia en profecías o predicciones del futuro

 

Se considera que uno de cada tres adultos (33%) cree en profecías sobre el futuro del mundo o de sus vidas. Una encuesta de Pew realizada del 11 al 17 de abril de 2022 entre adultos estadounidenses encontró que aproximadamente el 39 % cree que “estamos viviendo en los tiempos del fin, una creencia vinculada al cumplimiento de profecías apocalípticas. Entre los protestantes evangélicos, esa cifra alcanza el 63 %, y entre los protestantes afroamericanos llega al 76 %. La creencia en que nos encontramos en los “tiempos finales” alcanza al 29 % en otras religiones no cristianas y al 23 % entre quienes no profesan ninguna religión.  Aunque esta encuesta se centra en Estados Unidos, muestra una fuerte tendencia hacia creencias proféticas vinculadas a eventos globales, como la proximidad del fin del mundo. No corresponde exactamente al “33 %” a nivel global, pero proporciona datos consistentes sobre creencias en profecías entre adultos.

En contextos religiosos, muchas personas asocian profecías con creencias apocalípticas o revelaciones divinas. En Estados Unidos, el 41% de los evangélicos cree que los eventos actuales cumplen con profecías bíblicas. Tomando en cuenta la superposición entre prácticas como que una misma persona puede creer en horóscopos y en profecías, calculamos que entre el 30% y el 60% de la población mundial tiene algún nivel de creencia o interés en la astrología, la adivinación o las profecías. La atracción por estas prácticas no se limita a sectores sin educación formal. Estudios muestran que personas con grados universitarios también leen horóscopos o consultan tarot como forma de orientación simbólica o emocional. Durante crisis sociales o personales, guerras, pandemias, o cambios económicos, el interés en estas prácticas aumenta significativamente.

 

Testimonio de Martín, 48 años, profesor de historia (Argentina): "Durante una crisis personal, acudí a una tarotista por recomendación de una amiga. Lo que me dijo no era mágico, pero sí simbólico. Me ayudó a ver que tenía opciones, que mi historia aún estaba en movimiento. Fue como una terapia con otro lenguaje, uno más emocional. A veces necesitamos que alguien nos devuelva un sentido posible."

 

¿Por qué buscamos profecías, horóscopos y predicciones?

Desde que amaneció la humanidad, mujeres y hombres han alzado la mirada al firmamento, intentando descifrar, en el lenguaje de las estrellas, los eclipses, los vientos y las tormentas, algún sentido oculto del porvenir. No lo hacen únicamente por asombro o contemplación, sino movidos por una necesidad vital, la de supervivencia. Antiguamente, predecir la llegada de las lluvias o la migración de los animales podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Con el tiempo, esa necesidad práctica se entrelazó con otra aún más profunda, como es la de calmar la angustia ante lo incierto.

Las profecías, los horóscopos, la quiromancia, los augurios, los sueños premonitorios y otras formas de adivinación no son simples supersticiones. Son dispositivos simbólicos, culturales y emocionales que nos han acompañado desde siempre como un intento humano —y profundamente legítimo— de darle forma al caos. Como psicólogos lo hemos observado una y otra vez, lo que paraliza no es la adversidad, sino el no saber. La incertidumbre —esa sensación de estar suspendidos entre lo que ya no es y lo que aún no llega— suele ser más perturbadora que una mala noticia concreta.

En ese contexto, cualquier sistema que prometa anticipar el futuro —aunque sea a través de metáforas— puede brindar alivio, dirección y sentido. Y ese sentido no es banal. A veces, una lectura de tarot, un sueño interpretado, una frase del horóscopo, funciona como un catalizador emocional o como un espejo que nos devuelve lo que necesitamos escuchar, para decidir, movernos, reconstruirnos. Lo que los antiguos llamaban oráculo, hoy lo podríamos entender como un ritual psíquico que activa recursos internos. No necesariamente revela el futuro, pero sí despierta la voluntad de caminar hacia él.

 

Testimonio de Sara, 26 años, psicóloga en formación (España): "No me avergüenza decir que creo en la astrología. No como destino inamovible, sino como una forma simbólica de autoconocimiento. Para mí, es una herramienta de reflexión. Así como la mitología nos enseña arquetipos, la carta astral me ayuda a pensar quién soy, qué repito y qué puedo transformar."

 

El pensamiento mágico y su herencia ancestral

 

Desde tiempos remotos, los seres humanos hemos buscado comprender el mundo no solo a través de la razón, sino también mediante la intuición, el símbolo y el rito. La neurociencia evolutiva ha demostrado que nuestro cerebro está diseñado para detectar patrones, incluso donde no existen de manera objetiva. Este rasgo adaptativo —ver conexiones, anticipar consecuencias, prever peligros— nos ha permitido sobrevivir como especie. Pero también nos ha hecho vulnerables a una forma particular de reflexión que se concreta en el pensamiento mágico. Lejos de ser un defecto cognitivo, este pensamiento encantador es una expresión profunda de nuestra humanidad. Como ha señalado el antropólogo cognitivo Pascal Boyer, las creencias en entidades sobrenaturales o en fuerzas invisibles no surgen necesariamente de la ignorancia, sino de procesos mentales automáticos que habitan en todos nosotros. El deseo de encontrar sentido, de conectar lo visible con lo oculto, de hallar un orden en medio del caos, forma parte del funcionamiento natural de la mente humana.

Creer en horóscopos, interpretar los sueños o seguir rituales no es sinónimo de irracionalidad. Más bien es una forma simbólica de habitar el misterio. En palabras de Carl Gustav Jung, el inconsciente colectivo está poblado por arquetipos, figuras universales que nos conectan con nociones esenciales como el destino, el renacimiento, el tiempo cíclico, la justicia cósmica, y la misión vital. Y el horóscopo —como otras formas de mitología viva— funciona precisamente como eso, como un espejo arquetípico que refleja lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.

Cuando a una persona le echan las cartas del tarot o le lee su carta astral o sigue el tránsito de los planetas, no está necesariamente creyendo en una mecánica literal del universo, sino buscando una narrativa que le devuelva coherencia a su historia personal. El horóscopo nos susurra que no estamos solos ni perdidos, que nuestras vivencias responden a una trama mayor, que hay un lenguaje simbólico que ordena la aparente aleatoriedad de la vida. Nos dice que nacer bajo ciertas energías no es una condena, sino una clave. Que lo que nos sucede tiene un lugar dentro del Todo. Y eso —creíble o no desde la ciencia— tiene un valor psicológico incalculable ya que transforma lo absurdo en destino, el azar en sentido, y la incertidumbre en probabilidad.

 

Testimonio de Rodrigo, 39 años, ingeniero en sistemas (Chile): "Nunca he creído en horóscopos ni en profecías. Respeto a quien lo hace, pero para mí es importante tomar decisiones con base en datos, no en símbolos. Prefiero asumir la incertidumbre como parte de la vida, sin buscar atajos que me den una falsa sensación de control."

 

Religión y ciencia, herederas del oráculo

 

El impulso por anticipar el futuro —por dotarlo de sentido, por integrarlo en una narrativa existencial— nos ha acompañado desde el principio. Las religiones organizadas no han permanecido ajenas a esta necesidad. Al contrario, han ofrecido visiones proféticas, promesas de salvación, relatos del fin de los tiempos y de renacimiento cósmico.

Las profecías bíblicas, los textos apocalípticos, las revelaciones del Reino de Dios o del Juicio Final son expresiones simbólicas que articulan el porvenir como un destino que da forma al presente. En este sentido, la religión no sólo consuela, es de hecho una estructura de esperanza, y al hacerlo, ordena la experiencia de la incertidumbre.

Como señala el filósofo Paul Ricoeur, “el relato configura el tiempo”, y en las religiones, esa configuración narrativa se convierte en una brújula moral. No se trata únicamente de lo que va a suceder, sino de cómo vivir en función de aquello que se espera. En muchos casos, la religión ha ofrecido un marco más normativo y universal que el horóscopo, pero no menos simbólico ni menos profético.

La ciencia moderna, por su parte, ha desplazado al oráculo, pero ha heredado su función esencial. Aunque habla el lenguaje de la evidencia y el algoritmo, su tarea también consiste en proyectar el futuro. Los modelos climáticos, las simulaciones de pandemias, los escenarios de colapso ecológico o los pronósticos sobre inteligencia artificial son formas contemporáneas de una adivinación racional. Harari, en Homo Deus, sugiere que la autoridad del futuro ya no recae en dioses o profetas, sino en grandes sistemas de procesamiento de datos, como serían los algoritmos que predicen lo que haremos antes de que lo sepamos nosotros mismos. Y sin embargo, como advertía Heidegger, lo que verdaderamente nos distingue como humanos no es sólo anticipar el futuro, sino vivir en el modo de la preocupación o “Sorge”, ese estar-arrojados a un mundo cuyo porvenir nos implica y nos desborda. El deseo de saber lo que vendrá no es banal, es una forma de existencia. Ya sea desde el altar o desde el laboratorio, lo que buscamos es lo mismo, un relato que nos diga hacia dónde vamos, qué sentido tiene lo que nos ocurre, y si aún es posible transformar el destino que otros —o nosotros mismos— hemos empezado a escribir.

 

Testimonio de Elvira, 61 años, médica internista (Colombia): "A muchos pacientes les tranquiliza escuchar una predicción, pero yo he visto cómo eso también puede convertirse en una dependencia. La angustia ante lo desconocido es muy real, pero creo que se enfrenta mejor con herramientas internas, con pensamiento crítico, con apoyo emocional, y decisiones responsables, no con cartas ni horóscopos."

 La inteligencia artificial oráculo del siglo 21

 

Hoy, millones de personas le formulan a la inteligencia artificial preguntas que, en otros tiempos, reservaban para el tarot, el horóscopo o el consejo de un sabio. Consultan qué carrera elegir, si su pareja es la correcta, cómo será el futuro del planeta, qué decisión tomar en una encrucijada vital. Y aunque una IA no predice el porvenir como lo haría una pitonisa en Delfos, su función —en términos psicológicos y culturales— es sorprendentemente análoga por lo que proyecta escenarios, organiza la incertidumbre, y ofrece respuestas.

La diferencia no está en el deseo humano, sino en el lenguaje del oráculo. La IA no lee los astros ni interpreta símbolos místicos, lo que hace es consultar patrones, datos masivos, modelos probabilísticos. Es un oráculo que se alimenta del pasado registrado, de tendencias medibles y de correlaciones estadísticas. Pero el impulso que lleva a los usuarios a formularle preguntas existenciales es el mismo que motivó durante siglos la consulta de augurios, buscamos sentido, orientación, alivio. Pareciera que queremos que algo —humano o no humano— nos diga qué hacer, que nos confirme lo que intuimos, o que nos libere de la angustia de elegir sin garantías.

Desde nuestra experiencia clínica y existencial, sabemos que esa necesidad es profundamente humana, pero también profundamente vulnerable. Porque si no va acompañada de pensamiento crítico, autoconocimiento y libertad interior, la tecnología puede convertirse en una nueva forma de dependencia emocional o intelectual. Tan riesgoso puede ser creer ciegamente en un horóscopo como delegar nuestras decisiones en algoritmos sin rostro. No importa si la respuesta viene de una vidente o de una supercomputadora. La responsabilidad de vivir, de decidir, de errar y rectificar, sigue siendo nuestra. La IA puede ser guía, brújula, espejo. Pero no puede —ni debe— reemplazar el proceso más complejo y sagrado de todos, como es ser protagonistas conscientes de nuestra propia vida. El verdadero oráculo está en nosotros cuando nos atrevemos a escuchar, con coraje, nuestras preguntas más profundas y buscar las respuestas.

 

El caso de Marina

 

Contexto: Una joven española acude con una psicóloga porque se siente como adicta a leer el horóscopo cada día, y a asistir con relativa frecuencia a quirománticos para que la orienten, es su primera vez con un psicólogo, y pide ayuda.

Psicóloga: Hola, bienvenida. Me alegra que hayas decidido venir.

Marina: Tengo 27 años. Y la verdad, no sé muy bien cómo empezar.

Psicóloga: No te preocupes, estás en un espacio seguro. Cuéntame qué te trajo hasta aquí, a tu ritmo.

Marina: Pues… últimamente siento que dependo demasiado del horóscopo y de las lecturas de manos. Sé que suena raro, pero no puedo tomar decisiones importantes sin consultarlo. Me angustio si no lo leo cada vez. Y cuando me dicen algo negativo, me afecta todo el día. Me siento perdida… como si no supiera qué hacer con mi vida si no me lo dicen ellos.

Psicóloga: Gracias por compartirlo con tanta sinceridad, Marina. Que estés aquí ya es un paso muy valiente. ¿Hace cuánto sientes esta necesidad?

Marina: Hace como dos años. Al principio era por curiosidad, como un juego. Pero desde que terminé una relación importante… empecé a buscar señales por todas partes. Me tranquilizaba leer el horóscopo. Me daba la sensación de que todo tenía un sentido, de que el universo me guiaba. Pero ahora siento que no sé decidir sola.

Psicóloga: Eso que describes no es raro. Cuando atravesamos momentos de pérdida o incertidumbre, nuestro cerebro y nuestro corazón buscan significado. Buscamos orden en el caos, y a veces los símbolos —como los horóscopos o la quiromancia— nos ofrecen ese orden. No estás sola en eso.

Marina: Pero no quiero depender de eso. Me siento débil por necesitarlo. Y no sé cómo soltarlo sin quedarme vacía…

Psicóloga: Marina, lo importante no es juzgarte, sino comprender qué necesidad emocional está cubriendo esa práctica. Porque tú no eres débil. Estás buscando orientación, alivio, certeza. Y eso es profundamente humano. Lo que podemos trabajar juntas es cómo construir tu propia brújula interior. Ayudarte a reconectar con tu intuición, con tu capacidad de decidir por ti misma. Aprender a tolerar la incertidumbre sin que te paralice. Y si te parece bien, exploraremos también herramientas como la escritura reflexiva, el mindfulness o los valores personales, para que cada decisión que tomes no dependa de lo que digan los astros… sino de lo que tú sientas, pienses y elijas con conciencia.

Marina: Sí… eso me gustaría. Me gustaría poder confiar más en mí.

Psicóloga: Y lo vas a lograr. No se trata de borrar lo que sentías al leer un horóscopo. Sino de entender qué buscabas allí… y aprender a encontrarlo dentro de ti. Porque tu conciencia también tiene voz. Solo necesita que empieces a escucharla sin intermediarios.

Mantener el control personal

 

Tal vez lo más importante que podamos decir —y compartir— es que no buscamos el futuro por simple curiosidad. Lo buscamos porque lo necesitamos para vivir. Porque la conciencia humana no se sostiene solo con certezas ni con presente. Necesita una dirección, un horizonte, una esperanza, un propósito en los vertiginosos cambios que vivimos. Necesita saber que el mañana no está vacío. Y por eso, desde tiempos remotos, hemos creado profecías, horóscopos, oráculos, visiones y símbolos, no como fórmulas mágicas, sino como mapas interiores y como faros en la oscuridad.

No deberíamos burlarnos ni subestimar estas formas simbólicas de sabiduría ancestral. Más allá de su literalidad o precisión, cumplen una función que sigue siendo válida, nos ayudan a nombrar lo invisible, a ordenar lo incierto, a dialogar con lo que no controlamos. Porque lo que está verdaderamente en juego no es si el horóscopo “acierta”, sino si nos ayuda a comprendernos, a elegir mejor, a vivir con más conciencia y objetivos.

Hoy, en un mundo donde la inteligencia artificial puede redactar poemas, pero millones de personas aún no tienen para comer adecuadamente, donde podemos simular futuros con algoritmos cuánticos, pero seguimos sin resolver las guerras, donde conviven la hiperconectividad y la soledad, el avance científico y el vacío existencial... no necesitamos menos profecías. Necesitamos mejores formas de imaginar el futuro. De construirlo con lucidez, con empatía, con ética. No se trata de adivinar lo que viene, sino de co-crear, con responsabilidad lo que puede ser. Ni los astros ni los datos pueden sustituir al discernimiento interior, a la reflexión profunda, a la decisión libre. Pero pueden acompañarnos, si los usamos con conciencia, como recursos simbólicos o herramientas racionales al servicio de una vida con sentido. Porque, al final, el verdadero oráculo quizás no está ni en el cielo, ni en la pantalla, ni en las cartas. Está en la profundidad de la conciencia humana. En esa voz callada que nos habita, que pregunta, que imagina, que sueña. En ese anhelo íntimo que todos compartimos —tú que lees esto, nosotros que lo escribimos— de transformar el hoy mientras vislumbramos el mañana.

 

Testimonio de Daniel, 29 años, activista social (Perú):"Creo que hay un peligro en delegar el poder de decidir a una IA, a una profecía o a un astrólogo. La vida exige compromiso. Imaginar el futuro sí, pero desde el análisis y la acción. No quiero que nadie —humano o máquina— me diga qué hacer. Prefiero construir el futuro con otros, no esperar que alguien lo vea por mí."

 

¿Qué pensamos?

 

Gracias por acompañarnos en este recorrido por los antiguos oráculos y las nuevas inteligencias, por la magia y la razón, por lo simbólico y lo científico. Hemos intentado pensar con ustedes, con respeto por lo ancestral, y con responsabilidad hacia lo que viene. Y si algo queda de este diálogo, ojalá sea esto. No tengas miedo de buscar la felicidad a través de señales, pero nunca dejes que ellas decidan por ti. Escucha a la ciencia, a los sabios, a los algoritmos, al Universo… pero sobre todo, escúchate a ti. Porque el futuro no es un dato ni un destino. Es una historia que todos estamos escribiendo juntos…

Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, puedes escribirnos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…


 

 

 

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