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¿Nos están preparando para lo impensable?

hace 11 horas
9 min de lectura

Alertas de abastecimientos en distintos países y videos de destrucción nuclear inspiran temor. ¿Se quiere justificar otro ataque antihumano?... El miedo influye en nuestras decisiones. Que nos dicen las alarmas, las imágenes falsas y el riesgo de aceptar una guerra para sentir calma…



¿Promoción de guerra?


Una ciudad desaparece bajo un resplandor. Después llega la onda expansiva, los edificios se desintegran y una nube gigantesca ocupa el horizonte. La imagen parece cinematográfica, pero el nombre de la ciudad pertenece a nuestra vida: Washington, Las Vegas, Chicago, Los Ángeles, Miami. Allí viven nuestros hijos, nuestros amigos, nosotros mismos. Estas recreaciones digitales de una catástrofe nuclear plantean una inquietud que trasciende su falsedad: ¿qué ocurre en una sociedad cuando empieza a contemplar repetidamente su propia destrucción? La cuestión adquiere otra dimensión cuando esas imágenes coinciden con recomendaciones gubernamentales para almacenar alimentos, agua y medicamentos, y con noticias sobre posibles ataques militares. ¿Estamos ante medidas prudentes de protección civil, ante una explotación comercial del miedo, o ante una operación de guerra psicológica? Como psicólogos y periodistas, consideramos necesario examinar esas posibilidades sin confundirlas. El miedo puede ser utilizado políticamente. Pero sospechar una intención no equivale a haberla demostrado. La responsabilidad consiste en investigar el peligro sin convertirnos nosotros mismos en sus propagadores…

 

Prepararse no significa anunciar una guerra

 

Las recomendaciones oficiales existen. Sin embargo, describirlas en conjunto como una declaración simultánea de alerta nuclear mundial sería inexacto. El Gobierno británico presentó el 22 de octubre de 2026 una campaña de preparación doméstica ante interrupciones de servicios esenciales. Propone prepararse para tres días de dificultades y menciona fenómenos meteorológicos, cortes eléctricos y problemas de suministro. El propio comunicado explica que desarrolla recomendaciones publicadas desde mayo de 2024 y que forma parte de una campaña de tres años. Su alcance es el Reino Unido. En los Países Bajos, la campaña Denk vooruit recomienda autonomía durante 72 horas sin agua, electricidad o internet. Su lanzamiento se remonta a noviembre de 2025. El Gobierno la vincula tanto con acontecimientos geopolíticos como con el cambio climático. No constituye, por sí misma, un anuncio de ataque inminente. Alemania aconseja disponer, si es posible, de suministros para diez días, aunque reconoce que tres días ya representan una ayuda. Su organismo de protección civil incluye expresamente la guerra entre los riesgos considerados y relaciona esa incorporación con la invasión rusa de Ucrania y las inquietudes ciudadanas. También aborda apagones, sabotaje, desinformación y salud mental. En el norte de Europa hay antecedentes igualmente anteriores a estas últimas semanas. Suecia actualizó en 2024 su folleto sobre crisis y guerra, mientras Noruega elevó ese año su recomendación de autosuficiencia de tres días a una semana. Estados Unidos también publica instrucciones para emergencias radiológicas y nucleares. La existencia de esas guías acredita planificación preventiva, no demuestra que las autoridades conozcan un ataque próximo contra una ciudad determinada. Estados Unidos también está reforzando la autonomía de sus instalaciones militares mediante el programa FORTRESS America. Según declaraciones de Dale Marks, responsable del Pentágono para energía e instalaciones, recogidas por Breaking Defense el 30 de octubre, se exige mantener reservas de componentes críticos, combustibles, propelentes y municiones para 90 días, mientras se busca que las bases puedan funcionar sin electricidad externa durante períodos de 30, 60 o incluso 90 días. Se trata de la preparación y la continuidad operativa militar, no de una alerta a la población. Sin embargo, revela que el Pentágono contempla interrupciones prolongadas de infraestructura y suministros como escenarios frente a los cuales considera necesario proteger su capacidad de actuación. Estas medidas reflejan preocupación por riesgos reales. Pero sus distintas fechas, propósitos y alcances impiden presentarlas como prueba de una única orden mundial. Una recomendación preventiva, una alerta operativa y una amenaza militar son acontecimientos diferentes, aunque las redes puedan reunirlos dentro del mismo relato.

 

Lo que sí sabemos sobre noviembre


 

La preocupación por una nueva escalada contra Irán tiene sustento periodístico. El 22 de octubre, ABC News informó, citando fuentes israelíes, sobre planes estadounidenses e israelíes para reanudar ataques después de las elecciones de medio mandato. La Casa Blanca confirmó al medio que Estados Unidos no atacaría antes de esos comicios y Estados Unidos advirtió a sus aliados que se preparen para posibles ataques a Irán y represalias tras las elecciones. Por otra parte, en Israel los resultados del recuento ya fueron publicados, mientras su entrega formal al presidente Isaac Herzog está prevista para el 4 de noviembre. Esa fecha institucional no demuestra la existencia de un plazo militar, aunque se sitúa inmediatamente después de las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre. Ahora bien, los calendarios electorales pueden influir sobre los cálculos de los dirigentes. Resulta legítimo investigar esa relación. Lo que no corresponde es transformar fechas próximas y declaraciones amenazantes en la certeza de una decisión nuclear. Además, atacar una instalación nuclear y atacar con un arma nuclear son cosas radicalmente distintas. Confundirlas puede aumentar el miedo y deteriorar la comprensión pública.

 

La hipótesis de una preparación psicológica

 

La posibilidad que debemos examinar es esta, ¿podrían Estados Unidos e Israel aprovechar un clima de temor para presentar un eventual ataque nuclear contra instalaciones iraníes subterráneas, supuestamente alejadas de centros urbanos, como una acción necesaria para impedir una catástrofe mayor? Como hipótesis de persuasión política, es concebible. Como descripción de una operación actualmente comprobada, las fuentes consultadas no la sustentan. Para atribuir los videos a una campaña conjunta haría falta identificar sus productores, financiación, redes de distribución y vínculos verificables con organismos estatales. También habría que demostrar que las campañas de protección civil forman parte de ese mismo propósito. La coincidencia temporal y el beneficio político potencial no bastan. Por lo que debemos considerar otras explicaciones como producto de creadores que buscan audiencia, canales que explotan la ansiedad, propaganda de actores diferentes, usuarios que comparten imágenes porque están asustados o una combinación de esas dinámicas. La repetición de esos contenidos en nuestras propias pantallas no permite concluir que estén presentes con igual intensidad en todas las redes y medios. Existen casos comprobados de imágenes nucleares falsas que cambian de contexto. Full Fact documentó el 29 de octubre un video de una explosión con forma de hongo, generado con inteligencia artificial, presentado como un acontecimiento en Ucrania. El mismo material había circulado anteriormente asociado a un supuesto ensayo nuclear iraní. El caso demuestra reutilización engañosa y no identifica una operación estadounidense o israelí.

 

Cuando el miedo ofrece una salida



La investigación psicológica ayuda a comprender por qué esta inquietud merece atención. Un metaanálisis de Melanie Tannenbaum y colaboradores, publicado en Psychological Bulletin en 2015, encontró que los mensajes que apelan al miedo pueden influir sobre actitudes, intenciones y conductas, especialmente cuando presentan una respuesta percibida como eficaz frente a la amenaza. El trabajo no demuestra una campaña nuclear contemporánea, pero sí permite entender un mecanismo general de persuasión. Trasladado como interpretación al terreno político, el riesgo aparece cuando alguien plantea que “el enemigo puede destruirnos y únicamente esta acción extrema podrá impedirlo”. Quien acepta ambas premisas puede empezar a juzgar la violencia desde el alivio que promete, relegando sus consecuencias. La repetición añade otra dificultad. Lisa Fazio y sus colaboradores mostraron que afirmaciones repetidas pueden parecer más verdaderas por resultar familiares, incluso cuando las personas disponen de conocimientos relevantes para cuestionarlas. Es el llamado efecto de la verdad ilusoria. Sus experimentos estudiaron afirmaciones, aunque no permiten concluir automáticamente que ver explosiones digitales produzca aceptación de una guerra. Pero advierten sobre la facilidad con que familiaridad y credibilidad pueden confundirse… Tampoco existe una reacción humana única. Las mismas imágenes pueden despertar rechazo, ansiedad, agotamiento o demandas de negociación. El miedo puede acercar a una persona al discurso bélico y llevar a otra a combatirlo. Por eso conviene evitar una explicación mecánica según la cual mostrar reiteradamente una bomba termina necesariamente por hacerla aceptable…

 

¿Podría aceptarse que una bomba “puede salvarnos”?

 

Existe una investigación especialmente pertinente y preocupante. Scott Sagan y Benjamin Valentino publicaron en International Security, en 2017, un estudio titulado Revisiting Hiroshima in Iran. Mediante escenarios hipotéticos examinaron las preferencias de ciudadanos estadounidenses ante una guerra con Irán. Encontraron que, bajo determinadas condiciones, una mayoría priorizaba proteger tropas estadounidenses y alcanzar objetivos militares, incluso cuando la opción implicaba emplear armas nucleares y matar a numerosos civiles extranjeros. El hallazgo no es una encuesta sobre las decisiones de octubre de 2026 ni permite pronosticar cómo respondería hoy toda la población. Tampoco demuestra que un gobierno esté aplicando sus conclusiones. Sin embargo, cuestiona una confianza tranquilizadora, como es la idea de que el rechazo social al uso nuclear es invariable. Nuestra interpretación es que una de las formas más peligrosas de justificar la violencia consiste en presentarla como el único medio de evitar una violencia mayor. El juicio moral queda atrapado dentro de una alternativa que alguien ha construido previamente. Por eso, ante la afirmación “si no lo hacíamos nosotros, ellos lo habrían hecho”, la pregunta periodística debe ser inmediata: ¿qué evidencia demuestra ese desenlace, qué otras opciones existían y quién evaluó sus consecuencias? Una posibilidad temida no debe convertirse, por repetición, en un hecho consumado…

 

Irán: incertidumbre no significa certeza

 

La situación del programa nuclear iraní exige rigor. La falta de acceso y verificación constituye un problema serio de proliferación. Un análisis del Security Council Report, publicado antes de la sesión del Consejo de Seguridad del 27 de octubre, recoge las advertencias del Organismo Internacional de Energía Atómica sobre la pérdida de continuidad de conocimiento de materiales nucleares iraníes y la falta de información y acceso a instalaciones. Pero reconocer esa incertidumbre no autoriza a afirmar que existen bombas terminadas, que están a punto de completarse en un lugar determinado o que se ha decidido utilizarlas contra ciudades estadounidenses. Es necesario distinguir material enriquecido, capacidad industrial, desarrollo de un dispositivo, arma operativa y decisión de empleo. Son afirmaciones diferentes y cada una necesita pruebas propias. La insuficiencia de información exige más verificación. No convierte automáticamente en verdadera la interpretación más alarmante.

 

La ilusión de una explosión sin víctimas

 

También debemos examinar la idea de que un arma nuclear utilizada contra instalaciones subterráneas, lejos de las ciudades, podría constituir una solución limitada y controlable. La ubicación importa, pero no garantiza inocuidad. Un estudio del National Research Council sobre armas nucleares destinadas a blancos enterrados analizó sus consecuencias sanitarias y ambientales, incluida la dispersión radiactiva. Sus conclusiones cuestionan la posibilidad de contener completamente los efectos mediante la penetración del arma en el terreno. La distancia respecto de una gran ciudad no elimina a trabajadores, comunidades próximas ni poblaciones expuestas a contaminación. Tampoco resuelve el peligro político, porque una vez empleada un arma nuclear, nadie puede garantizar cómo interpretarán ese precedente otros gobiernos. La palabra “limitado” describe una intención. No asegura el límite de las consecuencias.

 

Lo que enseñó “El día después”

 

La comparación con el film The Day After, emitida en 1983, es pertinente por su capacidad para trasladar el horror nuclear a la vida cotidiana. Sin embargo, no sería históricamente riguroso presentarla como una operación comprobada para preparar a la población a aceptar un ataque atómico. Ronald Reagan vio anticipadamente la película y escribió en su diario del 10 de octubre que lo había dejado profundamente deprimido. Su reacción declarada fue mantener la disuasión y hacer cuanto fuera posible para que nunca ocurriera una guerra nuclear. Ese testimonio no resuelve todas las discusiones sobre la utilización política de la película. Sí impide atribuirle, sin documentación adicional, el propósito específico de legitimar el uso nuclear. La representación del horror también puede despertar conciencia. Puede devolverles rostro a quienes desaparecen cuando una discusión se reduce a mapas, objetivos y balances militares.


 

Al final…

 

… No tenemos pruebas suficientes para afirmar que las campañas de preparación civil y los videos de destrucción forman una operación conjunta destinada a justificar un ataque nuclear. Sí tenemos razones para vigilar cómo se construye el consentimiento para la guerra. Un gobierno responsable prepara a sus ciudadanos y explica lo que sabe, lo que teme y lo que todavía desconoce. Un periodismo responsable somete a examen tanto las promesas de seguridad como las imágenes del desastre. Una ciudadanía libre puede tomar precauciones sin entregar su juicio. La obligación de evitar la proliferación nuclear alcanza también a quienes ya poseen estas armas. Ningún dirigente debería obtener un cheque en blanco invocando una catástrofe cuya inminencia no ha demostrado. Como psicólogos, nos preocupa que el miedo reduzca nuestra capacidad de pensar. Como periodistas, que una imagen fabricada ocupe el lugar de una prueba. Como seres humanos, que empecemos a discutir qué explosión podríamos tolerar antes de agotar lo que podemos hacer para impedirla. Bajo cualquier nube nuclear habría personas que esa mañana prepararon un desayuno, abrazaron a sus hijos o dejaron una conversación pendiente. Personas que nunca participaron en la decisión que podría acabar con sus vidas. Que nuestra imaginación sirva para anticipar el sufrimiento y evitarlo. Que nunca nos acostumbremos tanto al fin del mundo como para dejar de defender cada amanecer… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.








Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

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