¿Debemos responder si nos envían una señal del Cosmos?
Una señal extraterrestre cambiaría nuestra identidad, nuestras creencias y nuestra visión del Universo. ¿Estamos preparados para responder?... Científicos advierten del peligro. La política pide prudencia. ¿Quién hablaría por la humanidad? Proponemos un mensaje de paz al Universo…
El primer contacto…
Si seres conscientes de otra parte del Universo enviaran una señal a la Tierra podría cambiar para siempre nuestra comprensión de la vida, la inteligencia y la conciencia… Durante milenios, los seres humanos hemos levantado la mirada hacia el firmamento preguntándonos si estamos solos. Nuestros antepasados poblaron los cielos de dioses, espíritus y seres sobrenaturales. Posteriormente, los filósofos imaginaron otros mundos habitados y los científicos comenzaron a investigar si la vida podría existir más allá de la Tierra. Aquella antigua inquietud ha dejado de pertenecer exclusivamente a la filosofía y a la imaginación. La astronomía busca planetas potencialmente habitables, la astrobiología investiga las condiciones necesarias para la vida y programas científicos especializados escuchan el Universo buscando posibles manifestaciones de otras inteligencias. Y más reciente, ha surgido en el mundo de la ciencia un debate todavía más trascendente: ¿qué debemos hacer si alguien nos envía un mensaje desde fuera de la Tierra?
El día en que la humanidad tenga que decidir
El 1 de junio de 2026, la Academia Internacional de Astronáutica (IAA, por sus siglas en inglés) actualizó su Declaración de Principios sobre la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre, destinada a orientar la actuación de los investigadores ante una eventual detección. La declaración, elaborada por especialistas del comité SETI bajo la dirección del astrónomo Michael Garrett, sustituyó la versión de 2010 y amplió las recomendaciones para una época caracterizada por nuevas tecnologías, redes sociales e inteligencia artificial… Su séptimo principio establece una recomendación de particular importancia, afirmando que si se confirma la recepción de señales de una inteligencia extraterrestre, no debería enviarse una respuesta hasta realizar consultas internacionales, particularmente a través de las Naciones Unidas y otros organismos representativos. Se trata de una declaración científica y de orientación ética, no de una ley mundial jurídicamente vinculante. Tampoco establece que la humanidad deba guardar silencio para siempre, aun así propone deliberar, antes de responder. Pero esta decisión plantea cuestiones que van mucho más allá de los observatorios astronómicos. Porque, por primera vez en nuestra historia, podríamos tener que decidir no solamente cómo nos relacionamos entre nosotros, sino cómo nos presentamos ante otra civilización del Universo…
La advertencia de Stephen Hawking
Uno de los científicos más reconocidos de nuestra época, el connotado físico Stephen Hawking, advirtió sobre los peligros que podría representar establecer contacto con civilizaciones extraterrestres tecnológicamente superiores. En 2010, durante el documental Into the Universe with Stephen Hawking, comparó un eventual encuentro con extraterrestres con la llegada de Cristóbal Colón a América, cuyas consecuencias fueron devastadoras para numerosos pueblos indígenas. Seis años después, en 2016, reiteró su advertencia con una frase particularmente significativa: “Deberíamos ser cautelosos antes de responder”. El reconocido físico Hawking no pretendía demostrar que otras civilizaciones fueran hostiles. Su razonamiento partía de nuestra propia experiencia histórica, porque cuando dos sociedades con capacidades tecnológicas muy diferentes entran en contacto, la más vulnerable puede sufrir consecuencias irreversibles…¿Debemos suponer que una civilización más avanzada necesariamente reproduciría nuestros comportamientos de conquista y dominación?... La historia humana también contiene casos de cooperación, solidaridad y encuentros que han enriquecido a diferentes sociedades.
Por eso, aunque la advertencia de Hawking merece consideración, no demuestra que cualquier comunicación extraterrestre sea peligrosa. Nos invita, más bien, a reconocer los límites de nuestro conocimiento, y la necesidad de evaluar los riesgos antes de actuar. La prudencia no tiene por qué ser enemiga de la curiosidad. Y el deseo de conocer no debe confundirse con la obligación de responder.
¿Por qué guardar silencio?
Imaginemos que lo que esperan investigaciones, físicos y astrónomos como es que un radiotelescopio reciba una secuencia de señales procedentes de un sistema estelar lejano sucediera. No parecen ondas ni frecuencias naturales ni interferencias terrestres. Varios observatorios independientes confirman su origen y los investigadores encuentran patrones que, después de rigurosos estudios, constituyen evidencia convincente de una tecnología extraterrestre… Sería uno de los acontecimientos científicos más importantes de la historia humana. El segundo paso, sería demostrar que esa señal procede de una tecnología del Universo fuera de la Tierra. Aun así, esto no equivaldría a comprender su contenido, ni conocer las intenciones de sus emisores o establecer que desean conversar con nosotros. Tampoco sabríamos si aquella civilización se encuentra en una etapa tecnológica comparable a la nuestra o si nos supera por miles, incluso millones de años de desarrollo… Desde una perspectiva psicológica, nuestra primera reacción probablemente combinaría curiosidad, asombro, esperanza e incertidumbre. Algunas personas podrían interpretar el descubrimiento como una oportunidad extraordinaria. Otras, como una amenaza para su seguridad, sus convicciones o su concepción del mundo.
La historia nos muestra el comportamiento humano
Y nos indica que los seres humanos podemos reaccionar con temor ante lo desconocido. Pero también que hemos logrado ampliar nuestro conocimiento precisamente porque algunos se atrevieron a cuestionar los límites de lo conocido. En este punto y ante el descubrimiento, aparece el dilema: el silencio puede constituir una decisión prudente, pero también podría significar renunciar a una oportunidad histórica de conocimiento, y además el no responder no significa necesariamente permanecer ocultos. La Tierra ya produce emisiones electromagnéticas artificiales, aunque su detectabilidad a grandes distancias depende enormemente de la potencia, la dirección, la frecuencia y la sensibilidad de quien escucha. Por consiguiente, la decisión no consiste simplemente en elegir entre existir en secreto o revelar nuestra presencia. Más bien en determinar si debemos comunicar intencionalmente algo acerca de nosotros…
¿Estamos preparados para saber que no estamos solos?
La posibilidad de descubrir otra inteligencia nos enfrenta a una transformación de nuestra propia identidad. A lo largo de la historia, los seres humanos hemos tenido que abandonar convicciones que parecían indiscutibles. Con Nicolás Copérnico y, posteriormente, las observaciones y aportes de Galileo Galilei, comenzamos a comprender que la Tierra no ocupa el centro del sistema planetario, hasta reconocer que nuestro Sol es una estrella entre innumerables estrellas del Universo.
Con Charles Darwin también comprendimos que nuestra especie forma parte de la evolución biológica y que compartimos con los demás seres vivos una historia natural y antepasados comunes. La humanidad dejó de considerarse una creación biológicamente separada del resto de la vida para reconocerse como una de sus múltiples expresiones evolutivas… Sin embargo, todavía nos encontramos ante una interrogante que podría transformar nuevamente nuestra concepción del lugar que ocupamos en el Universo: ¿somos la única civilización consciente y tecnológicamente avanzada que existe?... Hasta ahora, solamente conocemos una, la nuestra. Pero, como señalan las investigaciones de SETI, la ausencia de señales extraterrestres confirmadas no demuestra que estemos solos. Todavía no hemos buscado lo suficiente, no disponemos de los instrumentos adecuados o desconocemos las formas mediante las cuales otras inteligencias podrían manifestarse. Además, conservamos una convicción que rara vez sometemos a reflexión: la posibilidad de que seamos la única civilización consciente y tecnológicamente avanzada del Universo. Aunque la inmensidad del cosmos, sus innumerables galaxias y la extraordinaria cantidad de estrellas y planetas nos invitan a considerar seriamente la posibilidad de que existan otras inteligencias. Porque es probable que no estemos solos. Que otras civilizaciones hayan surgido, evolucionado e incluso desaparecido mucho antes de nuestra existencia aquí en la Tierra o fuera de ella. O que algunas civilizaciones estén contemplando el mismo Universo y formulándose exactamente la pregunta que nosotros nos hacemos: ¿habrá alguien más allá arriba?...
¿Qué pasaría?
Pues bien, si algún día recibimos un mensaje inequívoco de otra inteligencia del Cosmos, nuestra convicción de singularidad tecnológica quedaría totalmente modificada. Ya no seríamos la única civilización inteligente que conocemos, y semejante descubrimiento podría transformar nuestra manera de comprendernos a nosotros mismos y nuestro lugar en el Universo. Desde la psicología, podríamos hablar de una transformación de nuestra identidad colectiva. Tendríamos que aprender a pensarnos no solamente como venezolanos, estadounidenses, chinos, europeos, africanos o latinoamericanos, sino también como integrantes de una misma especie que habita un pequeño planeta en la inmensidad del Cosmos… Aunque las diferencias nacionales, culturales, políticas, económicas y religiosas no desaparecerían de inmediato, es razonable pensar que comenzaríamos a contemplarlas desde una perspectiva diferente. Aquello que hoy nos separa podría parecernos menos importante frente a lo que compartimos: nuestro origen terrestre, nuestra historia evolutiva y nuestra condición humana... Ya no se trataría únicamente de un “ellos” y un “nosotros” entre los habitantes de la Tierra, sino de un “nosotros, los humanos” frente a un “ellos, los extraterrestres”. Y ese reconocimiento constituiría el primer paso hacia una transformación todavía más completa, el comprender que tanto ellos como nosotros, más allá de nuestras diferencias de origen, inteligencia o naturaleza, formamos parte de una misma realidad cósmica y podríamos reconocernos, finalmente todos, como seres universales. Surgiría así una nueva dimensión de nuestra identidad colectiva: la humanidad en el Universo. Por primera vez, tendríamos una referencia externa a nuestra propia especie, una inteligencia distinta ante la cual podríamos reconocernos como miembros de una misma comunidad planetaria. Y aquí aparece una cuestión transparente, descubrir que no estamos solos en el Universo para comprender, finalmente, que nunca hemos dejado de estar juntos en la Tierra, todos somos humanos.
Desde el punto de vista religioso
Una de las primeras preguntas que podrían surgir entre quienes profesan alguna creencia sería: ¿quién creó a los extraterrestres? ¿Fue el mismo Dios que creó a los seres humanos? ¿Serían a “su imagen y semejanza? ¿Tendrían ellos sus propias religiones, sus dioses o alguna concepción de una inteligencia superior? ¿Conocerían algo semejante al bien y al mal, la conciencia, o la vida después de la actual o a la existencia de una Divina Providencia? El descubrimiento de esa señal podría provocar profundas reflexiones teológicas y espirituales, y por supuesto, llevar a reinterpretar algunas creencias tradicionales. Para unos, la existencia de otras inteligencias sería una nueva manifestación de la grandeza de la creación divina, pero para otros, plantearía interrogantes acerca del lugar privilegiado que determinadas doctrinas atribuyen a la humanidad. Y quizás algunos encontrarían en ese encuentro nuevas razones para preguntarse si existe una conciencia que trasciende a todas las formas de vida. Porque, si descubrimos que no somos los únicos seres inteligentes del Cosmos, también podríamos comenzar a preguntarnos si aquello que llamamos Dios, o Divina Providencia, pertenece exclusivamente a nuestra interpretación humana de lo sagrado o si constituye una realidad universal que también podrían reconocer otras inteligencias. Estas interrogantes abren un horizonte filosófico, psicológico, teológico y espiritual tan amplio que merece una reflexión independiente. Por ello, dedicaremos una próxima publicación a explorar cómo el descubrimiento de inteligencias extraterrestres podría transformar nuestras creencias religiosas, nuestra concepción de Dios y nuestra comprensión del lugar que ocupamos en el Universo… También la historia nos enseña que algunos descubrimientos científicos que han cuestionado creencias profundamente arraigadas encontraron resistencia en sectores de las ortodoxias religiosas. Cuando una nueva realidad parece contradecir interpretaciones consideradas sagradas e inmutables, no faltan quienes prefieren negarla antes que revisar sus convicciones. Incluso podrían surgir voces que atribuyeran una eventual comunicación extraterrestre a fuerzas malignas o diabólicas, argumentando que “eso no está en la palabra de Dios” o que constituye un engaño destinado a apartar a la humanidad de su fe. A pesar de ello, la historia también nos prueba que las tradiciones religiosas pueden evolucionar, reinterpretar sus enseñanzas y encontrar nuevas maneras de comprender los descubrimientos científicos. No todas las personas creyentes reaccionarían de la misma forma. Algunas podrían considerar el hallazgo una amenaza para sus creencias, y otras, una manifestación todavía más extraordinaria de la creación divina. Y aquí surgiría una pregunta inevitable: si el Universo es obra de Dios, ¿por qué la existencia de otras inteligencias tendría que contradecir su voluntad? ¿No podría, por el contrario, ampliar nuestra comprensión de aquello que consideramos divino?...
Quién debe recibir la señal y decidir si hay una respuesta
En ese contexto, la pregunta sobre quién debe responder adquiere una enorme significación. ¿Podría hacerlo el presidente de Estados Unidos? ¿El de China? ¿La Organización de las Naciones Unidas? ¿Una comunidad de científicos? ¿Una inteligencia artificial? ¿Quién posee la legitimidad para hablar en nombre de personas que tienen idiomas, religiones, culturas e ideas muy diferentes? ¿En nombre de la humanidad?... Y hay algo aún más delicado: ¿cómo evitar que un posible contacto sea utilizado para consolidar poder político, monopolizar información o producir miedo colectivo? La experiencia psicológica y política de nuestra especie aconseja tanto transparencia como prudencia. La información sobre una eventual inteligencia extraterrestre no debería convertirse en patrimonio exclusivo de ningún gobierno, empresa o grupo de investigadores. El descubrimiento, si algún día ocurre, tiene que pertenecer al conocimiento de la humanidad.
Pero… ¡ya hemos enviado mensajes al Universo!
Mucho antes de las recomendaciones actuales, la humanidad ya había intentado presentarse ante posibles habitantes de otros mundos. En noviembre de 1974, desde el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, se transmitió un mensaje de 1.679 bits dirigido hacia el cúmulo estelar M13. Contenía representaciones matemáticas, elementos químicos fundamentales para la vida, información sobre el ADN, una figura humana y nuestro sistema solar. Aquel mensaje no era una conversación, sino una demostración científica y simbólica de que la humanidad había adquirido la capacidad de enviar información deliberadamente hacia el espacio interestelar. Tres años después, en 1977, las sondas Voyager 1 y Voyager 2 partieron con sus célebres discos de oro. Bajo la dirección de Carl Sagan, un equipo reunió sonidos naturales, imágenes, música de diversas culturas y saludos expresados en 55 idiomas. Los discos constituyen una extraordinaria presentación de la Tierra: sus habitantes, sus conocimientos, su diversidad y su sensibilidad artística… Es hermoso imaginar que, dentro de miles o millones de años, una civilización distante pueda escuchar el canto de una ballena, la música de Beethoven o la voz de un ser humano saludando a quienes habitan otros mundos. Pero aquella decisión plantea una situación: enviamos mensajes sobre quiénes somos mucho antes de acordar quién tenía el derecho a representarnos y a enviarlos… ¿Tú estás de acuerdo?... En septiembre de 2019, la encuestadora Survation realizó un estudio para la Universidad de Oxford entre 2.017 adultos del Reino Unido, preguntándoles cómo votarían en un hipotético referéndum planetario sobre iniciar contacto con extraterrestres. Reveló que el 56 % de los participantes estaba dispuesto a iniciar contacto con una civilización extraterrestre, mientras que apenas el 13 % se oponía. También existen diferencias entre los científicos. Investigadores como Douglas Vakoch y Seth Shostak defienden la posibilidad de establecer comunicaciones activas, mientras que Stephen Hawking advirtió sobre los riesgos de entrar en contacto con civilizaciones tecnológicamente superiores. En 2015, otros 28 científicos y personalidades, entre ellos David Brin, Andrew Siemion y Elon Musk, firmaron una declaración solicitando una discusión mundial antes de autorizar nuevas transmisiones deliberadas. Así las cosas, surge una cuestión profundamente democrática y ética: ¿quién tiene derecho a hablar en nombre de toda la humanidad? ¿Pueden un científico, una universidad, una empresa o un gobierno decidir unilateralmente que miles de millones de seres humanos están dispuestos a establecer contacto con una civilización desconocida? Para nosotros el primer mensaje que debamos acordar no es el que enviaremos a los extraterrestres, sino el que debemos intercambiar entre nosotros para evitar los enfrentamientos y guerras que hemos perpetrado.
Los escenarios de un primer contacto
Podemos imaginar cuatro escenarios generales. No representan predicciones científicas, pero ayudan a organizar una discusión todavía hipotética.
Primer escenario: una civilización pacífica y dispuesta a compartir conocimientos. Sería el encuentro más extraordinario de nuestra historia. Podríamos recibir información sobre fenómenos físicos que todavía desconocemos, nuevas formas de aprovechar la energía o conocimientos que contribuyeran a comprender mejor el origen de la vida. Pero aun una civilización bienintencionada podría transmitir información que no estuviéramos preparados para interpretar o utilizar responsablemente.
Segundo escenario: una civilización indiferente a nuestra existencia. Podríamos recibir una señal sin que estuviera dirigida a nosotros. Tal vez descubriríamos una transmisión tecnológica, equivalente a escuchar accidentalmente una conversación ajena. En tal caso, responder podría carecer de sentido o producir consecuencias que no podemos anticipar.
Tercer escenario: una civilización cuyas intenciones desconocemos. Este constituye uno de los argumentos más importantes en favor de la prudencia. La historia humana contiene numerosos encuentros entre sociedades con diferencias tecnológicas que terminaron en explotación, dominación o destrucción. No obstante, debemos reconocer una limitación de la analogía, porque nada demuestra que una inteligencia extraterrestre se comportaría como los conquistadores de nuestra propia historia. Tampoco conocemos que intereses tendría, cómo piensan, que emociones muestran, formas de organización o motivaciones. Proyectar sobre seres extraterrestres nuestras virtudes y nuestros defectos podría ser tan equivocado como suponer que necesariamente sería pacífica.
Cuarto escenario: una inteligencia tan distinta de nosotros que no pudiéramos comprenderla. Solemos imaginar a los extraterrestres con cuerpos, sentidos, emociones y necesidades semejantes a los nuestros. Pero ¿qué ocurriría si una inteligencia hubiera surgido en un ambiente radicalmente diferente? ¿Y si se tratara de una civilización tecnológica que hubiera sustituido sus soportes biológicos por sistemas artificiales? Incluso podríamos preguntarnos si otras formas de inteligencia necesitan experimentar algo parecido a nuestra conciencia subjetiva. Por ahora, estas posibilidades pertenecen al terreno de las hipótesis y la reflexión filosófica. Pero nos obligan a considerar que la inteligencia puede ser mucho más diversa de lo que nuestra experiencia terrestre nos permite imaginar. Pensemos solamente en cómo la inteligencia artificial, creada por nosotros mismos, se ha convertido en una herramienta esencial para numerosas actividades humanas. Hoy existen sistemas capaces de procesar enormes cantidades de información, resolver problemas complejos, producir conocimientos útiles y comunicarse mediante el lenguaje, sin que ello demuestre que posean conciencia o experiencias subjetivas como las nuestras. Si en apenas unas décadas hemos desarrollado tecnologías con estas capacidades, ¿qué podría haber logrado una civilización que nos llevara miles o millones de años de ventaja tecnológica? ¿Podría haber creado inteligencias artificiales capaces de explorar el Universo, comunicarse entre estrellas e incluso sobrevivir a la desaparición de sus propios creadores biológicos?
Si la humanidad quiere responder: ¿Qué podríamos decirles?
Supongamos que la señal ha sido verificada y que existe un amplio acuerdo internacional para responder. ¿Qué mensaje representaríamos como el primer saludo oficial de la humanidad?... Nuestra propuesta sería evitar tres tentaciones: presentarnos como superiores, mostrar una sumisión anticipada o describirnos como una civilización completamente armoniosa. Porque no somos ninguna de esas tres cosas. Somos una especie capaz de construir hospitales y armas nucleares, de comprender la evolución de las galaxias y de destruir ecosistemas. De escribir poemas de amor y de emprender guerras devastadoras. Y, sin embargo, también somos capaces de reconocer nuestros errores, experimentar compasión, cooperar y transformar nuestro comportamiento. Nuestra principal carta de presentación no debería ser la perfección, sino la capacidad de aprender. La comunicación tendría que comenzar con un lenguaje que ofrezca posibilidades razonables de interpretación: patrones matemáticos, relaciones físicas y secuencias que permitan establecer referencias compartidas. Solo después podríamos intentar transmitir conceptos mucho más complejos, como vida, cooperación, memoria y conciencia. Naturalmente, ignoramos si las matemáticas y las representaciones físicas bastarían para construir un lenguaje común. Y un texto formulado en nuestros idiomas no sería directamente comprensible para seres que desconocieran nuestras lenguas
¿Qué debería decir la humanidad si decide responder al Universo?
La declaración de la Academia Internacional de Astronáutica, fechada el 1 de junio de 2026, recomienda que nadie responda a una señal extraterrestre confirmada antes de realizar consultas internacionales, particularmente mediante las Naciones Unidas y otros organismos representativos. Su principio séptimo no establece qué debemos decir: exige deliberar tanto sobre la conveniencia de responder como sobre el contenido del posible mensaje. Esta recomendación coincide con iniciativas anteriores de la propia Academia que planteaban una respuesta emitida en nombre de toda la humanidad, después de un proceso internacional de consulta. Pero si llega ese día: ¿Qué responderíamos?... Para nosotros la respuesta tendría que expresar seis principios: existencia, conocimiento, humildad, respeto, convivencia pacífica y reciprocidad. Sobre estos fundamentos proponemos el siguiente mensaje: Somos los humanos. Desde un pequeño planeta que llamamos Tierra, situado alrededor de una estrella que conocemos como Sol, les enviamos nuestro saludo. Somos una especie de seres vivos que ha desarrollado la capacidad de observar el Universo, estudiar algunos de sus fenómenos, comunicarse mediante lenguajes y preguntarse por el origen y el significado de su propia existencia. Nuestra historia se ha desarrollado en un mundo donde existen numerosas formas de vida. Compartimos con ellas procesos biológicos, relaciones de interdependencia y una historia evolutiva que todavía seguimos investigando. Hemos aprendido que pertenecemos a un Universo extraordinariamente extenso y antiguo, del que conocemos apenas una pequeña parte. Por eso, nuestro primer propósito es conocernos sin causarnos daño. Nuestra civilización ha desarrollado conocimientos científicos, tecnologías, expresiones artísticas y distintas formas de organización social. También ha conocido la violencia, las guerras, las desigualdades y la destrucción. Todavía estamos aprendiendo a resolver nuestros conflictos sin recurrir a la fuerza. No somos una civilización perfecta. Pero entre nuestras aspiraciones se encuentran preservar la vida, comprender la naturaleza, ampliar el conocimiento, practicar la cooperación y construir relaciones pacíficas. Desconocemos si estos propósitos tienen significado para ustedes. Deseamos averiguarlo sin imponerles nuestros conceptos ni presumir que sus valores tienen que coincidir con los nuestros. Hemos descubierto regularidades matemáticas y físicas que nos han permitido conocer parte del funcionamiento del Universo. Quizás algunas de ellas puedan constituir un punto de encuentro entre nuestras respectivas inteligencias. Queremos aprender cómo comprenden ustedes la realidad, qué han descubierto acerca del origen del Universo y qué significado atribuyen a su propia existencia, si estas preguntas tienen sentido para ustedes. También nos preguntamos si poseen alguna forma de experiencia consciente y si esta guarda relación con la que conocemos en nuestro planeta. Entre nosotros existen distintas creencias acerca del origen y la naturaleza última de la realidad. Algunos consideran que el Universo es exclusivamente una realidad física, otros encuentran en él una dimensión divina o espiritual. Seguimos investigando, pensando y dialogando sobre estas cuestiones. No pretendemos que compartan nuestras interpretaciones. Nuestra aspiración es que el conocimiento sea una oportunidad para comprendernos y no un instrumento para dominarnos. Si decidimos continuar este intercambio, deseamos hacerlo de manera gradual, transparente y recíproca, respetando la existencia, la autonomía y la seguridad de ambas civilizaciones. No solicitamos que nos revelen conocimientos que puedan comprometer su seguridad, ni ofreceremos información cuya divulgación pueda poner en peligro a quienes habitan nuestro planeta. Aspiramos a establecer una comunicación que no dependa de amenazas, imposiciones ni pretensiones de superioridad. Deseamos escuchar antes de juzgar, comprender antes de actuar y aprender antes de intentar transformar aquello que desconocemos. Si es posible compartir conocimientos para preservar la vida, reducir el sufrimiento o comprender mejor el Universo, quisiéramos explorar esa posibilidad. Pero reconocemos también que cualquier intercambio debe respetar el derecho de ambas partes a interrumpirlo. Somos seres que nacen, aprenden, aman, sufren y existe un final como humanos. Nuestra existencia es limitada, pero hemos desarrollado la capacidad de imaginar horizontes que trascienden nuestras propias vidas. Es posible que ustedes conozcan otras formas de existencia. Quizás hayan encontrado respuestas a preguntas que nosotros apenas comenzamos a formular. O quizás también sigan preguntándose por qué existe algo en lugar de nada. No sabemos qué nos une ni qué nos separa. Pero si nuestras inteligencias han logrado reconocerse a través de las inmensas distancias del Universo, tal vez podamos comenzar por una pregunta sencilla: ¿Es posible conocernos, comprendernos y convivir sin hacernos daño?... Desde la Tierra, con respeto y voluntad de conocimiento, les enviamos este primer saludo… La humanidad.
¿Por qué proponemos esta respuesta?
Desde nuestra perspectiva psicológica, científica y humanista, existen seis razones principales. Una, por humildad frente a lo desconocido. No sabemos si la civilización que nos escucha posee una tecnología más avanzada, ni si sus integrantes tienen experiencias conscientes comparables a las nuestras. Reconocer nuestra ignorancia es más prudente que atribuirles características humanas. Dos, por la preservación de la vida. Proponemos que sea el principio ético central. Sin embargo, debemos reconocer que una civilización extraterrestre podría no compartir nuestro concepto de vida o nuestra valoración de ella. Por tanto, ofreceríamos este principio como una aspiración humana, no como una supuesta ley moral universal ya demostrada. Tres, por la convivencia antes que la dominación. La historia humana revela que el conocimiento y el poder tecnológico pueden utilizarse tanto para cooperar como para destruir. Nuestro mensaje debería expresar una voluntad de entendimiento, sin que ello implique renunciar a proteger nuestra propia civilización. Cuatro, por la libertad de pensamiento y de conciencia. No conocemos la naturaleza de sus creencias. Sería equivocado convertir el primer contacto en una proclamación religiosa, ideológica o filosófica. Nuestra pluralidad de interpretaciones acerca del Universo debería presentarse como un rasgo de nuestra civilización, no como una verdad que pretendamos imponer. Cinco por la reciprocidad y el respeto mutuo. Una comunicación pacífica no puede fundamentarse en la obediencia unilateral. Tampoco podemos presuponer que la otra inteligencia entendería inmediatamente nuestras nociones de autonomía o consentimiento. Esos conceptos tendrían que construirse progresivamente mediante el diálogo, si este resultara posible, y seis, por la responsabilidad con las generaciones futuras. Un intercambio interestelar podría prolongarse durante siglos. Quienes decidieran iniciar una conversación asumirían consecuencias potenciales para personas que todavía no han nacido. Esa responsabilidad exige prudencia, transparencia, participación internacional y capacidad de reconsiderar las decisiones.
¿Cómo hacer que nos comprendan?
Este es probablemente el mayor desafío científico de nuestra propuesta. El mensaje anterior está escrito para lectores humanos. No podemos suponer que una civilización extraterrestre conocería nuestro idioma o entendería expresiones como amor, respeto, paz o conciencia. Por eso proponemos una transmisión gradual, con tres niveles: Primera etapa: de reconocimiento. Establecer secuencias matemáticas, proporciones y referencias físicas identificables que permitan comprobar si existe alguna base compartida para interpretar la comunicación. Segunda etapa: de comprensión. Introducir representaciones de fenómenos astronómicos, relaciones temporales y conceptos básicos, procurando no revelar prematuramente información sensible y tercera etapa: de diálogo. Si se logra establecer un sistema de interpretación mutua, comunicar progresivamente aspectos de nuestra historia, conocimientos, valores y preguntas filosóficas. Ni siquiera podemos asegurar que este procedimiento funcione. Las matemáticas y la física ofrecen posibles puntos de partida, pero no garantizan la existencia de un lenguaje compartido. Además, cada etapa debería someterse a una evaluación independiente de riesgos, sin asumir que el éxito de una autoriza automáticamente la siguiente.
Una última reflexión sobre nuestra propuesta
No se trata de enviar al Universo un mensaje diciendo que somos pacíficos, sino de expresar que aspiramos a aprender a vivir pacíficamente. La diferencia es clave. La primera afirmación podría ser desmentida por nuestra propia historia. La segunda reconoce nuestras contradicciones y expresa la posibilidad de transformarnos. Si hoy nos preguntamos cómo reducir los conflictos entre distintos países, entre las grandes potencias o entre pueblos enfrentados por diferencias políticas, religiosas o territoriales, estamos planteando esencialmente el mismo problema humano que enfrentaríamos ante una inteligencia extraterrestre: ¿Cómo convivir con quienes son diferentes sin convertir la diferencia en una amenaza? La prueba más importante de nuestra inteligencia no consiste en llegar a otros mundos, sino en aprender a preservar el nuestro. Por eso, el mensaje propuesto no debería enviarse sin antes haber alcanzado las condiciones de seguridad y legitimidad necesarias. Escribirlo ahora tiene otro valor: nos ayuda a discutir qué principios consideramos dignos de representar a la humanidad. Y nos permite formular una pregunta que también deberíamos hacernos aquí, en la Tierra: ¿Estamos dispuestos a practicar entre nosotros los valores que algún día quisiéramos presentar ante otras civilizaciones?
Al final…
Desde pequeños aprendemos que hablar es una forma de acercarnos a los demás. Pronunciamos nuestras primeras palabras buscando atención, protección y afecto. Más adelante aprendemos a preguntar, conversar y compartir nuestros pensamientos. La comunicación nos ha permitido construir familias, comunidades, sociedades y civilizaciones. Pero también hemos descubierto que las palabras pueden herir, confundir, amenazar y destruir. Por eso, antes de enviar un mensaje al Universo, deberíamos preguntarnos si hemos aprendido suficientemente a comunicarnos entre nosotros. Consideramos que esta reflexión encierra una dimensión psicológica primordial, ya que la madurez no consiste solamente en tener la capacidad de actuar, sino también en comprender cuándo conviene hacerlo, cuándo escuchar y cuándo reconocer que aún no sabemos lo suficiente. Esta es una de las lecciones más importantes que podemos extraer de las recomendaciones de la Academia Internacional de Astronáutica. No se trata de temerle al Universo. Tampoco de suponer que estamos rodeados de civilizaciones benevolentes dispuestas a compartir sus conocimientos. Implica comprender que nuestra curiosidad debe convivir con la responsabilidad. Si algún día recibimos una señal que demuestre que no estamos solos, nuestra primera obligación será averiguar qué significa. La segunda, decidir juntos si corresponde responder. Un mensaje enviado desde la Tierra no hablaría solamente de nuestras capacidades tecnológicas. También expresaría nuestras esperanzas, nuestros temores y nuestros valores. Sería, en cierto modo, un autorretrato de la humanidad. Y quisiéramos que esa foto dijera que, a pesar de nuestras guerras y contradicciones, hemos aprendido algo esencial, que el conocimiento puede hacernos poderosos, pero solamente la conciencia de nuestra responsabilidad puede ayudarnos a utilizarlo sabiamente…
En noviembre de 1985, en plena Guerra Fría, el presidente estadounidense Ronald Reagan planteó a su homólogo soviético Mijaíl Gorbachov una reflexión sorprendente: si alguna civilización extraterrestre amenazara a nuestro planeta, Estados Unidos y la Unión Soviética probablemente olvidarían sus diferencias y reconocerían que ambos pueblos pertenecían a una misma humanidad. Dos años después, el 21 de septiembre de 1987, Reagan retomó públicamente aquella idea ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Expresó que, frente a una amenaza procedente de otro mundo, nuestras divisiones podrían desaparecer rápidamente. La reflexión adquiere una relevancia especial. Si una amenaza exterior podría hacernos reconocer nuestra condición humana compartida, ¿por qué necesitaríamos sentirnos amenazados para descubrir aquello que nos une? ¿No podría también un encuentro pacífico con otra inteligencia despertar una conciencia de pertenencia planetaria? Desde la psicología social, la aparición de una identidad compartida puede transformar la manera en que percibimos a quienes anteriormente considerábamos integrantes de grupos enfrentados. Pero también existe el riesgo de que una nueva identidad se construya sobre la hostilidad hacia un enemigo común. El verdadero progreso de nuestra civilización no consiste en unirnos frente a una amenaza extraterrestre, como imaginó Reagan, sino en aprender a reconocernos como una sola humanidad sin necesitar enemigos, ni dentro ni fuera de la Tierra. Lo increíble es que hemos aprendido a escuchar a las estrellas, a explorar otros planetas y a enviar nuestras voces hacia las profundidades del Universo. Pero todavía nos cuesta escuchar a quienes piensan diferente, comprender a quienes tienen otras creencias, y reconocer que, más allá de nuestras fronteras, compartimos una misma condición humana. De forma que somos capaces de imaginar un encuentro con civilizaciones extraordinariamente diferentes de la nuestra, mientras que muchas veces nos resulta difícil convivir con las diferencias de nuestros propios semejantes. Si algún día recibimos una señal de otra inteligencia, sería hermoso poder decirles que somos una civilización que aprendió a resolver nuestras diferencias sin destruirnos. Porque el Universo puede estar lleno de interrogantes, pero hay uno que depende enteramente de nosotros: ¿seremos capaces de convertir nuestra inteligencia en sabiduría y nuestra capacidad de destrucción en voluntad de convivencia? En relación a si debemos enviar el mensaje, lo que si estamos conscientes y afirmamos nosotros es que antes de enviar un mensaje de paz a las estrellas, deberíamos aprender a enviárselo a nuestros vecinos… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.

(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
Otras fuentes:
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