Milagros


Foto: Pixabay

Siguiendo con esta fase experimental en cuanto a mi escritura, y agradeciendo el espacio que me da el editor de este prestigioso medio. Quisiera compartirles un escrito que produje hace unos años y que pudiera devenir en un cortometraje o en una obra de teatro. Aclaro que se trata de una obra de ficción, algo me causa mucha risa, pues en mi escrito pasado mucho pensaron que estaba yo preso. Por ahora estoy libre. Sin más, les dejo con “Milagros”:

Hacía ya tiempo que no sentía el amargo olor de la pólvora en el territorio comanche; en donde se desarrolla cada guerra. Desde Sarajevo no me ponía mi viejo chaleco de periodista que había cambiado por un saco y una corbata. De verdad sentía que me estaba "quemando" solo narrando noticias, por eso cuando me ofrecieron cubrir el conflicto entre Israel y Palestina no lo pensé dos veces.


Al llegar al aeropuerto de Tel-Aviv, mi guía no se encontraba y fue allí, entre la impaciencia y la ansiedad que vi a una hermosa joven, no muy alta, algo delgada, de cabello claro que junto a una niña (calculo yo de 2 años), vendían flores en la entrada del aeropuerto del terminal aéreo. La niña se me acercó y en su lenguaje neonato balbuceó algo que no entendí.


– ¿Eres español? – me pregunta la joven.


– No, soy venezolano


– Somos hermanos latinoamericanos porque yo soy del Uruguay, me contestó ella.


Luego de las presentaciones, Mónica me explicó que había venido desde el Uruguay con su esposo, el teniente Mario Caporale, a cumplir una misión con las fuerzas de paz pero que a Mario lo dieron por desaparecido en enfrentamiento ocurrido en Gaza y desde entonces había tenido que hacer magia para sobrevivir. Desde mucama en casas de familia, hasta su oficio actual en el aeropuerto. Ella me explicó que se había quedado allí con la esperanza de que Mario regresara, pero ya habían pasado seis meses. Luego de charlar un rato con la chica finalmente llegó Isaac, mi guía, así que me despedí de ellas, pero antes les hice una foto.


Al alejarme del lugar, sentí la necesidad de ayudar a esa niña y a su madre, así que le pedí a Isaac que me llevara a la franja de Gaza, total mi editor me dijo que quería imágenes del conflicto en Israel, pero no me precisó un lugar específico.


Cuando llegamos a la Alcabala tuvimos que seguir a pie, ya que las placas de nuestro Jeep eran israelíes lo que nos hacía un blanco fácil. Hicimos algunas tomas de las calles, era evidente el cambio cultural que se sufría al traspasar la garita. Estuve 10 días recabando información acerca de Mario, y ya cuando había perdido toda esperanza de saber del teniente uruguayo, me encontré con Jorge.


Jorge era un casco azul de nacionalidad chilena que se encontraba con Mario cuando Hamas atacó su patrulla. Me contó que se había filtrado la información de que Mario viajó a Israel acompañado de su esposa y su hija, y la esposa (Mónica) había guardado mapas y documentos que no podían caer en manos del enemigo, por lo que tanto ONU como Hamas, querían ubicarlas a cualquier precio. “Ellas son daño colateral, lo que importa son los documentos”.


Luego de la conversación y ya alejado del puesto de mando donde conversé con Jorge, le pedí al guía que volara al aeropuerto, le expliqué en el camino lo que sucedía y me sugirió que pasáramos por la calle de la resurrección, en donde se encuentran los mejores falsificadores de todo Israel.


Al cabo de dos horas, me hice con sendas credenciales de Prensa (usando la foto que les hice a Mónica y a su hija en el aeropuerto), fue así como ambas pasaron a ser, por varias horas, mi esposa y mi hija. Ya en el aeropuerto le conté a Mónica mi conversación con el chileno, y ella me explicó que los documentos estaban en el cajón de las flores; acto seguido los enrolló y los escondimos en una de las patas de mi trípode. Pasamos muchas vicisitudes, pero logramos escapar.


Ya, en Maiquetía. Les compré un billete a Montevideo y al momento de la despedida me abrazó fuertemente, la niña se arrojó a mis brazos y me balbuceo nuevamente algo que no entendí. Fue entonces cuando noté que no sabía el nombre de la bebita. Al preguntárselo a su madre ella me contestó:


– Su nombre anterior ya no importa. Desde ahora la llamaré Milagros, pues gracias a ella te conocimos y tú salvaste nuestras vidas.


Juan E. Fernández, Juanette

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