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Bad Bunny y “la latinitis”: el día que América volvió a ser de todos

El Súper Bowl 2026 demostró que la identidad no se deporta, no se encierra y no se silencia. Se canta. Se baila... Imagen: IA Sora
El Súper Bowl 2026 demostró que la identidad no se deporta, no se encierra y no se silencia. Se canta. Se baila... Imagen: IA Sora

La presentación de Bad Bunny el 8 de febrero el Súper Bowl LX 2026 no fue solo un show. Fue una escena cultural cuidadosamente armada para decir algo en voz alta sin necesidad de explicarlo. En tiempos donde todo se editorializa, se polariza y se grita, Benito eligió otro camino: mostrar. Y lo que mostró, en el contexto actual, es profundamente político.


Mientras Donald Trump vuelve a endurecer su discurso y las redadas del ICE recuperan protagonismo como herramienta de control y miedo, el escenario en el Levi's Stadium de Santa Clara, California, se llenó de imágenes que cuentan otra historia. Una historia cotidiana, latinoamericana, reconocible en cualquier barrio del continente. Vendedores de coco, cortadores de caña, viejos jugando dominó como si el mundo pudiera esperar, mujeres haciéndose las uñas mientras conversan de todo y de nada. No hay folclore forzado ni postal turística: hay vida real.


Ese detalle es clave. La cultura que aparece ahí no es aspiracional ni “exportable” en el sentido clásico. Es la que muchas veces se invisibiliza, la que no suele ocupar el centro

de la escena. Y, sin embargo, ahí estaba: amplificada, coreografiada, iluminada, convertida en espectáculo global sin perder su raíz. Eso es la latinitis que contagió a todos. No una moda, sino una afirmación.


También hubo rituales y símbolos que hablan de comunidad: el matrimonio como acto

sencillo, compartido, lejos del glamour vacío. Y hubo cruces que dicen mucho sobre el

momento histórico. Pedro Pascal bailando sin ironía, Karol G marcando el pulso del

show, Lady Gaga cantando y bailando salsa sin parodia, con respeto y disfrute, y Ricky

Martin cantando desde un lugar que no es solo artístico, sino histórico. Cada uno

representa un tramo distinto del camino latino en la cultura global.


Todo esto ocurrió en el entretiempo de un deporte que se llama fútbol americano. Un

nombre confuso, pero un símbolo contundente. El fútbol americano —como el béisbol— es parte del corazón identitario de Estados Unidos. Es tradición, es ritual, es “lo nuestro”. Durante décadas, ese espacio fue homogéneo, cerrado, casi impermeable. Y en ese centro exacto, Benito cantó en español. Sin traducirse. Sin aclaraciones. Sin pedir permiso.


Ahí aparece la verdadera tensión. Mientras ciertos discursos políticos intentan reducir la

identidad latina a una amenaza, un problema o una estadística migratoria, la cultura hace lo contrario: la vuelve deseo, ritmo, estética, tendencia, emoción compartida. El contraste es brutal. De un lado, el miedo. Del otro, la pertenencia.


El mensaje final termina de cerrar la escena. No es una consigna partidaria ni un slogan diseñado para redes. Es una idea simple, casi obvia, pero incómoda para algunos: todos

somos americanos. Desde Tierra del Fuego hasta Canadá. Americanos no como etiqueta

administrativa, sino como condición geográfica, histórica y cultural. Un continente entero atravesado por mezclas, migraciones, lenguas, heridas y celebraciones.


La cultura llega siempre antes que la política. Anticipa lo que después los discursos intentan explicar, regular o frenar. Lo que pasó en ese escenario no fue un accidente ni un capricho artístico. Fue una señal. Mientras algunos levantan muros, otros llenan estadios bailando. Mientras se endurecen fronteras, la música las atraviesa sin documentos. Mientras se insiste en separar, la cultura insiste en mezclar.


La latinitis no fue solo contagio emocional. Fue un recordatorio potente: la identidad no se deporta, no se encierra y no se silencia. Se canta. Se baila. Y, a veces, toma el escenario más inesperado para decir lo que muchos prefieren no escuchar.


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