Maduro se fue… ¿pero cambiará el sistema?
- Vladimir Gessen

- hace 14 horas
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Gobierno y oposición van hacia una transición... ¿Podrá el chavismo convertirse en una fuerza democrática y compartir o entregar el poder?... La Casa Blanca y Miraflores, enfrentan una decisión: democratizar Venezuela o prolongar el sistema con otro rostro: ¿Y la oposición qué?...

Generalmente la historia de Latinoamérica está llena de episodios donde un gobierno cae, y otro lo sustituye. Se celebran elecciones, alguien gana y alguien pierde. Termina un período, y comienza una renovación. En Venezuela, estamos viviendo una etapa difícil de interpretar porque algo culminó, pero todavía no sabemos exactamente qué empezó. Nicolás Maduro ya no gobierna Venezuela. Su salida del poder después de la intervención estadounidense de enero de 2026 modificó de manera radical el tablero político venezolano. Delcy Rodríguez ocupa interinamente la Presidencia y, siete meses después, el país es que inicia una negociación gobierno-oposición para una transformación institucional que debería conducir, eventualmente, hacia elecciones libres. Sin embargo, basta observar un poco más para advertir una extraordinaria situación: Maduro salió del poder, pero una parte importante del sistema político que gobernó con él continúa en el poder y gobernando en todos los niveles.
Los sistemas permanecen
Como psicólogo he aprendido que en la política solemos atribuir comportamientos al gobernante que en realidad pertenecen a todo un sistema. Ocurre en las familias, en las organizaciones, en las empresas y también en los países. Una familia puede tener un integrante autoritario, pero cuando éste desaparece descubrimos algunas veces que el autoritarismo estaba incorporado a las relaciones entre todos sus miembros. Lo mismo sucede con los regímenes políticos. Durante 27 años se habló de Venezuela como si prácticamente todos sus problemas pudieran resumirse en una sola persona: Hugo Chávez primero, y Nicolás Maduro después. Pero el chavismo dejó hace mucho tiempo de ser únicamente una jefatura. Se transformó en una estructura. Una cultura política. Un conjunto de intereses. Un sistema de relaciones entre dirigentes políticos, militares, empresarios, organismos de seguridad, jueces, instituciones públicas, medios de comunicación y grupos económicos. No se trata de un individuo autócrata sino un sistema autoritario. Por eso sacar a Maduro no equivalía a desmontar al chavismo ni al madurismo y mucho menos a terminar con el régimen. Para muestra un botón: Delcy Rodríguez continúa en Miraflores. Su hermano, Jorge preside la Asamblea Nacional. Diosdado Cabello conserva una importante cuota de poder. Las instituciones fundamentales creadas o controladas durante los años anteriores no han desaparecido y la misión internacional de Naciones Unidas ha advertido que buena parte del aparato represivo venezolano ha continuado operando después de la salida de Maduro. En marzo además la presidente (i) Delcy Rodríguez sustituyó al general Vladimir Padrino López, quien llevaba más de once años como ministro de Defensa, por Gustavo González López, antiguo jefe de organismos de inteligencia y figura estrechamente vinculada durante años al aparato de seguridad del Estado. De igual manera que cambiar al anterior presidente por el vicepresidente. Intercambiar o sustituir ministros no altera el sistema existente. Pero un régimen de libertades con un sistema democrático de poderes independientes solamente lo es cuando cambia la naturaleza del poder…
Una transición extraña
No vivimos ya exactamente dentro del régimen político encabezado por Nicolás Maduro. Pero tampoco podemos afirmar que Venezuela haya recuperado plenamente la democracia. Estamos entrando en ese territorio ambiguo que los historiadores suelen denominar una transición. Las cuales constituyen procesos políticamente delicados. No son cambios drásticos ni revoluciones. No son restauraciones automáticas. Son negociaciones entre quienes poseen todavía una parte importante del poder, y quienes aspiran a modificarlo… El 6 de agosto comenzó formalmente una nueva negociación entre el gobierno interino y una representación de la oposición. Jorge Rodríguez encabeza la delegación oficialista y Dinorah Figuera representa al sector opositor participante. Con la particularidad de que Estados Unidos desempeña un papel decisivo en el proceso. Las conversaciones buscaron reformas políticas e institucionales capaces de preparar futuras elecciones. La agenda conocida contempla asuntos fundamentales como la recuperación de la democracia en Venezuela, y la creación progresiva de condiciones para regresar a una competencia política auténtica. En las primeras consideraciones Rodríguez y Figuera anunciaron acuerdos concretos de la negociación entre el gobierno y la oposición. Entre ellos destaca la renovación completa del Tribunal Supremo de Justicia, así como la creación de mecanismos para intentar recuperar las reservas de oro venezolano depositadas en el Banco de Inglaterra, cuyos recursos serían destinados principalmente a la reconstrucción nacional bajo criterios de transparencia y auditoría. También quedaron instaladas mesas de trabajo sobre emergencia, democracia y reformas institucionales, incluyendo el Poder Electoral. Son señales importantes de apertura, aunque todavía habrá que comprobar si los acuerdos se cumplen efectivamente. Esto ha representado un buen augurio aunque contiene también una enorme contradicción: ¿Puede construirse una democracia excluyendo a quien representa a una parte importante de la oposición?, porque María Corina Machado líder mayoritaria de Venezuela acorde a los sondeos y las encuestas, permanece al margen de esta negociación y no constituye un detalle menor. Además, Edmundo González Urrutia quien recibió una extraordinaria votación en las últimos elecciones tampoco forma parte de las negociaciones. Independientemente de las simpatías o antipatías que pueda despertar cualquier dirigente político, una transición democrática no puede diseñarse simplemente seleccionando desde arriba —tanto en Venezuela como en Estados Unidos— cuáles opositores son los que resultan convenientes y cuáles incómodos… Machado es reconocida en el país y el mundo como la dirigente opositora más popular y ha informado que Washington decidió respaldar una negociación en la cual ella no participa directamente. Aquí aparece uno de los dilemas fundamentales de la política estadounidense hacia Venezuela.
La Casa Blanca y el Palacio de Miraflores
Estados Unidos necesita simultáneamente democracia y estabilidad. Pero esas dos cosas no siempre avanzan a la misma velocidad. La Casa Blanca —que gestiona a Venezuela desde la Secretaría de Estado— parece considerar que una ruptura inmediata de todas las estructuras heredadas del chavismo podría producir desorganización institucional, conflictos militares, violencia, interrupciones petroleras o incluso un vacío de poder. El cual no se puede permitir en el fragor de una guerra en el Medio Oriente y una crisis inminente en el sector de suministro petrolero. Por eso ha optado hasta ahora por algo mucho más pragmático: trabajar provisionalmente con quienes controlan realmente el Estado venezolano mientras intenta modificar progresivamente las reglas bajo las cuales ese país funciona. Eso explica, en buena medida, la supervivencia política de Delcy Rodríguez, así como también la paradoja venezolana actual: Quienes durante años fueron parte esencial del problema están participando ahora en la construcción de una posible solución. Y aunque pueda parecer una contradicción, la historia demuestra que muchas transiciones democráticas han ocurrido precisamente de esa manera. En Chile, sectores vinculados al régimen de Augusto Pinochet participaron en la transición que siguió al plebiscito de 1988, y condujo al restablecimiento de la democracia... En España, después de la muerte de Francisco Franco en 1975, figuras provenientes del propio aparato franquista, entre ellas Adolfo Suárez o Manuel Fraga, quienes desempeñaron un papel decisivo en el desmontaje progresivo de la dictadura y en la construcción democrática. En Sudáfrica, Frederik de Klerk, presidente del sistema que todavía sostenía el apartheid, terminó negociando con Nelson Mandela el proceso que permitió acabar con aquel régimen. Y en Polonia, representantes del gobierno comunista se sentaron en 1989 con Solidaridad en las históricas conversaciones de la Mesa Redonda que abrieron el camino hacia elecciones y democracia que llevo a la presidencia a Lech Waleza. La historia parece recordarnos una incómoda realidad: las transiciones más exitosas no siempre comienzan con la desaparición de quienes controlaban el antiguo sistema. Algunas veces lo hacen cuando una parte de ellos comprende que resulta preferible negociar su transformación antes que intentar preservar indefinidamente un orden que ya no puede sostenerse.
En los países comunistas
Otros dos ejemplos se dan en las dictaduras comunistas donde las transformaciones políticas se hacen desde el poder —y bueno es decirlo— y no desembocaron en una democracia occidental. En China, Deng Xiaoping fue producto y dirigente del propio Partido Comunista, pero comprendió —después de la muerte de Mao Zedong— que el modelo económico existente estaba agotado. Sin democratizar políticamente al país ni renunciar al monopolio del Partido Comunista, impulsó desde finales de los años setenta una extraordinaria apertura económica que modificó profundamente a China y terminó convirtiéndola —aunque no en democracia— en una de las mayores potencias económicas del planeta. En la Unión Soviética ocurrió algo diferente, pero igualmente revelador. Mijaíl Gorbachov no llegó al poder para destruir el comunismo ni para disolver la URSS. Llegó a la máxima dirección del propio sistema soviético y, convencido de que éste necesitaba reformarse para sobrevivir, impulsó la perestroika y la glasnost. Aquellas reformas liberaron fuerzas políticas, sociales y nacionales que terminaron desbordándolo y contribuyeron al derrumbe del sistema que él pretendía modernizar… Pero todos estos casos en el mundo contienen una enseñanza particularmente pertinente para Venezuela: los grandes cambios históricos no siempre son encabezados por quienes combatieron al sistema desde afuera. En ocasiones se dan cuando personas formadas dentro del propio poder comprenden que el modelo existente se ha agotado, que ya no puede continuar funcionando de la misma manera y que preservarlo todo resulta más peligroso que comenzar a transformarlo. De esta forma, un mandatario o dirigente puede formar parte del sistema y, al mismo tiempo, convertirse por convicción, necesidad o pragmatismo en agente de su transformación. La pregunta venezolana sería entonces inevitable: ¿puede ocurrir algo semejante con quienes hoy controlan el poder en Venezuela? ¿Pueden figuras provenientes del chavismo comprender que la única manera de preservar la estabilidad del país —e incluso un espacio político para ellos mismos— consiste precisamente en aceptar la transformación del sistema que ayudaron a construir?...
La política no ocurre en un laboratorio
Resulta muy fácil afirmar desde lejos que todo el régimen debería desaparecer inmediatamente. Emocionalmente podría resultar comprensible. Después de años de persecuciones, encarcelamientos, exilios, familias divididas y millones de venezolanos abandonando el país, existe una necesidad psicológica de justicia. Incluso de reparación. Pero las sociedades no pueden reconstruirse solamente desde el resentimiento acumulado, por legítimo que éste pueda ser. Tampoco pueden hacerlo desde el olvido. Éste será uno de los mayores desafíos psicológicos de una futura Venezuela democrática: ¿Cómo reconciliar sin otorgar impunidad? ¿Cómo perdonar sin borrar la historia? ¿Cómo permitir que antiguos adversarios participen en democracia sin aceptar que quienes hayan cometido graves violaciones de derechos humanos simplemente cambien de camisa política? ¿Cómo reconstruir instituciones sin destruir el Estado?... Mahatma Gandhi comprendió algo parecido en India. Las grandes transiciones políticas requieren una combinación difícil de paz, justicia, memoria, realismo, generosidad y firmeza. Demasiada venganza puede convertir una transición en otra guerra. Demasiada impunidad puede convertirla en una farsa…
Algunas cosas han comenzado a cambiar
Sería igualmente injusto negar que durante estos meses han ocurrido modificaciones importantes. El gobierno afirmó en febrero que cerca de 2.200 personas se habían beneficiado de esas medidas, aunque organizaciones defensoras de derechos humanos señalaron que todavía permanecían centenares de detenidos considerados presos políticos y criticaron las limitaciones de la ley. La propia Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de Naciones Unidas ha advertido que continúan existiendo detenidos por razones políticas en Venezuela y ha reclamado su liberación inmediata e incondicional. Además, la ONU ha denunciado nuevas detenciones políticamente motivadas ocurridas incluso después de la salida de Nicolás Maduro, una señal preocupante de que las estructuras y prácticas represivas heredadas del antiguo sistema no han desaparecido completamente. No obstante la legislación de amnistía permitió liberaciones y levantamientos de determinadas restricciones judiciales para numerosos venezolanos. La propia existencia de manifestaciones estudiantiles que años atrás habrían podido terminar inmediatamente en una respuesta represiva constituye también una señal de que el ambiente político ha comenzado a modificarse, aunque todavía resulte prematuro hablar de normalización democrática. Al mismo tiempo se ha producido una transformación espectacular en las relaciones económicas con Estados Unidos. Washington ha flexibilizado durante 2026 amplias restricciones sobre el sector energético venezolano, facilitó operaciones petroleras e inversiones y permitió un incremento muy considerable del crudo enviado hacia Estados Unidos. En julio las exportaciones venezolanas hacia ese país alcanzaron aproximadamente 786.000 barriles diarios, su nivel más alto desde comienzos de 2019. El petróleo vuelve entonces a ocupar el lugar que tantas veces ha tenido en la historia venezolana y puede transformarse en instrumento de reconstrucción si se completa la democratización del país.
El gran peligro: acostumbrarnos a lo provisional
El problema es que aquello que comenzó siendo provisional empieza a parecernos normal. Se promete una elección dentro de algunos meses. Después se explica que todavía no existen condiciones. Más tarde aparece una nueva negociación. Luego otra reforma institucional. Y progresivamente la excepcionalidad comienza a adquirir apariencia de normalidad. Ése es, en mi opinión, el principal peligro de Venezuela en este momento. Que la transición nunca termine de transitar. Que el gobierno provisional se convierta en permanente. Que exista mayor libertad, pero no plena libertad. Por cierto hablando de libertad: ¿Existe libertad de prensa en Venezuela? Que se logre la no existencia de presos políticos, pero no la independencia judicial. Partidos autorizados, pero no igualdad política. Elecciones, pero no auténtica alternabilidad como ocurrió en la Rusia de Putin, y en la Venezuela chavista. Una Venezuela indudablemente mejor que la de Maduro, pero todavía distante de una verdadera democracia en plena libertad. En otras palabras: un chavismo sin Maduro.
Estados Unidos también enfrenta su propio dilema
La política exterior rara vez está impulsada exclusivamente por ideales. Los países poseen intereses. Estados Unidos quiere una Venezuela democrática. Pero también una Venezuela estable. Desea reducir migraciones masivas. obtener seguridad en el Caribe. Acceso energético. Disminuir la influencia estratégica de potencias adversarias.
Y aspira evitar que el colapso del antiguo régimen produzca un país ingobernable. Washington parece dispuesto a tolerar temporalmente una contradicción: colaborar con figuras centrales del antiguo sistema para intentar producir desde ellas una transformación del propio sistema. Es una apuesta. Pero puede funcionar. Ya lo hicieron con China, Nixon y Kissinger, y con Rusia, Ronald Reagan y Mijaíl Gorvachov… A comienzos de agosto un grupo bipartidista de senadores estadounidenses presentó una resolución reclamando elecciones presidenciales libres, liberación de los presos políticos y condiciones verdaderamente democráticas para todos los venezolanos. La iniciativa critica precisamente que todavía no existan avances suficientes hacia una elección presidencial en plena libertad. Cuando republicanos y demócratas comienzan a formular la misma pregunta, probablemente convenga escucharla. También se preguntan si el gobierno interino aceptará que María Corina Machado pueda ser candidata.
¿Qué puede ocurrir?... Los escenarios
Nadie responsable puede predecir con certeza el futuro político de Venezuela. Pero sí podemos construir escenarios. No son profecías. Son instrumentos de análisis. Las probabilidades que propongo a continuación constituyen apreciaciones personales basadas en las condiciones existentes al momento de escribir estas líneas y podrían modificarse rápidamente ante nuevos acontecimientos.
Primer escenario. Transición democrática negociada. Probabilidad: 50 %
Es actualmente el escenario que considero más posible. Delcy Rodríguez permanecería durante algún tiempo encabezando el gobierno provisional. Se producirían nuevas liberaciones. Serían rehabilitados dirigentes y partidos. Cambiaría progresivamente el sistema judicial. Se renovaría el Consejo Nacional Electoral. Regresarían dirigentes exiliados. Y finalmente se establecería un cronograma presidencial, parlamentario y regional verificable. El chavismo recibiría garantías suficientes para aceptar convertirse en una fuerza electoral dentro de una democracia en lugar de continuar siendo la estructura dominante del Estado. Ésta sería probablemente la transición menos traumática. Y quizá precisamente por eso la más deseable. Una democracia verdadera no necesita exterminar políticamente a sus adversarios. Necesita derrotarlos cuando corresponda mediante votos. Y permitirles regresar al poder solamente si algún día vuelven a convencer democráticamente a la mayoría. En este escenario se puede dar el caso de que la presidente comenzara progresivamente a ampliar su base política. Incluso podría incorporar al gabinete ministerial a algunas figuras independientes o provenientes de sectores de la oposición, especialmente en ministerios relacionados con economía, salud, educación, reconstrucción institucional o áreas sociales. Una decisión de esa naturaleza tendría un enorme valor político y simbólico ya que demostraría que el Ejecutivo comienza a dejar de funcionar como expresión exclusiva del chavismo para convertirse, aunque todavía de manera imperfecta, en un gobierno de transición con representación más plural.
Segundo escenario. Chavismo sin Maduro. Probabilidad 28 %
Éste es el escenario que más debería preocuparnos. Venezuela mejoraría. Habría más libertades. Aumentaría la actividad económica. Regresarían algunas inversiones. Continuarían liberaciones. Los venezolanos experimentarían una sensación comprensible de alivio. Pero las elecciones presidenciales irían siendo aplazadas. Delcy Rodríguez adquiriría progresivamente legitimidad internacional. El nuevo sistema sería menos autoritario que el anterior, pero mantendría suficientes mecanismos institucionales para impedir una verdadera alternancia. No estaríamos nuevamente ante Maduro. Con una democracia parcial. Sería una especie de autoritarismo suavizado y pragmático. Una transición detenida exactamente en el punto en que quienes gobiernan descubren que continuar transitándola significaría perder el poder.
Tercer escenario. Ruptura interna. Probabilidad 12 %
No todos dentro del antiguo chavismo tienen necesariamente los mismos intereses. Una democratización implica riesgos para quienes controlaron durante muchos años espacios políticos, económicos, militares o de seguridad. Algunos pueden aceptar competir electoralmente. Otros pueden considerar que perder poder signifique perder también su protección. Si sectores radicales concluyeran que la transición amenaza su supervivencia podrían intentar sabotearla. Podrían producirse fracturas internas, enfrentamientos entre estructuras militares o policiales, nuevas persecuciones o una interrupción de las conversaciones. Éste sería probablemente el escenario de mayor inestabilidad. Y precisamente por ello Washington parece interesado en evitar una ruptura abrupta de las estructuras existentes…
Cuarto escenario. Democratización acelerada. Probabilidad 10 %
Sería el escenario ideal. En corto plazo nombrar un nuevo Consejo Electoral Nacional independiente y creíble. Un Poder Judicial renovado. Libertad para TODOS los presos políticos. Eliminación de inhabilitaciones. Regreso de dirigentes exiliados. Participación plena de María Corina Machado y de cualquier venezolano que cumpla con los requisitos constitucionales. Observación internacional. Elecciones presidenciales, de una nueva Asamblea Nacional y de gobernadores y alcaldes dentro de un plazo relativamente breve, antes o durante 2028. Reconocimiento del resultado por todas las partes. Y transferencia pacífica del poder si vence la oposición. No considero imposible este escenario. Simplemente pienso que desmontar veintisiete años de acumulación de poder resulta muchísimo más complicado que cambiar un presidente.
Las cinco señales que debemos observar
Más que escuchar discursos, yo observaría cinco hechos. Primero, si terminan definitivamente las detenciones por razones políticas. Segundo, si son eliminadas las inhabilitaciones y todos los dirigentes pueden participar políticamente y en las elecciones, incluido el regreso de María Corina Machado al menor tiempo posible. Tercero, si el nuevo Consejo Nacional Electoral posee verdadera independencia. Cuarto, si las Fuerzas Armadas aceptan públicamente que su obligación constitucional no consiste en defender una revolución, un partido o una ideología, sino a la República y a todos los venezolanos. Quinto, probablemente el indicador más importante: Fijar la fecha de las elecciones. Porque las transiciones pueden explicarse mediante discursos.
Pero las democracias necesitan fechas.
Al Final…
… Durante muchos años los venezolanos nos preguntamos cuándo terminaría el gobierno de Nicolás Maduro. La historia respondió finalmente esa pregunta de una manera que probablemente muy pocos habían imaginado. Pero ahora descubrimos que aquella no era la pregunta definitiva. Maduro podía salir. El problema era saber qué ocurriría al día siguiente. Porque los presidentes ocupan edificios. Los sistemas ocupan instituciones. Y algunas veces terminan ocupando también la mente de las sociedades. Nos acostumbramos a pensar que quien gana debe dominar al que pierde. Que adversario significa enemigo. Que negociar constituye una debilidad. Que reconocerle alguna razón al contrario equivale a traicionar nuestras propias convicciones. Y la verdadera transición venezolana tendrá que comenzar precisamente allí… Mi esposa María Mercedes Gessen me hizo un comentario mientras conversábamos sobre lo escrito: “Venezuela comenzará realmente a sanar cuando nadie tema que puede ser perseguido por pensar distinto, cuando no se tenga que bajar la voz para hablar de política, marcharse del país por sus ideas, o preguntarse quién gobierna antes de decir lo que piensa. La democracia llegará de verdad cuando podamos perder una elección sin sentir que perdimos la patria, y ganarla sin creer que adquirimos el derecho de humillar, excluir o perseguir a quienes fueron derrotados”.
Ella resume una inmensa parte del problema. Si después de tantos sufrimientos simplemente sustituimos una hegemonía por otra, no habremos aprendido demasiado. La Venezuela democrática que aspiramos debería ser aquella donde un chavista pueda caminar tranquilamente después de haber perdido unas elecciones, y donde un opositor pueda criticar abiertamente al gobierno sin imaginar que alguien tocará su puerta durante la madrugada. Donde la Fuerza Armada no pertenezca a una parcialidad. Donde los jueces no reciban instrucciones. Donde el periodista no necesite preguntarse antes de publicar quién puede sentirse molesto. Donde los empresarios no tengan que pertenecer a ninguna camarilla. Y donde nuestros jóvenes puedan discutir sobre política apasionadamente y después sentarse juntos a tomar café. Por eso no creo que hoy debamos preguntarnos solamente si el chavismo terminará. Las ideas políticas no tienen por qué desaparecer. En democracia pueden existir socialistas, liberales, conservadores, socialdemócratas, chavistas, independientes y todas las corrientes que los ciudadanos quieran defender. Lo que debe desaparecer es la posibilidad de que cualquiera de ellas se considere propietaria del Estado y/o de cada venezolano. El chavismo tiene derecho a existir. Lo que no tiene derecho es a ser el Estado. La oposición tiene derecho a gobernar si gana. Lo que tampoco tendría derecho es a utilizar esa victoria para convertirse después en el nuevo Estado. Quizá ésa sea la extraordinaria oportunidad que Venezuela tiene frente a sí. No regresar simplemente al país que éramos antes de Chávez. Tampoco conservar el país que construyeron Chávez y Maduro, sino atrevernos a crear uno mejor. Uno donde finalmente comprendamos algo elemental que nos costó demasiados años, demasiadas lágrimas y demasiados venezolanos viviendo lejos de su tierra: el poder no pertenece a quien gobierna. Pertenece temporalmente a quien los ciudadanos deciden prestárselo. Y deben conservar siempre el derecho de quitárselo. Así, la pregunta que encabeza estas líneas continuará acompañándonos durante los próximos meses: ¿transición democrática o chavismo sin Maduro? Aún no conocemos la respuesta. Pero por primera vez en mucho tiempo, los venezolanos volvamos a tener la posibilidad de escribirla… Ojalá, así sea… Que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...

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