¿Estamos en la antesala de una guerra mundial?
- Vladimir Gessen

- 31 jul
- 12 min de lectura
Tres escenarios que podrían redefinir el futuro inmediato de toda la humanidad: Petróleo, economía, terrorismo y hasta armas nucleares… Las guerras de Ucrania e Irán ya afectan al planeta. ¿Podrían convertirse en un conflicto mayor con consecuencias imprevisibles nucleares?...
La escalada
La guerra rara vez anuncia el momento exacto en que deja de ser un conflicto regional para convertirse en un problema de toda la humanidad. Casi siempre comienza con acontecimientos aparentemente aislados. Un ataque contra un barco. Un misil sobre una ciudad. Una represalia. Un nuevo aliado que interviene. Un ignorado frente que se abre. Y, cuando el mundo comprende que todas esas piezas pertenecían al mismo tablero, suele ser demasiado tarde… Durante los últimos días ha aparecido una señal que merece nuestra reflexión. Mientras Arabia Saudita intenta reducir su histórica dependencia del estrecho de Ormuz, mediante el transporte de parte de su producción petrolera hacia el occidente, el Mar Rojo, utilizando su red de oleoductos, los hutíes pro Irán de Yemen —movimiento respaldado política, financiera y militarmente por Irán— han intensificado sus ataques precisamente sobre esa fachada occidental saudita y tratan de evitar también las rutas marítimas del Mar Rojo. El mensaje estratégico resulta evidente. Si un camino energético intenta escapar de una zona de riesgo de Irán, la guerra busca alcanzarlo también allí. La situación deja entonces de ser localizada y comienza a ser global. ¿Podría el mundo enfrentar dentro de pocos meses una crisis energética de enormes proporciones si las guerras de Irán y en Ucrania continúan expandiéndose, así como la del Líbano, Gaza e Israel? Porque detrás de cada misil o cada bomba no solamente existen soldados y misiles. También hospitales que necesitan electricidad. Fábricas. Agricultura. Medicamentos. Transporte. Y lo más vital: millones de familias que quizá aún no imaginan hasta qué punto su vida cotidiana depende de unos pocos corredores marítimos… La insuficiencia de petróleo significa ausencia de combustible lo que acarrea escasez de alimentos, medicinas, productos esenciales, y aumentos de los precios de prácticamente todos los bienes y servicios…
¿Nos acostumbramos?
Como psicólogo, me preocupa observar cómo la humanidad suele habituarse progresivamente al peligro. El cerebro humano posee una extraordinaria capacidad para normalizar aquello que se repite. Lo excepcional comienza lentamente a parecer cotidiano. Hoy vemos mapas militares casi con la misma naturalidad con la que hace pocos años observábamos mapas meteorológicos. Esa adaptación psicológica constituye una ventaja evolutiva para sobrevivir al estrés, pero también representa uno de nuestros mayores riesgos colectivos. Cuando dejamos de sorprendernos por la guerra, la conflagración comienza a ganar espacio dentro de nuestra conciencia. Hoy existen conflictos que ya no pueden analizarse por separado. Ucrania e Irán y todo el Medio Oriente involucrado, forman parte de una misma ecuación estratégica. Están modificando el equilibrio del sistema internacional. Involucran directamente a las grandes potencias nucleares Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido, e incluye a China, India, Pakistán y Corea del Norte —además de Israel— en los suministros bélicos. Todos poseen capacidad para alterar los mercados energéticos. Y se incrementan diariamente la posibilidad de errores de cálculo…
Cuáles son los escenarios al 31 julio de 2026
Primer escenario: la guerra contenida (40 %)
El escenario más favorable sigue siendo que ambos conflictos continúen, aunque extremadamente violentos, permaneciendo relativamente contenidos geográficamente. En Ucrania seguirían los ataques más frecuentes sobre infraestructuras, ciudades y líneas logísticas, mientras Europa mantendría en aumento su apoyo militar junto con la renovación de los patriot y de otros misiles por parte de EEUU… En Medio Oriente persistirían los ataques indirectos mediante fuerzas aliadas proxys de Irán, particularmente los hutíes, Hezbollah, Hamas y otras organizaciones armadas en Irak, evitando una confrontación abierta de gran escala entre múltiples naciones. Será inevitable que el petróleo siga subiendo de precio y la inflación provocada mundial volvería a presionar. Las economías crecerían menos. A pesar de ello, el sistema internacional continuaría funcionando. Sería una paz imperfecta. Una estabilidad armada. Una tensión permanente. No es una buena noticia. Simplemente es el menos grave de los escenarios…
Segundo escenario: la regionalización de ambas guerras (35 %)
Aunque lo castrense siga igual como en el escenario uno, el segundo resulta considerablemente más peligroso. Si los ataques sobre las rutas energéticas continúan expandiéndose desde el estrecho de Ormuz y en el Mar Rojo, en el estrecho de Bab el-Mandeb, y eventualmente en otras vías estratégicas se pueden producir interrupciones o cierres cada vez mayores… Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y otras naciones, algunas también productoras en el Golfo enfrentarían crecientes dificultades logísticas. Los seguros marítimos aumentarían. Muchas navieras modificarían rutas. El costo mundial del transporte volvería a dispararse. Tres meses de interrupciones sostenidas podrían traducirse en ausencia parcial de combustibles, de alimentos, mayores costos industriales y un renovado proceso inflacionario internacional. Europa sufriría especialmente. Asia también. Estados Unidos resistiría mejor gracias a su producción energética interna y a la producción petrolera de Venezuela, aunque tampoco escaparía completamente a las consecuencias económicas… Mientras tanto, Ucrania seguiría absorbiendo enormes recursos militares occidentales. La guerra comenzaría a convertirse en una crisis económica global. No necesariamente por la destrucción. Sino por la incertidumbre y el temor que provocará en los países democráticos. Y pocas fuerzas resultan tan paralizantes para los mercados como la imprecisión y la irresolución… Estas condiciones pueden provocar el incremento de las acciones militares entre los países mencionados incluyendo ataques terroristas de mayor proporción…
Tercer escenario: la globalización del conflicto (25 %)
Existe un tercer escenario que nadie desea mencionar, precisamente porque resulta el más peligroso. La posibilidad de que ambos conflictos terminen conectándose dentro de una confrontación mucho más amplia entre grandes potencias. La historia ofrece un antecedente que lo muestra: Antes de que la II Guerra Mundial adquiriera una dimensión verdaderamente global, Alemania, Italia y Japón libraban conflictos distintos, impulsados por sus propios intereses estratégicos y territoriales. Sin embargo, la convergencia de sus alianzas, objetivos y decisiones terminó transformando guerras inicialmente separadas en una sola conflagración mundial. La historia no se repite exactamente, pero nos recuerda que conflictos regionales aparentemente independientes pueden terminar entrelazándose hasta arrastrar al planeta entero. Japón estaba en guerra con China desde 1937 (Segunda Guerra Sino-Japonesa). Italia había invadido Etiopía en 1935 y luego Albania en 1939. Alemania había iniciado la invasión de Polonia en 1939, desencadenando la guerra en Europa. El Pacto Tripartito del llamado Eje se firmó en septiembre de 1940, cuando la guerra ya había comenzado en Europa… Ahora en 2026 aparecen circunstancias presentes y muy delicadas en las salas situacionales involucradas: ¿Qué ocurriría si Rusia decidiera ampliar deliberadamente el conflicto hacia otro país europeo perteneciente a la OTAN? No existen evidencias concluyentes de que esa decisión sea inminente. Sin embargo, numerosos analistas consideran que, si el Kremlin percibiera que una derrota estratégica amenaza su posición o incluso la estabilidad de su propio régimen, el incentivo para elevar el nivel de confrontación podría aumentar… La historia indica que los líderes que sienten reducido su margen de maniobra pueden asumir riesgos mayores que aquellos que conservan múltiples opciones. No sería la primera vez que una guerra regional termina arrastrando a alianzas enteras. Fue exactamente así como comenzaron las dos guerras mundiales. No por un único acontecimiento. Sino por una cadena creciente de compromisos militares. ¿Qué acontecería si Estados Unidos eleva los ataques y bombardeos tomando en cuenta a las plantas de generación eléctrica o plantas de tratamiento de agua de irán? ¿Qué sucedería si un masivo ataque de Irán a Israel comprometa su existencia como Nación o como Pueblo? ¿Y si un ataque terrorista mortal y masivo sobreviene en territorio estadounidense?...
¿Qué está ocurriendo dentro de Estados Unidos?
Mientras estas guerras evolucionan, Estados Unidos también atraviesa una compleja batalla política interna. Los demócratas mantienen, en términos generales, el respaldo a Ucrania y sostienen que la contención de Rusia constituye un interés estratégico para la seguridad occidental. Respecto a Irán, la mayoría chiita favorece combinar presión económica, disuasión militar y diplomacia, aunque existen diferencias internas sobre el alcance que debería tener el uso de la fuerza… Resulta llamativo observar cómo, desde sus respectivas narrativas religiosas, tanto los sectores más conservadores de Irán como los de Israel afirman actuar para garantizar su propia supervivencia. Cuando dos sociedades llegan a percibirse simultáneamente como amenazadas en su propia existencia, el temor puede convertirse en uno de los motores más poderosos de la escalada del conflicto. La mayoría de los expertos considera que Israel dispone desde hace décadas un arsenal nuclear de al menos 90 bombas nucleares, aunque nunca lo haya reconocido oficialmente. Respecto a Irán, numerosos analistas y organismos internacionales sostienen que su programa nuclear ha avanzado significativamente y que el país podría encontrarse cada vez más cerca de adquirir de inmediato la capacidad técnica para fabricar un arma nuclear si sus dirigentes tomaran esa decisión política. Precisamente esa posibilidad constituye una de las mayores preocupaciones de la comunidad internacional… En los EEUU, dentro del Partido Republicano también aparecen dos grandes corrientes. El movimiento MAGA prioriza reducir el involucramiento militar estadounidense en conflictos prolongados y concentra buena parte de su discurso en la seguridad fronteriza, la competencia económica con China y la protección de los intereses internos. Pese a esto, una parte importante de ese mismo sector mantiene un firme respaldo a Israel y podría apoyar una respuesta militar contundente si percibiera una amenaza existencial contra ese país o contra territorio estadounidense. Los republicanos tradicionales o conservadores en política exterior mantienen una visión más cercana al liderazgo internacional clásico de Estados Unidos, favoreciendo alianzas fuertes, mayor presencia militar y una política de disuasión robusta frente a Rusia, Irán y China… Las diferencias aparecen sobre todo respecto al grado de intervención.
¿Un escenario nuclear?
El Pentágono, el Comando Estratégico de Estados Unidos y el Consejo de Seguridad Nacional elaboran permanentemente planes para cualquier contingencia imaginable. Eso incluye escenarios en los que podría contemplarse el empleo de armas nucleares tácticas o estratégicas, porque una de sus funciones consiste precisamente en estar preparados para situaciones extremas. Sí, se evalúa esta opción en las salas situacionales de la Casa Blanca y en los centros de mando del Pentágono. Observamos que existen procedimientos para analizar respuestas ante crisis de máxima gravedad. Allí se estudian múltiples cursos de acción que abarcan desde opciones diplomáticas hasta respuestas convencionales y, en el caso más extremo, opciones nucleares. Es importante insistir que analizar una opción no significa recomendarla ni mucho menos decidir ejecutarla… Muy pocos políticos proponen públicamente su uso. En el debate político estadounidense ningún dirigente importante ni civil ni militar —ni demócrata ni republicano— defiende abiertamente lanzar un ataque nuclear táctico como primera respuesta. Hacerlo tendría un enorme costo económico, político, militar estratégico y moral. Sin embargo, existen circunstancias hipotéticas que sí aparecen en los documentos estratégicos y en los juegos de guerra ante escenarios como un ataque nuclear contra territorio estadounidense o un ataque nuclear contra un aliado de la OTAN. Igual sucedería si se utiliza previamente un arma nuclear táctica por parte de Rusia. Una amenaza existencial contra Estados Unidos o contra un aliado cuya defensa esté cubierta por compromisos estratégicos, como Israel. En esos escenarios extremos, el Presidente recibiría distintas opciones militares, algunas convencionales y otras nucleares…
El caso de Israel
Estados Unidos mantiene con Israel una relación estratégica excepcional. Si Irán desarrollara una ofensiva que realmente amenazara la supervivencia del Estado israelí —como en el caso de que mediante un ataque nuclear o un ataque convencional masivo acompañado de riesgo existencial— es muy probable que Washington respondiera primero con una fuerza convencional abrumadora: aviación, submarinos, portaaviones, misiles de largo alcance y capacidades cibernéticas. El empleo de armas nucleares tácticas seguiría siendo la última opción imaginable, porque rompería un tabú internacional vigente desde Hiroshima y Nagasaki. Además, abriría la puerta a represalias similares, proliferación y una escalada muy difícil de controlar.
¿Qué haría Donald Trump?
Nadie puede afirmar con certeza que haría el comandante en jefe de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Su trayectoria muestra dos tendencias que conviven en tensión: De alguna forma ha defendido una política de máxima presión y de fuerte disuasión frente a adversarios como Irán. Al mismo tiempo, ha reiterado que prefiere evitar guerras largas y ha criticado intervenciones militares prolongadas. Si durante la presidencia de Trump ocurriera un atentado terrorista devastador en territorio estadounidense atribuible de forma concluyente a un Estado, o una agresión que comprometiera la existencia de Israel, es razonable pensar que exigiría una respuesta extremadamente contundente. No obstante, no existe evidencia pública de que haya manifestado la intención de recurrir de inmediato a armas nucleares tácticas en un escenario de ese tipo. Lo más probable, según la doctrina militar estadounidense y el análisis de la mayoría de los especialistas, sería intentar primero una respuesta convencional de enorme magnitud. No obstante, el presidente Biden aprobó una estrategia nuclear secreta centrada en la amenaza china y la Casa Blanca declaró: “El presidente emitió recientemente directrices actualizadas sobre el empleo de armas nucleares para tener en cuenta a múltiples adversarios con armas nucleares”.
Desde una perspectiva psicológica
Un aspecto que me parece particularmente importante es señalar que las armas nucleares no solo cumplen una función militar, también ejecutan una función psicológica. Desde 1945 han operado como instrumentos de disuasión. Su sola existencia modifica el cálculo de los líderes. Las doctrinas nucleares de Estados Unidos sostienen que nunca tengan que aplicarse. Pero esa lógica contiene una singularidad: cuanto más se prolongan las guerras, cuanto mayor es la presión sobre los dirigentes y cuanto más reducen estos sus alternativas políticas o militares, mayor es el riesgo de que comiencen a considerar opciones que, en tiempos normales, serían impensables. Este, es el verdadero peligro de nuestro tiempo. No que alguien desee una guerra nuclear, sino que una sucesión de decisiones tomadas bajo presión termine acercando al mundo a un umbral que durante más de ochenta años la humanidad ha conseguido evitar… En psicología sabemos que bajo estrés extremo el pensamiento puede hacerse más rígido. Los líderes pueden sobrevalorar la información que confirma sus creencias, y minimizar aquella que las contradice. Ese riesgo aumenta cuando sienten que retroceder equivale a perder legitimidad o poder. Por ello, más que asumir que cualquier dirigente actuará de forma irracional, conviene reconocer que en situaciones límite todos los seres humanos son más vulnerables a errores de juicio.
Me preocupa únicamente la posibilidad de una guerra más extensa. Es la posibilidad de que, si alguno de estos conflictos se sale completamente de control, algún líder llegue a considerar el empleo de un arma nuclear táctica como una alternativa militar aceptable. Bastaría una sola decisión para romper el único límite que la humanidad ha logrado preservar desde 1945. Después de ese instante ya no existirían vencedores verdaderos. Cambiaría la historia de nuestra civilización. Millones de seres humanos que jamás participaron en estas decisiones pagarían un precio imposible de justificar. Por eso, hoy más que nunca, el mundo necesita menos discursos de confrontación y más estadistas capaces de dialogar. Por ello recuerdo en este momento las cartas de John F. Kennedy con Nikita Kruchov durante la crisis de los misiles en Cuba en octubre 1962, o las conversaciones de Ronald Reagan con Mijaíl Gorvachov salvando al mundo de una hecatombe nuclear. Hoy se necesita menos amenazas y más puentes. Menos orgullo y más inteligencia. La paz no representa una muestra de debilidad. Constituye el acto de mayor valentía política que puede asumir un gobernante cuando comprende que la vida humana vale infinitamente más que cualquier victoria militar…
Al final…
… mi esposa, María Mercedes Gessen, psicóloga y expresidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso de Venezuela, conoce muy bien el lenguaje de la diplomacia, las complejas negociaciones entre Estados y la enorme responsabilidad que recae sobre quienes toman decisiones en tiempos de guerra. Al leer este análisis me expresó una reflexión que considero imprescindible compartir:
"Durante décadas, la diplomacia internacional ha demostrado que siempre existe un instante —aunque sea el último— en el que todavía es posible detener una guerra. Ese momentum suele desaparecer cuando el orgullo reemplaza al diálogo, cuando la desconfianza derrota a la razón y cuando los dirigentes comienzan a creer que la fuerza resolverá aquello que la política fue incapaz de solucionar. Hoy la humanidad se encuentra peligrosamente cerca de uno de esos momentos. Ucrania continúa desangrándose. Oriente Medio sigue incendiándose. Las amenazas aumentan. Las alianzas militares se endurecen. Cada nuevo misil, cada ataque contra una ciudad, cada represalia y cada error de cálculo nos acercan a un punto del que podría no existir retorno”...
Coincido con ella, estamos viviendo uno de esos momentos especialmente comprometidos que, de tanto en tanto, aparecen en la historia de la humanidad. Como psicólogo y periodista observo los acontecimientos e intento comprender los comportamientos individuales y colectivos que parecen empujarnos hacia una creciente inestabilidad: Liderazgos marcadamente personalistas o autocráticos —en algunos casos acompañados por rasgos de grandiosidad, de reconocimiento histórico— de nacionalismos cada vez más intensos, fanatismos religiosos, disputas por el control del petróleo, del gas, del agua y de minerales estratégicos, rivalidades territoriales, carreras armamentistas, extremismos ideológicos, campañas masivas de desinformación, ciberataques, terrorismo, una acelerada competencia tecnológica y el progresivo debilitamiento de los mecanismos tradicionales de diálogo y cooperación internacional… Todos ellos conforman un escenario que aunque la historia nunca se repite exactamente, sí suele rimar… Por ello, encuentro alarmantes algunas similitudes con el clima internacional que precedió a 1939. Entonces también coexistían potencias que desconfiaban unas de otras, líderes convencidos de que la fuerza resolvería los conflictos, una intensa carrera de rearme, profundas crisis económicas, nacionalismos exacerbados, disputas territoriales, alianzas militares cada vez más rígidas y una peligrosa sucesión de errores de cálculo que terminaron arrastrando al mundo hacia la II Guerra Mundial. No obstante, existen diferencias importantes. La existencia de armas nucleares convierte cualquier confrontación entre grandes potencias en un riesgo incomparablemente mayor. La economía mundial está mucho más interconectada. Existen instituciones internacionales que entonces no tenían el desarrollo actual. A pesar de ello, precisamente porque las consecuencias potenciales serían infinitamente más devastadoras, la prudencia, la diplomacia y el liderazgo responsable adquieren un valor que quizá nunca antes habían tenido en la historia de nuestra civilización. Ahora bien, por encima de todo, sigo creyendo que nuestra especie posee una capacidad extraordinaria para corregir el rumbo antes de lanzarse al despeñadero. Ojalá no tengamos que aprender, una vez más, el verdadero valor de la paz después de volver a contemplar el horror que la humanidad conoció cuando la bomba atómica Little Boy cayó sobre Hiroshima. Porque, desde de aquel 6 de agosto de 1945, el mayor triunfo de nuestra civilización no ha sido ganar una nueva guerra, sino haber evitado otra guerra nuclear durante 81 años… Que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...

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