La primera vez con el mar


Foto: Pixabay

Quiero aprovechar mi columna de esta semana para compartirles el adelanto de un cuento que estoy escribiendo. Espero que lo disfruten y me dejen sus mensajes en el módulo de comentarios que está al final de la columna:


Ya hoy es domingo, lo sé porque me detuvieron un viernes, es decir hace dos días. Ahora debería estar leyendo los periódicos por la conexión satelital clandestina que mi hijo menor, Matías, montó en nuestra casa, para poder realmente enterarnos de lo que pasa en nuestro país, pues si me guiara por la prensa local, terminaría sumergido en una matriz de positivismo donde la delincuencia, la corrupción y las desapariciones políticas no existen. Pero y si no existen, ¿qué carajo hago yo preso?


Ahora me vienen a buscar a mi celda, y yo me pregunto: ¿Por qué me van a sacar?, ya me había acostumbrado a mi camastro. ¿Será que se dieron cuenta que se equivocaron al apresarme y vienen a disculparse? O ¿será que me van a matar porque necesitan más espacio? Pero ¿por qué no preguntan? Yo no tengo problemas en compartir mi celda.


Cuando el guardia, un joven de 20 años me pide que salga, vacilo un poco, (realmente estoy cagado de miedo), así que el soldado me toma del brazo y me dice: “Salga profe, sólo vamos a tomar sol, así se le quita ese color apio que usted tiene”.


El joven me conduce hasta una terraza de un metro por un metro, con una baranda baja que apenas me llega a las rodillas, por lo que comienzo a sudar frio, pues sufro de vértigo. Mi carcelero al verme atemorizado me toma nuevamente por el brazo y me lleva a un jardín donde hay una banca, allí me ayuda a sentarme y me señala a lo lejos el mar. Por primera vez en dos días veo ese inmenso azul, y con él llega la paz, una paz que de seguro muy pronto voy a extrañar.


Al divisar el mar, ya no tengo miedo. Mi mente vuela hasta mi primer encuentro con el hermoso azul del Caribe. La primera vez que lo vi fue en un viaje que hice con mi familia en la década de los 80, tal vez tenía yo 5 años. Recuerdo que al bajar del Dodge Dart año 78 que tenía mi papá, corrí por la arena caliente hasta el agua. Mis padres se quedaron sorprendidos pues yo era un niño muy asustadizo, pero desde ese momento ellos, como yo, notaron que mi conexión con el mar era mayor a cualquier miedo.


Desde entonces, el mar jugó un papel fundamental en mi vida. Recuerdo que todos los agostos, cuando entrábamos en el periodo vacacional, íbamos a Boca de Uchire, un pueblo hermoso en el oriente venezolano, fronterizo con el Estado Miranda. En aquel lugar nos quedábamos en una vieja casona frente a la playa. Luego ya adulto, volví a esa casa con mi primer carro, y mi primera novia.


Por cosas de la vida mi primer viaje al exterior fue gracias a una beca para estudiar cine, en aquel lugar había un régimen. Recuerdo que cuando regresé a mi país después de un año todos me decían: ¡Viajaste al futuro! Y qué razón tenían.


Pero si tuvo tanto protagonismo, el mar en mi vida. ¿Por qué no tendría protagonismo el día de mi muerte?, lo digo porque escuché en la mañana que se tenían que deshacer de algunos presos ya que el centro de detenciones estaba saturado. Pero tal vez eso sea una leyenda, un comentario para asustar aún más a los detenidos… o tal vez no.


Igualmente creo que debería ir pensando cómo hacer para darles una mano con eso. Tal vez termine amigándome con el vértigo después de todo, y finalmente de un paso al frente…


Juan E. Fernández, Juanette

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