La nueva o vieja estrategia de EEUU en América
- Vladimir Gessen
- hace 3 horas
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Trump revive una doctrina de poder territorial: Groenlandia, Venezuela, Panamá y Canadá revelan un regreso estratégico de la Casa Blanca...
La insistencia de Donald Trump en Groenlandia no es un capricho ni una extravagancia personal. Parece responder a una lógica geopolítica, estratégica y psicológica del poder, profundamente coherente con la manera en que ciertos dirigentes de MAGA y algunas poderosas fundaciones conciben la política internacional de nuestra nación basándose en control, ventaja visible y expansión territorial. El problema cuando se menciona que Estados Unidos podría tomar por la fuerza a Groenlandia es que justificaría que Vladimir Putin y Rusia hayan tomado de la misma manera a Ucrania. Las preguntas son entonces: ¿Somos iguales que Rusia? ¿Trump es igual que Putin?...
Hay momentos en la historia en los que una nación debe mirarse al espejo y hacerse la pregunta más incómoda de todas… ¿en qué nos estamos convirtiendo?La insistencia de Estados Unidos —bajo el liderazgo de Donald Trump— en ampliar su control territorial, económico y estratégico sobre regiones clave del planeta no puede analizarse como una suma de episodios aislados ni como simples gestos retóricos de campaña. Groenlandia, Venezuela, el Canal de Panamá, Canadá, las amenazas a México y Colombia, y la reconfiguración forzada de alianzas en América Latina forman parte de una misma lógica profunda, la de la creencia de que el poder se legitima por la fuerza, que la soberanía es negociable y que el mundo vuelve a ser un tablero donde los grandes deciden y los demás se adaptan o resisten. El dilema ya no es geopolítico, es moral e histórico. Porque cuando Estados Unidos comienza a parecerse demasiado a aquello que durante décadas dijo combatir, la interrogante deja de ser qué estrategia seguimos… y pasamos a preguntarnos ¿qué valores estamos dispuestos a abandonar para sostenerla?
¿Qué está ocurriendo?
En el presente, la política exterior de los Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump ha sido definida por una serie de decisiones y proclamaciones que no sólo remecen los cimientos del sistema internacional, sino que reconfiguran, con audacia y brutalidad, la concepción tradicional estadounidense de su rol hegemónico en el planeta. Este giro estratégico, que algunos analistas ya denominan la “Doctrina Don-roe” —una versión hiperactiva, militarizada y expansiva de la clásica Doctrina Monroe— refleja no solamente intereses geoestratégicos, sino también una lógica psicológica del poder, la amenaza, y el dominio visible.
Groenlandia y la geopolítica del Ártico
Paralelamente a su activismo en el hemisferio occidental, Trump ha reavivado un proyecto que ya intentó en 2019, la adquisición de Groenlandia. Más allá del folclore que rodeó la noticia inicial, el gobierno estadounidense ha puesto sobre la mesa —según la prensa internacional— opciones que van desde comprar el territorio hasta considerar el uso de la fuerza militar para asegurar su control.
Groenlandia no es simplemente un territorio remoto, en el contexto de la creciente accesibilidad del Ártico debido al deshielo que se ha convertido en un enclave estratégico para la vigilancia militar, el control de rutas marítimas emergentes, y el acceso a minerales críticos para la industria tecnológica y de defensa. Trump articula esta obsesión con la tesis de que Rusia y China estarían expandiendo su influencia en la región, una narrativa que justifica, desde su lógica, un contramovimiento estadounidense inmediato.
Controlar Groenlandia significa vigilar rutas aéreas y marítimas entre América del Norte, Europa y Asia. Anticipar y disuadir movimientos de Rusia en el Ártico, y limitar la creciente presencia económica y científica de China. Desde la Guerra Fría, Estados Unidos mantiene allí instalaciones militares clave. Trump no propone algo radicalmente nuevo, sino que lleva esa lógica a su expresión máxima. Groenlandia se convierte así en un nodo logístico del comercio del siglo XXI, una plataforma para influir sobre el futuro orden económico global y a efecto de la nueva estrategia de EEUU. Para Trump, en el tablero del mundo es un punto clave de negociación, lo que equivale a poseer una carta ganadora antes de que la partida comience. Además este territorio alberga tierras raras —necesarias para baterías, tecnología y defensa— más uranio, petróleo y gas. En un mundo que transita hacia la desglobalización y la competencia tecnológica, Trump prioriza autonomía material sobre acuerdos multilaterales. No importa que el Groenlandia sea parte de Europa y de la OTAN como Estados Unidos, sino que pareciera que Trump está pensando como Vladimir Putin y sus razones para invadir a Ucrania.
Psicología del poder: comprar es dominar
Desde una óptica psicológica, Trump proyecta la lógica del “real estate” que tanto conoce, sobre la geopolítica. Es decir, si algo es estratégico y está disponible, se compra porque si le adquiere, se controla, y si se controla, se demuestra poder. Lo que no es colonialismo clásico, es una especie de capitalismo territorial llevado a escala planetaria. Al decir “quiero Groenlandia”, Trump comunica algo más profundo. Es un mensaje de ofensiva más que defensivo. EEUU no se repliega, no pide permiso y, de que la Casa Blanca piensa en grande, incluso de forma provocadora. Aunque la propuesta sea inviable jurídicamente o no alcanzable, el gesto importa porque marca un territorio simbólico ante aliados y rivales. Trump quiere Groenlandia porque encaja con su visión transaccional del mundo y porque funciona como símbolo de hegemonía. No es una broma. Es una declaración de cómo Trump entiende el poder en el siglo XXI, visible, territorial, competitivo y sin complejos.
El ataque a Venezuela y la nueva lógica interventora
La decisión de ordenar una operación militar en Venezuela que culminó con llevar a una corte de justicia a Nicolás Maduro, y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico y terrorismo, es sin duda, el acto más paradigmático de esta nueva era. Más allá del combate al narcotráfico la intervención refleja objetivos múltiples, como asegurar el acceso a los vastos recursos energéticos de Venezuela, reimponer una esfera de influencia hegemónica en América Latina, y enviar una señal de advertencia a potencias rivales como China y Rusia. El propio Trump declaró que “gobernará” Venezuela hasta que se dé una transición segura a un estado realmente democrático, una acción que discute las normas del derecho internacional, y pone en jaque el concepto de soberanía política de los pueblos a nivel mundial.
Las amenazas a Colombia, México y Cuba
Inmediatamente después de la operación en Caracas, Trump y su secretario de Estado Marco Rubio extendieron la lógica territorial de control hacia otros países de la región. Desde la Casa Blanca se emitieron advertencias claras, si gobiernos como los de Colombia o México si no ajustan sus políticas de seguridad y cooperación en materia de narcotráfico, Washington no descarta acciones similares a las ejecutadas en Venezuela.
En el caso de Colombia, igualmente hubo amenazas explícitas de intervención militar, desafiando así la soberanía de un Estado democrático y aliado histórico en la región. Aunque hace unas horas Trump habló con el presidente Petro y llegaron un detente y el presidente de Colombia visitará la Casa Blanca pronto.
En cuanto a México, el discurso de Trump lo coloca como un “estado fallido” frente al narcotráfico y sugiere autorizar el uso de la fuerza estadounidense dentro de su territorio si las autoridades no “resuelven” el problema que causan los carteles de las drogas, lo cual la presidente Sheinbaum rechazó categóricamente al igual que hizo con la intervención de EEUU en Venezuela y México.
Sobre Cuba se ha afirmado que “está en graves problemas” y que sin el sostén del petróleo de Venezuela, la isla “caerá”, un argumento que combina la retórica de amenaza con la intención de desestabilizar regímenes que Washington considera hostiles. Este patrón de amenazas rompe con décadas de prudencia diplomática en las relaciones interamericanas y reintroduce un idioma coercitivo que parecían relegadas al pasado sobre las intervenciones directas.
El Canal de Panamá: nostalgia imperial y rivalidad con China
No es extraño, en este repertorio de reclamos territoriales y estratégicos, que Trump también haya apuntado al Canal de Panamá. Desde el inicio de su regreso a la Casa Blanca, ha sugerido que la administración estadounidense debería “recuperar” el control de la vía interoceánica, argumentando que fue un error histórico haberla cedido y que su control garantizaría la seguridad económica y logística de EEUU frente a la influencia china en su operación y gestión. La canalización de este reclamo no es meramente geográfica, es profundamente simbólica. Representa la aspiración a restaurar una hegemonía territorial y económica que, en su visión, debe superar cualquier limitación institucional o legal que no sirva al objetivo estratégico de maximizar el poder estadounidense.
Alineamientos políticos: Argentina y Honduras
En este contexto de reconfiguración de las alianzas hemisféricas, la administración Trump ha buscado consolidar apoyos con líderes afines. En Argentina, el presidente Javier Milei, figura de la política libertaria, se ha convertido en un aliado clave de Trump. Washington otorgó un paquete financiero de 20 mil millones de dólares mediante un acuerdo de intercambio de moneda que ha servido como apoyo económico y político para estabilizar la situación financiera de Argentina, condicionado al éxito electoral de la fuerza política de Milei, el cual obtuvo.
En el caso de Honduras, el triunfo del conservador Nasry Asfura, respaldado por Trump y aliados internacionales, representa otro avance de la estrategia de influenciar resultados electorales en función de candidatos que comparten las prioridades de Washington. Estos apoyos financieros y políticos buscan construir un cordón de gobiernos que, en teoría, respalden la agenda continental de EEUU, desde la liberalización de mercados, hasta la cooperación en seguridad y la oposición a influencias geopolíticas de rivales como Rusia y China.
Una política de poder sin disimulos
La estrategia estadounidense bajo Donald Trump —articulada a través de intervenciones armadas, amenazas diplomáticas, nuevos reclamos territoriales y apoyo condicional a líderes afines— refleja una lectura del mundo como un tablero de ajedrez en constante disputa. La psicología política que subyace puede describirse como una mezcla de inseguridad estratégica, reafirmación hegemónica y espectáculo del poder, donde la demostración pública de fuerza sustituye gran parte de la diplomacia tradicional, y donde la soberanía de los Estados, particularmente en el Hemisferio Occidental, se torna un concepto flexible frente a los intereses declarados por Washington. Este enfoque, aunque apoyado por una parte del electorado estadounidense y sectores geoestratégicos en EEUU, genera tensiones profundas con aliados tradicionales como la OTAN o Canadá, alimenta la desconfianza hemisférica y pone en cuestión principios básicos del derecho internacional y la coexistencia pacífica entre naciones. Al final, y más allá de lo que se expresa en los discursos oficiales, la nueva estrategia de Washington bajo Trump parece querer reconfigurar la estructura de poder global en términos visibles de dominio y control, no mediante alianzas cooperativas, sino por la afirmación unilateral de voluntad y capacidad —económica, militar y política— para imponer sus prioridades en cada región del globo.
Canada
A esta lógica de expansión simbólica y presión estratégica se suma la provocadora propuesta de Donald Trump de que Canadá podría convertirse en el estado número 51 de la Unión. Lejos de ser una ocurrencia, esta idea encaja con la forma en que Trump concibe el poder y la integración, no como un pacto cultural o histórico entre pueblos, sino como una absorción funcional basada en asimetrías económicas, demográficas y militares. En la psicología política de Trump, Canadá aparece como un país altamente dependiente del mercado estadounidense, de su seguridad continental —garantizada por EEUU a través del NORAD, el Comando de Defensa Aeroespacial de América del Norte y la OTAN— y profundamente integrado a su sistema productivo, energético y financiero. Trump cree que esa dependencia estructural puede traducirse, bajo presión económica o crisis global, en una negociación desigual donde la soberanía se relativiza frente a la “eficiencia” y la “protección”. La propuesta quizás no busca una anexión realista en términos jurídicos, sino instalar la idea de que incluso las fronteras más estables son negociables si el poder lo permite. Es, una vez más, el mensaje central de su doctrina, donde nada es intocable, todo puede reescribirse cuando una superpotencia decide pensar el mundo no como un orden, sino como una propiedad en disputa.
Alberta
En la provincia de Alberta en Canada existe desde hace años un movimiento independentista real, aunque minoritario, que ha cobrado mayor visibilidad política y simbólica en los actuales de la crisis económica, las tensiones fiscales y la polarización identitaria presentes en el país norteño. Y, en términos estratégicos y psicológicos, no es descabellado pensar que podría convertirse en un aliado discursivo —más que operativo— de Donald Trump.
El fenómeno del separatismo de Alberta de Canadá se articula alrededor de la llamada alienación occidental, una percepción de que Ottawa “extrae” riqueza energética como el petróleo y el gas, sin una retribución justa. También en el rechazo a políticas ambientales federales vistas como hostiles a la economía local, además de la sensación cultural de distancia con el Canadá urbano y liberal del este. Existen partidos y movimientos —como Wexit o sectores del Alberta Sovereignty Movement— que promueven un referéndum de autodeterminación, aunque hoy no cuentan con mayoría social ni con viabilidad constitucional inmediata.
¿Por qué Trump vería allí una oportunidad?
Desde su lógica, Alberta presenta rasgos “alineables” como una economía extractiva, energética y orientada al mercado, una cultura política conservadora, escéptica del Estado federal, y su dependencia estructural de EEUU como mercado principal de su energía. Así, Trump no necesita que Alberta se independice realmente. Le basta con amplificar el malestar sobre la retórica de “regiones explotadas por élites centrales”, para así debilitar simbólicamente al Estado canadiense e instalar la idea de que la integración con EEUU sería más racional que la pertenencia a Canadá. Esto encaja con su propuesta —provocadora pero estratégica— de un “Canadá estado 51”. Sin embargo Alberta no puede legalmente separarse sin un proceso largo, complejo y poco probable. Por otro lado, la mayoría de sus habitantes no quieren dejar a Canadá, y mucho menos anexarse a Estados Unidos. No obstante, la señal es clara, en la era Trump, la soberanía deja de ser sagrada cuando choca con el poder.
El desenlace posible de esta etapa histórica
Si Donald Trump y Marco Rubio perseveran en la ambición de control hemisférico total de América, no será épico ni ordenado, sino tenso, fragmentado y peligrosamente real. El mundo ya no es unipolar y el tablero está ocupado por jugadores que piensan con la misma lógica cruda del poder. Frente a ellos, Xi Jinping no oculta su determinación sobre Taiwán, ni de su proyección estratégica sobre Asia-Pacífico y el mundo a través de la nueva “ruta de la seda”, mientras Vladimir Putin ha dejado claro que Ucrania es solo una pieza de un rediseño mayor del equilibrio europeo.
Cuando tres potencias nucleares asumen que la historia vuelve a escribirse por zonas de influencia, el riesgo no es la guerra total inmediata, sino la normalización del conflicto permanente, del ensayo constante de límites, del error de cálculo. Trump y Rubio podrían lograr, en el corto plazo, reordenar América por presión, miedo y alineamientos forzados con gobiernos dóciles, economías subordinadas, y silencios comprados o sometidos. Pero el costo psicológico y político sería enorme. Un hemisferio dominado no es un hemisferio estable, es un continente resentido, reactivo, siempre al borde del estallido. Y mientras Washington concentra su energía en dominar su patio trasero, China y Rusia avanzan con paciencia estratégica en Asia y Europa, explotando fisuras, cansancio aliado y el descrédito moral de Occidente. La paradoja es brutal, cuanto más control visible intente imponer Trump, más acelerará la pérdida de liderazgo real de Estados Unidos en el Mundo.
El gran peligro no es Trump ni Rubio como individuos, sino la convergencia de líderes que comparten la misma psicología del poder territorial, como son Xi, Putin y Trump que creen —cada uno a su manera— que el siglo XXI se decide como en el XIX, con mapas, fronteras y pulsos de fuerza. Si ese supuesto se consolida, el mundo entrará en una era de guerras regionales encadenadas, sin vencedores claros y con sociedades exhaustas. El final no será una explosión súbita, sino algo más inquietante, la de un planeta acostumbrándose a vivir en estado de amenaza, donde la diplomacia se reduce a ultimatums y la paz se convierte en una tregua frágil entre dos provocaciones. Y en ese escenario, la historia no recordará quién quiso controlar más territorios, sino quién fue incapaz de imaginar una salida distinta al choque.
Un mundo emergente
A este cuadro se suma un factor decisivo, el BRICS, liderados por Narendra Modi primer ministro de la India y el presidente de Brasil, Lula Da Silva, organización que ya no actúa como foro económico alternativo, sino como una estructura política de contención del poder estadounidense. La ampliación del bloque y su intento de erosionar el dominio del dólar, crear mecanismos financieros propios y coordinar posiciones diplomáticas, marca un punto de inflexión silencioso.
Mientras Trump y Rubio buscan asegurar el control hemisférico por la vía de la presión directa, el BRICS opera con una lógica más lenta pero eficiente como es vaciar de eficacia el poder de coerción de Washington. Países como Brasil o India, sin romper con EEUU, aprenden a moverse en varios tableros a la vez, reduciendo dependencias y ampliando márgenes de maniobra. El riesgo estratégico para Estados Unidos es claro, un hemisferio disciplinado a la fuerza puede obedecer hoy, pero buscará mañana refugio en estructuras alternativas. Y si América Latina, África y Asia comienzan a mirar al BRICS no como ideología sino como seguro geopolítico, Trump podría ganar territorios simbólicos mientras pierde algo mucho más difícil de recuperar, la centralidad del sistema que sostuvo la hegemonía estadounidense durante casi un siglo.
Cuando las potencias vuelven a creerse dueñas del mapa, la historia no premia al que avanza más rápido, sino al que entiende —demasiado tarde— que ningún imperio sobrevive cuando confunde el control del territorio con el control del tiempo. Tal vez el mayor riesgo de esta época no sea una guerra inmediata ni un colapso espectacular, sino algo más silencioso y devastador, la normalización del cinismo como doctrina internacional. Cuando las potencias se acostumbran a medir su grandeza por el territorio que controlan y no por el orden que construyen, la historia entra en una fase oscura y repetitiva. Estados Unidos ha sido grande no solo por su poder, sino porque supo representar —con todas sus contradicciones— una promesa de libertad y de límites al abuso, de reglas compartidas y de futuro abierto. Si esa promesa se diluye en nombre del control, EEUU podrá ganar mapas, puertos o aliados circunstanciales, pero perderá algo infinitamente más valioso, la autoridad moral que sostiene a los imperios más allá de la fuerza. Y la historia es implacable en esto porque los imperios no caen cuando dejan de conquistar, sino cuando dejan de saber por qué lo hacen…
La salida
El verdadero acto de grandeza para Estados Unidos —y para toda América— no está en dominar territorios, imponer gobiernos, o disciplinar naciones por la vía de la presión, incluso los ataques militares, sino en liderar una alternativa histórica superior. América no necesita una hegemonía armada, requiere es un pacto de prosperidad, libertad y reglas compartidas. La propuesta es clara y posible: un gran Acuerdo Continental de Libre Comercio y Democracia, abierto a todas las naciones del hemisferio que sean —o decidan convertirse— en democracias plenas, con Estado de derecho, elecciones libres, independencia de poderes y respeto a los derechos humanos. No un bloque de imposición, sino una Unión Americana basada en integración económica, movilidad productiva, cooperación tecnológica, educación compartida y seguridad común, al estilo de lo que Europa construyó tras comprender que después de dos guerras mundiales la violencia de las guerras solo produce países arruinados, incluyendo a las potencias que provocaron dichas conflagraciones. Este camino no debilita a Estados Unidos, me acota mi esposa María Mercedes, lo engrandece. Porque ningún país liderará el siglo XXI desde el miedo, sino desde la capacidad de convocar. Y la historia lo confirmará, las Américas no se unirán por la fuerza ni por el lenguaje de los ultimatums, sino por la voluntad compartida de prosperar juntas, libres, diversas y soberanas. Ese —y no el control— sería el verdadero triunfo de la primera y más poderosa democracia y Estado de libertad en nuestro continente y el mundo: Estados Unidos de América.

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