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Medio Oriente: La guerra vuelve a vestirse de eternidad

El ataque en Medio Oriente ya no es el escenario publicado en enero, es fe, poder y armas que se entrelazan en un peligroso relato bélico… Más de un millón de soldados bajo una misma pregunta: ¿Se trata de un cálculo estratégico o una guerra sagrada con las religiones de por medio?...


 

La guerra en Tierra Santa ya no es una hipótesis. Es un hecho. Los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel sobre instalaciones estratégicas iraníes y la respuesta inmediata de Teherán han trasladado el conflicto del terreno del cálculo al de la realidad. Lo que durante meses fue disuasión tensa hoy es intercambio directo. Y cuando el fuego se enciende en esa región del mundo, la historia nos recuerda que allí las guerras rara vez son solo territoriales. En el Medio Oriente, el conflicto casi nunca es únicamente militar. Es simbólico. Es identitario. Y con frecuencia, es sagrado. En 2025 y a comienzos de 2026, publicamos que Irán estaba en el filo del cálculo estratégico de Israel y Estados Unidos, donde preveíamos y advertíamos esta conflagración.


Involucra más de 1 millón de soldados


La geopolítica del conflicto refleja una realidad material contundente: Irán mantiene cerca de 610 mil soldados en servicio activo, 350 mil reservistas, y más de 220 mil efectivos paramilitares asociados a la Guardia Revolucionaria, y respaldados por una fuerza de misiles balísticos que supera los 3 mil proyectiles, incluyendo versiones hipersónicas como el Fattah II con alcance de hasta 2 mil kilómetros capaces de impactar a Israel, quien, a su vez cuenta con alrededor de 169 mil soldados activos con 465 mil reservistas y despliega una tecnología militar de punta y una doctrina de guerra altamente profesionalizada. Sus fuerzas aéreas comprenden centenas de aeronaves avanzadas —incluidos cazas de quinta generación— y sistemas sofisticados de defensa aérea, además de un probable arsenal nuclear no declarado que lo sitúa como potencia estratégica. Washington sostiene el mayor despliegue militar en la región desde la invasión de Irak en 2003, con portaaviones de última generación como el USS Abraham Lincoln y el USS Gerald R. Ford escoltados por flotas, cientos de aeronaves de combate y miles de efectivos. Asimismo, ha posicionado cazas F-22 Raptor y F-35 en bases israelíes, subrayando la cooperación militar y el peso estratégico de su intervención, aeronaves de combate y miles de tropas, consolidando el mayor despliegue militar no visto desde 2003 —una distribución de fuerzas que puede convertir cualquier escalada en un conflicto de grandes dimensiones— no solo en el Medio Oriente, sino a nivel mundial. Todo dependiendo de la reacción de China, Rusia y Corea del Norte.


¿Armagedón o cálculo estratégico?

 

Esta tensión no se comprende únicamente a partir de la potencia de misiles o números de soldados, sino también a de la historia de las guerras en esas Tierras donde lo religioso ha sido central. Investigaciones académicas muestran que los lugares sagrados y las narrativas de identidad religiosa han generado conflictos persistentes. También estudios sobre religión y la conflictividad como las guerras de los Cruzados ilustran cómo la fe articuló legitimaciones de violencia política y trabajos como War and Religion: A Very Short Introduction exploran cómo las justificaciones teológicas han moldeado percepciones y legalizado acciones bélicas a lo largo del tiempo, desde martirios hasta la idea de la “guerra justa”. Este trasfondo histórico-académico hace evidente que la actual confrontación en Medio Oriente no es solo un choque de ejércitos, sino una colisión de fuerzas materiales entrelazadas con estructuras simbólicas profundas que han repetido la historia de guerras “sagradas” en contextos contemporáneos.

 

La persistencia de la guerra sacralizada

 

Durante siglos, las confrontaciones en esta geografía estuvieron impregnadas de religión, desde las nombradas Cruzadas hasta los enfrentamientos sectarios entre suníes y chiíes, pasando por la instrumentalización moderna de lo sagrado en clave nacionalista. El siglo XX intentó secularizar el poder, pero el impulso trascendente nunca desapareció del todo. Solo cambió de lenguaje. Hoy reaparece. No estamos ante teocracias equivalentes ni ante cruzados medievales. Pero sí ante liderazgos moldeados por narrativas donde la fe, la identidad histórica y el legado pesan tanto como los misiles.

En Irán, el sistema político descansa explícitamente en el principio del Wilayat Faqih, doctrina central del chiismo duodecimano que otorga al liderazgo religioso supremacía sobre el Estado. La confrontación no se formula solo como rivalidad estratégica, sino como resistencia frente a fuerzas consideradas corruptoras o impías. Esa narrativa no implica irracionalidad suicida. Mas bien otra escala de valoración del sufrimiento. Cuando la política se fusiona con la misión, el sacrificio adquiere sentido redentor.

En Israel, el Estado nació como proyecto esencialmente laico, pero el peso creciente de sectores nacional-religiosos ha impregnado el discurso de seguridad con referencias existenciales y bíblicas. La memoria del Holocausto —el “nunca más”— no es solo recuerdo histórico, es un mandato moral. Cuando la amenaza se percibe como potencialmente terminal, la acción preventiva se reviste de legitimidad ética y sagrada. Allí la seguridad no es solo estrategia, es supervivencia histórica.

En Estados Unidos, la dimensión religiosa no opera desde la estructura del Estado, pero sí desde el entorno cultural y político. Sectores del cristianismo evangélico interpretan al Medio Oriente dentro de un marco escatológico y moral. El apoyo a Israel y la confrontación con Irán no son únicamente decisiones geopolíticas, están atravesadas por imaginarios del bien y del mal. Aunque el cálculo final sea secular, el clima simbólico influye.


 

Y cuando estos tres marcos narrativos de creencias religiosas devotas y hasta místicas, se superponen —misión, supervivencia, redención moral— la guerra deja de ser solo disuasión. Se convierte en un relato sagrado. Ayer, al Donald Trump anunciar el inicio del ataque a Irán dijo: Sé que nuestra causa es justa, y realmente creo que Dios está con nosotros mientras emprendemos esta misión para defender la libertad y asegurar la paz.” Por su parte, Netanyahu —en un contexto de guerra o tensión extrema— recurre a una referencia bíblica directa para conferir legitimidad moral y espiritual a la defensa de su país: Las Escrituras dicen: ‘El Señor dará fuerza a su pueblo; el Señor bendecirá a su pueblo con paz.” Y el líder de la teocracia iraní y comandante en jefe de Irán, ayatola Ali Jamenei siempre ha indicado permanentemente amenazas como esta: “Las fuerzas armadas actuarán con determinación y destruirán el despreciable régimen sionista.” Anteriormente señaló: “A partir de ahora también apoyaremos a cualquier nación, a cualquier grupo que se enfrente al régimen sionista, les ayudaremos, y no nos apenamos en hacerlo. Israel se irá, no debe sobrevivir, y no lo hará”. También sentenció: “Ese régimen debería esperar un castigo severo. Por la gracia de Alá, el brazo poderoso de las Fuerzas Armadas de la República Islámica no los dejará impunes, el régimen sionista se ha preparado un destino amargo y doloroso, que sin duda verá”, agregó el patriarca religioso y líder supremo de Irán.”

 

El riesgo del “último capítulo”

 

Hay un elemento humano que rara vez se analiza con suficiente franqueza: la edad y la conciencia del legado. Cuando líderes veteranos enfrentan lo que podría ser su último gran acto histórico, la psicología del riesgo cambia. No necesariamente por irracionalidad, sino por narrativa íntima. Si este es el capítulo final, ¿cómo se quiere ser recordado? ¿Como el que dudó o como el que actuó? De manera que en medio de las doctrinas de las religiones, Donald Trump (79 años), Benjamín Netanyahu (76 años), y Ali Jamenei (86 años) decidirán el destino de la paz en el mundo. La combinación de edad avanzada, convicciones ideológicas firmes y percepción de amenaza existencial produce una disposición distinta ante el peligro. No es impulso ciego. Es cálculo bajo un marco simbólico más amplio. Y en ese punto, la línea entre prudencia y determinación se vuelve difusa…


 

Escenarios probables

Hoy el mundo observa tres trayectorias posibles:

 

1. Escalada regional controlad: Intercambios limitados, ataques calibrados, sin cruzar el umbral nuclear ni involucrar directamente a otras potencias. Sería un escenario de contención frágil por el alto riesgo, pero con alguna voluntad de evitar lo irreversible.

 

2. Guerra ampliada por arrastre: Participación indirecta o directa de actores regionales —Hezbolá, milicias chiíes en Irak, frentes secundarios— que multipliquen el teatro de operaciones. Lo cual altera la dinámica, deja de ser bilateral y se convierte en una red expansiva de violencia.

 

3. Error de cálculo estratégico mayor: Cuando el simbolismo supera al cálculo, aumenta el riesgo de sobre interpretar una señal o subestimar una respuesta. La historia demuestra que muchas guerras mundiales comenzaron no por intención total, sino por concatenación de decisiones tomadas bajo presión y orgullo. El factor nuclear —aunque nadie lo desee explícitamente— introduce una variable que transforma cualquier error en una catástrofe irreversible. Este escenario puede prever que China, Rusia o Corea del Norte se involucren con algún apoyo a Irán

 

El problema de las guerras santas en este siglo

 

La modernidad prometió que la racionalidad desplazaría a la guerra teológica. Sin embargo, la religión nunca salió completamente del tablero. Se transformó en identidad, en memoria, en legitimidad moral. El peligro no radica únicamente en la fe en sí misma, sino en su instrumentalización política. Cuando el adversario deja de ser un competidor y pasa a ser la encarnación del mal, la negociación se debilita. Y cuando el sacrificio se interpreta como purificación histórica, el costo humano puede relativizarse. La verdadera amenaza no está solo en los arsenales, sino en las historias que los líderes se cuentan sobre sí mismos. Depende de cómo se sientan o se autoperciban o interpreten: ¿Defensores de la civilización? ¿Guardianes de una promesa divina? ¿Instrumentos de un mandato trascendente?, porque cuando esas narrativas dominan el escenario, la disuasión clásica pierde eficacia.


La urgencia de la prudencia

 

En esta hora crítica, la prudencia no es debilidad. Es madurez civilizatoria. La innovación moral del siglo XXI no consiste en perfeccionar armas, sino en perfeccionar el autocontrol. En reconocer que la humanidad ya posee capacidad suficiente para autodestruirse, y que lo verdaderamente revolucionario es saber detenerse. Durante siglos, en el Medio Oriente, la guerra se invocó en nombre de lo sagrado. Hoy, en plena era tecnológica, el riesgo es que vuelva a vestirse con ese ropaje, pero con armas infinitamente más devastadoras. Quienes escribimos, analizamos y pensamos, tenemos el deber de recordar que la historia no es destino inevitable. Es construcción humana. Y cuando la política se debilita, la guerra parece la norma. Pero cuando la conciencia se fortalece, la guerra puede convertirse en advertencia. En medio de las terribles informaciones que nos llegan del Medio Oriente, María Mercedes, mi esposa, me comentó: “El mundo no necesita héroes trágicos. Necesita estadistas que comprendan que el verdadero legado no es la memoria del combate, sino la preservación de la vida. La humanidad ya ha tenido demasiadas guerras santas”. Quizás el verdadero acto sagrado hoy sea, evitar la próxima… Esperando que China, Rusia y Corea del Norte no se involucren… Nos vemos en la próxima entrega… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

 





Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de El Nacional. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

 

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